DESPEDIDA DE MI AMIGO ANTONIO MARGARITI

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 27/11/20:

Lo conocí en Rosario hace muchos años a través de Gerardo Bongiovanni en los inicios de su muy meritoria Fundación Libertad. Nos hicimos amigos al instante con Antonio puesto que la verdadera amistad consiste en la comunión de principios. Nos encontramos en distintas oportunidades en su provincia y en Buenos Aires. Intercambiábamos correos con frecuencia. Las coincidencias siempre eran muchas y nos sentíamos reconfortados en medio de los barquinzazos argentinos.

Debo antes que nada destacar muy especialmente su hombría de bien, era un Señor con mayúscula. Su conducta en todos los órdenes fue siempre inmaculada. Sus modales revelaban cortesía pero al mismo tiempo firmeza en los valores. Recuerdo cuando me anunció con entusiasmo juvenil que  sus hijas aplicarían para una de las maestrías en ESEADE cuando me desempeñaba como Rector en esa casa de estudios. Tenía una gran familia que lo acompañaba en sus faenas cotidianas en defensa de la libertad. María Pía, su compañera de toda la vida, se fue solo muy poco tiempo antes para esperarlo. Todos sus amigos vamos a extrañar mucho las sabias y oportunas reflexiones del magistral Antonio.

Antonio Margariti, se doctoró en Ciencias Económicas en la Universidad del Litoral y luego realizó estudios de posgrado en las Universidades de Columbia y Rutgers. Fue profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad Nacional de Rosario. Publicó innumerables artículos, fue columnista en programas televisivos en su Rosario natal, fue investigador en la Fundación Libertad y en la Bolsa de Comercio de Rosario y publicó numerosos libros entre los que cabe destacar La seguridad social estatizada, Curso de economía política, Las empresas estatales y subrayo de modo muy especial Los límites del estado populista un notable tratado prologado por el memorable Rogelio Pontón y el entonces director de la Bolsa de Comercio de Rosario. En esa obra de jugosos veintisiete capítulos, el autor desarrolla en detalle la malsana y empobrecedora política estatista. En la dedicatoria del libro se lee que está dirigido “A los que sueñan con un país mejor, a los que todavía creen en los principios morales, a los que no se dejan arrear como ganado”.

Entre las referencias bibliográficas aparecen autores de fuste como Hayek, Buchanan, de Jouvenel, Friedman, Hutt, Revel, Hazlitt y Shackle. Frecuentemente circulaba entre sus amigos borradores de sus colaboraciones periodísticas y ensayos para generosamente debatir el texto con lo que confirmaba su mente abierta y su extraordinaria capacidad didáctica.

Alan Bloom en su suculento libro sobre la amistad subraya que la dignidad descansa en la honestidad intelectual lo que hace tan sólida y perdurable las estrechas relaciones entre las personas. Y, sobre todo, en el hablar claro y sin rodeos las propias convicciones en el contexto de permanentes esfuerzos para el autoperfeccionamiento. Es el caso de nuestro querido Antonio Margariti.

Igual que con todos los que escriben sobre valores nobles que se inmortalizan en las bibliotecas, los lectores de Antonio en su memoria pueden recitar con Miguel de Unamuno: “Cuando me creaís más muerto/ retemblaré en vuestras manos/Aquí os dejo mi alma –libro/ hombre –mundo verdadero/ soy yo, lector, que en ti vibro.”

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

El fuero interno de un liberal: Una nota

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 21/9/20 en: https://independent.typepad.com/elindependent/2020/09/el-fuero-interno-de-un-liberal-una-nota.html

Estoy hablando de mi persona. En mis libros, ensayos y artículos he centrado mi atención en el aspecto medular de la tradición de pensamiento liberal, es decir, en el respeto recíproco como marco de referencia indispensable para la convivencia civilizada. Parece increíble que mis grandes maestros hayan destinado tomos y tomos para explicar la trascendencia del respeto.

Hace tiempo en uno de mis primeros libros fabriqué una definición que veo con satisfacción que algunos distinguidos colegas la citan: “el liberalismo es el respeto irrestricto al proyecto de vida de otros”. Y cuando decimos respeto para nada estamos significando adhesión,  respeto proviene de respectus en cuanto a consideración, en nuestro caso la improcedencia de recurrir a la fuerza para modificar los proyectos que no compartimos. Más aun, subrayamos que la prueba clave de tolerancia es cuando estimamos que el proyecto del prójimo nos parece detestable. Siempre que no se vulneren derechos de otros, todos deben tolerarse aunque, repetimos, la expresión respeto es más adecuada que tolerancia puesto que esta última tiene cierto tufillo inquisitorial en el sentido que perdonamos a otros que están equivocados.

En este contexto debe precisarse que el liberalismo centra su atención en las relaciones interindividuales, por eso juristas de la talla de Gerog Jelliek sostenían que “el derecho es un mínimo de ética” al efecto de subrayar que el territorio  ético es mucho más amplio y abarca la conducta personal de cada uno, una esfera que, como queda dicho, no le incumbe al liberalismo.

Lo consignado desde luego no significa que el individuo liberal esté vacío de valores (o desvalores) y, por tanto, tampoco significa que no critique concepciones que no comparte. Como es sabido, las críticas cruzadas constituyen la herramienta fundamentalísima para el progreso que inexorablemente implica el contraste y la  refutación de conocimientos.

En mis textos he citado repetidamente a los grandes maestros del liberalismo pero en esta nota aludo a mi fuero interno. Tengamos presente que cada uno de los seres humanos somos únicos, irrepetibles en toda la historia de la humanidad de modo que la estructura axiológica y la consiguiente filosofía de cada uno cuanto más se indaga se comprueba que es especial y particular y no calza en ninguna etiqueta pues de todas ellas cada cual extrae sus acuerdos y rechaza los desacuerdos para transformarla en la referida unicidad. Incluso como estamos en un proceso evolutivo, pretendemos que nuestras conclusiones mejoren a medida que nos percatamos de errores anteriores. Y en un plano más amplio, si queremos darle un nombre a nuestra postura esta es del autorrespeto en el sentido de esforzarnos por actualizar nuestras potencialidades en busca del bien y así poder mirarnos al espejo con la tranquilidad de conciencia de haber hecho lo mejor y corregir lo que no hagamos bien.

Finalmente, para mencionar al correr de la pluma los autores que en mi caso me han inspirado para mi fuero interno en cuanto al cultivo de valores, distintos de los tantos que me han inspirado para la noble tradición liberal que está en ebullición permanente donde se descubren nuevos horizontes, por eso me resulta tan atractivo el lema de la Royal Society de Londres: nulllius in verba, esto es, no hay palabras finales en esta navegación permanente por los mares de la aventura del pensamiento.

Por lo que pudiera interesar, como una muestra, algunos de los autores que alimentan mi fuero interno que no centran su atención en el respeto interpersonal sino que extienden sus consideraciones al campo intrapersonal son Viktor Frankl, Gustave LeBon, Lecomte du Noüy, José Ortega y Gasset, Franz Brentano, Paul Johnson, Hannah Arent, John Eccles, Frederick Copleston, Aldous Huxley, Miguel de Unamuno, Ernst Gombrich, Leonard Read, Spencer Wells, Edward Flannery, Elisabeth Kübler-Ross, Helmut Schoeck, Antony Flew, Juan de Mariana, Sto. Tomás de Aquino, Ismael Quiles, Juan José Sanguineti, John Powell, Keith Ward.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

ZELIG, EL PERSONAJE DE NUESTRO TIEMPO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Me refiero a la producción cinematográfica de Woody Allen en la que se representaba a un fulano que carecía de timón interior y que todo lo operaba según lo que decían, hacían o pensaban quienes tenía en su cercanía. Recordemos que Zelig era del Partido Demócrata si estaba con un demócrata, era del Partido Republicano si estaba con un republicano, si está con un psicoanalísta se mimetiza con esa profesión,  incluso si está con un negro comienza a mutar su piel. Es estrictamente un camaleón. Woody Allen que adopta el personaje central en ese rodaje, dice que “es más seguro” proceder de ese modo.

 

Es lo que en gran medida ocurre hoy en día. La mayoría siente la necesidad de ajustarse a los demás. Se renuncia a la individualidad, a los más distintivo y precioso que tiene el ser humano: su unicidad en toda la historia de la humanidad. Se amputa de su tesoro más valioso. Deja de ser para ser los demás. Hay pereza y temor por pensar distinto. Hay inseguridad y debilidad interior. La responsabilidad lo abruma, prefiere endosar las decisiones al grupo. Abdica de su persona y se incorpora a la manada. No tiene voz sino que es eco. Es inconcebible ir contra la corriente. Se masifica. Tiene que ser parte del coro. Es un masoquismo moral. Se entrega a la nada.

 

Estos personajes que padecen el síndrome Zelig, necesitan de un gurú, de un caudillo, de un líder puesto que son incapaces de liderar sus propias vidas. Los sistemas educativos de nuestro tiempo se encaminan a la guillotina horizontal, es decir al igualitarismo donde en gran medida los profesores no enseñan a pensar sino a repetir.

 

En otra ocasión he recordado aquél célebre experimento donde se acuerda con un grupo al que se deja afuera una persona para que todos digan que frente a una serie de barras de distinto tamaño que la más chica es la más grande. Así se invita a la persona que no está al tanto de lo acordado por los demás y comienza la sesión. En una primera rueda naturalmente el extraño al grupo se pronuncia por la verdad de lo que ve y queda sorprendido por la opinión de todos los otros. Se suceden distintas ruedas y finalmente el sujeto se rinde y opina como los demás al sostener algo que no se condice con lo que está viendo. Es para probar la inclinación a ceder ante la opinión de los demás. Es raro el caso de quien se mantienen en su posición en cuanto a lo que consideran verdadero en estos reiterados experimentos.

 

Por supuesto que no se trata de encapricharse en lo que uno primero piensa y machacar con la idea. Hay que estudiar y contrastar las propias conclusiones a los efectos de pulir las ideas lo más que se pueda. Este es un proceso que no tiene término. Pero a lo que me refiero en esta nota es al miedo de pararse contra la corriente, a la mentira a sabiendas para quedar bien con otros. A la cobardía moral.

 

Hoy son muchos los ensayos sociológicos que en definitiva sostienen que un ingrediente fundamental para la felicidad es el ajustarse a los requerimientos de los demás. Alguien con personalidad y opiniones distintas es considerado una persona difícil. La conformidad al grupo es el alarido de la época. Incluso en la religión se ha perdido la individualidad. El otro día asistí a una misa en la que un obispo la celebraba y en el sermón dijo textualmente “la salvación es grupal, algunos pretenden ir en bicicleta pero lo cierto es que si no vamos todos en ómnibus no se salva nadie”, es decir, lo contrario de la responsabilidad personalísima y el rendir cuentas por lo que uno ha hecho, lo contrario a una noción colectivizante y amorfa. Ese día la mayor parte de los fieles aplaudieron a rajatabla al referido obispo por su peculiar sermón, tal como se hace en una cancha de football.

 

Hay que ser “normal” para lo cual debe uno calzar con la visión del grupo. En este sentido siempre recuerdo el sugestivo título de un libro de Erich Fromm que ilustra la cuestión: La patología de la normalidad. Es que todos somos en este sentido anormales, cada uno es distinto. Como ha apuntado Julián Marías “la persona es mucho más de lo que se ve en el espejo”. Todos somos extraordinarios como destaca William Rogers. Mi abuelo materno, médico y secretario académico de esa facultad en la Universidad de Buenos Aires, tituló su tesis doctoral en medicina No hay enfermedades sino enfermos. El caso de la individualidad en la medicina, me decía para subrayar las diferencias entre las distintas personas que si alguna vez uno le dijera a su médico que tal o cual remedio le provoca dolor de cabeza y el facultativo responde que no puede ser, “abandona ese médico enseguida ya que no entiende su profesión”.

 

Reitero ahora parcialmente lo que consigné en otra ocasión. Así digo que en una época en la que la politización abarca áreas crecientes, resulta más necesario que nunca preservar espacios íntimos. Los aparatos estatales se inmiscuyen en el deporte, la música, la familia, los medios de comunicación, el teatro, las jubilaciones, los contratos entre particulares y tantos otras áreas de la vida que se mantenían a buen resguardo cuando primaba el espíritu republicano. Ahora no hay prácticamente recoveco en el que los tentáculos del poder político no están presentes. Mientras, paradójicamente, los gobiernos tienden a abandonar responsabilidades en campos tan sensibles y cruciales como la justicia y la seguridad.

 

Resulta que los gobernados son siempre maravillosos en tiempos de elecciones, pero ineptos para manejar sus propias vidas ni bien salen del cuarto oscuro. Claro que los politicastros de turno no aparecen por ósmosis, son el resultado de un pavoroso achatamiento en el debate de ideas y un desconocimiento supino de los principios más elementales de una sociedad abierta. Hay pocos candidatos para el estudio y la reflexión sesuda y demasiados candidatos para la foto, la pose y el protagonismo. A estos últimos aludía Borges al señalar que se esfuerzan en aparecer como alguien “para que no se descubra su condición de nadie”. Son los tilingos que operan cual anti rey Midas, mas que políticos a la vieja usanza son agitadores -ellos mismos siempre están muy agitados- necesitan de un ruido constante para suplir su endeble personalidad. Personalmente, tengo por estos hombrecillos la misma opinión que tienen las palomas por las estatuas.

 

De cualquier modo, entre un ritmo de vida que empuja a una carrera contra el reloj y el acoso del Leviatán no siempre se permite distinguir entre el tiempo del calendario y el tiempo interior, lo cual hace imperioso un alto en el camino para abrir lugares en los que se ausculte y escudriñe el estado del alma. Muchas veces quienes tienen las agendas mas cargadas son aquellos que se fugan de si mismos y que, en última instancia, duermen la siesta de la vida. Se anestesian y dejan la vida en la banquina. Este es el sentido de que aquel sacerdote, acostumbrado a confesar empresarios en el lecho de muerte, quien decía que presenció muchos arrepentimientos pero nunca oyó decir que había congoja por no haber frecuentado más la oficina o por haber dejado pasar un arbitraje.

 

Este fenómeno se hace mas patente allí donde hay la tozuda manía de expropiar y deglutir espacios privados. En este sentido, hay muchas formas de proceder en consecuencia, pero hay una que suele resultar especialmente fértil. Se trata de poner en blanco y negro lo que a uno le ocurrió y le ocurre. Se trata de una especie de tarea arqueológica, una labor de excavación interior, una faena detectivesca al efecto de exponer frente a uno mismo distintas facetas de la propia vida.

 

El ejercicio en cuestión permite un autoexamen fidedigno y reservado que, al explorar muy diversas avenidas interiores, pone al descubierto el verdadero peso relativo de los respectivos problemas y la verdadera naturaleza de eventuales respuestas y soluciones. Tanto unos como otros muchas veces quedan empañados y distorsionadas sus dimensiones en el contexto de angustias que, puestas en perspectiva, no se condicen con la realidad de las cosas. Esto tiende a disiparse al exhibir en el papel con toda crudeza las razones y sinrazones de las preocupaciones y las alegrías. Mas aún, en no pocos casos se trocan problemas por soluciones y viceversa y, sorpresivamente, aparecen asuntos novedosos que hasta el momento de escribir yacían eclipsados, opacados y teñidos en el fondo del ser. La pluma hace las veces de escafandra para bucear en profundidad y hurgar en nuestros rincones interiores.

 

Estos manuscritos privados también facilitan la necesaria toma de distancia de los momentos críticos por los que en algún momento todos atravesamos para así desmenuzar y enfrentar la crisis y someterla a minucioso escrutinio y, sobre todo, sirve para calibrar quien es quien según hayan sido las respectivas conductas o inconductas de los diversos actores. Esta gimnasia interior pone de manifiesto las prioridades que se establecen en los hechos y no meramente lo que se decalma en el discurso. Como decimos los economistas, permite descifrar “las preferencias reveladas”. Y tengamos en cuenta que el establecimiento de prioridades no es un asunto menor puesto que, precisamente, la vida consiste en una ubicación y reubicación permanente de prioridades.

 

Como es sabido, el ser humano es psique y materia. El conocimiento permite reducir nuestra colosal ignorancia, en la esperanza de incorporar dosis crecientes de autoperfeccionamiento en el contexto de un intrincado y azaroso camino de prueba y error.

 

Si fuéramos solamente kilos de protoplasma, no existiría tal cosa como la libertad, el libre albedrío o la capacidad de decidir por una u otra senda. Supongamos por un instante que irrumpe a nuestra habitación un determinista y le hacemos la siguiente pregunta: ¿podría usted afirmar algo distinto de lo que está afirmando? Si la respuesta es por la positiva, está probado el libre albedrío, si es por la negativa nuestro interlocutor estaría haciendo “las del loro”, por tanto no hay argumentación posible. En rigor, sus dichos no son susceptibles de juicio crítico.

 

El libre albedrío es la característica central del hombre. Al examinarnos a través de un ejercicio como el sugerido, estamos en mejores condiciones de corregir o ratificar nuestras decisiones. No parece atractivo deambular por la vida como “almas deshabitadas” al decir de Giovanni Papini o como “mamíferos verticales” según la expresión de Miguel de Unamuno. Nuestra condición humana nos obliga a dejar testimonio en nuestro efímero paso por esta vida, a trascender lo anodino, a hacer algo más que las rutinas y menesteres puramente animales. Sin tomarnos demasiado en serio, es deseable apuntar -aunque más no sea milimétricamente- a la realización de contribuciones que demuestren integridad y coherencia, en la esperanza de que nuestro hábitat resulte algo mejor.

 

La redacción que proponemos hace de apoyo logístico para  mejorar como personas y ayuda a mantener la brújula, al tiempo que desahoga el alma y clarifica encrucijadas. En mi caso, el escrito que he ido elaborando y puliendo desde hace mucho tiempo lo he titulado Sapo de otro pozo. No voy a cometer la imprudencia de reseñar aquí este texto voluminoso y a todas luces impublicable, pero en relación a las aludidas prioridades como ejes centrales de la vida, transcribo un cuento que me relataron cuando era muy chico con el que abro el mamotreto de marras y que ilustra el punto.

 

El cuento se refiere a un profesor que exhibió ante sus alumnos un frasco en el que encajó piedras grandes hasta el tope. A continuación preguntó a su audiencia si consideraban que el adminículo estaba lleno a lo que, por unanimidad, le respondieron afirmativamente. Luego procedió a volcar piedritas chicas en el recipiente y volvió a preguntar lo mismo. Esta vez obtuvo respuestas dispares y se observó cierto desconcierto. Nuevamente el catedrático repitió la operación, primero con arena y luego con agua y, después de idéntico interrogatorio, concluyó que igual que con las piedras grandes, en la vida no queda espacio si no se le otorga prioridad a lo que es importante.

 

En resumen, Zelig es la antipersona que conviene denunciar al efecto de abrir paso a la energía creadora y las potencialidades que todos tenemos que fomentar para facilitar la capacidad de las respectivas actualizaciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.