El relato de las víctimas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 5/5/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/el-relato-de-las-victimas/

 

Escribí en esta columna el mes pasado que lo que desespera a ETA es perder el relato, y que con el paso del tiempo el único relato que se imponga sea el único que es verdad, es decir, el relato de las víctimas. De ahí la urgencia de que los amigos de la libertad nunca cejemos en el empeño de que prevalezca la verdad de las víctimas, y no la mentira de ETA y sus secuaces.

Que esta tarea va a resultar ímproba resulta cada vez más claro, y choca con lo que en principio debería ser simplemente una gran noticia, o una sucesión de grandes noticias: ETA deja de matar, ETA entrega parte de su arsenal, ETA dice que se arrepiente de algunos asesinatos, ETA se disuelve. Todo esto después de décadas de sangre. Y, sin embargo, Consuelo Ordóñez dijo esta semana en San Sebastián: “este no es el final de ETA que queríamos ni la sociedad ni las víctimas, ni el que nos merecíamos”. En un manifiesto firmado por decenas de miles de personas, las víctimas rechazaron que ETA pretenda “poner el contador a cero”.

Maite Pagazaurtundúa acusó a los etarras: “Quieren trucar el contador de su responsabilidad. De la mentira, violencia y el engaño de antes sólo han abandonado la violencia. No reconocen la identidad nacionalista excluyente por la que persiguieron y mataron. Ahí sigue estando la fuente de una ruta mentirosa estos días”.

El problema es que desde el cese de la violencia, todo indica que la mentira de ETA ha continuado. No digo que haya prevalecido, es pronto para asegurarlo, pero la protesta de las víctimas porque no se ha impuesto su relato es comprensible, como lo es la repugnancia ante la descarada manipulación de la historia que perpetra ETA para justificarse. El filósofo Martín Alonso habló del “autolavado que necesita el personal del nacionalismo radical para hacer como que no son lo que eran sin renunciar a lo que fueron”.

Mientras los etarras sean homenajeados; mientras se amparen en la doble pinza ideológica del nacionalismo y el comunismo; mientras queden sus asesinatos impunes; mientras puedan alegar que hicieron efectivamente algo por el pueblo vasco, la democracia y la libertad; mientras lata, como late, la sospecha de que dejar de matar tiene una recompensa, el relato de las víctimas quedará cruel e injustamente postergado.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Grandes éxitos capitalistas de Fidel Castro

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 30/11/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/grandes-exitos-capitalistas-de-fidel-castro/

 

Nos puede doler mucho a los amigos de la libertad, pero Fidel Castro fue un político de éxito en el mundo capitalista.

Dentro de los países en los que gobernaron, los comunistas dieron rienda suelta a una de sus dos características fundamentales: la violencia. Ningún sistema político asesinó a tantos trabajadores. Los comunistas acabaron con ellos a tiros, los sepultaron en terribles campos de concentración, y los mataron de hambre: las más mortíferas hambrunas padecidas nunca por el hombre fueron producidas por los comunistas, y fueron consecuencia de sus políticas anticapitalistas, a partir de las que aplicó Lenin hace casi un siglo.

Fuera de los países a los que sometieron dictatorialmente, los comunistas aplicaron sobre todo su otra característica fundamental: la mentira. Y con éxito. Hablando de campos de concentración, pruebe usted a recordar alguna película que haya visto sobre los campos de concentración comunistas, sobre las matanzas comunistas, sobre el hambre que provocaron los comunistas. Casi ninguna ¿verdad? Pues si eso no es un éxito, que venga Marx y lo vea.

El ex juez Baltasar Garzón es un héroe de los derechos humanos, es decir, del camelo conforme al cual se llama defender los derechos humanos a perseguir a Pinochet y a no haberle tosido jamás a Fidel Castro. Las dos cosas juntas definen los derechos humanos, y expresan el espectacular éxito de los comunistas en sus mentiras. Si le gusta a usted la literatura, le bastará con recordar que a Borges le negaron el Premio Nobel porque apoyó a Pinochet. Pero después se lo dieron a García Márquez, que respaldó la dictadura cubana hasta su muerte. A casi todo el mundo le pareció lógico y normal. Y así siguiendo…

O empezando, porque el éxito de Fidel Castro empezó antes de su entrada en La Habana el 1 de enero de 1959. Recuerdo de niño haber visto elogiosos reportajes en la revista Life sobre unos barbudos cubanos. En efecto, nadie hizo más por los criminales comunistas de Cuba que la prensa del país capitalista por excelencia, Estados Unidos, desde que Herbert Lionel Matthews, reportero y editorialista del New York Times, entrevistó a Castro en Sierra Maestra en 1957. El periodista, que fue crucial para convertir a Castro en un atractivo rebelde, insistió siempre que Castro no era comunista, y que lo único que en realidad quería era derrocar a Fulgencio Batista para celebrar…unas elecciones libres. En el lugar donde lo entrevistó, hay un monumento erigido por la dictadura en su recuerdo. Son comunistas, pero saben reconocer a sus amigos.

Dirá usted: es una excepción, porque la prensa siempre apoya el pensamiento crítico y la libertad. Piénselo mejor. Recuerde el tratamiento relativamente dulce que el comunismo suele recibir en los medios capitalistas. Y recuerde a Walter Duranty, que, junto con otros periodistas más famosos, en particular John Reed, brindaron un retrato idílico de los salvajes comunistas rusos de 1917. A ver: ¿en qué periódico trabajaba Duranty? ¿En qué periódico escribió unos reportajes repugnantes donde negó la hambruna generalizada que habían provocado los comunistas, siendo galardonado nada menos que con el Premio Pulitzer? Pues sí, claro que sí: en el New York Times.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Ganó el No afirmativo

Por Sergio Sinay: Publicado el 26/10/15 en: http://sergiosinay.blogspot.com.ar/2015/10/gano-el-no-afirmativo-por-sergio-sinay.html

 

La sociedad tiene por delante una tarea moral: convertir la energía con la que dijo No a una década perversa en una energía que, en el día a día, empiece a construir el con el que sueña

En las elecciones del domingo 25 de octubre ganó el No. No a la intolerancia. No a la mentira como única verdad. No al narcisismo desbocado instalado en la cima del poder. No al insulto gratuito y resentido como única forma de comunicación. No a la negación sistemática de la realidad y a su adulteración permanente. No a delirantes sueños monárquicos sin sustento. No a la ordinariez como dogma y estilo. No a la ausencia absoluta de empatía por el dolor ajeno. No a la ofensa automática al diferente y a su pensamiento. No a la pobreza estructural. No a una intelectualidad de pacotilla, oportunista y miserable atrincherada en un absurdo “pensamiento nacional”. No al narcotráfico y a la delincuencia instalados en cargos y funciones gubernamentales.No al usufructo rapaz del Estado, que es propiedad de todos los ciudadanos, en beneficio propio y de una banda de obsecuentes. No a la naturalización del crimen en las calles y en las casas ante la total e imperdonable indiferencia del poder. No a la manipulación de la justicia y a su desprecio cuando no puede ser usada para granjearse impunidad. No a la corrupción más obscena y desembozada de la que haya memoria en tiempos democráticos. No al desprecio por las instituciones republicanas. No a la ostentación de incultura e ignorancia en cada párrafo de cada discurso oficial. No a la soberbia y a la prepotencia como argumentos políticos. No a la educación clientelista y empobrecedora. No a la prebenda y el clientelismo en lugar del esfuerzo y el trabajo.No a la utilización perversa e inmoral de los derechos humanos y de la memoria colectiva, avalada por muchos de los que debieran protegerlos y ponerlos a salvo de cualquier manipulación gubernamental. No a la penalización del salario mediante impuestos usurarios. No al agravio permanente a los jubilados mediante el arrojo de migajas mientras se malversan los fondos que les corresponden. No al uso de empresas estatales (como la ineficiente e impresentable Aerolíneas Argentinas) como guaridas de patotas militantes. No a la falsificación permanente de la historia, tanto de la reciente como de la lejana. No a la complicidad con dictaduras inmorales e indisimuladas como la rusa o la venezolana, y a la complicidad con regímenes que desprecian los modelos y procedimientos políticos e institucionales que el mundo civilizado transita desde el Iluminismo en adelante. No al encubrimiento de funcionarios terroristas extranjeros que planearon y ejecutaron en la Argentina un atentado que asesinó a más de 80 hombres y mujeres hijos de este país. No a todo aquello que oscureció la mente de tantos a lo largo de doce años siniestros, la dimensión de cuya oscuridad se percibirá con más perspectiva y certeza a medida que el tiempo (ese gran escultor, como lo llamaba la incomparable Marguerite Yourcenar, autora de Memorias de Adriano) ajuste las lentes y emerjan a la superficie aspectos hoy inimaginables del desquiciado elenco que encabezó este proceso.

La lista de los No que ganaron el domingo es aún más larga que la de los candidatos amontonados en las prehistóricas boletas conque se votó. Todos esos No indican que, a pesar de todas las enfermedades que la aquejan (varias de ellas autoinfligidas) el sistema inmunológico de la sociedad argentina funciona. Hubo anticuerpos el domingo 25 de octubre y deberá haberlos (para que exista un futuro) el domingo 22 de noviembre. Mientras llega esa fecha y en el serpentario del poder se atacan unos a otros, a la sociedad (esos dos tercios de ella que se negaron a prolongar la agonía en que vivimos) se le presenta una tarea que será larga, esforzada y que necesitará de mucha voluntad, honestidad, sinceramiento, generosidad, reflexión y responsabilidad individual.

La tarea es convertir a toda esa energía que hizo posible el No en una energía que de nacimiento a un . Cada uno debería pensar en qué sociedad aspira a vivir. Basada en que valores, en qué tipos de relaciones personales, en qué actitud frente a la ley, ante las normas, ante el trabajo. En qué comportamiento ciudadano. En qué propósitos colectivos. El paso siguiente (en el que confluyen voluntad y responsabilidad) es comenzar a vivir en el día a día, en cada espacio cotidiano (aún el que se vea menos trascendente), de acuerdo con esa aspiración. Esta es la parte que no se le puede pedir al futuro gobierno (ni a ninguno). Y en esa parte, aunque no lo parezca, se inicia un pacto moral que cambia la política. Es el antídoto contra otra década perdida y sombría.

 

Sergio Sinay es periodista y escritor, columnista de los diarios La Nación y Perfil. Se ha enfocado en temas relacionados con los vínculos humanos y con la ética y la moral. Entre sus libros se cuentan “La falta de respeto”, “¿Para qué trabajamos?”, “El apagón moral”, “La sociedad de los hijos huérfanos”, “En busca de la libertad” y “La masculinidad tóxica”. Es docente de cursos de extensión en ESEADE. 

EL PROBLEMA DE TENER DOS CARAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

La integridad moral y la honestidad intelectual exigen que quien habla muestre lo que estima es lo correcto. Desde luego que puede haber error, es parte de la condición humana, lo que es reprobable es la doblez, la hipocresía y la mentira. La persona -la personalidad- es lo individual, lo exclusivo, es lo que distingue a tal o cual ser humano, es su capital más valioso y distintivo.

 

Es de interés recordar el  célebre experimento del psicólogo Solomon Asch que consistió en reunir en una habitación a un grupo de personas a quienes se les muestra gráficos con bastones de distinta altura y se les pregunta opiniones sobre comparaciones de tamaño impresos en esos gráficos. Se les dice a todos menos a una persona que en cierto momento se pronuncien sobre equivalencias falsas. El experimento se base en observar la reacción de la única persona que no está complotada para sostener falsedades y ésta, en la inmensa mayoría de los casos, en sucesivas muestras, primero revela desconcierto frente a la opinión de los demás, luego el tono de voz va cambiando revelando inseguridad hasta que finalmente se pronuncia como el resto de las personas, es decir, se inclina por un veredicto falso.

 

Este conocido experimento y otros similares son para poner de manifiesto la enorme influencia del grupo mayoritario sobre grupos minoritarios tal como primero expresó John Stuart Mill en el siglo XIX. Este problema grave que desdibuja por completo la personalidad se refleja en conductas que son arrastradas por la opinión dominante que desembocan en seres humanos que renuncian a lo más preciado de cada cual con lo que se disuelve la persona que de tanto decir y hacer lo que hacen y dicen los demás, ingresa a un terreno vertiginoso que aterriza en una crisis existencial fruto del correspondiente vacío.

 

Carl Rogers explica que muchas de las personas que atiende en su consultorio manifiestan problemas en el trabajo, en el matrimonio, en las reuniones sociales, angustias, falta de proyectos, asuntos sexuales,  relaciones interpersonales de diversas características y así sucesivamente, pero subraya que estas cuestiones son en verdad pantallas que ocultan un tema de mayor envergadura, cual es, el más completo desconocimiento de quienes son. De tanto hacer y decir lo que estiman que los hará quedar bien ante los demás pierden la brújula de lo que en realidad son sus valores y principios.

 

Como ha dicho Julián Marías, la persona no es solo lo que se ve en el espejo ni el que dice “yo” cuando golpea a la puerta y se le pregunta quien es. Tal como reza el precepto bíblico, somos nuestros pensamientos y si los distorsionamos  para satisfacer al público con lo “políticamente correcto”, quedamos a la intemperie, nos perdemos en un desierto implacable que no permite reconocer lo más relevante de nuestro ser. En verdad lo más desolador y triste imaginable puesto que habremos renunciado nada más y nada menos que a la condición humana: renunciamos a la actualización de nuestras potencialidades para internarnos en un oscuro callejón sin salida.

 

No nos estamos refiriendo a la discreción sobre nuestros pecados (nadie puede tirar la primera piedra), cuando hablamos de la doble cara estamos aludiendo a discursos de cosmética para calzar con el gusto de la opinión mayoritaria. Este es el sentido de la sabia sentencia pronunciada por Nathaniel Hawthorne en La letra escarlata: “Ningún hombre, por un considerable período de tiempo, puede recurrir a una cara para sí mismo y otra para la multitud sin finalmente confundirse sobre cual es la verdadera”.

 

Que horrible es nacer para no ser nadie y dejar que la vida flote en una nube anodina mientras alrededor se desploman aspectos vitales. Esto es lo que sucede con los que se limitan a ir a la oficina, hacer sus necesidades, dormir, alimentarse y copular sin ninguna contribución al mundo en que viven en cuanto a las ideas prevalentes al efecto de mejorar el clima y el futuro de sus hijos. Todos naturalmente quieren que se los deje en paz para hacer sus cosas, pero para tener paz hay que poner manos a la obra.

 

En otro sentido, se deslizan por la vida los mequetrefes del status quo que hoy pululan por los pasillos del poder y en general los de las llamadas oposiciones, con las mismas sonrisas obscenas e idénticas propuestas aunque siempre bajo los rótulos de que la economía será floreciente, que no habrá más corrupción, que la herencia recibida será corregida y que se implementará justicia y seguridad. También están en la misma bolsa los economistas que ansían el poder y la juegan de intelectuales con aquella meta subalterna bajo el poncho. En este contexto, Borges consignó que “ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien para que no se descubriera su condición de nadie”.

 

Es sabido que en el mundo hay problemas que se han acentuado. Las dictaduras electas en América latina, el desbarranque estadounidense respecto a los consejos de los Padres Fundadores, el resurgimiento de los nacionalismos en  Europa, el golpe en Tailandía, la reincidencia de Irak, el fundamentalismo en Irán, los sucesos en Egipto, el régimen de Siria y el sistema gangsteril en Rusia. Pero los problemas se agravan de modo exponencial cuando quienes dicen simpatizar con el liberalismo caen en el síndrome de Asch según el experimento descripto más arriba.

 

Esta es una nota preocupante puesto que los supuestos defensores de la sociedad abierta abdican de su responsabilidad y adhieren a lo que proponen los enemigos del sistema, bajo el curioso pretexto que el patrocinar concesiones son conducentes al efecto frenar la avalancha autoritaria, sin percatarse que los de la vereda de enfrente les están moviendo el piso y así corriendo el eje del debate en dirección al estatismo.

 

No hay que cansarse de repetir lo importantísimo que Friedrich Hayek ha escrito en Los intelectuales y el  socialismo (hay que leer detenidamente puesto que es un pasaje de notable calado): “Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir los halagos del poder y la influencia y que estén dispuestos a trabajar por un ideal, independientemente de lo reducidas que sean las posibilidades de su realización inmediata. Tiene que haber hombres que estén dispuestos a apegarse a principios y luchar por su completa realización por más que al momento resulten remotas […] Aquellos que se ocupan exclusivamente por lo que aparece como práctico según el estado de la opinión pública del momento se encuentran  que incluso esto se ha convertido en políticamente imposible como resultado de cambios en la opinión pública que no han hecho nada por guiar. A menos que hagamos de los fundamentos filosóficos de la sociedad libre una vez más una meta intelectual y su implementación un objetivo que desafía la imaginación de nuestras mejores mentes, las perspectivas de la  libertad son en verdad oscuras”.

 

No puede tenerse la ridícula pretensión de corregir el mundo, de lo que se trata es de poner el granito de arena en todos los ámbitos sin disfraz y hablando claramente para así tener una conciencia tranquila de haber hecho lo posible para que en los círculos que a cada uno le toque actuar se haya contribuido a que el mundo mejore aunque más no sea milimétricamente en el transcurso de la corta experiencia terrenal. Bien ha subrayado T. S. Elliot que “nuestro deber es intentar lo mejor, el resto no es de nuestra incumbencia”.

 

Es frecuente que se diga que quienes operan de un modo abierto y sincero son muy poco prácticos sin ver que los que en realidad desconocen por completo la practicidad son ellos ya que con sus recetas retroceden a pasos agigantados: en todo caso los prácticos, en el otro campo, son los socialistas que van al fondo de los temas en todos los terrenos y le corren el eje del debate por minutos a los ingenuos e infantiles que se autoconsideran prácticos. Muchas veces “los prácticos” se burlan de los resultados electorales de las izquierdas pero son los que en gran medida marcan la agenda. En los medios resulta un espectáculo bastante bochornoso el observar debates entre representantes de las izquierdas y los llamados “prácticos” que quedan descolocados al borde del papelón quienes finalmente optan por quedarse callados bajo el  pretendido comodín de que “son demasiado radicales para contestarles”, pero en verdad carecen de argumentos por haber dedicado tiempo a la “practicidad” de la componenda y solo atinan a esbozar alguna estadística (inmediatamente refutada) ya que no son capaces de escudriñar en los fundamentos.

 

Por supuesto que el abrirse camino con opiniones personales contrarias a las comunes acarrea costos como toda acción humana (a pesar de las versiones marxistas de sostener que la economía se circunscribe a lo puramente material) pero las ganancias psíquicas son muy grandes. John Wimmer explica muy bien en No Pain, No Gain que los que argumentan a contracorriente a veces se sienten tentados a abandonar la faena pero que en definitiva, de ceder, significa “esconder basura bajo la alfombra” y autoengañarse. Como apunta Aldous Huxley, no pueden obtenerse objetivos caminando en la dirección opuesta. Todos deben dedicar tiempo para que se los respete, no es cuestión de atrincherarse en los negocios conjeturando que otros harán de escudo y resolverán los entuertos.

 

El tema de lo que aquí denominamos el síndrome Asch comienza en los colegios cuando el docente impone una sola bibliografía y rechaza otras y lo toma a mal cuando un estudiante cuestiona lo dicho. El espíritu contestatario en el aula resulta vital para formar seres humanos y no autómatas. La honestidad intelectual es probablemente la virtud más excelsa y es lo que permite sacar partida de tradiciones de pensamiento distintas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

Ucrania: hora de cambios

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 5/2/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1661200-ucrania-hora-de-cambios

Kiev está, desde hace dos meses, en tensión. Altísima. Tiene, una vez más, a multitudes encolerizadas acampando en sus calles y protestando airadamente contra la corrupción, la mentira, la incapacidad de los políticos y los fraudes electorales. Hartos de sus propias circunstancias. Ocupando, desafiantes, algunos edificios públicos. En el oeste del país, pro europeo, el fenómeno se repite en otras ciudades. Pero las protestas se han extendido -sorpresivamente- en el este del país, donde se habla ruso y la influencia de la Federación Rusa es enorme. Al tiempo de escribir estas líneas, todavía 14 de los 25 edificios de los gobiernos regionales siguen ocupados.

Ocurre que, pese al clima gélido, las plazas y las calles ucranianas están calientes. Llenas de pasión y rabia. La protesta tiene un habitual centro neurálgico: la simbólica Plaza Maidan, la de la Independencia, en la capital del país. Algunos manifestantes esgrimen palos. Otros portan toda suerte de armas primitivas. Y hasta los normalmente inocuos fuegos artificiales han sido transformados, de pronto, en una inesperada arma de guerra. Actúan a la manera de sublevados. Fundamentalmente exigen que se convoque a elecciones presidenciales anticipadas, de modo de sacarse de encima -con alguna legitimidad- al presidente filo comunista Viktor Yanukovich, cuya renuncia piden a gritos.

La persistente presión popular parecería estar dando algunos resultados. Pero nada es definitivo. Sobre todo, porque las muertes y golpizas que se acumularon cuando las protestas se reprimieron con dureza, pesan enormemente sobre los hombros de quienes las ordenaron. Suele ser así. De allí el terror de los políticos cuando de asumir esa compleja responsabilidad se trata.

Un Yanukovich a la defensiva ofreció a la oposición, en diálogo directo, nada menos que ocupar los cargos de primer y viceprimer ministros. Una suerte de rendición política. Pero -cuidado- siempre con él como presidente. Porque no parece dispuesto a irse. Lo que es inaceptable para las decenas de miles de enfervorizados ciudadanos instalados en las plazas y calles de Kiev, pese a los riesgos. Ellos creen posible un triunfo que, al menos esta vez, no se les birle. Inapelable, entonces. Definitivo.

La oferta de Yanukovich suponía designar como premier al líder del principal partido de la oposición: Arseniy Yatsenyuk (correligionario de la popular dama rubia de las trenzas, la ex premier Yulia V. Tymoshenko, que sigue encarcelada) y, como vicepremier, a Vitali Klitschko, un ex campeón mundial de boxeo de peso pesado, hoy transformado en el líder carismático que encabeza otro de los principales partidos del arco opositor y es candidato a ser presidente de Ucrania, con altas posibilidades de ser electo si los comicios se hacen con limpieza.

La respuesta de los líderes de la oposición a la oferta de Yanukovich fue terminante. Negativa. Porque tienen claro que no es lo que exige la gente, a la que, en rigor, nadie conduce efectivamente. Y porque sabe que un gobierno sin credibilidad -como es el de Yanukovich- no está en condiciones de pretender, ni de imponer, casi nada. Lo saben porque, presionado que fuera, ya ha forzado la renuncia del primer ministro, Mykola Azarov y el despido del resto del gabinete.

Yanukovich anunció que está, además, dispuesto a cambiar la Constitución, de modo de recortar las facultades del presidente (las suyas, entonces) y transferirlas a la “Rada” (el Parlamento unicameral de Ucrania). Así como también a dejar sin efecto el odiado paquete de 12 normas opresivas y restrictivas de las libertades esenciales sancionado el 16 de enero pasado. Lo que acaba de suceder, aunque condicionado a la desocupación de los edificios públicos.

Pero para todo esto hay que ir cubriendo etapas. Ocurre que cuando la credibilidad de un gobierno se deteriora sustancialmente, los márgenes políticos de maniobra se achican. Lo que, desde el poder, no siempre se advierte a tiempo. En otras palabras, cuando no hay confianza, todo es muy difícil.

Las protestas exigen, en rigor, suscribir inmediatamente un acuerdo de integración con la Unión Europea, que aleje a Ucrania de la órbita rusa. Lo que el propio Yanucovich hace un par de meses tuvo la oportunidad de hacer pero se negó, desatando la tormenta que hoy lo envuelve. La exigencia tiene su lógica. Por todo lo que significa. Quienes vivieron bajo el comunismo -y saben, por experiencia propia, lo que significa el hecho gravísimo de perder la libertad- no desean ir para atrás. Y, desconfiando del autoritarismo ruso, lucharán a brazo partido para que ello no ocurra.

Las calles de Ucrania también piden la liberación de Tymoshenko y la de los demás presos políticos. Además, una rápida reforma integral de las normas electorales, de modo de asegurar la transparencia en las elecciones y eliminar la posibilidad de que se repitan los fraudes conocidos, por parte de los comunistas.

Ni la policía, ni la fuerza especial de seguridad a la que se conoce como “Berkut” parecen capaces de controlar a la masa indignada de gente que acampa en las calles de muchas de las ciudades ucranianas. En ese ambiente de alta tensión, las treguas duran lo que un suspiro. Sólo eso. La insistencia de quienes protestan es permanente. Y dura. A esta altura de los acontecimientos, hasta la violencia represiva parecería incapaz de cambiar el rumbo de las cosas. Es más, si se la desatara, hasta podría fortalecer las protestas.

Los principales oligarcas -presintiendo un desenlace cercano- están cambiando de vereda y de discurso, lo que es toda una señal en la confusa situación ucraniana. El capitalismo de amigos es peligroso, queda visto, para sus beneficiarios centrales. Tanto es así, que cualquier compromiso político que se alcance tendría que estar garantizado, para evitar marchas atrás y nuevos engaños.

El presidente Yanukovich (a la manera de Mikhail Gorbachov, en 1991) de pronto solicitó “licencia por enfermedad”, generando un peligroso vacío de poder. Pero se apresta a retomarlo. Debe, sin embargo, comprender que ha llegado la hora del paso al costado. Y de estar hasta dispuesto a exiliarse. Lo que no será sencillo, desde que las multitudes exigen que se haga cargo de sus errores, incluyendo la violencia y la corrupción.

Por el momento seguirán seguramente las barricadas y continuarán las columnas de denso humo negro que se levantan desde neumáticos ardientes. Porque es cierto aquello de que el valor espera y el miedo es el que va a buscar. Después de la reciente reunión de los líderes opositores con John Kerry y Sergei Lavrov en Mónaco, los tiempos parecen haberse flexibilizado un poco. Pero cuando de conformar a multitudes se trata, nada es cierto, ni seguro.

Rusia, actor principal de esta crisis, que había comprometido 15 billones de dólares de asistencia, ha suspendido sus desembolsos pero, para no dramatizar las cosas, no ha utilizado su arma más temida: la de cortar el suministro de gas natural, sin el cual Ucrania quedaría rápidamente en el caos. En cambio, los Estados Unidos y la Unión Europea han sugerido que habrá asistencia de emergencia, si fuera necesaria.

Con un poco más de espacio, la seria crisis ucraniana parece encaminarse ahora hacia su desenlace, todavía impredecible.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.