Deuda, gasto e inflación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/5/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/05/deuda-gasto-e-inflacion.HTML

 

Existe una estrecha correlación entre estos tres conceptos, al punto de poder afirmar una reciproca dependencia entre ellos. Un caso típico es el que se presenta en el de la llamada deuda pública, que no es otra cosa que deuda estatal. El gobierno puede –y de hecho lo hace- endeudarse con diferentes sujetos. Estos pueden ser privados o estatales, nacionales o extranjeros. En cada caso, se hablará de deuda externa o interna; pública o privada. En todos ellos, el común denominador es que el sujeto pasivo de la deuda será el gobierno. Pero lo habitual y corriente es que -en la práctica- este compromiso se contraiga con otros gobiernos, por lo que el volumen más grande de la deuda de todo país suele ser la externa pública (estatal) y en menor grado la externa privada. En tercer lugar, vendrían las deudas internas. Aunque en los países con altas tasas de inflación (y considerando a esta como una deuda del estado-nación con cada uno de sus ciudadanos, no obstante aquel no contabilice la inflación como obligación financiera) la deuda interna (así entendida) puede igualar en cuantía (y aun superar) la externa (pública y privada).

Las teorías económicas desarrollistas (y otras de índole política) pusieron en boga la práctica por parte de los así denominados países “desarrollados” a otorgar créditos a las naciones del llamado “Tercer Mundo”. Empero, rápidamente se encontraron con el hecho de que los débitos generados por aquellos no resultaban cancelados en tiempo y forma:

“Inicialmente, los países desarrollados respondieron a la posibilidad de que los países del Tercer Mundo no pudieran pagar su deuda como si se tratara de un problema de liquidez, de modo que otorgaron nuevos préstamos en forma directa y a través de agencias multilaterales. Como parte del trato, los bancos comerciales seguirían otorgando créditos. En su inicio, los préstamos del FMI no requerían necesariamente ajustes estructurales, ya que las autoridades creían que los países endeudados necesitaban tiempo para poner sus finanzas en orden. De acuerdo con los programas del FMI, los países aumentaron impuestos y aranceles, y redujeron el gasto público. Hacia 1985, cuando ya era obvio que problemas más profundos y enraizados en las economías de los países en vías de desarrollo les impedían salir de la deuda externa, el Secretario del Tesoro norteamericano, James A. Baker, anunció que se implementaría una nueva estrategia en la que los nuevos créditos otorgados por el FMI y por los bancos comerciales estarían condicionados por políticas de mercado. A cambio de estos nuevos aportes, los países deudores deberían liberalizar sus economías.”[1]

La preocupación obvia -tanto del FMI como de los bancos- consistía en recuperar los créditos otorgados juntamente con sus intereses. Veían en la cuestión un problema exclusivamente financiero en lugar de otro económico, es decir, más de base. Es como expresar que “el árbol les impedía ver el bosque”. Sin duda que la exigencia de implementar “políticas de mercado” era acertada. Lo que en modo alguno lo era consistía en continuar otorgándoles préstamos. La situación no podía ser más paradojalmente absurda: primero se les daba dinero para “ordenar sus finanzas”. Como la “estrategia” no daba resultado, se decidió como idea “brillante” continuar dándoles créditos, pero esta vez con otro objetivo: para que liberalicen sus economías. El menor sentido común (y no ya la sana doctrina económica) tendría que haberles indicado que, si no consiguieron el primer efecto menos aun iban a lograr el segundo utilizando la misma receta que había fracasado en primer término con el anterior.

“Hacia 1987 fue evidente que esta estrategia no estaba funcionando. Los países hacían muy poco por lograr las reformas económicas, aun cuando seguían recibiendo financiamiento para ello. Los bancos, aunque continuaron prestando, estaban reduciendo su exposición en la región. Paul Krugman calculó que desde 1982 hasta 1987 el volumen de créditos oficiales a los países que eran parte del Plan Baker, aumentó de US$ 50 mil millones a US$ 120 mil millones, mientras que los préstamos de la banca se mantuvieron fijos en US$ 250 mil millones durante este período y después disminuyeron a US$ 225 mil millones en 1988.8 Se estaba llevando a cabo una paulatina transferencia de una deuda privada a una deuda pública al no existir una resolución que pusiera fin al problema latente que causaba la crisis de la deuda.”[2]

Las consecuencias eran obvias ¿qué incentivos podían recibir los gobiernos recipiendarios de generosos créditos para reformar sus economías si los fondos necesarios para ello continuaban llegando sin cesar de los organismos de crédito internacionales? Esos países empleaban la misma lógica que utiliza cualquier subsidiado por el gobierno. Por ejemplo, el famoso subsidio al desempleo. Va de suyo que, si el desempleo se subsidia, ipso facto desaparece cualquier aliciente para buscar y conseguir empleo. En su lugar, el acicate se orienta a conservar el subsidio (que no exige esfuerzo alguno a cambio) y aun más, a obtener otros nuevos y/o mayores. La misma lógica han empleado los gobiernos favorecidos con créditos blandos con la “finalidad” (ilusa) de que “liberalicen” sus economías. Claramente el estímulo se situaría en el sentido opuesto: es decir a incrementar y mantener la línea crediticia, siempre con el pretexto (muy a mano) de que los caudales no eran suficientes para lograr la meta. ¡Nunca los eran!

Lo que ocurría era muy diferente: los gobiernos receptores de los créditos internacionales destinaban dichos dineros no a reformas estructurales, sino que el capital así recibido iba directo a engrosar el gasto público. A su turno, el crecimiento de este generaba un mayor déficit fiscal, lo que –a renglón seguido- motivaba a los gobiernos endeudarse mas y mas aun, solicitando nuevos préstamos para tratar de cerrar la brecha fiscal, repitiéndose el circulo vicioso -una y otra vez- en la medida que los créditos se renovaban, convirtiendo todo el proceso en una inmensa espiral inflacionaria.

[1] Ian Vásquez “Reparación de la relación acreedor-deudor en el mercado financiero internacional” Capítulo 10 en Daniel Artana y James A. Dorn. Compiladores. Crisis financieras internacionales: ¿qué rol le corresponde al gobierno? – 1ª. ed. – Buenos Aires: Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas, 2004. pág.125

[2] Ian Vásquez “Reparación de la relación acreedor-deudor….ob. cit. Pág. 125

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero

El Hombre Invisible

Entrevista a Gabriel J. Zanotti: Publicada el 2/1/17 en: http://institutoacton.org/2017/01/05/el-hombre-invisible-miguel-ors-villarejo/

 

¿Y quién es este Gabriel Zanotti (Buenos Aires, 1960) que la Fundación Rafael del Pino se ha traído para hablar de, atención, Antropología cristiana y economía de mercado? La víspera ha pasado por este mismo foro Paul Krugman y el contraste no puede ser mayor. El Nobel más mediático frente a este filósofo porteño, católico y liberal. Krugman concedió 20 entrevistas en dos días: 40 minutos tasados de salmodia keynesiana que recitaba de corrido y sin tropiezos, como un temario de oposición. Con Zanotti no hay prisa: nos dejan solos en un altillo de la Fundación, y creo que hasta se olvidan de que estamos ahí. Krugman generó un intenso tráfico en las redes sociales. Zanotti atraviesa el ciberespacio como un rayo de luz el cristal, sin tocarlo ni mancharlo.

Empezamos hablando justamente de eso: le cuento que algunos de los tuits que suscitó la conferencia de Krugman eran de un mal gusto extremado. Es un comentario para romper el hielo, pero Zanotti lleva siempre puesto el mono de filósofo y agarra rápidamente la anécdota para elevarla a categoría. “La invisibilidad transforma a las personas”, me dice. “No sé si conoce la última película de El hombre invisible: en el momento en que el científico protagonista logra que no lo vean, su honestidad se acaba… La mayoría de los humanos tenemos una moralidad media, muy incentivada por la mirada de los demás, pero ese control desaparece en las redes sociales y el anonimato saca nuestro lado más agresivo”.

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Es una reflexión sobre la que acabaremos volviendo, pero en principio no tiene nada que ver con el tema de su charla y que, expresado en términos más mundanos, plantea si se puede ser a la vez empresario de éxito y buen cristiano. Zanotti es católico practicante y un fogoso defensor de la Escuela Austriaca. Le duelen las reticencias que el liberalismo y el mercado aún inspiran al Vaticano, pero lo cierto es que algunas enseñanzas del Evangelio son dudosamente compatibles con el funcionamiento de una sociedad capitalista: los mercaderes son tratados a latigazos, los pobres y las rameras tienen prioridad de acceso al Cielo y los préstamos deben hacerse sin esperar nada a cambio, valorándose muy favorablemente la condonación total de la deuda (en una parábola, un siervo se niega y el rey lo entrega a los carceleros para que lo torturen).

Por no hablar del famoso encuentro de Jesús y el joven rico. Jaume Roures, el propietario de Mediapro, lo cita siempre que algún periodista le reprocha que sea millonario y trosquista. “Eso no veo yo que se lo preguntéis a los empresarios católicos. Jesús también decía: el que quiera seguirme, que lo deje todo”.

“No le falta razón a Roures”, le digo a Zanotti.

“Juan Pablo II recordaba ese pasaje en una carta apostólica de 1985”, responde. “El joven pregunta: ‘¿Maestro, qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?’ Y Jesús le dice: ‘Vende todo lo que tienes y repártelo entre los pobres. Luego ven y sígueme’. Marcos cuenta que el joven se quedó muy triste, porque tenía muchas posesiones”.

Roures ya hemos visto que entiende el mandato de forma literal, y Juan Pablo II admitía que, en el contexto del Evangelio, “se refiere sin duda a la vocación sacerdotal”. Pero al mismo tiempo invitaba a interpretarlo en un sentido más amplio. “El sígueme de Cristo se puede escuchar a lo largo de distintos caminos”. No es imprescindible hacerse apóstol.

“Para Juan Pablo II todos somos el joven rico”, dice Zanotti. La obligación de compartir no es una consigna socioeconómica, sino algo mucho más amplio, que afecta a cuanto posee el cristiano, empezando por su propia existencia. “Todos tenemos una riqueza que entregar, los talentos que Dios nos ha confiado. En mi caso es la docencia, en el suyo el periodismo y en el de otro puede ser un proyecto empresarial”.

Muchos objetarán que no es lo mismo. El empresario sigue siendo un bulto sospechoso. En el imaginario popular aún pervive el cliché marxista de que su beneficio se origina al quedarse ilegítimamente con una parte de la riqueza (la plusvalía) que crea el trabajador.

La proletarización de las masas obreras no parece una vocación compatible con el espíritu evangélico, pero el propio Marx ya tuvo que introducir algunos retoques en su teoría, porque los asalariados vivían cada vez mejor. Atribuyó el fenómeno a difusas “contratendencias” que perturbaban “momentáneamente” sus predicciones, pero la evolución de los países industrializados ha acabado refutando sus explicaciones. La actividad económica no es un juego de suma cero, en el que uno gana (el capitalista) lo que otro pierde (el obrero). Como observaría años después Joseph Schumpeter, el “fenómeno fundamental” que impulsa la creación de valor no es el trabajo del obrero ni la codicia del patrono, sino la innovación. Por supuesto que a Thomas Alva Edison o a John Ford los movía el ánimo de lucro y no el amor del prójimo cuando idearon modos más eficientes de producir luz o coches. Sus hallazgos los enriquecieron en primer lugar a ellos. Pero cuando gracias al juego de la competencia otras compañías siguieron su ejemplo, debieron rebajar los precios para no perder ventas y subir los salarios para evitar que les arrebataran a los empleados más capaces. Al final del proceso, toda la sociedad estaba mejor: el patrono, los obreros y los consumidores.

El capitalismo es un juego de suma variable y su energía productiva (que hasta el Manifiesto Comunista considera “grandiosa y colosal”) la liberan emprendedores en busca de oportunidades de ganancia. Como me explicó una vez otro ilustre austriaco, Jesús Huerta de Soto, “la URSS figuraba en todas las estadísticas como el primer productor mundial de patatas y tractores, pero los soviéticos se morían de hambre porque los tractores estaban oxidándose en Siberia y las patatas pudriéndose en Ucrania. No había empresarios que dijeran: vamos a coger los tractores para cosechar las patatas y forrarnos”. ¿Es eso moralmente reprensible? Apple no se ha hecho rica quitándonos algo que tenemos, como creía Marx, sino ofreciéndonos algo que no tenemos (y que ni siquiera sabíamos que queríamos, como el iPad). “En un mercado libre triunfa quien adecua sus proyectos a las expectativas del consumidor”, dice Zanotti.

Juan Pablo II explica que cada uno de nosotros debe contribuir al bienestar general aportando sus “potencialidades y capacidades”. El hombre ha de leerse a sí mismo, escribe, para luego “ser en los demás, para los demás”. En eso consiste el desprendimiento que Dios nos pide y “no es incompatible con el emprendimiento”, dice Zanotti. “Las ganancias son sólo una indicación de que el negocio ha sabido detectar necesidades insatisfechas”.

“Ya”, le digo, “pero luego esas ganancias el empresario se las queda. ¿No debería repartirlas?”

“Desde el punto de vista jurídico son incuestionablemente suyas”, dice Zanotti, “aunque deben incorporarse a esa entrega, a ese desprendimiento, y aquí entra en juego la prudencia con que cada cual maneja su relación con los bienes”.

“La experiencia histórica revela que, en general, cada cual prefiere quedárselos. Cuando la solidaridad se deja a la iniciativa particular, surgen grandes desigualdades”.

“Va usted muy deprisa”, repone Zanotti. Nada más sentarse, ha puesto sobre la mesa un librito: Ética, Mercado y Doctrina Social de la Iglesia. Lo coge, lo agita en el aire brevemente. “Eso es el capítulo cuarto. Antes déjeme que le hable de la teoría del orden espontáneo, que va en el capítulo tercero”.

Zanotti se refiere a una de las grandes contribuciones de Friedrich Hayek. Muy sucintamente sostiene que, a lo largo de siglos de ensayo y error, la humanidad ha ido creando una serie de instituciones (el lenguaje, el derecho, el dinero) que han hecho posible la civilización. Ese orden espontáneo es extremadamente complejo y, aunque podemos comprenderlo, somos incapaces de dirigirlo. “Por desgracia”, dice Zanotti, “a partir de los 50 empezó a generalizarse en Occidente una intervención gubernamental que, con el pretexto de proteger a determinados colectivos, adulteró el funcionamiento del mercado”. Y esta situación no sólo es insostenible económicamente, como vemos cada día con la crisis de la deuda, sino moralmente. “Los ciudadanos se habitúan a las prebendas del Estado de Bienestar y, cuando la escasez que el político ha echado por la puerta vuelve a colarse por la ventana, protestan”.

En este punto me asalta una duda. Ni siquiera Hayek considera que el mercado sea un ente puro. Presupone una arquitectura institucional. Y acuérdense de que también Zanotti reconocía al principio que sin la mirada del otro, es decir, sin una coacción externa, degeneramos rápidamente en trolls y llenamos el ciberespacio de injurias. Hace falta algún tipo de coerción, de Estado, pero ¿cuál es el nivel justo? Muchos austriacos consideran lícito prohibir el matrimonio homosexual, pero rechazan que Obama obligue a los estadounidenses a contratar un seguro médico. ¿Quién decide lo que es producto de ese orden espontáneo, y por tanto deseable, y lo que es una intromisión?

Zanotti no oculta que aquí los austriacos están divididos. Hayek desconfiaba de la condición humana y defendía mayores controles, pero anarcocapitalistas como Huerta de Soto creen que el Estado es la encarnación del maligno y que hay que desmantelarlo por completo. “En todo caso”, precisa Zanotti, “la prioridad hoy es eliminar privilegios. Por eso los escasos liberales clásicos que llegan al Congreso de Estados Unidos no promueven leyes. Están siempre derogando, diciendo no, no, no…”

“Pero lo que vemos a nuestro alrededor es que los países más prósperos tienen Estados grandes”, le digo. “En la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con la expansión del gasto público, Occidente vivió una explosión de riqueza sin precedentes”.

“Seguro”, replica Zanotti, “pero ¿ha sido a pesar o causa de ello?”

La contrarréplica obvia sería: “Midámoslo”. Hay estudios y modelos, pero los austriacos no creen ni en las matemáticas ni en el positivismo científico. En su opinión, las decisiones humanas no se pueden agregar como manzanas y la economía no puede contrastarse. “La filosofía ha desarrollado muchas prevenciones sobre las experiencias empíricas”, dice Zanotti. “Lo que hay que tener claro es el modelo teórico, y el austriaco nos dice que Occidente siguió creciendo a pesar del gasto público, gracias al margen que se dejó a la iniciativa privada”.

Sin la injerencia del Estado, nadie se plantearía hoy la incompatibilidad entre el mercado y la justicia cristiana, porque la falta de fricciones y el oxígeno de la libertad habrían impulsado los salarios reales y el paro se habría reabsorbido.

“Muchas encíclicas se han mostrado críticas con el capitalismo”, dice Zanotti, “pero porque entendían por tal lo que veían a su alrededor, que no es en absoluto lo que preconiza la Escuela Austriaca”. Sólo en 1991, en la Centessimus Annus, Juan Pablo II se refirió a la economía de mercado en “un contexto de positiva aprobación”. ¿Empieza a volverse liberal la Iglesia? Es dudoso. Hace unos meses Benedicto XVI reclamaba en L’Osservatore Romano más “intervención pública” para impedir las crisis. Y el propio Juan Pablo II tiene textos en los que defiende la planificación.

En realidad, Cristo no reveló ningún sistema, no entró nunca en los detalles de la organización socioeconómica. “Un católico puede ser keynesiano y hasta neomarxista”, dice Zanotti. “Por eso siento una gran injusticia cuando a los austriacos se nos trata de herejes”. A él le gustaría ser más invisible, que se diera a Dios lo que es de Dios y a Hayek lo que es de Hayek.

“Juan XXIII pedía en Mater et magistra subsidios para la agricultura italiana”, dice, “pero se equivocó, es un tema opinable, no es dogma de fe. Y sería deseable que las encíclicas respetaran la autonomía de los laicos y no entraran en ciertas cuestiones. El Vaticano tiene autoridad en materia de fe y de costumbres y me parece bien que Ratzinger [Benedicto XVI] insista en la divinidad de Jesús o se pronuncie sobre el aborto. ¿Pero hay que dar subsidios a la agricultura? Que el Papa calle”.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Keynes y las contradicciones del kirchnerismo

Por Adrián Ravier: Publicado el 4/6/15 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2015/06/04/keynes-y-las-contradicciones-del-kirchnerismo/

 

El 25 de mayo pasado se cumplieron doce años desde que Néstor Kirchner asumió la Presidencia de la Nación Argentina, lo que nos permite hacer un primer balance de la gestión kirchnerista en los sucesivos tres gobiernos. Lo que me propongo aquí es ofrecer un análisis desde la perspectiva keynesiana para mostrar que su política económica sólo fue “keynesiana” en sus primeros dos gobiernos para dejar de serlo a partir del tercero.

Como breve referencia biográfica, podemos recordar que John Maynard Keynes alcanzó su fama en el contexto de la gran depresión de los años 1930. Se podrá apuntar que su figura ya era relevante antes de su Teoría General (1936), pero fue esa obra la que le dio una fama inmortal entre los economistas. Keynes apunta en este libro revolucionario que para salir de una depresión el Estado debe asumir un rol activo, impulsando la demanda agregada con políticas monetarias y fiscales expansivas. Pero cabe insistir que el contexto en el que Keynes propone estas ideas no es el de una economía normal de pleno empleo, sino una economía depresiva, donde los consumidores no consumen porque temen quedarse sin empleo, y los inversores no invierten por desconfianza en poder colocar su producción.

Si la economía, por el contrario, se encontrara en pleno empleo, entonces Keynes podría ser guardado en un cajón, como de hecho sugería su biógrafo Robert Skidelsky.

El propio Keynes habría dicho –de hecho lo dijo- que en pleno empleo cualquier inyección exógena de la demanda lleva a la inflación. Éste era el “caso especial” donde regía la economía clásica, en el que el mayor crecimiento del producto sólo puede provenir de una productividad incrementada y una técnica mejorada –cuestiones sobre las que Keynes no tenía nada especial que decir-. (Robert Skidelsky, Keynes, 1996, p. 189).

La profunda crisis argentina de 2001-2002 dejó un nivel de capacidad instalada en torno al 50 %. En ese contexto depresivo, los economistas keynesianos como Paul Krugman han enfatizado lo exitoso del modelo argentino, pues para fines de 2009 la Argentina ya había recuperado su economía, con un nivel de capacidad instalada por encima del 80 % y un nivel de desempleo de sólo un dígito. Sin embargo, desde entonces la Argentina continuó expandiendo la demanda agregada con más gasto público, programas asistencialistas, que ni el propio Keynes habría sugerido aplicar.

Desde la receta keynesiana, a partir de 2010 la economía argentina se encuentra en el “caso especial” donde debería regir la economía clásica, en el que el crecimiento sólo puede provenir de la nueva acumulación de capital y su consecuente aumento de productividad. Continuar impulsando la demanda agregada con programas asistencialistas sólo pueden tener como contrapartida el aumento de la inflación, lo que efectivamente se observa con claridad desde entonces.

Cabe remarcar que la “gran recesión” americana de 2008 tuvo un impacto negativo en la economía argentina en 2009, y que ello requirió continuar estimulando la demanda agregada, lo que efectivamente se hizo con políticas fiscales extremadamente expansivas que le permitieron salir bastante rápido de la recesión de ese año (no reconocida por el Indec), pero claro que a costa de revertir totalmente el superávit primario, que hasta ese momento era uno de los pilares del “modelo”, el que nunca más se recuperó.

En cualquier caso, el caso clásico debió haber comenzado a aplicarse a más tardar a partir de 2010 o en este último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner que comienza en 2011, año en el que el actual Ministro de Economía, Axel Kicillof, se incorpora al gobierno en distintos puestos y empieza a asesorar a la Presidente. En otros términos, más que profundizar el modelo, éste debió cambiar, dada la nueva coyuntura de 2010, tan diferente a la de 2001.

Lo más curioso de esta situación es que el actual Ministro de Economía es reconocido académicamente por su tesis/libro sobre los Fundamentos de la Teoría General, lo que se dice lo convierte en un experto en Keynes. Si este es el caso y la economía se encuentra recuperada, ¿por qué se sigue presionando sobre la demanda agregada con sucesivos planes de gasto? Si la situación es de pleno empleo, como de hecho manifiestan las estadísticas del Indec, ¿por qué se extienden los planes sociales y el asistencialismo? Quizás ya es tarde para que el Ministro de Economía, experto en Keynes, recuerde las lecciones de su maestro, pero sería deseable que lo comentado sea aprehendido por el gobierno que resulte vencedor en las elecciones de octubre.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

¿Es posible un retorno al patrón oro?

Por Adrián Ravier. Publicado el 23/7/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/07/23/es-posible-un-retorno-al-patron-oro/

Analistas económicos y políticos de posiciones diversas han coincidido en aseverar que la crisis financiera internacional encuentra su causa en la política monetaria que maneja la Reserva Federal de los Estados Unidos. Éstos no apuntan sólo a la mala política monetaria que creó la burbuja inmobiliaria, sino también al modo en que se ha administrado el dinero desde 2008 en adelante, depreciando el dólar y exportando con ello algunos problemas internos de Estados Unidos al resto del mundo.

Analistas de Estados Unidos, Europa y Asia empezaron a preguntarse entonces si es posible crear una alternativa a este inestable patrón dólar, y la primera respuesta que surgió no fue el euro, la libra, el marco suizo, el yen japonés o el yuan chino, sino un posible retorno al oro. El Congreso de Estados Unidos incluso creó una comisión a la que distintos teóricos e historiadores de la moneda y la banca han sido invitados para exponer sus posiciones.

Lo que aquí nos proponemos -siguiendo a Lawrence H. White– es responder a los diez argumentos centrales que la literatura presenta en contra de un retorno al patrón oro, incluyendo argumentos de presidentes de la Reserva Federal como Alan Greenspan Ben Bernanke, economistas de renombre como Tyler Cowen y Paul Krugman, y analistas como Eduardo Porter y Jesús Fernández Villaverde. Al respecto, un especialista en temas monetarios como Friedrich Hayek reflexionaba en 1943: “El patrón oro, como sabemos, tuvo indudablemente grandes defectos, pero corremos el gran peligro de que su condena, hoy día de moda, pueda oscurecer el hecho de que también tuvo grandes virtudes, ausentes en la mayoría de sus alternativas”.

Analicemos entonces los diez argumentos centrales que expone la literatura:

   1. El patrón oro deja que la cantidad de dinero sea determinada por fuerzas accidentales

Hay un germen de verdad en este punto, puesto que el patrón oro permite que la cantidad de dinero en circulación sea determinado por las fuerzas de la oferta y la demanda en el mercado del oro. Sin embargo, en el sistema vigente de Banca Central y dinero fiat la oferta de dinero es controlada por las decisiones de un comité de expertos de la Reserva Federal. La pregunta que queda es bajo cuál sistema se comporta mejor la cantidad de dinero y su poder adquisitivo.

La experiencia dicta que el stock de oro nunca fue estable. Sin embargo, durante el mayor descubrimiento de oro en California, en 1848, la caída del poder adquisitivo del dinero fue ínfima. En el intervalo de mayor inflación, el índice general de precios para los Estados Unidos subió de 5.71 en 1849 a 6.42 en 1857, un incremento de 12.4 % en un período de ocho años. La literatura es clara en este respecto, en expertos de historia monetaria como Hugh Rockoff o Rolnich y Weber.

   2. El patrón oro produciría una deflación dañina

Si bien el patrón oro ofreció bastante estabilidad mientras operó, es cierto que en ciertos momentos hubo deflación de precios. Por ejemplo, entre 1880 y 1900, Estados Unidos evidenció un prolongado período de deflación récord. Sin embargo, dicho período no fue para nada desastroso en la economía real. El producto real per cápita comenzó dicho período en $3.379 y terminó en $4.943 (ambos medidos en dólares de 2000). El crecimiento real per cápita fue más que saludable con un 46 %, lo que implica que el producto real más que se duplicó.

Es así que, como explica George Selgin, los economistas debemos aprender a distinguir un proceso de deflación benigna y saludable, de otro dañino, como el que en efecto ocurrió entre 1929-1933 en la conocida Gran Depresión. La deflación benigna sería aquella que viene acompañada por aumentos de productividad, donde la caída de precios sólo redunda en un aumento del salario real.

   3. El patrón oro fue responsable de los pánicos bancarios del siglo XIX y de la contracción monetaria de 1929-33, con la consecuente gran depresión

La contracción monetaria de 1929-33 es precisamente el ejemplo clásico de la deflación dañina. Pero hay que notar que ésta no se generó bajo la existencia de un sistema de patrón oro, sino precisamente bajo la atenta mirada de la Reserva Federal. Uno podría observar el caso de Canadá en el período 1929-33 y ver que efectivamente bajo patrón oro no hubo pánico. Tampoco encontramos pánicos en Canadá en el siglo XIX. Fue el sistema de Banca Central en definitiva el que debilitó al sistema bancario.

   4. El beneficio del patrón oro (controlar la inflación) se podría alcanzar con un costo menor, simplemente controlando la cantidad de dinero fiat

Si bien este condicional es cierto, en la práctica no ocurrió tal cosa. El propio Alan Greenspan ha explicado que lo mejor que la Reserva Federal puede hacer en política monetaria es intentar replicar exactamente lo que un sistema de patrón oro habría hecho en cada caso. Greenspan incluso ha reconocido que en los años ’70 la Reserva Federal generó una inflación acelerada porque el patrón oro no limitó la política monetaria. Y es que en ausencia de competencia las autoridades monetarias no tienen conocimiento ni incentivos para administrar bien el dinero.

Además, aun reconociendo que en los últimos 30 años la inflación ha sido más baja que en el período de posguerra, aun estos niveles de inflación actuales son mayores que los que evidenció el sistema de patrón oro. Por otro lado, el costo del sistema de patrón oro ha sido exagerado por los economistas, incluso por Milton Friedman, al asumir que el 100 % de la oferta monetaria (M2) debía estar respaldada en oro. Pero Lawrence H. White ha demostrado bajo su estudio de la historia monetaria que un sistema de banca libre con reserva fraccionaria puede operar con sólo un 2 % de los billetes respaldados en oro, lo cual reduce drásticamente la cantidad de oro necesaria para retornar a dicho sistema. Finalmente, debemos señalar que dicho costo es realmente muy bajo en relación con los daños que el sistema de Banca Central ha generado en la sociedad en el último siglo.

   5. El patrón oro no implica ningún límite, porque el gobierno podría devaluar o simplemente suspender la obligación de respaldar sus billetes en cualquier momento que lo desee

Objeciones como ésta podrían presentarse a otras normas o reglas, como es el caso de la Constitución. Pero aun así, las reglas constitucionales resultan útiles. Kydland Prescott han señalado exitosamente la necesidad de fijar reglas para la política monetaria, lo cual redunda en un compromiso de parte de las autoridades monetarias, al mismo tiempo que ofrecen previsibilidad.

De más está decir que el patrón oro no es la única regla. El propio Milton Friedman ha ofrecido su regla de una tasa de crecimiento monetario fija para cada período, o los objetivos de inflación regulan hoy la política monetaria de varios bancos centrales. Pero el patrón oro tiene una historia mucha más extensa y exitosa que estas reglas alternativas y es la única alternativa que no requiere de un banco central. Dejar la política monetaria en manos de banqueros privados bajo competencia, en lugar de la institución gubernamental, como era el caso de Estados Unidos antes de 1913, elimina la posibilidad de las dañinas sorpresas monetarias. También es cierto que el gobierno puede suspender el patrón oro en situaciones de emergencia como fue el caso en la Guerra Civil, pero el espíritu del patrón oro presiona para retornar al sistema y a la paridad, como de hecho ocurrió en Estados Unidos, según han demostrado Bordo y Kydland.

   6. El patrón oro, como cualquier sistema de tipo de cambio fijo, es vulnerable a la especulación

Nicolás Cachanosky ha explicado que en un sistema de patrón oro no hay tipos de cambio, por lo que no puede haber especulación sobre ellos. Lo que sí tenemos es paridad, pero la aclaración es necesaria. Lo que abre la puerta a la especulación es la debilidad de la paridad que ofrece un sistema monetario, sea el sistema de patrón oro o cualquier otra moneda de reserva. Un Banco Central puede ser débil, y ése es precisamente cuando combinamos un sistema de Banca Central con el patrón oro. Afortunadamente, el patrón oro no requiere de un Banco Central. White y Selgin muestran que con un sistema de emisores privados de dinero descentralizado, no hay institución capaz de devaluar, por lo que no hay razones para esperar la peligrosa especulación.

   7. El dinero fiat es necesario para que un prestamista de última instancia responda a las necesidades de liquidez del sistema bancario

La historia muestra que un prestamista de última instancia prácticamente no sería necesario bajo un sistema monetario sólido y estable. Nuevamente vale la pena comparar el caso de Estados Unidos y Canadá en el siglo XIX. En los casos excepcionales donde tal cosa fuera necesaria, Richard H. Timberlake enseña que las cámaras de compensación pueden resolver el problema.

   8. El cambio a un sistema de patrón oro involucra costos masivos de transición

El costo de transición para retornar al patrón oro sería muy bajo. A diferencia del caso europeo con la transición al euro, no sería necesario redenominar los precios, porque la denominación del dólar se mantendría. A la tasa adecuada entre dólar y oro, los precios no necesitarían pegar un salto.

   9. Abandonamos el patrón oro en primer lugar por buenas razones

Como bien explica Juan Carlos Cachanosky, en 1933 el presidente Roosevelt devaluó el dólar de $20.67 a $35 por onza de oro, pero el problema no era el patrón oro, sino la debilidad del sistema de la Reserva Federal. La deflación se podría haber resuelto con una mejor política monetaria y reforma bancaria, pero sin abandonar el patrón oro.

En 1971 Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar con el oro porque la propia Reserva Federal había expandido la oferta monetaria demasiado como para mantener la paridad del dólar en $35 la onza. Se hubiera evitado esto si la Reserva Federal no hubiera aplicado políticas monetarias tan agresivas en los años 1960.

Benjamin Anderson o Murray Rothbard explican que no fueron las reglas del patrón oro las que fallaron. Fue, más bien, la Reserva Federal la que falló.

   10. No hay oro suficiente y Estados Unidos no puede recrear el sistema de Patrón Oro internacional por sí mismo

Sí hay oro suficiente para retornar al patrón oro “si definimos correctamente el precio del dólar en términos de oro”. Pero la segunda parte de este argumento ha quedado para el final porque representa la objeción más fuerte presentada contra el retorno a este sistema. Un retorno unilateral de Estados Unidos al patrón oro privaría a su economía de los beneficios de un sistema de patrón oro internacional. Es por ello que un acuerdo global resulta necesario. Esto, sin embargo, no parece ser un gran obstáculo. En tiempos tan inestable como los actuales, la búsqueda de un sistema monetario sólido está a la orden del día. Un retorno global al oro puede ser la solución real a la crisis financiera global de los últimos años.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

El ejemplo báltico: no hace falta devaluar:

Por: Enrique Blasco Garma: Publicado el 20/6/12 en: http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=642010

Es cada vez más numerosa la insistencia de los especialistas en la necesidad de devaluar el peso. Sin embargo, ello no es inexorable. Es ilustrativo el ejemplo de los países bálticos. Al inicio de la crisis de 2008/2009, la mayoría de los especialistas recomendaba la devaluación de las monedas bálticas «para restaurar la competitividad y ajustar las cuentas». Entre ellos, expertos de la talla de Paul Krugman y Nouriel Roubini proponían la receta de la Argentina de 2002. A pesar de los estragos de la crisis europea, los tres países bálticos exhiben significativos ajustes externos, fiscales y recuperaciones del PBI. Y no devaluaron, evitando consecuencias inflacionarias y políticas nefastas.

¿Qué hicieron? Teniendo los mayores déficit externos del planeta (como proporción del PBI), contrajeron el gasto interno hasta la capacidad productiva, al tiempo que introdujeron flexibilizaciones y otras medidas para elevar la productividad. Al conseguirlo sin devaluar afirmaron el prestigio de su moneda y sus autoridades. Además, en medio de tremenda crisis y contra los pronósticos de economistas prestigiosos, Estonia entró en el euro en 2011; Letonia y Lituania mantienen la convertibilidad fija con esa moneda y se incorporarían al euro en 2014. Sin alterar su paridad, los tres países volvieron al equilibrio y crecimiento. La receta de devaluar no es inescapable.

Competitividad. Cuando hay déficits externos, los expertos suelen dictaminar falta de competitividad y necesidad de devaluar. Sin embargo, la competitividad global de un país es una relación entre gasto interno y capacidad productiva (otra forma es decir que los costos exceden a los ingresos o el tipo de cambio real está atrasado). El déficit externo siempre conlleva un gasto interno que desborda a la capacidad productiva. La sintonía de las cuentas pasa por adecuar el gasto a la capacidad productiva (que puede incrementarse mejorando la productividad, con inversiones y suprimiendo gastos improductivos). Cuando los gastos se reducen sin devaluar, la inflación no se desmadra y las autoridades nacionales ganan prestigio.

Los cuadros exponen estadísticas de Eurostat evidenciando los cambios.

 
 
 

En 2007, los tres países presentaban déficit externos -cuentas corrientes negativas- entre un 14,4% y un 22,4% del PBI, los mayores del mundo. Con esos guarismos, el FMI y especialistas de la valía de Krugman y Roubini no acercaban mejor alternativa que devaluar. A pesar de ello, esas naciones resolvieron no devaluar. Superaron la emergencia reduciendo sus gastos justo cuando sus ingresos nacionales se derrumbaban. La magnitud del ajuste fue inmensa. Estonia pasó de un déficit externo del 15,9% del PBI a un superávit del 3,2%. Letonia, de un déficit del 22,4% a uno del 1,2%; y Lituania, de un déficit del 14,4% a uno del 1,6%, en cuatro años.

El cuadro No. 2 expone las caídas sin precedentes, en 2009, y las recuperaciones posteriores de los PBI nacionales. En 2012, Estonia tendría un PBI un 2,5% superior al de 2008; Letonia y Lituania todavía están por debajo.

El ejemplo de estas naciones confirma: se puede recuperar el equilibrio externo, en poco tiempo sin devaluar. Los tres países superaron los mayores déficit externos del planeta manteniendo la paridad monetaria fija. En 2012, serán las economías más dinámicas de la UE.

El camino elegido por las tres naciones bálticas evitó que los sistemas financieros, propios y de los otros países de la UE, sufrieran el contagio de una devaluación, con las consiguientes fugas de capitales y quiebre de confianza. Al hacerlo, Estonia ganó su incorporación al euro y las otras dos naciones probablemente ingresen en 2014. Grecia y los demás países en dificultades tienen un ejemplo concreto de ajuste sin devaluación. Los líderes políticos bálticos elevaron su prestigio entre propios e inversores de todo el mundo. Los argentinos podríamos advertir que hay otra opción a la devaluación, que siempre empobrece y deteriora a los gobiernos. La pertenencia a un grupo selecto como el euro genera incentivos que ayudan en ese empeño. La declinación argentina está marcada por devaluaciones exageradas. El peso actual equivaldría a 10.000.000.000.000 de pesos de 1967.

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.