ESCASEZ: POR FIN ME LA SAQUÉ DE ENCIMA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 26/3/17 en:  http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/03/escasez-por-fin-me-la-saque-de-encima.html

 

En el tiempo de vida de un alumno, algunas o casi todas las materias son algo a través de lo cual hay que pasar. Un mal, algo espantoso, que no queda más remedio pero…………. Pasará. Finalmente no veremos más ese tema, nos olvidaremos de su insoportable profesor, dejaremos tirados los apuntes por los pasillos, venderemos los libros, en fin, como decía una gran pensadora argentina, te vas, te vas y te vas. Esto dice mucho de la falsedad del “aprendizaje” en el sistema educativo formal pero de eso HOY no voy a hablar.

Yendo del tiempo de vida de un alumno al tiempo de vida de la humanidad, la escasez corre igual destino. Grandes pensadores, como Karl Polanyi o Marx, han denunciado a la escasez como un estadio del capitalismo, pasado el cual, nos liberaremos de la alienación del trabajo y volveremos, cual paraíso resucitado, a poner nombres a los animalitos mientras Dios baja a conversar con nosotros al atardecer.

De manera comprensible, ambos autores citan a Aristóteles. El cual no se destacó precisamente por saber algo de economía, a pesar de que hablaba de ella o algo parecido (como casi todos hoy, entre paréntesis). El varón, terrateniente y ciudadano de una Atenas autárquica y esclavista, no tenía que preocuparse de cómo llegar a fin de mes. Y sí, así cualquiera.

La escasez siguió totalmente presente en la historia de la humanidad pero ignorada y negada como las bacterias hasta 1870. Curiosamente, en 1871 nace –NO sin antecedentes- la Escuela Austríaca y, oh malos capitalistas, recuerdan a todo el mundo que porque hay escasez hay precios, propiedad, y que el mercado es la compensación de la inevitable escasez mediante la mayor coordinación de conocimiento disperso en el mercado (Hayek 1936, Mises 1949, Kirzner 1973).

Por supuesto, hubo quienes no quisieron saber nada con esta “defensa ideológica de los intereses del capital”. Desde toooooooooooooooooodos los marxistas habidos y por haber –no, Gabriel, Marx no es eso, no entendés nada- pasando por los keynesianos, los corporativistas y hasta los neoclásicos que parten de un modelo donde no hay escasez, todos se encargaron de negarla de algún modo, de sacarla por la puerta, aunque siempre entra por la ventana como desocupación, crisis cíclicas, faltantes, hambrunas, pobreza, etc. Ah, pero qué tonto soy, cierto que todo eso es el capitalismo. Me olvidaba.

Pero últimamente la negación de la escasez ha tenido un curioso revival tecnológico. Comenzó con páginas webs de aficionados que mostraban al replicador de Viaje a las Estrellas como la superabundancia total y la solución de todos los problemas. Pero ahora muchos entusiasmados con la robótica, las neurociencias y al transhumanismo, nos dicen que en pocos años los robots trabajarán por nosotros y que, otra vez, la escasez será cosa del pasado, excepto que, por supuesto, los pérfidos capitalistas se apropien del paraíso, con lo cual el tema de la riqueza seguirá siendo, como en casi todos los paradigmas, una cuestión de distribución pero no de producción de riqueza.

Es impresionante la enorme esperanza depositada en los robots. Yo no soy tan optimista, será que no me anda el koynor J. Pero desde Cherry 2000, pasando por Inteligencia Artificial y llegando a Her, la cosa es que los robots serán capaces de amar. Los que no entendemos nada decimos que no, que ello implica la presencia de un yo espiritual irreductible a la materia –que ridículo neocartesianismo- y los que aún estamos en el oscurantismo medieval pensamos que uno de los grandes errores de Antony Kenny fue no haber endendido la demostración de Santo Tomás sobre la subsistencia de la forma sustancial humana después de la muerte.

Pero ahora hay algo más. Ahora, como decíamos antes, los robots nos salvarán de la escasez.

Los economistas austríacos (o sea, como diría Mises, los economistas) preguntan de dónde saldrá el capital y el trabajo necesarios para producir los robots, pero parece que también resulta que los robots se producirán a sí mismos.

Lo que se olvida habitualmente es que la escasez es un tema fenomenológico. Esto es, la cuestión es la naturaleza física ante el mundo de vida del cual nos enseñó Husserl. El mundo de la vida humano, esto es, la cultura y su historia, son lo que implica que la naturaleza física sea irremisiblemente insuficiente ante “lo humano”. Porque las necesidades humanas no son ni naturales ni artificiales. Son, sencillamente, manifestaciones de lo simbólico que nace de esa inteligencia humana irreductible a un plato de neuronas o de silicio. El arco, la flecha, la lanza, los adornos, son arte-factos del un mundo de la vida, igual que las naves espaciales y las computadoras son artefactos de otro mundo de la vida. Todo en ese sentido es “arti-ficial” en tanto simbólico de lo que una cultura considera necesario. En todo caso habrá virtudes morales –como la frugalidad, la austeridad- ante las cuales determinados consumos no se consideran éticamente adecuados, pero la comida, el vestido y la reproducción, en lo humano, están humanizados y para ello requieren de instrumentos culturales que re-significan a lo simbólico, mediante ritos y tradiciones para los cuales la naturaleza solamente física es totalmente insuficiente.

Por lo tanto la escasez, como la insuficiencia de lo físico ante las demandas inter-subjetivas de lo humano, no es una etapa de la historia, no es una defensa del capitalismo: es una condición de la humanidad, como lo histórico, lo artístico, lo político, lo sexual, etc. Creer que va a desaparecer porque haya robots es como pensar que la política va a desaparecer porque haya robots.

¿Y qué sucedería si los robots se hicieran a sí mismos –cosa dudosa, pero manejémosla como hipótesis de trabajo- y nos cayeran encima como rayos de sol en una fría mañana de invierno? ¿No serían bienes “libres” a nuestra disposición que nos librarían de “producir”? Bueno, esa era la Atenas con la que soñaba Aristóteles. Ahora la cosa es más humana porque no habría esclavos sino robots. Pero cuidado, porque si es verdad los que piensan que los robots tendrán autoconciencia, entonces ellos se rebelarán de su esclavitud –como ya sucede en algunos capítulos de Viaje a las Estrellas con los androides y los hologramas con autoconciencia-. Y, entonces, Skynet está cerca. Entonces claro que no habrá escasez, porque ya no habrá humanidad.

Pero los dinosaurios que no entendemos nada seguimos pensando que seguirá habiendo escasez y que los robots son sólo un cambio tecnológico más que, como todos, implicarán como mucho una re-ubicación friccional del factor trabajo no-específico.

Es curioso esto de los robots. De alguna manera, ante tanto post-modernismo, es como un revival del ideal iluminista de progreso ilimitado. La esperanza no está en lo trascendente, sino en un futuro inmanente a lo humano donde los robots serán el paraíso. No como Terminator, sino como Star Trek. Pero sea una o la otra, son todas inmanentistas: en una, todo mal, en otra, todo bien, pero el junco que piensa, de Pascal, ha desaparecido. Pero no. El yo de la interioridad agustinista, la forma sustancial subsistente de Santo Tomás, el yo pienso cartesiano, la intersubjetividad husserliana, el mundo 3 de Popper, no han sido refutados, ni por los filósofos ni por los robots. Y no es un tema empíricamente falsable, porque cuando en el siglo 25 la cosa siga igual, los entusiastas de los robots nos dirán que “ya veremos en el s. 30”. La pura verdad es que en el s. 30, si llegamos, todo lo humano será igual. Habrá escasez, habrá política, habrá neurosis, y las esperanzas inmanentes serán la misma ilusión que hoy. Lo que sí puede pasar es que no lleguemos. De lo cual ni siquiera Gort, otro robot, nos podrá salvar.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Inflación, salarios y mala educación

Por Agustín Etchebarne. Publicado el 12/3/13 en http://www.elpuntodeequilibrio.com/front/opinion.php?id=65&utm_source=v2.envialosimple.com&utm_admin=14140&utm_medium=email&utm_campaign=El_enemigo#.UT9fN1f_0pR

 En su discurso inaugural, la señora presidente de la Nación mostró el aumento del gasto público destinado a la educación pasó de 3% al 6,2% del PIB en la década pasada, lo cual es muy importante considerando también el crecimiento económico. Pero lo que no dijo, es que en el mismo período los tests internacionales muestran una caída de calidad comparativa contra Latinoamérica. De 2000 a 2009, la Argentina perdió 31 puestos en PISA, índice de la OCDE que mide la calidad educativa. Esto merece un amplio debate para considerar propuestas superadoras.

Lamentablemente, estas cuestiones pasan a un segundo plano, ya que la elevada inflación obliga, todos los años, a empezar el ciclo lectivo con una dura negociación salarial en todos los gremios. Esto complica las relaciones de trabajo en todas partes, y muy particularmente en el rubro de la Educación. A cualquier gremio le resulta muy difícil aceptar un aumento de salarios inferior al 25% anual, simplemente porque significaría un recorte del salario real. Así, la CABA logró empezar las clases otorgando un 26% de aumento, mientras que la provincia de Buenos Aires sigue sin clases porque los gremios piden un aumento del 30% mientras Scioli ofrece 22%. Pagar buenos sueldos a los docentes debiera ser una prioridad de cada provincia. No hay buena educación sin buenos docentes. 

Pero hay otros factores que inciden también en la calidad de la enseñanza. Un buen comienzo es aceptar que estamos mal. Tal como lo hizo Esteban Bullrich, ministro de educación de CABA: “No hay prueba internacional en la que no hayamos descendido en los últimos quince años.” 

Las diversas propuestas con cambios fundamentales para mejorar el sistema educativo. Pero tenemos claro que ningún cambio es posible sin el apoyo de los más de 800.000 maestros que hay en nuestro país. Es por eso que reclamamos un debate abierto al respecto.

Además del deterioro en la Argentina, hay que tener los ojos abiertos a las inmensas oportunidades que ofrece un mundo que está enfrentando un rápido cambio del paradigma educativo y una revolución en la tecnología para la educación. El nuevo sistema educativo que debemos desarrollar debe contemplar los avances del conocimiento, de las neurociencias, el hecho de que sabemos que no existe una única forma de aprender sino decenas de habilidades diferentes genera al mismo tiempo un desafío y una oportunidad. 

Los niños no son todos iguales, son muy ricos en su diversidad, algunos tienen inteligencia lingüística otros matemáticas, musical, cinética, artística. Un maestro que enseña delante de una clase a 30 o 40 alumnos es más una visión del pasado que del futuro. Mirando hacia adelante tenemos que pensar un sistema que ofrezca una enorme diversidad en su oferta educativa, de modo que los padres puedan elegir las mejores oportunidades para sus hijos. 

Esto no es tan difícil si nos desprendemos de viejos prejuicios. En Suecia, se hizo una profunda transformación basándose en que los padres tienen derecho a elegir la educación de sus hijos y el Estado puede financiar la demanda en lugar de la oferta educativa. Lo mismo ocurre en Chile. De este modo, las escuelas privadas, las ONG.s y las escuelas públicas pueden competir en igualdad de condiciones. 

Los contenidos mínimos educativos, serían mínimos y no máximos, es decir, no ocuparían el 100% del tiempo, sino tal vez, el 50 o 60%, dándole a los directores de escuela mayor autonomía para decidir. También debieran tener posibilidad de decidir sobre el despido de, al menos, el 5% de los docentes. Finalmente, los padres debieran acercarse mucho más a la escuela, una forma de incentivarlo sería descentralizar las decisiones,  dejándolas en manos de un gobierno tripartito, director, docentes y padres, y con la participación de los niños (pero sin voto) en cada escuela.

De este modo, la escuela pasará a ser un lugar donde los niños desplieguen interés, imaginación, investigación, creatividad, inteligencia emocional, y donde los docentes no sean los que inculquen contenidos, sino tutores que impulsen el desarrollo de los niños a nivel corporal, mental y espiritual.

Agustín Etchebarne es Lic en Economía (UBA); Máster en Desarrollo Económico (ISVE), posgrado en Comercialización Estratégica de la (UB). Ex profesor de Análisis Económico y Financiero en la Facultad de Derecho de la UBA y profesor de ESEADE.