Fiestas ultracapitalistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 28/12/19 en: https://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/fiestas-ultracapitalistas/

 

Desde las páginas de El País nos advirtió Cristina Manzano: “Disfruten de las últimas navidades ultracapitalistas”. Parece, sin embargo, que no hemos tenido fiestas ultracapitalistas nunca.

Salvo que deambulemos en el mundo de Humpty Dumpty, que definía por su cuenta y riesgo el significado de las palabras, el capitalismo es un “sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción y en la libertad de mercado”.  Si eso es el capitalismo según el DRAE, entonces el ultracapitalismo es un sistema que defiende de manera extrema la propiedad privada y los mercados libres.

La señora Manzano puede comprobar sin dificultad que el mundo real no es nada ultracapitalista. En efecto, los Estados son los más grandes de la historia, con unos niveles de gasto público, y, por tanto, de presión fiscal, que alcanzan el 40 % del PIB, o incluso más. Los capitalistas y los trabajadores son privados mediante la coacción política de estos porcentajes inéditos de su riqueza, que son apropiados por el Estado.

Asimismo, el nivel de intrusión de las autoridades en los mercados, en los contratos y transacciones de la gente, es también extraordinariamente elevado, como se aprecia fácilmente ponderando el sinfín de controles y regulaciones que los limitan y condicionan.

Pero, siendo esto así ¿por qué dice doña Cristina lo que dice? ¿por qué se inventa un mundo que no tiene nada que ver con la realidad?

Lamentablemente, no tengo la respuesta, pero sí puedo confirmar que esta fantasía está bastante extendida en el pensamiento intervencionista hegemónico. Desde púlpitos, y cátedras, y tribunas sin fin, somos aleccionados con mensajes muy parecidos al de la señora Cristina Manzano. Así, se nos habla de un inexistente capitalismo “ultraliberal” o “neoliberal” totalmente desregulado, que acaba con el planeta y extiende la miseria y las desigualdades.

Y el mensaje de fondo, típico de los socialistas de todos los partidos, es la condena al vicio inerradicable de las mujeres y los hombres libres, que “un año más nos entregamos con frenesí a un hiperconsumismo irracional, como si no hubiese un mañana”.

Según estas jeremiadas progresistas, somos imbéciles, y por tanto será bueno que vengan los poderosos y recorten nuestros derechos y libertades, que usamos tan mal.

En fin. No les hagamos caso, señora, y Felices Fiestas.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

Cristina, Macri y el neoliberalismo

Por Iván Carrino. Publicado el 25/11/18 en:  http://www.ivancarrino.com/cristina-macri-y-el-neoliberalismo/

 

En su regreso a los estadios, Cristina le lanzó a Macri el peor insulto que un político puede ofrecer.

En Argentina nos caracterizamos por dar buenos insultos. Las “puteadas” argentinas fascinan a los españoles a un punto tal que dos diseñadores crearon una página de Internet llamada “Insultá  Como un Argentino”.

El famoso dibujante y escritor Roberto Fontanarrosa, en un Congreso de 2004, también hizo un elogio de las malas palabras, y como ejemplo puso al famoso vocablo nacional que empieza con la letra P. Es que no es lo mismo decir que una persona es un tonto a decir que es un p€l0t#&@…

Ahora bien, en ese mundo de las malas palabras autóctonas, destaca uno que, cuando es recibida, el rival queda herido de muerte. Es difícil levantarse después de tamaño cachetazo verbal. Esa “mala palabra” puede escribirse perfectamente sin violar las normas del decoro.

Se trata del adjetivo “neoliberal”.

Uno puede ser muy P… y muy H…, pero si es “neoliberal”, ¡ay dios mío!

Bueno… sin más prolegómenos, así es como Cristina Fernández de Kirchner se refirió al presidente Macri y a su período de gobierno.

El ¿regreso? del neoliberalismo

El lunes por la tarde, mientras la mayoría de los argentinos disfrutaba el sol del feriado en el Día de la Sobernía, Cristina Fernández de Kirchner encabezaba una cumbre de líderes regionales en el estadio de Ferro, ubicado en Caballito.

Allí tuvo la chance de dar un largo discurso donde exaltó sus años de gestión y, por supuesto, no dudó en arremeter contra la administración actual.

En un pasaje que llegó a la tapa de los diarios, CFK afirmó:

Pocas veces se puede juzgar a dos modelos de país tan distintos con tan poco tiempo de distancia. El 9 de diciembre se cumplen tres años exactos de que el neoliberalismo se ha instalado en nuestro país(…) Han vuelto a endeudar el país. Nadie de izquierda, derecha, abajo o arriba puede negar que nuestro gobierno fue el que más desendeudó a la Argentina.

La primera pregunta que surge de este párrafo es qué será el “neoliberalismo”. Salvo por los líderes de la izquierda que acusan de neoliberal a prácticamente todo el mundo,  no hay muchas personas autopercibidas como “neoliberales”. De hecho, ningún trabajo relevante se conoce con ese título, ni ninguna doctrina económica.

La que existe, claro, es el liberalismo (sobre la cual yo escribí un libro), que sostiene que cuanto mayor sea la libertad económica de los países, más prósperos serán sus ciudadanos.

Neoliberalismo, en realidad, es una deformación que algunos sectores quieren imponer para desprestigiar a la idea liberal y, más que nada, desprestigiar una serie de políticas sensatas que limitan el poder de los gobernantes. Es lógico, entonces, que éstos la rechacen.

Ahora si hay algo que los que constantemente aluden al neoliberalismo mencionan es el llamado “Consenso de Washington”, una lista de 10 principios de políticas económicas razonables, recopiladas por un periodista durante la década del ’90.

El neoliberalismo lo rechazan tanto CFK como Macri

Como decíamos, en la década del ’90 se extendió el uso de la frase Consenso de Washington a partir de que el periodista John Williamson resumiera en un documento las principales recomendaciones que el Departamento del Tesoro, el FMI y el Banco Mundial solían hacerle a países con problemas económicos.

Y si bien todos estos organismos son antiliberales, el mundo los asocia al llamado “neoliberalismo”. Así que qué mejor que comparar al Consenso de Washington con Cristina y con Macri y ver si efectivamente, lo dicho tiene algo de verdad.

Entre las recomendaciones recopiladas por Williamson estaban la disciplina fiscal, la apertura comercial, y la privatización de empresas públicas. Las otras recomendaciones se encuentran resumidas en el cuadro de aquí abajo.

En dicho cuadro, además, podemos ver en qué grado las presidencias de Mauricio Macri y Cristina Fernández siguieron ese libreto.

CONSENSO DE WASHINGTON
Política Pública Mauricio Macri Cristina F. de Kirchner
Disciplina Fiscal No No
Gasto enfocado en salud, educación e infraestructura Parcialmente No
Baja de impuestos Parcialmente No
Tasa de interés determinada por el mercado No
Tipo de cambio  competitivo No
Apertura comercial No No
Liberación de barreras a la inversión extranjera No
Privatización de empresas estatales No No
Desregulación Parcialmente No
Seguridad Jurídica No No

 

Como salta a la vista, el gobierno de Cristina fue totalmente anti-neoliberal, si por neoliberal entendemos seguir al pie de la letra el llamado Consenso de Washington.

CFK, especialmente durante su segundo mandato, violó absolutamente todos los puntos de este documento. Las tasas de interés, así como el tipo de cambio, estaban regulados artificialmente, tanto porque había un cepo cambiario, como porque la tasa del Banco Central era un número prácticamente sin trascendencia alguna.

En términos de privatizaciones de empresas públicas, CFK hizo todo lo contrario. Junto con Néstor, su marido y antecesor en el cargo, nacionalizaron Aguas Argentinas, el 50% de YPF, las AFJP, el Correo Argentino, Aerolíneas Argentinas…

Lo mismo ocurrió con la disciplina fiscal. El gobierno de Cristina recibió al fisco con un superávit de 0,5% en 2007, que transformó en un  déficit de 5,9% al final de su mandato.

Mirando este cuadro, algún kirchnerista podría decir “qué bueno es violar el Consenso de Washington”. Sin embargo, la performance económica durante el segundo gobierno de CFK fue paupérrima. Inflación promedio cercana al 30% anual, cero crecimiento per cápita, aumento de la pobreza y un preocupante avance sobre las libertades individuales.

Ingeniero neoliberal

A diferencia de la exitosa abogada, el ingeniero presidente no se sacó un 1 en su examen frente al llamado Consenso. En este sentido, es lógico que Cristina lo llame neoliberal, ya que al lado suyo parece el mejor alumno de los Estados Unidos.

Sin embargo, cuando uno mira detalladamente las políticas tomadas por el presidente, ve que no se cumplen al menos 4 puntos de la receta neoliberal, mientras que otros tres se cumplen solo parcialmente.

Vamos rápidamente de abajo para arriba. En términos de seguridad jurídica, se ha mejorado, pero el lanzamiento del Bono obligatorio y la marcha atrás con la reforma tributaria anulan cualquier esfuerzo en este sentido. Por otro lado, desregulación solo hubo en el mercado aerocomercial por el tema de las Low-Cost, pero solo parcialmente.

Privatización de empresas estatales no hubo ninguna. Apertura comercial no hay, solo una baja de aranceles a dos productos específicos (tablets y notebooks).

Los impuestos se bajaron, pero luego algunos se volvieron a subir. Y en términos de gasto, hay un redireccionamiento, pero todavía no se ha terminado por completo ese cambio.

Finalmente, en términos fiscales es donde peor le ha ido al gobierno. No solo no redujo el déficit fiscal heredado por CFK, sino que lo aumentó en el primer año, siendo esto causa principal de la crisis que atravesamos.

Para terminar, no queda duda alguna que Cristina rechazó de plano cualquier tipo de liberalismo o neoliberalismo durante su gestión. En ese sentido es lógico que diga que otros, que al menos aceptan algunos puntos del programa de Washington, sean neoliberales.

Sin embargo, en rigor de verdad, no hay mucho de neoliberalismo en la gestión actual, y mucho menos de liberalismo.

Y es por esto, de hecho, que hoy estamos en crisis.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE MACRI

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 3/12/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/12/carta-abierta-al-presidente-macri.html

 

Al Sr. Presidente de la Nación,

Ing. Mauricio Macri:

Sé que en este momento tiene temas más urgentes que el que le voy a plantear. El submarino y el problema de los Mapuches son temas que demandan su atención ya, sin dilación, y no quisiera yo distraerlo de su concentración. Por eso, por suerte para usted, lo más probable es que esta carta, despachada a la nueva y aleatoria nube que nos rodea, nunca le llegue. Pero, si así sucediera, le aseguro que no es mi intención molestarlo.

Yo voté por usted sin mayores expectativas, sabiendo que iba a seguir la Argentina de siempre, excepto por la salida de los psicópatas del poder más peligrosos con los que se enfrentó la Argentina en toda su historia. Lo único que yo esperaba, usted lo hizo: sacarnos del camino a Venezuela. Por ende, gracias. No espero nada más.

Pero no esperar no es igual a no deber. Y debo decir ante usted y ante todos que, por favor, nos escuche.

Los liberales hemos recibido todo tipo de epítetos a lo largo de la historia argentina. Bueno, en realidad habría que ver quiénes son los liberales. Al menos yo, un liberal clásico, partidario de la democracia constitucional anglosajona y la economía de mercado fundada en la Escuela Austríaca (y, para colmo, católico) he recibido todo tipo de elogios. Fascista, demente, utópico, esquizofrénico, neoliberal y, el último que se ha puesto de moda, también: liberalote.

Usted, Señor Presidente, no confía en nosotros. Le asiste algo de razón: contrariamente a lo que piensan muchos, nunca hemos sido gobierno. La primera y última vez fue con la Constitución de 1853. Luego, hubo de todo, desde lo parecido hasta lo grotesco: conservadores, antiperonistas, autoritarios, menemistas, y se me acabaron los adjetivos. Así que tiene razón: ¿qué esperar de quienes nunca se embarraron las manos en la política concreta? La única respuesta a eso puede ser la esperanza de lo nuevo. Como dice un famoso título de un famoso autor: ¿por qué no probar la libertad?

Señor presidente, escúchenos. Sé que sus asesores más cercanos le dirán que no lo haga, pero, finalmente, uno de los dramas del poder es que usted, finalmente, está solo. Solo con su conciencia. Finalmente, es esta última la que tiene que escuchar.

Usted juega el papel, aunque no lo haya buscado, de ser una esperanza. Eso no es raro en una Argentina bipolar que siempre cae tan bajo. El autoritarismo de los conservadores. El golpe del 30, casi nazi. El ascenso del Mussolini argentino. El peronismo sin Perón del 56 en adelante. El golpe del 66, con toda su rudeza. Las guerrillas que ya se estaban preparando. La guerra de los 70, con la corrupción, bajeza y banalidad del gobierno de Isabelita. El golpe del 76. La guerra sucia. Su tristísimo final. Pero ahora, escuche más: el Alfonsín cuya economía no le deja terminar su mandato. El Menem que sigue con el gasto público, la deuda pública y la presión impositiva. Su enorme corrupción. Y de vuelta, la esperanza democrática. El gobierno de la Alianza. Que sigue, sin embargo, con lo mismo. La explosión de la deuda pública y la deuda externa. El default. Otra vez, el tristísimo final, y lo que sigue es tan sencillamente horroroso que no quiero, ni hace falta, que se lo recuerde.

Usted tiene ahora dos alternativas. O dentro de algunos años es uno más en esta lista de fracasos, o pasa a la historia como el estadista que quiere ser.

Yo, Señor Presidente, no soy nadie como para explicarle de política concreta. Yo jamás podría haber hecho lo que usted hizo: vencer al kirchnerismo en las elecciones. Jamás. Soy sólo un profesor de filosofía, pero me atrevo a seguir porque sé distinguir entre el corto y el largo plazo.

A corto plazo está haciendo lo que puede y lo que pudo. Pero permítame hablarle del largo. Si, sé que es un largo camino, pero es usted el presidente.

Usted sabe perfectamente que el gasto no puede seguir como está. Lo sabe en su conciencia, aunque mucho no lo pueda decir. Usted sabe que no puede emitir moneda para financiarlo. Usted sabe que no puede elevar más la presión impositiva. Y usted sabe que, según fuentes serias, la deuda pública llega en estos momentos a 293.789,3 (¿importa que sea 790) millones de dólares.

Usted no confía en nosotros porque lo han convencido de que somos unos locos e insensibles que en lo único que pensamos es en echar a todo el mundo a la calle. No. No es verdad, aunque injusto es que los argentinos en general miren bien a los que engañan sumando al estado la desocupación real de la economía en subdesarrollo. Pero no se trata de echar gente y que luego le incendien la Casa Rosada. Aunque, recuerde, a De la Rúa se le incendió. Nunca lo olvide.

Por favor le pido que piense en las funciones del estado. Usted tiene más o menos unos 35 organismos, entre ministerios y secretarías, sin contar las sub, sub y sub y etc. Tiene todo ello porque cree que todo ello es necesario. Ha sacado a los corruptos y ha puesto a gente honesta, pero cree que todo ello es necesario. No. Si usted sabe cómo funciona una economía de mercado y una sociedad libre, y creo que lo sabe, usted puede quedarse con una Secretaría de Hacienda y un Ministerio de Relaciones Exteriores. No mucho más.

Todo lo demás, usted lo puede eliminar. Y al mismo tiempo, eliminar todas las legislaciones y reglamentaciones que esos organismos se encargan de controlar. Piense en todo el gasto que se reduciría ipso facto. Piense en todos los impuestos que podría bajar y eliminar, comenzando con el de la renta. ¿Y qué sucedería? Que todos los emprendedores de los que usted siempre habla, quedarían libres para emprender todas esas funciones, que burócratas detrás de sus escritorios creen que pueden ejercer cuando, claro, no tienen nada que perder.

Al mismo tiempo, formalizaría ipso facto a todos esos sectores carenciados que no pueden pasar a la economía formal porque esas reglamentaciones y organismos se lo impiden.

Así sí, a mediano plazo, las cuentas públicas podrían comenzar a reordenarse. ¿Y los empleados públicos? Mantenga a todos los de planta, aunque no vayan a ejercer funciones. Déjelos si es necesario tres años cobrando sus sueldos, mientras amortiza las cuentas públicas con el ahorro que implica todo el conjunto de medidas anteriores. Las cuentas dan. Reúnase con los directores de la Fundación Libertad y Progreso (Agustín Etchebarne, Aldo Abram, Manuel Solanet) y haga las cuentas. Dan. Porque no es sólo cuestión de calculadora, sino de concepción del estado.

¿Y las provincias? Olvídese de la coparticipación. Prepare una reforma de mediano plazo. Las provincias no deben depender más de Nación. Pero no todas las provincias son económicamente auto-sustentables. Divida al país en 6, no muchas más, regiones administrativas autosustentables, que comiencen a financiarse solas, y suspenda toda relación económica entre Nación y Provincias. El estudio fue hecho por Roberto Dania y Constanza Mazzina en el 2008. Será la primera vez, además, que habrá un federalismo genuino, con gobernadores realmente autónomos del poder ejecutivo nacional.

Y el estado no tiene por qué dejarse de ocupar de salud, educación y seguridad social. Sencillamente, una vez hecha esta transformación, delegue todo ello en las seis regiones mencionadas. No tiene por qué ponerles un nombre, son sólo regiones administrativas. Y desregule totalmente al sector privado en materia de salud, educación y seguridad social. O sea, des-monopolice, quite las regulaciones nacionales, abra al país a la diversidad, tan nombrada, y tan poco practicada en un país monopólico y unitario.

Y hable con la CGT. Usted sabe cómo, yo no. Pero explique ante la opinión pública que nuestro sistema sindical es el de la Italia Fascista de Mussolini. La gente no lo sabe. Vaya, dígalo, explíquelo. Y elimine el sindicato único por actividad.

¿Le parece mucho? Creo que es poco, pero si no, usted sabe cuál es la alternativa. Usted puede seguir con todo como está, y puede ser que los organismos internacionales le sigan prestando. Como si la escasez no existiera. Pero usted sabe, en conciencia, en esa conciencia a la que estoy apelando –jamás podría apelar, por ejemplo, a la de una nueva senadora muy conocida- que ello no es posible. Si usted no hace estas reformas estructurales de fondo, va camino al default. Tal vez no ahora, pero sí dentro de unos años. Lo sabe, lo sabe perfectamente. No hay salida. Se le acabarán los dólares, terminará en el control de cambios, será como Kicillof pero le terminarán diciendo Macrillof. ¿Quiere usted eso? ¿No? ¿Y entonces?

Señor presidente, hay una diferencia entre un simple político y un estadista. El político sigue a la opinión pública, el estadista, en cambio, la cura. Le hace una especie de terapia social, y eso sólo se logra con auténtico liderazgo moral e intelectual. Mandela, Gandhi, educaron a su pueblo. No fueron demagogos, ni siguieron lo que todos pedían, ni engañaron: tenían un norte, sabían a donde iban, tenían un sólido fundamento moral y lo supieron decir. Su decir fue resultado de su ser, y no al revés, como le recomiendan algunos. Señor presidente, sea estadista. Mire para adelante, mire al largo plazo, y entonces sabrá AHORA qué hacer y cómo decirlo.

La verdad, no creo, en mi interior, que nada de esto suceda, pero sí creo que tenía que decirlo. Mientras tanto, no estoy desilusionado, porque yo no me ilusioné con usted. Seguiré con mi docencia, en la Argentina de siempre, con sus males de siempre, si es que un piquete no me mata antes o algún otro joven idealista no me pone otra bomba. Pero qué hermoso sería que me sorprendiera. No por mí: sorpresas, casi todas buenas, me dan mis alumnos. Pienso en la extrema pobreza, en las zonas más subdesarrolladas, en los niños desnutridos del Chaco y de 3 km a mi redonda. Contrariamente a la mayoría de los argentinos, sé que el mercado, para ellos, no es lo que sobra, sino lo que les falta. Vamos. En Venezuela ya no estamos. Gente honesta ya tenemos. Vamos. Sólo falta visión. La suya. La argentina sigue siendo presidencialista.

No hay otra salida.

Su liberalote amigo

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Liberalismo y dirigismo

Por Gabriel Boragina: Publicado el 5/11/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/11/liberalismo-y-dirigismo.html

 

La asociación común entre mercado y dirigismo es tan extendida que no han sido pocas las ocasiones en las que la gente poco informada (y menos formada) ha confundido programas político-económicos con medidas de libre mercado o –como usualmente aun se les llama- “liberales”. En Argentina, esta falsa vinculación es harto frecuente. Son comunes las referencias al gobierno militar habido entre 1976 y 1983 como “liberal” o “neoliberal”. Hasta el día de hoy, una gran pléyade de ignorantes lo sigue rotulando de dicho modo. Pero lo cierto es que, la realidad de aquel periodo fue muy diferente a la de cómo nos la enseñaron después. Para demostrarlo, basta examinar cual fue la política económica seguida por el ministro de economía de aquella época, el Dr. José Alfredo Martínez de Hoz:

“El Dr. Martínez de Hoz, que se definió a sí mismo como “pragmático”, “gradualista” y no comprometido con las ideologías “manchesterianas o del laissez-faire”, y sí solamente con sus propias convicciones, desarrolló bajo apariencias de “economía libre”, una acentuada política “dirigista”, aunque de nuevo cuño. Recurrió más a controles indirectos utilizando mecanismos del mercado, que a controles directos orientados a interferir el funcionamiento de éste. Aplicó, a partir de fines de 1978, métodos derivados del “enfoque monetario del balance de pagos”, practicando un “dirigismo” sui-géneris, con controles directos sobre las inversiones, el mercado de cambios y el laboral. Permitió el sobredimensionamiento del Estado y de las empresas estatales, financiándolo con endeudamiento externo. La deuda argentina pasó de 9.000 millones de dólares en marzo de 1976 a 29.000 millones de dólares al término de la gestión Martínez de Hoz, quedando pendientes en el momento de su retiro situaciones que, por efecto de arrastre, habrían de elevarla considerablemente durante el período posterior.”[1]

Pretender que lo anterior fue una política de “libre mercado” o “liberal” resulta, entonces, en un despropósito total, fruto de mala fe o de ignorancia (en el mejor de los supuestos), aunque -a veces- estos dos últimos factores se combinan, lo que es el caso del ignorante de mala fe, aquel que sabe que ignora pero no quiere confesarlo, ni quiere tampoco salir de su ignorancia. Esta última categoría de sujetos, suele “dar cátedra” acerca de lo que ignora, no con ánimo de convencer al contendiente, sino –la mayor parte de las veces- con la intención de vencerlo, cansarlo, desalentarlo o -simplemente- tratar de hacerle perder la paciencia. El ignorante de mala fe suele ser el típico fanático, el intransigente, el que se niega a ver la realidad o, al menos, conocer puntos de vista disimiles al suyo propio, rehúsa evaluar otras opiniones, es intolerante, obcecado y -con frecuencia- ofuscado cuando se le exhibe la menor objeción a sus palabras.

Sin duda, muchas veces, son los mismos dirigentes políticos lo que explotan la ignorancia económica de la gente, y tildan a sus programas económicos con etiquetas que no los representan. Este no sólo es el caso mencionado en la cita anterior, sino que se ha dado y se sigue dando en muchas épocas y en tantas otras partes del mundo.

El genuino liberalismo se configura de otra manera, muy disímil a la que sus críticos suponen. Sus bases reposan en quién o en quiénes depositan su confianza los ciudadanos:

“Si se confía más en el juicio de varios que en el juicio de uno solo, como se dijo, necesariamente se concluye que existe confianza en los ciudadanos. Se piensa que los ciudadanos tienen las habilidades y la razón suficiente como para actuar y decidir. Esto significa la negación absoluta de escuelas políticas como el nazismo, el comunismo y el dirigismo estatal, que colocan todo el poder de la sociedad en una élite que niega las habilidades del resto de los ciudadanos. La única posible justificación del intervencionismo es suponer que los juicios y las capacidades racionales de los ciudadanos son inferiores a los de los gobernantes.”[2]

Esta es precisamente la clave de la cuestión, y lo que diferencia al mercado liberal del mercado dirigido. El libre mercado se basa en la mutua confianza de las personas, es la sociedad interactuando consigo misma en absoluta libertad, sin directores ni dirigentes que le digan a la gente que es “lo mejor” o lo “más conveniente” para ella misma. El mercado dirigido o intervenido es su perfecta antítesis. Por otra parte, una sociedad libre, siente una natural –a veces sutil, y, en otras ocasiones, profunda- desconfianza hacia sus dirigentes políticos. Hoy en día, es bastante extraño encontrar este último tipo de sociedades. Algunos más, otros menos, el mundo ha llegado a un punto donde -al igual que en la antigüedad preindustrial- los pueblos parecen volcarse decididamente a confiar sus destinos a élites gobernantes.

Uno de los efectos más dañinos del dirigismo -como contrario al liberalismo- han sido y siguen siendo los préstamos intergubernamentales, tan populares y aceptados hoy en día. Pero:

“En resumen, la ayuda exterior de gobierno a gobierno fomenta el estatismo, el dirigismo, el socialismo, la dependencia, la pauperización, la ineficacia y el despilfarro. Prolonga la pobreza que pretende remediar. En cambio, la inversión voluntaria de los particulares en la empresa privada promueve el capitalismo, la producción, la independencia y la confianza en sí mismo. Las grandes naciones industriales de todo el mundo recibieron en otro tiempo ayuda mediante la atracción de la inversión privada extranjera. La propia Norteamérica fue ayudada por el capital británico, en la segunda mitad del siglo XIX, para construir sus ferrocarriles y explotar sus grandes recursos naturales. Así es como las zonas del mundo todavía “subdesarrolladas” pueden hoy recibir ayuda en la forma más eficaz para desarrollar sus grandes potencialidades y elevar el nivel de vida de sus masas.”[3]

[1] Robert L. Schuettinger – Eamonn F. Butler. 4000 AÑOS DE CONTROL DE PRECIOS Y SALARIOS Cómo no combatir la inflación Prólogo por David L. Meiselman. Primera Edición The Heritage Foundation. Editorial Atlántida – Buenos Aires Pág. 251

[2] Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007. pág. 45

[3] Henry Hazlitt. La conquista de la pobreza. Unión Editorial, S. A. Pág. 196

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.