La revancha autocrática

Por Constanza Mazzina. Publicado el 7/6/21 en: https://www.demoamlat.com/la-revancha-autocratica/

La contraola autoritaria: signo y seña del populismo que amenaza con borrar del mapa las conquistas del estado de derecho que supone la democracia, las libertades individuales que plantea el liberalismo político, la separación y autonomía de poderes propia del republicanismo, la transparencia y rendición de cuentas, los límites a los mandatos. Las autocracias instalan un discurso único con que representar la realidad bajo la lógica paranoide de amigo-enemigo y proponen una versión verticalista de construir poder irradiado desde la figura del personalismo que lo centraliza.

La caída del Muro de Berlín trajo aparejada una gran ola de optimismo que nos llevó a creer la ilusión de que, ya al cierre del siglo XX, el mundo había aprendido una lección: si no habíamos llegado al fin de la historia —tal como escribía Fukuyama en aquel entonces —, cuanto menos, parecía el fin de una historia de confrontaciones mundiales entre modelos autoritarios y democráticos. 

Era la culminación de un proceso iniciado a mediados de los setenta, una oleada especialmente fuerte en pro de la democratización en el mundo: la tercera ola. Pensábamos entonces que el oleaje inundaría el planeta y que había llegado para quedarse. Pronto, muy pronto, el optimismo se fue desvaneciendo y comenzamos a hablar de recesión democrática y de la contraola autocrática. La tercera ola en América Latina ha cumplido sus 40 años y parece sumida en la “crisis de los 40”. Repitiendo viejas mañas y consolidando nuevas, las democracias de la región, son, en el mejor de los casos, “democracias con adjetivos”.

El término “democracia con adjetivos” fue desarrollado por Collier y Levitsky a finales de los años noventa, para calificar a las democracias de la tercera ola cuando, pasados unos años, mostraban ya signos preocupantes. Aquellos adjetivos iban al centro de los atributos de las democracias liberales: si el sufragio tenía problemas (las elecciones no eran libres, limpias o competitivas), configuraba una “democracia oligárquica”; si estaban restringidas o cercenadas las libertades civiles: se abrían paso las “democracias iliberales”; si la oposición era perseguida o limitada por diversos medios, entonces se llegaba a una “democracia controlada”.

¿Qué adjetivo ponerle a las democracias latinoamericanas en la actualidad? Patrones estructurales subyacen en la política regional que, combinados, pueden incluirse en todos los tipos de democracias con adjetivos. Es decir, el conjunto de problemas que muestran nuestras democracias atraviesan la historia de todos los Gobiernos de la tercera ola, y convierte a esos “adjetivos” en problemas sistémicos, no ya coyunturales: algunos Gobiernos limitan las libertades (fundamentalmente de prensa y expresión), en otros casos, el sufragio no es libre o no es competitivo; algunos, incluso, persiguen a la oposición. En el extremo, Cuba que, hasta el momento, no inició el proceso de democratización. Los casos de Venezuela y Nicaragua muestran el camino inverso: la desdemocratización y el regreso autoritario están siempre a la orden del día. Estos últimos también han mostrado que en la actualidad las democracias mueren en las manos de líderes electos que hacen uso y abuso del poder para subvertir los mecanismos democráticos a través de los cuales llegaron al poder; una a una van desmantelando instituciones, derechos y libertades. Como señaló el reconocido politólogo Andrés Malamud: “hasta la década de 1980, las democracias morían de golpe (breakdowns). Literalmente. Hoy no: ahora lo hacen de a poco, lentamente. Se desangran entre la indignación del electorado y la acción corrosiva de los demagogos.[1]”

En el año 2020, Latinoamérica se convirtió en una de las regiones más afectadas por la pandemia del virus COVID-19 a nivel internacional, enfrentar este desafío evidenció los grandes problemas sociales, políticos y económicos que,  en mayor o menor grado, todos los países de la región padecen. Era previsible que esta circunstancia pusiera al desnudo las debilidades estructurales de los Estados latinoamericanos: cuales gigantes de pies de barro, los problemas de infraestructura, desarrollo (o su ausencia) y calidad institucional quedaron expuestos y generaron un cóctel cuyas consecuencias aún no han terminado de cristalizarse. 

El Índice de Transparencia que mide la percepción de la corrupción muestra que los Gobiernos de la región tomaron medidas extraordinarias para combatir la pandemia en forma de varios estados de emergencia que restringieron los derechos civiles. Estas restricciones limitaron las libertades de expresión y reunión, debilitaron los controles y equilibrios institucionales y redujeron el espacio para la sociedad civil. Esto produjo una retracción de las instituciones de supervisión y control y, por lo tanto, un aumento en la percepción global de la corrupción. El informe de Transparencia señala: “Con una puntuación media de 43 por quinto año consecutivo, las Américas es un polo de corrupción y mala gestión de fondos siendo una de las regiones más afectadas por la crisis de la COVID-19. Canadá y Uruguay mantienen las puntuaciones más altas, con 77 y 71 puntos respectivamente. Nicaragua, Haití y Venezuela obtienen el peor desempeño, con 22, 18 y 15 puntos respectivamente”.

Pero para 2020, el Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit en su decimotercera edición, registraba el impacto del coronavirus (COVID-19) en la democracia y en la libertad en todo el mundo. Analizaba cómo la pandemia se tradujo en la retirada de las libertades civiles a gran escala y alimentó una tendencia existente de intolerancia y censura de la opinión disidente. Como se registra en el Índice en los últimos años la democracia no ha gozado de buena salud y, en 2020, su fortaleza fue puesta a prueba aún más por el brote de la pandemia de coronavirus. El puntaje global promedio en el Índice de Democracia 2020 cayó de 5.44 en 2019 a 5.37. Esta es por lejos la peor puntuación mundial desde que se elaboró ​​por primera vez el índice en 2006. El resultado de 2020 representa un deterioro y se produjo, en gran medida, pero no únicamente, debido a las restricciones impuestas por los Gobiernos sobre las libertades individuales y las libertades civiles que se produjeron en todo el mundo en respuesta a la pandemia. El deterioro en América Latina muestra la fragilidad de la democracia en tiempos de crisis y la voluntad de los Gobiernos de sacrificar las libertades civiles y el ejercicio de la autoridad sin control en una situación de emergencia.

La literatura sugiere que hay tres elementos que, combinados, dan lugar a una democracia moderna. Primero, el Estado tiene el monopolio del poder coercitivo en un territorio determinado y debe asegurar la paz. Segundo, el rule of law, que refleja valores comunitarios y está por sobre todos los ciudadanos, incluyendo a los propios gobernantes. Por último, la rendición de cuentas, que asegura la responsabilidad Estatal para con los intereses de la comunidad por medio de las elecciones. El error en el que caen las democracias actuales es asegurar solo elecciones mientras que se descuida la capacidad del Estado y el cumplimiento de la ley. Lo cierto es que democracia y liberalismo abordan dos cuestiones diferentes: la democracia es una respuesta a la pregunta de quién gobierna. Requiere que el pueblo sea soberano. Si no gobierna directamente, al menos deben poder elegir a sus representantes en elecciones libres, justas y competitivas. Por su parte, el liberalismo no prescribe cómo se eligen los gobernantes, sino cuáles son los límites de su poder una vez que están en el poder. Estos límites, que en última instancia están diseñados para proteger los derechos del individuo, exigen el Estado de derecho y generalmente se establecen en una constitución escrita e implica que a ella se sujeten gobernantes y gobernados. Los sucesivos cambios en la letra constitucional (las reglas de juego) de varios Gobiernos latinoamericanos en estos años [2] es muestra de la vulnerabilidad del Estado de derecho. La democracia requiere el respeto al Estado de derecho para garantizar los derechos políticos, las libertades civiles y los mecanismos de rendición de cuentas y limite los posibles abusos de poder. 

En esta línea, hacia el año 2013, el Dr. Mario Serrafero ofreció en una conferencia [3] una distinción entre dos formas de concebir, de definir la democracia que resulta pertinente en estos tiempos de tanta confusión y donde todo parece lo mismo y da lo mismo, pero no lo es: por un lado, la democracia liberal republicana, por el otro, la democracia populista. 

La democracia liberal republicana es heredera de las tradiciones que le dan su nombre, y de cada una de ellas recupera y precisa los elementos que la definen. Los elementos fundantes de la primera son el respeto por los derechos de los individuos, entendidos como libertades básicas (reunión, opinión, asociación, prensa), los mecanismos de frenos y contrapesos (check and balances), la temporalidad en el ejercicio del poder y la rotación en cargos públicos, la transparencia y rendición de cuentas (accountability) de los gobernantes. Si el liberalismo desconfía del poder, de allí su necesaria limitación, el republicanismo se define por oposición al cesarismo. En esta concepción de democracia ningún actor tiene jamás en sus manos todo el poder por un período de tiempo indefinido ni tiene la oportunidad de ejercerlo sin control ni contrapesos. En la genética de estas tradiciones está el respeto por quien piensa diferente (libertades) y la tolerancia. El Estado de derecho es la condición necesaria de este andamiaje y el Gobierno (y el gobernante) no puede hacer y deshacer la ley a su antojo, sino que la ley está por encima de aquel. 

La democracia populista, por su parte, precisa el mecanismo electoral para llegar al poder, pero una vez en el poder despliega cierto tipo de comportamientos diferentes. Empecemos por señalar que afecta primero la cultura pluralista (libertades, respeto, tolerancia) y las instituciones que promueven la limitación del poder y la rendición de cuentas. Así, Serrafero señalaba que la práctica de la democracia populista se centra en: la personalización del régimen, el predominio del poder ejecutivo en desmedro de los otros poderes, los que son subordinados, colonizados, redefinidos o cooptados por la centralidad presidencial; hay una permanente descalificación de la oposición y de los medios de comunicación no afines, la aplicación de la ley es desigual por lo que se desdibuja el Estado de derecho y hay un uso de la historia y de la conspiración como formas de relatar la realidad. El objetivo último es la refundación del Estado, del orden económico, político y social. De allí, las necesarias reformas constitucionales que den legitimidad a este nuevo orden. La violencia es una consecuencia de la omnipotencia de la mayoría y de la lógica pueblo-antipueblo. Como decía Serrafero “la lógica de la polarización y el conflicto reemplaza a la lógica de la negociación y la resolución pacífica de controversias entre los distintos sectores e intereses”. La ley política reemplaza el Estado de derecho.  

En este punto podemos entonces reconocer que la región atraviesa varias crisis: la primera, de los partidos políticos, del sistema representativo y del presidencialismo, ligado ello a la escasa cultura de rendición de cuentas. Desde el regreso a la democracia, la región ha vivido situaciones donde el “fusible” es la finalización anticipada del mandato presidencial. Ocurra esto por medio de su renuncia o de un juicio político, una cantidad de presidentes no han finalizado su mandato (desde Alfonsín, Collor de Mello, Abdalá Bucaram, Cubas Grau, Mahuad, Sánchez de Losada hasta Lugo o Dilma Rousseff). De alguna manera, esto destraba el juego y reencauza la institucionalidad política. Aunque es un cimbronazo con fuertes consecuencias políticas. 

Agreguemos a ello la cultura caudillista y personalista que persiste en la región: Dieter Nohlen (1994) entiende que el gen autoritario se encuentra “concebido constitucionalmente en América Latina” producto de un objetivo inicial que consistía en fortalecer, temporalmente, en los textos constitucionales al Poder Ejecutivo para reducir así la influencia de otros poderes, es decir, el gen autoritario se hace presente en la región como un elemento constitucional transitorio y fundamental para transitar  los primeros años de gobierno y conformación de la estatalidad. La tragedia en América Latina radica en que “el gen del autoritarismo que posee el constitucionalismo, ha tomado más fuerza que el propio constitucionalismo”, es decir, tanto el autoritarismo institucional como la presencia de liderazgos fuertes y personalistas en el Ejecutivo se han convertido en las claves políticas para entender el funcionamiento de los presidencialismos latinoamericanos. 

La segunda es la crisis de la democracia a la que hemos hecho referencia: hace años que la democracia no logra satisfacer a los ciudadanos latinoamericanos que están (y así lo expresan) cada vez más insatisfechos. Hasta ahora la insatisfacción se tradujo en apatía, desinterés, en “me da lo mismo”, pero también allana el camino al personalismo caudillista, a subtipos disminuidos de democracia que rayan el autoritarismo o son abiertamente autoritarios a plena luz del día, sin golpes de Estado, aferrándose a una fachada electoral pero con estrategias y prácticas indiscutiblemente autoritarias [4].

Finalmente, la crisis del Estado. El Estado-nación en América latina ha sido un problema desde sus orígenes. Estados truncos, incapaces de transformar un conjunto de instituciones en un proyecto de nación posible. Yace aquí la cuestión: el Estado es parte del problema, pero, para muchos, el Estado es también la solución. La demanda de más Estado en sociedades anómicas resulta en una trampa donde nadie quiere después pagar la cuenta. No debería importar el tamaño del Estado, sino sus capacidades. Un Estado eficaz, un mejor Estado. Este es un reclamo que no ha sido resuelto con las diversas fórmulas que se han intentado y que ha mostrado sus limitaciones a la hora de buscar resultados. La distancia ideológica que persiste en muchos países impide proyectos de largo plazo que involucren una institucionalidad estatal no sujeta a los cambios de partido de Gobierno. 

En todo caso, la pandemia facilitó la tendencia latinoamericana a la concentración del poder alrededor del poder ejecutivo y al excesivamente poco apego a la rendición de cuentas por parte de los gobernantes. Esta experiencia nos deja una pregunta latente: ¿necesita la democracia un conjunto de valores para funcionar? Si es así, ¿cuáles? ¿Qué valores son propios de la democracia y cómo fortalecerlos en nuestras aún muy débiles democracias? La democracia no es solo un ideal, sino que es el sistema de gobierno más adecuado para abordar una crisis de la magnitud y complejidad de la COVID-19. Como señala IDEA en su Llamado para defender la Democracia: en contraste con la propaganda autoritaria “los flujos de información libres y creíbles, el debate basado en hechos sobre las opciones políticas, la autoorganización voluntaria de la sociedad civil y el compromiso abierto entre el Gobierno y la sociedad son activos vitales para combatir la pandemia. Y todos son elementos claves de la democracia liberal. Solo a través de la democracia las sociedades pueden construir la confianza social que les permite perseverar en una crisis, mantener la resiliencia nacional frente a las dificultades, curar las profundas divisiones sociales mediante la participación y el diálogo inclusivos, y mantener la confianza en que el sacrificio será compartido y los  derechos de todos los ciudadanos serán respetados”. 

[1] https://nuso.org/articulo/se-esta-muriendo-la-democracia/

[2] Desde 1978, “para 2009, salvo Costa Rica, México, Panamá, República Dominicana y Uruguay, habían adoptado una nueva constitución, y algunos, como Ecuador, lo habían hecho en más de una ocasión.” (Negretto, G. 2015 La política de cambio constitucional en América Latina, p. 39)

[3] El texto completo puede consultarse en https://www.ancmyp.org.ar/user/files/13-Serrafero.pdf

[4] Según el último informe de Latinobarómetro: el promedio regional de satisfacción con la democracia es de 24%, el resultado más bajo para este indicador desde 1995, cuando comenzó a realizarse el estudio.

Constanza Mazzina es doctora en Ciencias Políticas (UCA), master en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE). Fue investigadora de ESEADE, Fundación F. A. von Hayek y UADE. Fue docente de la Universidad del Salvador en grado y postgrado y en el postgrado en desarme y no proliferación de NPSGlobal. Es profesora de ciencia política en la Fundación UADE. Síguela en @CMazzina

Huawei y los destrozos de Trump

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 23/5/19 en: https://www.ambito.com/huawei-y-los-destrozos-trump-n5033166?fbclid=IwAR2rsnlcwUZfVXxLORczS9mo6-RaMMt996eGttaEbisjE8441AHKGowxiR0

 

Huawei y los destrozos de Trump

Patético. Era la Grecia antigua y ya Aristóteles sabía que la violencia era, siempre y necesariamente, destructiva; de hecho, la definía como aquello que intenta -desviar- destruir el desarrollo del cosmos. Y así lo replicaron científicos de la talla de Tomás de Aquino, pero en pleno siglo XXI todavía hay quienes no pueden superar la primitiva idea de que la violencia puede ayudar en la defensa o, peor, en el establecimiento de un “orden social”.
Y así va el mundo. Trump me recuerda a la Segunda Guerra Mundial (SGM). Según los Aliados, se hacía para liberar al mundo de tiranías y guerras -ya lo habían dicho en la Primera- y por supuesto, semejante incongruencia -guerrear para evitar la guerra- produjo el resultado opuesto: cercenaron las libertades de sus ciudadanos, empezando por aumentarles los impuestos y hasta llevarlos a la guerra para morir.Charlton Heston recordaba amargamente su vuelta de la SGM: “Nos habían dicho que era para terminar con las tiranías y vimos crecer otra peor”. Después de 60 millones de muertos y la destrucción masiva de propiedad privada, se consolidó la peor tiranía de la historia, la URSS, que finalmente cayó -el Muro de Berlín- como era lógico: en paz.

No siendo protagonista de la SGM, Trump encara su propia “guerra” -bien idiota- contra China. Utilizando el monopolio estatal de la violencia, impone barreras a los productos chinos provocando una destrucción inútil que sufren sus propios ciudadanos, que ahora pagarán más caros sus insumos mientras la balanza comercial no mejora, empeora.

Por la tensión entre EE.UU. y China, escenificadas a través de Google y Huawei, si los peores presagios se cumplen, la electrónica se encarecerá entre un 10% y un 15% para todos los occidentales. Porque impactará en los costos de producción de todas las empresas: las tarjetas de sonido y gráficas, circuitos impresos, pantallas, baterías, antenas, módems y demás componentes están llamados a elevar sus facturas que llegan desde China.

Por otro lado, según JP Morgan, deslocalizar la producción de sus iPhones de las plantas de Foxconn en Shenzhen, para llevarlas a EE.UU. significaría que Apple debería incrementar un 14% sus precios dado el encarecimiento por la mano de obra estadounidense. De modo que “podría resultar más barato para Apple seguir construyéndolos en China y pagar las tarifas”, según Wire. Por cierto, las acciones de Apple cayeron al conocerse la noticia.

Por otro lado, Huawei trabaja en su propio sistema operativo alternativo al Android de Google y al de Apple. Los fabricantes chinos acaparan un 43% del mercado mundial de móviles -mil millones de usuarios- con lo que no es descabellado pensar que puedan consolidar un tercer sistema operativo común. Y, sin dudas, se dispararán acciones judiciales de todo tipo: los abogados de Huawei, la organización de consumidores Facua, y los asesores legales Legalitas ya han insinuado hacerlo.

Y todo porque Trump teme la tecnología 5G que desarrollan los chinos, que podría servir para “espiar”. Y le teme porque la información es, precisamente, como he dicho muchas veces, la mejor defensa contra la violencia: de qué sirve el mejor ejército del mundo contra un insecto que puede conocer y anticipar sus movimientos. Por eso Washington censura a Wikileaks, entre otros medios de prensa. En fin, como broche, lo que va a lograr Trump, además, es un retraso en el desarrollo de las redes -y tecnología- 5G.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE. Síguelo como @alextagliavini

“Ni dios, ni patrón, ni marido”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 3/4/19 en: https://www.actuall.com/criterio/democracia/ni-dios-ni-patron-ni-marido/

 

La escritora Claudia Piñeiro recordó en El País las consignas que habían sido coreadas en las manifestaciones del 8-M. Entre ellas, esta notable reivindicación triple: “Ni dios, ni patrón, ni marido”.

Tal era el lema del periódico anarquista argentino La Voz de la Mujer, que bajo la dirección de Virginia Bolten editó unos pocos números a finales del siglo XIX. Hace poco se estrenó una película sobre la vida de Bolten, cuyo título es la mencionada reivindicación. El film no cosechó buenas críticas, pero la recuperación del lema tiene interés. En efecto, al calor de la descarada usurpación del feminismo, perpetrada por una izquierda desnortada tras la caída del Muro de Berlín y la crisis del Estado de bienestar, el triple lema resume las amenazas que el socialismo de todos los partidos representa para una sociedad de mujeres y hombres libres.

La aversión a Dios y la religión, en la que confluyó buena parte de la Ilustración —incluidos numerosos liberales, para desgracia del liberalismo— brotó de la identificación entre religión y superstición. Se supuso que no había armonización posible entre fe y razón, y que todo lo que sonara a Iglesia equivalía a oscuridad y atraso.

Análogamente rechazable era el patrón, es decir, el capitalismo, considerado explotador y empobrecedor. La figura del empresario concentró no solamente males económicos sino también políticos, porque manipulaba al Estado, convertido según Marx en mero títere de la burguesía. Para colmo, el patrón era moralmente reprochable, al ser cruel, injusto, egoísta, codicioso y abusador.

Que la izquierda siga recelando de la Iglesia, el mercado y el matrimonio cristiano es, al revés de lo que parece, la prueba de su atraso avasallador y su odio a las mujeres y los hombres independientes

El trío siniestro se completaba con el marido, que reflejaba lo peor de la religión y del capitalismo. En efecto, sometía y degradaba a la mujer mediante el matrimonio, institución esclavizadora y opresora, y también la cercenaba económicamente, ahogándola y arrinconándola en un hogar familiar que se convirtió para los intelectuales y artistas en el paradigma del infierno contemporáneo.

Reveladoramente, la triple reivindicación progresista no solamente estaba equivocada, sino que se sigue manteniendo en nuestro tiempo, cuando no hay ninguna excusa solvente para no reconocer que efectivamente es un triple bulo, porque esos objetivos han sido alcanzados, y cuanto más firmemente lo fueron, más brutal fue el castigo para las mujeres y los hombres. Lo prueba la sangrienta historia del comunismo, que tuvo explícitamente las tres metas: acabar con la religión, con el capitalismo y con la familia. En efecto, que la izquierda siga recelando de la Iglesia, el mercado y el matrimonio cristiano es, al revés de lo que parece, la prueba de su atraso avasallador y su odio a las mujeres y los hombres independientes. Especialmente a las mujeres, que no fueron sometidas y maltratadas por la religión, el capitalismo y el matrimonio, sino al revés: dichas instituciones protegieron a las mujeres, como se observó claramente cuando esos tres supuestos males fueron extirpados por el pretendido progreso antiliberal.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

 

Las inviables propuestas de la Izquierda Radical

Por Iván Carrino. Publicado el 17/1/18 en: https://www.ivancarrino.com/las-inviables-propuestas-de-la-izquierda-radical/

 

Si bien copan los programas de televisión, los dirigentes de izquierda no tienen una sola idea que se acerque a la sensatez.

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores es una coalición de partidos políticos argentinos que se unió para dar la batalla electoral en el año 2011.

Dicha alianza está conformada por el Partido Obrero (PO), el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), e Izquierda Socialista.

En las últimas elecciones presidenciales, celebradas en 2015, el FIT obtuvo 3,2% de los votos. En 2011, la elección previa, había obtenido 2,3% y si sumamos las representaciones de izquierda que en 2007 fueron por separado (Fernando Solanas, Vilma Ripoll y Néstor Pitrola), vemos que obtuvieron un 2,9%.

O sea, incluso con un importante crecimiento de 0,9 puntos porcentuales en 2015 respecto de 2011, podemos notar que el Frente de Izquierda sin dudas no es una opción que conmueva al electorado nacional.

No obstante, son permanentemente invitados a programas de televisión a analizar la economía y la “realidad social”. Parecería que, si bien al público consumidor le interesa lo que dicen, de ninguna manera estarían dispuestos a votarlos.

O, para arrojar una segunda hipótesis, parece que a los productores de TV les interesa que vaya gente crítica del gobierno, más allá si las propuestas propias son buenas, regulares, o malas.

Ideas descabelladas

Recientemente fui invitado a Crónica TV, donde además de una economista del CEPA (Centro de Economía Política Argentina), estaba también invitado un economista miembro del FIT.

En el debate (que puede verse editado aquí), el representante del FIT delineó algunas de las propuestas que su partido tiene para resolver los problemas más acuciantes de la economía nacional.

Los enumero abajo:

—> Para resolver el tema de la deuda, se propone romper con el FMI. Es decir, no se paga más la deuda por ser ilegítima. En concreto, Argentina entra nuevamente en default.

—> Para resolver la falta de crédito para las empresas (alta tasa de interés), se propone nacionalizar la banca.Es decir, expropiar todo el sistema bancario y terminar con la independencia del Banco Central.

—> Para frenar los tarifazos, se propone también nacionalizar los servicios públicos. O sea, expropiar todo el sistema energético y de transporte del país.

—> Por último, respecto de las jubilaciones, se propone mejorarlas aumentando los aportes patronales. Es decir, exigir a los empleadores un mayor pago coactivo para financiar el gasto previsional.

Como se observa a primera vista, las propuestas son radicales pero a la vez tienen un tinte mágico. Como si dando una fuerte sacudida a las cosas, éstas finalmente terminaran enderezándose.

Lo cierto, sin embargo, es que esto no es así. La implementación concreta de este programa llevaría a la economía argentina a un espiral de desastre, donde ninguno de los objetivos planteados se cumpliría.

Inviable

Analicemos cada una de las medidas a tomar.

Argentina hoy tiene un Riesgo País de cerca de 700 puntos básicos, casi 500 más que Chile y más de 300 más que Brasil. Este nivel se explica, principalmente, por la abultada deuda y las posibilidades de que se complique el pago a futuro de esa deuda.

Si el gobierno decidiera romper con el FMI, entonces materializaría todos esos riesgos. Lo que hoy se percibe como una remota posibilidad de complicaciones en el pago de la deuda, se transformaría en la realidad de que Argentina deliberadamente opta por no pagar.

Es decir que el Riesgo País duplicaría o triplicaría su valor. Es más, podríamos remontarnos al 22 de diciembre del año 2002, cuando Adolfo Rodríguez Saá declaró la suspensión de pagos de la deuda. En su momento, el Riesgo País superaba los 4.000 puntos. Seis meses después superó los 6.000.

Esta medida fue funesta para la economía. Es que implicaba que si todavía había alguien que estuviera dispuesto a prestar dinero, automáticamente replanteaba su faena. Y sin crédito para refinanciar sus deudas, las empresas van a la quiebra. Efectivamente, entre 2001 y 2002 el país atravesó la peor crisis económica de su historia.

Ahora la falta de crédito el FIT la podría resolver estatizando la banca e inundando de préstamos la economía. Pero si no hay ahorro que lo respalde, eso solo puede realizarse mediante la emisión monetaria. O sea que nacionalizar la banca para dar préstamos baratos llevaría tarde o temprano a una hiperinflación.

Por último, los jubilados, a quienes más dicen querer ayudar, son quienes peor la pasarían.

Esto es así porque recibirían un triple golpe. El primero, que el default y el consecuente estrangulamiento crediticio llevaría a la quiebra a las empresas. A eso habría que sumarle los mayores impuestos (Aportes Patronales) que el FIT les cobrará a los empresarios sobrevivientes. En tercer lugar, los salarios reales se desplomarían tanto producto de la crisis económica como de la inflación posterior.

Así, no solo no habría aportes patronales que cobrar para financiar mejores jubilaciones, sino que los salarios presentes (con los que se pagan las jubilaciones presentes en un sistema de reparto) se verían reducidos de manera violenta.

O sea, sin lugar para recaudar y con salarios reales a la baja, las jubilaciones solo podrán caer.

Influencia dañina

Uno podría pensar que tras estos efectos de corto plazo sobre la economía del país, las cosas comenzarían a funcionar mejor… Pero eso también es falso. Allí donde el comunismo planteado por el FIT se implementó 100%, como en la Unión Soviética, el sistema duró varios años, pero a costa de la pobreza y servidumbre de su población.

Fue tan nefasto el sistema que los propios ciudadanos de los países gobernados por la izquierda decidieron tirar abajo el Muro de Berlín en 1989.

A la luz de los hechos, uno podría preguntarse si todavía es necesario discutir ideas tan inviables y refutadas teórica y empíricamente.

La respuesta es afirmativa, no solo por la elevada presencia mediática de quienes las defienden, sino por la influencia que tienen sobre partidos que parecen más “de centro”, pero que comparten ciertos principios básicos con la izquierda más radical.

Antes de cerrar, te invito a ver en este link, este Webinar sobre los impedimentos teóricos y prácticos de la teoría socialista, que culminaron en la inevitable caída del Muro hace ya 29 años.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Trump y el gasto social

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 8/9/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/trump-y-el-gasto-social-2/

 

Leí hace un tiempo en El País este titular: “Trump dispara el gasto militar y apuesta por el muro a costa de los programas sociales”. La propaganda y los prejuicios contra Trump son mayores que bajo ningún otro presidente americano, salvo Reagan, también caracterizado en su día como el gran enemigo de la paz mundial, cuando resultó que fue el gran enemigo del mayor enemigo de la paz y la libertad en el mundo: el comunismo.

Un prejuicio notable, que recoge El País, es el de considerarlo un desalmado hostil a los inmigrantes. Estuve recientemente en Melilla, y tuve la oportunidad de recorrer su valla. Pensé entonces que los que se ponen estupendos contra Trump y su muro podrían darse una vuelta por Melilla, y repetir desde la valla sus discursos tan progresistas. Resulta, en efecto, hipócrita despellejar a Trump y acto seguido asegurar que España es diferente, y que aquí sí debemos regular la inmigración. En fin.

En 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, el gasto militar representaba el 26,5 % del gasto total. Después bajó considerablemente. Y Trump propone subirlo un poco, pero incluso con esa subida alcanzará el 15,6 % el año próximo, es decir, habrá caído prácticamente once puntos porcentuales en tres décadas.

Y, ¿qué decir del gasto social, supuestamente escuálido, y que el pérfido Trump quiere desmantelar? Pues que dos de cada tres dólares del gasto federal son gasto social. Lo que el presidente americano quiere hacer, como subrayó el Wall Street Journal, no es reducir el gasto social sino bajar impuestos y eliminar parte de las trabas burocráticas que padecen los empresarios y los trabajadores norteamericanos —no son tantas como aquí, pero son muchas y contrastan con la imagen de país liberal que habitualmente se propaga.

El gasto social en Estados Unidos —Medicare, Medicaid y la Seguridad Social— representaba en 1989 el 47,7 % del gasto total, y el año próximo, con los supuestos recortes salvaje de Donald Trump, llegará al…69,2 %.

En otras palabras, es todo un camelo: Trump subirá el déficit, con lo que planteará una vez más, igual que Reagan y otros, un problema si la economía no crece lo suficiente. Pero ese déficit, y el gasto público, no se explican por la defensa, ni por el muro, sino por el gasto social.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

La mentalidad capitalista

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 26/3/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/la-mentalidad-capitalista/

 

Parafraseo el título de Ludwig von Mises para subrayar que, al revés de lo que nos cuentan, el liberalismo no solo no venció en el campo de los hechos, sino que tampoco convenció en el campo de las ideas. Las alegrías liberales asociadas con la caída del Muro de Berlín han resultado efímeras.

Sobre la base de la Encuesta Mundial de Valores, el economista e historiador argentino Carlos Newland ha construido un Índice de la Mentalidad Pro Libre Mercado para un grupo de países, y lo ha calculado para un periodo de más de dos décadas —“Is Support for Capitalism Declining around the World? A Free-Market Mentality Index, 1990-2012”, The Independent Review, primavera 2018.

Se observa que, efectivamente, las simpatías por el capitalismo crecieron en el mundo en los años ochenta y noventa, pero perdieron fuerza a partir del año 2000. En el 2012, el último de la serie, la mentalidad capitalista era más fuerte en Taiwán, Estados Unidos, Japón, Nueva Zelanda y Australia. No parece, por tanto, que el capitalismo deba arraigar en una determinada cultura, porque los procapitalistas corresponden a una anglo-esfera pero también a una sino-esfera, que también incluye a la propia China, aunque con cifras menores.

En los países ex comunistas no hay mucho aprecio por el mercado libre, seguramente por la mala transición que se llevó a cabo en muchos de ellos. En América Latina el aprecio es bajo en Chile, Argentina y Uruguay, y curiosamente obtiene el mayor aprecio en Brasil: el populismo no ha prevalecido allí en el ámbito de los valores.

Europa tiene los mayores registros pro-mercado en Alemania, Suecia, Suiza, Noruega y Finlandia. España está a medio camino, pero estable, sin caídas. El más bajo es Turquía. En África secundan el mercado más en Ruanda y Zimbabue, pero mucho menos en Sudáfrica. Los países musulmanes son en general contrarios al capitalismo, en especial Argelia, Qatar, Libia, Irak, Egipto, Palestina y Jordania. Una excepción procapitalista es Yemen. En Asia están Singapur, India y Malasia en puestos intermedios.

El apoyo al capitalismo claramente baja entre 1990 y 2012, en una tendencia “gradual y continua, con lo que no puede ser atribuida la Gran Recesión de 2007-9”.

Los países con ideología más procapitalista suelen ser aquellos con economías más libres y competitivas, y habitualmente ricos, pero no necesariamente: Georgia y Ruanda, por ejemplo.  Hay países poco capitalistas y con poca libertad de mercado, como Argentina, y países anticapitalistas con bastante libertad económica, como Chile.

Aunque el panorama no es homogéneo, el profesor Newland observa que “en general una fuerte mentalidad capitalista coexiste con (y probablemente genera) un marco institucional favorable, como ilustran los países más ricos del mundo: EE. UU., Alemania y Japón”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Trump y el gasto social

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 14/5/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/trump-y-el-gasto-social/

 

Leí hace un tiempo en El País este titular: “Trump dispara el gasto militar y apuesta por el muro a costa de los programas sociales”. Convengamos que aquí hay destreza retórica para subrayar la perversión del personaje. Es evidentemente un matón, un hombre agresivo y belicista; además, es un xenófobo, porque pretende construir un muro, nada menos, con objeto de impedir la inmigración ilegal; y, por fin, quiere reducir el gasto “social”, es decir, el gasto que el Estado realiza con dinero que extrae a la fuerza de la sociedad. Vamos, que es lo peor de lo peor.

La propaganda y los prejuicios contra Trump son mayores que bajo ningún otro presidente americano de los últimos tiempos, salvo Reagan, también caracterizado en su día como el gran enemigo de la paz mundial, cuando resultó que fue el gran enemigo del mayor enemigo de la paz y la libertad en el mundo: el comunismo.

Un prejuicio notable, que recoge El País, es el de considerarlo un desalmado enemigo de los inmigrantes. Estuve recientemente en Melilla, y tuve la oportunidad de recorrer su conocida valla. Pensé entonces que todos los que en España se ponen estupendos contra Trump y su muro podrían darse una vuelta por Melilla, y repetir desde la valla sus discursos tan progresistas. Resulta, en efecto, sumamente hipócrita despellejar a Trump y acto seguido asegurar que España es diferente, y que aquí sí debemos regular la inmigración. En fin.

En cuanto al gasto, la manipulación también es destacable. Empecemos por el gasto militar. En 1989, cuando cayó el Muro de Berlín —no es casual la hostilidad de la izquierda hacia Thatcher, Reagan y Juan Pablo II—, ese capítulo representaba el 26,5 % del gasto total. Después bajó considerablemente. Es cierto que Trump propone subirlo, pero incluso con esa subida alcanzará el 15,6 % el año próximo, es decir, habrá caído prácticamente once puntos porcentuales en tres décadas.

Y ¿qué decir del famoso y benévolo gasto social, tan escuálido en Estados Unidos, y que el pérfido Trump quiere desmantelar? Pues que dos de cada tres dólares del gasto federal son gasto social. Lo que el presidente americano quiere hacer, como subrayó el Wall Street Journal, no es reducir el gasto social sino bajar impuestos y eliminar parte de las trabas burocráticas que padecen los empresarios y los trabajadores norteamericanos —no son tantas como aquí, pero desde luego son muchas y contrastan con la imagen de país liberal que habitualmente se propaga.

El gasto social en Estados Unidos —Medicare, Medicaid y la Seguridad Social— representaba en 1989 el 47,7 % del gasto total, y el año próximo, con los supuestos recortes salvaje de Donald Trump, llegará al…69,2 %.

En otras palabras, es todo un camelo: Trump subirá el déficit, con lo que planteará una vez más, igual que Reagan y otros, un problema si la economía no crece lo suficiente. Pero ese déficit, y el gasto público, no se explican por la defensa, ni por el muro, sino por el gasto social.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

EL ABORTO Y LA LIBERTAD RELIGIOSA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 29/4/18 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2018/04/el-aborto-y-la-libertad-religiosa.html

 

Una cosa es debatir el tema del aborto con un libertario que sostenga que la madre tiene la libertad de abortar conforme al art. 19, esto es, como una acción privada que no violaría derechos de terceros, y allí el debate es entonces si el embrión es persona o no.

Pero otra cosa es debatir sobre una ley de derecho al aborto como servicio gratuito y obligatorio que todas las instituciones de salud, públicas o privadas, estarían obligadas a proveer, sin aceptar siquiera la objeción de conciencia de un profesional que se negara a practicarlo.

Esto último es claramente totalitario y arrastra una mentalidad estatista que se ha extendido en todo el mundo, a saber, que el estado tiene el derecho de imponer sus planes en materia de educación y salud, sin tener en cuenta la libertad de asociación, la libertad de pensamiento y la libertad religiosa que todos los seres humanos tienen por ser tales.

Esto implica también el olvido sistemático de la noción de derechos individuales, y especialmente el derecho a la libertad religiosa.

Traemos este tema a colación NO porque la oposición al aborto sea una cuestión exclusivamente religiosa, sino porque las comunidades religiosas tienen el derecho a tener instituciones propias según sus propia visión del mundo, y ese es un límite básico a la omnipotencia gubernamental, so pena de convertirse, el gobierno que viole ese derecho, en violatorio ipso facto de derechos humanos tan proclamados como violados.

Se ha olvidado en todo el mundo, incluso en los creyentes, qué significa el derecho a la libertad religiosa. Casi todos lo aceptan bajo el supuesto de que las religiones son creencias irrelevantes desde el punto de vista racional y social. Por ende, haz lo que quieras, total no importa nada de eso.

Wrong.

La libertad religiosa no se basa en que el contenido de las religiones sea irrelevante, irracional o arbitrario, sino en el derecho a la libertad de conciencia, esto es, a seguir las propias convicciones sean acertadas o erradas, en tanto no violen otros derechos de terceros.

Por ende los que así sostenemos la libertad religiosa lo hacemos con la convicción de que alguien, sobre la base de su religión o su agnosticismo, puede hacer algo malo o erróneo, o bueno y verdadero, siempre que ello entre en el artículo 19 de la Constitución.

Por ende todos los que tratan de imponer obligatoriamente su propia visión del mundo desde el gobierno, no tienen idea de lo que la libertad religiosa significa. Ellos piensan: en lo importante, gobierno; en lo irrelevante, libertad.

Los liberales clásicos pensamos, en cambio: en todo, importante o irrelevante, libertad, excepto que se viole el derecho a la vida, propiedad o demás derechos individuales. Y si hay un gobierno, no es para imponer por la fuerza lo que debería ser propuesto libremente a través de la libertad de expresión, religión, asociación, etc.

Por supuesto que si hay un gobierno, tiene que hacer opciones morales en su organización constitucional, y sus legislaciones pueden estar basadas en un ethos cultural no estatal, pero no por ello sus funcionarios tendrán el derecho de violar directamente las concepciones del mundo derivadas de la libertad religiosa.

Por ende los proyectos de aborto que lo sostienen como un servicio obligatorio para instituciones incluso privadas, son intrínsecamente totalitarios y signos lamentables de un autoritarismo cultural que se ha extendido en todo el mundo, bajo el totalitarismo cultural de lo políticamente correcto, y un pensamiento único que, como vemos, NO se ha superado aunque Hitler haya sido vencido o el Muro de Berlín haya caído. No, Occidente ya no es el mundo libre que alguna vez fue. Como dijimos el Domingo pasado, se ha convertido en el dominio totalitario de un pensamiento único frente al cual toda disidencia, como por ejemplo esta, queda sospechosa de nuevos delitos tales como discriminación, ofensa, discurso de odio, etc., nuevos delitos inventados para acabar lentamente –sin la ingenua crueldad de totalitarismos anteriores- con las verdaderas libertades individuales que fueron fruto del ethos judeocristiano.

 

La libertad ya no existe. Ahora, sólo resiste…

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Revolución Bolchevique, 100 años de horror

Por Iván Carrino. Publicado el 21/10/17 en:  http://www.ivancarrino.com/revolucion-bolchevique-100-anos-de-horror/

 

“En el insomnio, la conciencia no se consuela por no haber participado directamente en los asesinatos y las traiciones.

Porque no sólo mata el que asesta el golpe, sino los que han avivado su odio”.

Esto fue lo que confesó Eugenia Guinzburg en sus memorias, publicadas por primera vez en 1967 en Italia, pero escritas entre 1949 y mediados de los años ’50.

Guinzburg era una joven profesora de historia y periodista orgullosa de la revolución bolchevique. Había nacido en 1904 en Moscú pero se trasladó junto a su familia a Kazán, donde estudió Ciencias Sociales.

A mediados de la década del ’30, a sus 31 años, se la acusó de actividades “contrarrevolucionarias” y se la sentenció – en un juicio de siete minutos- a 10 años de prisión. La separaron de sus dos hijos, uno de los cuales tenía tres años, y del resto de su familia, de un día para el otro. Al primero de ellos no lo volvió a ver jamás, puesto que murió durante la Segunda Guerra Mundial.

Su condena inicial de 10 años se estiró a 18. Fueron largos períodos en los cuales conoció la crueldad y la miseria de los Gulag. En su libro “El Vértigo” relata con detalles las condiciones extremas de frío, hambre, humillaciones, torturas y enfermedades que los reclusos debían enfrentar. Ella, de hecho, casi pierde la vida a causa de una avitaminosis.

Un régimen de odio y terror

El caso de Guinzburg es solo uno de los millones que ocurrieron. Se estima que entre 10 y 20 millones de personas perdieron su vida en los campos de trabajo del régimen comunista soviético.

Si bien algo similar a dichos campos existía antes de la revolución de octubre de 1917, lo cierto es que a partir de la llegada de Stalin al poder, los Gulag se convirtieron en los lugares de reclusión y castigo de todo aquel que pudiera considerarse un enemigo político de la revolución.

El sistema comunista, supuestamente instaurado para abolir las clases sociales y redimir a los trabajadores oprimidos, terminó siendo una maquinaria de opresión y terror, donde casi estaba prohibido pensar de manera crítica.

Este devenir trágico y repudiable no resulta sorprendente para los estudiosos de las bases filosóficas del comunismo. La ideología marxista sobre la cual se erigió el sistema mostraba un irreconciliable conflicto entre clases explotadoras y explotadas. La única salida a este conflicto era la dictadura del proletariado y el “gobierno del pueblo”.

Sin  embargo, una vez que se le da a un  grupo de personas el poder absoluto y se concede que son ellos quienes representan “al pueblo”, todos los que cuestionen al poder estarán cuestionando a esa entidad idealizada. De ahí a ser considerados enemigos de la revolución hay un solo paso. Y de ser enemigo de la revolución a dejar de ser considerado persona y confinado a la miseria del Gulag, otro.

La filósofa y novelista rusa Ayn Rand lo explicaba claro:

Dado que no existe una entidad tal como “el público”, dado que éste no es sino una cantidad de individuos, todo conflicto presunto o implícito entre el “interés público” y los intereses privados significa que deberán sacrificarse los intereses de ciertos hombres en favor de los intereses y los deseos de otros.

Puesto que el concepto es tan convenientemente indefinible, su uso depende sólo de la habilidad de una pandilla que proclama: “El público soy yo” y sostener esa aseveración con el uso de la fuerza.

No solo Stalin, sino todos los líderes comunistas sostuvieron que “el público eran ellos” y que todo elemento contrario a sus decisiones era pasible de ser acomodado con la fuerza del estado.

Un desastre económico

La revolución bolchevique no solo se puso como objetivo “expropiar a los expropiadores”, sino que planteaba que su sistema económico sería increíblemente superior al del anárquico capitalismo occidental.

El comunismo, al centralizar las decisiones de producción en el órgano de representación de los trabajadores, llevaría a la sociedad desde el “reino de la necesidad” al “reino de la libertad”.

Lo segundo, a la luz de lo que recientemente vimos con la carnicería de los Gulag, es claro que no sucedió. Los bolcheviques se cargaron la libertad antes que cualquier otra cosa.

Ahora en términos de la economía, el reino de la necesidad recrudeció. Es que al mismo tiempo que la Unión Soviética enviaba cohetes al espacio, su sistema productivo no era suficientemente efectivo para alimentar a su población.

Las hambrunas de 1921 y de 1932-33 son un ejemplo cabal y dramático de lo mal que funcionó la economía soviética.

Esto tampoco fue sorprendente para los economistas.

Una economía sin propiedad privada ni precios no puede dar lugar a la producción eficiente.

Además, la propiedad estatal hace desaparecer los incentivos a producir mayores bienes y servicios y de mayor calidad. Una vez derribado el Muro de Berlín, los productos soviéticos desaparecieron del mercado, prueba contundente de que detrás de la Cortina de Hierro nada servía realmente a los consumidores.

Centenario y símbolos del horror

El 25 de octubre de este año se cumple el primer centenario del día en que el Partido Bolchevique tomó el poder en Rusia.

El sistema político que se impuso de allí en adelante, y que perduró por siete décadas, fue una dictadura que persiguió, encarceló y condenó a muerte a millones de ciudadanos.

El sistema económico fue igualmente cruel, privilegiando las decisiones de la burocracia por encima de las de la gente operando en libertad.

A 100 años del comienzo del horror, es llamativo que siga habiendo partidos políticos y jóvenes desinformados que exhiban banderas y remeras con el símbolo de la hoz y el martillo.

A la luz de los datos, parece buen momento para reconsiderar dicha actitud.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Neoliberalismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 30/10/16 en: http://www.libremercado.com/2016-10-30/carlos-rodriguez-braun-neoliberalismo-80447/

 

La historia de las ideas prueba que los mayores desatinos pueden ser perdurables. Por ejemplo, la caída del Muro de Berlín no acabó con el entusiasmo que suscitan las ideas comunistas, como la fantasía marxista de que la sociedad está de hecho dividida en clases, y que además luchan entre sí.

Si uno es capaz de creer eso, entonces ya es capaz de creer cualquier cosa, sobre todo si la ve repetida una y otra vez entre la secta que uno ha predefinido como la buena. Escribió el profesor Vicenç Navarro en Público que en las tres décadas posteriores a 1945 se frenó la malvada explotación capitalista por presiones políticas, especialmente por el

poder de la clase trabajadora, que presionó para que hubiera una redistribución de la riqueza (…) Fue precisamente esta presión la que creó un gran aumento del nivel adquisitivo y del bienestar de la clase trabajadora.

Esto no tiene mucho sentido, porque todos los Estados del mundo emprendieron políticas redistributivas, y no sugerirá el profesor Navarro que fue la presión proletaria la que elevó el intervencionismo social en la dictadura franquista. Está claro que le falta una teoría solvente que pueda explicar la dinámica política más allá de esos clichés marxistas, como esa idea de que el bienestar de los trabajadores depende de la “presión”, y no de la productividad, el mercado y el capitalismo. También podría prestar algo de atención a lo que sucedió allí donde no existía la perversa explotación capitalista.

Pero el cuento del profesor Navarro continúa, y resulta que en las décadas subsiguientes se impuso el cruel neoliberalismo, por parte de (¿no lo adivina usted?) “la clase capitalista”. Agárrese:

El neoliberalismo fue, y es, la doctrina e ideología que tenía como objetivo derrotar a la clase trabajadora, mediante bajadas salariales, el desmantelamiento de la protección social y la privatización de los servicios públicos del Estado del Bienestar.

Debe de estar el profesor Navarro de enhorabuena, porque si esos eran los siniestros designios neoliberales, su fracaso no ha podido ser más catastrófico. En efecto, la renta per cápita ha aumentado en las últimas décadas, en ninguna parte se ha desmantelado la protección social y los servicios públicos del Estado del Bienestar no han sido privatizados, como puede fácilmente comprobar cualquiera que se moleste en ver las estadísticas del gasto público, y en comprobar cómo los trabajadores pagan cada vez más impuestos a ese Estado que según tantos izquierdistas prácticamente ha desaparecido.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.