La “Primavera de Praga”, o el origen de los Estados

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 23/8/18 en: http://s21.gt/2018/08/23/la-primavera-de-praga-o-el-origen-de-los-estados/

 

La historia tiene sus vueltas. La Checoslovaquia que invadieron los tanques del Pacto Varsovia hace 50 años para terminar con la Primavera de Praga, hoy ya no existe. Como no existen ni aquel Pacto ni la URSS que dirigió aquella Operación Danubio. Pero la influencia de Moscú, particularmente con Putin que no se olvida de la KGB a la que perteneció, pareciera recordar aquel aplastamiento del experimento democrático más importante dentro del antiguo bloque comunista.

La República Checa y Eslovaquia, los países resultantes de Checoslovaquia en 1989 tras la “Revolución de Terciopelo”, son ahora miembros de la Unión Europea y de la OTAN. Aunque el presidente checo Milos Zeman, ex socialdemócrata reconvertido al populismo es uno de los políticos occidentales más partidarios del Kremlin, al punto que ha justificado la anexión rusa de Crimea.

Moscú ya había mostrado en 1953 en la República Democrática Alemana y, sobre todo, en 1956 en Hungría, que no toleraría ninguna apertura en los países bajo su área de influencia. Pero desde su elección en enero de 1968 como secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia, Alexander Dubcek encaró unas reformas democráticas, “el socialismo con rostro humano”, aunque sin cuestionar su pertenencia al Pacto de Varsovia -la organización militar opuesta a la OTAN- y sin defender al capitalismo.

Los checos se preguntaban hasta dónde llegaría la tolerancia del líder soviético Leónidas Breznev. A las 23:00 horas del 20 de agosto de 1968 encontraron la respuesta al saber que cruzaban la frontera 2.000 carros de combate, 250.000 soldados y 700 aviones. En pocos días el Pacto había desplegado 700.000 soldados, seguido por una oleada de represión, el “proceso de normalización”: trescientos mil huyeron a Occidente y centenares fueron detenidos o muertos. El 16 de enero de 1969, Jan Palach se quemó a lo bonzo en Praga como protesta.

Dubcek fue detenido y trasladado a Moscú, donde Breznev lo obligó a firmar un acuerdo que “legalizaba” la ocupación de Checoslovaquia. Años más tarde, fue recibido como un héroe en la Plaza de Wenceslao después del triunfo, ahora definitivo, de la Revolución de Terciopelo de 1989.

Hoy, la aproximación rusa es algo diferente. Menos tanques usa Vladímir Putin mientras financia a los partidos populistas con un discurso antioccidental. Cincuenta años después de la revuelta de Praga, el Kremlin sigue aplicando la ‘Doctrina Brezhnev’ de soberanía limitada a los países que desean acercarse a Occidente. Doctrina que ha servido para justificar la ocupación de Ucrania y la anexión de Crimea en 2014 o para avisar a Georgia del “peligro” que supondría entrar en la OTAN.

“Los rusos no son nuestros amigos, son nuestros hermanos: a los amigos los puedes elegir”, era un chiste que circulaba por Praga en los años 60. Lo que me hace pensar que los Estados también son nuestros “hermanos” ya que no se eligen, como señalaba Franz Oppenheimer: “El Estado… es una institución forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo vencido, con el único propósito de regular el dominio de los victoriosos sobre los vencidos, y asegurarse a sí mismos contra las revueltas internas y ataques del exterior. Teleológicamente, este dominio no tenía otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores… Ningún Estado original conocido para la historia se originó de ninguna otra manera”.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

El “otro” Trump

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 20/4/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2013718-el-otro-trump

 

Como el dios Jano de la mitología romana, el dios de los comienzos, el de “las dos caras”, Donald Trump acaba de evidenciar aquello tan conocido que sugiere que el mundo, cuando se lo mira desde la Oficina Oval de la Casa Blanca, suele ser distinto. Mucho más complejo, por cierto.

Lo que obliga a los presidentes norteamericanos a mantener una política de constante re-examen de sus posiciones y políticas, de cara al escenario grande del mundo. Y a cambiar, a veces radicalmente, sus visiones para adaptarse a la realidad.

En los últimos días esto parece haberle sucedido a Donald Trump, obligándolo a cambiar algunas de las principales posiciones asumidas en la campaña electoral que lo llevara al poder. Incluyendo en materia de política exterior.

Es posible que en ese giro -copernicano- hayan influido muy significativamente el actual Secretario de Estado de los EE.UU., Rex Tillerson, un hombre que ha demostrado rápidamente tener una dimensión notable, caracterizada no sólo por una presencia digna, sino acompañada por una mezcla muy poco común de firmeza, claridad, energía y coraje. Y Jared Kushner, el yerno del presidente, así como Gary D. Cohn, el principal asesor económico del presidente Donald Trump, cada vez más influyentes.

Los cambios de rumbo del presidente norteamericano no son menores. Fueron rápidos y no han sido disimulados. Veamos los tres principales. Los más obvios.

Primero, para Donald Trump la “OTAN” ya no es “obsoleta”. Lo que ha vuelto a llenar de tranquilidad a las principales naciones de Europa que también la integran, alejando la sensación de abandono -y hasta de desprotección- que pudieron haber tenido.

La alianza militar más importante de la historia ha vuelto así a estar en su lugar. De donde nunca debió ser excluida, por derecho propio. El anuncio fue formulado por el presidente norteamericano en la propia ciudad de Washington, en compañía de Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN.

Ocurre que la OTAN tiene entre sus principales responsabilidades, las que conforman su amplio mandato militar, la de luchar contra el terrorismo, como pretende Donald Trump. Lo cierto es que la OTAN invocó tan sólo una vez en su historia su cláusula esencial, aquella que gatilla la defensa común. Y ello fue cuando la tragedia de 9/11. Y que, además, más de mil soldados europeos y canadienses perdieron la vida en Afganistán, combatiendo al Talibán, codo a codo, con los soldados norteamericanos. La toma de posición del presidente norteamericano ha sugestivamente precedido a su visita a la sede de la OTAN, en Bruselas, que ocurrirá el mes que viene.

Segundo, también la retórica que predicaba la necesidad de actuar en cercanía con Rusia ha cambiado. Mucho. Al compás de un Vladimir Putin cada vez más audaz -y hasta desafiante- en su presencia externa, hoy el clima entre las dos naciones es lo contrario a la cercanía; es uno de abierta desconfianza.

La nueva perspectiva norteamericana sobre Rusia luce más realista. Ocurre que Rusia evidentemente no juega en el escenario internacional con las mismas cartas que los EE.UU. Ni respeta las mismas reglas. Ni tiene los mismos objetivos. Como lo acaba de evidenciar, sin mucho margen para las dudas, su apoyo ilimitado al régimen criminal sirio que lidera Bashar al-Assad. Para Rusia, su permanencia en el poder de su país es algo “no negociable”. Para los EE.UU., en cambio, ello es inaceptable. Porque Bashar al-Assad no vacila en usar armas químicas contra su propio pueblo; esto es, en cometer aberrantes delitos de lesa humanidad contra civiles inocentes. Como también lo hiciera en su momento su propio padre, un dictador sanguinario como él.

El cambio de posición de Donald Trump volvió a definir una “línea roja”: esto es que hoy no se puede condonar el uso de armas químicas. Y esta vez, los Estados Unidos fueron más allá de las palabras y reformularon su mensaje mientras disparaban decenas de misiles, a modo de advertencia específica.

Tercero, respecto de China. Luego de la temprana reunión de Donald Trump con el presidente del coloso asiático en La Florida, el sendero común trazado pareciera ser el de la cooperación. Y la química personal entre los dos mandatarios parece haber resultado buena, lo que no es pequeña cosa ante las notorias diferencias de estilo y personalidad.

Esto presumiblemente ayudará a tratar de contener, juntos, al régimen dinástico de los Kim en Corea del Norte sin tener que recurrir para ello al uso de la fuerza, camino bien peligroso en el que las posibilidades de éxito son pocas y la eventualidad de provocar una intervención directa china bastante alta. Respecto de Corea del Norte la preocupación es que de la “paciencia estratégica” de Barack Obama, se pase a la “impaciencia táctica” de Donald Trump.

Además se convino con China que, en un plan a elaborar en los próximos cien días, se buscará la forma de re-equilibrar razonablemente el comercio bilateral. Aparentemente esto se hará a través de mayores exportaciones agrícolas norteamericanas y de un mayor acceso al enorme sector de los servicios financieros chinos para las entidades financieras del país del norte.

En esto último ayudó otro notorio cambio de perspectiva del presidente norteamericano. En este caso respecto de Janet Yellen, la presidente de la Reserva Federal de los EE.UU. que, de haber sido objeto de críticas -directas y duras- durante la campaña electoral por parte de Donald Trump, pasó a ser ponderada abiertamente en una entrevista concedida hace muy pocos días por el presidente norteamericano al “Wall Street Journal” Ya Trump no dice que quiere prescindir de ella lo antes posible, sino que afirma respetarla y se esfuerza en señalar que comparte sus políticas, razón por la cual algunos suponen que, cuando venza su actual mandato, o sea a fines del año que viene, no sería ahora raro que el mismo fuera renovado.

Los cambios de posición que hemos descripto no sólo parecen positivos en sí mismos, sino que muestran algo aún más trascendente: que Donald Trump no sólo sabe lo importante que es para quienes gobiernan advertir la necesidad de modificar algunos rumbos, sino también lo que pesa saber hacerlo sin demoras. Después de todo, gobernar supone la capacidad de rectificar rumbos cada vez que ello aparece necesario.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Gran Bretaña: después de la tormenta

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 30/6/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1913999-gran-bretana-despues-de-la-tormenta

 

Los británicos eligieron claramente salir de la Unión Europea . Parecía una opción indeseable, pero los votos finalmente dijeron lo contrario. Los ciudadanos mayores impusieron a la juventud británica un camino que ella no quería, empujándola hacia un futuro de encierro que las encuestas demuestran no es precisamente el que los jóvenes pretendían.

Esa es la realidad, innegable por otra parte. A partir de ahora cabe esperar un proceso de pérdida creciente de influencia británica en todos los escenarios del mundo. Y un momento, quizás prolongado, de fuerte inestabilidad y de intensa fragilidad política doméstica.

El costo de la decisión británica ha sido -para todos- inmenso en términos de destrucción de valor. Más allá de la propia Gran Bretaña. El gran responsable político de lo sucedido, el primer ministro conservador, David Cameron , ya ha renunciado. Ha pasado claramente a la historia como el inepto causante de esta tremenda tormenta, cuyos efectos serán de largo plazo.

El orden europeo se ha fracturado y sus cimientos están conmovidos. Los dos principales partidos políticos británicos quedaron sumidos en las naturales luchas por atribución de responsabilidades y las pretensiones de inmediatos nuevos liderazgos. Tanto el conservador David Cameron, como el laborista Jeremy Corbyn, están hoy en la mira de sus propios correligionarios, con una baja capacidad de supervivencia. El ascenso del conservador Boris Johnson, que pretende reemplazar a David Cameron puede no ser nada simple. Sucede que hay muchos, entre los conservadores, que le asignan buena parte de la responsabilidad central por lo acontecido, desde que Johnson estuvo entre los partidarios encendidos de alejarse de la Unión Europea.

El Secretario de Estado norteamericano, John Kerry, anunció rápidamente una visita a Bruselas y Londres para evaluar las opciones de su país en el futuro inmediato. Mientras desde la OTAN se pronunciaba la primera verdad: “Gran Bretaña será, en más, un socio menos efectivo y menos confiable en el escenario del mundo”. Por decisión propia, curiosamente. Se ha dado entonces un paso más en lo que es un lento proceso británico de decadencia.

Londres, como centro financiero, será sensiblemente menos atractivo. Muchas de sus operaciones y actividades están siendo ya presurosamente transferidas a Dublin, Frankfurt o Berlín. Por ahora, al menos. La libra está en su nivel más bajo de los últimos treinta años, perjudicando a sus tenedores, que han visto evaporarse velozmente buena parte de su poder adquisitivo. Las acciones de los bancos europeos cayeron de inicio un fuerte dieciocho por ciento. La sombra de la crisis del 2008 ha vuelto a aparecer.

Como en todo divorcio, los términos de la separación de bienes entre la Unión Europea y los británicos comenzarán pronto a ser discutidos, con un horizonte de no más de dos años de conversaciones y tratativas. Hablamos de un proceso que hasta ahora no ha sido recorrido sustancialmente por nadie. Lleno de incertidumbre, en consecuencia, que proyecta todo lo contrario a las sensaciones de claridad, previsibilidad, confiabilidad y certeza que los empresarios, con razón, siempre priorizan. Hasta que aclare, la actitud general está ya a la vista: las empresas congelan el empleo y postergan sus inversiones. Así de simple.

Como consecuencia de lo sucedido, es también bastante previsible que la propia Unión Europea se transforme en una organización algo más proteccionista. Especialmente en el sector agrícola, al impulso de sus voces menos librecambistas: las de Francia e Italia. Lo que puede afectar las lentas conversaciones que apuntan a un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. Gran Bretaña, ahora en libertad de acción, podría quizás lograrlo bilateralmente.

En materia de tecnología, propiedad industrial y telecomunicaciones, las voces que propugnan mayor regulación y menor libertad de acción seguramente aumentarán su impacto y su sonoridad. Algo parecido podría ocurrir en lo que tiene que ver con las normas que aseguran la libre competencia, que previsiblemente serán interpretadas más flexiblemente, debilitando en paralelo a los respectivos organismos reguladores.

La dosis de apoyo a la libertad económica y a los mecanismos de mercado que ha prevalecido en la Unión Europea puede disminuir, mientras -en contrapartida- las voces proteccionistas, intervencionistas y hasta simplemente dirigistas previsiblemente se entonarán.

En paralelo, en la propia Unión Europea crecerán presumiblemente las propuestas populistas y nacionalistas que han infectado ya a muchos de los Estados miembros. Y probablemente las propuestas de expansión del número de Estados miembros, incluida la tan delicada que tiene que ver con Turquía, deberán seguramente esperar.

Ocurre que la utopía de una Europa sin Estados-nación y sin conflictos, dirigida por unaelite que nadie eligió en las urnas no tiene el respaldo de la gente. Por lejana, opaca y hasta por arrogante.

Además, porque en esencia esa utopía no es, ni pretende ser, democrática. Por eso el aumento del escepticismo, primero, y el creciente deseo de cambio, ahora.

El sueño de una indefinida federación europea ha dejado de cautivar. Muchos quieren menos y no más Europa. La voluntad política requerida para profundizar la integración en cuestiones en curso, tales como la unión monetaria, un mercado común de capitales, un esquema conjunto de garantía de los depósitos cambiarios, la emisión de bonos europeos como mecanismo de financiamiento común, un esquema conjunto de defensa y seguridad, quedarán demoradas. Por un buen rato, presumiblemente.

Una organización creada en su momento para evitar las guerras entre sus miembros ha caminado ya por casi seis décadas, pero su ciclo está hoy en una fase que ahora transmite la necesidad de generar ordenadamente alguna desintegración. De devolver alguna soberanía a sus Estados miembros, en temas concretos.

Hay escepticismo, es cierto, pero además se advierte nativismo, populismo y nacionalismo, tendencias que no son precisamente el alimento requerido para una aceleración de la integración. Sino, todo lo contrario. Mal momento para la Unión Europea. No necesariamente terminal, pero desilusionante por cierto. Y peligroso para la marcha en común, ahora amenazada, que ya no será acompañada por una Gran Bretaña que eligió el portazo.

A manera de reflexión final, cabe señalar que, pese al resultado específico del reciente referendo británico, hay quienes creen que el mismo no es necesariamente definitivo. Esto quiere decir que, podría eventualmente haber una nueva convocatoria a un segundo referendo para tratar de revertir el resultado del primero.

Para ello recuerdan que tanto Dinamarca, como Irlanda, tuvieron primeros referendos con resultados adversos a la Unión Europea, que luego se corrigieron mediante un segundo referendo sobre el mismo tema que no convalidó la primera decisión.

En el caso de Dinamarca cuando, en 1992, sus ciudadanos votaron por el rechazo del Tratado de Maastricht. En el de Irlanda cuando, en 2001, los irlandeses no aceptaron el Tratado de Niza y, otra vez, cundo en 2008, se pronunciaron en contra de ratificar el Tratado de Lisboa.

¿Qué habría que hacer para lograr, esta vez, una nueva convocatoria? Primero, desde la Unión Europea, emitir alguna señal de que hay disposición para permitir -provisoriamente- poner algún límite o cuota anual al derecho de los ciudadanos de los demás países que integran la Unión Europea de residir en Gran Bretaña. En rigor, en cualquiera de los Estados miembros. Segundo, que los dirigentes británicos interpreten que ello permitiría una nueva consulta popular. ¿Es posible? Casi todo lo es, pero en este caso la alternativa no luce nada probable.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

¡Son nuestras!: La bandera política de Las Malvinas

Por Belén Marty: Publicado el 2/4/14 en: http://es.panampost.com/belen-marty/2014/04/02/son-nuestras-la-bandera-politica-de-las-malvinas/

Entrevista al jurista argentino Ricardo Rojas tras el aniversario del conflicto:

A 32 años de la guerra entre Argentina e Inglaterra por la posesión y soberanía de lasIslas Malvinas, entrevistamos a Ricardo Manuel Rojas, para que nos explique la cuestión en material de derecho e historia. El es juez de un Tribunal en lo Criminal de Buenos Aires, doctor en historia Económica y profesor de la maestría en Derecho y Economía de la Universidad de Buenos Aires. Escribió el libro Los derechos fundamentales y el orden jurídico e institucional en Cuba que le hizo ganar el Premio Internacional de Sir Antony Fisher de la Fundación Friedrich A. von Hayek. Se cumple un nuevo aniversario del desembarco argentino en Malvinas. ¿Por qué la Argentina reclama la soberanía de las islas? Según usted, ¿está el gobierno en lo correcto al hacerlo? Los reclamos de soberanía de Argentina sobre las islas son de larga data. No hay que olvidar que esas islas fueron sucesivamente ocupadas por instalaciones de pescadores desde mucho tiempo atrás. De hecho, el nombre de Malvinas provinene de maluinos, como se les decía a los habitantes del puerto de Saint Maló en Francia, de donde todos los años iban expediciones a pescar y cazar focas y se instalaban durante los meses de mejor tiempo allí. Sucesivamente hubo campamentos de varios países de Europa, incluyendo Inglaterra. Fuente: PanAm Post. Cuando Juan Manuel de Rosas fue gobernador de Buenos Aires, se instaló en las islas un gobierno dependiente de él, desde 1820, que luego fue desalojado por la marina británica en 1833, que reclamaba su previa ocupación de las islas. Es desde entonces que existe el conflicto. Por un lado, Argentina sostiene que las islas son argentinas porque están dentro del mar territorial reclamado por el país y porque hubo un gobierno provisorio argentino que fue desalojado por las armas. Por otro lado, Inglaterra reclama su soberanía porque sostiene que antes de ese gobierno provisorio, ya había actos posesorios británicos sobre las islas, que incluían población, y que desde la fecha de la ocupación hasta ahora ha habido una población británica o descendiente de británicos con una continuidad de casi dos siglos, que manifiestan su voluntad de seguir sujetos a la soberanía británica. Me parece que, habiendo pasado tanto tiempo desde la última ocupación británica de la isla, con una población que es claramente hostil a la Argentina y que a esta altura ya no puede decirse que es “implantada” allí, sino que ya son varias generaciones de isleños nativos, no tiene mucho sentido continuar este conflicto, y lo ideal sería encontrar una solución negociada. ¿Cómo le explicarías a un extranjero las causas y consecuencias de la guerra del 1982? La ocupación militar de las islas, que desencadenó la guerra en 1982, no tuvo ningún justificativo racional. Para aquel entonces, los malvinenses tenían un fluido trato comercial con Argentina, recibían fundamentalmente combustible y provisiones. Para Inglaterra, esas islas eran un problema, pues al estar tan lejos de Gran Bretaña tanto el comercio como la administración a distancia se hacía complicado. Posiblemente para aquella época existían mejores chances para encontrar una solución negociada, que permitiera a ambos países resolver el problema sin admitir que estaban resignando la soberanía. Luego de la guerra, el tema se convirtió prácticamente en un emblema de nacionalismo, y las soluciones negociadas se han complicado mucho más. Probablemente la decisión de ocupar las islas se debió más a necesidades políticas de un gobierno militar que estaba en crisis, y encontró en la invasión a Malvinas un motivo para consolidar su poder. Es bueno recordar que el 31 de marzo de 1982 hubo en la Plaza de Mayo una manifestación muy violenta contra el gobierno, que incluso terminó con muertos y heridos y una brutal represión, llevada a cabo fundamentalmente por sindicatos. Y dos días después, el 2 de abril, la plaza se volvió a colmar, pero esta vez para vivar al General Galtieri por su decisión de “recuperar” las Malvinas. También para Thatcher era un desafío. Su gobierno tenía problemas, y la decisión de responder con firmeza enviando lo mejor de la flota británica al sur, no estuvo exento de motivaciones políticas coyunturales. El mundo estaba en plena guerra fría, el presidente Galtieri confió equivocadamente que Estados Unidos respaldaría el reclamo argentino, lo que era un error por varios motivos: se trató de una invasión armada sin justificación, provocada por un gobierno militar de facto, sobre el principal aliado de los Estados Unidos en la OTAN. Las consecuencias de la guerra fueron nefastas: más allá de la gran cantidad de muertos, heridos y gente con secuelas de por vida que dejó el enfrentamiento, empantanó la posibilidad de una solución racional al conflicto por mucho tiempo. ¿Crees que tiene futuro el reclamo argentino en la ONU? ¿Cómo ve el futuro mediato del asunto? En el corto y mediano plazo no creo que Argentina pueda lograr de ningún modo el objetivo de conseguir una declaración de la comunidad internacional en el sentido de atribuir soberanía sobre las islas. Digo esto por varios motivos: Porque para la comunidad internacional, Argentina es un país poco confiable y con una política errática, que coquetea con dictadores, con gobiernos constantemente sospechados de corruptos, con desastrosas administraciones. Por otro lado, los habitantes de las islas están totalmente en contra de aceptar la soberanía argentina, y creo que este es un punto importante. El gobierno argentino invoca el principio del comité de descolonización de la UN, en el sentido de que estos conflictos deben resolverse con prescindencia de la opinión de los habitantes. Creo que este principio es razonable cuando se trata de ocupaciones recientes o de poca duración, pues de otro modo, bastaría con ocupar un territorio por la fuerza, poblarlo con colonos de un país, y que luego esos colonos se nieguen a restituir la región. Pero cuando pasaron 180 años desde la instalación de los colonos, donde crecieron cuatro generaciones de isleños, transmitiendo sus derechos de propiedad por herencia de padres a hijos, y consideran ya ese territorio como propio más que nadie, me parece que su opinión es imprescindible para resolver el conflicto. Por ese motivo, más allá de declamaciones políticas que se puedan escuchar por los grupos más nacionalistas en ambos países, lo cierto es que cualquier solución del conflicto por la vía de reclamos diplomáticos de soberanía, está y estará empantanada por mucho tiempo. ¿Existe algún proyecto superador a este problema binacional? Me parece que podría resolverse el problema de manera inteligente y práctica, pero para ello debería dejarse de lado la discusión sobre la soberanía durante mucho tiempo. Lo cierto es que hoy por hoy, la administración de las islas está a cargo de los propios isleños, más allá de su sujeción, controles y legislación provenientes del gobierno británico. Entonces, quizá se podría suspender la discusión sobre la soberanía de las islas, digamos por cien años, durante los cuales los isleños se auto-administren, teniendo relaciones con los países que ellos decidan, y sin necesidad de someterse a decisiones soberanas ni de Gran Bretaña ni de Argentina. Esto permitiría descomprimir el conflicto, e incluso celebrar acuerdos entre empresas británicas y argentinas para explotar petróleo y pesca en la zona, dándole una regalía importante a los isleños, que de ese modo contarían con un importante desarrollo económico. Luego de transcurridos los cien años, se podría discutir si se quiere seguir de esa manera, independizar a las islas, o retomar las discusiones sobre la soberanía. Para entonces, creo que esto último no sería una opción razonable. ¿Se aplicó este proyecto en alguna otra mediación en el mundo? Han habido conflictos en el mundo, donde se ha discutido la soberanía sobre algún territorio, que terminaron con la declaración de independencia de esa región. Tenemos un caso acá cerquita, que es Uruguay, territorio disputado por Argentina y Brasil, que llevó a una guerra que terminó reconociendo la independencia de la región. Por otra parte han habido cesiones de territorios para el desarrollo de ciudades o regiones. Posiblemente los casos de Hong Kong y Singapore sean los más conocidos, pero hay otros. Por ejemplo, el actual estado de Pennsylvania, en USA, fue originalmente un territorio cedido por el Rey de Inglaterra a William Penn en propiedad, como pago por los servicios que su padre prestó a la Corona. Penn organizó el territorio bajo reglas claras que fomentaron la libertad y el respeto a la propiedad, y allí surgió el germen de lo que luego fueron los Estados Unidos. Este tipo de acuerdo para el desarrollo de regiones, se han conocido como charter cities, y hay numerosos ejemplos en la historia. Más modernamente se está hablando de un concepto que va un poco más allá, el de free cities, como la idea de liberar ciertos territorios de su sujeción a la legislación y soberanía de un país, permitiendo que se organice bajo sus propias reglas, buscando formas de crecer económicamente e incrementar el bienestar de sus habitantes. En Honduras se inició un proceso de ese tipo en 2010, que implicó una reforma constitucional y una ley marco, pero hoy esto está paralizado como consecuencia de discusiones políticas. Nada impediría que las Islas Malvinas se organicen a la manera de una free city, a partir de una suspensión de la discusión de soberanía de los países que se la disputan. ¿Cuál cree que es el mayor déficit del gobierno en materia de Malvinas? Creo que desde 1982 para acá el caso de Malvinas fue utilizado como una bandera política, como un tema que permita exaltar sentimientos nacionalistas, pero ningún gobierno ha intentado buscarle una solución racional al problema. Eso, que es notorio en este gobierno, también lo fue en los de Alfonsín, Menem y de la Rúa. Ricardo Rojas elaboró un proyecto sobre este tema que podría ser el punto de partida para encontrar una solución negociada.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

 

Ricardo Manuel Rojas  es juez en lo Criminal de Buenos Aires, doctor en historia Económica, (ESEADE), y profesor de la maestría en Derecho y Economía de la Universidad de Buenos Aires.