Estatolatría

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/10/estatolatria.html

 

La tendencia a pensar y a creer que todo debe esperarse del estado-nación tiene una muy larga data. En realidad, es un resabio de la autocracia de antiguos caudillos y cabecillas que -con el tiempo- se convirtieron en jefes y soberanos de pueblos y más tarde de naciones, hasta conformar lo que actualmente se denomina genéricamente con el vocablo gobierno.

“Es grotesco que se hable mucho más acerca de los logros de la Autoridad del Valle de Tennessee que acerca de todos los logros sin precedentes ni paralelos de las industrias de procesado estadounidenses operadas privadamente. Sin embargo fueron solo estas últimas las que permitieron a las Naciones Unidas ganar la guerra y hoy permiten a Estados Unidos acudir en ayuda de los países del Plan Marshall.”[1]

Los actos de gobierno tienen mucha más prensa que cualquier otra actividad privada comercial. Esto marca la tendencia que se describió con anterioridad. Existe una especie de psicología de masas en tal sentido podría decirse. L. v. Mises destaca en este párrafo la valiosa y fundamental contribución de las empresas privadas norteamericanas que fueron las que -en definitiva- determinaron y financiaron la mayor parte o todo el aporte que el Plan Marshall cooperó a la reconstrucción de la Europa de posguerra. Esto equivale a decir que fue el capital privado el que venció en la guerra, y ningún “capital estatal” si es que pudiera hablarse de cosa semejante en este último término.

“El dogma de que el estado o el gobierno es la encarnación de todo lo que es bueno y benéfico y de que los individuos son subordinados miserables, tratando exclusivamente de infligir daño a los demás y con una necesidad imperiosa de un guardián, es casi indisputado. Es tabú cuestionarlo en lo más mínimo.”[2]

Otra idea que pervive entre nuestros contemporáneos es la expresada en la cita anterior. Es la base del paternalismo, según el cual el “padre estado” debe vigilar, controlar y reprender a sus “súbditos hijos”, los que en caso contrario no harían más que destrozar todo lo que encuentren a su paso, inclusive a sus “hermanos” ciudadanos tan hijos de aquel mítico “padre estado” como de los demás “súbditos hijos”.

Este mito subsiste campante en nuestros días, inclusive en los llamados “estados democráticos” donde lo que se procura mediante el voto es en elegir el mejor “padre-gobernante” de todos, o el político que mejor represente el papel de padre protector del resto de los votantes. Esto es a lo máximo a lo que parecen aspirar las dudosamente llamadas democracias “modernas”.

“Quien proclama la bondad del Estado y la infalibilidad de sus sacerdotes, los burócratas, es considerado como un estudioso imparcial de las ciencias sociales. Todos los que plantean objeciones se califican como tendenciosos y estrechos de mente. Los defensores de la nueva religión de la estatolatría no son menos fanáticos e intolerantes de lo que eran los conquistadores mahometanos de África y España.”[3]

Otras veces nos hemos referido a esa mágica metamorfosis que parece producirse en la mente de millones de votantes por la cual creen que, si dicho sufragio convierte en gobernante al candidato de su predilección este quedará -por ese solo y simple hecho- transformado en un ángel celestial que -ya en función de gobierno- no podrá hacer ninguna otra cosa más que el bien de la manera más perfecta y más absoluta que pueda concebirse. Esta ficción está profundamente arraigada en nuestra sociedad. Lo más curioso del tema es que quienes sostienen esta idea sean considerados como grandes y profundos intelectuales, en tanto aquellos que la critiquen sean ridiculizados como si fueran ignorantes.

Antiguamente, el súbdito vivía su sumisión al rey con resignación fatalista, como algo que -pensaba- debía ser necesariamente así. Rendía pleitesía a su amo más por una cuestión de supervivencia que por la fe en un “dios terrenal”. El culto a la estatolatría era impuesto desde arriba hacia abajo so pena de suplicio o pérdida de favores y hasta de sustento. La libertad se veía como un sueño, como una utopía. La esclavitud como una amarga realidad.

La nueva religión de la estatolatría es algo diferente a aquello. Es un sometimiento que se da de manera inversa al antiguo partiendo de abajo hacia arriba, aceptado casi espontáneamente por la gente rasa, no ya con estoicismo sino con entusiasmo, surgiendo del hecho que resulta natural que exista gente que “deba” obedecer los dictados de otros que desde el poder “deben” dominar y mandar.

“La historia llamará a nuestra época la era de los dictadores y tiranos. En los últimos años, hemos sido testigos de la caída de dos de estos superhombres hinchados. Pero sobrevive el espíritu que aupó a estos granujas al poder autocrático. Permea libros de texto y periódicos, habla a través de las bocas de maestros y políticos, se manifiesta en programas de partidos y en novelas y obras de teatro. Mientras prevalezca este espíritu, no puede haber ninguna esperanza de una paz duradera, de democracia, de conservación de la libertad o de una mejora constante en el bienestar económico de la nación.”[4]

Evidentemente L. v. Mises se refiere a Hitler y a Mussolini. Sobrevivía Stalin, pero bien señala el profesor austriaco que no eran, en el fondo, las personas de los tiranos (por muy espeluznantes que fuera sus métodos) sino las ideas que los inspiraban y que le daban forma lo verdaderamente importante y a la vez peligroso. Como tantas veces señaláramos -junto con otros- son las teorías las que mueven al hombre, y este al mundo que lo circunda. Quizás haya una referencia indirecta a Antonio Gramsci en la cita anterior de L. v. Mises, pero evidentemente va más allá de Gramsci, porque pone de manifiesto la realidad de que no solamente la educación formal está impregnada de socialismo y de nazi-fascismo, sino también los medios de información, es decir, la prensa oral y escrita. Y va más allá, como enseña el maestro, porque los sobrepasa y asimismo alcanza el ámbito del arte, la literatura y la cultura. En una palabra, comprendía y abrazaba absolutamente todas las esferas del actuar humano.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). Pág. 4.

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 4.

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 4-5

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 5

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

Por José Benegas: Publicado el 11/10/15 en: http://josebenegas.com/2015/10/11/el-autoritarismo-contable-de-la-segunda-vuelta/

 

La segunda vuelta electoral parte de un supuesto falso desde el punto de vista de lo que se considera actualmente como el parámetro de legitimación por excelencia, que es el bien de los gobernados. Este supuesto es que un país necesita un gobierno con capacidad de hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a la última versión del humor político general.

No se entiende que el estado es poder y que el estatismo es autoritarismo, por lo tanto tampoco se entiende que eso de la “gobernabilidad” es un valor para el pensamiento despótico, no  para el republicano. Ni se entiende, ni se enseña, por eso cuando escucho que todo se solucionará con educación y veo alejarse a la sociedad de los objetivos que planteaban Jefferson o Sarmiento de instruir sobre la nueva institucionalidad de la libertad y sus condiciones, me alarma tanta inconsciencia sobre lo que se está diciendo.

Montesquieu y los Padres Fundadores en los Estados Unidos imaginaban a las ramas del gobierno compitiendo entre si. No había necesidad de que una de ellas “ganara” ninguna contienda, sino de que se controlaran entre unas a otras. El destino de un país no depende de una política sino de las instituciones y de la ley, no entendida como mera voluntad legislativa sino como los principios de derecho que parten de la libertad individual. Esa es la función del gobierno, las variantes en cuestiones de administración e inversión del gasto limitado del estado de acuerdo a criterios de distintas facciones, son contingentes. Si el partido A las puede llevar adelante o no, no importa al interés general. Hará acuerdos o tal vez no los logre y un determinado gobierno se vaya sin haber conseguido lo que quería hacer. No tiene ninguna importancia y si eso es producto de que no ha logrado convencer a suficiente gente así debe ser.

No existe ningún problema con un gobierno “débil”, en tanto no lo es nunca para hacer cumplir la ley. Lo puede ser en todo caso respecto de sus propósitos políticos particulares, pero no para aquello establecido en la Constitución que se resume en la defensa de los ciudadanos.

Se que me van a decir que esto es sólo la versión liberal (si tienen quemado el cerebro me dirán “neoliberal”) de la república. Por supuesto que lo es. El asunto es este, que tampoco quieren asumir: si un gobierno no se sostiene en principios liberales, lo hace en principios autoritarios. No hay búsqueda de mayoría artificial si no se cree que la sociedad tiene un “conductor” que tiene que tener capacidad para llevarla como si fuéramos todos súbditos. Es la visión del gobierno como central en la vida del país, opuesta a la de aquellos que sabiamente lo dividieron por quererlo limitado, la que se preocupa por la falta de apoyo de quién administra al estado. Por el contrario si pensamos que la sociedad se conduce básicamente por contratos y por una vida privada libre y que el gobierno está para determinadas cosas, el problema de un gobierno minoritario no importa, en cambio alarma el deseo de muchos de convertirlo en mayoritario cuando no lo es.

¿No hay alternativa? Bueno, un gobierno un poquito autoritario es un gobierno que es dueño un poquito de las libertades de los individuos. Yo diría que éstos están un poco perdidos porque con los recursos y poder del gobierno y los dilemas que describe Hayek en Camino de Servidumbre, una vez que se inicia ese camino es difícil volver atrás.

Pero hay algo más, que desarrollo en mi libro 10 Ideas Falsas que favorecen a sus víctimas. Las dictaduras del siglo XXI en las mentes de sus víctimas. Esto es que el andamiaje institucional político de la división de poderes sólo tiene sentido para preservar la libertad individual de la libertad del gobierno (su “gobernabilidad”) . Se trata de un corset, de unas reglas que entorpecen la consecución de los deseos del gobernante. El día que nos convencieron de que el país fluye si el gobierno goza de “gobernabilidad”, es el día en que nos hicieron comprar el autoritarismo siendo sus víctimas, no sus beneficiarios, aún cuando la cosa siempre se presentará como de vida o muerte para nosotros.

La trampa consiste en convencer (se enseña en los colegios y las universidades) de que la “democracia” requiere un gobierno que tenga fuerza suficiente, para no ser entorpecido por la división de poderes. Se le asigna un papel vindicativo y todo vengador necesita una espada grande. Así como suena y en la misma línea va lo de las segundas vueltas para que una minoría se convierta en mayoría con tirabuzón. Está implícito en el razonamiento que los votos hacen al mandamás menos vulnerable a las críticas, las decisiones desfavorables en el Congreso y los fallos adversos. Los gobiernos necesitan, nos dicen, una credencial pesada para no tener que discutir tanto y hacer lo que pensaban hacer. Este es un pensamiento puramente anti institucional y autoritario. Se lo disfrazará de paternalismo, por supuesto.

Ni los gobiernos mayoritarios ni los minoritarios deben estar habilitados para hacer cualquier cosa. O por lo menos a esa habilitación no se le debe dar tinte de ningún tipo de santidad, es la vieja ansia de unos por someter a los otros. Pero hacer de las minorías mayorías por medio del balotaje, es una directa apuesta al sentido despótico del poder. Si pensamos que eso es lo mejor, obligar a la gente a elegir entre los que otros eligieron para que las matemáticas unjan a un favorito en nombre de todos, entonces deberíamos acabar con la farsa republicana y otorgarle el consagrado el poder absoluto. Más gobernabilidad que esa no se puede tener.

Esto con independencia de que en un sistema totalmente desquiciado puede ocurrir que una banda criminal tenga la primera minoría y la segunda vuelta sea el método se sacársela de encima porque todo lo demás falló, no se quiso usar o los contendientes prefieren negar que están frente a un grupo fuera de la ley y hacerse cargo de eso. La segunda vuelta en sí, es una aberración.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

 

El plan social.

Por Ricardo López Göttig. Publicado el 31/5/12 en: http://lopezgottig.blogspot.com.ar/

 Como si fuese un gran logro, los gobiernos que se proclaman de signo “progresista” suelen esgrimir estadísticas de expansión de sus planes sociales, lo que en rigor debería interpretarse como una señal de fracaso.
La izquierda del siglo XIX no nació con el criterio paternalista de que las personas tuviesen que vivir a expensas del Estado. Para marxistas y anarquistas, por ejemplo, el Estado no era más que un instrumento de dominación en manos de los propietarios. Los marxistas, en consecuencia, anhelaban tomar ese Estado por la vía revolucionaria –violenta- para utilizar esa herramienta y establecer el dominio de los proletarios. Los anarquistas, en cambio, buscaban la destrucción de ese instrumento para que la propiedad privada no tuviera quién la defendiese, y así lograr abolirla. Para estas y otras corrientes de la izquierda, el creador de la riqueza era el obrero que, con su trabajo, daba valor a su creación. El objetivo no era la holgazanería ni el fin del trabajo, sino la plena disposición de aquello por lo que se había trabajado.
De allí que Karl Marx, con una visión religiosa y épica de la humanidad, entendiera que serían los obreros proletarios industriales los que conducirían las sociedades socialistas del futuro y, una vez superada la necesidad de la dominación de unos a otros, se eliminaría el Estado. No sólo ponía su fe en esa “clase social” porque era la que para él generaba la riqueza, sino porque además tenía incorporada la disciplina laboral necesaria y el conocimiento de lo que se hacía en la fábrica. Es por eso que despreciaba a lo que llamaba el “lumpenproletariado”: delincuentes, prostitutas, vagabundos, todos los que estaban inmersos en el submundo de la ilegalidad, porque no tenían hábitos laborales, no generaban riqueza ni tenían “conciencia de clase” y, a su criterio, no querían derribar el orden existente.
El gran problema del marxismo surgió cuando tomaron el poder los bolcheviques en 1917. Marx y Engels, profetas indiscutibles e infalibles de la nueva religión secular con pretensiones científicas, no habían escrito sobre cómo sería la sociedad socialista. Tan sólo esbozaron la idea de la “dictadura del proletariado” como la etapa en la que los obreros industriales tomarían el poder del Estado, dominarían a los burgueses y nobles, hasta que todos fueran laboriosos proletarios en las fábricas. Más risibles son las escasas páginas dedicadas al paraíso comunista, la última etapa sin Estado, en la que las personas vivirían en la superabundancia… Lo cierto es que Lenin y el resto de los bolcheviques tomaron el poder mientras el Imperio Ruso se hallaba combatiendo penosamente en la primera guerra mundial contra los alemanes y austríacos. El modelo económico que tomaron fue el de la Alemania imperial del Kaiser Guillermo II, una economía fuertemente centralizada y militarizada por razones bélicas, y eso es lo que implantaron a fuerza de bayoneta en el caído imperio de los zares, con un costo humano de millones de hombres muertos por hambrunas, requisas de alimentos, guerra civil y creación de los campos de concentración.
Este primer experimento socialista no tuvo una mirada contemplativa hacia el desempleado: como crudamente lo escribió Trotski, “el que no trabaja, no come”. Ironía de la historia, porque Lenin y Trotski nunca habían trabajado… Esta militarización y planificación central se acentuó en tiempos de Stalin, dejando por el camino a más de veinte millones de muertos, cifras colosales que estremecen.
En la etapa post-stalinista en Europa central y oriental, el castigo que recibían muchos intelectuales disidentes –escritores, profesores universitarios, artistas- era el de ser enviados a trabajar cavando fosas en los cementerios, limpiando vidrios en los edificios, cargando carbón en las calderas de calefacción central. O sea que, en el “paraíso de los trabajadores”, la sanción al disidente era, paradójicamente, el trabajo físico.
Está claro, pues, que la naturaleza del “plan social” que subsidia con largueza y que se reproduce generación tras generación, nada tiene que ver con la izquierda socialista en sus ideas del siglo XIX ni en su experiencia real de la centuria pasada. 
Y es que el “plan social”, la protección al desempleo y la mirada paternalista como si las personas fuesen menores de edad incapaces de administrar sus vidas, se fue estableciendo desde gobiernos autoritarios de signo nacionalista, ya desde tiempos de Otto von Bismarck, precisamente para contener el avance de la socialdemocracia en Prusia y el Imperio Alemán. Los socialistas de entonces, en los parlamentos y la prensa partidaria, solían denunciar estas prácticas clientelistas, porque ablandaban el espíritu laborioso y creaban un ejército de votantes sin “conciencia de clase”.
En su difícil combate contra estos “Estados benefactores”, los socialistas de Europa occidental fueron asimilando parte de esta prédica para ganar votos que, de otra manera, se fugaban hacia los partidos de carácter nacionalista y proteccionista. Un fenómeno que, aún hoy, vemos que perdura en el Viejo Continente, con votantes que pueden optar por el xenófobo y proteccionista Frente Nacional de la familia Le Pen o por la izquierda más radical y antiglobalizadora como la de Jean-Luc Mélenchon en Francia.
¿Dónde han quedado, pues, las consignas originales de la izquierda? El socialismo real del siglo XX demostró su manifiesta contradicción con la vida humana, con sus genocidios, empobrecimiento, brutalidad y afán de conquistas. Hoy se torna complejo desarmar ese nudo gordiano de lo que proponen unos y otros críticos acerbos a la democracia liberal y la economía de mercado, que no prometen vida fácil, gratuita y despreocupada de los paraísos seculares.
La paradoja de todo programa gubernamental de “plan social” de inserción laboral, de acceso a la vivienda, es que debería tender a su propia extinción; es decir, la emergencia es una situación temporal, y cuanto más breve sea, mejor. Un ministro de desarrollo social debería ser premiado y aplaudido por tener cada vez menos personas necesitadas de ayuda estatal, y no más. Una estadística optimista, feliz y liberadora, que pondría en evidencia que cada vez más personas son responsables y creadoras del propio destino.

Ricardo López Göttig es Profesor y Doctor en Historia, egresado de la Universidad de Belgrano y de la Universidad Karlova de Praga (República Checa). Es Profesor titular de Teoría Social en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.