Los perdedores de la elección en Estados Unidos

Por María Eleonora Urrutia: Publicado el 15/11/20 en: https://www.infobae.com/america/opinion/2020/11/15/los-perdedores-de-la-eleccion-en-estados-unidos/

Los comicios han dejado en claro, otra vez, que el progreso en general parece despertar muy poco interés en las personas que se califican a sí mismas de progresistas y que solo saben buscar el crecimiento del Estado a costa del ciudadano

Una mujer se manifiesta tras la elección presidencial en los Estados Unidos (REUTERS/Emily Elconin)

Una mujer se manifiesta tras la elección presidencial en los Estados Unidos (REUTERS/Emily Elconin)

Seamos realistas. Goliat no iba a dejar que David lo derrotara otra vez con su honda. El pueblo americano, para quien el presidente Trump es un instrumento y no un fin en sí mismo, no iba a ganar fácilmente las elecciones 2020 contra el poder acumulado del Partido Demócrata, los lobistas que viven del gobierno (93% de WDC votó a favor de Biden), los medios de comunicación y sus aliadas las encuestadoras, las Big Tech, los multimillonarios y Hollywood, todos unidos para acabar con el bárbaro emperador naranja.

Las calles se llenaron el sábado de partidarios que celebraban el resultado democrático que querían; con Joe Biden camino a la Casa Blanca, los manifestantes no saquearon ni incendiaron ciudades. Los partidarios de Trump, en cambio, se quedaron en sus casas sin duda decepcionados, incluso enojados, pero quizás también aceptando los resultados como el precio a pagar por vivir en una república democrática. ¿Habría sido lo mismo si Donald Trump hubiera ganado? No; las protestas habrían sido brutales, y los medios de comunicación y muchos políticos demócratas los habrían animado, o al menos no se habrían opuesto, como tampoco se opusieron este verano. Más aún, habrían culpado del desorden a Trump. Esto revela hasta qué punto los disturbios de este año fueron parte de una estrategia política. Es posible que hayan comenzado como una protesta contra la muerte de George Floyd, pero a medida que avanzaban, el objetivo fue mostrar que el país se había vuelto ingobernable.

Con todo, si todavía se está disputando quién ocupará la Oficina Oval, aunque sin dudas será Biden, lo que no se discute es el veredicto contrario del pueblo de los Estados Unidos a la propuesta de ruptura de las normas progresistas, que también fueron a elección este año. Los perdedores más claros fueron la presidenta Nancy Pelosi y el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, rostros públicos de la izquierda radicalizada. Los cientos de millones gastados en retomar el Senado quedaron en la nada ya que los principales objetivos, el líder de la mayoría Mitch McConnell y la senadora Lindsey Graham, sobrevivieron fácilmente y hasta es probable que los republicanos mantengan su mayoría. Habrá que esperar a Georgia el 5 de enero próximo cuando sus dos escaños se diriman en segunda vuelta, aunque es probable que el senador republicano Perdue logre mantener la banca. Por su parte, los fatales errores de cálculo de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, al negarse cínicamente a negociar el último proyecto de ley de estímulo por la pandemia, también le han costado caro a los demócratas en la Cámara Baja, donde han retrocedido al menos seis escaños.

Así las cosas, los demócratas no podrán ampliar el número de miembros de la Corte Suprema, abolir el Colegio Electoral o hacer estados a Puerto Rico o WDC. Lucharán por imponer el Green New Deal, pero es dudoso que lo logren, lo que significará protestas violentas contra la inversión petrolera. Desafortunadamente, no se puede hacer nada para evitar que la dupla Biden-Harris repita los errores geopolíticos de la presidencia de Obama, como apaciguar a los jefes de China e Irán -aunque la mediación de Trump en acuerdos de paz entre Israel y dos países árabes es un éxito que no podrán voltear- o firmar el acuerdo climático de París, un desacierto para quienes entendemos que el alarmismo climático-apocalíptico se trata más de ideología y de poder que de ciencia.

Otra de las malas ideas que resultó derrotada el pasado martes 3 es la política de identidad. El concepto de que el país debería dividirse en categorías agraviadas según la raza, el origen o el sexo perdió de costa a costa. Perdió en el condado de Miami-Dade (Florida) en donde los cubanoamericanos votaron por el presidente Trump y en el condado de Osceola, cerca de Orlando. Perdió en el sur de Texas: el condado de Zapata, 95% mexicano-estadounidense, fue para Hillary Clinton por una ventaja de 33 puntos en 2016, pero Trump ganó con 52.5% esta vez. En todo el Valle del Río Grande, al presidente Trump le fue mejor en 2020 que en la anterior elección: en el condado de Starr perdió por solo cinco puntos (47% frente al 52% de Biden), en comparación con un margen de 60 puntos a favor de Clinton hace cuatro años. En el condado de Jim Hogg, Trump perdió por 18 puntos, frente a más de 50 en 2016. En el condado de Webb, Trump ganó el 36,6% de los votos, frente al 22,8% en 2016. Incluso California rechazó la política identitaria al votar negativamente el intento de revocar la Proposición 209, medida electoral de 1996 que prohíbe el uso de la raza, el origen nacional o el sexo como ventaja en las universidades y otras agencias estatales; la izquierda ha pasado casi un cuarto de siglo tratando de revertir esa decisión, y volvió a perder en su último intento.

En 2016, millones de personas en Michigan, Wisconsin y Pensilvania que habían apoyado a Barack Obama en 2008 y 2012 optaron por respaldar a Donald Trump sobre Hillary Clinton. Fueron estos votantes, no el Kremlin o los simpatizantes del Ku Klux Klan, quienes entregaron la Casa Blanca a los republicanos. El argumento más convincente de Biden durante la carrera por las primarias demócratas fue que tenía muchas más probabilidades que Bernie Sanders o Elizabeth Warren de recuperar ese bloque de votantes. No fue así. Biden cambió Michigan, Wisconsin y Pensilvania no porque se ganó a los ex partidarios de Trump, sino porque logró que votaran los demócratas que hace cuatro años se quedaron en sus casas.

Los impuestos también fueron protagonistas de la boleta electoral este año. En Illinois, uno de los nueve estados con un impuesto fijo a la renta, el gobernador Pritzker hizo campaña para aprobar una enmienda constitucional que permita un impuesto progresivo, pero fue derrotado 55% a 45%. En Colorado ganó 57% a 43% la propuesta de reducción del impuesto a la renta a la par que aprobaron la Proposición 117 para reforzar la enmienda Tabor, que limita el crecimiento del gobierno en función de la inflación y la población. En California los votantes rechazaron un referéndum que habría permitido tener preferencias raciales en la contratación estatal y en las admisiones universitarias, negaron un aumento impositivo a la propiedad comercial y rescataron decenas de miles de empleos de las plataformas tecnológicas como Uber, Instacart y Grubhub al eximir a sus trabajadores de la ley estatal AB5, que obliga a reclasificar a cientos de miles de contratistas independientes como empleados en relación de dependencia. Finalmente en Alaska los votantes rechazaron 56% a 44% un aumento del impuesto a las ganancias de la industria petrolera, intento que ya había fracasado en 2014, probablemente porque los ciudadanos no están dispuestos a sacrificar a la gallina de los huevos de oro.

En definitiva esta elección ha dejado en claro, otra vez, que el progreso en general parece despertar muy poco interés en las personas que se califican a sí mismas de progresistas pero que solo saben buscar el crecimiento del Estado a costa del ciudadano. Lo que les interesa es denunciar fracasos sociales y acusar a otros de cometer pecados. A pesar de lo que la izquierda pueda decir sobre su preocupación por los pobres, marginados, negros o mujeres, su comportamiento real demuestra que su interés es mayor cuando estas personas pueden ser utilizadas como foco de las denuncias izquierdista contra la sociedad. Cuando el pobre deja de ser pobre, el negro asciende en el trabajo, disminuye la discriminación de la mujer o los marginados son integrados, pierden el favor de la izquierda. Esto no es novedad. Allá por el siglo XIX, Karl Marx, tras presentar su visión de una clase trabajadora empobrecida levantándose para atacar y destruir el capitalismo, se sintió decepcionado al ver que los trabajadores se hacían menos revolucionarios a lo largo del tiempo, conforme mejoraba su nivel de vida, pronunciando su famosa frase: “El proletariado es revolucionario o no es nada”. Millones de seres humanos sólo le importaban mientras pudieran servir como carne de cañón en su yihad contra la sociedad existente. Si rechazaban ser peones en su juego ideológico, entonces “no eran nada”. Por ello, para algunos de nosotros, la historia más interesante de las elecciones de 2020 no es la victoria de Biden sino verificar que se rechazaran proposiciones absurdas de adoctrinamiento y empobrecimiento de parte de votantes que se veían a sí mismos como estadounidenses, no como víctimas. Y esto es algo que vale la pena celebrar.

María Eleonora Urrutia, es Magister en Economía y Ciencia Política (ESEADE) y Master in Public Policy (George Mason University). Profesora de Economía y Políticas Públicas (Universidad del Desarrollo). Senior Fellow Fundación para el Progreso. Fundadora, editora y columnista de El Líbero (www.ellibero.cl), multimedio de comunicación digital. Panelista Radio Agricultura (Chile). Abogado y consultor organismos internacionales de crédito. Síguela en @EleonoraUrrutia

Nazis en EEUU, la suerte de una estatua

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Es increíble ver en Charlottesville, nada menos que en Estados Unidos originalmente la tierra de la libertad, la insignia de la cruz svástica como si no fuera la señal de la muerte y el más horrendo oscurantismo totalitario.

Pues eso ocurrió en una ciudad de Virginia en este mes de agosto, una manifestación que vociferaba sobre la “supremacía blanca” que luego se topó con otra de diferentes características. Y lo peor es que el presidente de esa nación dijo ese mismo día que “en los dos bandos había gente muy buena” (“very fine people on both sides”). ¡Como puede decirse que en un grupo que adhiere al nazismo puede haber gente buena, sino más bien monstruos!, cualquiera sea el motivo que se alegue para la marcha y cualquiera sean las circunstancias.

 

Como es sabido -y lo escribí antes en estos días con el detalle de nombres propios- afortunadamente reaccionaron de manera airada miembros del mismo partido del presidente: militares en actividad indignados con los dichos por su Comandante en Jefe, Senadores, ex presidentes y empresarios que por ello renunciaron al consejo asesor de Trump, además del público en general y miembros de ambas Cámaras del partido demócrata. También los medios del periodismo escrito y televisivo en gran medida se pronunciaron condenando esas expresiones inauditas.

 

Incluso quien originalmente lo ayudó a Donald Trump en su campaña y que antes escribió su biografía tan difundida titulada Art of the Deal , Tony Schwartz, quien dice ahora que está arrepentido de haber hecho de apoyo logístico debido a la inestabilidad emocional del gobernante de marras y conjetura que renunciará a la presidencia antes que se pronuncie el Fiscal General Robert Muller y el Congreso sobre sus enredos en el caso “Russiangate”. A lo que se agregan sus trifulcas con periodistas, con el Poder Judicial, con el Poder Legislativo y sus anuncios descabellados en cuanto a las supuestas ventajas del nacionalismo, siempre trasnochado.

 

Además, los impresentables y peligrosos nazis están equivocados sobre, por ejemplo, el monumento de Robert E. Lee ya que estos ignorantes que suscriben una postura criminal antisemita y de “supremacía blanca”, desconocen que la mencionada figura, a diferencia del nacionalsocialismo, adhería a limitaciones muy rigurosas al poder político, mucho más que sus compatriotas del Norte que con sus privilegios a sus industrias pretendían que se las financien en el Sur de una mucho mayor  productividad. También Lee expresó en reiteradas oportunidades que “la esclavitud es una institución moral y políticamente malvada para cualquier país” (además de esfuerzos descomunales de su mujer Mary Ann y su hija Eleanor Agnes al establecer un colegio para esclavos al efecto de infundirles el necesario espíritu de ser libres e iguales en derechos a los blancos).  A pesar de los usos lamentables de la época, el general Lee nunca tuvo esclavos, del mismo modo que sus pares en el ejército Confederado los generales A. P. Hill, J. Johnston y J. E. B. Stuart.

 

Por supuesto que a los efectos de lo comentado resulta irrelevante si los manifestantes originales están o no informados de su propia historia, como queda dicho el tema es que muestran adhesión a un régimen criminal.

 

De todos modos, dado el malentendido sobre la estatua de Lee, es de interés hurgar en este asunto histórico. El célebre historiador Lord Acton, al producirse la rendición de las fuerzas del Sur (Confederados) le escribió una carta al general Lee fechada en Bolonia el 4 de noviembre de 1866 en la que se lee que “La secesión me llenó de esperanza […] Lo que se ha perdido en Richmond me entristece mucho más respecto a mi regocijo por lo que se salvó en Waterloo”.

 

La Constitución de veintitrés secciones  promulgada en el Sur era mucho más compatible con los valores de una sociedad libre que la establecida en el Norte y mucho más consistente con los principios de los Padres Fundadores, tal como lo señalan, entre otros, en sus respectivas obras, Thomas Di Lorenzo, Jeffrey Hummel y James Kennedy.

 

También en muchos de los dirigentes en el Sur -como es el caso del general Lee- prevalecían las ideas de los antifederalistas, es decir de un gobierno mínimo estadual en el contexto de muy poca delegación en el central, antifederalistas que como es sabido eran más federales que los propios federalistas (los debates entre ellos, según tratadistas como Ignacio Sánchez-Cuenca, Forrest McDonald y Bruce Frohen, constituyen los más fértiles en la historia de la ciencia política).

 

El Times de Londres, en su editorial del 13 de septiembre de 1862 expresa respecto a la mal llamada Guerra Civil (puesto que no se trataba de alzarse con el gobierno central sino de una separación, por ello es de mayor rigor denominar la lucha Guerra de Secesión) que “cuando los republicanos [los del Norte] colocaron el imperio sobre la libertad y acudieron a la opresión y a la guerra antes que sufrir cualquier mengua en el orgullo nacional, resultó clara que la naturaleza de Washington era precisamente de la misma naturaleza que la de San Petesburgo”.

 

Los autores antes mencionados enfatizan en los privilegios que pretendía el Norte por los cuales impusieron derechos aduaneros para con los productos del Sur y también para los productos extranjeros con los que el Sur podía competir debido a su mayor eficiencia. Tomado independientemente representaba la tercera economía del mundo (el Sur tenía el treinta por ciento de las vías ferroviarias de Estados Unidos y ríos navegables que no se congelaban y puertos en la mayor parte de sus estados). Pero henos aquí que, siempre según los historiadores referidos, las tres cuartas partes de la manutención del gobierno central era financiado por el Sur. Como decía el Senador William Garrison “el Sur era la vaca lechera de la Unión” y el gobierno central absorbió las deudas del Norte que, por lo dicho, finalmente las sufragaba el Sur.

 

Por su parte, Alexis de Tocqueville escribió un cuarto de siglo antes de la Guerra de Secesión que “Si la Unión intentara mantener por medio de las armas a los Confederados, su posición se tornaría análoga a la que ocupaba Inglaterra cuando la guerra de la independencia […] La Unión actual durará mientras todos los estados que la componen continúen queriendo formar parte de ella”.

 

Al efecto de marcar antecedentes clave de la Constitución estadounidense actual, John C. Calhon quien fuera vicepresidente de Andrew Jackson y senador por Carolina del Norte, junto con Robert Y. Hayne, también senador por el mismo estado fueron los más conspicuos defensores de los derechos de los estados a separarse de la Unión si sus representantes consideraban que estaban afectados en  sus facultades, lo cual se estableció originalmente en lo que se denominó “la teoría de la nulificación” (derecho eliminado después de la Guerra de Secesión), al fin y al cabo se trataba de Estados Unidos y no de Estados Consolidados, tal como en su momento quedó consignado en el primer artículo del Segundo Congreso Continental de julio de 1776. El artículo segundo de ese documento subrayaba que “cada estado retiene su soberanía, su libertad y su independencia” y el artículo tercero señalaba que los estados “entran en esta liga firme de amistad entre ellos para su común defensa y seguridad de sus libertades” y delegaban muy limitados poderes en el gobierno central con el compromiso de rendir cuenta a los estados miembros. Por otra parte y en otros contextos, para citar ejemplos distintos, la secesión ocurrió luego del desmembramiento de la Unión Soviética y antes con Portugal respecto de España, Panamá de Colombia y Noruega de Suecia.

 

Respecto de la esclavitud en Estados Unidos, su origen fue las adquisiciones realizadas por los estados del Norte los cuales se compraban a los esclavistas y los sobrantes se vendían a los propietarios del Sur. Hay en esto una confusión. En la época de la Guerra de Secesión ya la monstruosidad de la esclavitud (en general aceptada y promulgada desde Aristótles quien escribió la brutalidad como justificativo de que “hay en la especie humana seres inferiores a los demás”) estaba en vías de desaparecer por los valientes y heroicos escritos y acciones de personas como William Lloyd Garrison y Fredrick Duglass debido a lo cual se incrementaron huidas y sublevaciones de los llamados “amos blancos”, y por último, por más que suene deshumanizado, como apunta Thomas Sowell, las máquinas algodoneras hicieron sustancialmente más barata la recolección de ese producto.

 

Pero también aquí hay distorsiones de la historia. Por ejemplo, se dibuja a Lincoln como siempre contrario a la secesión y a la esclavitud. Pues esto no es cierto, el 21 de agosto de 1858 con motivo de un intercambio público de ideas con Stephan Douglas, en Ottawa, Illinois, manifestó: “¿Liberarlos y convertirlos en nuestros iguales política y socialmente. Mis sentimientos no permiten esto […] Estoy a favor que la raza a que pertenezco tenga la posición superior”. Y en su primer mensaje presidencial, en 1860, expresó que “No tengo el propósito directo o indirecto de interferir con la institución de la esclavitud en los estados donde existe. No tengo ningún derecho legal a esto y no tengo ninguna inclinación a esto”. Finalmente, en su discurso en México D.F. que tituló If You Want to Secede, You May, el 6 de octubre de 1859,  dijo “Cualquier pueblo que se sienta obligado [por la opresión] y cuente con los medios necesarios, tiene el derecho a rebelarse y liberarse del gobierno existente […] Cualquier porción de éste puede rebelarse y hacer lo propio con relación a la parte del territorio que lo habita”.

 

Entonces, contrariamente a lo que pregona alguna versión más o menos convencional, la Guerra de Secesión no tuvo lugar por la esclavitud sino por la constante explotación por parte del Norte que prefirió una guerra con 970.000 muertos antes de dejar que se independizara el Sur.

 

Por si fuera de interés, escribí extensamente sobre este tema y otros titulado Estados Unidos contra Estados Unidos en una primera edición del Fondo de Cultura Económica y una segunda por Unión Editorial de Madrid. Lo dicho en esta nota periodística resume el tema de la estatua de Robert E. Lee por lo cual se produjo la trifulca aludida que mencionamos al abrir este artículo. Al momento de escribir esta nota se están gestando episodios con alguna similitud en otras ciudades estadounidenses en cuanto a derribar estatuas.

 

Cierro insistiendo en mi asombro y repugnancia al ver las imágenes de manifestantes nazis a esta altura del siglo xxi, después de todas las tragedias provocadas por ese sistema criminal y, sobre todo, las declaraciones del presidente de Estados Unidos (repugnancia que, entre otras muchas manifestaciones periodísticas, ilustran este mes con la figura de Trump tapas de revistas como “The Economist”,  “Times”, “The New Yorker” y “Die Spiegel”). Además, en el caso comentado se trata de un grupo de ignorantes que no se percatan que Lee estaba en las antípodas de sus ideas (lo cual va también para la mayoría que votó en la alcaldía de Chartottesville para remover el monumento en cuestión). Entonces, no solo la ignorancia es en materia humana elemental de quienes iniciaron la marcha sino de la historia de su propio país, por lo que estimamos útil las consideraciones aquí brevemente expuestas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Emerge un nuevo Japón

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 1/8/13 en: http://www.lanacion.com.ar/1605793-emerge-un-nuevo-japon

Las recientes elecciones parlamentarias japonesas -como era previsible- parecen haber consolidado el liderazgo del carismático primer ministro Shinzo Abe, con el regreso al centro del escenario político de su partido: el Liberal Democrático.

Esto supone por lo menos dos cosas. Primero, consolidar los cambios económicos drásticos que han comenzado a ser implementados por Abe para revitalizar una economía anestesiada por dos lentas décadas de deflación. Segundo, dejar atrás al Japón «pacifista» que emergiera luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, reemplazándolo por un país «normal». Esto último está sucediendo bajo la presión de los conflictos marítimo-territoriales que Japón mantiene con China, los que han ido creciendo en medio de una tensión preocupante.

Ocurre que el popular y nacionalista Shinzo Abe -y sus tradicionales aliados budistas del Nuevo Komeito- se han asegurado esta vez el control de la legislatura, al menos por los próximos tres años. Lo que es todo un cambio político. Aunque, cabe aclarar, sin contar con los dos tercios de las bancas legislativas necesarias para comenzar a revisar la Constitución de 1947 y someter luego los cambios que se aprueben a un referendo nacional ratificatorio.

Las recientes elecciones, sin embargo, mostraron una debilidad. La aparente apatía o desinterés de una parte importante de los votantes. Porque la concurrencia a las urnas resultó inusualmente baja, de apenas un 52% de los ciudadanos japoneses autorizados a votar, contra el 58% que votara en la elección anterior.

El oficialismo se ha recuperado así de la que fuera una aplastante derrota sufrida hace apenas cuatro años. En una suerte de contracara, la oposición, esto es el Partido Demócrata -desprestigiado por un manejo desacertado de la crisis nuclear del 2011, en Fukushima- hizo la peor elección desde su creación, en 1998. Como resultado, sólo tendrá ahora 17 de los 242 escaños de la Cámara alta.

Transformado en un dinámico -y por momentos hasta vibrante- agente de cambio, Abe, a los 58 años, está claramente sacudiendo a la sociedad de su país, que pareciera estar -como nunca en los últimos años- abierta a endosar una transformación profunda.

Incluyendo la eventual revisión de la actual Constitución, de modo de reemplazar a las llamadas fuerzas de «autodefensa» por estructuras y fuerzas militares más normales, esto es mucho más poderosas y modernas, sin ataduras o limitaciones obsoletas. Esto ha despertado desconfianza no sólo en China, sino en toda la península coreana, desde que la sombra de la agresividad histórica del Japón en su propia región aún genera recelos.

La aprobación pública de Abe es alta, en rigor del orden de un 60%. El primer ministro -que sigue los pasos de su mentor, Junichiro Koizumi, derrotado en 2006- ha lanzado un verdadero maremoto de estímulos económicos, con los que ha logrado poner en marcha, al menos por ahora, a una economía adormecida que ya parece haber despertado de su larga parálisis.

El optimismo es muy grande en los mercados. Hay una sensación de viento de popa, con un Abe firmemente a cargo del timón del país asiático

Me refiero a un paquete que incluye agresivas medidas monetarias de estímulo, el aumento del gasto público de inversión, así como algunas medidas estructurales adicionales que, aunque anunciadas, aún no han sido específicamente totalmente definidas, tales como la baja de la presión tributaria a las sociedades, el alza del impuesto a las ventas, un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos con la eventual reducción del proteccionismo agrícola y el regreso a priorizar la generación nuclear de energía eléctrica. Además de un acercamiento más profundo a los mecanismos del mercado, en general.

Con un yen devaluado, la Bolsa de Tokio y las exportaciones japonesas se han entonado. Los precios de las acciones japonesas han subido nada menos que un 40%, en lo que va del año.

No obstante, si de pronto las medidas en curso de aplicación fracasaran, la economía se desacelerara y los altos niveles de actividad propios de los 70 o los 80 se esfumaran, la popularidad de Abe podría comenzar a desdibujarse.

Por el momento, el optimismo es muy grande en los mercados. Hay una sensación de viento de popa, con un Abe firmemente a cargo del timón del país asiático. Japón ha comenzado a redefinirse desde sus propias entrañas. Lo que supone un proceso necesariamente lento, del que -por lo demás- no hay garantía alguna anticipada de éxito.

La esperanza de muchos japoneses parecería de pronto haber revivido, al compás de una economía que se ha puesto de pie y que necesitaba encontrar el camino para romper el cepo de su estancamiento, que la mantenía en una frustrante y desgastante inercia. En lo económico, el apoyo popular a Abe es hoy enorme. En lo político, quizás no sea tan grande.

La gran novedad entonces, es que un camino de cambio ha comenzado a transitarse. Japón ya luce diferente. Y esto es precisamente lo que Shinzo Abe quería que ocurriera, para que las reformas dispuestas -o por venir- no sólo se institucionalicen, sino que, además, comiencen a consolidarse, superando lo que fuera hasta no hace mucho una sofocante realidad.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.