Adam Smith, el hombre que revolucionó las certezas de su tiempo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 20/3/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1995791-adam-smith-el-hombre-que-revoluciono-las-certezas-de-su-tiempo

 

Al “padre de Economía” lo apasionaban todas las ciencias, y él siempre se consideró un filósofo moral

Antes que por su sabiduría, fue famoso por sus distracciones. Un día, el cochero de la diligencia de Edimburgo a Kirkcaldy divisó en pleno descampado, a varias millas de este pueblo, una figura solitaria. Frenó los caballos y preguntó al caballero si necesitaba ayuda. Sólo entonces, éste, mirando sorprendido el rededor, advirtió dónde estaba. Hundido en sus reflexiones, llevaba varias horas andando (mejor dicho, pensando). Y un domingo se lo vio aparecer, embutido todavía en su bata de levantarse, en Dunfermline, a quince millas de Kirkcaldy, mirando el vacío y hablando solo. Años más tarde, los vecinos de Edimburgo se habituarían a las vueltas y revueltas que daba por el barrio antiguo, a horas inesperadas, la mirada perdida y moviendo los labios en silencio, aquel anciano solitario a quien todo el mundo llamaba sabio.Lo era, y esa es una de las pocas cosas que conocemos de su infancia y juventud. Había nacido en Kirkcaldy un día de 1723. Es una leyenda falsa que lo secuestró una partida de gitanos. Fue a la escuela local y debió de ser un aprovechado estudiante de griego y latín porque la Universidad de Glasgow lo exoneró del primer año, dedicado a las lenguas clásicas, cuando entró en ella a los 14 años. Tres años más tarde obtuvo una beca para Oxford y de los seis años que pasó en Balliol College sólo sabemos que fue reprendido por leer a escondidas el Tratado de la naturaleza humana de David Hume -más tarde su íntimo amigo-, detestado por su ateísmo por la entonces reaccionaria jerarquía académica. Al salir de Oxford, pronunció célebres conferencias en Edimburgo, que sólo conocemos por los apuntes de dos estudiantes que asistieron a ellas. Desde entonces se lo consideraría una de las más destacadas figuras de la llamada Ilustración Escocesa.

Fue profesor en la Universidad de Glasgow, primero de Lógica y, luego, de Filosofía Moral y sus clases tuvieron tanto éxito que vinieron a escucharlas estudiantes de muchos lugares del Reino Unido y Europa, entre ellos James Boswell, quien ha dejado un vívido testimonio de su elegancia expositora. Mucho se hubiera sorprendido el señor Smith de que en el futuro lo llamaran el padre de la Economía. Él se consideró siempre un filósofo moral, apasionado por todas las ciencias y las letras, y, como todos los intelectuales escoceses de su generación, intrigado por los sistemas que mantenían el orden natural y social y convencido de que sólo la razón -no la religión- podía llegar a entenderlos y explicarlos.

Su primer libro, que se publicaría póstumamente, fue una Historia de la astronomía. Y, otro, un estudio sobre el origen de las lenguas. Vivió fascinado por averiguar qué era lo que mantenía unida y estable a la sociedad, siendo los seres humanos tan egoístas, díscolos e insolidarios, por saber si la historia seguía una evolución coherente y qué explicaba el progreso y la civilización de algunos pueblos y el estancamiento y el salvajismo de los otros.

Su primer libro publicado, La teoría de los sentimientos morales (1759) explica aquella argamasa que mantiene unida a una sociedad pese a lo diversa que es y a las fuerzas disolventes que anidan en ella. Adam Smith llama simpatía a ese movimiento natural hacia el prójimo que, apoyado por la imaginación, nos acerca a él y prevalece sobre los instintos y pasiones negativos que nos distanciarían de los otros. Esta visión de las relaciones humanas es positiva, afirma que “los sentimientos morales” terminan por prevalecer sobre las crueldades y horrores que en toda sociedad se cometen. Libro curioso, versátil, que a ratos parece un manual de buenas maneras, explica sin embargo con sutileza cómo se forjan las relaciones humanas y permiten que la sociedad funcione sin disgregarse ni estallar.

Sólo una vez salió Adam Smith del Reino Unido, pero el viaje duró tres años -de 1764 a 1767- y, como tutor del joven duque de Buccleuch, lo llevó a Francia y Suiza, donde conoció a Voltaire, a quien había citado con elogio en La teoría de los sentimientos morales. En París, discutió con François Quesnay y los fisiócratas, a los que criticaría con severidad en su próximo libro, pese a la buena impresión personal que le causó aquél, con quien intercambiaría cartas más tarde. A su regreso a Escocia, se encerró prácticamente en Kirkcaldy, con su madre, a la que adoraba, y buena parte de los próximos años los pasó en su estupenda biblioteca, escribiendo Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones (1776). La primera edición tardó seis meses en agotarse y con ella ganó 300 libras esterlinas. Hubo cinco ediciones más en vida del autor -la tercera con muy importantes correcciones y añadidos- y éste alcanzó a ver las traducciones de su libro al francés, alemán, danés, italiano y español. Los elogios fueron desde el principio casi unánimes y David Hume, convencido de que ese “intrincado” libro tardaría pero conquistaría una gran masa de lectores, lo comparó, en importancia, a Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon.

Adam Smith nunca sospechó la importancia capital que tendría su libro en los años futuros en el mundo entero, incluso en países donde pocas gentes lo leyeron. Murió apenado por no haber escrito aquel tratado de jurisprudencia que, pensaba, completaría su averiguación de los sistemas que explican el progreso humano. En verdad, él fue el primero en explicar a los seres humanos por qué y cómo opera el sistema que nos sacó de las cavernas y nos fue haciendo progresar en todos los campos -salvo, ay, el de la moral- hasta conquistar el fondo de la materia y llegar a las estrellas. Un sistema simple y a la vez complejísimo, fundado en la libertad, que transforma el egoísmo en una virtud social y que él resumió en una frase: “No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo, y nunca hablamos de nuestras necesidades, sino de sus propias ventajas”.

El libro revolucionó la economía, la historia, la filosofía, la sociología. Estableció que gracias a la propiedad privada y a la división del trabajo se desarrollaron unas fuerzas productivas formidables y que la competencia, en un mercado libre, sin demasiadas trabas, era el mecanismo que mejor distribuía la riqueza, premiaba o penalizaba a los buenos y malos productores, y que no eran éstos, sino los consumidores, los verdaderos reguladores del progreso. Y que la libertad, no sólo en los ámbitos políticos, sociales y culturales, sino también en el económico, era la principal garantía de la prosperidad y la civilización. Mucho pueden haber cambiado el capitalismo, la sociedad y las leyes, desde que Adam Smith escribió ese interminable volumen de 900 páginas en el siglo XVIII. Pero, en lo esencial, ningún otro ha explicado todavía mejor por qué ciertos países progresan y otros retroceden y cuál es la auténtica frontera entre la civilización y la barbarie.

Era feo, torpe de movimientos y el lexicógrafo Samuel Johnson (a quien, en una discusión, Adam Smith mentó la madre) afirmaba que tenía una cara de “perro triste”. Pero fue siempre un hombre modesto, de costumbres austeras y sin vanidades, ávido de saber. Nunca se le conoció una novia y probablemente murió virgen, en 1790.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

¿DONDE ESTÁ EL PRIMER MUNDO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No hace tanto tiempo que podía ponerse como ejemplo lo que se denominaba “primer mundo”, el cual esencialmente se basaba en el respeto recíproco. Sus marcos institucionales respetuosos del derecho de cada cual, su economía floreciente sustentada en reglas claras y permanentes, su cultura arraigada en valores y principios compatibles con una sociedad abierta eran un mojón de referencia para los desordenados y patéticos sistemas tercermundistas que, como los definió Cantinflas, eran “un mundo de tercera”. Lo siguen siendo ahora solo que en lugar de tomar como referencia a las naciones civilizadas, resulta que éstas dejaron de ser civilizadas para convertirse en sociedades que han renunciado a sus conductas tradicionales para imitar en una medida creciente a las tribales.

 

Recuerdo del desagrado de muchos cuando hace años escribí que Estados Unidos se estaba “latinoamericanizando” en el peor sentido de la expresión. Pues bien, vean hoy el patoterismo del primer mandatario y su xenofobia que se monta sobre un gasto público gigantesco que anuncia que incrementará exponencialmente, el tamaño del déficit fiscal que se inflará por las nuevas políticas, la deuda gubernamental astronómica que excede el cien por ciento del producto, el militarismo que el novel presidente pregona que intensificará, sus improperios contra la prensa y sus enfados contra la Justicia, su forma prepotente en el que piensa manejar el comercio internacional en el contexto de las trifulcas que provoca con otros países, al tiempo que promueve enfáticamente su buena relación con en régimen mafioso ruso.

 

En Europa aparecen partidos políticos que por el momento son electoralmente minoritarios pero preocupa en grado sumo su influencia en las ideas que prevalecen, cuyos exponentes de mayor significado son en Francia el Frente Nacional, en Inglaterra el Partido Independiente del Reino Unido (que ha influido en gran medida en la opinión nacionalista que condujo al Brexit), en Alemania el Partido Alternativa para Alemania, en Dinamarca el Partido del Pueblo Danés, en Suecia los Demócratas Suecos, en España Podemos, en Austria el Partido de la Libertad, en Grecia el Amanecer Dorado, en Italia la Liga del Norte y en Hungría el Movimiento por una Hungría Mejor. Por su parte, las burocracias y las consiguientes regulaciones de la Unión Europea van a contracorriente de lo inicialmente ideado.

 

A todo esto cabe agregar un Papa que con razón se preocupa por los inmigrantes, sin percatarse que se fugan de sus países en gran medida por las políticas que él mismo recomienda como la antítesis de marcos institucionales compatible con mercados abiertos y competitivos que sacan a las personas de la pobreza (de lo que va quedando poco en el llamado mundo libre, también debido a las recetas estatistas a las que este Papa adhiere).

 

Lejos ha quedado el clima de concordia en el que las personas se ubicaban donde lo consideraban mejor sin permisos, sin pasaportes y sin cargas tributarias espeluznantes que convierten a los ciudadanos en esclavos de gobiernos teóricamente encargados de protegerlos, en un contexto de persecuciones que arrasan con el secreto bancario y que tratan a las personas decentes como delincuentes.

 

Hay sin embargo otros lugares donde florecen aspectos que contrastan con lo dicho como Singapur y los países nórdicos que están abandonando precipitadamente el socialismo y, sobre todo, deben tenerse muy presentes todas las entidades en muy diversas partes del mundo, incluso en las decadentes, que llevan a cabo tareas colosales en defensa de la libertad y la dignidad humanas a través del estudio y la difusión de la corriente de pensamiento liberal. Nunca será suficiente el reconocimiento a estas instituciones donde profesionales se desviven en la antedichas faenas nobles que incluyen la publicación de libros, ensayos y artículos sumamente didácticos y esclarecedores. En esas personas están cifradas las esperanzas de una reacción potente frente a tanto desmán de un Leviatán desbocado que todo lo atropella a su paso.

 

Solo a través del debate abierto de ideas es que puede mejorarse la marca de una vara que por el momento está en el subsuelo. Levantar la vara es tarea de todos los que pretenden que se los respete, no importa a que se dediquen. Como hemos reiterado, no es admisible que las personas actúen como si estuvieran en una enorme platea mirando que sucede en el escenario, todos estamos en el escenario y debemos contribuir a lo que estimamos es mejor.

 

Muchas son las causas de la decadencia, no podemos hablar de todo al mismo tiempo pero tal vez podamos centrar la atención en un aspecto clave. Como ya hemos escrito mucho sobre las falacias grotescas del adefesio nacionalista, esta vez ponemos la mira en otro ángulo que puede aparecer como colateral a primera vista pero que subyace en el equipo de los gobernantes que venimos comentando como la raíz de otros malentendidos. Se trata de la manía de buscar “grandes hombres” o “héroes”.

 

La historia está plagada de actos vandálicos y, lamentablemente, se toma a los inspiradores de semejantes estropicios como benefactores de la humanidad. En las plazas de muchas de las grandes ciudades se fabrican estatuas de guerreros blandiendo sables como ejemplo malsano para las juventudes. No pocos himnos de países variopintos exaltan el tronar de cañones y pretenden convertir en loable al salvajismo mas cavernario, siempre en defensa de una mal entendida libertad, en la práctica, maltrecha, denostada y denigrada por los bufones del momento.

 

Hay obras que encierran el germen de la destrucción de las libertades individuales como el “superhombre” y “la voluntad de poder” de Nietzsche o “el héroe” de Thomas Carlyle. Este último, en su célebre conferencia en Londres del 22 de mayo de 1840 -si bien en conferencias anteriores aludía al mismo tema- estima que “puede reconocerse como el más importante entre los Grandes Hombres aquél a cuya voluntad o voluntades deben someterse los demás […] es resumen de todas las figuras del Heroísmo […] toda dignidad terrena y espiritual que se supone reside para mandar sobre nosotros, enseñarnos continua y prácticamente, indicarnos que tenemos que hacer día tras día, hora tras hora”.

 

Difícil resulta concebir una visión de más troglodita, de más baja estofa y de mayor renunciamiento a la condición humana y de mayor énfasis y vehemencia para que se aniquile y disuelva la propia personalidad en manos de forajidos, energúmenos y megalómanos que, azuzados por poderes omnímodos, se arrogan la facultad de manejar vidas y haciendas ajenas.

 

Este tipo de razonamientos y propuestas inauditas son los que dieron píe a los Hitler de nuestra época. De las ideas de Carlyle, eso dice Ernst Cassirer, el filósofo político, autor de numerosas obras, ex Rector de la Universidad de Hamburgo y profesor en Oxford, Yale y Columbia: “los primeros indicios del misticismo racial”, “una defensa abierta al militarismo prusiano” y “la divinización de los caudillos políticos y una identificación del poder con el derecho”. Por su parte c, consigna en su prólogo a la obra que reúne las seis conferencias de Thomas Carlyle sobre la heroicidad que “los contemporáneos no lo entendieron, pero ahora cabe una sola y muy divulgada palabra: nazismo […] escribió que la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan […] abominó de la abolición de la esclavitud […] declaró que un judío torturado era preferible a un judío millonario”.

 

La manía del héroe y el líder indefectiblemente conducen a la prepotencia y al abuso de poder y, finalmente, al cadalso. Por eso resulta tan pernicioso que se les enseñe a estudiantes la historia como una narración bélica con elogios y salvas para la guerra y los guerreros, cuando no deben memorizar los pertrechos de cada bando sin entender el porqué de tanta trifulca. Lamentablemente, es cierto que la historia está colmada de hechos violentos pero enseñarla como algo glorioso, un hito y algo que debe ser venerado y objeto de admiración resulta sumamente destructivo y una buena receta para perpetuar y acentuar el mal.

 

Cada uno debe constituirse en líder de si mismo. Los caudillos y tiranuelos que son aclamados como líderes no hacen más que expropiar lo más preciado que posee el ser humano, cual es el uso de su libre albedrío para la administración de su propio destino al realizar sus potencialidades únicas e irrepetibles. Dice la primera acepción de héroe en el Diccionario de la Real Academia Española: “Entre los antiguos paganos, el que creían haber nacido de un dios o una diosa y de una persona humana, por lo cual le reputaban más que hombre y menos que dios”. Si bien es cierto que hay otras acepciones, la expresión de marras está teñida de un pesado tufillo a guerra, sangre, batalla, violencia y ferocidad.

 

Las inmundicias de los Stalin, Pol Pot, Mao, Hitler y Mussolini de este planeta son consecuencia de las alabanzas al “hombre fuerte” en el poder, para los que se tejen todo tipo de cánticos que rebalsan en referencias a lo heroico y grandioso a cuales les siguen personajes detestables apoyados en el voto popular tales como los Perón, Trujillo, Stroessner, Pérez Jiménez, Somoza y Rojas Pinilla que, si los dejan, se ponen a la altura o incluso superan en saña a sus maestros. En esta instancia del proceso de evolución cultural, solo hay la opción entre la democracia y la dictadura, no importa de que signo sea y, éstas últimas, están siempre paridas de libros, artículos y conferencias que ensalzan al héroe como el mandamás de las multitudes.

 

Paul Johnson en Commentary de abril de 1984 (pag.34) relata uno de los casos en que se trata como héroe a un canalla “en las Naciones Unidas en ocasión de la visita oficial de Idi Amin, presidente de Uganda, el primero de octubre de 1975. Para esa fecha ya era un notorio asesino serial de una crueldad indescriptible; no solo había liquidado personalmente algunas de sus víctimas sino que las desmembraba y preservaba partes de las anatomías para consumo futuro: el primer caníbal con refrigerador […] A pesar de ello fue electo presidente de la Organización para la Unidad Africana y, en esa capacidad, fue invitado a dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su discurso fue una denuncia a lo que denominó “la conspiración zionista-nortemericana” contra el mundo y demandó no solo la expulsión de Israel de las Naciones Unidas sino su ´extinción´ […] La Asamblea le brindó una ovación de pie cuando llegó, lo aplaudieron periódicamente en el transcurso de su discurso y, nuevamente, se pusieron de píe cuando dejó el recinto. Al día siguiente el Secretario General de la Asamblea [Kurt Waldheim] le ofreció una comida pública en su honor”.

 

¡Que lejos estamos del principio jeffersoniano en cuanto a que “el mejor gobierno es el que menos gobierna” y que cerca de los megalómanos “constructores de naciones” si nos guiamos por lo que ocurre hoy en Estados Unidos y en Europa que cada vez se parecen más a caudillos latinoamericanos en cuyos discursos incendiarios siempre todo comienza cuando ellos llegan.

 

En resumen, al interrogante que planteamos en el título de esta nota sobre donde está el primer mundo, la respuesta es que no está, se esfumó debido al triunfo de las ideas estatistas, lo cual no significa para nada que esa desaparición resulte permanente, pueden surgir otros países con ideas liberales y/o pueden revertir sus políticas los que hoy se hunden en el marasmo del nacionalismo colectivista…todo depende de lo que seamos capaces de hacer cada uno de nosotros todos los días.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LEER, LA GRAN EXPERIENCIA HUMANA

Por Sergio Sinay: Publicado el 14/9/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/09/leer-lagran-experiencia-humana-por.html

 

Siempre se puede seguir aprendiendo el maravilloso arte de leer, y así lo demuestra un ensayo lúcido, ameno y riguroso de Terry Eagleton

Terry Eagleton comienza su ensayo Cómo leer literatura con la advertencia de que es imposible acercarse estética, política o teóricamente a un texto literario si no se tiene un cierto grado de sensibilidad hacia el lenguaje. Lo que sigue son 200 páginas deslumbrantes, motivadoras, inteligentes, agudas y sabias que revelan un compromiso profundo con el arte de leer y también con el de escribir. Miembro de la Academia Británica, Eagleton fue profesor en las universidades de Oxford y Manchester y es reconocido hoy como un riguroso y radical crítico cultural, cuyas áreas de estudio y expresión incluyen la literatura, la política, la filosofía e incluso el psicoanálisis. Cuestionador del posmodernismo, es dueño de un estilo incisivo, un lenguaje preciso y una ironía letal, la cual aplica aún en los temas más serios y profundos.

Entre más de una treintena de sus obras, siempre lúcidas, importa destacar Una teoría literaria, La idea de la cultura (una mirada política sobre los conflictos culturales), La novela inglesa (una introducción), El sentido de la vida, y la reciente Esperanza sin optimismo, un brillante desmantelamiento del optimismo irresponsable y una incursión profunda en los aspectos filosóficos, espirituales y teológicos de la esperanza. La cita de estos pocos antecedentes deja en claro, eso espero, que Cómo leer literatura no es la obra de un improvisado ni de un neófito. Y se nota.

Al proporcionar herramientas para el estudio y la comprensión de la estructura, el estilo y los significados de una obra literaria, Eagleton deja en claro sus gustos y disgustos en el tema, y su vasto universo de lecturas. Jane Austen, Thomas Hardy, Evelyn Waugh, Charles Dickens, George Orwell, Shakespeare son algunos de los autores que lo entusiasman, y ese entusiasmo se transmite a sus lectores (al menos a este), que, aun cuando los hayan leído, encontraran nuevos abordajes de esos escritos. Y cuando desecha a un autor o una obra, no solo despliega fundamentos sólidos, sino un acerado e inconfundible sarcasmo británico.

 

Aun para quien tenga muchas horas y muchas páginas de lectura encima, este ensayo es una bienvenida y estimulante oportunidad de reaprender el ejercicio de leer. Se siente el deseo de volver sobre ciertos textos para redescubrirlos, y al mismo tiempo la ansiedad de ir en busca de nuevas obras para entrar en ellas con elementos hasta ahora desconocidos. Eso en el caso de cualquiera que lee para disfrutar de una de las más ricas y hermosas experiencias humanas. Y si, además, quien se acerca a estas páginas tiene también la profesión, la inquietud o el hábito de escribir, encontrará en la obra de Eagleton un precioso yacimiento de recursos para trabajar sus propios textos desde perspectivas originales. Por donde se lo tome, Cómo leer literatura es uno de esos libros que se agradecen para siempre, que dejan huella. Eagleton estudia comienzos de diferentes obras, personajes, estilos, desmenuza el modernismo, el posmodernismo, el romanticismo, da una clase magistral de interpretación de textos y otra acerca de cómo se valora una obra. En cada página se respira su amor por el lenguaje, no como mero hecho estético sino como experiencia existencial. Solo los humanos leemos y escribimos, solo los humanos hemos creado un lenguaje. Cuando leemos, no lo hacemos únicamente con los ojos, sino con el cuerpo, con nuestra historia, con nuestros sentimientos. Para un lector presente con todo su ser, en cada página se inaugura, en cierto modo, un nuevo capítulo de su vida. Terry Eagleton, pensador comprometido y activo, explica por qué y después de acceder a este ensayo, ya nunca leeremos igual. Leeremos mejor.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

PENSAMIENTOS SOBRE LA SUERTE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

De entrada consigno que no hay tal cosa como suerte propiamente dicha ya que los sucesos son consecuencia de nexos causales o razones que los provocaron. Incluso el resultado de tirar los dados no es debido a la suerte sino que deriva del peso de los mismos, la fuerza con que fueron arrojados, el roce del paño y demás elementos físicos presentes.

 

Cuando alguien dice que tuvo suerte de encontrarse con fulano o mengano, en verdad es porque el sujeto en cuestión no previó los procesos anteriores al encuentro que inevitablemente lo produjeron.

 

En esta misma línea argumental, en rigor no es pertinente aludir a la casualidad puesto que se trata de causalidad en el campo de la física o la biología y las razones o motivos en el campo de las ciencias sociales.

 

Es en un sentido coloquial que se afirma que uno tuvo suerte de haber nacido en el seno de la familia que lo hizo, la salud que tiene, el trabajo que obtuvo, el cónyuge con quien convive, los hijos que tuvo y así sucesivamente, pero como queda dicho, no es suerte en el sentido estricto del vocablo que no tiene lugar nunca bajo ninguna circunstancia, tampoco se trata del azar o la fortuna como equivalentes de la suerte.

 

A continuación dedicaremos algún espacio a una obra especialmente pertinente para el tema que aquí abordamos, pero antes es conveniente siquiera mencionar el aspecto central de lo que se conoce como nuestro destino. Si hemos comprendido que los seres humanos no somos solo kilos de protoplasma, no somos loros determinados, sino que contamos con estados de conciencia, mente o psique y, por ende, de libre albedrío para que tenga sentido el razonamiento, las ideas autogeneradas, la responsabilidad individual, la moral y la propia libertad, si hemos comprendido esto decimos, concluimos que cada uno de nosotros forjamos nuestro propio destino en el ámbito de lo que hace a nuestras decisiones, lo cual, claro está, no quiere decir que seamos adivinos respecto a sucesos futuros que desconocemos por completo. La incertidumbre constituye un rasgo que nos envuelve.

 

Mucho se ha escrito sobre la suerte pero hay un libro que estimamos de gran interés en la materia sobre el que aludimos en este breve escrito y es La suerte de Nicholas Rescher con quien “he tenido la suerte” (en verdad un privilegio) de comunicarme en su momento por la vía cibernética en distintas oportunidades en relación a algunas de sus muchas obras. Rescher ha enseñado en Oxford y Salamanca, de nacionalidad alemana pero radicado en Estados Unidos donde presidió la American  Philosophical Association y fue director del Centro de la Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Pittsburg.

 

Rescher construye su libro en base al antedicho uso coloquial del concepto de suerte y abre su trabajo comentando “la suerte” que tuvo la población de Kokura en la Segunda Guerra puesto que las nubes que la cubrían hizo que se abandonara el proyecto de arrojar la bomba atómica y en su lugar se hizo sobre Nagasaki con el consiguiente espanto y horror.

 

Este autor ve el tema de modo distinto al que hemos comentado al comienzo de esta nota periodística y afirma que como tenemos un conocimiento muy limitado y fragmentado “estamos inevitablemente a merced de la suerte”. Apunta que esta visión permite que cuando a uno le salen las cosas mal en lugar de asumir la responsabilidad endosamos el hecho a la “mala suerte” y solo atribuimos los éxitos al mérito propio: “la suerte es un utilísimo instrumento de autoexculpación”.

 

En este libro, Rescher sostiene que el asunto de la llamada suerte no procede de la suma cero, lo cual ilustra con quien se gana la lotería que puede afirmarse que tuvo suerte (siempre en el contexto de la definición del autor), de lo cual no se desprende que pueda sostenerse que los que no se llevan el premio tienen mala suerte porque no está presente el factor sorpresa o lo inusitado sino que es la resultado de las probabilidades. Del mismo modo ocurre con un accidente aéreo: suele decirse que los pasajeros accidentados en un vuelo tuvieron mala suerte, pero no se habla de la buena suerte de quienes en otros vuelos llegaron bien a destino ya que “la suerte es la antítesis de la expectativa razonable” puesto que “supone un desvío respecto a lo esperable”.

 

En este libro se destaca la manía de no pocas personas que desde muy antiguo consultan oráculos, astrólogos y equivalentes debido a “nuestra incapacidad predictiva” que es consecuencia de nuestra colosal ignorancia.

 

En estrecha conexión con lo dicho, antes he escrito y ahora reitero que hay autores que concluyen que los aparatos estatales deber re-distribuir los talentos naturales puesto que no son fruto del mérito de la persona que los posee sino del azar o la suerte en el sentido coloquial de esas expresiones. Este es el caso de Amartya Sen, John Elster, John Roemer, Ronald Dworkin y, sobre todo, John Rawls.

 

En estos casos, la atención se centra en la desigualdad de talentos que la naturaleza ha puesto en cada persona lo cual no resulta de sus respectivos esfuerzos. Básicamente, aquellos autores sostienen que sería injusta una sociedad que no redistribuyera los frutos de esos talentos desiguales, descontados los que surgen como consecuencia del esfuerzo individual, es decir, se limitan a los talentos innatos.

 

Hay varios problemas con este modo de analizar la desigualdad. En primer término, los talentos que resultan del esfuerzo individual están también conectados con lo innato en cuanto a las potencialidades o capacidades para realizar el esfuerzo en cuestión. El sujeto actuante puede decidir la utilización o no de esas potencialidades pero éstas se encuentran distribuidas de distintos modos entre las diversas personas. Por tanto, para seguir con el hilo argumental de aquellos autores, habría que redistribuir el fruto de todos los talentos.

 

En segundo lugar, la información que pretende tener el planificador social respecto de los talentos no se encuentra disponible ex ante de las respectivas acciones, ni siquiera para el propio sujeto. Los talentos se van revelando a medida que se presentan oportunidades e incentivos varios. Si los incentivos no existen, por ejemplo, porque los resultados de su aplicación serían expropiados, esos talentos no aparecerán. Por su parte,  en la sociedad libre se abre la posibilidad de que cada uno utilice sus conocimientos los cuales no son conocidos por otros, por tanto, no resulta tampoco posible conocer los méritos de cada uno, es decir, tampoco podemos saber cómo utilizó y con qué esfuerzo esos conocimientos, lo contrario conduciría a la arbitrariedad.

 

En tercer lugar, no hay posibilidad de comparación de talentos intersubjetivamente ni de establecer medidas (montos posibles) entre el talento de un ingeniero y un pianista. Si se respondiera que la valuación y la correspondiente diferenciación podría realizarse a través de lo que se remunera en el mercado, quedarían en pie dos objeciones. En primer lugar, seguiría sin saberse en qué proporción utilizaron sus talentos y cuales fueron los méritos respectivos. Uno podría haberse esforzado en el 5% de su capacidad y obtener más que otro que se esforzó al máximo. En segundo término, no parece congruente desconfiar del mercado y, sin embargo, finalmente recurrir a ese proceso para la evaluación.

 

Cuarto, si fuera posible la equiparación de los frutos de los talentos, es decir, la nivelación de ingresos y patrimonios, se derrumbaría la función social respecto de la asignación de recursos según sean las respectivas eficiencias, con lo que la capitalización tampoco tendrá lugar con el resultado de una mayor pobreza generalizada, especialmente para los de menores talentos y los más indefensos frente a la vida. Por eso es que Simon Green (en Market Socialism: A Scrutiny) afirma que esos “métodos fracasan y que la ambición subyacente es incoherente. [En última instancia, l]a distinción entre igualdad de ingresos e igualdad de talentos no puede sostenerse: la segunda se convierte en la primera. Más aún, apuntar a la igualdad de talentos disminuirá necesariamente la cantidad y calidad de aquellos recursos disponibles para toda la comunidad y para beneficio de todos. El igualitarismo radical resulta ser, después de todo, igualitarismo milenario [el tradicional redistribucionismo] y con los mismos resultados desastrosos”. Por su parte, independientemente de lo que hemos dicho, en la obra mencionada Rescher nos dice que “los esfuerzos en este sentido [la compensación por la suerte diversa] suelen estar destinados al fracaso. Si tratáramos de compensar a las personas por su mala suerte, simplemente crearíamos mayor margen para la intervención de la suerte. Pues sea cual fuere la forma de compensación que se adopte -dinero, mayores privilegios, oportunidades especiales-, lo cierto es que algunas personas están en mejor posición de aprovecharlas que otras, de modo que la suerte que echamos por la puerta regresa por la ventana”. Habría que compensar la compensación y así sucesivamente.

 

Por último, también vinculado al punto anterior, Friedrich Hayek señala (en Los fundamentos de la libertad) que la pretendida igualación por los méritos induciría al derroche y revertiría la máxima del mayor resultado con el menor esfuerzo y haría que se remunere de distinta manera por el mismo servicio (según lo que se estime subjetivamente es el mérito).

 

Antes de resumir lo dicho, debemos aclarar que en este escrito no nos desviamos al debate entre el mundo determinado (de Copérnico a Newton) frente al mundo probabilísitico (a partir de la física cuántica y luego por Popper pero en sentidos distintos) porque estimamos que en este contexto complicaría innecesariamente nuestro breve análisis.

 

En resumen, aunque en rigor la suerte no existe puesto que los sucesos son consecuencia de nexos causales anteriores en ciencias naturales o de motivos en ciencias sociales, se suele recurrir a esa expresión de modo coloquial para aludir a ocurrencias no previstas. En este último contexto se hace referencia a la “ruleta de la vida” ya que la mayor parte de lo que tiene lugar está sujeto a la incertidumbre,  razón por la cual se requiere humildad que en el plano político es una condición de la que adolecen los planificadores de vidas y haciendas ajenas para enfrentar acontecimientos que surgen en libertad de la coordinación de conocimiento fraccionado y disperso que es “consecuencia de la acción humana más no del diseño humano” como ha sentenciado Adam Ferguson hace ya más de tres siglos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.