AIKIDO: FILOSOFÍA Y RELIGIÓN.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 21/4/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/04/aikido-filosofia-y-religion.html

 

  1. Allá por 1850…..

…el Comodoro Perry,  un tanto impaciente, lanzó unos cuantos bombazos a las costas de Japón, esas que no habían podido ser invadidas por nadie, y despertó a la Dinastía Tokugawa de un sueño profundo de dos siglos de aislamiento en una rica e impresionante matriz cultural.

Los japoneses, que se mantenían al tanto del mundo exterior por los holandeses, estaban al tanto del progreso técnico de los occidentales y sabían que para frenarlos no bastaría la intervención de los dioses como con los Mongoles, donde los vientos “kamikaze” destruyeron su flota dos veces. Comenzó entonces la modernización de Japón con el período Meiji en 1868. Pero los japoneses nunca dejaron de ser japoneses. Ese período Meiji fue una extraordinaria táctica de mimetización: copiamos las instituciones y la técnica occidental (en realidad copiaron más bien el constructivismo francés que el liberalismo anglosajón) para que los occidentales crean que se hacían occidentales y se lo creyeran. Y se lo creyeron. Así los japoneses terminaron sentándose junto a los vencedores de la Primera Guerra, copiando también el colonialismo occidental. Invadieron China y Corea, y los Occidentales, entre tanto, tranquilos.

La inteligencia de los intelectuales del período Meiji llegó más allá: tenían que legitimarse en el Shinto. Eso era natural porque el Shinto, más allá de su deificación de la naturaleza, afirmaba en su mitología que las islas del Japón descendían de sus dioses originarios. Japón era así el centro del mundo, y todo lo demás, la barbarie. El emperador siempre jugó un papel de unificación nacional más que de poder político, y por eso el período Meiji adoptó al Shintoísmo como religión de estado. Fue entonces un sintoísmo “imperial”. Había libertad de practicar otras religiones siempre que se practicara el culto oficial.

¿Qué tiene que ver esto con el Aikido? Que Morihei Ueshiba, su fundador, recibió una decisiva influencia de una secta del shinto NO imperial, no nacionalista, la Omoto-Kio.

  1. Las tres influencias de Morihei Ueshiba.

La primera y más desconocida, en 1909, fue la de Kamukasa Minata, un erudito, angloparlante y cosmopolita, que estaba en contacto con el gran intelectual del budismo zen, puente entre Oriente y Occidente, que fue T. Suzuki. ¿Por qué es esto importante? Porque más allá del Shintoísmo que Ueshiba practicaba, este es su primer contacto con el budismo, lo cual es clave para el desarrollo de su cosmovisión.

La segunda y la más conocida, en cuanto a artes marciales, fue, en 1912,  la de Sokaku Takeda, verdaderamente “el último samurai”.  Takeda aún vivía, en su mente, en el Japón medieval, y practicaba una forma muy especial de ju-jitsu llamado dayto-riu, una arte marcial casi milenaria originada en las técnicas que el samurai realizaba cuando se quedaba sin katana y sin caballo. (Entre paréntesis, el Aikido que algunos practicamos hoy podrá ser inefectivo, pero yo no querría encontrarme con uno de esos samuráis…).

Y la tercera, un poco menos conocida pero totalmente decisiva, fue la de Onisaburo Degushi, el fundador de una especie de Shinto NO imperial, con fueres influencias del Budismo hinayana. Degushi rechazaba la unión con la Dinastía Meiji, el Shinto imperial, y era universalista, pacifista y proclamaba como el budismo el amor a todos los seres vivientes. La relación de Degushi con Ueshiba fue muy intensa. De hecho el primer aiki-jujitsu practicado por Ueshiba era considerado por él como la expresión cuerpo-mente de la religión Omoto. Ambos participaron en el intento utópico de fundar una sociedad ideal en Manchuria, en 1925, que fracasó totalmente, por supuesto (donde ambos salvaron su vida por milagro). Pero en ese momento Ueshiba, que no había tenido problemas en usar su “Takeda-ju-jitsu” para la guerra, tiene una definitiva visión de que las artes marciales deben usarse para la paz.

  1. La analogía entre Cristianismo, Budismo y Omoto-kió.

Si ensayamos una sencilla sociología de la religión, el Omoto-kiu comparte con el Cristianismo y el Budismo una característica común: ser la universalización exotérica y pacifista de tres religiones más esotéricas y políticas.

¿Qué quiero decir con esto?

  1. a)Esotérico y exotérico se refiere respectivamamente a “encerrado” y “hacia afuera”. Una religión esotérica es la que se considera “para sí” y que no debe predicar a los demás. Una religión “exotérica”, al contrario, cree que su mensaje es para todos los seres humanos. Sale a “predicar para todos” la verdad de su mensaje. Puede degenerar en el proselitismo y la propaganda.
  2. b)“Política” quiere decir que una religión funciona como criterio de legitimidad de un gobernante terrenal, ya sea que lo considere Dios o no.
  3. c)“Pacifista” es que renuncia a la guerra como modo de defensa o expansión. Es una religión que “guarda la espada”.

En ese sentido, el Judaísmo pre-cristiano, el Brahamanismo y el Shintoísmo imperial fueron, históricamente, esotéricas, políticas y guerreras.

Contrariamente, el Cristianismo, el budismo (especialmente el de Buda, el hinayana) y el Shintoísmo de la Omoto-kio son, respectivamente, su “izquierda”. Cristo es exotérico:  id y bautizad a todos los pueblos… Corta con el poder político del Sanedrín (de hecho, lo mandan matar) y es pacifista (“guarda la espada, mi reino no es de este mundo”). Buda, ídem: corta con la jerarquía brahamánica y expande su camino de iluminación a todos los seres humanos, de modo  pacifista. El Omoto kio corta con el Shinto imperial y quiere expandir pacíficamente el amor y la armonía a todos los pueblos. Su fundador es perseguido dos veces por el poder Meiji y termina encarcelado y liberado recién luego de la Segunda Guerra.

Las tres “izquierdas” comparten además el amor universal a todos los seres vivientes, ya sea como hermanos en creación, ya sea como partes de lo divino.

Yo como cristiano, puedo afirmar que el Cristianismo es la conclusión coherente del Judaísmo, pero obviamente no puedo afirmarlo de las otras dos. Lo que sí puedo mostrar es, sociológicamente, la coincidencia en las conclusiones.

  1. La filosofía del Aikido.

Se podría decir, por ende, que Ueshiba absorbe, sin darse cuente, lo mejor del budismo pacifista, vía Minata y Degushi, y lo sintetiza con las tradiciones del Shintoísmo, quitándole a este último el carácter imperial y esotérico.

Por eso el Aikido –que se llama así recién desde 1942- no tiene torneos y siempre trata de conducir el ataque a una resolución pacífica. Y por eso Ueshiba “mandó a sus discípulos” expandirse por todo el mundo. El Aikido actual se lo debemos a su hijo, Kisshomaru Ueshiba, quien organizó a la sede central del Aikido según las normas comerciales y civiles del Japón de la post-guerra, sistematizó las técnicas y creó los colores y las graduaciones.

Se podría decir en este sentido que el Aikido es la larga sublimación del Rayto-riú. Sublimación en sentido freudiano, esto es, un re-direccionamiento “civilizado” de la pulsión de agresión. El Aikido es en ese sentido el super-yo de lo marcial.

Obviamente es totalmente compatible con el Budismo, pero también con el Cristianismo. Porque lo esencial del Aikido no está en la ontología del Shintoísmo, sino en esa paz universal, en esa des-politización, en la armonía mente-cuerpo y en el amor a todos los seres vivientes. Y ello está totalmente en las conclusiones del Judeo-cristianismo donde todos los seres humanos y todos los seres son creación de Dios y están llamados a vivir nuevamente en paz mediante la redención realizada por Cristo.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

JAPÓN: LA RESTAURACIÓN MEIJI, EL CONSTRUCTIVISMO OCCIDENTAL, EL SHINTOÍSMO NO NACIONALISTA Y EL CRISTIANISMO.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 11/6/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/06/japon-la-restauracion-meiji-el.html

 

La historia de Japón es muy poco conocida excepto para sus estudiosos, pero el cine se ha encargado de mostrarnos un momento crucial, difícil de interpretar, a través del film El último Samurai –que repite fielmente el mismo esquema de Danza con Lobos; Avatar sigue el mismo argumento-. Todos seguramente se han conmovido cuando las ametralladoras occidentales arrasan con “los últimos samurai” que con honor y valentía atacan con su destreza, sus espadas y sus caballos a un ejército menos honorable pero, como siempre sucede en la historia humana, dotado con una capacidad técnica imposible de superar.

¿Pero qué había detrás de ello, más allá del soldado occidental que se convierte en samurai? Lo que vemos, lejanamente y entre sombras, es lo que fue la Restauración Meiji, un decidido empeño por parte de cierta aristocracia japonesa para sacar a su nación del auto-encerramiento cultural que duró de 1603 a 1868. O sea, un intento de hacer un Japón “moderno”, con instituciones occidentales, y que aparentemente tuvo éxito: Japón se convirtió en la potencia industrial, técnica y política más poderosa de Oriente desde fines del s. XIX hasta fines de la Primera Guerra, en la cual se sentó, en Versalles, como cuarta potencia después de los delegados de Francia, Inglaterra y EEUU.

Por ende los supuestos malos de la peli eran en realidad los buenos. Si, tal vez el imaginario Omura era un corrupto malo malo malo pero en realidad formaba parte de un gobierno que quería sacar a Japón de su feudalismo y llevarlo hacia una modernización occidental donde los samurai ya no tendrían cabida como servidores de los señores feudales del Japón.

¿Pero qué intenta copiar, de Occidente, la Restauración Meiji?

Aquí entra la clave de la cuestión: no el liberalismo clásico, sino el racionalismo constructivista explicado una y otra vez por F. Hayek.

Esto es, no las libertades individuales con un gobierno limitado a custodiarlas, sino la construcción de un estado centralizado e imperial, dispuesto a barrer con el Antiguo Régimen anterior. O sea, los estados napoleónicos posteriores a la Revolución Francesa.

Por lo tanto, bajo aparentes instituciones liberales tales como las cámaras de representantes, las supuestas divisiones de poderes, las vestimentas occidentales y, por supuesto, la ciencia occidental, estaba la visión constructivista, bajo la cual el imperialismo y el dominio de otras naciones era también su directiva. Pero eso, vuelvo a decir, directamente importado de esa visión occidental de planificación central que quebró la evolución del liberalismo clásico y llevó a Occidente a los nacionalismos e imperialismos europeos que terminaron en la Primera Guerra. La dinastía Meiji no hizo nada más ni nada menos que llevar eso a Japón.

El Japón feudal tenía por supuesto sus bellezas culturales. Entre ellas el Bushido, relativamente similar[1] (pero creo que superior) a la tradición caballeresca medieval occidental. Algunos de sus valores eran muy similares al Cristianismo, pero esa unión no se pudo concretar no sólo porque la Dinastía Edo vio en el cristianismo una pérdida de la identidad nacional japonesa, sino porque, si ya en el Cristianismo occidental la noción de persona y sus implicaciones morales tardaron mucho en florecer, mucho más en Japón.

La religión nacional japonesa, el Shintoísmo, es una conmovedora mitología animista-politeísta, con preciosas consecuencias artísticas y ceremoniales. Es en principio una mitología nacionalista, porque Japón como nación se origina con la pareja de dioses fundacionales, Izanami e Izanagi, cuyo amor y descendencia da origen a las islas y a los habitantes de Japón, sin distinción entre lo viviente y lo no viviente, o entre lo divino y lo no divino[2]. Una de las características más interesantes del Shinto es que lo individual no aparece, sino en red, en conjunto, casi como neuronas que individualmente no tendrían sentido sino sólo en sus millones de conexiones sinápticas. Por eso, para dar sólo un ejemplo, no hay plato principal en la comida japonesa, sino varios relativamente diminutos que en conjunto constituyen el alimento.

En esa tradición de casi 2000 años era muy difícil introducir la noción de libertades individuales, pero fue coherente que la modernización coincidiera entonces con el constructivismo occidental, esencialmente colectivista.

Por eso la dinastía Meiji es primero una restauración, porque tiene que basar la nueva nación japonesa moderna en el seguimiento del linaje de un emperador-dios, que, aunque no cumpliera funciones de gobierno, siempre había simbolizado en Japón la continuidad de su origen divino. Pero además esa restauración convierte al Shinto, más que en una religión, en un conjunto de ceremonias de estado[3]. No había libertad para no seguir ese ceremonial –análogo al culto a los símbolos nacionales que los occidentales, acríticamente, siguen practicando- pero sí había libertad para otras “religiones”. Pero no para el Shinto, que se convirtió más bien en un conjunto de ceremoniales parecidos a la pietas romana del Imperio. Esa pietas formó parte del contenido obligatoria de la educación pública japonesa hasta 1945.

Por ende, para comprender la acción internacional del Imperio Japonés después de la Primera Guerra, hay que entender que ellos no podían ver las alianzas o no alianzas con las potencias occidentales con el ojo crítico de un libertario, sino sencillamente con la mirada de una nación colectiva donde lo individual no contaba sino el éxito o no de un proyecto nacional en los cuales otros proyectos nacionales –sea Inglaterra, Alemania, o quienes fueren- no eran más que aliados o enemigos en el logro de la grandeza del Japón Divino e Imperial.

Por eso tiene razón W. G. Beasley cuando explica el triunfo de políticas nacionalistas, después de 1918, frente a partidos más de izquierda –o sea no nacionalistas- en Japón: “…el fracaso en lograr apoyo popular fue lo que condenó a ambas clases de partido a la guerra. Las razones de ésta no han de buscarse en ningún factor singular y ni siquiera enteramente en las deficiencias de los políticos. Estribaban más bien en aquellas ideas e instituciones que habían desviado al pueblo japonés de la persecución de las libertades individuales para dirigirlo hacia el alcance de metas colectivas: las presiones formativas del sistema educativo; una religión estatal centrada en el emperador; la conscripción con el adoctrinamiento que la acompañaba; y la persistencia de actitudes autoritarias y tradicionales en sectores importantes de la conducta burocrática y familiar”[4].

Desde aquí se entiende también que el fundador del Aikido, Morihei Ueshiba, haya tenido una concepción universalista y no-nacionalista del Shinto japonés: porque basó sus convicciones en la secta Omoto[5], que, con elementos budistas, mantenía las tradiciones shinto pero separadas del culto al Emperador, por lo cual fue severamente perseguida. Ueshiba se salvó por su prestigio personal pero todo esto explica también que se auto-exiliara en el “muy” interior de Japón durante la Segunda Guerra y que su Aikido haya surgido luego como una cuasi-religión sintoísta exo-térica, universalista, que predicaba a todas las naciones la paz y el amor universal. No de casualidad fue el primer arte marcial que los Aliados permitieron luego de la Segunda Guerra.

Dicho todo esto, la pregunta es de qué modo o cómo subsiste hoy en Japón toda esta historicidad. La historicidad no es la Historia estudiada, es más bien el horizonte cultural pasado que vive en el presente.

¿Es plausible que una bomba atómica, por técnicamente poderosa y horrorosa que fuera, y la posterior anexión de Japón, prácticamente, como un protectorado de los EEUU, logren borrar la tradición shinto nacionalista y la nostalgia de la Gran Nación Divina Imperial?

En la historia humana,1945 a 2017 es un casi nada para responder.

Por eso creo que la clave es la gran intuición que Morihei Ueshiba tuvo de un shinto universalista y pacífico. Ello tiene un potencial diálogo con el Cristianismo y su noción de persona, donde el samurai seguirá siendo servidor de su señor, pero el Señor será Cristo[6] y por ende el shinto ya no será un colectivo, “el borg”, sino un orden comunitario donde cada persona tendrá ante todo el mandato de su conciencia.

El futuro de Japón no está en una vuelta a su nacionalismo pero tampoco, desde luego, en su desaparición bajo las peores y más decadentes formas de indiferentismo religioso occidental. Está en una síntesis entre su historicidad sintoísta, el shinto universalista de Ueshiba y la noción de persona del Cristianismo.

En todo esto hay que seguir trabajando.

 

 

[1] Ver Nitobe, Inazo: Bushido: The Soul of Japan (1904); Layout and Cover Disign, 2010.

[2] No hay Sagradas Escrituras relativamente oficiales en el Shinto, pero uno de los textos fundacionales de la mitología japonesa es el Kojiki, crónica de antiguos hechos de Japón; (datada aproximadamente en el 712 D.C.); Trotta, Madrid, 2008; Introducción y traducción de Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla.

[3] Ver al respecto State Shinto: A Religion Interrupted, by Eryk, 2016, enhttps://www.tofugu.com/japan/state-shinto/

[4] Beasly, W.G.: Historia moderna del Japón, Sur, Buenos Aires, 1968, p. 246.

[5] Entre los biógrafos de Morihei Ueshiba, el que más se ocupó de esta crucial cuestión fue Stevens, J.: ver sus libros Invincible Warrior, Shambala, 1999, y Paz abundante, Kayrós, Barcelona, 1998.

[6] Es muy interesante al respecto la historia de Ukon Takayama, llamado el Samurai de Cristo (ver http://www.proyectoemaus.com/takayama-ukon-el-samurai-de-cristo/ ). Fue beatificado el 7 de Febrero de este año:http://es.catholic.net/op/articulos/61280/hoy-es-beatificado-justo-takayama-ukon-el-samurai-de-dios

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.