La importancia de la libertad de prensa

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 11/6/22 en: https://www.infobae.com/opinion/2022/06/11/la-importancia-de-la-libertad-de-prensa/

El debate abierto de ideas resulta medular para el progreso moral y material de cualquier sociedad libre

Justicia

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Antes he escrito sobre este tema trascendental para la sociedad libre pero dadas las amenazas y escaramuzas recientes, es del caso insistir en el asunto. Nada hay más importante que se garantice la libertad de expresar todo lo que le dé la gana al opinante. Esto no solo hace a una manifestación básica de respeto y permite la información sino que resulta esencial para el progreso del conocimiento que como es sabido tiene la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones, lo cual permite saltos cuánticos en el aprendizaje. En este último campo, sin libertad de prensa el embrutecimiento es la norma que -además de otras barrabasadas- es precisamente lo que ocurre en los regímenes totalitarios. El debate abierto de ideas resulta medular para el progreso moral y material.

En otros términos, para incorporar algo de tierra fértil en el mar de ignorancia en que nos debatimos, se hace necesario recabar el máximo provecho del conocimiento existente, por su naturaleza disperso y fraccionado entre millones de personas. Con razón ha sentenciado Einstein que “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”. Al efecto de sacar partida de esta valiosa descentralización, es indispensable abrir de par en par puertas y ventanas para permitir la incorporación de la mayor dosis de sapiencia posible. Esto naturalmente requiere libertad de pensamiento y la consiguiente libertad de expresarlo, lo cual se inserta en el azaroso proceso evolutivo de refutaciones y corroboraciones siempre provisorias.

Esta libertad es respetada y cuidada como política de elemental de higiene cívica en el contexto de una sociedad abierta, no solo por lo anteriormente expresado sino porque demanda información de todo cuanto ocurre en el seno de los gobiernos para así velar por el cumplimiento de sus funciones específicas y minimizar los riesgos de extralimitación y abuso de poder.

Este es el sentido por el que los Padres Fundadores en Estados Unidos otorgaron tanta importancia a la libertad de prensa y es el motivo por el que se insertó con prioridad en la mención de los derechos de las personas en su carta constitucional, la cual, dicho sea al pasar, fue tomada como punto de referencia en la sanción de la argentina. Jefferson escribió en 1787 que “si tuviera que decidir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en elegir lo último”.

Resulta especialmente necesaria la indagación por parte del periodismo cuando los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno pretenden ocultar información bajo los mantos de la “seguridad nacional” y los “secretos de Estado” alegando “traición a la patria” y esperpentos como el “desacato” o las intenciones “destituyentes” por parte de los representantes de la prensa. Debido a su trascendencia y repercusión pública internacional, constituyen ejemplos de acalorados debates sobre estos asuntos los referidos a los llamados “Papeles del Pentágono” (tema tan bien tratado por Hannah Arendt) y el célebre “Caso Watergate” que terminó derribando un gobierno.

Por supuesto que nos estamos refiriendo a la plena libertad sin censura previa, lo cual no es óbice para que se asuman con todo el rigor necesario las correspondientes responsabilidades ante la Justicia por lo expresado en caso de haber lesionado derechos de terceros. Esta plena libertad incluye el debate de ideas con quienes implícita o explícitamente proponen modificar el sistema, de lo contrario se provocaría un peligroso efecto boomerang (la noción opuesta llevaría a la siguiente pregunta, por cierto inquietante ¿en que momento se debiera prohibir la difusión de las ideas comunistas de Platón, en el aula, en la plaza pública o cuando se incluye parcial o totalmente en una plataforma partidaria?). Las únicas defensas de la sociedad abierta radican en la educación y las normas que surgen del consiguiente aprendizaje y discusión de valores y principios.

Hasta aquí lo básico del tema, pero es pertinente explorar otros andariveles que ayudan a disponer de elementos de juicio más acabados y permiten exhibir un cuadro de situación algo más completo. En primer lugar, la existencia de ese adefesio que se conoce como “agencia oficial de noticias”. No resulta infrecuente que periodistas bien intencionados y mejor inspirados se quejen amargamente porque sus medios no reciben el mismo trato que los que adhieren al gobierno de turno en cuanto a la distribución de la pauta publicitaria o a los que la juegan de periodistas y son directamente megáfonos del poder del momento. Pero en verdad, el problema es aceptar esa repartición estatal en lugar de optar por su disolución, y cuando los gobiernos deban anunciar algo simplemente tercericen la respectiva publicidad. La constitución de una agencia estatal de noticias es una manifestación autoritaria a la que lamentablemente no pocos se han acostumbrado.

Es también conveniente para proteger la muy preciada libertad a la que nos venimos refiriendo, que en este campo se de por concluida la figura atrabiliaria de la concesión del espectro electromagnético y asignarlo en propiedad para abrir las posibilidades de subsiguientes ventas, puesto que son susceptibles de identificarse del mismo modo que ocurre con un terreno. De más está decir que la concesión implica que el que la otorga es el dueño y, por tanto, tiene el derecho de no renovarla a su vencimiento y otras complicaciones y amenazas a la libre expresión de las ideas que aparecen cuando se acepta que las estructuras gubernamentales se arroguen la titularidad, por lo que en mayor o menor medida siempre pende la espada de Damocles.

De la libertad de expresión se sigue la de asociación y de petición que deben minimizar las tensiones que eventualmente generen batifondos extremos y altos decibeles que afectan los derechos del vecino, lo cual en un sistema abierto se resuelve a través de fallos en competencia como mecanismo de descubrimiento del derecho y no como ingeniería legislativa y diseño arrogante.

Fenómeno parecido sucede con la pornografía y equivalentes en la vía pública que, en esta instancia del proceso de evolución cultural, hacen que no haya otro modo de resolver las disputas como no sea a través de mayorías circunstanciales. Lo que ocurre en dominios privados no es de incumbencia de los gobiernos, lo cual incluye la televisión que con los menores es responsabilidad de los padres y eventualmente de las tecnologías empleadas para bloquear programas. En la era moderna, carece de sentido tal cosa como “el horario de protección al menor” impuesto por la autoridad, ya que para hacerlo efectivo habría que bombardear satélites desde donde se transmiten imágenes en horarios muy dispares a través del globo. Las familias no pueden ni deben delegar sus funciones en aparatos estatales como si fueran padres putativos, cosa que no excluye que las emisoras privadas de cualquier parte del mundo anuncien las limitaciones y codificadoras que estimen oportunas para seleccionar audiencias.

Otra cuestión también controversial se refiere a la financiación de las campañas políticas. En esta materia, se ha dicho y repetido que deben limitarse las entregas de fondos a candidatos y partidos puesto que esos recursos pueden apuntar a que se les “devuelva favores” por parte de los vencedores en la contienda electoral. Esto así está mal planteado, las limitaciones a esas cópulas hediondas entre ladrones de guante blanco mal llamados empresarios y el poder, deben eliminarse vía marcos institucionales civilizados que no faculten a los gobiernos a encarar actividades más allá de la protección a los derechos y el establecimiento de justicia. La referida limitación es una restricción solapada a la libertad de prensa, del mismo modo que lo sería si se restringiera la publicidad de bienes y servicios en diversos medios orales y escritos.

Es del caso enfatizar que en demasiadas oportunidades cuando se propone algo novedoso y distinto las mentes liliputenses se refugian en la falacia ad populum, esto es si nadie lo hace está mal y si todos lo hacen está bien. Con este criterio de telaraña mental nuestros ancestros no hubieran pasado del garrote, el taparrabos y la cueva pues el primero que utilizó el arco y la flecha, el poncho o el rancho no los usaba nadie por tanto habría que condenarlos. Otra vez reitero lo consignado por John Stuart Mill: “Todas las nuevas ideas que son buenas pasan por tres etapas, la ridiculización, la discusión y la adopción.” Tenemos que acostumbrarnos a dar rienda suelta a las neuronas y no quedarnos bloqueados por el statu quo resultado de una educación mediocre -más bien adoctrinamiento- acostumbrada a la guillotina horizontal que nivela y recibe servilmente instrucciones desde el vértice del poder político.

Afortunadamente han pasado los tiempos del Index Expurgatorius en el que papas pretendían restringir lecturas de libros, pero irrumpen en la escena comisarios que limitan o prohíben la importación de libros, dan manotazos a la producción y distribución de papel, interrumpen programas televisivos o, al decir del decimonónico Richard Cobden, establecen exorbitantes “impuestos al conocimiento”. La formidable invención de la imprenta por Pi Sheng en China y más adelante la contribución extraordinaria de Gutenberg, no han sido del todo aprovechadas, sino que a través de los tiempos se han interpuesto cortapisas de diverso tenor y magnitud pero en estos momentos han florecido (si esa fuera la palabra adecuada) megalómanos que arremeten con fuerza contra el periodismo independiente (un pleonasmo pero en vista de lo que sucede, vale el adjetivo).

Esto ocurre debido a la presunción del conocimiento de gobernantes que sin vestigio alguno de modestia y a diferencia de lo sugerido por Einstein, se autoproclaman sabedores de todo cuanto ocurre en el planeta, y se explayan en vehementes consejos a obligados y obsecuentes escuchas en imparables verborragias.

Como queda dicho, en una sociedad libre no hay tal cosa como “delitos de prensa” hay simplemente delitos del mismo modo que no hay delito de pistola o delito de cuchillo se pueden cometer vía estas armas, el delito eventualmente puede cometerse a través de la prensa como cuando se hace la apología del delito, por ejemplo, invitando a que “se asesinen a los rubios” lo cual abre la posibilidad a que algún rubio acuda a la Justicia en su resguardo la que se pronunciará sobre el caso o las calumnias, agravios e injurias que los estrados judiciales estimen punibles. En parte es lo que se conoce como la controvertida y a veces manipulada “doctrina de la real malicia” iniciada en Estados Unidos (“real malice”) con el caso New York Times vs. Sullivan en 1964, figura incorporada por la Corte Suprema de Justicia argentina con suerte dispar.

El contrapoder o Poder Judicial en un sistema republicano tiene siempre la última palabra lo cual no excluye lo que pueda transmitir el esencialísimo Cuarto Poder, es decir el periodismo. Conviene en este contexto distinguir lo dicho de la mera transmisión informativa de la comisión de un delito.

A nuestro juicio en nuestro medio los tratadistas más destacados en materia de libertad de prensa han sido José Manuel Estrada, Segundo Linares Quintana y, sobre todo el suculento tratado de Gregorio Badeni en la materia. Dados los temas controvertidos aquí brevemente expuestos -y que no pretenden agotar los vinculados a la libertad de prensa- considero que viene muy al caso reproducir una cita de la obra clásica de John Bury titulada Historia de la libertad de pensamiento: “El mundo mental del hombre corriente se compone de creencias aceptadas sin crítica y a las cuales se aferra firmemente […] Una nueva idea contradictoria respecto a las creencias que sustenta, significa la necesidad de ajustar su mente […] Las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el por qué y el para qué de principios aceptados, es considerado un elemento pernicioso”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Argentina, otra vez en la encrucijada

Por Alberto Benegas Lynch (h): Publicado el 3/12/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2198582-la-argentina-otra-vez-en-la-encrucijada

 

Nos condenamos en una parla machacona sobre la coyuntura y no nos damos espacio para el debate de ideas de fondo, lo que nos condena a repetir errores.

 

Para salir adelante y sortear obstáculos, lo primero es hacer un buen diagnóstico. Venimos a los tumbos desde hace demasiadas décadas. Hay aquí un asunto clave. Muchas personas estiman que los entuertos los deben resolver otros. Consideran que están ubicados en una inmensa platea y que los actores son los que están en el escenario. Un buen método para que se derrumbe el teatro.

 

Ortega y Gasset ha sido muy claro: “Si usted quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted por sostener la civilización se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda sin civilización”. En esta misma línea argumental los Padres Fundadores en Estados Unidos insistían en que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”.

 

El problema central que nos aqueja es la dimensión elefantiásica del aparato estatal que en lugar de preservar y garantizar derechos los conculca a manos de mandones de distintas características,  pero que consideran que sus semejantes son en la práctica infradotados para manejar sus vidas, haciendas y la educación de sus hijos por lo que, aun con las mejores intenciones, el Leviatán irrumpe en escena y todo lo engulle a su paso.

 

Saint Exupery da en la tecla con la mirada típica del aludido mandamás: “¡Ah -exclamó el rey al divisar al principito- aquí tenemos un súbdito! El principito se preguntó ¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto? Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.” He aquí el problema.

 

No importa a que nos dediquemos, sea a la jardinería, a la música, al derecho, la economía, el comercio o la literatura, todos estamos interesados en que se nos respete, por tanto es obligación moral de cada cual el contribuir cotidianamente a que se comprendan los fundamentos de la libertad. La cátedra, el ensayo, el libro y el artículo son los medios más eficaces pero de ningún modo son los únicos. Por ejemplo, reuniones periódicas de muy pocas personas para estudiar y debatir temas clave producen un efecto multiplicador notable en medios laborales, sociales y familiares.

 

Y aquí viene un asunto de la mayor importancia: nos consumimos en una parla machacona sobre la coyuntura y no nos damos espacio para el debate de ideas de fondo, sin percatarnos que con esta rutina nos estamos condenando a repetir errores. Operamos como el can que se quiere morder la cola en círculos histéricos, en lugar de hacer un alto en el camino y centrar la atención en valores y principios de la sociedad abierta que harán que la coyuntura futura se modifique para bien.

 

No somos capaces de aceptar la respuesta al tan citado y poco comprendido interrogante que se plantea Alberdi “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”. Si no entendemos esto viviremos permanentemente en estados de emergencia y seguiremos repitiendo aquellas sandeces de podar gastos estatales en lugar de eliminar funciones, hacer el gasto gubernamental más eficiente en lugar de comprender que algo inconveniente cuanto más eficiente peor, enroques de funcionarios en un pesado y contraproducente organigrama, pactar con empresarios prebendarios y sindicalistas basados en legislaciones fascistas, en el contexto de deudas crecientes, impuestos asfixiantes y una economía cerrada para “vivir con lo nuestro”.

 

Y todavía cuando se presentan temas de fondo para salir del atolladero hay quienes tildan con sorna la propuesta como “principista, carente de tacto político y practicidad” sin anoticiarse que nada hay más práctico que una buena teoría y que todo lo que usamos desde la computadora, la medicina, la alimentación y el transporte ha sido la consecuencia de la elaboración de  teorías. Es curioso pero estos críticos son como el perro del hortelano, no dejan hacer y tampoco hacen. Se enfadan con lo que sucede y con lo que se sugiere para modificar los sucesos del momento.

 

En esta nota me circunscribo a un ejemplo de tantos susceptibles de ilustrar la tensión brutal entre la coyuntura y el debate de ideas de fondo. Sin duda que debe trasmitirse y conocerse el día a día pero, reiteramos, es indispensable dar espacio para analizar y discutir ideas de fondo que ayuden a dar un volantazo a nuestro estancamiento que ya va siendo crónico.

 

El ejemplo son las mal llamadas empresas estatales. Mal llamadas porque la característica medular de un emprendimiento empresario estriba en que se asume riesgos con recursos propios y no a la fuerza con el fruto del trabajo de los vecinos. Además, la misma constitución del emprendimiento político de marras inexorablemente significa que se han alterado las prioridades de la gente en cuanto a sus preferencias puesto que si se procede en la misma dirección de lo que el público prefiere no tiene sentido la intervención para duplicar esfuerzos con el consiguiente ahorro de gastos administrativos. Incluso si la “empresa estatal” arrojara ganancias (lo cual es muy poco probable) debe preguntarse si las tarifas no serán demasiado elevadas puesto que la única manera de saber acerca de la conveniencia de lo que se cobra es la competencia en el mercado abierto.

 

Nunca en la presencia estatal hay competencia puesto que para proceder en ese sentido hay que competir lo cual se traduce en la eliminación de todo privilegio que significa sacar la actividad de la órbita política.

 

Resultan tragicómicas las declaraciones sobre las faenas para que la empresa política resulte eficiente sin comprender que el asunto es de incentivos: la forma en que se toma café y se encienden las luces no es la misma en la empresa privada que en la pública. Los incentivos en las auditorías para evitar corrupciones no son los mismos en un sector que en otro. Es del caso recordar la figura tan demostrativa de Garret Hardin de “la tragedia de los comunes” en cuanto a que lo que es de todos no es de nadie, enseñanza que se remonta a los escritos de Aristóteles.

 

Por supuesto que si se traspasan las así denominadas empresas estatales a monopolios privados la situación empeora ya que en el sector privado sabrán sacar mayor tajada del privilegio, con lo que los ciudadanos se verán aun más explotados y vejados. De lo que se trata es de vender al mejor postor sin condición de ninguna naturaleza en un mercado abierto local e internacionalmente al efecto de que la gente pueda sacar la mejor partida posible de ofertas en competencia.

 

Hay todavía un mito adicional  en este capítulo y es el de la tan vapuleada y poco comprendida noción de soberanía. Envolver la telefonía o cualquier otro bien o servicio en la soberanía constituye una sandez superlativa: en última instancia en una sociedad libre la soberanía reside en los individuos no en las cosas ni en abstracciones. Hablar de la soberanía de una línea de bandera es tan ridículo como hablar de la soberanía de la lechuga.

 

Por último, es del caso enfatizar, por una parte, que no resulta pertinente hacer referencia a los capitales del sector público ya que los capitales son siempre privados solo que en este caso no se asignan voluntariamente  y, por otra, cuando se hace referencia al mercado se está aludiendo a millones de arreglos contractuales que diariamente la gente lleva a cabo, desde la vianda del desayuno hasta la cama en que se duerme. El mercado somos todos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

ATAQUES TERRORISTAS EN PARÍS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como es de público conocimiento se produjeron siete nuevos actos simultáneos de cobardía asesina en territorio francés. Horror, espanto y vergüenza son los adjetivos para el caso. El idioma queda corto para calificar a las bazofias humanas responsables de tamaña maldad. Puede aceptarse la calificación de insania y locura como una metáfora inocente pero no en sentido literal, del mismo modo que no puede hacerse con asesinos seriales como Hitler puesto que, entre otras cosas,  esos calificativos implican la ininputabilidad.

 

Hubo un video de ISIS (respondiendo a las siglas en inglés de estos facinerosos) donde un sujeto rodeado por encapuchados se atribuye los hechos espeluznantes de marras al efecto de poner de manifiesto que fueron perpetrados con cálculo en detalle, anticipación y alevosía. Esta banda es en cierto sentido un desprendimiento de Al-Quaeda ya que su líder -Abu Bakr al Baghadi- fue el jefe de esta última organización en Irak. Aunque según información belga, quien comandó esta catástrofe fue Abdelhaim Abaaoud desde Siria. Los asesinos-suicidas tenían pasaportes egipcios, franceses y sirio, en este último caso había entrado al país como refugiado.

 

Según aparece, se trató de tres comandos que perpetraron estos asaltos en siete lugares distintos que dejaron 129 muertos y 352 heridos, muchos de los cuales de gravedad. Hasta el momento de escribir estas líneas se han llevado a cabo 170 operativos por parte de la policía local.

 

Las primeras condolencias y condenas del extranjero fueron de los gobiernos de España, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Uruguay, Colombia y Chile. En Francia hubieron numerosos homenajes, especialmente en la Plaza de la República y en universidades y centros varios donde las plegarias, las velas y las flores junto con otras manifestaciones de dolor y duelo, país en el que se decretó el “estado de emergencia” lo cual no ocurría desde la guerra con Argelia.

 

Fue muy emotivo el traslado de un piano a las puertas del teatro donde ocurrieron una de las masacres, oportunidad en la que se ejecutó la conocida “Imagine” de John Lennon, canción que más en este contexto arrancó lágrimas hasta al más insensible.

 

En la Universidad de California en Long Beach hubo un muy emotivo homenaje organizado por la presidente de esa casa de estudios -Jane Close Conely- a raíz del asesinato de una de sus estudiantes, Nohemí Gonzalez, que participaba de un programa de intercambio estudiantil en París.

 

Creo que lo peor que puede hacerse es vincular a estos energúmenos con una religión. Como he apuntado en otra oportunidad en este mismo medio, Guy Sorman y Gary Becker han dicho que el Corán es el libro de los hombres de negocios debido al respeto que muestra por los contratos y la propiedad. Allí se señala que el que mata a un hombre ha matado a la humanidad (5:23) y el jihad es “la guerra interior contra el pecado”.

 

Como también he puesto de manifiesto con anterioridad, los musulmanes en su paso de ocho siglos por España contribuyeron grandemente a la medicina, la economía, el derecho, la geometría, la música, la arquitectura y, sobre todo, demostraron gran tolerancia con los judíos y cristianos. Su traducción de textos aristotélicos ha promovido valores centrales de la civilización y sus sistemas educativos constituyeron un ejemplo de apertura y competencia.

 

Sin duda que las fatales vinculaciones del poder con la religión son una grave amenaza a la libertad y a la tolerancia. Es por ello que los Padres Fundadores en Estados Unidos establecieron la “doctrina de la muralla” para marcar la indispensable separación de las dos esferas mencionadas.

 

De más está decir que lo dicho no desconoce los fanatismos de quienes usan la religión para cometer todo tipo de barrabasadas inaceptables. Eso ocurrió durante la Inquisición del cristianismo por la que Juan Pablo II pidió perdón junto a las Cruzadas, los abusos en la conquista de América y el antisemitismo en el contexto de promover el ecumenismo. Las llamadas “guerras santas” han sido criminales, a través de la historia: en nombre de Dios, la misericordia y el amor se ha masacrado, torturado y amputado y sería muy injusto e inapropiado calificar esto como “terrorismo cristiano”. Del mismo modo es del todo desacertado hablar de “terrorismo islámico”. No le hagamos el favor a los responsables de los espantos como el sucedido ahora en Francia de vincularlos a la religión con lo que la mecha del fanatismo religioso se traduce en incendios imparables y desata conductas inadmisibles para cualquier mente civilizada. Todas las concelebraciones y reuniones oficiales entre judíos, cristianos y musulmanes nos recuerdan con enorme gratitud el sello profundo del ecumenismo de Juan Pablo II.

 

José Levy, corresponsal en Medio Oriente de CNN, al día siguiente del horror, consignó las muchas manifestaciones enfáticas de repudio por parte de numerosos musulmanes indignados porque se usa su religión y el Corán para cometer actos criminales (hay diez millones de musulmanes radicados en Francia). Destacó también con gran solvencia la interpretación espiritual del antes mencionado jihad.

 

Sin duda que hay pasajes confusos, contradictorios y a veces alarmantes en el Corán del mismo modo que los hay en la Biblia,  que las diversas hermenéuticas los pretenden resolver de modo diferente según las correspondientes tradiciones de pensamiento. La religión como el amor son temas privados que no deben ser politizados y, por supuesto, no puede aceptarse bajo ningún concepto lesionar derechos bajo el ropaje de la lucha contra “los no creyentes”, los “herejes” o los “infieles”.

 

Estos ataques terroristas lamentablemente sirven como un camino expedito para que se cercenen las libertades individuales en nombre de la seguridad, es decir, se tiende a establecer un estado orwelliano para protejerse del Gran Hermano terrorista. Es como ha escrito Benjamin Franklin: “aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

 

En un plano muy distinto es pertinente recordar tres reflexiones atinadas en relación con este tema de los ataques a mansalva de los terroristas que proceden de modo que, como decimos, es inaceptable desde cualquier punto de vista de una persona decente y razonable.

 

En primer lugar, la declaración del general Washington en cuanto a que “mi ardiente deseo es, y siempre ha sido, cumplir estrictamente con todos nuestros compromisos en el exterior y en lo doméstico, pero mantener a Estados Unidos fuera de toda conexión política con otros países”. En segundo lugar y en  esta misma línea argumental, John Quincy Adams escribió que “América [del Norte] no va al extranjero en busca de monstruos para destruir. Desea la libertad y la independencia de todos. Es el campeón solamente de las suyas […] Alistándose bajo otras banderas podrá ser la directriz del mundo pero ya no será más la directriz de su propio espíritu”. Por último, es de interés tener presente lo manifestado por Ron Paul, el tres veces candidato a la presidencia de Estados Unidos, en el sentido de preguntarse como hubiera reaccionado el pueblo y el gobierno estadounidense si desde el mundo árabe se estuviera bombardeando, por ejemplo, California, Texas o New York, lo cual ilustra Paul con la patraña monstruosa tejida junto a sus alidados de la “invasión preventiva” en Irak.

 

Al debatir este tema con colegas economistas en una reunión del fin de semana próximo pasado en que ocurrieron los hechos bochornosos que comentamos, salió a relucir el interrogante de cómo debiera proceder un gobierno cuando en otra jurisdicción nacional se expropian propiedades de sus ciudadanos. Mi respuesta fue que entre privados debe recurrirse a la justicia del país en cuestión y si no puede resolverse por esa vía queda en pie el riesgo que asume el interesado al invertir en otro lugar pero nunca se justifica la intervención militar a menos que se trate de una agresión también militar en territorio ajeno. (Si no son ejércitos regulares es pertinente la operación comando)

 

En resumen, todos los procedimientos adecuados son permisibles para prevenir y castigar a los asesinos terroristas cualquiera sea su signo o denominación, pero debe tenerse en cuenta, por un lado, el peligro y la injusticia de vincularlos con religiones y, por otro, no perder de vista que el eje central de la sociedad civilizada consiste en el respeto recíproco de las autonomías y los consiguientes derechos individuales. Es necesario también tener muy presente que el combate a los terroristas nunca debe llevarse a cabo con los procedimientos de los criminales terroristas, de lo contrario se puede ganar en el terreno militar pero indefectiblemente se pierde en el terreno moral que es el relevante. Ya bastantes ejemplos hemos visto de esto último.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.