La pregunta por el “botón rojo”

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 11/11/20 en:  https://eluniversitario.unnoba.edu.ar/2020/11/05/la-pregunta-por-el-boton-rojo/

Una metáfora que recorre el país, el mundo quizás, y una pregunta: ¿es posible adecuar la economía a los tiempos de la pandemia?

Por Marcelo Maggio

Hay una idea que late, cual amenaza vedada, en el año económico argentino: el botón rojo. Pero, ¿qué significa esa metáfora? ¿Se puede simplemente “parar” la economía? Al parecer el capitalismo y el botón rojo se llevarían mal, muy mal.

El filósofo Martin Heidegger decía que la esencia de la técnica moderna reside en no reposar jamás, esto es, estar siempre dispuesta a transformar la naturaleza. No hay noche ni día, como en los ciclos de la naturaleza, sólo hay producción. Por eso mismo, quizás, el malestar con el botón rojo no sea únicamente político, o económico, sino que estaría en una profundidad mayor. Y, por eso, también, cuando las sociedades tienen que redireccionar su producción para enfrentar una guerra no aparecen tantos malestares ni resistencias. Si se trata de detener la maquinaria para reposar, cubrir con velos, esperar o cuidar, ¿qué sucede, qué se opina, quién está de acuerdo? ¿Puede deternerse la economía, hay una entidad que pueda detentar el famoso ‘botón rojo’? ¿O es sólo una metáfora fallida de sanitaristas bajo los efluvios de la cloroquina?

Carlos Alberto Salguero es doctor en Economía y docente de la UNNOBA, entre otras universidades. Enseña Microeconomía y Macroeconomía desde 2016 en carreras de grado, y dirige un curso de posgrado sobre “Comercio y finanzas internacionales”. Este profesor universitario no comparte “el mito del botón rojo” que todo lo paralizaría porque “tiene una subyacencia necesaria: el planificador central”.

“Pareciera que no puede haber decisiones económicas en las que no guarde un rol preponderante el Estado, y eso no necesariamente debe ser así”, plantea. Salguero también se remonta a la teoría económica para abordar el tema: “Existen dos tradiciones mutuamente opuestas en relación a quién asigna mejor los recursos, ¿el Estado o el mercado? Es un debate que en el ámbito académico está abierto. Mi opinión particular, fundada en la ortodoxia microeconómica que establece que los controles provocan una perdida irrecuperable de eficiencia, es que resulta más saludable que se respeten las libertades individuales, que cada persona tenga la posibilidad de brindar todo su potencial sin ningún tipo de restricciones. No creo que sea necesario que un tercero, ajeno a los derechos de propiedad que cada uno detenta, tenga que venir a decir qué hacer o qué no hacer. Hay evidencia en el mundo que los países más ricos son los que tienden a tener Estados menos intervencionistas”.

Globalización, cantaban “Los Piojos” en el 2000, un año antes de que todo vuele por los aires en el país. “Ahí va Scottie Pippen/en medio de la puna/no te hagai problema darlin/slippin en la cuna”. Pero hoy ya se habla poco de la globalización, post Muro de Berlín y en el medio de una revolución de las telecomunicaciones, aunque… ¡apareció la pandemia global, y ya no resulta tan simpática la globalización! La aceleración mundial también trae la enfermedad.

Resulta evidente, y lo resultó desde el siglo XX para quienes querían desarrollar su utopía en un solo país, que la interdependencia de las economías es inevitable. Asumir la interdependencia quiere decir que no podemos hacer todo de modo local. Pero, y acá otro nudo, ¿qué está pasando con la economía global pandémica? ¿Cómo impacta en producción, comercio, finanzas? ¿Y los “bloques regionales” tan celebrados hacia fines del siglo XX y cada vez más golpeados y sin futuro aparente van a servir para salir del “shock” pandémico?

“Resulta claro que la globalización se ha dado en unas áreas más que en otras —reflexiona Salguero—. Hoy, por ejemplo, hay un acceso a la información disponible a lo largo del mundo gracias a las telecomunicaciones. Cualquier persona puede tener una videollamada en tiempo real con alguien que está del otro lado del planeta, cosa que antes no pasaba. Sin embargo, la apertura de los países está siendo relativizada. Hay grupos como la Unión Europea, por ejemplo, que no dejan de ser un bloque defensivo. En tal caso esta globalización tiene más de declamación que de correlato real en economía, y no guarda relación con la migración de las personas”, destaca Salguero al hacer un paralelo entre telecomunicaciones y migraciones.

Según informa el Banco Mundial, este año el repliegue global viene arrojando datos como los siguientes: 9,3% de baja en la demanda mundial de petróleo (para lo que va de 2020); caídas del 20% en servicios (con pico en el 30%); derrumbe del precio de commodities (energía, metales y agricultura), con excepción del oro. Muchos han visto en este escenario una necesidad de repliegue a lo local. ¿Se podría dar una reconfiguración de la teoría de las ventajas comparativas? Esto es, a partir de la necesidad de acceder a bienes que antes eran fáciles de conseguir y ahora se dificultan, ¿es viable en el presente volver a dar impulso a algo parecido a lo que otrora fue la sustitución de importaciones, por ejemplo?

Para responder, Salguero retoma el planteo inicial: “En la pregunta hay un pensamiento establecido, cosa que es razonable, porque la verdad siempre es personal. En la ventaja comparativa, desde la perspectiva del mercado internacional, hay restricciones que suponen que el comercio internacional, y el mundo, son como una torta predeterminada en la que la puja de las partes trata de sacar el tajo más grande. Y esto no debe verse así, sino que el comercio genera ventajas inexploradas y no debe enfocarse desde esa perspectiva de juego en el que lo que ‘uno gana el otro lo pierde’. Debería verse como un juego donde ‘todos ganan’, porque todos van a sacar el mayor provecho haciendo aquello que, en términos relativos, saben hacer mejor. No tenemos que sesgar a la persona con quien intercambiamos extramuros de Argentina como si fuera un rival al que hay que vencer, sino ver el beneficio mutuo. Sería un error muy grave proscribir el intercambio o restringir las posibilidades de las personas a un área determinada”.

El comercio internacional, “debería verse como un juego donde ‘todos ganan’, porque todos van a sacar el mayor provecho haciendo aquello que, en términos relativos, saben hacer mejor”.

—Ese podría ser un escenario también, pero hay críticas. ¿Podemos repasarlas? Por ejemplo desde el movimiento “no global”, nacido en Seattle en 1999 en respuesta a una reunión de la Organización Mundial del Comercio, se cuestionaba el problema de las asimetrías entre países, la falta de reglas parejas, y sobre todo el impacto sobre el trabajo y los derechos laborales, incluso llegando al trabajo esclavo en países donde la informalidad no puede ser controlada, por caso Argentina también. Desde 1999 para acá, ¿hubo cambios en el comercio o se asume que la no regulación es el único, o el mejor camino posible?

—Las asimetrías necesariamente se dan porque las personas contratan otras personas que no son iguales. Nadie se contrataría a sí mismo. Cuando se establecen equipos de trabajo se consideran las distintas habilidades que cada uno de los integrantes tiene para tener un incremento del trabajo conjunto. Las empresas son un conjunto de activos con riesgo y pasivo, cuentan con la presunción de que van a ganar en caso de conseguir el favor de los consumidores, y eso es eventual, porque lo único que tienen asegurado y en concreto son los costos que enfrentan, entre ellos, las tasas de salario de las personas que contratan. El rol del asalariado no es el mismo que el del dueño de la empresa, por cuanto el asalariado vende su fuerza laboral. El titular de la empresa puede tener ganancias sirviendo correctamente al mercado o, eventualmente, podría quedar desprotegido y perder sus activos si su presunción hipotética del mercado no se cumple. Las decisiones siempre se toman en un marco de incertidumbre, y se corroboran empíricamente (ex post) si fueron acertadas. En cuanto a la cuestión moral de las condiciones de trabajo esclavo, que también hemos visto en Argentina, es algo que tiene que ver con las condiciones de pobreza extrema a las que determinadas personas en el mundo están expuestas. Cuanto más ricos son los países, la distribución del ingreso tiende a ser menos desigual. Estas cosas pasan cuando hay una necesidad extrema de personas que, bajo determinados regímenes, no pueden subvertir esa condición de pobreza tan lamentable y que es repudiable desde todo punto de vista.

—Pero una cosa es pensar que es repudiable y otra sería pensar que es necesaria la regulación, por ejemplo si asumimos que el capital “tiende” a ir a los lugares a donde menos costo de producción va a tener, ya sea local, regional o internacionalmente. ¿No es el Estado el único que puede decir “¡hasta aquí!”? Incluso podría ser peor, porque además de la informalidad o la esclavitud también hay dumping  (vender un producto por debajo de su precio normal, para eliminar a las empresas competidoras y apoderarse del mercado), cierre de fábricas locales y desocupación.

—No debe confundirse el comercio con la lesión de derechos. Precisamente, donde opera una ilegalidad es donde la Justicia debe actuar de oficio. Desde la Asamblea del año 1813, afortunadamente, la esclavitud ha sido abolida en nuestro país. En el comercio, sin embargo, desde que el mundo es mundo, el negocio es comprar barato y vender caro. Países como China, que hasta hace 70 años eran economías de subsistencia agrícola, gracias a los flujos de capital se han transformado, y hoy ese país es quizás la economía más preponderante del mundo, con las inequidades y condiciones de pobreza que persisten, inclusive con restricciones como la tasa de natalidad. Lo cierto es que la condición de vida de los habitantes del gigante asiático ha mejoradoMe parece que la solución va más allá de las restricciones: el ser humano viene de la pobreza extrema, pero sólo en los últimos años y gracias al acontecimiento económico más importante de la humanidad, la Revolución Industrial, ha empezado a superar esos acontecimientos. Cada año en el mundo, aunque este año va a ser particular, hay una menor cantidad de pobres. Y la tendencia global es a la disminución de la pobreza.

“El ser humano viene de la pobreza extrema, pero sólo en los últimos años y gracias al acontecimiento económico más importante de la humanidad, la Revolución Industrial, ha empezado a superar esos acontecimientos”.

—En el curso de posgrado que usted dicta aparecen dos palabras: comercio y finanzas. Sin embargo muchas veces, y le hablo solo desde la “agenda de noticias”, las finanzas aparecen como una zona oscura, de dudoso proceder, asociada a la especulación o a lo “volátil”. Las bolsas que se desploman “mágicamente” son noticia, el dólar que “se dispara”, sin actores, los tenedores de bonos “sin rostro” o los capitales golondrina que generan incertidumbre. ¿Cuál es el rol de las finanzas en la economía global? ¿Es simplemente el “lado oscuro” del capitalismo como rezan las noticias cotidianas?

—Creo que eso sucede porque principalmente hay un desconocimiento cabal del mundo financiero y porque el comercio resulta más tangible. La gente está acostumbrada a hacer intercambios de bienes pero no tanto de transacciones financieras. Los particulares, los bancos y las empresas pueden poseer activos de su país o activos de otros países. De hecho, los particulares poseen casi exclusivamente activos de su propio país y, dicho sea de paso, en Argentina tenemos un mercado de valores que es despreciable en términos absolutos comparado con otras economías del mundo. Las finanzas lo que hacen es canalizar y transferir los flujos de ahorro. El problema de nuestro país es, precisamente, la falta de ahorro. Las personas, generalmente, estamos restringidas a llevar a cabo nuestra cartera en inversiones de opciones locales, en especial en bancos comerciales y no así en el mercado de valores, aunque con la revolución de las telecomunicaciones esto está comenzando a cambiar. No obstante, sigue siendo un terreno más afín a los agentes globales diversificar sus inversiones entre los mercados transnacionales. Los inversores internacionales generan una relación entre los mercados de activos del interior y del extranjero, y sus actuaciones tienen efectos fundamentales en la determinación de la renta, los tipos de cambio y de la capacidad de la política monetaria de un país para afectar a los tipos de interés. Para financiar la compra de activos durables, las empresas y particulares acuden a los bancos. Pero en el mundo, esos mismos actores se financian a través de la bolsa de valores y de los instrumentos financieros que surgen de allí. Quizás el desconocimiento de los instrumentos financieros es lo que genera, en algunos sectores de Argentina, los prejuicios sobre cómo operan los mercados.

Objetivismo económico: “Se ha perdido la posibilidad de ver a la persona como un ser de carne y hueso que está sujeto a diversas contingencias, entre ellas, levantarse un día con el pié izquierdo, estar enfermo, o todo lo que nos pasa a las personas en el devenir de la vida cotidiana”.

Trabajo y pandemia

La pandemia también nos devuelve a las preguntas fundamentales. “Cuál es la razón por la cual algunas personas dedicamos nuestra vida a esta disciplina que se ha dado en llamar Economía?”, se pregunta Salguero. “El problema esencial de la Economía tiene que ver con la escasez, si con solo pensarlo pudiéramos acceder a los bienes necesarios para mantener la vida, no habría razón para intentar resolver estas cuestiones. La pandemia lo que ha hecho es golpear en el núcleo central del paradigma de la escasez. Ha hecho que lo escaso se vuelva más escaso. Debemos redoblar los esfuerzos para intentar resolver los problemas que resultan, ni más ni menos, del trade off o solución de compromiso entre las ‘necesidades infinitas y los recursos que son limitados y escasos’, y esto incluye aún a las personas más ricas del mundo, sea por el motivo que fuere”.

Y acto siguiente nos recuerda: “Originariamente, la ciencia se denominaba Economía Política y desde la revolución marginalista, es decir desde 1870, se ha perdido el cincuenta por ciento del nombre. Es decir, desde Alfred Marshall hasta acá hablamos de Economía a secas”. Este cambio no ha resultado menor ni baladí: “El objetivismo, producto del uso de la matemática en la teoría de la utilidad marginal —añade Salguero— ha hecho que se vea al ser humano como un autómata apto para formalismos matemáticos, pero se ha perdido la posibilidad de ver a la persona como un ser de carne y hueso que está sujeto a diversas contingencias, entre ellas, levantarse un día con el pié izquierdo, estar enfermo, o todo lo que nos pasa a las personas en el devenir de la vida cotidiana”.

La tradición teórica a la que Salguero refiere responde a una fundamentación liberal clásica, y lo que se conoce como la revolución marginalista en 1870 tuvo tres corrientes: William Jevons en Inglaterra, León Walras, en Escuela de Lausana y Carl Menger, en la Escuela de Viena. “La intervención de Marshall dio lugar al conocido ‘enfoque neoclásico’, aunque el prefijo ‘neo’ es un término abierto, y refiere a cualquier significado que quiera dársele”.

Análisis de la realidad: “Como decía un economista y sociólogo norteamericano, Mancur Olson, los datos nos permiten mostrar todo aquello que queramos, solo bastará ver hasta dónde seamos capaces de torturarlos”.

—En la pérdida de la palabra “política” en el nombre de la disciplina, ¿se ha perdido eficacia también? ¿Sería posible pensar una recuperación de ese nombre original y de esa práctica?

—En el presente, no. La mayoría de las escuelas de pensamiento adhieren al objetivismo. Es más, hay grupos con gran influencia que consideran que la Economía no es una ciencia social sino una ciencia dura, y cada vez más se desvelan tratando de matematizarla, incrementando su relación con los algoritmos matemáticos, más que tratar de llevarla a ese escenario inicial que la ha planteado como una ciencia social. La econometría, por ejemplo, una disciplina de la medición económica de los datos, busca argumentar o corroborar a través de la evidencia empírica. Como decía un economista y sociólogo norteamericano, Mancur Olson, los datos nos permiten mostrar todo aquello que queramos, solo bastará ver hasta dónde seamos capaces de torturarlos.

—En este borramiento de lo social hay quienes aprovechan para reflotar las hipótesis de un mundo sin empleo, a caballo del automatismo, o de una sociedad en crisis, es decir por diversos motivos se podría llegar a esa conclusión.

—No podemos pensar en una economía que sea prescindente del trabajo. Todo lo que las personas hemos logrado como mejora en nuestra calidad de vida lo hemos conseguido con trabajo, que es el ingrediente insustituible para incrementar la mejora de las condiciones de vida. No hay nada que pueda hacerse sin trabajo. Es falso el argumento que dice que un robot puede reemplazar el trabajo humano. La tecnología puede potenciar el trabajo humano, pero no reemplazarlo, porque nada puede existir sin trabajo humano. Lo que hace la tecnología, sí, es incrementar la productividad. Tomemos como ejemplo un productor rural: en determinado país necesitará una cantidad de horas, en otro le será suficiente con menos tiempo para producir mucho más, dada la manera en que se potencia su trabajo gracias al uso de la tecnología. Y eso hace que ese país sea más rico. La riqueza no está en el dinero, sino en la tasa de capitalización de esa economía que soporta el trabajo humano. Hay economistas que dicen que el dinero es la savia que lleva los nutrientes. El dinero es simplemente un medio para realizar intercambios. Lo que en realidad nos va a dar un mejor nivel de vida es el acceso a mayor cantidad de bienes y servicios, parte de esos bienes se usan para consumir y parte se ahorran.

“Es falso el argumento que dice que un robot puede reemplazar el trabajo humano. La tecnología puede potenciar el trabajo humano, pero no reemplazarlo, porque nada puede existir sin trabajo humano”.

—¿Puede suceder que se potencie la productividad pero al mismo tiempo se altere la naturaleza del trabajo humano por el impacto de la maquinaria? Algo así es lo que está en la tesis sobre la composición orgánica del capital.

—Ese es el argumento sobre el que subyace la plusvalía de Marx. Este autor, no solo partía de una concepción defectuosa de la economía, sino que sostenía que ésta, siempre referida a lo material, determinaba las características espirituales del hombre. Pero el empresario debe pagar el salario de mercado para cada tipo de trabajo, independientemente de su estado patrimonial y de sus deseos personales. La cuantía del capital determinará, en última instancia, los ingresos y salarios reales. El aumento del capital genera, entre otras cosas, que las tareas marginales desaparezcan del mercado aprovechándose el trabajo en tareas consideradas más necesarias. La evidencia, en ese sentido, ha sido contundente.

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y en la UNNOBA, donde dicta Macroeconomía, Microeconomía y Comercio y Finanzas Internacionales. Y egresado de la Escuela Naval Militar.

El orden internacional después de Helsinski

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/8/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2158533-el-orden-internacional-despues-de-helsinski

 

Desde la segunda post-guerra el orden internacional prohijado por Occidente estuvo basado en dos pilares centrales: (i) la promoción de la democracia; y (ii) alentar la apertura del comercio internacional, en el mundo entero. Después de la reciente reunión «cumbre» de Helsinski entre los presidentes de los EEUU y de la Federación Rusa, las cosas son hoy aparentemente algo distintas.

Esos dos pilares antes mencionados han sido ahora sustituidos por Donald Trump por otros cuatro. Distintos, por cierto.

Ellos han sido recientemente identificados nítidamente por Gideon Rachman, como sigue. Primero: lo económico tiene una prioridad absoluta. Lo que deriva en que las relaciones de los EEUU con aquellos países o regiones con los que los EEUU tienen un déficit comercial son ahora tensas y apuntan, esencialmente, a tratar de corregir los desequilibrios comerciales. Segundo: el mundo debe edificarse sobre los Estados y no sobre entes o instituciones multilaterales. Por esto, la abierta antipatía y hasta el rechazo del presidente norteamericano al G-7; a las Naciones Unidas; a la Organización Mundial del Comercio; y a la Unión Europea. También su rechazo a las negociaciones multilaterales y su predilección por el bilateralismo, donde supone que maximiza su peso relativo en el mundo. Y, más aún, sus discrepancias con sus diferentes esquemas reglamentarios, esto es con las reglas que las organizaciones multilaterales, dentro de sus respectivas competencias, dictan. Para Trump, presumiblemente las reglas las debiera dictar siempre el más fuerte. Tercero: El mundo debe edificarse sobre las identidades y sobre sus respectivas culturas y valores. Poco importan, entonces, los principios o valores comunes, como los que tienen que ver con la defensa universal de los derechos humanos o con la promoción de la democracia. Occidente, para él, no es tanto un conjunto de valores, como la suma de las identidades y culturas a defender contra todos quienes procuran desteñirlas. Por todo esto, su notoria aversión a la inmigración.

Las influencias de las naciones más poderosas, los EEUU, China y Rusia, debieran, para Trump, primar en sus respectivas «esferas de influencia». Por esto, precisamente, su sospechoso rechazo a condenar explícitamente la ilegal anexión rusa de la península de Crimea.

Lo que, en los hechos, quiera o no, significa promover no sólo la supremacía relativa de los EEUU, sino también las respectivas supremacías regionales de China y Rusia, esto es nada menos que reconocer la «multipolaridad» del mundo actual, donde ya los EEUU no aparecen solos en el centro del escenario.

Que el secretario de Estado Mike Pompeo haya recientemente asegurado ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano que los EE.UU. «no reconocen la anexión de Crimea» a Rusia y que, por ende las sanciones económicas impuestas por ello no se levantarán hasta que Rusia «devuelva» Crimea a Ucrania aclara un tanto las cosas. Pero el presidente Trump sigue sin condenar con toda la necesaria claridad la invasión rusa de 2014, lo que es por lo menos sugestivo, particularmente si a ello se suma a su coqueteo personal con Vladimir Putin.

 

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

El costo de aislarnos del mundo

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/9/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1832109-el-costo-de-aislarnos-del-mundo

 

Uno de los grandes dramas de la economía argentina ha sido cerrarse al comercio mundial.

Aislarnos por miedo a competir. Aislamiento que trajo un creciente deterioro de la productividad y aumento de la pobreza.

Pero resulta que ahora no sólo se habla de sustituir importaciones, el nefasto mecanismo por el cual se somete al consumidor a la oferta de unos pocos productores locales que venden productos de baja calidad y a altos precios, sino que quieren inventar la pólvora lanzando la idea de sustituir exportaciones, entendiendo por tal cosa que en vez de exportar mercaderías hay que ponerle barreras a las exportaciones de esos productos para que se consuman internamente.

En rigor, este «invento» ya lo llevó a cabo el kirchnerismo limitando las exportaciones de carne para que se consumiera internamente. El resultado fue que se liquidaron 12 millones de cabezas de ganado vacuno y hoy comer carne es un verdadero lujo. La sustitución de exportaciones hizo que, finalmente, la carne fuera más cara y se perdieran miles de puestos de trabajo por la cantidad de frigoríficos que tuvieron que cerrar.

Lo mismo ocurrió con las restricciones a las exportaciones de lácteos, que derivó en el cierre de miles de tambos y familias enteras sin trabajo. O con el trigo, que al limitarse su exportación lo que se ha conseguido es que este año se siembre la misma cantidad de hectáreas que se había sembrado 100 años atrás.

Tomando datos de la Organización Mundial del Comercio, a principios del siglo XX las exportaciones argentinas representaban entre el 2 y el 3 por ciento del total de las exportaciones mundiales. Esta participación se mantiene hasta casi fines de la década del 40, es decir, el primer gobierno de Perón y un poco más allá del fin de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, comienza una continua declinación de nuestra participación en las exportaciones del mundo llegando en la actualidad representar solo el 0,4% del total de las exportaciones mundiales. En toda la década del 90 y de la era kirchnerista las exportaciones argentinas representan el 0,4% de las exportaciones del mundo.

Si la Argentina se hubiese integrado al mundo como lo hicieron, por ejemplo, Canadá y Australia, y mantuviésemos un 2,5% del total de las exportaciones del mundo, las exportaciones argentinas deberían ser del orden de los U$S 475.000 millones anuales en vez de los U$S 60.000 millones que se exportarán este año.

Quienes defienden la sustitución de importaciones y de exportaciones debería formularse la siguiente pregunta: ¿Cuántos puestos de trabajo y riqueza dejaron de generarse por aislarnos del mundo? ¿Cuánta pobreza creamos al aislarnos del mundo?

Los datos muestran que cuando nos integramos al mundo, fines del siglo XIX y principios del XX, el PBI por habitante crecía al 3,6% anual y que, cuando nos aislamos del mundo, empezamos a crecer a una tasa anual del 1 por ciento.

La brecha del ingreso per cápita entre la Argentina y otros países se fue agrandando en detrimento nuestro. De acuerdo a los datos de Angus Maddison, en la década del 40, cuando definitivamente nos aislamos del mundo, la Argentina tenía un ingreso per cápita que era un 113% más elevado que el de España. En 2010, último dato disponible de la serie de Angus Maddison, España tenía un ingreso per cápita que era un 64% más alto que el nuestro.

Si hacemos la comparación con Irlanda, nosotros teníamos un ingreso per cápita que era un 48% más alto. En 2010, los irlandeses tenían un ingreso per cápita que era 115% más alto que el nuestro.

En la década del 40% el ingreso per cápita de Australia era un 52% más alto que el nuestro. En 2010 la diferencia llegaba al 150%. Con relación a Chile, en la década del 40 nuestro ingreso per cápita era 36% más alto que el de nuestro vecino y en 2010 el ingreso per cápita de Chile superaba al de la Argentina en un 35%.

Al cerrar la economía, la competitividad disminuye porque al vender sólo al mercado interno los costos fijos aumentan por unidad producida ya que se produce sólo para 40 millones de personas, algo totalmente diferente a producir para miles de millones de consumidores que podríamos captar en el mundo. Al mismo tiempo, el volumen de inversiones que se necesita para producir sólo para el mercado interno es mucho menor al que se necesita si se produce para el mundo. La inversión es menor, los puestos de trabajo se generan en menor cantidad y la productividad es tan baja que deriva en salarios reales cada vez menores.

El primer suicidio económico de la Argentina fue aislarse del comercio internacional mediante la sustitución de importaciones. Como si esto no hubiese alcanzado, ahora quieren sustituir exportaciones, algo que de hecho ya ocurrió al perder competitividad y tener una decreciente participación en el comercio mundial.

De ser un desierto, la Argentina se transformó, a partir de 1880 con la consolidación nacional, en una potencia económica. Una ola de inmigrantes, que no venían a buscar un plan social sino a trabajar, llegó a la Argentina. El valor del esfuerzo y el trabajo imperaban en estas tierras. Las inversiones fluían y las exportaciones no paraban de crecer. Ese resultado no fue casualidad, hubo un marco institucional llamado Constitución Nacional de 1853/60 que fue la base sólida sobre la cual se construyó un país que era admirado en el mundo.

Es seguro que ese enorme potencial que tenemos para crecer puede repetirse. Por supuesto que no bajo la locura de la sustitución de exportaciones e importaciones ni del populismo depredador. Puede lograrse recuperando los valores que imperaron en la Constitución que nos legó Juan Bautista Alberdi, ese genio tan ignorando en estos tiempos y que nos indicó que la integración al mundo era el camino.

Por ignorar a nuestros sabios próceres como Alberdi tiene un costo. Y así nos va.

 

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.