Ricardo III: el líder maquiavélico

Por Luis del Prado:

 

Ricardo III es uno de los peores villanos de la historia inglesa, pero a la vez es alguien que conocía a la perfección los laberintos del poder y que usaba su excelente retórica y su enorme capacidad para retener a sus seguidores con una combinación de amenazas y sentimientos de culpa, que tejían una tela de araña de la que era muy difícil escapar.

Los críticos de Shakespeare coinciden en el hecho que el autor exageró mucho la deformidad física de Ricardo a los efectos de resaltar la corrupción de su alma.

Ricardo pertenecía a la familia York, que representaba uno de los bandos principales de la contienda civil denominada “Guerra de las Rosas”, que dividió a Inglaterra. Sus principales enemigos eran los Lancaster.

Ricardo comprendía que los actos humanos pueden modificar la historia y que el derecho divino de los reyes muchas veces sucumbe ante quien ostenta el poder. Ricardo tenía plena conciencia que, para transformarse en Rey, tendría que trabajar duro y no confiar en su suerte sino hacer que las cosas sucedan.

Entre Ricardo y la corona se interponían varias personas: El Rey Enrique VI y su hijo Eduardo y en el seno de su propia familia, sus dos hermanos mayores y sus dos sobrinos. Seis hombres saludables, de diferente edad, pertenecientes a las dos familias que estaban peleando la guerra civil.

Ricardo estaba determinado por la ambición y por la emoción del deseo. Cuando esto sucede, ocurren dos cosas al mismo tiempo: es imperioso ir hacia delante, pero, al mismo tiempo, a veces no está bien claro cuál es el rumbo. Es vital actuar, pero cada acción puede ser la equivocada. No es cómodo estar atrapado en la oscuridad y aguijoneado por las espinas de la acción.

La manera de salir de esa situación es planeando al detalle una secuencia de actividades complejas.

Ricardo comenzó planeando las muertes del Rey Enrique VI y de su hijo Eduardo. De alguna manera, sus muertes estaban justificadas. Enrique y Eduardo eran enemigos de Ricardo y este era un guerrero que los iba a matar en nombre de una legítima disputa entre diferentes facciones del reino.

En realidad, Ricardo ya había planeado que estas dos muertes fueran solo las primeras de una larga serie, pero aprovechó la disputa con los Lancaster para justificarlas.

De hecho, gracias a estas muertes, Ricardo gana credibilidad entre su propia familia, que empezó a percibirlo como un guerrero que estaba creando un futuro para todos ellos, cuando en realidad lo único que estaba creando era su propio futuro.

En el parlamento inicial de la obra, Ricardo celebra la ascensión al trono de su hermano mayor Eduardo. Al finalizar el invierno de la guerra, le da la bienvenida a la calidez generada por el sol de un nuevo rey. Pero, en realidad, a Ricardo no le importaba el triunfo de su familia, sino su ambición personal.

Al poco tiempo de la coronación de su hermano, Ricardo lo predispuso en contra de su otro hermano Clarence, para que, al poco tiempo, este último conociera las mazmorras de la Torre de Londres.

En el camino al trono, Ricardo se quedó cada vez más solo. A medida que Ricardo fue acaparando poder, su visión fue compartida cada vez por menos personas.

De hecho, la manera en que Ricardo persiguió sus objetivos tendió a separarlo de los demás. Shakespeare nos muestra, a través de las acciones de Ricardo, qué peligroso puede resultar estar cerca de una persona tan ambiciosa.

Su hermano Clarence fue asesinado en prisión por orden de Ricardo. Sin embargo, Clarence creyó hasta último momento que su hermano era su amigo y su abogado defensor. Al Rey Eduardo, lo eliminó con la mala noticia de la muerte de Clarence por culpa del rey, aunque este había retirado la orden de ejecución: una palabra terrible en el momento adecuado puede matar. Al morir el Rey, Ricardo se transforma en el Lord Protector del reino.

Queda a cargo de la nación, pero no podía ser coronado rey, porque los dos hijos de Eduardo (sus sobrinos) estaban vivos.

Los colaboradores más cercanos de Ricardo estaban aterrorizados y desconfiaban de sus intenciones. En ese mundo no existía la confianza.

Hastings, uno de los nobles más prominentes del reino, fue ejecutado por orden de Ricardo (“¡Que lo maten! ¡Ya encontraremos un motivo!”). El precio de la proximidad al mundo de Ricardo era demasiado alto. De esta manera, Ricardo eliminó al partidario más ferviente de la coronación de su sobrino y envió un claro mensaje a los demás nobles.

A pesar de sus ideas brillantes y de su falta de escrúpulos, Ricardo seguía necesitando de otras personas para poder lograr su objetivo.  Un líder sano depositaría esa confianza en su círculo más cercano. En el caso de Ricardo, el ambiente de traiciones y asesinatos que creó con sus actos, deterioró incluso la relación con sus propios colaboradores.

El ambicioso Buckingham fue su mano derecha y su cómplice en el ascenso al trono. Ricardo le prometió tierras y títulos antes de ser Rey, a cambio que hiciera el trabajo sucio. Una vez coronado, llevó al límite la obediencia de Buckingham al ordenarle que asesine a sus sobrinos. Como Buckingham dudó, Ricardo lo descartó y no cumplió con su promesa.

Nicolás Maquiavelo escribió “El Príncipe” en 1532 en la ciudad de Florencia, 65 años antes que Shakespeare publicara “Ricardo III”. En uno de sus párrafos afirma algo que encaja perfectamente con el modelo mental de Ricardo:

Cualquiera puede comprender lo loable que resulta en un principio mantener la palabra dada y vivir con integridad y no con astucia; no obstante, la experiencia de nuestros tiempos demuestra que los príncipes que han hecho grandes cosas son los que han dado poca importancia a su palabra y han sabido embaucar la mente de los hombres con su astucia, y al final han superado a los que han actuado con lealtad

El último impedimento para la ambición de Ricardo eran sus dos sobrinos. Cuando los dos príncipes fueron asesinados en la Torre de Londres por órdenes de Ricardo, éste se convirtió en Rey. Su reinado duró solo dos años.

Ni bien se coronó, comenzaron a florecer las conspiraciones en su contra. Los métodos que utilizó para acceder al poder, le generaron temor acerca de que otros pudieran usar procedimientos similares contra él.

Esta es una lección poderosa: si alguien mintió y engañó para llegar al poder, no podrá reclamarle a los demás que no lo hagan. Los actos inmorales en orden de obtener poder generan su propia ansiedad, dado que está claro que otras personas pueden hacer lo mismo.

En el caso de Ricardo, esas conspiraciones se materializaron en un enorme ejército, liderado por el duque de Richmond, el futuro Enrique VII, abuelo de Elizabeth I, quien reinaba cuando Shakespeare escribió esta obra.

Shakespeare relata que la noche anterior a la batalla entre los ejércitos liderados por Richmond y por Ricardo III, este es visitado en sueños por los fantasmas de todas las personas que asesinó. Por supuesto, lo maldicen y le desean lo peor para el día siguiente. No es la mejor manera de pasar la noche previa a una batalla decisiva.

Los fantasmas lo atemorizan respecto del futuro y le demuestran que los delitos que se cometieron en el pasado, nunca permanecen del todo en él.

Ricardo se despierta de sus sueños muy angustiado[1]:

Ahora es plena medianoche.

Gotas frías de miedo se asientan

en mi carne temblorosa.

¿A quien temo? ¿A mí mismo? Si no hay nadie más…

Los siete pecados cometidos

en algún grado, al tribunal acuden

y me acusan: ¡Culpable, eres culpable!

¡Debo desesperar! No hay quien me ame

y, si muero, no hay alma que se apiade.

¿Por qué habían de apiadarse…si yo mismo

no encuentro en mí piedad para mí mismo?

Este es el resultado final de la historia de Ricardo: cuando estaba solo, luego de haber matado a todos los enemigos que se opusieron entre él y sus objetivos, se encontró con la persona más peligrosa del reino: él mismo.

Ricardo sabe que los demás han sido asesinados o han desertado. Como si ese miedo de sí mismo no fuera suficiente, reconoce que, al igual que los fantasmas de las personas que asesinó, él tampoco se apiada de su propia alma.

No tuvo piedad de su hermano ni de sus sobrinos, ¿cómo iba a apiadarse de aquel que los asesinó?. En el momento de su última batalla, Ricardo estaba completamente solo.

El día siguiente, perdió la batalla y sus últimas palabras demuestran el valor que le daba a la corona que consiguió engañando y asesinando. En ese momento estaba dispuesto a cambiar todo por un caballo. Ricardo muere de manera humillante, mostrando lo infructuoso de toda esa ambición.

Lo paradójico es que Ricardo se crió en una clase social en donde nunca faltaban caballos para montar. Al final de toda la trama de mentiras, traiciones y asesinatos, estaba dispuesto a cambiar todo lo conseguido por algo de lo que siempre dispuso.

Al concluir con la frase “¡Mi reino por un caballo!”, Shakespeare nos muestra la futilidad de la ambición de Ricardo.

El aislamiento de Ricardo, producto de su ambición, era extremo. Es esencial para cualquier líder entender el proceso que lo condujo hasta esa situación.

Se podría simplificar la conclusión afirmando que es malo ser ambicioso. Pero lo que se muestra en la obra es que el aislamiento es fruto de la combinación de la ambición y el individualismo que excluye a los demás de sus acciones y de sus esperanzas.

Ricardo demuestra que una clara ambición, combinada con una voluntad extrema para actuar bajo cualquier circunstancia, puede alcanzar los objetivos, incluso contra todos los pronósticos. Pero en el proceso se pierde la confianza de todos los que lo rodean.

Shakespeare nos enseña que tal tipo de camino hacia el poder puede “funcionar” pero, en última instancia, se va a volver en contra de la persona que lo eligió.

El poder, incluso el de un Rey, no puede ser ejercido sin la confianza de otras personas. La ambición individual llevada al extremo puede lograr el éxito, pero al mismo tiempo contiene el desastre.

Ricardo III es una clara muestra de lo que ocurre cuando un líder falla en el lento y meticuloso trabajo de construir relaciones con los demás.

 

[1] Shakespeare, William. op.cit. Acto 5 Escena 3

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

NORMAS, DECISIONES Y COMPLEJIDAD

Por Federico Sosa Valle. Publicado el 19/5/14 en http://notesonliberty.com/2014/05/19/normas-decisiones-y-complejidad/

 

Hace pocos días, se publicó en el sitio americanscientist.org un ambicioso artículo sobre el concepto de lo aleatorio. El autor, Scott Aaronson, trataba de elucidar bajo qué criterio podíamos distinguir una serie aleatoria de números de otra serie de números ordenados conforme cierto patrón, difícil de determinar, pero estructurante al fin de un orden en la serie. En otras palabras, si una computadora arrojaba “aleatoriamente” un número “9″ y luego otro número “9″ y luego otro y otro, ¿estábamos ante el resultado del azar, que se juega en cada nueva jugada, o ante un patrón que podía expresarse en una fórmula? ¿Si de repente apareciera en la serie un número 4, eso confirmaría el azar, o nos indicaría que nos encontramos ante un patrón más complejo?

Aaronson propone en el referido artículo, como criterio identificatorio de un número aleatorio, la característica de no ser susceptible de reducción a un algoritmo más simple. La explicación aparece como plausible y tiene un gran poder de seducción. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, tal conceptualización no permite distinguir azar de complejidad. Friedrich A. Hayek se inspiró en Kurt Gödel para proponer, como caracterización de un fenómeno complejo, aquél sobre el que, en atención a la heterogeneidad de sus elementos, ninguna teoría puede ofrecer su descripción completa, es decir, que no puede expresarse en un algoritmo más simple.

La noción de fenómeno complejo tiene sus raíces en el empirismo de David Hume: las relaciones entre los términos (una serie de números, por ejemplo) no se encuentran en los términos mismos, si no que son atribuidas por el sujeto (en nuestro ejemplo, le adjudicamos un patrón a aquella serie de números.) Desde el momento en el que el conocimiento general no proviene de los hechos si no que es atribuido a los mismos, tal conocimiento general no nos permitirá agotar el conocimiento de lo particular. En otras palabras, siempre habrá un elemento empírico en toda teoría.

Para continuar con nuestro ejemplo: podemos enunciar un patrón que explique la sucesión de una serie de números, pero estamos expuestos a que aparezca un nuevo número en la serie que nos obligue a revisar nuestra teoría. Cuando aparece un nuevo acontecimiento que se escapa a nuestras expectativas, lo que hacemos es reajustar la noción de orden que le atribuimos a la realidad. Lo que hace que una serie de acontecimientos configure un orden o estructura, y no sea caótica o aleatoria no es, por consiguiente, que las expectativas en torno a los acontecimientos siempre se cumplan, si no que exista un rango de acontecimientos que nunca se verifique, en otras palabras: que determinadas expectativas sean sistemáticamente frustradas.

Igualmente, la confusión entre azar y complejidad puede ser fecunda y arrojar más luz sobre la naturaleza de la segunda. Por ejemplo, Nicolás Maquiavelo culminaba “El Príncipe” con la afirmación de que la iniciativa era la virtud fundamental del político, ya que la fortuna tendía a favorecer más al arriesgado que al cauto. En términos poblacionales, vemos más hombres de éxito con iniciativa que sin ella ya que, para resultar exitosos, se tuvieron que conyugar dos situaciones: la decisión de asumir riesgos y que la oportunidad favorable efectivamente se haya presentado. En el conjunto de políticos sin éxito encontraremos a los cautos y también a los arriesgados (que no tuvieron suerte). Va de suyo que podemos sustituir “fortuna” por “complejidad” sin perder mucho del sentido de la idea.

Asimismo, The Economist publicó la semana pasada un interesante artículo sobre la relación entre la estructura del azar y la estructura de las decisiones. Todo parece indicar que efectivamente existen buenas y malas rachas, pero ello no se debe al azar si no a la estructura de decisiones que se toman frente a una situación difícil o imposible de comprender. Un jugador tiene a la suerte de su lado cuando, luego de ganar la primera apuesta, en las sucesivas va reduciendo su exposición al riesgo. Correlativamente en este caso, a menores riegos, menores ganancias pero también menores pérdidas, con lo que el resultado neto de todo el conjunto de jugadas es positivo. Paralelamente, si un jugador pierde en su primera apuesta, incrementar el riesgo de las sucesivas con la idea de compensar la primera pérdida sólo lo llevará a la ruina. En síntesis, una muy buena estrategia para lidiar con el riesgo es actuar como un sistema de retroalimentación negativa: a cada desvío del promedio estándar, responder con mayor moderación. Después de todo, la comparación con un sistema de retroalimentación negativa era la caracterización que F. A. Hayek hacía de la función del derecho y de todo sistema normativo en general, aportando mayor estabilidad y mejores resultados netos.

 

Federico Guillermo Manuel Sosa Valle es abogado, (UBA) y graduado en la Maestría en Economía y Ciencias políticas de ESEADE. Fue docente en la Facultad de Derecho de la UBA de “Análisis Económico y Financiero”. Fue Profesor de Análisis Institucional (2008) y Ciencia Política Contemporánea (2009) para la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Es Liquidador Principal de la Superintendencia de Seguros de la Nación y ha publicado trabajos en obras en colaboración y revistas académicas, relativos al derecho y la economía política. Es Presidente de la Fundación Instituto David Hume.