Intervencionismo, capital y salarios

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/02/intervencionismo-capital-y-salarios.html

 

“La tendencia propia de la evolución capitalista es a aumentar constantemente los salarios reales. Este es el efecto de la acumulación progresiva de capital por medio del cual se mejoran los métodos tecnológicos de producción.”[1]

El capitalismo librado a sus propias fuerzas apuntará siempre al aumento de los salarios sin necesidad de normas que lo impulsen. Por el contrario, la existencia de tales disposiciones legales lo único que logra es frenar la acumulación de capital y propenden al dispendio del mismo, con lo cual los salarios en términos reales indefectiblemente tenderán a caer elevando el nivel de pobreza de la población en su conjunto, ya sea de los que están empleados como -naturalmente- de aquellos que no lo están.

“No hay medio por el que pueda aumentarse el nivel salarial para todos los que quieran obtener un salario que no sea el aumento de la cuota por cabeza de capital invertido. Siempre que se detiene la acumulación de capital adicional, queda paralizada la tendencia hacia un mayor aumento en los salarios reales.”[2]

Es la inversión per cápita la única que puede determinar el incremento del salario en cualquier tipo de actividad económica que se considerare, no hay al respecto escapatoria de ninguna índole. De este modo, puede afirmarse indefectiblemente que todas aquellas leyes laborales cuyo efecto (querido o no) obstaculice a los empleadores (efectivos o potenciales) a incrementar la cuota de capital por trabajador tendrá como resultado la paulatina disminución de los salarios del sector, y cuanto más se agudice la protección procurada por la ley laboral la situación -necesariamente- empeorará, al punto tal de llegar a lo que se denomina desempleo institucional que no es otra cosa que aquel provocado por razones ajenas a las voluntades tanto del empleador como del empleado respectivamente.

“Si el consumo de capital sustituye a un aumento en el capital disponible, los salarios reales deben caer temporalmente hasta que se eliminen los impedimentos para un mayor aumento de capital. Las medidas del gobierno que retrasen la acumulación de capital o lleven a un consumo de capital (como unos impuestos confiscatorios) van por tanto en perjuicio de los intereses vitales de los trabajadores.”[3]

Cabe destacar que las actuales medidas que se adoptan en materia laboral y todas aquellas leyes que los sindicatos aplauden como “conquistas sociales” son, precisamente, lo contrario a lo que declaman, porque las altas tasas de desempleo que registra la economía mundial y los bajos salarios que se verifican en muchos países y zonas son exclusivamente debidos a la escasez de capital que las predichas legislaciones laborales ocasionan. En tal sentido, la escasez de capital puede ser natural o inducida. La natural aparece cuando aún no se ha invertido en determinada actividad, en tanto que la estimulada surge cuando se dictan leyes laborales o sindicales con el fin supuesto (pero no efectivo) de “proteger” derechos que el capitalismo en modo alguno “ataca”. En ese orden, retribuir en cualquier cuantía el trabajo improductivo conlleva consumo de capital y disminuye el salario real de los trabajadores más productivos en su perjuicio, y en beneficio de los menos productivos.

“La expansión del crédito puede generar un auge temporal. Pero esa prosperidad ficticia debe acabar con una depresión general del comercio, un declive.”[4]

Es decir, la etapa del boom anterior a la del crack fruto de la inexistencia de un respaldo real de ese crédito ficticio ilusorio de una riqueza que -en los hechos- nunca fue producida y, por lo tanto, no podrá sostenerse en el tiempo. Los mecanismos son tan conocidos como las veces que fueron reensayados y fracasaron: baja artificial de la tasa de interés, expansión, inflación y crisis. Se trata de un ciclo creado únicamente por medidas gubernamental que no encuentran sus causas en los fenómenos de mercado ni resulta inherente al capitalismo.

“Difícilmente puede afirmarse que la historia económica de las últimas décadas haya ido en contra de las predicciones pesimistas de los economistas. Nuestra época tuvo que afrontar grandes penalidades económicas. Pero no es una crisis del capitalismo. Es la crisis del intervencionismo, de políticas pensadas para mejorar el capitalismo y sustituirlo por un sistema mejor.”[5]

Ludwig von Mises se refiere, por supuesto, al siglo XX, pero en la actualidad no existe mayor diferencia con lo que el sabio economista austriaco se encuentra describiendo. Si bien en menor grado, aquellas desdichas económicas continúan vigentes. Pero ninguna de ellas responde a situaciones que ya no hubieran sido prevenidas por los economistas de la Escuela Austríaca de Economía como por el brillante expositor que estamos comentando. Simplemente, los vaticinios de dichos economistas se han visto cumplidos por encontrarse basados en sólidos principios teóricos que se demostraron en los hechos tal y como fueran descriptos por los teoremas económicos austriacos. Queriendo “mejorar” un sistema evolutivo no creado por nadie como lo es el capitalismo lo único que los gobiernos consiguieron es perjudicarlo, y con ello a las masas que más lo necesitan que son las carenciadas.

“Ningún economista se atrevió nunca a afirmar que el intervencionismo pudiera producir otra cosa que desastre y caos. Los defensores del intervencionismo (los principales de entre ellos, la Escuela Histórica Prusiana y los institucionalistas estadounidenses) no eran economistas. Todo lo contrario. Para promover sus planes negaron directamente que existiera una ley económica. En su opinión, los gobiernos son libres para alcanzar todo lo que pretendan sin verse restringidos por una regularidad inexorable en la secuencia de los fenómenos económicos. Como el socialista alemán, Ferdinand Lassalle, mantienen que el Estado es Dios.”[6]

Fueron muchos en la historia que, intentaron hacerse pasar por economistas e influyeron negativamente en la opinión pública y alcanzaron imponer sus desviadas teorías que tanto perjudicaron a la humanidad. Baste simplemente recordar el peso que -aun hasta nuestros días- siguen ejerciendo Karl Marx y Friedrich Engels y la amplia cantidad de discípulos de ambos. Tal como se deja dicho en la cita, no estaban ni siguen estando animados en encontrar la verdad científica, sino que se mueven impulsados por espurios intereses detrás de los cuales buscan beneficiarse a costa de los demás. La gran mayoría de las personas se mueven bajo este espectro, sobre todo los intelectuales y los políticos.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 9

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 9

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 9, 10.

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 10

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 10

[6] L. v. Mises ibidem, pág. 10

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Ni industria ni campo: libertad económica es el camino para Argentina

Por Iván Carrino. Publicado el 27/9/16 en: https://es.panampost.com/ivan-carrino/2016/09/27/argentina-libertad-economica/

 
La idea de que el país debe ser industrializado es, a grandes rasgos, pensar que el gobierno debe tomar políticas activas para que en la economía se desarrolle la industria manufacturera. 
Axel Kicillof es, junto con Yanis Varoufakis y Jorge Giordani, uno de los pocos ex ministros de economía del siglo XXI de profunda formación marxista. A juzgar por sus resultados, está claro que su cosmovisión del mundo no es la más adecuada para resolver los problemas actuales.

Varoufakis estuvo poco tiempo en funciones, pero fue suficiente para generar un pánico financiero en Grecia que terminó con la imposición de un corralito bancario. Jorge Giordani, quien saltó del barco de la economía venezolana en 2014, fue el artífice de la destrucción del país y cómplice de la hiperinflación y escasez que hoy asolan a su población.
Kicillof, por su parte, es responsable directo de la gestación de la bomba económica que el gobierno de Macri todavía está tratando de desactivar. Inflación, controles de precios, control de cambios, juicios sin pagar y déficit fiscal récord son solo alguna de las medallas que el joven exministro puede colgarse en su cuello. Otras son la economía frenada por 4 años, la caída del PBI per cápita y el aumento sostenido del nivel de pobreza. Nada para festejar.

Recientemente, Axel Kicillof fue entrevistado por el conocido periodista argentino Nelson Castro, en su programa “El Juego Limpio”. La entrevista se transformó en un cruce de acusaciones y tuvo momentos de contrapuntos picantes y tensos. Castro acusaba al exministro por su responsabilidad en la crisis actual, mientras que Kicillof intentó desligarse, echándole la culpa a la nueva política económica.

Al margen del cruce circunstancial entre el periodista y el economista, hubo un comentario al pasar sobre el que vale la pena reflexionar. En un momento de la conversación, Kicillof afirmó:

“Nuestro programa económico es un programa que se proponía una meta difícil: industrializar la Argentina”

En este momento de la charla, si bien hubo desacuerdo respecto de cómo lograr esa meta, nadie debatió el punto más importante. Es decir, si debe o no, darse dicha industrialización.

Analicemos este punto.

La idea de que el país debe ser industrializado es, a grandes rasgos, pensar que el gobierno debe tomar políticas activas para que en la economía se desarrolle la industria manufacturera. Trabas a las importaciones, subsidios directos, créditos blandos e inflación, todo vale para promover a los industriales del país. Si estas políticas dañan a otros sectores más competitivos o perjudican a los consumidores, eso no debería verse como un problema, ya que la industrialización es el camino para garantizar el progreso de todos.

Esta perspectiva sobre el rol que la industria manufacturera tiene en el desarrollo nacional puede provenir de una errónea interpretación de la historia de los Estados Unidos y otros países desarrollados. Durante el siglo XX, en Estados Unidos la industria tuvo un desarrollo muy marcado. Se estima que en 1840, solo representaba el 20% del PBI, mientras que a principios del Siglo XX ese porcentaje había llegado a superar el 40%. En paralelo a este verdadero proceso de industrialización, el nivel de vida de los americanos creció notablemente.

De ahí que muchos crean que la base de la riqueza se encuentra en la industria.

Sin embargo, hay dos puntos a destacar. El primero es que esta industrialización no fue producto de un deseo deliberado del gobierno de ese país, sino del desarrollo natural de las fuerzas del mercado, que fueron dejando el campo y llegaron a las ciudades en busca de mayores beneficios para sus inversiones. El segundo punto es que, a partir de la década del 70, la participación de la industria en el PBI cayó notablemente, sin que esto significara un problema para su economía. Hoy más del 70% de la producción norteamericana está en los servicios y el país sigue siendo uno de los que mejores niveles de vida tienen en el mundo.

En Argentina solemos enfrascarnos en una discusión anacrónica y obsoleta entre “industrialización” o “modelo agroexportador”, olvidando las bases verdaderas de la prosperidad económica de largo plazo. Es que no hace la diferencia si la economía tiene una mayor participación de un sector u otro, sino si ésta, como un todo, puede crecer de manera sostenible, generando progreso y bienestar para todos.

Estados Unidos no se convirtió en el primer país del mundo gracias a su industria, sino gracias a la libertad económica. Y fue esta libertad económica la que permitió a sus ciudadanos explorar un nuevo sector llamado industria a principios del siglo pasado. Fue la libertad la que industrializó al país. Y la misma libertad hoy permite el desarrollo del sector de servicios.

Para que nuestro país crezca, debemos dejar de lado viejas confrontaciones. La clave del desarrollo no está en la mano visible del estado, que decide qué sectores deben ser prioritarios, sino la mano invisible del mercado. Es ella, dejada a su libre albedrío, la que mejor garantiza el crecimiento de la producción, y en aquéllos sectores que más demandan los consumidores.

Si dejamos a la economía en libertad, no sabemos qué sectores se desarrollarán de manera más intensa, pero sí podemos pronosticar que todos viviremos mejor. Ése es el verdadero parámetro para medir el éxito de un programa económico.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Buenas ideas y coraje: lo que necesita Mauricio Macri

Por Iván Carrino. Publicado el 10/12/15 en: https://igdigital.com/2015/12/buenas-ideas-y-coraje-lo-que-necesita-mauricio-macri/

 

Después de muchas idas y venidas, finalmente llegó el día en que Mauricio Macri comenzará su presidencia de manera oficial. La economía será un tema central en su discurso inaugural y durante toda su gestión, ya que la herencia que recibe no es para nada nada liviana.

 

Al final, luego de 4583 días en el ejercicio del poder, el kirchnerismo entregará el mando a Mauricio Macri. Como es de público conocimiento, el traspaso no fue nada sencillo, y los detalles del mismo pertenecen más al género de la novela o la ciencia ficción que al de la política y la democracia republicana.

Ahora bien, así como Cristina decidió dejar el poder, también decidió dejar la economía: con problemas urgentes que el nuevo gobierno deberá resolver.

Déficit fiscal e inflación

El problema más evidente es la inflación. El ritmo de aumento de los precios en Argentina está entre los más acelerados del mundo. En 2014 nuestra inflación fue 8 veces el promedio mundial, mientras que este año esa diferencia se reduciría a “solo” entre 5 y 6 veces.

La pérdida del poder adquisitivo de la moneda está explicada principalmente por la emisión monetaria destinada a cubrir el déficit fiscal. El desequilibrio entre ingresos y gastos del gobierno acumulado a septiembre ascendió a ARS 236.000 millones, por lo que a fin de año se encontraría en las cercanías de los ARS 400.000 millones (un 7% del PBI).

Economía reprimida

La de Argentina es una economía reprimida, asolada no solamente por la galopante inflación, sino por una maraña de regulaciones y controles que impiden su normal funcionamiento.

Entre los controles destaca el famoso “cepo cambiario” que, en sus 4 años de vigencia, demostró ser un espectacular fracaso. En primer lugar, porque convirtió en delincuentes a una enorme cantidad de argentinos que lo único que querían hacer era resguardarse de la inflación. En segundo lugar, porque al fijar el precio del dólar por debajo de su verdadero valor, devastó al sector exportador y dinamitó los incentivos (ya bajos) para invertir en el país.

Finalmente, debe decirse que ni siquiera desde el punto de vista de los gobernantes el cepo tuvo algún efecto. A pesar de que la medida se tomó para evitar una devaluación y cuidar las divisas, Argentina es el país de la región en el que más subió el dólar desde el año 2011 (excluyendo Venezuela) y el que más reservas perdió (incluso más que Venezuela) desde el cepo hasta hoy.

Estancamiento económico

Este derrotero de malas ideas, malas políticas y peores resultados tuvo su correlato en la producción. Si se consideran las previsiones del FMI para este año, el crecimiento de la economía argentina estará entre los más bajos de la región entre 2011 y 2015, solo superando a Brasil y Venezuela.

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Como puede apreciarse, la situación económica que encontrará el nuevo presidente no es para nada alentadora.

Frente a ella, Macri deberá contar fundamentalmente con dos cosas: buenas ideas, por un lado, y mucho coraje, por el otro.

Necesita buenas ideas porque hay recetas que son mejores que otras para que las economías crezcan de manera sostenible y ha quedado demostrado que la del aumento del gasto público financiado con emisión monetaria e hiperregulación no es una de ellas. En este sentido, necesita dar un giro de 180 grados hacia una economía más libre y capitalista.

También necesitará coraje, porque a la hora de la implementación de estas ideas, en el corto plazo es probable que haya resultados que a muchos no les gusten, como la suba de algunos precios o la mayor competencia internacional.

Sin embargo, no estaría mal que, por una vez, comencemos a pensar en el mediano y en el largo plazo. De hecho, de haber hecho esto antes, hoy no estaríamos discutiendo estos problemas, sino que tendríamos una economía con baja inflación, alto ritmo de crecimiento y un considerablemente menor nivel de pobreza.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.