Enrique V: El líder carismático

Por Luis del Prado:

 

“Todas las cosas están listas si nuestra mente lo está”  (Enrique V)

Enrique V es el gran líder carismático de Shakespeare. La clave del liderazgo de Enrique V es la comprensión que nada puede ser logrado sin las personas que él conduce. Pero, a pesar de ello, el autor no lo muestra como un perfecto héroe mítico, sino como un ser humano que en algunos momentos se equivoca y es dominado por sus pasiones.

La obra de Shakespeare refleja profundamente el alma humana: aunque uno llegue a la cima, derrote a sus enemigos contra todas las probabilidades, y sea feliz en su matrimonio, siempre existen momentos oscuros. Incluso en el mayor de los éxitos, hay que esperar angustia y dolor.

El mensaje es duro. Tener poder significa ensuciarse las manos. La ambigüedad moral, las contradicciones y las soluciones de compromiso son moneda corriente en el ejercicio del poder.

Enrique oscilaba entre la luz y la oscuridad. A veces lideraba como un caballero con brillante armadura y otras veces como un salvaje desalmado.

Harold Bloom dice irónicamente que Enrique V era[1]:

…brutalmente astuto y astutamente brutal, cualidades necesarias para ser un gran Rey.

Y Tomás Abraham se pregunta[2]:

¿Henry V es un personaje despótico, un mandatario de una crueldad rayana en la inescrupulosidad propia de genocidas? ¿O es un héroe que lucha por la dignidad y la libertad de los ingleses frente a la invasión francesa?

Enrique era un gran motivador y para lograr sus objetivos utilizaba el profundo conocimiento de las personas que lideraba. Las dos batallas que aparecen en la obra, son precedidas por brillantes arengas que tienen por objetivo motivar a sus tropas.

Enrique podía haber apelado en sus discursos a las cualidades técnicas de sus arqueros y de sus caballeros. Pero lo que realmente le importaba era conectar la tarea (la batalla) con una visión transformadora que los hombres fueran capaces de sentir: el valor, la cercanía con el rey, el servicio a la patria.

En el medio de la batalla de Harfleur, Enrique se dirige a los pobladores que estaba tratando de conquistar, amenazándolos con las peores pesadillas si no accedían a la rendición.

Esta es una lección poderosa: Shakespeare nos muestra de qué manera la misma persona en el mismo día, puede desplazarse del punto más alto del heroísmo a la peor bajeza. En un momento es un gran líder que motiva y transforma a sus hombres a través de sus palabras. En el momento siguiente es alguien que amenaza con rapiñas y asesinatos.

Esta dualidad encierra importantes connotaciones morales. Es bueno tener claro cuáles son los límites que uno está dispuesto a traspasar en aras de conseguir sus objetivos. La batalla sigue y los pobladores de Harfleur se rinden. En la victoria, vuelve el caballero: Enrique le ordena a sus tropas que no cometan ningún acto agresivo contra la población.

Es sabido que Enrique V, en su etapa de príncipe, no se comportó de la manera esperada para alguien de su condición. En vez de quedarse en el ámbito protegido de la corte, optó por conectarse con la gente común, a través de amigos con los cuales pasaba el tiempo divirtiéndose, emborrachándose y aprovechando esa amistad para comprender las similitudes y las diferencias con la gente común.

Varios de esos amigos de la juventud formaban parte del ejército con el que Enrique invadió Francia. Luego de la batalla de Harfleur, uno de ellos roba un crucifijo y Enrique lo condena a la horca. Shakespeare nos deja otra enseñanza: cada decisión, además de su valor individual como tal, también es una lección para los demás.

El pináculo del éxito de Enrique V se produce en la batalla de Agincourt, una de las tres batallas decisivas de la Guerra de los 100 años, junto con las de Crecy y Poitiers.

Las tropas francesas sobrepasaban diez veces en número a las inglesas, las que, además, estaban enfermas y exhaustas. Los franceses pecaron de soberbia y subestimaron el evento, seguros de obtener una fácil victoria. Pero se equivocaron.

Durante el desarrollo del encuentro, los franceses percibieron la derrota inminente y mandaron a su caballería por detrás de las tropas inglesas a atacar el campamento, matando a todos los jóvenes que habían quedado a cargo del equipaje. Enrique volvió al campamento, vio a los chicos asesinados y se puso furioso[3]:

No estuve enojado desde que llegué a Francia

hasta este instante…

Les cortaremos la garganta a todos los que atrapemos

Ni uno solo de ellos probará nuestra misericordia.

Es evidente que no se recuerda a Enrique porque ordenó matar a prisioneros desarmados. Se lo recuerda porque fue valiente y noble. Pero fundamentalmente porque ganó la batalla.

Shakespeare podría haber mostrado a Enrique como un líder heroico y brillante, omitiendo esta escena. En ese caso, la lección habría sido la siguiente: cuando se es bueno, noble y valiente hay muchas probabilidades de convertirse en un gran líder.

Pero no es esta precisamente, la lección que Shakespeare nos quiere transmitir. Los grandes líderes viven en un mundo difícil, en el que hay que tomar decisiones comprometidas. La decisión de Shakespeare, incluso cuando escribió la historia de su héroe más carismático, fue la de mostrar a los seres humanos de una manera mucho más realista, lidiando con sus limitaciones y con sus propias contradicciones.

Enrique estaba determinado a ser un gran rey. Para ello se preparó concienzudamente oscilando entre las tabernas del bajo mundo y la corte real, arriesgándose a perder el favor de su padre, el Rey Enrique IV, quien desaprobaba sus amistades y su vida fuera de la corte.

Ese comportamiento fue deliberado y era consecuencia de su convicción acerca de que su “redención” cuando se convirtiera en rey, lo haría aparecer más atractivo que alguien que hubiera vivido toda su vida en el prolijo ámbito de la corte.

El punto aquí es demostrar que para ser un buen líder es muy importante conocer a las personas que uno va a liderar. Esto trasciende la idea de ser “popular”. Se necesita trabajar para consolidar la relación con las personas, no solamente desde el momento en que uno se convierte en líder, sino mucho antes, desde que uno decide o vislumbra que puede llegar a serlo.

Cuando una persona desarrolla esta relación con los demás, también se está desarrollando a sí mismo. Shakespeare enseña que pasar tiempo con las personas que van a ser nuestros colaboradores significa aprender a liderar. Un líder necesita conocer las necesidades, motivaciones, creencias y temores de las personas que conduce.

Los líderes que no dominan el lenguaje de sus colaboradores no pueden comunicarse efectivamente con ellos, y sin comunicación efectiva no hay motivación.

El punto importante es que no se puede aprender la cultura leyendo un folleto o viendo un video. Hay que vivir la experiencia. El príncipe Hal (tal era el apodo de Enrique) podría haber contratado a una persona común para que le cuente como vivía la gente común o a un profesor de lengua para que le enseñe su manera de hablar. Pero no lo hizo. Eligió involucrarse personalmente y compartir experiencias de vida con la gente del pueblo. No hay sustituto para las vivencias.

A pesar de que el príncipe Hal sabía que iba a obtener el trono simplemente por el transcurso del tiempo, siempre se sintió compelido a perfeccionar sus competencias de conducción.

La batalla de Agincourt (1415) es el momento clave de la obra, en el cual Enrique hace gala de su liderazgo, triunfando contra todos los pronósticos.

Una importante lección pasa por el tiempo que insumió Enrique para preparar la batalla. No es solo cuestión de resolver los problemas logísticos, sino estar preparado personalmente para ser un gran líder en circunstancias difíciles, de modo que tanto el conductor como sus colaboradores tengan confianza en el logro de los objetivos.

La lección en este punto es la siguiente: si uno solo le presta atención al título que le otorga la organización, o al tamaño de la oficina o al monto del salario, será incapaz de manejar la situación. Si, por el contrario, le presta atención a la persona que cada uno es y al aprendizaje que debe efectuar sobre sí mismo y sobre sus colaboradores, podrá obtener logros aún en contra de todas las probabilidades.

Enrique no pudo evitar la confrontación en Agincourt, pero pudo anticipar las competencias que iba a necesitar en esa crisis en su proceso de preparación previa. La habilidad de Enrique para escuchar y aprender fue la competencia que lo salvó, tanto a él como a su ejército.

En Agincourt, Enrique enfrentaba un grave problema: sus tropas estaban enfermas, cansadas y mal equipadas. Enfrente estaba el enorme y descansado ejército francés.

Enrique le dice al mensajero del Rey de Francia[4]:

Tal como estamos, no buscamos la batalla,

Pero tal como estamos, tampoco huiremos.

El ejército de Enrique estaba débil, en inferioridad numérica y en una localización desventajosa. Para tener alguna chance, debía maximizar el rendimiento de sus recursos.

Tanto el Rey como su ejército sabían que todas las probabilidades indicaban que iban a perder la batalla y, como consecuencia de ello, iban a morir. No es el mejor modelo mental para enfrentar un conflicto.

Enrique tenía una ventaja táctica: sus arqueros podían disparar doce flechas por minuto, mientras que las ballestas francesas solo podían disparar dos proyectiles en el mismo lapso. Pero también sabía que era fundamental levantar la moral de sus tropas, aunque estaba seguro que si mentía acerca de las posibilidades de ganar la batalla, nadie le creería.

La única manera de hacerlo era conociendo los verdaderos sentimientos de los soldados. Por eso, la noche anterior a la batalla, dejó su Consejo de Guerra y salió a caminar entre los soldados, disfrazado para que no pudieran reconocerlo.

Durante la noche habló con los guerreros sobre la batalla y sobre su Rey. El era capaz de hablar en el lenguaje de los soldados y entendía perfectamente su cultura. Gracias a esa preparación previa, pudo conocer lo que sus soldados realmente pensaban y sentían. Una información realmente invalorable.

El líder que realmente respeta y conoce a sus colaboradores sabe que no tiene sentido mentirles. Gracias a la conversación con los soldados, Enrique llega a las siguientes conclusiones:

  • Las tropas pensaban que no había modo de ganar la batalla, por lo que al día siguiente estarían todos muertos
  • Los soldados creían que, pese a la apariencia de coraje, el Rey era un cobarde que prefería no estar con ellos
  • Si el Rey quería pelear, debería hacerlo solo. De esa manera salvaría las vidas de sus soldados.

A pesar de estas revelaciones, Enrique no reveló su condición de Rey. Consideró seriamente sus puntos de vista y discutió con ellos, pero como un par.

Uno de los soldados le dijo a Enrique que seguramente iban a morir, sus familias quedarían en la pobreza y sus almas serían condenadas por una causa que no compartían y que todo eso era culpa del Rey.

En realidad, a ese soldado no le importaba lo que le pasara al Rey. Esta es una visión habitual que tienen los niveles inferiores acerca de la alta dirección: creen que las dificultades que los acechan son solamente consecuencia de la incompetencia de sus superiores.

Por supuesto, esta es una posición que pone toda la culpa en el otro lado. Una de las maneras de ejercer el rol de seguidor es dejar de lado la capacidad individual de decisión y reemplazarla por las decisiones del líder. En este caso, no hay posibilidades que los colaboradores tomen la iniciativa ni generen ninguna innovación. La gente hace las cosas porque se las ordenaron. Si el resultado no es el esperado, la culpa la tiene el que emitió las órdenes.

En la discusión con los soldados, Enrique afirma que ellos tienen libre albedrío.  Les dice que cada soldado debe hacerse responsable de su posición y mejorarla en la medida de lo posible. Existía una deuda con el Rey, pero cada uno tenía una deuda con sí mismo. Los individuos son responsables por sus propias acciones y por sus propias almas. El rey no es responsable de ello.

La respuesta de los soldados a este argumento era decisiva: si las tropas pensaban que todo era responsabilidad del Rey y que ellos no tenían ninguna posibilidad de acción, estaban todos en graves problemas.

Los dos soldados que charlaban con Enrique coinciden con el punto de vista. De esta manera, justo antes de una batalla en la cual tanto el Rey como los soldados esperaban morir, el Rey logra convencer a dos de ellos que están a cargo de su propio destino. Incluso uno de ellos está tan convencido que afirma que va a luchar a muerte por el Rey.

Es una excelente manera de motivar: las personas son seres libres y actuarán mucho mejor si toman conciencia de ello.

La jornada de la batalla amaneció lluviosa y gris. Los franceses estaban listos para atacar. A Enrique le quedaban pocos minutos para levantar el ánimo de sus tropas y prepararlas para la batalla.

Sabía que sus hombres pensaban que iban a morir y que era bastante probable que el Rey pudiera salvarse de alguna manera. Para empeorar la situación, uno de sus comandantes, su primo Westmoreland, en frente de los hombres, se lamenta por no poder contar con las tropas que quedaron en Inglaterra.

El célebre discurso de Enrique comienza con la respuesta a Westmoreland[5]:

¿Quién es el que desea eso?

¿Mi primo Westmoreland?. No, mi querido primo.

Si estamos destinados a morir, somos suficientes.

En ese caso, nuestro país saldrá derrotado. Pero si vivimos,

Cuantos menos seamos, más grande será el honor.

No deseo ni un hombre más…

Ten fe, primo, no desees más hombres de Inglaterra:

No quisiera compartir tan grande honor

Ni siquiera con un hombre más.

Tal es la esperanza que tengo.

En primer lugar, contradice a uno de sus principales comandantes (y pariente cercano) en frente de sus soldados. Y comienza a explicar su punto: si ganamos, el honor se repartirá solamente entre nosotros. Al mismo tiempo se está dirigiendo a sus hombres: estamos frente a una batalla, ustedes son soldados y esa es su obligación. Lo único que puede quedar al cabo de ella es el honor. El honor de los franceses queda devaluado por el hecho de tener muchos más hombres.

Enrique continúa con su discurso:

¡No desees un solo hombre más!

En vez de eso, Westmoreland, proclama de parte mía

Que aquel que no tenga estómago para esta lucha,

Tiene permiso para partir. Se le dará un salvoconducto

y dinero para el viaje.

No moriremos junto a hombres que

Tengan miedo de morir en nuestra compañía.

El desafío que hace Enrique a sus hombres, lo hace basado en el conocimiento que muchos de ellos estaban aterrorizados. A todos les ofrece la posibilidad de la salida. Pero la retirada debía ser pública, delante de todo el mundo.

Este desafío también les otorgaba a los hombres la opción que ellos suponían que el Rey iba a utilizar para sí mismo, dada su condición. Sabiendo esto, Enrique les hace la misma oferta a todos: váyanse si quieren, pero sepan que yo me estoy quedando a pelear.

También les dice que no quiere morir con alguien que no quiera morir a su lado. Con eso les está diciendo que hay una hermandad en la muerte: estamos juntos en esto y yo, el Rey, estoy aquí como miembro de esa “banda de hermanos”.

La muerte es el gran ecualizador que utiliza Enrique para nivelar la relación con sus hombres: si morimos juntos, ustedes van a morir en compañía de un Rey.

El día de la batalla es la Fiesta de San Crispin (25 de octubre). Enrique continúa su discurso puntualizando que, a partir de la batalla, los soldados celebrarán esa fecha como un día de gloria:

Este dia es la Fiesta de San Crispin:

Aquel que sobreviva y vuelva a su hogar

Se pondrá de pie cuando se nombre este día…

Quien vea hoy ese día y viva muchos años,

Cada año los vecinos lo invitarán a beber:

Se arremangará el brazo y enseñará las cicatrices:

“¡Son las heridas del dia de San Crispin!”

Los ancianos olvidan; pero cuando todo esté olvidado

recordarán las hazañas que ocurrieron ese día.

Entonces nuestros nombres aflorarán en sus labios

De modo fluido: Harry, el Rey, Exeter y Bedford,

Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester.

El hombre honrado deberá educar a su hijo

Para que no pase el dia de San Crispin,

Desde hoy hasta el fin del mundo,

Sin que se acuerden de nosotros

Enrique deja de hablar de la muerte y del honor para describir la vida de los soldados que sobrevivan. No dice que todos van a sobrevivir, sino de una manera realista exclama “aquellos que sobrevivan”.

Describe una escena posible en una taberna de Londres en el futuro: un viejo soldado recordando con orgullo las batallas peleadas. Probablemente los soldados al escuchar esta parte del discurso habrán sonreído y pensado: “Enrique realmente nos conoce. Sabe quienes somos y como actuaremos”. Este es otro claro ejemplo del uso que Enrique hace del conocimiento del lenguaje del hombre común.

Es importante destacar que en ningún momento del discurso, Enrique hace referencia a que van a ganar la batalla y van a ser ricos. Esto no hubiera sido demasiado creíble. Lo que dice es que es posible que algunos sobrevivan.

Concluye el discurso reforzando el concepto de hermandad y volviendo a hacer referencia al escaso número de hombres:

Nosotros somos pocos, pocos y felices, una banda de hermanos;

Aquel que hoy derrame su sangre junto a mí

Será mi hermano. Por muy humilde que sea, este día ennoblecerá su condición.

Y los nobles en Inglaterra se lamentarán de no haber estado aquí

Y se sentirán inferiores cuando alguien les cuente

Que peleó con nosotros.

Una vez más, Enrique se enfoca en la preocupación de las tropas acerca de que el Rey podía salvarse por su condición, mientras que ellos estaban condenados a morir. Por eso puntualiza que él también va a derramar su sangre y que es su hermano. También les está diciendo: “Imagínense poder contar esa historia a sus amigos: yo y el rey contra los franceses con una desventaja de 10 a 1

Para poder apelar con éxito a sus soldados como hermanos de sangre, hace falta un profundo conocimiento del lenguaje y de la cultura.

El éxito también radica en que apela a su orgullo como soldados. Vinieron a Francia a pelear. No hay motivación más potente que el significado de la tarea.

Cuando concluye el discurso, Enrique es advertido que los franceses están a punto de atacar. Concluye diciendo:

Todas las cosas están listas cuando la mente lo está

Las tropas de Enrique tuvieron la oportunidad de abandonar la batalla. Si eligieron quedarse son “hombres libres” que están en esa situación porque quieren estar ahí. De hecho, en la batalla, dan lo mejor de sí porque están altamente motivados.

La motivación la logra mediante la articulación de una visión que tiene impacto directo en los valores. Involucra a los hombres en la construcción de esa visión escuchando sus preocupaciones y lidiando inteligentemente con ellas.

Harold Bloom afirma que el Enrique V de Shakespeare tiene connotaciones que nos remiten a Alejandro Magno, ya que la visión que persigue es la de expandir el reino de Inglaterra en terreno francés, como una manera de expiar las culpas de su padre por haber usurpado la corona y asesinado a su antecesor.

El carisma es una herramienta sumamente poderosa para ejercer el liderazgo, pero conlleva riesgos, ya que algunas veces, como en el caso de Enrique, se transforma en un paraguas que eclipsa los momentos de brutalidad y la deslealtad con los amigos de la juventud, a quienes desecha para conseguir sus objetivos políticos.

La obra de Shakespeare finaliza con las negociaciones de paz en Troyes y Enrique como pretendiente de Catalina Valois, la hija de Carlos VI de Francia. Durante el cortejo, ambos intentan hablar el idioma del otro y la escena parece ocurrir inmediatamente después de la batalla de Agincourt, cuando en realidad habían pasado cinco años.

Finalmente, Enrique se casó con Catalina y murió un año después. La viuda, de solo veintiún años vuelve a casarse pocos años después con el tesorero Owen Tudor. Ambos fundaron la fructífera y pacificadora dinastía de los Tudor a través de su nieto, que subió al trono en 1485 como Enrique VII, setenta años después de la célebre batalla de Agincourt.

[1] Bloom, Harold. (1998). Shakespeare. The invention of the human. Riverhead Books. New York. USA:

[2] Abraham, Tomás. (2014). Shakespeare, el antifilósofo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina.

[3] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 4. Escena 7

[4] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 3. Escena 6.

 

[5] Shakespeare, William. (1996). Obras completas. Edición bilingüe del Instituto Shakespeare dirigida por Miguel Angel Conejero. Editorial Cátedra. Madrid, España. Acto 4 Escena 3.

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

EN MANOS DE PRÍNCIPES Y CORTESANOS

Por Sergio Sinay: Publicado el 2/5/16 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2016/05/en-manos-deprincipes-y-cortesanos-por.html

 

Ninguna forma de comunicar sirve si desde el poder se olvida la existencia de las personas, sus necesidades y sus vivencias

Hace 25 años el historiador y ensayista canadiense John Ralston Saul, actual presidente del PEN Club Internacional (asociación mundial de escritores, fundada en 1921), publicóLos bastardos de Voltaire, un apasionante y apasionado embate contra las deformaciones de la razón en el mundo occidental y sobre sus consecuencias políticas, militares, económicas, científicas, sociales y culturales. Con notable erudición y una escritura límpida e inspirada, Ralston denuncia allí a quienes confunden política con gerenciamiento, democracia con absolutismo, comunicación con jerga, estrategia con empecinamiento ciego, república con reinado, y también a quienes, en todos los ámbitos  mencionados, olvidan y desprecian el valor de lo humano y convierten a las personas en números o medios para un fin.

Leído nuevamente un cuarto de siglo después el libro de Ralston Saul (autor también, entre varias obras que incluyen novelas, de La sociedad inconsciente, sólido e imprescindible complemento de Los bastardos) renueva y aumenta sus sólidos fundamentos y su vigencia. Allí señala que, a partir del siglo XVIII, con la irrupción del iluminismo, aparecieron en el escenario político los cortesanos. Fallidos y fundamentalistas abanderados de la razón, estos se pusieron al servicio del poder (para beneficiarse de él) y dieron lugar al nacimiento de las burocracias y tecnocracias. Burócratas y tecnócratas gestionan desde teorías y protocolos que se demuestran fracasados una y otra vez, pero ellos no lo reconocen así e insisten en forzar a la realidad en el intento de meterla, así sea a la fuerza, en moldes preconcebidos. Los costos son altos y no los pagan ellos: vidas, sueños, proyectos, enfrentamientos y rupturas sociales, guerras (en las que no combaten), catástrofes ecológicas, desmesuras científicas, crisis económicas terminales, crecimiento tecnológico desbocado y disfuncional.

Los cortesanos son la novedad frente a los príncipes. Mientras solo gobernaban los príncipes se hacía la voluntad de estos. Vidas, tierras y destinos personales y colectivos estaban a su merced, sus consejeros los avalaban y hasta las autoridades religiosas se les asociaban. Con el surgimiento de nociones como república, derechos y democracia irrumpen los cortesanos, y los príncipes cambian sus características. Son los gobernantes populistas y autoritarios de hoy que, como los príncipes de antaño, se proponen como figuras providenciales, portadoras de un derecho divino (que en este caso emana del dios “pueblo”) para intentar el poder eterno y absoluto.

Mientras el príncipe concentra y personaliza el poder, descree de la democracia aunque no olvida nombrarla, y se disfraza de héroe, el cortesano mantiene un perfil bajo, se mimetiza en gerencias, gabinetes, juntas directivas, equipos. No asume responsabilidades sobre fracasos económicos estrepitosos que profetizó como éxitos, anuncia guerras victoriosas que luego se pierden, presenta progresos tecnológicos que no mejoran en lo esencial ninguna vida además de degradar el medio ambiente, y no tiene reparos morales en avanzar hacia horizontes científicos peligrosos.

En tanto Occidente deambula entre príncipes y cortesanos, las vidas humanas, los destinos individuales y colectivos, son un difuso, oscuro y olvidado telón de fondo. La mirada de Ralston Saul nos abarca en el aquí y ahora. Buena parte de la discusión bizantina (en Bizancio, hacia el siglo IV, las sectas religiosas discutían larga y tediosamente cuestiones abstractas sin hallar solución) sobre la comunicación del actual gobierno, entra allí. El príncipe comunica mandatos providenciales y no deja lugar a discusión. Son edictos reales. El cortesano se considera especialista en cuestiones que el vulgo no domina y cree que explicárselas no tiene sentido y sería pérdida de tiempo. Pero para cubrir las apariencias termina por comunicarlo, aunque lo hace en una jerga que nada aclara. Príncipes y cortesanos desprecian, cada uno a su manera, la realidad sobre la cual el ciudadano (o el súbdito según el caso) de a pie no tiene dudas porque la vive. La comunicación no crea a la realidad. Sólo la muestra, la oculta o la distorsiona. Y esto lo hacen tanto príncipes como cortesanos.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE.

Enorme aporte de Menger a la teoría del valor: la subjetividad determina precios y costos

Por Martín Krause. Publicado el 5/9/15 en: http://bazar.ufm.edu/enorme-aporte-de-menger-a-la-teoria-del-valor-la-subjetividad-determina-precios-y-costos/

 

Con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico II (Escuela Austriaca), vemos a su fundador, Carl Menger, presentando su aporte más extraordinario: la teoría del valor. Esta teoría, de la utilidad marginal decreciente, es atribuida tanto a Menger, como a William Stanley Jevons y Leon Walras, ya que la presentaron cada uno de ellos en forma independiente, cada uno escribiendo en un idioma diferente. La teoría de la utilidad marginal dio por tierra con las teorías del valor basadas en el trabajo. Pero estos autores tenían sus diferencias.

En particular es interesante señalar el énfasis de Menger sobre el carácter “subjetivo” del valor. Esta característica tiene profundas consecuencias, que muchas veces los economistas no toman en cuenta, ya que pretenden resolver cuestiones realizando análisis de ‘costo-beneficio’ cuando éstos, tanto los costos como los beneficios, son subjetivos, y a menos que se revelen por medio de intercambios es imposible poderlos comparar. Y aun en ese caso, solamente podemos decir que quienes intercambiaron lo hicieron porque sus valoraciones subjetivas eran diferentes, pero no podemos decir cuánto.

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Aquí presenta el tema Menger en el Capítulo III de su libro Principios de Economía Política:

“El valor de los bienes se fundamenta en la relación de los bienes con nuestras necesidades, no en los bienes mismos. Según varíen las circunstancias, puede modificarse también, aparecer o desaparecer el valor. Para los habitantes de un oasis, que disponen de un manantial que cubre completamente sus necesidades de agua, una cantidad de la misma no tiene ningún valor a pie de manantial.

Pero si, a consecuencia de un terremoto, el manantial disminuye de pronto su caudal, hasta el punto de que ya no pueden satisfacerse plenamente las necesidades de los habitantes del oasis y la satisfacción de una necesidad concreta depende de la disposición sobre una determinada cantidad, esta última adquiriría inmediatamente valor para cada uno de los habitantes. Ahora bien, este valor desaparecería apenas se restableciera la antigua situación y la fuente volviera a manar la misma cantidad que antes. Lo mismo ocurriría en el caso de que el número de habitantes del oasis se multiplican de tal forma que ya la cantidad de agua no bastara para satisfacer la necesidad de todos ellos. Este cambio, debido a la multiplicación del número de consumidores, podría incluso producirse con una cierta regularidad, por ejemplo, cuando numerosas caravanas hacen su acampada en este lugar.

Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia. Y así, es completamente erróneo llamar “valor” a un bien que tiene valor para los sujetos económicos, o hablar, como hacen los economistas políticos, de “valores”, como si se tratara de cosas reales e independientes, objetivando así el concepto. Lo único objetivo son las cosas o, respectivamente, las cantidades de cosas, y su valor es algo esencialmente distinto de ellas, es un juicio que se forman los hombres sobre la significación que tiene la posesión de las mismas para la conservación de su vida o, respectivamente, de su bienestar.

La objetivación del valor de los bienes, que es por su propia naturaleza totalmente subjetivo, ha contribuido en gran manera a crear mucha confusión en torno a los fundamentos de nuestra ciencia.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

¿Acaso la competencia entre jurisdicciones ‘protege’ al contribuyente como al consumidor en el Mercado?

Por Martín Krause. Publicado el 19/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/acaso-la-competencia-entre-jurisdicciones-protege-al-contribuyente-como-al-consumidor-en-el-mercado/

 

Con los alumnos de Economía e Instituciones, de OMMA-Madrid, vemos el Capítulo 10 sobre Globalización y Competencia Institucional.

El proceso competitivo del mercado es eficiente, porque obliga a los proveedores a prestar atención a los consumidores y a sus necesidades. Esto es así porque los primeros necesitan la aprobación voluntaria de los últimos en un intercambio que tiene que ser mutuamente beneficioso para realizarse. En el ámbito de las acciones del Estado eso no sucede, porque quien ofrece los servicios no requiere tal aprobación, al menos directamente. Esta desvinculación entre prestación y pago está en la raíz del problema, y mientras exista el problema de la ineficiencia del monopolio y el abuso de poder subsistirá.

En tal sentido, el proceso de competencia intra-, inter- y extra-jurisdiccional actúa como un mecanismo adicional de control, ya que establece límites a lo que se puede realizar sin el consentimiento explícito de los ciudadanos. En la medida que la movilidad de los factores ejerce presiones positivas y negativas, introduce un mecanismo de premios y castigos que fuerzan al gobernante a prestar atención a esos movimientos y actuar en consecuencia.

Pero estamos hablando de monopolios territoriales, con una imperfecta (aunque creciente) movilidad por parte de los ciudadanos y con imperfecta información respecto a los costos y beneficios provenientes de las distintas jurisdicciones, debido a la ausencia de precios en estos servicios. Por eso la competencia genera mejores condiciones mientras el individuo puede trasladarse, pero, al mismo tiempo, estamos lejos del grado de competencia que existe cuando, sin necesidad de hacerlo, puede optar entre un producto o servicio y otro. Un caso similar al comentado sería el existente en algunos países en relación con las concesiones de servicios telefónicos en redes donde existen distintos proveedores, pero cada uno de ellos con un monopolio regional: el individuo puede ejercer su poder de opción trasladándose de una región a otra, pero no dentro de una de ellas.

No obstante, como hemos visto, ese traslado existe y se hace más intenso a medida que se reduce el tamaño de la jurisdicción a cargo de la provisión del servicio. De ahí que las bondades de la descentralización vayan más allá que el conocimiento de las condiciones específicas de tiempo y lugar, al permitir un incremento proporcional de la movilidad y, por ende, de la competencia.

Las semanas previas a un acto electoral nos muestran una intensa actividad, que bien podríamos denominar “competencia”: los candidatos, al menos durante ese breve periodo, compiten entre sí. ¿Es esa la única competencia en el ámbito de la política? Después de todo, la definición de un “gobierno” es la de poseer el “monopolio” de la coerción y la palabra monopolio sugiere todo lo opuesto a competencia.

No obstante, el análisis económico de la política ha señalado dos formas en las que la competencia “entre gobiernos” se manifiesta. A una de ellas podríamos llamarla “competencia por comparación”: es aquella desde que la gente observa lo que pasa en el gobierno de al lado y demanda políticamente algo similar. Para eso no hace falta que la gente o los recursos se muevan de donde están. La otra forma de competencia es, precisamente, la que genera esa posibilidad de trasladarse de una jurisdicción a otra.

Que los capitales pueden trasladarse resulta claro, pero ¿son también móviles otros recursos? En concreto, ¿se traslada la gente comparando condiciones según un gobierno u otro? La respuesta es, por supuesto, afirmativa. Basta recordar las recientes noticias sobre los africanos que querían ingresar a Europa por Ceuta y Melilla o al ocasional balsero cubano. Suele decirse que, a nivel intergubernamental, la gente “vota con los pies”, y para tener una idea de la calidad institucional en cada caso solo hace falta observar de dónde quiere salir la gente y a dónde quiere entrar.

Los gobiernos están preocupados por esta competencia: la existente entre aquellos que pierden recursos, precisamente porque se les escapa su “base imponible”, y aquellos que los reciben, porque, se sostiene, en un mundo en competencia para atraerlos hay que reducir constantemente las tasas impositivas. Ahora bien, esta es una cuestión mucho más acotada que la anterior: ¿compara la gente distintas presiones impositivas y decide mudarse de un lado a otro cuando solamente hay diferencias en los impuestos?

Feld y Reulier (2005) han estudiado este fenómeno analizando los cantones suizos desde 1984 hasta 1999. Su conclusión es que, efectivamente, existe una movilidad relativamente importante, inducida por la carga impositiva. La elección de Suiza como objeto de estudio no es caprichosa, pues en ese país los cantones pueden fijar las tasas de impuestos a los ingresos y la diferencia entre ellos es mucho más notoria que en cualquier otro país europeo. Los cantones suizos obtienen el 50% de sus ingresos de estos impuestos y las tasas varían desde el 12% en el cantón de Zug hasta el 28% en Ginebra.

Los autores descubren algunos hechos interesantes. La competencia existe y en el periodo analizado las tasas se han reducido en todos los cantones. Esta competencia parece ser mucho más intensa en cantones vecinos, ya que la gente está más dispuesta a mudarse, por ejemplo, de Zurich a Zug, pero no tanto desde Ginebra, donde las diferencias culturales y de idioma son importantes. Ginebra compite con Vaud y la ciudad de Basilea con el condado del mismo nombre.

Asimismo, esa competencia es mucho más intensa en el nivel de ingresos medios, que va desde 70 mil a 100 mil francos suizos anuales. ¿Por qué? Fled y Reulier sostienen que quienes están en esa franja suelen ser profesionales jóvenes a quienes hay que atraer. Ya después tendrán ingresos mayores, pero también menor movilidad, por cuestiones de familia: hijos, colegios, amistades. Con más ingresos y menor movilidad, ya se puede subir la tasa.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Política, economía y pobreza

Por Eduardo Filgueira Lima.  Publicado en http://cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2013/08/politica-economia-y-pobreza.html

I ¿Qué es Pobreza?:
¿Cuáles son las consideraciones que necesariamente debemos tener en cuenta respecto de la pobreza? En general se parte del concepto que pobre es aquel “que no tiene, o tiene escasamente, lo necesario para vivir”.[1]
Este parece cuando menos un criterio reduccionista que sólo acota el concepto de pobreza a “carencia de ingresos” y por lo mismo para su comprensión, establece arbitrariamente una “línea de pobreza”, por debajo de la cual se encuentran aquellos que no están en condiciones de acceso a una canasta básica de bienes.
Pero existen múltiples estudios que permiten una comprensión de la pobreza como un fenómeno multidimensional. Esto es decir que la pobreza supone no solo carencia de ingresos sino una multiplicidad de privaciones que se interrelacionan y condicionan su interdependencia.[2]
Sin omitir que la percepción de ser pobre supone consideraciones de estricta subjetividad, también se deben analizar cuales son las dimensiones que se deben evaluar, el peso relativo de cada una y las carencias que involucra y cuando las privaciones alcanzan una magnitud que revisten al sujeto de la condición de pobre y sin perspectivas esperables de cambio de su situación.
Establecer un monto (como único proceso de medida) para definir “la línea de pobreza” resulta inadecuado metodológicamente por unidimensional y arbitrario ya que supone una correlación entre salarios o ingresos por una parte y precios relativos de los bienes a adquirir por otra.
Lo anterior deja en penumbras otras variables de importancia ya que excluye expectativas y preferencias personales, la consideración de otros “bienes intangibles”, consideraciones sobre las posibles trayectorias de vida, es además manipulable y arbitrariamente (solo “cuenta pobres”), en el mismo sentido que facilitador de los intereses de gobierno.
Resulta, finalmente, una forma de contar personas “por arriba” o “por debajo” de la línea de ingresos estipulada sin considerar la existencia de otros bienes que hacen tanto o más a “la condición de ser pobre”.
Visto de esta forma hablar de la “disminución” de la pobreza puede declamarse, sin que se hayan modificado las condiciones de vida de los más vulnerables,…
Sin desestimar lo anterior, en líneas generales el indicador “ingresos” es considerado básico para definir la condición de pobreza, pues condiciona en gran medida otros aspectos que se asocian en el análisis multidimensional.
En un conjunto social resulta preciso definir quienes (y cuantos) son pobres, porque ello define la estructura y conformación de la sociedad tanto como en qué medida resulta inclusiva o excluyente, pero además asumir la brecha existente entre diferentes “grados” (o niveles) de pobreza.
A su vez muchos de los considerados “no pobres” pueden convertirse en tales desde una perspectiva de vulnerabilidad o por circunstancias imprevisibles que los desplazan a una condición a la que no esperaban acceder. Esto explica la dinámica de las circunstancias y condición de “ser pobre”, que en muchos casos se encuentra más ligada a la evolución de los ciclos económicos, al mercado de trabajo y a otras variables, que a la perspectiva individual de previsión y resguardo. (Un ejemplo de ello es lo acaecido en nuestro país en la crisis del 2001).
Es por ello que el análisis unidimensional puede simplificar la comprensión del fenómeno y servir en líneas generales como una referencia, pero cuyas limitaciones deben ser comprendidas, ya que omite el análisis de aspectos culturales[3], condicionantes políticos, económicos, sociales, educativos, etc. que por su naturaleza dificultan mucho más una clara distinción entre el “ser pobre”, el que no lo es pero se considera “en riesgo” y el que puede dejar de serlo.
La comprensión de la pobreza debe ser abordada desde una perspectiva multidimensional que analice una multiplicidad de privaciones, entre las cuales con seguridad el ingreso juega un rol básico.
El análisis multidimensional nos conduce a una serie de desarrollos teóricos en los que deberíamos plantearnos cuando menos diferentes aspectos referidos a:
Ø  Los condicionantes culturales de la pobreza(Íbid.3) y entre ellos aquellos que permiten la aceptación por parte de muchos, de sus situaciones de vida como si fueran inevitables, producto de circunstancias establecidas y de las que son sólo pasivos merecedores de ellas, o (aún en un máximo de resignación) que resultan suficientes para subsistir (o perdurar), sin necesidad de posibilitar caminos para su superación.
Ø  Lo anterior conduce a preguntarnos acerca de la sensación de bienestar, porque es cierto que “uno puede sentirse sin estarlo” y en ese caso parecería más adecuado asimilar la “sensación” a la “aceptación” y además necesariamente en este aspecto plantearse un punto de referencia y comparación, el que muy probablemente sea finalmente arbitrario y esté condicionado por nuestras propias preferencias y expectativas, que no son las de otros, ni son innatas, sino culturalmente aceptadas.
Ø  La existencia de “necesidades absolutas”, que son las que hacen a una vida digna, aceptando desde ya el amplio rango que puede tener la interpretación de este término y las “necesidades relativas” que, si bien complementarias, enriquecen el arsenal de recursos. Y en este punto ¿quién puede establecer cuál es el límite entre unas y otras?.
Ø  Por otra parte, existen necesidades “generadas” (y en este aspecto los cambios culturales y su sustentabilidad y difusión a través de los medios de comunicación resulta otro amplio campo para la investigación) que no se enmarcan en “necesarias” y aún pudiendo en muchos casos permitir una vida mejor (incluso más confortable) ya que no resultan imprescindibles a la hora del balance de una vida digna. Sin embargo es de entender que los más pobres y vulnerables también acceden a los medios de comunicación que se ocupan de difundir las “costumbres deseables” o los caminos y opciones que supone el consumo masivo (a veces indiscriminado respecto de reales necesidades), en un camino de identificación o búsqueda acrítica, sin que ello mejore sustancialmente las necesidades que suponen una vida mejor. Y este ha sido el punto de la crítica fácil y despiadada : …“no tienen para comer, pero televisor y celular no les falta”… De esta forma se termina discriminando y culpabilizando a la víctima.
Ø  Por esta línea de pensamiento entramos en un terreno más complejo : “medir ingresos y correlacionarlos con la calidad de vida”. Y en este aspecto ¿Cuántos de aceptables ingresos resultan “pobres” desde nuestra óptica?. La pobreza no puede objetivarse solo comparando los ingresos con una arbitraria línea. La pobreza no puede limitarse a una comparación cuantitativa, ya que omite la complejidad del problema, nos presenta una visión reduccionista y desestima las consecuencias de “ser pobre” en sus múltiples dimensiones.
Así es que no debemos perder de vista el circuito vicioso que se establece para el sostenimiento en el tiempo de la pobreza, su reproducción intergeneracional, a los que no se les permite visualizar ningún camino de salida, lo que conduce a la aceptación de la misma, su inevitabilidad y su perpetuación a través de erróneas políticas públicas que suponen la contención pero niegan “la salida”, porque se “focalizan” en los que “definen” (y solo en algunos) y los mantienen un mínimo grado de subsistencia,.. sin mayores perspectivas de futuro.
Además con la reproducción intergeneracional de la pobreza, los aspectos culturales se extienden más allá del núcleo originario, existe imposibilidad de ofrecer a los hijos oportunidades de educación –por otra parte a esta altura ya devaluada por sí– y con ellos se reproduce la carencia de horizontes y el supuesto mal de no visualizar ninguna salida, ni perspectivas de cambio.
Desde ya que en una sociedad las diferencias existentes entre los individuos en lo referente a expectativas, preferencias, capacidad, dedicación, esfuerzo personal, oportunidades generadas o espontáneas, las decisiones, etc. son tan grandes que resulta imposible suponer homogeneidad en las condiciones de vida, en los derroteros y en los resultados.
“….en un mundo ideal las diferencias en los resultados solo deberían reflejar las diferencias en los esfuerzos, el talento, las decisiones que toman las personas, además de la suerte”….[4]
Pero si es cierto que el análisis de las condiciones de diferentes sociedades nos permite concluir que aquellas con mayor desarrollo terminan por ofrecer a todos mayores oportunidades y aun existiendo pobres, su número es siempre proporcionalmente menor.
Del análisis no pueden omitirse, por un lado los procesos que son causa de la  pobreza y por otro aquellos que son consecuencia de la misma.
La misma sociedad que –cuando no genera riqueza– reduce las oportunidades de muchos y por lo mismo “produce” proporcionalmente más pobres, que luego discrimina y margina, sin contemplar que tarde o temprano deberá protegerse o sufrir las consecuencias.
De ello se desprende considerar que la primera política pública social es la política económica.
Es cierto que muchos parten del supuesto que la generación de pobres en una sociedad obedece a lo que llaman “la injusta distribución de la riqueza”. Y se esmeran en detallar las diferencias existentes entre aquellos que han obtenido más y los que no han logrado el mismo (o similar) bienestar.
Esta concepción expresa interpretaciones igualitaristas, que finalmente para lograrlo “igualan hacia abajo”, reduciendo las posibilidades de todos. La aceptación de diferencias parece a estas posiciones moralmente inaceptable,.
Pero la realidad de la naturaleza humana nos hace inevitablemente diferentes y forzar torcer esta condición desde una opción política colectivista resulta tan dañino para el conjunto social, como inevitablemente estéril y perniciosa para los que se supone beneficiar.
En función de ello dos aspectos son de su especial preocupación:
Ø  cuantificar las diferencias entre quintiles o deciles de los extremos y para ello utilizan diversos indicadores entre los que se destaca el Índice de Gini[5], a partir de lo que infieren que la pobreza (de grupos de población) es resultado de la desigual distribución de ingresos (que es lo que supone que los unos “ricos” se apropian de lo que es de otros que resultan “pobres”), y a partir ello
Ø  consideran que el único mecanismo válido para superar una situación de inequidad (que en realidad consideran de desigualdad, que no es lo mismo), es la “redistribución de ingresos”, por cualquier mecanismo por arbitrario que sea, tarea que deben llevar adelante los gobiernos, ante el supuesto de que el mercado está imposibilitado de alcanzar un óptimo paretiano: distribuye inequitativamente y enriquece más a los ricos, mientras empobrece más a los pobres.
En realidad los pobres como mencioné resultan consecuencia de innumerables condiciones –muchas propias (transferidas por ejemplo culturalmente) e imposibles desde su situación de superar– y otras derivadas de una sociedad que por su estructura, dinámica, mercado de trabajo, políticas económicas, políticas públicas e intereses políticos no les ofrece mejores oportunidades ni condiciones de salida, por lo que los mantiene en su precaria situación.
II Las Políticas Económicas y la Pobreza:
Todo análisis que se base en una simplificación de conceptos y sólo considere la visión redistributiva resulta limitado y reduccionista, que no contribuye –sino que por el contrario agrava– a la solución del problema.
Por otra parte la persistencia de la pobreza finalmente resulta una pesada carga para el conjunto social –imposible de superar una vez iniciado su diagnóstico erróneo y planteadas soluciones equívocas– porque a medida que más se excluyen del proceso productivo (el que de por sí se reduce), más recursos son necesarios para su asistencia.
El análisis –que considero interesado– no solo es sesgado sino inverso: la pobreza existe tanto más cuanto un país es más pobre y menos desarrollado, ofrece menos oportunidades a todos sus habitantes-ciudadanos y condiciona circunstancias de vida que debieran ser superables, sin recurrir a mecanismos distorsivos[6]como una arbitraria redistribución que solo beneficia a los intermediarios de transferir los recursos.
Lo anterior significa que –por el contrario de lo declamado– el Índice de Gini es mayor en países que han logrado un “desarrollo incompleto” (me refiero a desarrollo político, económico y social), y resulta expresión de estas condiciones.
Es  bajo en los países sin ningún desarrollo porque allí todos son igualmente pobres y en los países desarrollados porque la mayor parte de sus habitantes han podido acceder a mayores y mejores oportunidades,.. “igualando hacia arriba”.
Esto es decir que: no es la distribución desigual (mayor Índice de Gini) la que genera pobreza, sino por el contrario la ausencia de suficiente desarrollo lo que genera mayor desigualdad. Po lo que este no debiera ser suficiente argumento para promover transferencias compensatorias,.. sino que por el contrario debería facilitar el diagnóstico para lograr una sociedad abierta, competitiva, generadora de riqueza, genuinos puestos de trabajo, con mayores oportunidades y como con secuencia: con menos pobreza.
¿Cómo explicar sino que por ejemplo países con similar Índice de Gini puedan tener indicadores de pobreza totalmente disímiles?
Para dar ejemplos concretos: la disparidad del índice de Gini en Chile (tanto entre deciles –0,52– como en quintiles de los extremos) es similar a la existente en la Argentina (entre deciles 0,49). Y como se ve en Chile aún es un poco mayor.
Sin embargo el indicador pobreza es en la Argentina tres veces más alto que en Chile. Es decir que tomando como referencia una sola dimensión (la del ingreso), en Chile solo los integrantes del último decil (el 10%) no alcanzan a satisfacer la canasta básica de bienes y servicios (en números absolutos 1, 4 millones de personas)
Mientras que por otra parte en la Argentina casi los tres últimos deciles (25% de la población) o lo que es lo mismo una de cada cuatro personas (en números absolutos 10,25 millones de personas) se encuentran en situación de pobreza (según ingresos).[7]
Otro informe señala que un niño pobre nacido en Chile tiene diez veces más posibilidades de salir de su condición, que otro nacido en la Argentina. Y en ambos países el Índice de Gini es similar (incluso algo mayor en Chile).[8]
Lo que no debe perderse de vista y explica en gran medida las diferencias es que Chile ha adoptado una economía abierta, con mínima intervención estatal, con estímulo permanente a la actividad privada y al libre intercambio, que le han permitido insertarse en el mundo. Es  decir políticas económicas que han generado más riqueza lo que ha favorecido que los ingresos de solo el 10% de la población no alcancen el costo de los bienes básicos.
Sin embargo estos “pobres” tienen muchas más oportunidades para superar su condición que en nuestro país.
En la Argentina por el contrario (como comparación de las políticas económicas) –y desde hace ya 10 años– se han basado en una creciente intervención del Estado (re-estatizaciones de empresas); se ha dado prioridad (con y por interés político) al consumo bajo premisas keynesianas sin que ello haya alterado, modificado o mejorado los modos de producción (Ley de Say); se ha multiplicado ad infinitum la asistencia social (ello es prueba del creciente deterioro social), lo que generó una indescriptible irresponsabilidad fiscal (con altísima presión tributaria: 45% según varios analistas, que no alcanza a financiar el gasto público y debe recurrir a la emisión y al auxilio de otras cajas); una política monetaria expansiva (con emisión de la base monetaria que alcanza al 35% en 2012) y que a pesar de las disquisiciones de algunos economistas adeptos a las políticas gubernamentales, ya casi nadie pone en duda hoy que la emisión termina por erosionar el poder adquisitivo del dinero y ser la principal causa de inflación (en la Argentina de hoy entre el 25 y el 30% anual); restricciones al libre intercambio con una balanza de pagos que no es superavitaria porque exportamos más, sino porque importamos menos (con las consecuencias sabidas a la producción) y finalmente producto de la incertidumbre y la ausencia de reglas claras, una importante fuga de capitales.
Lo que se debe tener en cuenta es que “…desde que se abandonó el patrón oro, todo el sistema monetario mundial funciona en base a la confianza que la gente tenga respecto a determinada moneda. Dicho en otras palabras, actualmente las monedas no están respaldadas por oro, sino por la calidad de las instituciones de un país, su disciplina monetaria y fiscal…[9]
Es por todo ello que se pierden inversiones y fuentes de trabajo. La mantención del aparato asistencial-clientelar requiere otros bienes para sostener el intercambio y es por ello que el empleo público (también fuente de prebendas) se incrementa más que el empleo privado.
Muchas voces se han manifestado en defensa de ello bajo el concepto que se posibilita de esta forma la lucha contra el desempleo. Lo que no se dice que es una forma de reemplazo del empleo privado –que sería empleo genuinamente productivo– y del que se carece de manera suficiente. Cuando aumenta el empleo público se reduce la productividad media y se afecta la competitividad.
El empleo público en la Argentina alcanza niveles del 20,5% del empleo total (solo superado por unos pocos países, todos con mucha mayor solvencia fiscal). Pero esta cifra es solo un promedio ya que en muchas provincias que seguramente tienen economías menos desarrolladas esa cifra se ve duplicada.
Las malas políticas económicas, generan una masa de dependientes sin opción. El populismo y el clientelismo político hacen el resto.   
Estas son las políticas que generan y perpetuán la pobreza, a pesar de la multiplicidad de planes, programas que durante años pudieran llevarse a cabo.
El círculo vicioso se establece entre las políticas económicas y la generación de pobreza, que se ve perpetuada por el asistencialismo redistribucionista.
“…Si queremos entrar en la modernidad no debemos bajarnos del tren del Libre Comercio y la apertura comercial de nuestros países porque ello es imprescindible para lograr una integración económica que permita desarrollar sectores productivos competitivos….”[10]
Una correlación que permite un análisis más preciso de lo que expresado se puede observar en el siguiente gráfico que muestra una fuerte relación entre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) con el Ingreso bruto per cápita (expresado por su logaritmo), en una muestra de 150 países.
El IDH es un indicador que surge de tres variables (las dos primeras “bienes intangibles”): 1) Índice compuesto de educación, 2) Índice compuesto de salud y 3) el ingreso en PBI/cápita
Los términos, ideas y expresiones se han desvirtuado e –intencionalmente– la clara correlación anterior se ha desestimado y desde otra perspectiva ideológica se alimentan intereses de ideologías colectivistas: mayor intervención del Estado (no solo en la regulación sino incluso en la propiedad o apropiación de medios de producción: las empresas del estado), manejo discrecional de los fondos públicos (redistribución) con sus consecuencias de clientelismo político, discrecionalidad asignativa, corrupción, perpetuación de la pobreza porque ello (es consecuencia) y hace a sus fines: ejercicio del poder disfrazado de benevolencia y cuidado de los más desprotegidos.
¿Cómo puede suponerse que se protege a quienes se mantiene a perpetuidad en sus condiciones de marginalidad y pobreza, porque no se les ofrece la perspectiva de elegir entre mejores oportunidades generadas por un mayor desarrollo? Lo único que puede concluirse es que la pobreza conviene a muchos que la explotan en nombre de un supuesto “bien común”.
III Pobreza y clientelismo político:
Nuestros países (me refiero en especial a Latino-América) tienen una larga tradición en este tipo de políticas que en nombre de la Justicia distributiva (Justicia Colectiva)[11] –que debiera significar un activo rol del estado en permitir a cada quien su propio desarrollo acorde a sus capacidades, esfuerzo personal, expectativas, intereses, deseos y trayectoria (además de la suerte), alcance lo que considere la satisfacción de sus necesidades y objetivos propios de vida–  las convierten vía mecanismos redistributivos en políticas asistencialistas, prebendarías y clientelares. Que una vez instaladas se perpetúan y profundizan como tales, con las múltiples consecuencias (entre muchas otras que sería extenso analizar):
Ø  Las políticas redistributivas implícitamente resultan “asistencialistas”, generan una mutua dependencia –entre el “dador” que ejerce el poder de dar y el “receptor” que tiene necesidades– perversa relación de la política con sus supuestamente asistidos que finalmente son clientes cuya contraprestación es la lealtad y sumisión.
Ø  Se basan solo en principios de “beneficencia”, vulnerando aspectos de autonomía y libertad individual como derecho básico, porque presuponen responder a “necesidades” (que las imponen concesionadas): ¿Quién determina que,… cuanto,… y quien necesita,… que cosas? De la misma forma y como consecuencia facilitan eludir  los aspectos que corresponden al “esfuerzo” que cada quien debería poner de si para ser merecedor: ¿Quién determina cuanto del esfuerzo requerible ha puesto proporcionalmente cada uno?
Ø  Es decir los criterios se concentran en un decisor que ejerce el poder,… pero a través del mismo lo perpetúa y genera una legión de dependientes que se someten a la voluntad del caudillo de la comarca,. Mientras este a su vez se debe –lealtad partidaria mediante y necesidad de recursos (coparticipación, ATN y otras transferencias) ante el poder altamente centralizado– cuando menos aparentar confluir con el poder nacional. La pirámide de lealtadespolíticamente generada así perpetúa las pobres condiciones de “un mundo feliz”!
Ø  Mucho peor aún cuando el financiamiento de estas políticas proviene de los recursos del Estado con base regresiva y se transforman en solo un circuito que asigna escasos recursos, para proveer malos servicios a los mismos de quienes mayoritariamente se financia. De cualquier manera este esquema no garantiza que mayores recursos se expresen en mejores servicios.
Ø  La administración de los recursos es frecuentemente direccionada para cubrir a los adeptos –entre otras asignaciones perversas– lo que conlleva y promueve un alto grado de corrupción. Esto se refiere a que no solo se financia a los que se supone proteger pero se mantiene en la misma condición, sino que además una gran parte de los recursos son destinados a financiar obras realizadas por los amigos del poder: no existe mayor grado de corrupción que la que surge de la asociación política con grupos de interés empresarial (obras no ejecutadas, carencia de inversiones, subsidios cruzados, sobreprecios etc.) y que a su vez tiene tanto o mayor costo para el país que lo que se destina a “planes focalizados”.
Ø  La generación de mutua interdependencia permite unavinculación circular de subsistencia política, con la apariencia de aporte “caritativo” que solo sostiene el statu quo y vulnera las necesidades reales de los más necesitados, sus perspectivas futuras y con ello su dignidad.
Ø  El clientelismo político no promueve el crecimiento y desarrollo individual en el sentido ya analizado, “el esfuerzo aplicado al desarrollo del capital humano”. Es más: en las condiciones descriptas este puede resultar finalmente incomodo para el ejercicio del poder y el sostenimiento de la relación clientelar y por lo mismo de su subsistencia.
Ø  Todo ello se sostiene además –y reafirma– en una enorme cantidad de ciudadanos cuyas condiciones de vida en realidad no cambian, luchan por recibir lo que se les ofrece como si fuera lo que en realidad merecen y no por la real satisfacción a sus necesidades, para que una vez satisfechas puedan optar ante nuevas oportunidades, a mejores condiciones que les permitan su elección personal de lo que en libertad consideren un mejor derrotero de vida.
Ø  Todo ello es posible además con mucha mayor facilidad en países en los existe tanto una baja participación de la ciudadanía y aceptación de sus condiciones, como una baja calidad institucional.[12]
Ø  No es cierto que esta sea una nueva forma de racionalidad de la acción colectiva que permite la participación política “populista” en la sociedad[13], sino que establece una relación de dependencia (y poder) en función de la explotación de las necesidades no satisfechas de amplios grupos de población marginada, que no tienen opción de elegir y por lo mismo se trafica con su libertad.
Ø  Los costos de transacción derivados del clientelismo político son elevados y los soporta toda la sociedad,.. pero recurso “sobre utilizado” representa además un alto costo de oportunidad, mucho de ese costo se hubiera podido utilizar en políticas de mayor y mejor impacto.
En realidad, la búsqueda de la maximización del bienestar general, (nótese que evito hablar del “bien común”)[14], requiere del mayor y mejor desarrollo de la sociedad. Esto es decir la generación de riqueza, que ofrecerá a todos mejores oportunidades para posibilitar el desarrollo de las capacidades individuales, la acumulación de capital humano y el esfuerzo personal, lo que se entiende permitirá a cada uno “transformar ingresos en resultados acordes a sus expectativas de vida”.(Ibíd. 1)
Un aspecto importante que debe ser diferenciado es la evidencia empírica existente la que demuestra que los mejores resultados se obtienen con políticas públicas universalistas (distributivas) que mejoren el ingreso y las condiciones de vida de la población en su conjunto pues dan opciones y oportunidades a todos. En vez de intentar mejorar las condiciones de vida “focalizando” (redistributivas) en los más necesitados –“quitando a los que más para darle a los que menos”,… sin que además ello garantice que se haga bien– lo que no ayuda a la disminución de la pobreza y genera la relación clientelar, de indigna dependencia ante quien ejerce el poder.
Otro costo adicional que tiene este tratamiento es que estas políticas significan una carga importante y creciente para toda la sociedad que contribuye significativamente a limitar el desarrollo del país, por un lado por la pérdida de productividad de aquellos que no producen y por otro por la necesidad de crecientes recursos para asistir la espiral inflacionaria de su carga económica.
IV Bienes Intangibles y Pobreza:
Si bien este no es un análisis profundo del proceso educativo y del capital humano, me he referido al mismo en tanto se trata de una perspectiva necesaria e imprescindible para comprender que existen bienes intangibles, que son necesarios para posibilitar el desarrollo personal.
Aún en la tarea de “educar” y más aún en nuestros países, las oportunidades se desmerecen, porque las políticas públicas se desvirtúan cuando los servicios adolecen de graves deficiencias, originan acceso a ofertas y posibilidades educativas limitadas y carentes, resultando que el mismo Estado por su propia baja calidad institucional promueve “escuelas pobres para los pobres”.[15]
Estudios realizados, nos muestran en América Latina los deficientes resultados en educación lo que constituye una barrera para superar la condición de pobreza, patrón que se agrava cuando el análisis se desagrega por niveles.
El deterioro de la calidad educativa ha afectado a nuestro país en mayor grado que a otros países latinoamericanos rezagados hace apenas veinte años respecto al nuestro y habiéndonos superado hoy en día en la tasa de escolaridad, número de días con actividad docente y en la tasa de deserción escolar. En nuestro país casi el 20% de los ingresantes no terminan el nivel secundario y otro 20% lo hacen fuera de término.[16]
Lo que en realidad sucede es que ha dejado de verse la educación en todos sus niveles, como un paso necesario e integrador a la actividad social y productiva.
 “….un problema a resolver en educación es la desigual distribución del bien educativo que hace el propio Estado….”[17]
Lo anterior mantiene las actuales circunstancias de dificultad en el acceso a oportunidades y adquisición de capital humano.
No puede omitirse que las políticas públicas de contenido clientelar, han respondido más a la demanda que a cubrir reales necesidades.
En salud las necesidades y las demandas confluyen con más facilidad, ya que “el estar enfermo” y requerir asistencia, es mejor percibido.
Pero en educación no se genera la demanda desde la necesidad, en especial porque las carencias imposibilitan percibir lo imprescindible que aquella resulta para la superación de estas.
Además, se ha dejado de ver a la educación como un instrumento fundamental para generar otras perspectivas de vida a futuro.
Por otra parte, se ha instalado la idea[18], referida a que existe un núcleo de población que por ser pobre “ya no es posible educar”, dados los contextos actuales y aun sin considerar las dimensiones económicas, culturales, educativas y sociales.
Finalmente, la misma escuela se encarga de discriminar y segregar a los pobres condicionando un agregado a su pobreza y generando su actual y futura exclusión.
“…el financiamiento de la educación estatal a través de impuestos sesga, necesariamente, el acceso a la educación de aquellos que son alcanzados por el tributo, porque reduce sus oportunidades de educarse o -en forma directa- las suprime cuando la sumatoria de ingresos es igual o inferior al total de impuestos que se pagan. Esto implica que resulta falso el insistente cacareo demagógico por el cual se quiere convencer a la gente de que la educación estatal es “para todos”…[19]
Por otra parte, el deterioro de la escuela –y en especial del recurso humano en el área– la cuestiona como “dador” y generador de educación para quienes más la necesitan. Muchas familias de bajos recursos hacen ingentes esfuerzos para enviar a sus hijos a instituciones educativas privadas.
Hoy la escuela solo promueve la selección de los mejores (o los que tienen mejores posibilidades), facilitando la exclusión de “los otros”, en virtud de “malas intervenciones educativas”. (Sergio España)(Ibíd 4)
Por otra parte la brecha cultural e informática entre nuestros países y los desarrollados es creciente, cuando precisamente se habla de la “sociedad de la información y el conocimiento”.
En América Latina y el Caribe existen más de 30 millones de analfabetos. Más allá de ese número que es de por si impactante, casi el 40% de la población no terminó la escuela primaria y el 35% de los jóvenes entre 17 y 25 años no estudia ni trabaja (en nuestro país alcanza a un millón de jóvenes –el 24%–    llamados “ni-ni”) y mientras el promedio de años de escolaridad de los que pertenecen a las familias de mayores ingresos alcanza los once años, los de menores ingresos solo reciben en promedio tres años.
Nuestro país según el último informe PISA[20], se encuentra al pié de la nómina de los países latinoamericanos, cuando hace apenas 20 años la encabezaba.
En cuanto al nivel alcanzado por la PEA (Población Económicamente Activa), en nuestros países casi el 60% no ha completado sus estudios secundarios, mientras que en países desarrollados ese porcentaje no supera el 18%.
Por otra parte el fenómeno de la desocupación se concentra en el 25% más pobre de la población (pero alcanza a 2, 5 millones de personas,.. aún basándonos en cifras oficiales INDEC: 7,9% de la PEA. Sin contabilizar los que son asistidos por planes sociales y que los pierden en caso de conseguir trabajo. De otra forma la cifra de desocupados alcanzaría largamente los dos dígitos) y es consecuencia de una baja calificación en materia de educación de las familias y en la deficiencia que ofrece la enseñanza, especialmente en escuelas públicas. Esto deriva a desocupación y trabajo informal, con bajos salarios.
Con enormes difencias regionales:
(Íbid. 21)
La pobreza resulta así la consecuencia de una confabulación de factores desfavorables que determinan un nivel de carencias.(Ibíd 4)
La persistencia de un núcleo duro de pobreza que ronda el 25% de la población argentina –es decir: 1 de cada 4 habitantes– se comprueba al medir las condiciones de hábitat, educación, situación laboral y alimentación, entre otras variables.[22]
El incentivo está presente en la naturaleza del ser humano: la insatisfacción es el motor para la búsqueda de mejores opciones. El problema se presenta como consecuencia de la carencia de políticas económicas que generen riqueza, un aparato político que mantiene en la dependencia y que no facilita los instrumentos adecuados para que el pobre pueda superar su condición.
“….el defecto más grande del capitalismo es la distribución desigual de la riqueza,.. la virtud más grande del socialismo es la distribución equitativa de la pobreza,..” (Winston Churchill)
Hoy la política ha distorsionado para sus propios intereses las variables económicas, ha alterado el buen funcionamiento de los mercados y generado a su servicio una legión de pobres y carenciados de muchos bienes intangibles pero esenciales para una subsistencia digna o una alternativa a su condición.
La economía debería ser un instrumento de la política. Pero sus presupuestos –no verificables en un laboratorio como en otras ciencias sociales– (solo contamos con la evidencia empírica),..han sido aprovechados en la medida de las necesidades políticas. Los resultados invariablemente negativos han sido cargado en la cuenta de los economistas o de imponderables nunca definidos pero no asumidos por una clase política parasitaria que nos ha gobernado los últimos 100 años.
Existen jerarquías que no pueden ser obviadas: a la política deberían dirigirla los valores éticos y en función de los mismos la política debería servirse de instrumentos económicos, para dar satisfacción a las necesidades de la población, sin perder de vista los objetivos de futuro como nación.
La economía debería ser asignatura de aprendizaje obligatorio en nuestra clase política que –actuando como amateurs de sus principios– no olvidan aquellos procederes que los benefician.
Por ello la principal política pública  es la política económica si su eje está dirigido a generar crecimiento y desarrollo en un país lo que de por sí resultan ya “inclusivos”. La necesidad de que el estado se ocupe de aquellos que no han podido o sabido hacerlo por si mismos se reduce considerablemente.
Las políticas públicas además deben ser direccionadas hacia aquellas que posibilitan el incremento del “capital humano” (en especial salud y educación) cuidando la calidad de los servicios provistos, cuyo monopolio no debe estar en manos del Estado y en los que la competencia y libertad de elección resultan fundamentales para la mejora de todos.
Y ello se funda en que estas adquisiciones “suman” (cuando son universalistas) y –utilitarismo mediante– resultan en mejores resultados en la productividad, el capital social y la cohesión de la sociedad.
A partir de allí las diferencias entre los extremos que tanto preocupan a los igualitaristas (Índice de Gini) serán menores, aunque no necesariamente,.. ya que más que igualar, lo que necesitamos es reducir la pobreza.
Los individuos necesitan “sentirse incluidos” en la carretera de la producción, como medio de ingreso al conjunto social y como medio de acceso a la participación política y los bienes que hacen a su calidad de vida, como salud y educación.
Cuando se queda fuera de los circuitos y dinámica de la economía por carecer de las herramientas necesarias (capital humano), por pérdida de la fuente laboral, o trabajo precario, se ingresa en la exclusión: enorme paradoja “ingresar” en el “estar afuera”.
En los pobres y los más vulnerables se ha roto la visión positiva de “trayectoria de progreso”, que forma parte de cada individuo y en la que se asienta su pertenencia a la comunidad,… (Ibíd 1)
En los países de nuestra región (y más aún en el nuestro porque otros han iniciado ya otro camino) tenemos todavía que superar diversos problemas:
Ø  La existencia de administraciones pobres y de baja calidad
Ø  Las formas perversas de acción política (que por desconocimiento o interés sostienen la dádiva y con ello las condiciones de dependencia)
Ø  Los sucesivos ajustes económicos,.. producto de reiteradas crisis dependientes de la perpetuación de un modelo de alto gasto asistencial y baja productividad relativa
Ø  La persistente exclusión social y por todo lo anterior la persistencia en el tiempo de la pobreza,  no solo económica, sino de otros bienes y por lo mismo de mejores oportunidades
Ø  La compleja situación de los recursos humanos[23]
Existen múltiples clasificaciones de análisis de las necesidades humanas, pero básicamente debemos considerar en términos generales y a los fines de hacer una breve referencia al tema, una taxonomía que identifica dos de ellas:
Ø  Las necesidades existenciales : el “ser”, el “tener”, el “hacer, el “estar”, etc
Ø  Las necesidades axiológicas que se encuentran referidas a aspectos y condiciones vitales y personales psicológicas vinculadas a la emotividad, identificación, reconocimiento e integración social, como son: la subsistencia, la protección, el afecto, la posibilidad de creación y realización personal, la identidad y el ejercicio de la libertad individual. Su carencia transforma la vida en ausencia.
En cada individuo se expresan diferentes requerimientos de aceptabilidad o “mínimos deseables”, los que manifiestan la subjetividad con un amplio rango.(Ibíd 1)
Cuando se analiza lo acontecido desde el 2001 parecería que nos detenemos sólo en la reducción porcentual de la pobreza –y así se nos hace creer, más allá de la adulteración de los datos del INDEC– y esto es solo cierto a medias ya que en esos años veníamos de una brutal crisis que desgranó la República.
Por ello comparar el 52% de pobres en ese año con la cifra actual –que la redujo a la mitad (25%)– parece ubicarnos en el mejor de los mundos. Pero vale la reflexión referida a que más de una década de crecimiento no ha podido perforar ese piso de pobreza,.. más aún en los últimos años que ese valor ha mantenido un ritmo constante de crecimiento.
¿Qué es lo que mantiene los altos índices de pobreza ante un crecimiento que se declamó “a tasas chinas”? La respuesta: las políticas económicas erróneas,.. la apuesta por una economía cerrada que no puede sostener la premisa de Singer-Prebisch (“vivir con lo nuestro”) por suponer –gran error– que los intercambios son de suma “0”,.. los intercambios son de suma positiva y a través de ellos un país crece,.. invierte,.. produce,… y genera riqueza.
Finalmente la tasa de capitalización (ahorro e inversión) son los elementos básicos que permiten la diversificación e incremento de la producción.
Y para expresarlo de alguna forma más comprensible: ¿se creció a “tasas chinas?,.. Se invirtió en planes asistencialistas,.. pero la pobreza no logra perforar su piso del 25%!!! y todo ello muy a pesar que los presupuestos para asistencia social se incrementaron.
Por ejemplo: el presupuesto 2012 eleva al 60% el gasto social (303.028 millones de pesos) y destina las mayores subas a las jubilaciones y planes sociales (39% más que en 2011).[25]
En el año 2001 había 300.00 planes de empleo. Hoy suman entre los asignados por la Nación Provincias y municipios más de 3,5 millones.
La asistencia redistributiva no alcanza a todos, no resuelve el problema, distribuye discrecionalmente y es un “agujero negro” de perpetuación de las condiciones, resultando a su vez ineficiente.
Ningún planificador puede suponer que desde el marco de diseño de las políticas públicas puede dar respuesta a las necesidades –que son siempre subjetivas– de satisfacción mediante prebendas a los requerimientos de cada individuo, aunque suponga que existen carencias que son comunes, no sabe de ninguna forma cual es el objetivo que cada quien pueda trazarse.
Lo que inevitablemente nos conduce a que lo que debe generarse son las condiciones y dotar de instrumentos válidos en una sociedad que “ofrezca alternativas y oportunidades” para que cada uno pueda construir su derrotero de vida.
La pobreza y la exclusión pasaron progresivamente de ser un fenómeno casi exclusivamente rural a convertirse en un fenómeno urbano.
La consecuencia del aislamiento –entre  otras causales– ya no es suficiente para explicarlo y ahora quienes buscaron refugio en las ciudades necesitados del beneficio de la urbanización y el trabajo consecuente a la industrialización, terminaron expuestos al empobrecimiento de salarios insuficientes, trabajos con altas tasas de informalidad, rehenes de planes de asistencia, aglutinados en tugurios habitacionales, sin servicios de saneamiento básico, con las consecuencias previsibles de trabajo infantil, mayor prevalencia de violencia doméstica, prostitución, adicciones, etc., con limitaciones en el acceso a los procesos de educación y con provisión de servicios rudimentarios de salud.
En estas circunstancias son además previsibles los resultados y consecuencias en la distribución y carga de enfermedad que los afecta con prevalencia mayor dadas sus condiciones de “riesgo agregado” –enfermedades transmisibles y muchas otras que deberíamos ya considerar erradicadas, así como las derivadas de la violencia y adicciones– ahora muchas de ellas generalizadas.
Se crea así un terreno fértil para que se instalen proyectos políticos que prometen “cambios”, juegan con las expectativas y deseos fundados en necesidades, pero resultan finalmente populistas, solo asistencialistas, imposibilitan el crecimiento, acceder a mejores oportunidades e impiden el desarrollo de las potencialidades personales, generan dependencia del poder político y finalmente erosionan las instituciones económicas, sociales y políticas de la democracia”.[26]
La violencia, la criminalidad y la inseguridad consecuente, son sólo la punta del iceberg de un problema mucho más profundo que en este capítulo omito analizar, que intentamos explicar con mitos, que por no resueltos perpetúan la situación y que sucede a edades cada vez más tempranas, siendo los jóvenes a su vez víctimas y victimarios.
Condición de “circunstancias de vida” que determinan alta vulnerabilidad, en las que debieron nacer, o a la que fueron conducidos y en la que –dadas las características políticas y sociales actuales en nuestros países– son mantenidos y por ausencia de políticas públicas acordes les resulta invisible la salida.
Parece fácil comprender como uno se resiste a ser avasallado por un Estado ineficiente, que por un lado expropia impositivamente para el supuesto de un “gasto público necesario” (y cuya voracidad es inacabable), pero por otra parte se visualiza que esos recursos no son asignados en búsqueda de resultados y efectividad en el desarrollo del conjunto social, sino para el interés político personal o para políticas asistencialistas, que generan dependencia y no desarrollo.
El populismo “embarra la cancha”: siempre la culpa es de los ricos,.. los fijadores de precios,.. los que viajan a Miami,.. los inescrupulosos explotadores,.. los que atesoran en dólares,.. los desestabilizadores que hablan de la inflación,…los que no comprenden y están lejos de lo Nacional y Popular!
Nunca asume sus propias responsabilidades, cuando en realidad en gran medida la culpa de la situación que describo es por las políticas populistas. La condición inherente al populismo es siempre gastar más de lo que se produce.[27]
A quienes así pensamos se nos acusa de estar lejos del pueblo,.. de no ocuparnos de los reales problemas de la gente,.. que a los liberales –palabra bastardeada si las hay– no nos importan los pobres y nada más lejos de ello! Deben pensar que nos agrada verlos desprotegidos circulando desvalidos entre nosotros. Lo que sucede es que se nos endilga la culpa de lo que hicieron siempre ellos,.. para los populistas “sus ideas y acciones son resguardo del bien común” y por lo mismo la culpa de todos los males las tienen “los otros”.
En realidad lo que decimos es que las “recetas populistas” aplicadas hasta hoy se han llenado la boca diciendo ocuparse de los pobres,.. cuando en realidad he intentado demostrar que son sus recetas los que los perpetúan, los condicionan y viven de ellos.
Esta misma circunstancia es la que permite el statu quo: prometer “el cambio” para que todo siga igual. (No nos debe llamar la atención que en casi todas las campañas políticas se promocione un candidato: “por el cambio”).
Parecería que en la perversa relación de “depender” se incluye de alguna forma el “pertenecer” a un grupo, movimiento político, líder, concediendo la perspectiva de un pensamiento crítico y libre.
El populismo y su “parecer” progresista, con su definida intervención del Estado para rescatar el ideario nacionalista y popular, resulta finalmente causante del estancamiento. Finalmente se trata de perverso “regresismo”.
Antes dije que la ética debiera guiar las acciones políticas, pero nada más difícil para lograrlo, ya que es finalmente solo una expresión de creencias y valores, expresada en “voluntades”. Solo así puede comprenderse “la distancia entre lo que se dice y lo que se hace”.
Lo que se dice es lo que se intenta mostrar y forma parte del discurso político que es la rápida lectura que la clase política hace de lo que el votante quiere escuchar. Lo que se hace otra cosa: es casi siempre lo que no se dijo, ni se prometió,.. es lo que siempre está teñido por el conocimiento o la ignorancia y la ideología,.. pero finalmente es lo que muestra y descubre las intenciones.
Referencias:

[1] Amadeo, E. “Notas sobre el concepto de pobreza”. Observatorio Social Cuaderno N° 4. Bs. As. 2006
[2] Alkire, S. & Foster, J. “Understandings and misunderstandings of multidimensional poverty measurement”. OPHI, Working paper (Oxford, 2011)
[3] conjuntos de saberes, creencias y pautas de conducta de un grupo social, incluyendo los medios materiales que usan sus miembros para comunicarse entre sí y resolver sus necesidades de todo tipo (concepción antropológica)
[4] BM : Paes de Barros, R. & col. “Midiendo la Desigualdad de Oportunidades en América Latina y el Caribe”. Banco Mundial, www.worldbank.org Washington, DC. 2008
[5] coeficiente de Gini: es una medida de la desigualdad ideada por el estadístico italiano Corrado Gini. Normalmente se utiliza para medir la desigualdad en los ingresos, dentro de un país, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual.
[6] Distorsivo: que modifica o altera el comportamiento de los actores.
[7] UCA Barómetro Social (2012)
[8] PNUD (2011)
[10] Arias, O. “Las propuestas para el crecimiento de América Latina” (2013)
[11] Rawls, J. “A theory of Justice” (1971)
[12] La calidad institucional está dada por el conjunto de normas, procedimientos e instituciones que regulan las relaciones políticas y económicas en un país y entre países.
[13] Laclau, E. “La razón populista” (FCE, 2004)
[15] IDESA informe Nº 508 (2013)
[16] Ministerio de Educación de la Nación (PNIE), 2013
[17] Veca, S. “Cuestiones de Justicia”. Turín (Italia), 1991
[18] López, N. AAPS (Asociación Argentina de Políticas Sociales). “¿Es la pobreza una restricción para la educación?”. Ciclo de conferencias sobre pobreza crónica. Gvirtz, S; López, N. y España, S. AAPS en Universidad Isalud. Buenos Aires, 29 de Abril de 2008.
[19] Boragina, G. “La mejor educación” http://www.accionhumana.com/2013/08/la-mejor-educacion.html (2013)
[20] El programa Internacional para la evaluación de Estudiantes –PISA-  que impulsa la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), evalúa el rendimiento de estudiantes, mediante exámenes que se realizan cada tres años, para valorar las habilidades desarrolladas por el sistema educativo en sus 34 países miembros, más observadores y asociados. Corea del Sur, Singapur y Finlandia encabezan la nómina.
[21] Encuesta de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), que descubrió una desocupación juvenil de 21,9%, en tanto que entre quienes tienen 25 años o más la tasa es de 7,3% de la población activa. Publicado en: http://www.lanacion.com.ar/1589112-la-desocupacion-entre-los-jovenes-llega-al-20  Monseñor Ojea, Presidente de Caritas. (2013)
[22] Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica y SEL Consultores., en: http://www.lanacion.com.ar/1442666-crecio-la-ayuda-social-pero-persiste-un-25-de-pobreza (2012)
[23] Sotelo, J. M. Conferencia:”Los retos para cumplir los ODM”. Universidad ISALUD. Buenos Aires, Mayo 8 de 2008
[24] Elaboración personal para la actividad docente
[25] Veneranda, M. Datos de la Fundación Siena. (2012)
[26] Márquez, G. & col. “¿Los de afuera?: patrones cambiantes de exclusión en América Latina y el Caribe”. Banco Interamericano de Desarrollo: Progreso económico y social en América Latina, Informe 2008. Washington, DC. Copublicado con David Rockefeller Center for Latin American Studies, Harvard University. Cambridge, Ma. Marzo de 2008
[27] Márquez, N. “Argentina: 500 veces contra la misma piedra” (La Prensa Popular, 2013)

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.

 

Proteger a Jaime

Por José Benegas. Pubicado el 18/7/13 en http://josebenegas.com/2013/07/18/proteger-a-jaime/

Una de las reflexiones posibles ante grandes casos de corrupción es decir “con esa plata se podría haber hecho…” tal obra. Pero no es la única, se podría pensar en los efectos benéficos de que la gente no hubiera sido despojada de recursos para ella misma aplicarlos a sus necesidades. Sin embargo los políticos de la oposición o quienes comentan estos problemas en los medios jamás, ni una sola vez que yo lo haya visto al menos en la última década, piensan en el mal llamado “contribuyente” convertido en un siervo de la gleba cuya billetera está al servicio de la bondad de los políticos (todos sabemos que lo que caracteriza a los políticos a diferencia de a nuestros vecinos, amigos y conocidos, es la bondad ¿no?) y los opinadores.

La víctima del desfalco público no es el propio público según el dogma general, sino el estado, el dios omnímodo de la Argentina. Por eso en su momento el señor De Vido inventó aquello de que el caso Skanska era un problema de corrupción “entre privados”. Porque ¿a quién le importan los privados?

Sin embargo con el kirchnerismo tenemos una cuestión de magnitud que cambia la física de la cuestión. Si comparamos los más de dos años de prisión efectiva que le tocaron a María Julia Alsogaray porque se consideró que no pudo justificar 500 mil dólares (en un proceso con la carga probatoria invertida), a que se la sigue mencionando como el estereotipo mismo de la corrupción y se observa como casi todos los que la consideraban la enemiga pública número uno o están con este gobierno o han estado en algún momento o estuvieron durmiendo la siesta mientras se construyó un estado paralelo completo al servicio del patrimonio de una familia que ya tenía antecedentes comparables a los de Idi Amín Dada. Si como ya sabemos un ex presidente cuyo nombre se le pone hasta a las macetas era un recaudador de bolsas de millones de euros de empresas enteras adquiridas mediante la extorsión del estado ¿Entonces cuál es el hilo conductor entre la anticorrupción de la década del noventa y la pro corrupción de esta década miserable? ¿Será la misma que existe entre estar mirando de afuera o estar mordiendo?

Hoy hasta los jardineros de los Kirchner superan a cualquier posible imputación a María Julia Alsogaray. Hasta los “artistas populares”, los servidores fascistas de la propaganda oficial, recaudan más a la luz del día que los cucos del pasado y lo hacen de manera descarada mientras se tatúan la cara del Che Guevara en las nalgas.

En la década del 80 y las anteriores había una sideral corrupción estructural, cuya solución era el cambio de reglas de juego económicas. En la década del 90 la corrupción estuvo en los negocios del estado, pero muchos de esos negocios eran benéficos en el sentido de desmembrar a la corrupción sistémica que existía por ejemplo en las empresas estatales. En la década K, que juntó al autor de “Robo para la Corona” con su protagonista, el estado argentino por completo es una caja personal para enriquecerse, enriquecer a los propios y perseguir a los extraños, asaltar al sector privado y repartirlo entre una pequeña oligarquía. Es decir, de la corrupción estructural de los 80 nos hemos pasado por completo a la corrupción como sistema político. Un totalitarismo basado en el latrocinio.

En los 80 no había rincón del estado en el que no hubiera negocios turbios. Hoy el estado es un patrimonio capturado que está al servicio de una banda que es mucho mayor que él, donde hasta los gobernadores, intendentes, el Congreso y la Justicia se ven chiquititos. El Tesoro, la ANSES, la AFIP, la Aduana y el Banco Central son como la tarjeta de crédito personal de la presidente y casi todos los grandes negocios del país están a su servicio cuando directamente no les pertenecen bajo cuerda.

Así debemos observar este problema porque no es que le han robado al estado, sino que se han robado al estado entero.

Así es también como nos encontramos frente al caso del señor Ricardo Jaime, protegido por el sistema judicial hasta que se enojaron con la dueña. Dentro del éxito del sistema de propaganda pareciera que este señor fuera el María Julia Alsogaray del momento, a pesar de que ella no le podría seguir el tren de gastos ni a él ni a los secretarios privados de la señora en jefe, ni a su chofer.

Jaime no es protagonista de nada, es un actor de reparto de una obra en la que recibió buenas propinas. Ricardo Jaime es mucho más valioso por lo que tiene para contar que por lo que merece ser castigado. Y nuestro problema es como sacamos al estado y a la economía extorsionada del monedero de los K. Esa es la magnitud de la cuestión, no las fojas del expediente de uno solo de estos soldaditos.

Es aquí donde entiendo que esto requiere una media política, más que una solución judicial particular. El estado (como legalidad) tiene por prioridad salir de ese monedero como en los finales de la década el 80 había que desbaratar la corrupción estructural. Jaime entonces, como otros protagonistas secundarios de la década miserable debieran recibir protección de una ley para hablar, bajo la condición de devolver las migajas del botín que ellos mismos conservaron.

Lo quieran ver o no los ángeles caídos de la caja que están pensando en heredar este problema, hoy es imposible imaginar cómo se manejarán las riendas del gobierno sin quebrar  a este sistema hasta en sus más recónditos rincones. No hay pacto posible con la banda, porque la banda se apoderó del país entero.

Nadie podrá manejar a un gobierno encerrado en una bóveda, el problema es aquí el sistema y sus dueños y no tanto la gerencia.

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.