Lo mejor y lo peor de nosotros mismos

Por Gabriela Pousa. Publicado el 15/3/13 en http://economiaparatodos.net/lo-mejor-y-lo-peor-de-nosotros-mismos/

Habemus Papam… Palabras cuyo eco ha de resonar en los oídos de muchos argentinos por un tiempo que no mido. Frente a la emoción y las sensaciones una se siente siempre debilitada, ¿qué agregar?

Pensar en un análisis político es reducir una figura global, intensa, a una temática en demasía pagana y doméstica. Es inmiscuir lo grande en pequeñeces aunque éstas, en la rutina de los simples mortales, se torne tan excesiva muchas veces.

Lo cierto es que Jorge Mario Bergoglio siendo ya no es. En lo sucesivo hay que hablar del Papa Francisco, y vaya si es distinto…

Argentina trasciende en un hombre de Fe, se descubre entonces que hasta aquí no se ha hecho lo suficiente. Lo que creíamos era todo sabe a poco. En la historia grande estamos entrando por primera vez.

Todo el griterío de tribunas, las oratorias de atril enmudecen frente al sonido apabullante de una voz que no se oye con el oído sino con el corazón. Por eso, mi sentida pena por quienes no pueden oírlo. Por eso, decido hacer caso omiso a la caterva de insensateces y escupidas al Cielo de tantos sordos sumidos en el ruido. Ellos pasarán, el Papa ha de quedar hasta lo indefinido.

Aquello que la santidad elige, otros lo desdeñan y atacan: en definitiva, es el precio de ser tocado por la “varita mágica”, aún sin magia. El repudio hacia esos ruidos es visceral, lo admito.

Jorge Bergoglio no se convierte en Francisco para defenderse de nada ni de nadie, llega en todo caso para luchar en pro y a favor de victorias colectivas, dimensionadas más allá de lo que pueda percibirse a simple vista.

Un síntoma que preocupa o debería preocupar: la posesión de apenas un par de zapatos, un viaje en tren, un boleto de subterráneo surgen de pronto como algo destacable y quizás “impensado”. Entonces cuesta entender que no es precisamente Jorge Bergoglio el que está cambiando…¿Bajo qué parámetros juzgamos lo bueno y lo malo?

Hasta adónde se ha llegado que la humildad y el recato aparecen en esta tierra nuestra, como conductas dignas de beneplácito y grandeza. Hasta aquí, quién fuera cabeza del Episcopado no ha hecho magnas proezas, fue simplemente un hombre justo, sensato. Un pastor con proyección local de su rebaño. Si éste no es un momento para reflexionar qué nos esta pasando, asumamos que estamos definitivamente acabados.

Aun cuando en estas horas – frente a una presencia tan inmensa – se pretende dirimir la duda acerca de lo que pasará de aquí en más con una Argentina perdida en una temible oscuridad, no hay modo de hallar respuestas paganas.

Especulaciones sobran. Habrá quienes crean que su trascendencia está en una pelea entre “K y anti K”. En algunos sitios se festejará incluso haberle torcido el brazo al gobierno. Y es posible que así fuera si acaso se toma en cuenta, únicamente, las antagónicas posturas frente a la vida. Porque las diferencias no se limitan a un modo de encarar la pobreza.

Si se abre perspectiva, hay una concepción de vida muy distinta. Lo que unos miran en miniatura, del otro lado se observa como si estuviese bajo una lupa. Frente a eso no hay análisis que valga. Son los puntos de vista los que marcan la ruta.

Estamos frente a un triunfo individual que puede redimir y oxigenar a una sociedad asfixiada de mezquindad y violencia. Desde el punto de vista fáctico, es dable decir que este argentino se erige como la contra cara de quién conduce los hilos desde la Casa Rosada. Nos da una imagen disímil a la que venimos teniendo de la dirigencia en general.

Allí se descubre entonces que no es nimio el mensaje, que no estamos frente a un Boca – River más como estábamos acostumbrados hasta acá.

Hasta acá es posible que todo fuera blanco o negro, en adelante el arco iris de esparce desafiante. Cada uno sabe qué es lo que puede y quiere mirar. Condenarse al monocromático es una elección personal.

En palabras de quien fuera cardenal de la Argentina, debe aceptarse que “existe una fortaleza peculiar en esta pequeñez, la fortaleza de la confianza en el poder de Dios sobre toda otra posibilidad”.

Bergoglio asumió el desafío: “a veces este abandono persistente y confiado puede parecer ridículo y hasta poco culto”; ingrato agregaría. Mientras el mundo lo admira, hay diarios locales blasfemando.

Estamos siendo bendecidos aunque no haya plena conciencia de que así sea. Es lógico quizás que, en medio de esta batalla de ignominias diarias, no se comprenda a ciencia cierta, de qué estamos siendo protagonistas.

Inmersos en lo que él mismo llamara la “cultura del volquete“, se tira a la basura todo lo descartable. Pero no es lo descartable el único par de zapatos ni el boleto de subterráneo. Descartable es la ambición desmedida y el aplauso de la obsecuencia, descartable es la afrenta gratuita, el abuso, la soberbia. No se dan cuenta, pero el inquilinato de Barlcarce 50 tiene fecha de vencimiento puesta…

Ahora bien, para quienes solo pueden ver lo que tienen en frente, es dable decir que no será el Papa quien “opere” en ‘contra de’, aún cuando desde el poder político se operó contra el Pontífice. Francisco nace para construir, en eso también hay diferencia.

El soplido de aire fresco y cristalino llegó en el momento preciso en que los argentinos estábamos necesitando un respiro. Inhalarlo o no depende del compromiso que cada uno quiera asumir frente al presente.

Es verdad que urge limitar un poder politico avasallante y vergonzoso, es verdad que el gobierno ha puesto fin a tradiciones centenarias en esta Patria, que reescribieron la historia en capítulos arbitrarios, caprichosamente contados. Pero la respuesta nunca fue tan contundente. “Quién quiera oír que oiga“, reza una canción que justamente, entona un canta autor allegado a la Presidente.

Guste o no, hay que archivar lo que ya fue. Cristina Kirchner, así como su fallecido esposo, tuvieron una relación tensa con el cardenal Bergoglio, es cierto. La jefe de Estado despreció aquello que ahora va a buscar denodadamente. Pero el problema de la mandataria no es con el Papa, es con la verdad donde quiera que esta se encuentre, laica o con sotana. Lo notable es que la Presidente no cruzó una calle para asistir a sus misas pero ahora viajará kilómetros para hacerlo… Si no es hipocresía (porque suena muy fuerte) será un tardío ‘darse cuenta’ o un alto sentido del oportunismo. Para ser una redención es todavía muy breve el camino.

Dicen que Juan Pablo II con su papado revolucionó a Polonia, inferir por eso que Francisco puede revolucionar Argentina es cosa distinta. En Argentina hay algo que en Polonia no había: argentinos. Lo mejor y lo peor de nosotros mismos…

El Papa no cambia nada que no quiera ser cambiado. No aplica políticas de Estado coercitivas ni firma decretos que obligan a comportarse de tal o cual manera. La figura del Papa apenas abre conciencias.

Es cierto que la paradoja surge virulenta: durante el gobierno del agravio y la opulencia, nace el Papa de la humildad y la pobreza. Convengamos que pocas veces como ahora, fue tan sencillo y directo el mensaje para los argentinos. Preclaro y sin sutilezas.

En este contexto, queda en perfecta evidencia de que carecíamos los argentinos. Repletos de ídolos estábamos faltos de ejemplo. Jorge Bergoglio, hoy Francisco, es precisamente eso: Ejemplo.

Qué el resto se desgaste inútilmente y pelee por pedestales con mármoles fríos y efímeros.

Habemus Papam y ‘habemus’ otra oportunidad para redimirnos.

Gabriela Pousa es Licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Máster en Economía y Ciencias Politicas por ESEADE. Es investigadora asociada a la Fundación Atlas, miembro del Centro Alexis de Tocqueville y del Foro Latinoamericano de Intelectuales.

 

La muerte del caudillo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 11/3/13 en http://www.lanacion.com.ar/1561926-la-muerte-del-caudillo

 MADRID.- El comandante Hugo Chávez Frías pertenecía a la robusta tradición de los caudillos que, aunque más presente en América latina que en otras partes, no deja de asomar por doquier, aun en democracias avanzadas, como Francia. Ella revela ese miedo a la libertad que es una herencia del mundo primitivo, anterior a la democracia y al individuo, cuando el hombre era masa todavía y prefería que un semidiós, al que cedía su capacidad de iniciativa y su libre albedrío, tomara todas las decisiones importantes sobre su vida. Cruce de superhombre y bufón, el caudillo hace y deshace a su antojo, inspirado por Dios o por una ideología en la que casi siempre se confunden el socialismo y el fascismo -dos formas de estatismo y colectivismo-, y se comunica directamente con su pueblo, a través de la demagogia, la retórica y espectáculos multitudinarios y pasionales de entraña mágico-religiosa.

Su popularidad suele ser enorme, irracional, pero también efímera, y el balance de su gestión infaliblemente catastrófico. No hay que dejarse impresionar demasiado por las muchedumbres llorosas que velan los restos de Hugo Chávez; son las mismas que se estremecían de dolor y desamparo por la muerte de Perón, de Franco, de Stalin, de Trujillo, y las que mañana acompañarán al sepulcro a Fidel Castro. Los caudillos no dejan herederos y lo que ocurrirá a partir de ahora en Venezuela es totalmente incierto. Nadie, entre la gente de su entorno, y desde luego en ningún caso Nicolás Maduro, el discreto apparatchik al que designó como sucesor, está en condiciones de aglutinar y mantener unida a esa coalición de facciones, individuos e intereses encontrados que representan el chavismo, ni de mantener el entusiasmo y la fe que el difunto comandante despertaba con su torrencial energía entre las masas de Venezuela.

Pero una cosa sí es segura: ese híbrido ideológico que Hugo Chávez maquinó, llamado la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI, comenzó ya a descomponerse y desaparecerá más pronto o más tarde, derrotado por la realidad concreta, la de una Venezuela -el país potencialmente más rico del mundo- al que las políticas del caudillo dejan empobrecido, fracturado y enconado, con la inflación, la criminalidad y la corrupción más altas del continente, un déficit fiscal que araña el 18% del PBI y las instituciones -las empresas públicas, la justicia, la prensa, el poder electoral, las fuerzas armadas- semidestruidas por el autoritarismo, la intimidación y la obsecuencia.

La muerte de Chávez, además, pone un signo de interrogación sobre esa política de intervencionismo en el resto del continente latinoamericano al que, en un sueño megalómano característico de los caudillos, el comandante difunto se proponía volver socialista y bolivariano a golpes de chequera. ¿Seguirá ese fantástico dispendio de los petrodólares venezolanos que han hecho sobrevivir a Cuba con los cien mil barriles diarios que Chávez poco menos que regalaba a su mentor e ídolo Fidel Castro? ¿Y los subsidios y/o compras de deuda a 19 países, incluidos sus vasallos ideológicos como el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega, a las FARC colombianas y a los innumerables partidos, grupos y grupúsculos que a lo largo y ancho de América latina pugnan por imponer la revolución marxista? El pueblo venezolano parecía aceptar este fantástico despilfarro contagiado por el optimismo de su caudillo; pero dudo que ni el más fanático de los chavistas crea ahora que Nicolás Maduro pueda llegar a ser el próximo Simón Bolívar. Ese sueño y sus subproductos, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que integran Bolivia, Cuba, Ecuador, Dominica, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, bajo la dirección de Venezuela, son ya cadáveres insepultos.

En los catorce años que Chávez gobernó Venezuela, el barril de petróleo multiplicó unas siete veces su valor, lo que hizo de ese país, potencialmente, uno de los más prósperos del globo. Sin embargo, la reducción de la pobreza en ese período ha sido menor en él que, digamos, en las de Chile y Perú en el mismo período. En tanto que la expropiación y nacionalización de más de un millar de empresas privadas, entre ellas de tres millones y medio de hectáreas de haciendas agrícolas y ganaderas, no desapareció a los odiados ricos, sino que creó, mediante el privilegio y los tráficos, una verdadera legión de nuevos ricos improductivos que, en vez de hacer progresar al país, han contribuido a hundirlo en el mercantilismo, el rentismo y todas las demás formas degradadas del capitalismo de Estado.

Chávez no estatizó toda la economía, a la manera de Cuba, y nunca acabó de cerrar todos los espacios para la disidencia y la crítica, aunque su política represiva contra la prensa independiente y los opositores los redujo a su mínima expresión. Su prontuario en lo que respecta a los atropellos contra los derechos humanos es enorme, como lo ha recordado con motivo de su fallecimiento una organización tan objetiva y respetable como Human Rights Watch. Es verdad que celebró varias consultas electorales y que, por lo menos algunas de ellas, como la última, las ganó limpiamente, si la limpieza de una consulta se mide sólo por el respeto a los votos emitidos, y no se tiene en cuenta el contexto político y social en que aquélla se celebra, y en la que la desproporción de medios con que el gobierno y la oposición cuentan es tal que ésta corre de entrada con una desventaja descomunal.

Pero, en última instancia, que haya en Venezuela una oposición al chavismo que en las elecciones del año pasado casi obtuvo los seis millones y medio de votos es algo que se debe, más que a la tolerancia de Chávez, a la gallardía y la convicción de tantos venezolanos que nunca se dejaron intimidar por la coerción y las presiones del régimen, y que, en estos catorce años, mantuvieron viva la lucidez y la vocación democrática, sin dejarse arrollar por la pasión gregaria y la abdicación del espíritu crítico que fomenta el caudillismo.

No sin tropiezos, esa oposición, en la que se hallan representadas todas las variantes ideológicas de la derecha a la izquierda democrática de Venezuela, está unida. Y tiene ahora una oportunidad extraordinaria para convencer al pueblo venezolano de que la verdadera salida para los enormes problemas que enfrenta no es perseverar en el error populista y revolucionario que encarnaba Chávez, sino en la opción democrática, es decir, en el único sistema que ha sido capaz de conciliar la libertad, la legalidad y el progreso, creando oportunidades para todos en un régimen de coexistencia y de paz.

Ni Chávez ni caudillo alguno son posibles sin un clima de escepticismo y de disgusto con la democracia como el que llegó a vivir Venezuela cuando, el 4 de febrero de 1992, el comandante Chávez intentó el golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, golpe que fue derrotado por un Ejército constitucionalista y que envió a Chávez a la cárcel de donde, dos años después, en un gesto irresponsable que costaría carísimo a su pueblo, el presidente Rafael Caldera lo sacó amnistiándolo. Esa democracia imperfecta, derrochadora y bastante corrompida había frustrado profundamente a los venezolanos, que, por eso, abrieron su corazón a los cantos de sirena del militar golpista, algo que ha ocurrido, por desgracia, muchas veces en América latina.

Cuando el impacto emocional de su muerte se atenúe, la gran tarea de la alianza opositora que preside Henrique Capriles estará en persuadir a ese pueblo de que la democracia futura de Venezuela se habrá sacudido de esas taras que la hundieron y habrá aprovechado la lección para depurarse de los tráficos mercantilistas, el rentismo, los privilegios y los derroches que la debilitaron y volvieron tan impopular. Y que la democracia del futuro acabará con los abusos del poder, restableciendo la legalidad, restaurando la independencia del Poder Judicial que el chavismo aniquiló, acabando con esa burocracia política elefantiásica que ha llevado a la ruina a las empresas públicas, creando un clima estimulante para la creación de la riqueza en el que los empresarios y las empresas puedan trabajar y los inversores invertir, de modo que regresen a Venezuela los capitales que huyeron, y la libertad vuelva a ser el santo y seña de la vida política, social y cultural del país del que hace dos siglos salieron tantos miles de hombres a derramar su sangre por la independencia de América latina.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.