ME VOY A CAMBIAR LOS FAROS DEL AUTO Y LUEGO DE SEXO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 13/10/13 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2013/10/me-voy-cambiar-los-faros-del-auto-y.html

La reciente decisión de una madre de luchar por el cambio de identidad sexual de su hijo plantea nuevamente el tema de la homosexualidad, ahora llevado a los menores. Desde luego que se podría decir mucho, desde la psicología, si el menor que es genética y anatómicamente varón tiene la libertad legal, como un adulto, de cambiar a mujer. Pero no es el tema que trataremos hoy. Vayamos directamente a esta cuestión: ¿y qué si fuera adulto?
Los que presuponen que un adulto tiene derecho a elegir su identidad sexual –luego pasaremos a la parte legal- presuponen un esquema filosóficamente dualista, donde, por un lado, habría una entidad de autonomía absoluta, el yo, que no está atado a nada sino que también puede cambiar todo en lo que se refiere a su cuerpo, como un auto al cual se le cambian las ruedas, los faros, etc., todas las partes si es necesario, y el diseño incluso.
Pero ello implica entonces que el yo es a-sexuado. Habría un yo que elige su sexo, como elige su código moral o dónde va a vivir (no son ejemplos en el mismo nivel, claro). O sea que la esencia del yo sería, en última instancia, elección con base en nada. Y el cuerpo sería una de esas tantas cosas que, merced a la biotecnología, se puede cambiar para lo que fuere y por lo que fuere.
Hay dos problemas filosóficos allí.
Primero, el dualismo yo-cuerpo. El yo sería una cosa y el cuerpo otra. Pero, después de toda la fenomenología actual sobre el cuerpo, ¿se puede volver a ese platonismo de modo tan simple? El viejo chiste “yo no fui, fue mi mano”, implica que, precisamente, somos una unidad: si mi mano te toca, yo te toco. Y si alguien dice “no me toques” ello implica: a) que estás tocando al yo del otro, b) que el otro dice “no me toques” al yo del otro. No somos yo por un lado y un cuerpo por el otro. Somos un cuerpo viviente (leib) consciente de sí mismo, por eso puede decir “yo”, pero no un yo aislado, sino un yo esencialmente corpóreo que está en esencial relación con otros yoes también esencialmente corpóreos, donde todos sus actos comunicativos (el gesto, la palabra, la mirada, las manos) son la misma persona hablando.
El sexo nos pertenece de ese modo. Yo, Gabriel, soy esencialmente varón. Lo vio bien Edith Stein cuando fijo que la forma sustancial es además individual. Una persona es esencialmente femenina o masculina, pero no puede haber una persona que no sea varón o mujer, como no puede haber una persona que no tenga manos, aunque pueda haber un problema de identificación psicológica con las propias manos o aunque pueda haber habido una malformación por la cual nazca con tres manos o con ninguna.
Negar esto no es negar una religión, como habitualmente se supone, sino que es negar toda la fenomenología del cuerpo contemporánea.

Lo que estamos diciendo es ontológico, no psicológico, en este caso. No negamos el drama de los que se sienten de sexo diferente a su sexo genético y anatómico, no estamos minimizando su dolencia. Sólo decimos que desde la unidad ontológica yo-cuerpo, su sexo es uno.

Pero hay otro problema, mucho más aporético. Habitualmente quien está convencido de la autonomía absoluta de su propio yo tiene terror a la palabra “naturaleza” que “limite” lo que su propio yo puede hacer. ¿Por naturaleza no podemos volar, o somos mortales? O no, podemos volar con un avión (y eso no es ninguna objeción contra nuestra naturaleza) o ya venceremos a la muerte, dicen algunos trans-humanistas. Heidegger se quedó corto. El ser ya no es para la muerte.
Pero volvamos. El yo, supuestamente, no tiene naturaleza, y por eso podría decidir absolutamente lo que quiere. Pero entonces su naturaleza es la total elección. Esa es entonces su naturaleza. Por ende el yo debería poder decidir, para ser coherente, no ser absolutamente autónomo. ¡Ah no, eso no! Pero entonces, ¿se está admitiendo un límite “natural” a lo que el yo puede hacer?
Pero entonces, alguien me dirá, ¿está usted llamando a la prohibición legal del cambio de sexo? No, lo que estoy diciendo es que no tiene fundamentaos filosóficos para hacerlo, porque nadie puede dejar de ser quien es. Si Florencio es genética y anatómicamente varón, no es que su cuerpo sea varón y él no: EL es varón. Si tiene un problema de identificación con eso, puede ser psicoanalíticamente tratado, como Freud mismo dijo.

 

Pero si llevó su problema psicológico al extremo, se pone hormonas femeninas, se viste de mujer y se corta su pene, por un lado tiene toda nuestra comprensión, como con cualquier trastorno psicológico grave, y, por el otro, tiene el art. 19 de la Constitución, que le garantiza su derecho a la intimidad personal. Por ende no tiene de qué preocuparse en cuanto a su libertad civil, y tiene derecho al respeto como todo ser humano, pero no puede demandar jurídicamente a alguien que no estuviera de acuerdo, en público, con su decisión, porque en ese caso el que está violando los derechos individuales es él.

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

EL FUNDAMENTO ÚLTIMO DE LA ESPERANZA HUMANA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 22/9/13 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/

Vamos a comenzar nuestro camino hacia la esperanza con la ayuda de un autor muy especial.
Aunque no seas creyente, tal vez recuerdes una muy conocida escena del Evangelio, una de las más bellas y sublimes, donde mucha gente está dispuesta a lapidar a una mujer adúltera. Sabes, más o menos, cómo es. Muchos quieren poner a Jesús en un lindo problema. La lapidamos o no? Si su respuesta hubiera sido afirmativa, El, el maestro de la misericordia, se hubiera visto apoyando ese terrible castigo. Si su respuesta hubiera sido negativa, El, hijo de David, hubiera negado la ley mosaica.
Es ahí cuando cuando surge la ya famosa respuesta: “Quien no tiene pecados, que arroje la primera piedra”. Conoces el final. Todos se van, nadie tira nada. Jesús no desconoce la realidad del pecado. No le dice a Magdalena: “ve y sigue tu camino”, sino “ve y no peques más”.
Aunque no seas creyente, hay en esto algo en lo cual nos podemos reconocer todas las personas que, al menos, intentan ser honestas consigo mismas. Tú, hubieras arrojado la primera piedra?
Ya sé la respuesta. Ni tú ni yo estamos libres del mal; nadie puede decir “yo jamás hice algo malo”.
Es más, se supone que a nuestros defectos ya los habíamos visto en nuestra primera bajada a lo más profundo de nuestro castillo interior.
Ahora, entonces, ha llegado el momento de reflexionar sobre un punto importante.
Si la razón nos ha demostrado que Dios existe, y ahora nos enfrentamos con nuestro pecado, entonces estamos en un brete. Estamos, sencillamente, en la terrible justicia. Me explico.
El pecado nos desvía del camino hacia Dios. Hemos encontrado que nuestra vida tiene un sentido. La libertad hace que ese sentido tenga sentido, en cierto modo. Porque así como un matrimonio sólo tiene sentido si los esponsales se casan libremente, nuestra unión con Dios requiere nuestra libertad.
El pecado implica un profundo misterio, que sólo tiene una pequena luz a la luz de nuestra libertad. Recordemos el ejemplo del avión. Ahora descubrimos que el sentido del viaje es Dios. Libremente nos dirigimos hacia él. Pero el pecado significa que libremente damos vuelta el avión y nos desviamos de Dios.
Ese desvío implica que no lleguemos a destino, no porque Dios arbitrariamente lo dispone, sino por la naturaleza misma de nuestra acción. Es totalmente coherente con la naturaleza del desvío que lo desviado se pierda y no llegue. Por ejemplo, supongamos que estoy dando clase pero, de repente, me tiro por la ventana. Hay tres pisos para abajo. No, los alumnos nunca se portan tan mal, no te preocupes… Pero vamos a suponer que libremente lo hago (ahí está el misterio; Pieper)[1]. La naturaleza misma de la acción implica que me haga picadillo contra el piso. Ese resultado no es una arbitrariedad. Es coherente; se sigue de la acción. El castigo es que me hago picadillo contra el piso. Pero no porque Dios lo ha dispuesto así arbitrariamente. La naturaleza misma de las cosas –creadas por Dios- así lo implica.
(Después analizaremos un poco más este detalle: cuando estoy dando clase, por qué no me tiro por la ventana? Por temor al piso o por amor a mis alumnos? Hago las cosas por temor al castigo o por amor?).
Por ende es totalmente “justo” que, si me tiro por la ventana, no quede muy bien “parado”, porque es de la esencia de la justicia basarse en la esencia misma de las cosas.
Pero entonces, me vas a decir: si Dios existe, y todos tenemos pecado, y el pecado es desviarse libremente de Dios, y la consiguiente pérdida de Dios no es injusta, sino todo lo contrario, entonces… Nadie llega a Dios y, para colmo, eso es totalmente justo?
Si.
Sí. Así de simple y preocupante. La esperanza última del ser humano no consiste en el conocimiento racional de un Dios justo. Al contrario: esa justicia, esa absolutamente justa justicia, implica que no tenemos esperanza.
Por favor, te pido que tengas paciencia y sigas dialogando conmigo. Estamos en un punto crítico. Si te enojas ahora, te perderás la más grande esperanza.
Esperanza? De qué esperanza me hablas, me dirás, si me acabas de arrojar a la desesperación?
Te hablo de algo que puede superar a la justicia sin contradecirla. Por eso dije que no teníamos esperanza, vía la justicia. No dije que no teníamosninguna esperanza.
Qué es lo que puede superar la justicia sin contradecirla? Algo que nos cuesta mucho: el perdón.
Vamos a comenzar a rodear al misterio del perdón por una de sus características fundamentales.
Vamos a suponer que traicionamos a un amigo en la más íntima confianza que nos tiene. La naturaleza misma de esa acción es la destrucción de la esencia de la amistad. Porque la confianza mutua es de la esencia de la amistad.
Todos sabemos esto. En estos casos, sabemos que nosotros mismos hemos convertido a nuestro amigo en un ex-amigo. Porque él, muy razonablemente, no necesariamente nos va a “devolver” la mala jugada ni nos va hacer ningún dano, pero puede con todo derecho perder su confianza en nosotros. Y, obviamente, no está obligado, en estricta justicia, a ser nuestro amigo de vuelta. Ponte en su lugar. Necesitabas su auto. No sólo no tuviste la delicadeza de pedírselo, sino que entraste en él y arrancaste. Estabas en la calle hablando con él, y su auto ahí estaba, con las llaves puestas. Y, con absoluta displiscencia, no reparaste que su hijita, de tres anos, estaba en el asiento de atrás. Cuando ella comenzó a llorar, vos te distrajiste, y chocaste. Ella murió. Vos no.
Está tu amigo “obligado”, por justicia, a ser tu amigo de vuelta? A confiar en tu serenidad, tu prudencia, tu calma?
No, no digo que tu amigo (tu ex-amigo) se quedó con rencor y odio hacia tí (lo cual sería humanamente entendible). Digo que no está obligado en justicia a confiar en tí nuevamente.
Excepto que… Que haga algo que ni te atreverías a pedirlo. Excepto que te perdone. O sea, que se “done” nuevamente, per-donando. Claro, tal vez no te preste el auto de vuelta… Pero sí te puede abrir de vuelta su corazón. Ese perdón supera lo que la justicia exige, pero no es injusto. Porque está en la naturaleza de tu amigo poder donarse nuevamente.
Para ir a un ejemplo menos dramático –lo hice así para que veamos cómo nos cuesta el tema del perdón- supongamos que yo, siendo profesor, doy tres libros como lectura obligatoria, totalmente coherentes con la naturaleza de mi materia y, en ese sentido, no arbitrarios. Está totalmente dentro de la justicia que yo exija el estudio de esos libros en el examen final y no apruebe a ningún alumno que no haya leído uno de esos tres libros. No soy injusto si hago eso. Soy sencillamente justo.
Pero a la vez está en mi poder, aunque no en mi obligación, “dispensar” de la lectura de uno o los tres libros, y, en ese sentido “perdonar” su lectura.
Podemos seguir dando ejemplos: el cónyuge que per-dona al otro cónyuge por una infidelidad… Y así.
Pero los ejemplos humanos son muy complicados. Se mezcan nuestras deseos de venganza con la tolerancia indebida, que no nos dejan ver ni la justicia ni el perdón; y se confunde a este último con debilidad. Por eso los ejemplos humanos son muy complicados.
Pero, precisamente, esto fue una simple introducción a lo que nos interesa: Dios. Porque de Dios se trata. Dios es justo. Y su justicia, además de ser él mismo, es infalible y absoluta.
El pecado implica desviarse de nuestro amigo Dios, pero resulta que nuestro amigo es infinito. En ese caso, quedamos como un deudor que debe una suma infinita. Quién de nosotros puede saldarla?
Pero es entonces cuando sólo la fe en que Dios nos per-dona es el fundamento de nuestra esperanza.
Esto es: la razón no puede decirnos necesariamente, deducir necesariamente, que Dios pedona nuestras faltas. De igual modo que no puede deducir que el amigo traicionado nos va a perdonar. Pero la razón hace mucho: nos demuestra que Dios existe, que es nuestro fin último, y hace “razonable” al perdón: explica cómo supera la justicia sin contradecirla. Luego, el perdón de Dios es razonable. No es no “exigible”. Pero no es contradictorio con la justicia que Dios perdone. Por eso, como ya dije otra vez, la filosofía es la esperanza de la Esperanza. La Esperanza está implicada en la Fe.
Pero hasta que no comprendamos y sintamos el absoluto asombro que el perdón de Dios implica, no terminaremos de verlo con nuestro corazón.
Al perdonarnos, Dios se dona nuevamente y por eso per-dona. Se dona “otra vez”, aunque no en el tiempo, porque ya, sin ninguna obligación tampoco, nos sostiene en el ser, regalándonos nuestra existencia, llamándonos, y no arrojándonos, a ella.
Que Dios perdone nuestro pecado es regalarnos nuevamente nuestra amistad con El.
Lo cual supera totalmente nuestras fuerzas, sólo El puede hacerlo.
Pero, hemos reparado en el infinito regalo que Dios nos hace perdonándonos?
Hasta que no hagamos carne ese “regalo” no terminaremos de comprender.
Vivimos como si fuéramos buenos. Los “demás” son los malos. Es entonces cuando no vivimos el perdón de Dios, porque no nos sentimos perdonados.
La imagen de Dios clavado en la Cruz, Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, explica esto.
Allí está, con dos ladrones.
Uno de ellos se da cuenta –es llamado- de su pecado y de su “necesidad” (que no da derechos) de ser perdonado. Y es a ese buen ladrón al que Jesús perdona y salva: “hoy” mismo estarás conmigo en el paraíso.
Pues bien: todos nosotros somos ladrones. El asunto es: de qué lado de la cruz estamos?
Todos somos ladrones porque somos pecadores, y el pecado es robarle a Dios el amor que le debemos. Lo cual es infinitamente peor que el terrible ejemplo de la hijita de nuestro amigo…
Y ser un “buen ladrón” es ser un ex-presidiario, sacado por Dios de la cárcel de nuestro pecado, dada su misericordia.
Qué diferente manera de ver el mundo!
Caminamos por el mundo como si fuéramos buenos. Los ladrones son los demás.
Pero no. Si vives el perdón de Dios, caminas por el mundo como un ex-presidiario. Estabas en la cárcel de tu pecado, y Dios te ha sacado, sin ninguna obligación de su parte, de allí.
Cómo cambia todo entonces! Cómo miras distinto al pecador! Como un igual a tí, que todavía no ha sido “prendido” por Dios.
Recuerdas el cuento de la lámpara? Te acuerdas de ese “otro” que la prende? Pues bien: el final de la historia es que ese “otro” es Jesús. Es él quien enciende tu arrepentimiento y, entonces, la dimensión más profunda de tu yo: el ser perdonado por Dios.
Porque ayudas al otro desde lo más profundo de tu yo, y en lo más profundo de tu yo está el perdón que Dios te ofrece, Dios que se muetra muchas veces como el otro que te pide ayuda.
Ese “cable misterioso” por medio del cual Dios te enciende, es la Gracia.
Qué paradoja más impresionante, descubrir nuestro yo más íntimo, y nuestra esperanza final, en nuestro pecado original y en el perdón de Cristo! En la vivencia profunda de estos misterios –ser concebido en pecado, ser perdonado por Dios- está nuestra dimensión existencial más profunda. Pascal[2] lo vio claramente: “Cosa soprendente, sin embargo, que el misterio más alejado de nuestro conocimiento, que es el de la transmisión del pasado, sea una cosa sin la cual no podemos tener ningún conocimiento de nosotros mismos. Porque no hay, sin duda, cosa que choque más a nuestra razón como decir que el pasado del primer hombre ha hecho culpables a los que siendo tan alejados de ese origen parecen incapaces de participar en él. Esta transfusión no sólo nos parece imposible, sino aún injusta; porque: qué hay más contrario a las reglas de nuestra miserable justicia como condenar eternamente a un nino incapaz de voluntad por un pecado en que parece tener tan poca parte, cometido seis mil anos antes de haber nacido? Ciertamente, nada nos choca más rudamente que esta doctrina; y, no obstante, sin este misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles a nosotros mismos. El nudo de nuestra condición toma sus vueltas y revueltas en este abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin este misterio, que este misterio sea inconcebible al hombre”.
Sé que no te gustó mucho lo que leíste. Y a quién, naturalmente, sí? Mira, hay tres dimensiones existenciales ante el misterio: la rebeldía al misterio, la resignación al misterio, y el descanso en el misterio, el encuentro más profundo de sí mismo en el misterio de nuestro “ser perdonados”. Se tarda. Todos tardamos.
Y las mismas fases tenemos ante la cruz: rebeldía, resignación, descanso. Más difícil, aún, porque a veces la inteligencia –movida por Dios- puede descansar en el misterio antes que la voluntad.
Pero la cruz de Cristo es un misterio arrollador. Edith Stein[3], recogiendo una larga tradición, llama a la Fe “rayo de tinieblas”. Es ver (“rayo”) lo escondido (el rostro de Dios).
Pero ese rayo te tiene que sacudir, como una tormenta en la noche. Se tiene que escuchar el trueno.
Somos pecadores y Dios nos perdona! Clavado en la cruz, nos perdona! Ese es el trueno. Qué miedo podemos sentir ante Cristo crucificado que así nos perdona? No te enamoras más bien de él? Como una novia que busca a su esposo… Porque aún no estamos definitivamente con Dios. La Esperanza nos hace vivir que estamos en camino hacia un rostro amado y aún invisible.
Y allí está la dimensión final de nuestro yo! Qué rostro verá finalmente al rostro infinito? Son dos misterios. Cuál es el rostro del infinito amado? Y: cuál será nuestro rostro cuando lo miremos? Cuando el buen ladrón dirigió su mirada hacia Jesús, tenía la misma mirada, y en ese sentido, el mismo rostro, que antes? Qué rostro tuvo en toda su vida de pecado? Pero, no debe haber sido un renovado rostro el que dijo “acuérdate de mi cuando llegues a tu reino”?
Cuál será, Dios mío, el rostro finito que, por tu Gracia, te mire? Cuál será, Dios mío, ese rostro tuyo, que por tu Gracia, me mira?
Si no hacemos carne todo esto… No tenemos Fe. Y si no tenemos Fe, no terminamos de ver la dimensión última de nuestro yo, de nuestros hermamos –los otros- y de nuestra esperanza.
Dimensión última de nuestro yo: soy un ladrón perdonado. Soy un ladrón perdonado. No es que yo sea el bueno y los demás los malos. Incluso la Virgen María, el sólo ser humano más perfecto, es preservada del pecado original por la cruz de Cristo.
Dimensión última del otro: los seres humanos no se dividen en buenos y malos, sino en quienes se arrepienten y quienes –misteriosamente- no. Pecar es tirarse por la ventana; no arrepentirse es el pecado más grave: pues es misteriosamente rechazar la mano de Dios que, ya en la caída, nos levanta nuevamente. No arrepentirse es rechazar al arrepentimiento movido por Dios. Cuando el buen ladrón le habla a Jesús, Jesús ya le había “hablado”. El que busca a Dios ya lo encontró (Pascal)[4].
Pero entonces, el mundo se divide entre quienes, sin que nosotros sepamos por qué, y sin que nosotros podamos juzgar su conciencia, no se arrepienten. Y, por el otro lado, los pecadores arrependidos. Que tratan de llevar a los no arrepentidos la buena noticia de que pueden hacerlo. Y no juzgan al pecador ni lo condenan. Eso no compete a un ex-presidiario (y que en cualquier momento puede meterse en la cárcel de vuelta). Sólo gritar, gemir o llorar, de algún modo, a los presidiarios, que sólo tienen que “no decir que no” a la mirada de Jesús que los haga mirar a Jesús. Para lo cual el arrepentido puede y dede juzgar e identificar al pecado. No al pecador.
Y, a su vez: el arrepentimiento no es una necesaria dimensión permanente. Puede ser un ir y volver. Por eso es necesario el hábito del arrepentimiento
Dimensión última de nuestra esperanza: la cruz. Dios clavado en la cruz para la redención de nuestros pecados. La razón hace razonable al misterio. Pero no lo deduce. Por eso, desde el hombre, la Fe en la Cruz es el fundamento último de nuestra esperanza. Desde Dios, El mismo.
Ahora bien: vivir como un ladrón perdonado significa vivir enamorado del Dios que te perdonó. Veamos las implicaciones de esto.
Primero: vemos a lo infinito clavado en la cruz? Lo podemos, aunque sea, vislumbrar? Sí, con una tradicional hipótesis sobre su razonabilidad. Te acuerdas que teníamos que saldar una deuda infinita? No es razonable que Dios, que es infinito, se ponga en el lugar del deudor –cada uno de nosotros- y pague? Bien, ese es Cristo clavado en la Cruz. Por amor, sólo por amor hacia tí. Para conquistar –dice Santo Tomás[5]– a nuestro duro corazón. Es el esposo que nos enamora.
Segundo: no tienen todos nuestros deberes cotidianos otros color? El color de lo infinito? El color del amor? La cruz no es símbolo viviente del miedo. Al contrario, del amor. El amor a Dios se convierte en motivación de nuestros actos, y de nuestros deberes hacia nosotros mismos y a los demás. Vivir enamorado de Dios implica que ya no tenemos miedo al castigo. No queremos perder a Dios porque lo queremos. Eso es todo. Nada más. Nada menos.
Pero hay algo… Hay algo que sí nos da miedo en la cruz. Un miedo muchas veces inconfesado: la cruz misma, los compromisos que ella exige.
Y el central, donde están de algún modo incluídos los demás, es el des-aferramiento total a nuestros tesoros (cosas buenas), como antes decíamos, pero ahora, desde la cruz sobrenatural. Dificilísimo. Largo camino. Pero es el mensaje secreto y, sin embargo, sonoro, pero no ruidoso, de la cruz. El cumplimiento total de la voluntad del Padre Dios. Que, en la medida de nuestros aferramientos, no puede ser total.
Insisto: para la gran mayoría de nosotros, largo camino.
Pero es este uno de los mayores dones que Dios nos da. Porque la cruz implica dar sentido a nuestros sufrimientos.
Para pagar la deuda y redimirnos, Dios asume el peso de cada uno de nuestros pecados y sufre y muere en la cruz. Y, por su absoluta bondad, nos hace “tomar parte” en su redención.
Este misterio se hace más carne si nos imaginamos que, mediante un túnel del tiempo, vamos a “ver” a Jesús en el momento mismo de su camino en el Calvario, llevando la cruz.
Al principio estaríamos muy emocionados y, a la vez, casi como contemplando una obra de teatro que no nos compete. Pero… Dios nos hace cada broma…
Repentinamente, Jesús nos llama. Nos llama para que lo ayudemos con la cruz. Imaginemos el diálogo.
– Yo? (Miro para todos los costados). Para qué? Vos sos Dios! Vos podés solo!
– Si, soy Dios, soy el Hijo encarnado, solamente yo salvo, pero por mi bondad, te hago tomar parte. No porque te necesite.
– Y si no me necesitás, por qué yo? Mirá a mi alrededor! Está lleno de tipos forzudos!
– Sí, pero a vos te quiero. Y a los demás también…
Esto es: la cruz de Cristo nos da la oportunidad de ofrecer nuestros sufrimientos cotidianos como participación en su cruz (Juan Pablo II)[6]. Cuanto más aferrados estemos, la cruz será humanamente más difícil. Cuanto menos aferrados, menos difícil. Tendremos esto o aquello, como si no lo tuviéramos (San Pablo,    ). Viviremos libres como las aves del cielo y los lirios del campo y al mismo tiempo trabajaremos con tesón. Se nos caerá el techo encima y no perderemos la paz…
Si todo esto te parece no sólo misterioso, sino imposible, tienes razón. Es imposible para nuestras propias fuerzas. Todo esto viene de Dios.
Dios. El autor con el que comenzamos. Con el que terminamos. Dios. El rostro escondido que mira tu rostro final escondido. Dios. El que podría no crearte y te crea. El que podría no salvarte y te salva (y te re-crea). El que te ama infinitamente. El que te perdona. El que te está esperando. Y porque Dios te está esperando, tienes esperanza.
Y yo, quién soy para decirte todo esto?
Precisamente. Quién soy?
Quién eres?
“No preguntemos, pues, a nuestro prójimo: quién eres? La respuesta no es de este mundo” (Luis J. Zanotti)[7].
[1] Pieper, J.: El concepto de pecado. Herder, Barcelona, 1979 [1977]. Trad. R. Gabás Pollás.
[2] Op. Cit.
[3] Op. Cit.
[4] Op. Cit.
[5] Santo Tomás de Aquino: Suma Contra Gentiles; Club de Lectores, Bs. As., 1951 [1259-1264 aprox.]; trad. María Mercedes Bergada; Libro IV, cap. LIV.
[6] Juan Pablo II: Carta Apostólica Salvifici Doloris, 1984. En L’Osservatore Romano, del 19/2/84.
[7] Op. Cit.

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

RIQUEZA: ¿PRODUCIR O DISTRIBUIR?

Por Gabriel J. Zanotti.

Punto 6 del cap. I del libro: ” Antropología cristiana y economía
de mercado”, de Gabriel J. Zanotti (Unión Editorial, Madrid, 2011). ISBN: 978-84-7209-544-1
6. La escasez
A pesar de ser un supuesto básico de la economía, como actividad y como
ciencia, es habitualmente olvidada por una supuesta obviedad que de obvia tiene muy poco.
Desde muchos textos de economía se dice que un bien es escaso cuando su
cantidad es menor que las necesidades que hay de él. Ello no está mal, puedo puede dar la imagen de que los bienes están “dados”, e introduce un problema en torno a la naturaleza de las necesidades humanas.
Para aclarar estas cuestiones, vamos a recurrir a un texto de Santo Tomás. No acostumbramos utilizar a Santo Tomás para cuestiones de economía, pero en este caso, dados los objetivos del trabajo la universalidad del concepto que vamos a utilizar, lo haremos. El contexto es la sociabilidad natural del ser humano dentro del debate sobre las leyes y el libre albedrío, contra el determinismo astrológico1. El texto es el siguiente: “…El hombre es por naturaleza un animal político o social; cosa que ciertamente se pone de manifiesto en que un sólo hombre no se bastaría a sí mismo,
si viviese solo, en razón de que la naturaleza en muy pocas cosas ha provisto al hombre suficientemente, dándole una razón por la cual pueda procurarse las cosas necesarias para la vida, como ser el alimento, el vestido y otras semejantes, para obrar todas las cuales no basta un solo hombre; por lo cual ha sido naturalmente dispuesto que el hombre viva en sociedad”.
Analicemos lo siguiente: “…la naturaleza”…….. ¿A qué naturaleza se refiere Santo Tomás, que “…en muy pocas cosas ha provisto al hombre suficientemente”? Es de suponer que a la naturaleza física creada por Dios, y sabemos, como ya hemos dicho, que uno de los grandes “novedosos recuerdos” del aristotelismo cristiano de San Alberto Santo Tomás es considerar a esa naturaleza como totalmente buena al estar creada tal por Dios. Por ende, si esa naturaleza en relación a lo humano es escasa, no se puede decir que esa naturaleza como tal es un mal y por ende la escasez, así considerada, no es un mal: es una condición natural de la humanidad, en estado de naturaleza pura y por supuesto también de la redimida.
Pero no olvidemos que el texto dice “…la naturaleza en muy cosas ha provisto al hombre…”. Esto es, esa naturaleza es escasa en relación al ser humano, a su naturaleza inter-subjetiva, donde sus necesidades son pasadas por la cultura, dada esa naturaleza intelectual, libre, corporal e inter-subjetiva. Hasta sus necesidades más ligadas a sus potencias vegetativas y sensibles, como el alimento y etc., son pasadas, en todas las culturas, por ritos, roles y procesos simbólicos que implican una serie de
“bienes” que NO están dados (escasez) por esa naturaleza a la cual Santo Tomás se refiere. Desde el arco, la flecha, las vestimentas del sacerdote, hasta llegar a las computadoras y los transbordadores especiales, nada de ello está “dado” como los frutos de los árboles, porque derivan precisamente del carácter cultural e intersubjetivo en los cuales la naturaleza humana se manifiesta de manera plural
(analógicamente, no equívocamente). El ser humano, precisamente por ser tal, necesita bienes que no están dados por la naturaleza física, sino que son productos de su mundo de la vida, inter-subjetivos (Husserl), sanamente subjetivos en ese sentido (subjetivos, esto es del sub-yectum, de las personas).
Esa es la diferencia con el animal, que sufre la escasez pero la minimiza con la lucha entre las especies, donde cada una trata de ingerir a la otra y ese es su alimento, y en ese sentido sus necesidades son satisfechas por su medio ambiente fragmento2 y su dotación instintiva al respecto. El ser humano en cambio tiene mundo, mundo de la vida, cultura y de allí viene la posibilidad de la economía: minimizar la escasez por medio de la división del trabajo e instituciones tales como libre contrato,
precios y propiedad.
En ese sentido el ser humano no tiene necesidades reales y artificiales, sino
que todas son culturales en el sentido de mundo de la vida, y en ese sentido intersubjetivas y subjetivas. Ahora podemos entender mejor que los bienes sean escasos en relación a su demanda, que es demanda subjetiva porque es lo que las personas demandan en su mundo de la vida. Desde luego, algunas de esas demandas pueden estar marcadas por el mal moral, y en ese sentido ser “artificiales”. Lo bueno no es tal por ser apetecido, sino que es apetecido porque es bueno, pero a veces se apetece algo malo sub rationi boni, y lo que cuenta para el tema de la escasez es que lo
apetecido no está dado, sino que debe ser (“debe” como necesidad de medio) producido.
Esto nos introduce en el tema de la escasez antes y después del pecado
original. Podemos conjeturar (sabemos muy poco sobre ello) que de igual modo que los dones preternaturales, antes del pecado original, nos protegían de cuestiones a las cuales hubiéramos estado expuestos en estado de naturaleza pura3, de igual modo estábamos protegidos de la escasez; no, nuevamente, porque la escasez fuera mala en sí misma, sino porque el estado de gracia deiforme nos ponía en un estado de privilegio ontológico sobrenatural con respecto a las demás creaturas. Había,
efectivamente, trabajo, fuimos puestos en el paraíso “…para que lo labrase y cuidase”4 pero parecía más bien un trabajo lúdico5. Conocemos en cambio lo que es el trabajo “con sudor”, después del pecado original, sudor que representa el esfuerzo que la naturaleza humana cultural debe hacer para transformar la naturaleza física en bienes adecuados a esa naturaleza cultural. Por lo tanto, volviendo a una expresión que analizamos anteriormente, al “ser arrojados al mundo”, como expulsión del paraíso
originario, fuimos arrojados, por un lado “al mundo de nuestro pecado”, pero, como también ya dijimos, “al mundo como mundo creado con características de las cuales estábamos antes protegidos”. Y es ahí donde nos enfrentamos con la radical escasez de esa naturaleza creada respecto a nuestra naturaleza personal, co-personal y por ende cultural. Desde luego, la redención de Cristo borra la culpa del pecado pero no sus consecuencias en cuanto a la pérdida de los dones preternaturales, y por ende en estado de naturaleza elevada, redimida, también seguimos en situación de escasez.
Si, por supuesto que los bienes han sido creados por Dios con un destino universal6. Ello significa que la creación de Dios es para todos los seres humanos y no para un grupo en particular, pero no significa que los bienes en relación a lo humano están dados como los frutos de los árboles. Ni tampoco significa, por ende, que el destino universal de los bienes, después del pecado original, borre la escasez ni, tampoco, la dispersión del conocimiento humano, ya por naturaleza, ya por defecto, como ya
hemos visto. Allí surge una pregunta de “economía teológica”: ¿cómo podemos hacer para garantizar el destino universal de los bienes en esa situación de escasez de  ienes y conocimiento? La pregunta es de economía porque la respuesta pasa por 3Santo Tomás parece sugerir que en el Paraíso estábamos protegidos de lo que hoy llamamos orden ecológico, que es bueno en sí mismo; ver Summa Theologiae, op.cit., Q. 96, a. 1 ad 2.
cómo se minimiza la escasez, y la respuesta no forma parte de la revelación y por ende esa respuesta (que nosotros trataremos de dar SIN contradecirnos con la revelación) es opinable y no forma parte del depósito de la Fe. Pero es en parte teológica porque parte de un dato de la revelación: el destino universal de los bienes, la expulsión del paraíso y el sudor del trabajo.
En realidad, la razón por la cual es difícil, para el cristiano, concebir la escasez, es que una de las razones por las cuales podemos suponer que la escasez no nos molestaba en estado de naturaleza deiforme, en el paraíso originario, es la permanente sobre-abundancia de la Gracia de Dios. Si hay algo que NO es escaso, es
la Gracia. Precisamente, es gratis, surge de la misericordia infinita de Dios. No tenemos derecho a ella, es un don sobrenatural. El cristiano vive en la gratuidad del
don de Dios, y mucho más antes del pecado original, donde nuestra amistad originaria con Dios no había sido aún cortada por el pecado. Pero después del pecado original, esa gracia (ya cristiforme) sigue siendo gracia, y por ende infinita y super-abundante.
De allí las figuras de la gracia en el antiguo testamento (el maná del cielo7) y las manifestaciones “físicas” del poder infinito de la gracia de Dios en el nuevo testamento, como la conversión del agua en vino, la multiplicación de los peces, los panes, etc.; los relatos son impresionantes en cuanto a lo que aún sobraba después
de realizado el milagro8. Claro, son milagros no permanentes que anuncian el milagro permanente de la gracia de la redención de Dios, que queda en los siete sacramentos que son fuente inagotable de la gracia, que se manifiesta también en el Espíritu Santo
que se da en Pentecostés9.
Esto es aquello por lo cual, me parece, el mundo de la escasez y la economía (como decíamos en el prólogo) le es a veces extraño al cristiano, como algo que “choca demasiado” con la paradójica “economía del don” que se manifiesta en el cristianismo y en la Iglesia. Pero, precisamente por ello, el cristiano tiene que vivir como propio el tema del trabajo y el esfuerzo de hacer fructificar sus dones 10
precisamente después del pecado original, y vivir cristianamente una ética de la escasez, que es uno de los objetivos de este trabajo.
¿Es por ende mala la escasez? Ya hemos visto que no, es una condición
natural de la humanidad (bajo supuesto de naturaleza pura), de la cual estábamos 7Biblia de Jerusalén, op.cit., Ex. 16.

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protegidos antes del pecado original y con la cual tenemos que enfrentarnos una vez arrojados del paraíso. No es por ende fruto de todos los demás pecados y vicios que surgen después del pecado original, entre ellos, fundamentalmente, la codicia, la avaricia, el egoísmo, etc. Claro, después del pecado, esos vicios agravan la situación de escasez, pero no la causan. Demos una analogía y un ejemplo.
La analogía es el matrimonio. Antes del pecado original, la armonía entre lo racional y lo sensible era total pues estábamos protegidos por el don de inmunidad de concupiscencia, y por ende la pareja originaria vivía en plena armonía sexual la entrega mutua de su santo matrimonio. Después del pecado original, ello estuvo plagado de problemas, pero no por lo sexual en sí mismo, sino por el pecado que separa a lo sexual del don matrimonial. Sin embargo durante muchos siglos la praxis de los cristianos condenó a la sexualidad humana como algo casi perverso, y se
dieron deformaciones donde el matrimonio era incluso pecado (los cátaros, por ejemplo) o si no lo era se lo relegaba a un lugar inferior de la condición cristiana donde los que no habían sido “llamados” descargaban su animalidad. No citamos a nada ni a nadie porque estamos hablando de una praxis, no de una teoría o doctrina. Sin embargo en el s. XX la doctrina y la pastoral de lo sexual cambia sanamente: el
matrimonio es también una vocación donde la santidad puede realizarse plenamente11, y a pesar de sus múltiples dificultades, a ningún cristiano se le ocurre mirar con sospecha a la familia, a la Iglesia doméstica, marcada precisamente por el carácter sexuado de la persona.
De igual modo con la escasez y las manifestaciones que surgen de ella: el
intercambio, el mercado, los precios, etc. Las analogías son en parte igual, en parte diversas. La parte igual es que es natural al ser humano que los bienes sean escasos, de lo cual estábamos protegidos antes del pecado original, así como es natural el carácter sexuado de la persona humana, de cuyos de-fectos estábamos protegidos antes del pecado original. Y así como después del pecado lo sexuado se enfrenta con las consecuencias del pecado, también la escasez. La parte no igual es que antes del pecado la sexualidad de la pareja originaria se practicaba no igualmente que después, sino mejor, y otra diferencia es que el matrimonio es elevado por Cristo a sacramento y su ética forma parte de la revelación y la teología moral, mientras que la economía es buena pero no es sacramento y obviamente sus teorías no forman parte de la revelación (a este tema volveremos después). La pregunta que cabe hacernos es si los cristianos actuales no estamos ante la economía igual que los cristianos de siglos
anteriores respecto del matrimonio.
El ejemplo es el siguiente. Supongamos que San Francisco y Fr. Martín de Porres estuvieran caminando por el desierto del Sahara y se quedan absolutamente sin agua. Supongamos a su vez que Dios no hace ningún milagro y no los provee ni de maná del cielo ni convierte las piedras en pan y agua. Como son santos, morirían santamente. Su santidad los
protegería del pecado, pero no de la escasez. No se pelearían por la última gota de agua que les quedara, sino que tratarían de dársela el uno al otro. Y alabarían la voluntad de Dios. Pero morirían. La escasez seguiría estando. Sin codicia, sin egoísmo, allí está, o, mejor dicho, allí no hay aquello que es necesario para la vida natural.
Pero si el ejemplo fuera con cualquier de nosotros, que lejos estamos de esa
santidad, las cosas no se darían igual. Tal vez terminaríamos peleándonos mucho, pero ello no sería fruto de la escasez, sino de nuestro pecado.
Pero no es necesario ejemplificar con el desierto del Sahara. Si estamos en
una conferencia a las 18 hs, confortablemente alimentados y cómodos, estamos relativamente bien hasta eso de las 20, 21 o como mucho 22, y ¡qué buenos que parecemos todos! Pero supongamos que por una situación de emergencia, nos tenemos que quedar en el edificio y, para seguir con el guión de nuestra película imaginaria, toda provisión de agua y alimentos se interrumpe. Y supongamos que ello dura varios días. Al final del día 3, o 4, ¿cómo nos estaríamos tratando todos?
¿Seríamos un dechado de cordialidad y amabilidad? ¿O no aparecerían nuestras mejores y peores cosas?
Pero, como ya hemos visto, el ejemplo no implica, por ende, que si todos
fuéramos muy buenos la escasez, y por ende la economía, sería innecesaria. Lo que el ejemplo pone de manifiesto es que para salir de la escasez necesitamos incentivos normales para gente normal, que estimule a los NO santos a trabajar, ahorrar, intercambiar e invertir. A todo lo cual debemos volver más adelante. ¿Por qué? Porque si este capítulo ha servido para algo, es para ver con más simpatía los procesos
necesarios (con necesidad de medio) para la minimización de la escasez. Esto es, porque hay escasez, hay división del trabajo, intercambio, alguna forma de propiedad, mercado, precios, ahorro e inversión. Nada de ello es el resultado de la codicia, el egoísmo y la avaricia, sino de la escasez. Que todo ello puede estar ensombrecido de 7
todo ello, es obvio, como obvio es que el matrimonio puede ser ensombrecido y destruido por el egoísmo, sin que ello quite algo a la intrínseca bondad del matrimonio.
Con todo esto, volvemos a decir, seguiremos más adelante. Baste por ahora
con haber reenfocado el tema de la escasez desde una antropología cristiana.
Debemos pasar ahora a uno de los ejes centrales de la teología y de la economía: la racionalidad.

1Santo Tomás de Aquino, Suma Contra Gentiles, op.cit, Libro III, cap. 85.
2Ver al respecto Coreth, Emerich, ¿Qué es el hombre?, trad. C. Gancho, Barcelona: Herder,
1978.
4Biblia de Jerusalén, Gn., 2, 15.
5Summa Theologiae, op.cit., idem, ad 3.
6Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, Buenos Aires:
Conferencia Episcopal Argentina, 2005: Nº 171.
8Op.cit., Mt. 14, 20.
9Op.cit, Hch. 2.
10Ver al respecto Sirico, Robert, The Entrepreneurial Vocation, Grand Rapids: The Acton
Institute, 2000.

11Vaticano II, Gaudium et spes, op.cit., 1981: Nº 47-52. 6

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.