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¿Por qué no fuimos Australia? (Parte I)

Por Iván Carrino. Publicado el 15/2/18 en: https://contraeconomia.com/2018/02/por-que-no-fuimos-australia-parte-i/

 

En el artículo de hoy, la primera parte de un profundo análisis sobre nuestra decadencia económica.

“Existen cuatro clases de naciones: países desarrollados, países en desarrollo, Japón y Argentina”

Simón Kuznets

10 de diciembre de 2015. Era un día soleado y caluroso en Buenos Aires, con una temperatura que alcanzó los 33 grados centígrados. Tras doce años de kirchnerismo, asumía un  nuevo presidente en Argentina.

El nuevo presidente, Mauricio Macri, tenía la característica de no ser militar, peronista ni radical. Un evento único en la historia de los últimos 100 años.

La ceremonia de asunción tuvo todos los condimentos protocolares y otros que no tanto. Tal vez el dato que quedará en la historia es que el mandatario saliente (en este caso, la presidente Cristina Fernández de Kirchner), no asistió a la ceremonia puesto que no le pareció correcto el lugar elegido para realizar la entrega del bastón y la banda presidencial.

Otra anécdota que recordaremos será la de la vicepresidente, Gabriela Michetti, cuando, micrófono en mano, deleitó a sus seguidores desde el balcón de la Casa Rosada cantando las canciones de la popular Gilda. El presidente acompañó con sus célebres pasitos de baile.

Tal vez una historia que pasó desapercibida dentro de la gran cantidad de pequeños eventos que compusieron la ceremonia inaugural fue el saludo cordial que tuvieron el presidente Macri y el embajador de Australia en Argentina, Noel Campbell.

En medio de una ronda de saludos a los enviados extranjeros, se produjo el siguiente diálogo entre ambos:

– Felicitaciones presidente, somos países parecidos – lo saludó el embajador.

– Éramos – respondió Macri con gesto de añoranza, para luego seguir – Ya vamos a volver.

– ¿Usted conoce Australia? – pregunto Campbell

– Nunca he estado, pero soy admirador… en los últimos 30 años nosotros hicimos todo al revés y ustedes hicieron todo correcto.

En menos de diez segundos de charla, Macri tocó uno de los temas más sensibles de la historia económica de nuestro país. ¿Es cierto que fuimos parecidos a Australia y que ahora los miramos “desde abajo”? ¿Por qué Australia hace “todo bien” hace treinta años? ¿Qué le pasó a Argentina?

Australia, país exitoso

Australia es el país más grande del hemisferio sur. Con 7,7 millones de kilómetros cuadrados, tiene todos los climas, prevaleciendo el desértico, pero con grandes extensiones donde predomina el tropical y el templado. En cuanto al terreno, si bien tienen algunas montañas y cordones montañosos, se trata de un país principalmente llano.

Esta combinación hace de Australia un importante productor y exportador de productos primarios, como carne, leche, trigo, cebada y sorgo. Australia cuenta, además, con un importante sector minero que está en los primeros puestos del mundo en cuanto a exportación y producción de oro, carbón, aluminio y cobre. Sin embargo, se trata de una economía principalmente dedicada a los servicios.

Una de las curiosidades de la economía australiana es que hace 25 años que su PBI no muestra variaciones negativas. Es decir, hace 25 años que su economía crece de manera ininterrumpida y no hay señales de que eso vaya a cambiar en el corto plazo.

Gráfico 2.1. Crecimiento económico de Australia

Fuente: Elaboración propia en base a Banco Mundial y FMI

En contraste, en Argentina la volatilidad del crecimiento es muy superior, y en los últimos 25 años atravesamos al menos 3 crisis distintas: la de la convertibilidad; la de las hipotecas subprime y el conflicto con el campo, y la del fin del kirchnerismo.

Pero la historia del éxito australiano no tiene que ver solo con los últimos 25 años, sino que viene de largo.

Por este motivo conversé personalmente con Kris Sayce, quien dirige en Australia la compañía de análisis económico y financiero Port Phillip Publishing y tiene una amplia trayectoria en el análisis de los mercados y administración de portafolios.

– ¿Por qué Australia se convirtió en un país tan rico? – Le pregunté a Kris en enero de 2017.

– Creo que lo primero que debe mencionarse es que Australia empezó su desarrollo mucho después de América del Norte o América Central. Lo segundo es que el establecimiento de la colonia británica, con una clara historia y tradición del respeto por la ley y respeto por los derechos de propiedad fue un elemento clave. Los derechos de propiedad son el punto clave.

Tener un buen respeto por los derechos de propiedad es un elemento de vital importancia para el desarrollo. Si uno es dueño de su casa, tiene incentivos para cuidarla, mejorarla, etc. Pero si uno no sabe si el día de mañana la pueden expropiar u ocupar, entonces probablemente a la casa la deje un poco abandonada.

A este marco de respeto por la ley se le sumó otro factor en 1960. Kris me explicó que hasta los años ‘60, el país tenía una política de “Australia Blanca”, que no permitía la inmigración a personas asiáticas, negras… que era muy restrictiva. Sin embargo, a partir de los ’60, esa política se terminó y el país oceánico recibió una gran inmigración del sur de Europa.

En paralelo con la llegada de los inmigrantes, comenzaron los descubrimientos de los yacimientos de mineral de hierro, así que la combinación de esos nuevos descubrimientos con un gran influjo de mano de obra posibilitó un salto en el crecimiento económico.

Derechos de propiedad, grandes extensiones de terreno, recursos naturales para explotar, inmigración… suena todo muy similar a la Argentina del siglo XIX y principios del XX. Y, efectivamente, por algunos años nuestra performance económica fue comparable a la australiana.

Gráfico 2.2. PBI per cápita relativo de Argentina y Australia

Fuente: Elaboración propia en base a Angus Maddison y FMI en dólares internacionales.

En el gráfico que se observa arriba aparece el resultado dividir el PBI per cápita de Argentina por el de Australia. Esto da una medida relativa de los ingresos de un argentino promedio en comparación con el de un australiano promedio. Así, si el resultado es 100%, quiere decir que el argentino ingresa lo mismo que el australiano. Si es 50%, quiere decir que los ingresos nuestros son la mitad del de la persona con quien nos estamos comparando.

En el gráfico se observa cómo, a partir de la década de 1880, el ingreso promedio de los argentinos se fue acercando de manera vertiginosa al de los australianos. Con fuertes tasas de crecimiento económico, Argentina competía de igual a igual con los países desarrollados, y llegamos a ser el undécimo país en el mundo en 1913.

Así, al compararnos con Australia vemos que pasamos de tener un ingreso del 37,4% del australiano en 1880 a tener uno de 97,3% en 1896. Es decir, éramos casi igual de prósperos.

Por los siguientes 90 años, la relación osciló entre el 60% y el 80%, aunque siempre con una tendencia levemente declinante. Finalmente, a partir de mediados de los ‘70, la tendencia de caída se profundizó. En 1975, si un australiano ganaba 100, un argentino ingresaba 61,7. En 2016, estábamos 20 puntos más abajo, ganando el 41,3% de lo que ganaba un australiano.

La debacle es inocultable.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

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¿Se terminó la inacción fiscal?

Por Adrián Ravier.  Publicado el 31/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/31/se-termino-la-inaccion-fiscal/

 

Las bajas de subsidios no tienen como fin bajar el gasto consolidado, sino que se destinan a otros incrementos de gastos como ya ha pasado en los dos años anteriores

En sus dos primeros años de gobierno, Mauricio Macri desarrolló avances graduales pero importantes en distintos ámbitos, pero prácticamente todo el arco de analistas destacó su inacción fiscal. Ni los impuestos, ni el gasto público, ni el déficit fiscal han bajado realmente.

Cambiemos se defiende. Después de las elecciones se dieron cuatro noticias relevantes: se sobrecumplieron las metas fiscales; se acordó un pacto fiscal con las provincias; continúa la baja del gasto al quitar subsidios a los servicios públicos, con sus consecuentes tarifazos en electricidad y gas; se recortará uno de cada cuatros cargos políticos del Poder Ejecutivo Nacional y durante 2018 los funcionarios no van a tener aumentos de sueldo para acompañar la inflación.

El mensaje, sin embargo, es bastante engañoso. Si bien las metas fiscales redujeron el déficit fiscal primario en relación con el PIB de 4,3% en 2016 a 3,9% en 2017, esto no contempla los intereses de deuda que se incrementaron en el mismo plazo del 1,6% al 2,2% del PIB. Con esta información el déficit fiscal financiero se incrementó entre 2016 y 2017 de 5,9% al 6,1% del PIB.

A este saldo habría que agregar también el déficit fiscal de las provincias estimado en 0,9% del PIB. Es por ello que el Gobierno enfatiza en la importancia del consenso fiscal en el que nación se compromete a ceder a las provincias 45 y 75 mil millones de pesos en 2018 y 2019, con la provincia de Buenos Aires como principal beneficiaria. Lo que el pacto fiscal nos está diciendo es que el esfuerzo por reducir el déficit de las provincias también proviene de nación con nuevas transferencias, y no de las jurisdicciones locales.

Al respecto, si bien continúan las quitas de subsidios, es precisamente ese dinero el que nación utilizará para ceder a las provincias por el pacto fiscal. En otros términos, las bajas de subsidios no tienen como fin bajar el gasto consolidado, sino que se destinan a otros incrementos de gastos como ya ha pasado en los dos años anteriores. Recordemos que solo en 2017 las quitas de subsidios económicos fueron de 65.500 millones de pesos, pero los subsidios sociales subieron en 82.300 millones de pesos.

La medida de hoy que recorta cargos y congela sueldos de funcionarios públicos de nación desde luego que va en el buen sentido de corregir el rojo fiscal, pero su impacto cuantitativo es marginal. El ahorro estimado en 1500 millones de pesos que comunicó hoy el presidente Mauricio Macri representaría apenas el 0,012% del PBI.

La noticia, sin embargo, debe tomarse como un gesto bien intencionado en el sentido de mostrar que los esfuerzos fiscales comienzan por casa, previo a un año de negociaciones paritarias de las que depende corregir los desequilibrios fiscal y monetario.

Si concluyó o no la inacción fiscal, es algo que sabremos en los próximos meses. Bien haría a esta Argentina que las provincias y los municipios replicaran el gesto o que la provincia de Buenos Aires aprovechara los nuevos recursos del pacto fiscal para reducir los ingresos brutos que tanto preocupa al oficialismo. Lo cierto es que en materia de impuestos tampoco ha habido avances, considerando que la reforma tributaria tiene impacto nulo de cara al presente y marginal recién después de 2020.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

La pobreza estructural y los nueve millones de planes sociales

Por Adrián Ravier: Publicado el 14/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/14/la-pobreza-estructural-y-los-nueve-millones-de-planes-sociales/

 

La pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos

Daniel Arroyo publicó recientemente un libro titulado Las cuatro Argentinas y la grieta social, que presenta, en su primer capítulo, un diagnóstico preocupante de nuestro país. Hoy la Argentina presenta un nivel de pobreza del 28% de la población, y es aún más preocupante si focalizamos la población de niños, donde llega al 43 por ciento. Este 28% de la población “está fuera del mercado de trabajo”, y estos niños “jamás vieron a sus padres trabajar”.

El diagnóstico se completa con otros datos duros. La mitad de los jóvenes no termina la secundaria. La desocupación es del 9%, pero alcanza al 20% cuando concentramos la atención en los jóvenes. Hay un millón y medio de jóvenes que no trabaja ni estudia. Y si focalizamos la atención en el mercado laboral, el 35% de quienes obtienen empleo sólo consiguen trabajo informal, con la lógica “precarización laboral”.

Para atender esta problemática social, la política económica ha ampliado sistemáticamente los planes sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos ofrecer una síntesis cronológica. Tras el retorno a la democracia y a sólo seis meses de asumir, Raúl Alfonsín lanzó las cajas PAN. Carlos Saúl Menem agregó planes sociales, con políticas más focalizadas. Fernando de la Rúa buscó tercerizar la administración de los planes en determinadas organizaciones, pero también amplió el número. Eduardo Duhalde ofreció su plan para jefas y jefes de hogar desocupados, dejándonos con 2,2 millones de planes. Néstor Kirchner partió de esa base y ofreció créditos y microcréditos, mientras Cristina Kirchner agregó la asignación universal por hijo, entre otros muchos programas de ayuda. En estos 12 años de kirchnerismo explotó la oferta de planes sociales, y mientras muchos creían que Argentina crecía, pasamos de 2,2 a 8 millones de planes sociales. Mauricio Macri también los amplió, entre otras propuestas, con una asignación universal por hijo para los monotributistas, alcanzando hoy los nueve millones de planes.

Daniel Arroyo acepta que la lucha contra la pobreza estructural a través de planes sociales está agotada. Explica que el problema está en el funcionamiento de la economía. Plantea que no hay recetas escritas en ningún libro que nos vayan a ayudar a resolver este flagelo. “Necesitamos creatividad, nuevas propuestas”, exclama.

Mi observación a este planteo es que la pobreza estructural es un mito. “Estructural” es un concepto que manifiesta la estabilidad del flagelo de la pobreza a lo largo del tiempo y tras el paso de sucesivos gobiernos. Esto deja una sensación pesimista, como si el problema de la pobreza no tuviera solución o fuera muy difícil de resolver. Pero lo cierto es que la pobreza será “estructural” si los gobiernos siguen intentando atacar el problema con las mismas recetas. En su diagnóstico, Arroyo ofrece la clave del asunto, y es que la pobreza sólo se resuelve si recuperamos el funcionamiento de la economía. Aunque aclara, al mismo tiempo, que no existe el derrame, y que le vaya bien hoy a ciertos sectores de la economía, como al sector agro, la minería o el sector financiero, sí podrá generar divisas, pero no derramará riqueza al resto de la sociedad. Debemos “cuidar”, afirma, a ciertos sectores como la construcción y el área textil. Debemos ofrecer “créditos masivos a tasas de 1%” para que surjan microemprendimientos.

Expertos en el desarrollo, aún ignorados en la Argentina, como William Easterly o el premio Nobel Angus Deaton, nos enseñan que se plantean dos tipos de solución para la pobreza, desde arriba o desde abajo. Desde arriba, con una planificación centralizada del gobierno en atender a los necesitados mediante planes y créditos a tasas subsidiadas; o desde abajo, confiando en la planificación descentralizada de las personas que buscan salir de este flagelo. La pregunta es si seguimos tirando panes desde arriba, o si mejor arrojamos una escalera.

Si realmente queremos ascenso social de los más postergados, necesitamos liberar la energía creativa de los empresarios. Y los empresarios no son los ricos. Empresarios podemos ser todos. Basta estar alerta en el mercado para descubrir las oportunidades de inversión. Sólo desde abajo podemos advertir el conocimiento de tiempo y lugar necesario para dar una solución al flagelo de la pobreza. Descentralizar los recursos desde nación hacia provincias y municipios ayudaría, pero sería aún mejor que el aparato estatal devolviera los recursos de donde los extrae, de la gente.

A mi modo de ver, hoy estos emprendedores están atados. Atados por la presión tributaria excesiva que se requiere para mantener precisamente la estructura actual del Estado. Los planes sociales no sólo están agotados, sino que son el problema de esta Argentina. Cuando se ofrece un empleo a algunas de estas nueve millones de personas, muchas veces surge el problema de que prefieren negarse a aceptarlo, ya que de otro modo perderían el plan. Sostienen: “El plan es estable, el empleo privado no lo es”. Los planes son “derechos adquiridos”. Ya nadie puede quitarlos. El kirchnerismo nos metió en una jaula de “pobreza estructural” y tiró la llave. Los gobiernos que le siguen entran en esta jaula y no ven la solución. Peor aún, por momentos mantienen la misma dinámica. Estamos encarcelados con impuestos, inflación y deuda.

No necesitamos buscar recetas creativas. Necesitamos tomar un par de manuales básicos de economía y finanzas públicas a los que por décadas les dimos la espalda. Sólo el equilibrio fiscal nos sacará de la inflación y la deuda. Y sólo con estabilidad monetaria y menor presión tributaria los emprendedores encontrarán los proyectos que pueden dar empleo a estos jóvenes postergados. La solución está en la base de la pirámide, quizás en los mismos necesitados, no arriba, en los gobiernos. Como decía Juan Bautista Alberdi: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

Arroyo nos muestra cuatro Argentinas. La primera es la de la pobreza estructural, que representa el 25% de la población; la segunda es la Argentina vulnerable, la del trabajo informal, que representa el 35% de la población; la tercera es la clase media, con empleo formal, que representa otro 35% de la población; y finalmente está la clase alta, con un 5% de la población. Esta desigualdad genera fragmentación, conflicto o, en definitiva, la grieta social.

¿Cómo integramos estas 4 Argentinas? El primer paso es dejar de expandir los planes. Macri ya creó un millón. Es un error. Quien adquiere un plan entra en una jaula de la que después no puede salir. Le tiramos un pan, pero no una escalera.

El segundo paso es flexibilizar la legislación laboral. Que los jóvenes puedan hacer pasantías en las empresas para aprender a trabajar, antes de exigir salarios mínimos elevados en relación con la productividad que pueden ofrecer. Esto no es precarización laboral, es el modo en que los jóvenes se insertan en el mercado laboral en todo el mundo. El Estado de bienestar europeo es aplicable a los países ricos de Europa, no a esta triste Argentina que arriba describimos. Tenemos que dejar de poner la carreta delante de los caballos. Pedirle a una empresa que tome jóvenes empleados para capacitarlos pagando el actual salario mínimo es no comprender el mundo empresarial. Las empresas simplemente no toman a estos jóvenes porque no suman suficiente valor a la empresa. Y no es una cuestión de falta de solidaridad. Simplemente no lo hacen, porque si lo hicieran, quebrarían.

El tercer paso es bajar los impuestos. Argentina tiene una estructura impositiva impagable. Esto inhibe la creación de emprendimientos, y a las pymes existentes las incentiva a evadir y mantenerse en la economía informal.

El cuarto paso es abrir la economía, porque, aislados del mundo, los productos en el mercado interno son extremadamente caros y elevan el costo de la canasta básica requerida para salir de la pobreza. Si queremos precios bajos, no necesitamos acuerdos con empresarios, necesitamos competencia. Claro que, sin una previa reducción de costo impositivo y laboral, abrir la economía sólo condenaría a las pymes a su destrucción.

El quinto paso es corregir el atraso cambiario. Insistir en que estamos ante un tipo de cambio libre, mientras la oferta de dólares proviene de la demanda del gobierno para evitar el ajuste del gasto, no parece muy sensato. Abrir la importación, con este atraso cambiario, es condenar a las empresas a la quiebra.

El sexto paso, que en la medida de lo posible debería ser el primero, es la reducción del gasto público. Así como dos millones de personas se sumaron al empleo público en la última década, el proceso debe revertirse gradualmente. Mientras el mercado se amplíe, con nuevos proyectos empresariales que generen empleo, podremos ir reduciendo el sobre-empleo estatal y prescindiendo del gasto social. Pero esto llevará tiempo. Argentina puede tomar deuda en la transición hacia un ordenamiento de su economía, pero esa pesada carga habrá que pagarla en el futuro.

Las cadenas productivas son las únicas que pueden corregir el flagelo de la pobreza, pero las cadenas impositivas y laborales evitan que las primeras puedan desarrollarse.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Consensos para bajar la presión tributaria: la Curva de Laffer, Irlanda y Reagan

Por Adrián Ravier: Publicado el 20/7/17 en: https://www.elcato.org/consensos-para-bajar-la-presion-tributaria-la-curva-de-laffer-irlanda-y-reagan

 

Adrián Ravier estima que el gobierno de Mauricio Macri podría simplificar el sistema tributario y reducir la presión tributaria sin necesariamente mermar la recaudación tributaria.

La herencia del gobierno anterior ha sido bastante compleja de desarticular. Ha habido avances en algunos frentes como el monetario y el cambiario, pero han sido claramente insuficientes en el frente fiscal. El gobierno parte de un diagnóstico adecuado. Acepta que la presión tributaria es excesiva para sus pretensiones de recuperar la inversión privada, a la vez que admite el elevado déficit fiscal, que lo mantiene acorralado en su intención de reforma tributaria. El ministro Nicolás Dujovne se ha propuesto para los próximos meses lanzar una reforma tributaria, pero los analistas temen que ésta sólo busque resolver el laberinto fiscal, sin reducir al mismo tiempo la presión tributaria.

Argentina tiene más de 100 impuestos en los tres niveles de gobierno, y las recomendaciones de los especialistas de finanzas públicas sugieren no tener más de 10. Está claro que la simplificación tributaria es necesaria, pero olvidarse de la presión tributaria constituye un error. No debemos buscar reemplazar algunos impuestos con otros nuevos, o elevando las alícuotas de los existentes. Argentina debe eliminar impuestos para alcanzar así el doble objetivo de simplificar el laberinto fiscal y, a la vez, reducir la presión tributaria.

El temor por la recaudación

El gobierno teme que hacerlo pueda implicar una reducción en la recaudación, lo que perjudicaría aun más las metas de acotar el déficit fiscal. Este temor, sin embargo, está infundado. El argumento principal para mostrar el punto no es otro que el conocido modelo de la Curva de Laffer.

La recaudación tributaria surge de multiplicar la “presión tributaria” por una cierta “base imponible”. Si el gobierno estuviera realmente convencido de que la presión tributaria actual inhibe la inversión, entonces debe comprender que desmantelar la mayoría de los impuestos podría impulsar fuertemente la actividad económica y el empleo, lo que incrementaría la base imponible y con ello aumentaría la recaudación. En términos de la Curva de Laffer, parece haber consenso entre los economistas de que la Argentina se encuentra por encima del óptimo.

Otro efecto secundario a la reducción de la carga tributaria es el consecuente impulso en la actividad económica y el empleo, lo que abre soluciones de mercado para muchos de los problemas que hoy el Estado busca resolver por la vía pública. Si reducimos la presión tributaria drásticamente y se crean nuevos puestos de trabajo, entonces el Estado puede reducir el gasto social, porque se reduce el número de necesitados. El efecto es benéfico económica y socialmente.

El consenso sobre la baja en la presión tributaria es tan amplio en economía que hasta ortodoxos y heterodoxos se darían la mano. Los ortodoxos no desconocen que el déficit fiscal es un problema real, pero aplauden desde luego reducir la órbita del Estado para dar lugar al mercado. Los heterodoxos, por su parte, comprenden que reducir la carga tributaria incrementa el ingreso disponible y con ello el gasto en consumo, lo que también da impulso a la demanda agregada en un momento en que la economía real todavía está en una situación delicada.

Irlanda, Reagan y Europa del Este

La evidencia empírica es enorme en esta materia. Quizás el caso más reciente es el de Irlanda, que bajando la presión tributaria logró atraer a numerosas empresas que querían escapar del fisco europeo. El impulso en la actividad económica desarrolló lo que hoy la literatura conoce como “el milagro del Tigre Celta”, básicamente por ser una isla de baja presión tributaria en un océano de Estado Benefactor.

Otro caso digno de mención es el de Ronald Reagan en Estados Unidos, quien bajó la tasa marginal más alta desde el 70 al 28%. En 8 años de gestión, Reagan consiguió reducir la inflación, acelerar el crecimiento económico y mantener prácticamente el mismo nivel de recaudación en relación con el PIB que el que existía cuando llegó al gobierno. Un claro ejemplo del mensaje de la Curva de Laffer.

Si el gobierno además se animara a dejar a un lado el gradualismo, entonces podríamos mirar otros casos emblemáticos en los países del Este de Europa, que emprendieron una transición desde el socialismo hacia las economías de mercado, no dudando en generar un cambio profundo en el frente fiscal para obtener una transformación real de sus economías.

Mauricio Macri está a tiempo de transformar la Argentina, como lo hizo la generación del 37 en tiempos pasados. Pero sin convicción, esta transformación será efímera. La reforma tributaria de Dujovne generará seguramente un impulso positivo en la actividad económica, pero su magnitud dependerá directamente de su convicción para simplificar el laberinto fiscal y también para reducir la presión tributaria.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Los desafíos de Lenín Moreno en la presidencia de Ecuador

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 1/6/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2029360-los-desafios-de-lenin-moreno-en-la-presidencia-de-ecuador

 

Con un largo discurso conciliador, Lenín Moreno asumió la semana pasada la presidencia de Ecuador. Reemplaza a quién fuera uno de los pilares del socialismo bolivariano: Rafael Correa, quien dejará a su país para, según ha anunciado, descansar y pasar tiempo reflexionando en medios académicos, en la Vieja Europa.

En su momento, Rafael Correa, de la mano de Hugo Chávez y Evo Morales, quiso instaurar en América Latina un sistema económico inviable: el del colectivismo, cuyo fracaso estrepitoso en Venezuela pudo bien haber sido el de toda la región.

Afortunadamente, el arbitrario Rafael Correa no tuvo éxito más allá de las fronteras de su propio país. Su ideología quedó a la vista cuando la información secuestrada en la computadora de Raúl Reyes -uno de los líderes de las FARC colombianas- confirmó que Correa (con Cuba y Venezuela) contribuía a mantener y a financiar a las FARC colombianas y al andar violento de otros grupos terroristas latinoamericanos.

Para impulsar el desarrollo de su país, Rafael Correa convocó a China, que hoy es, a la vez, el inversor externo más importante y el mayor acreedor de Ecuador. Durante sus mandatos, cercenó muy fuertemente -y sin disimulo alguno- la libertad de expresión y la de prensa a lo largo de una década, persiguiendo tenazmente a quienes no coincidían con su visión u opiniones, incluyendo a los principales medios opositores. Tiene, sin embargo, en su haber un logro no menor: el de haber disminuido sensiblemente la pobreza.

Lenín Moreno recibió la banda presidencial de manos de un emocionado Rafael Correa, de quien fuera vicepresidente durante seis años. Hoy Moreno es el único Jefe de Estado del mundo que gobierna desde una silla de ruedas. Ocurre que quedó parapléjico en 1988 como consecuencia de un asalto violento en el que recibió un tiro por la espalda. En su juventud, Lenín Moreno militó activamente en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Ecuador.

A la ceremonia de asunción del mando concurrieron, como es habitual, varios presidentes de nuestra región. Entre ellos Mauricio Macri. Pero no su principal “compañero de ruta” regional: Nicolás Maduro, quien luego de anunciar que asistiría no pudo hacerlo, jaqueado por las continuas protestas de su pueblo en las ciudades venezolanas. Ella tuvo lugar en la sede de la Asamblea Nacional. Dos presidentes llegaron tarde a la ceremonia: Mauricio Macri y el colombiano Juan Manuel Santos. Rafael Correa leyó un largo informe de su gestión, aplaudido en distintas oportunidades. La televisión ecuatoriana, sin embargo, evitó mostrar en cámara los carteles que, durante el acto, repudiaban la presencia de la delegación venezolana.

Luego vino el discurso inaugural de Lenín Moreno que duró poco más de una hora. Para quienes estaban acostumbrados a la sobreactuación de Rafael Correa, eso fue apenas un instante. El mensaje fue, esencialmente, una sobria invitación al diálogo. También incluyó el anuncio de una inevitable primera etapa de austeridad, consecuencia directa del irresponsable dispendio de su predecesor, que dejó a Ecuador con un Estado inepto y obeso, endeudado más allá de los límites legales con un agobiante pasivo externo que deberá reestructurarse. Anunció, asimismo, la confirmación de la continuidad de la “dolarización” de la economía ecuatoriana. Y la esperada reiteración de que, en su gestión, pondrá énfasis en lo social.

La economía ecuatoriana atraviesa un momento complejo. Muy debilitada por la caída de los precios internacionales del petróleo y el aumento del servicio de su pasivo externo. Azotada además por las consecuencias del duro terremoto de abril de 2016. El año pasado, Ecuador sólo pudo crecer al ritmo insuficiente del 1,5% de su PBI.

El derrotado candidato opositor, el empresario Guillermo Lasso, en rueda de prensa, reiteró sus acusaciones de fraude electoral y convocó a Lenín Moreno a liberar a los presos políticos; a hacer pública la corrupción que también allí aparece en torno a los contratos de la multinacional brasileña Odebrecht; a despolitizar la actividad propia de la gestión de gobierno; y a reducir la presión tributaria de modo de estimular las inversiones privadas.

El vicepresidente, Jorge Glas, a diferencia de Lenín Moreno, sostuvo que el líder opositor carece de “autoridad moral” para criticar al gobierno, o hacer propuestas. Continuando así el lamentable estilo belicoso de Rafael Correa

Lenín Moreno, sin embargo, tiene sus propios objetivos de gobierno. También un estilo diferente. Seguramente continuará transitando la vía del intervencionismo estatal en la debilitada economía ecuatoriana. Esto es seguir el sendero económico-social abierto por su predecesor. Tan parecería ser así, que en su superpoblado gabinete -de 23 ministros y tres secretarios de Estado- 15 ministros son ex funcionarios de Rafael Correa. Entre ellos, la Canciller, María Fernanda Espinosa Garcés, una activa mujer con experiencia en la política. Así como los ministros de Justicia, Industrias, Defensa, Agricultura, Vivienda y Salud, y la propia Secretaria General de Gobierno.

Rafael Correa culminó su gestión de una década luego de haber sido electo en las urnas tres veces. Con una aprobación del 62%. Polarizó fuertemente a su país. Deja tras de sí una infraestructura pública mejorada, particularmente en materia de caminos y aeropuertos. También una importante ampliación de capacidad en materia de generación hidroeléctrica. Su particular estilo: demagógico y paternalista, pero siempre arrogante, impetuoso, populista y hasta arbitrario, no será extrañado. La corrupción que floreciera en su derredor, tampoco. Correa fracasó en su intento de encerrar a América del Sur en sí misma, alejándola de los organismos regionales tradicionales.

Quizás la enorme agresividad contra los Estados Unidos, a los que Rafael Correa desalojó de la base militar en Mantra, disminuya ahora un tanto. Para Correa, esa actitud era un tema personal. Ocurre que su padre estuvo preso por largo rato en los Estados Unidos, acusado de tráfico de drogas. Por ello el ex presidente debió ser criado por su madre, en Guayaquil. Lo que seguramente lo marcó para toda la vida.

El contexto externo en el que le tocará actuar a Lenín Moreno será variado. Con gobiernos liberales, como el de Mauricio Macri o el que surja del probable retorno de Sebastián Piñera al timón de Chile. Y con el enorme signo de interrogación en el que se ha transformado Brasil, sumergido en un inmenso caos. Pero también con la probable presencia regional del izquierdista Andrés Manuel López Obrador, que podría ser el próximo presidente de México como consecuencia de la torpeza de la campaña electoral de Donald Trump. Así como con el populismo y la corrupción que parecen haberse consolidado en Bolivia. En ese marco, Lenín Moreno estará enrolado en el andarivel propio de la izquierda, presumiblemente con menos agresividad que Rafael Correa.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

No, pero sí, a los políticos

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 20/4/17 en: https://www.elcato.org/no-pero-si-los-politicos?utm_content=buffer67d5e&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer

 

Alejandro Tagliavini estima que la moderación de Trump parece ser un Donald Trump convertido en político tradicional, a pesar de que su elección reflejó un rechazo a ese tipo de política.

Casi un año estuvo España sin gobierno —con uno de transición, de poderes limitados—, porque el Parlamento no acordaba uno nuevo. Entretanto, la economía mejoró. Entonces, el chiste entre los españoles —a los que visito a menudo— era que, debido a que no tenían gobierno, el país avanzaba. Crece el hartazgo en todo el globo de los políticos, si hasta Donald Trump se presentó como reacción ante la política tradicional. Por caso, antes de las elecciones del 23 de abril en Francia, la abstención ya amenazaba trepar al récord del 32% cuando la participación ha superado el 80% desde 1974.

Según El Mundo de Madrid, Jerôme Fourquet, del Instituto de Opinión Pública, asegura que la abstención se da “especialmente en jóvenes”. Por caso, Vincent, de 25 años, aseguró que no votará y que no le asusta “la amenaza” de que gane Marine Le Pen en la segunda vuelta, sino que es un truco de los tradicionales para atraer al votante: “te dicen, nosotros o el horror”. El mismo truco que utilizó Mauricio Macri haciendo creer que Argentina iba camino de “ser Venezuela”, si él no le ganaba al oficialismo, cuando este oficialismo estaba alejado de las Fuerzas armadas que son la base del poder que armó el coronel Chávez.

Explicaciones hay muchas, como que el sistema parlamentario está obsoleto y tantas otras. Pero no explican que el rechazo a los políticos sea tan universal, de hecho, EE.UU. no tiene sistema parlamentario sino presidencialista. El problema es más hondo y es que la “autoridad” estatal se basa en el monopolio de la violenciafuerzas armadas y poder de policía— cuando ésta siempre destruye, en tanto que las sociedades se manejan cada vez más en base a liderazgos por influencia, que influyen básicamente por sus conductas ejemplares.

Ya decían los filósofos griegos que la violencia contraría —pretende forzar el desvío— el desarrollo natural del cosmos. Y como contra la naturaleza no se puede, la violencia jamás, pero absolutamente nunca, construye, solo destruye. Así, los políticos no cumplen sus promesas y empeoran las cosas. Por caso, ya en 2007, la FAO informaba que en el mundo se producen 10% más de alimentos que los necesarios para toda la humanidad y, sin embargo, 850 millones de personas pasaban hambre.

Dos son las causas básicas de esta aberración, primero, la fuerte carga impositiva de los gobiernos, que aumentan los precios de los alimentos y crean pobreza porque todos los impuestos son necesariamente derivados hacia abajo vía suba de precios o baja de salarios. Y luego, la maraña de trabas regulatorias estatales que encarecen la logística y a veces hasta hacen imposible el traslado y comercialización.

Pero el hombre evoluciona por maduración, así los “revolucionarios” anti políticos terminan casi adaptándose al sistema, con el beneplácito de “las mayorías”. Dice Pablo Pardo que volvemos al pasado. Las búsquedas en Google de “Tercera Guerra Mundial” están en su mayor nivel, cuando Trump decía que era Hillary Clinton la que iba a provocar una conflagración mundial.

Trump ahora dice que la OTAN “ya no está obsoleta”, ha bombardeado en Siria y elevado la tensión en Corea del Norte. Probablemente renueve a Janet Yellen al frente de la Reserva Federal, pese a que había dicho que ésta debería “avergonzarse” de su trabajo. Ha dejado para 2018 la bajada de impuestos y no declarará a China “manipulador de la divisa”. Es el nuevo Trump, un Trump “moderado”, convertido en político tradicional.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Distintos niveles de popularidad de los presidentes latinoamericanos

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/3/17 en: http://www.lanacion.com.ar/1989208-distintos-niveles-de-popularidad-de-los-presidentes-latinoamericanos

 

Se acaban de difundir los resultados de una interesante encuesta reciente realizada por IPSOS-Public Affairs, que midió los niveles actuales de popularidad de los distintos presidentes de América latina. Ella se realizó consultando específicamente a casi tres centenares de líderes de opinión de todos los rincones de la región y a periodistas especializados durante el período transcurrido desde noviembre de 2016 hasta enero del año en curso.

Los mandatarios de nuestra región que, a estar a los resultados de esa encuesta, mejor miden son: Juan Manuel Santos, de Colombia; Tabaré Vázquez, de Uruguay y nuestro presidente, Mauricio Macri, en ese orden.

Los porcentajes de aprobación son, para ellos, realmente muy significativos. Concretamente, del 74% para Santos, del 70% para Vázquez y del 64%, para Macri.

La alta cifra de aplauso para el Premio Nobel de la Paz Juan Manuel Santos hoy podría haber disminuido algo, como consecuencia de las acusaciones que le imputan haber recibido indirectamente dinero de Odebrecht, destinado al financiamiento de su última campaña electoral. Estas acusaciones son llamativamente paralelas a las que en su momento se hicieran contra el ex presidente colombiano Ernesto Samper, que acaba de renunciar a la Secretaría General de UNASUR. Como duro resultado de ellas, lo cierto es que Ernesto Samper aún no puede ingresar al territorio de los Estados Unidos, país que le niega la posibilidad de obtener la visa del caso.

A su vez, los presidentes que peor miden en nuestra región, son: el ecuatoriano Rafael Correa, con apenas un 36% de aprobación; el dictador cubano, Raúl Castro, con un débil 31%; el asediado por acusaciones de corrupción presidente de Brasil, Michel Temer, con un escaso 30% de aprobación; el presidente de México, Enrique Peña Nieto, con sólo un 25% de aprobación; y, no inesperadamente, el claramente peor de todos es el presidente venezolano Nicolás Maduro, que aparece con un escuálido 6% de aprobación, con nada entonces. Rechazado por su pueblo.

Los otros tres mandatarios regionales cuya popularidad midiera la encuesta referida específicamente, son: Pedro Pablo Kuczynski, del Perú, que obtuvo un saludable 61% de aprobación; y Michelle Bachelet, de Chile, que tiene un 58% de aprobación. Bien por debajo de ellos aparece el eterno presidente boliviano, Evo Morales, con una flaca aprobación del 41%, esto es menos de la mitad del total de los encuestados.

A su vez, las respectivas tasas de desaprobación registradas por la encuesta comentada son las siguientes: para Juan Manuel Santos, del 23%; para Tabaré Vázquez, del 14%; para Mauricio Macri, del 14%; para Rafael Correa, del 58%; para Raúl Castro, del 64%; para Michel Temer, del 26%; para Enrique Peña Nieto, del 67%; para Pedro Pablo Kuczynski, del 12%; para Michelle Bachelet, del 40%; para Evo Morales del 56%; y para el repudiado Nicolás Maduro, de un increíble 91%.

No es imposible que la débil imagen del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, comience pronto a fortalecerse por impacto del nacionalismo si, de pronto, su desempeño en la difícil pulseada comercial e inmigratoria que tiene en curso contra el presidente norteamericano, Donald Trump, lo justifica.

Así están las cosas en nuestra región latinoamericana. Relativamente tranquilas, al menos aparentemente, para los jefes de estado de Colombia, Uruguay, Argentina, Perú y Chile. Bastante más complejas para los de Bolivia y Ecuador. Y francamente adversas, al menos en términos de imagen, para los presidentes de Cuba, Brasil, México y Venezuela.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Una meta fiscal que no se cumplió, porque no había convicción para concretarla

Por Adrián Ravier. Publicado el 27/12/16 en: http://www.lagaceta.com.ar/nota/713018/economia/meta-fiscal-no-se-cumplio-porque-no-habia-conviccion-para-concretarla.html

 

Con Mauricio Macri nace una nueva forma de hacer política, parecida, quizás, al modo de administrar una empresa. Se fijan metas, se deja trabajar y luego se evalúa la performance. Ha llegado el momento de evaluar a los ministros y Alfonso Prat-Gay tenía una meta fiscal que no cumplió, porque jamás estuvo convencido de ella.

En este primer año se priorizó ordenar la economía, tras la pesada herencia representada en los tres grandes desequilibrios: fiscal, monetario y cambiario. Comenzando por este último, Prat-Gay y Federico Sturzenneger, titular del Banco Central, trabajaron en conjunto para levantar el cepo cambiario, para arreglar con los holdouts y para acceder al crédito externo que le ayude al Gobierno en su estrategia de gradualismo. Sturzenegger, además, logró convencer al mercado de que las metas de inflación son viables, pero Prat-Gay no sólo no logró sus objetivos del segundo semestre, sino que tampoco pudo alcanzar la meta fiscal de 4,8 % de déficit primario que se había planteado. Si el déficit no fue mayor al actual se debe a que el blanqueo ofreció recursos extraordinarios que resultaron en una rueda de auxilio.

El incumplimiento de esta meta fiscal puede recibir variadas lecturas y hasta justificarse por medidas que incluyeron aspectos que estaban fuera del alcance del ministro saliente. Pero las metas de 2017, necesariamente, deben ajustar las tuercas de la cartera de Hacienda y Prat-Gay no está convencido de ello. No sólo descree que sea oportuno ajustar el déficit por las elecciones próximas, sino que su modo de entender la economía desaconseja apuntar al déficit fiscal en un contexto recesivo.

Está fuera de mi alcance comprender si la decisión es política, por la forma individualista de hacer política económica de Prat-Gay y su poco entendimiento con el jefe de Gabinete (Marcos Peña), pero me gustaría creer que Macri comprendió que fomentar la demanda agregada mediante gasto público en 2017 bien puede ser de ayuda para ganar las elecciones y mostrar cierto crecimiento, pero esa tendencia peligrará en 2018 si se pierde otro año en materia de metas fiscales. Me gustaría creer que Macri comprendió que el problema madre que tiene la Argentina es fiscal, y que sólo mediante un ajuste su Gobierno puede terminar con una economía en auge sostenible.

Nicolás Dujovne ha sido la persona elegida para avanzar en el desafío fiscal, y tiene más perfil docente que experiencia en el sector público. El Frente Renovador emitió algún comentario que identifica a Dujovne como un economista ortodoxo que acelerará el ajuste fiscal. Mi lectura, sin embargo, es diferente. Dujovne continúa el gradualismo y el foco se coloca en la comunicación. Vale como ejemplo la siguiente referencia suya: “si el Gobierno lograra mantener el gasto congelado, por los próximos cinco años, y si la economía creciera 3% por año, el gasto en relación con el PBI bajaría de 45% a 39% en 2021. Y si esa estabilidad del gasto permaneciera por diez años, caería hasta 34% del PBI en 2026.”

Con Dujovne no habrá ajustes o recortes de gasto. Las críticas de Dujovne a Prat-Gay o a Sturzenegger no son de fondo sino de forma. Mi lectura de sus notas es que cuestiona la estrategia de comunicación, más que las propias metas fijadas. Da la sensación de que mantendrá el foco en las mismas metas de déficit primario de 3,3% para 2017 (aún cuando el Presupuesto lo estima en 4,2 %); del 1,8 % para 2018 y del 0,3 % para 2019, pero con alguien que está convenido de su importancia.

Además pondrá foco en dos temas centrales: la fuerte presión tributaria, que a Dujovne le parece injusta e inviable, y la enorme proporción de empleo informal, que daría lugar a cierta flexibilización. El mercado ha reaccionado con tranquilidad ante este cambio. El dólar y el Merval prácticamente operaron sin cambios. Pero es más un cambio de nombres que de fondo y sustancial en la política fiscal. Sería deseable que las metas fiscales se construyan sobre el déficit consolidado y no sobre el primario, especialmente en una serie de años donde la Argentina acumulará nueva deuda con su consecuente pago de intereses.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Efectos del gradualismo

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 25/10/16 en: http://www.rionegro.com.ar/columnistas/efectos-del-gradualismo-DI1468225

 

El jueves pasado, en el almuerzo anual del Consejo Interamericano de Comercio y Producción, el presidente Mauricio Macri pidió públicamente un esfuerzo a los empresarios, pues según su entender –y el mío– de ellos depende el crecimiento del país.

El presidente arengó a su auditorio: “Son ustedes los que tienen que dar el ejemplo, los primeros en plantear una agenda superadora, de productividad, de competitividad; o romperse el traste, como lo quieran decir. Pero si quieren que este país crezca depende de cada uno”. Y continuó diciendo: “No hay tiempos para miedos, para mezquindad, porque uno de cada tres argentinos la está pasando mal. No tenemos que quedarnos en una actitud especuladora, a ver qué va a pasar, hay que ser solidarios con aquellos que necesitan un país creciendo”.

Como se sabe, Mauricio Macri, un conocido empresario devenido hace algunos años en político, parece no haber tenido en cuenta su antiguo rol porque, para obtener resultados, es preciso que antes se creen las condiciones favorables a climas de negocios en el país. Al parecer, el presidente fue mal asesorado, no pudo, no quiso o no se animó a hacer las reformas necesarias para que el sector privado pudiera generar riqueza. Y ahora, desde el Ejecutivo, perspicaz, sutil y desregulado, se busca echar sobre el sector empresarial el peso de las propias limitaciones de su función de gobierno.

Los hechos dan cuenta de que hay 20 millones de personas que viven de la mambla del Estado y que deben ser sostenidos por el esfuerzo de un sector privado formal –con una población de ocho millones de trabajadores, actualmente en franco retroceso− cada vez más sojuzgado por la asfixiante presión tributaria que le impone el Estado, en sus tres niveles de gobierno.

Las cifras oficiales del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, del 16 de octubre, exponen los datos de empleo que: “Finalmente, en términos desestacionalizados, en julio del 2016 hay casi 20.000 trabajadores registrados más que en diciembre del 2015. Las dos categorías de mayor crecimiento fueron: el empleo asalariado del sector público y los trabajadores inscriptos en el régimen de monotributo (alrededor de 27.000 trabajadores más en ambas categorías). También se incrementó la cantidad de trabajadores de casas particulares (alrededor de 7.000 trabajadores). En cambio, durante el mismo período se verificó la desvinculación neta de 48.000 asalariados del sector privado”.

A esta altura en Argentina, a excepción del ministro Prat Gay, un keynesiano confeso quien se muestra indolente ante la racionalización del gasto, muchos economistas conocidos entienden que la obra de Keynes tiene fallas tan profundas –está incluso tan colmada de errores– que no es necesario estudiarla. Por cierto, en muchos casos, prevalece la opinión de que la revolución keynesiana en lo que atiene a la política macroeconómica fue un intervalo infortunado que hoy ya ha sido superado.

No obstante, la obstinación por refrendar el acoso fiscal por parte del ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, fiel a su ideario, ha desplazado la mayor cuantía de inversión privada hacia ineficaces estímulos expansivos a través del gasto, ¡y los resultados están a la vista! Este ha sido el gran error del gradualismo, los magros resultados de la producción conjunta.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

El Perú a salvo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 11/6/16 en: http://elpais.com/elpais/2016/06/10/opinion/1465563628_557697.html?id_externo_rsoc=TW_CC

 

El país sudamericano ha estado a punto de caer en las mismas manos que han protagonizado una de las páginas más negras de su historia

La ajustada victoria de Pedro Pablo Kuczynski en las elecciones presidenciales del 5 de junio ha salvado al Perú de una catástrofe: el retorno al poder de la mafia fujimorista que, en los años de la dictadura de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, robó, torturó y asesinó con una ferocidad sin precedentes y, probablemente, la instalación del primer narcoEstado en América Latina.

Perú

La victoria de Keiko Fujimori parecía irremediable hace unas pocas semanas, cuando se descubrió que el secretario general y millonario financista de su campaña y su partido, Fuerza Popular, Joaquín Ramírez, estaba siendo investigado por la DEA por lavado de activos; se recordó entonces que la policía había descubierto un alijo de unos cien kilos de cocaína en un depósito de una empresa de Kenji, hermano de Keiko y con pretensiones a sucederla. El fujimorismo, asustado, intentó una operación sucia; el dirigente de Fuerza Popular y candidato a una vicepresidencia, José Chlimper, filtró a un canal de televisión cercano al fujimorismo una grabación manipulada para desinflar el escándalo; el ser descubierto, lo multiplicó. Muchos presuntos votantes de Keiko, que ingenuamente se habían tragado su propaganda de que sacando el Ejército a las calles a combatir a los delincuentes y restableciendo la pena de muerte habría seguridad en el Perú, cambiaron su voto.

Pero, el hecho decisivo, para rectificar la tendencia y asegurarle a Kuczynski la victoria, fue la decisión de Verónika Mendoza, la líder de la coalición de izquierda del Frente Amplio, de anunciar que votaría por aquél y de pedir a sus partidarios que la imitaran. Hay que decirlo de manera inequívoca: la izquierda, actuando de esta manera responsable —algo con escasos precedentes en la historia reciente del Perú—, salvó la democracia y ha asegurado la continuación de una política que, desde la caída de la dictadura en el año 2000, ha traído al país un notable progreso económico y el fortalecimiento gradual de las instituciones y costumbres democráticas.

El nuevo Gobierno no va a tener la vida fácil con un Parlamento en el que el fujimorismo controla la mayoría de los escaños; pero Kuczynski es un hombre flexible y un buen negociador, capaz de encontrar aliados entre los adversarios para las buenas leyes y reformas de que consta su programa de gobierno. Hay que señalar, por otra parte, que, al igual que Mauricio Macri en Argentina, cuenta con un equipo de colaboradores de primer nivel, en el que figuran técnicos y profesionales destacados que hasta ahora se habían resistido a hacer política y que lo han hecho sólo para impedir que el Perú se hundiera una vez más en el despotismo político y la ruina económica. De otro lado, es seguro que su prestigio internacional en el mundo financiero seguirá atrayendo las inversiones que, desde hace dieciséis años, han venido apuntalando la economía peruana, la que, recordemos, es una de las que ha crecido más rápido en toda la región.

La victoria de Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección

¿Qué ocurrirá ahora con el fujimorismo? ¿Seguirá subsistiendo como siniestro emblema de la tradición incivil de las dictaduras terroristas y cleptómanas que ensombrece el pasado peruano? Mi esperanza es que esta nueva derrota inicie el mismo proceso de descomposición en el que fueron desapareciendo todas las coletas políticas que han dejado las dictaduras: el sanchecerrismo, el odriísmo, el velasquismo. Todas ellas fueron artificiales supervivencias de los regímenes autoritarios, que poco a poco, se extinguieron sin pena ni gloria. El fujimorismo ha tenido una vida más larga sólo porque contaba con los recursos gigantescos que obtuvo del saqueo vertiginoso de los fondos públicos, de los que Fujimori y Montesinos disponían a su antojo. Ellos le permitieron, en esta campaña, empapelar con propaganda el Perú de arriba abajo, y repartir baratijas y hasta dinero en las regiones más empobrecidas. Pero no se trata de un partido que tenga ideas, ni programas, sólo unas credenciales golpistas y delictuosas, es decir, la negación misma del Perú digno, justo, próspero y moderno que, en estas elecciones, se ha impuesto poco menos que de milagro a un retroceso a la barbarie.

La victoria de Pedro Pablo Kuczynski trasciende las fronteras peruanas; se inscribe también en el contexto latinoamericano como un nuevo paso contra el populismo y de regeneración de la democracia, del que son jalones el voto boliviano en contra de los intentos reeleccionistas de Evo Morales, la derrota del peronismo en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff y el desplome del mito de Lula en Brasil, la aplastante victoria de la oposición a Maduro en las elecciones parlamentarias en Venezuela y el ejemplo de un régimen como el de Uruguay, donde una izquierda de origen muy radical en el poder no sólo garantiza el funcionamiento de la democracia sino practica una política económica moderna, de economía de mercado, que no es incompatible con un avanzado empeño social. Quizás cabría señalar también el caso mexicano, donde las recientes elecciones parciales han desmentido las predicciones de que el líder populista Andrés Manuel López Obrador y su partido serían poco menos que plebiscitados; en verdad el ganador de los comicios ha sido el Partido Acción Nacional, con lo que el futuro democrático de México no parece amenazado.

El fujimorismo contaba con los recursos que obtuvo del saqueo de los fondos públicos

¿Es ingenuo ver en todos estos hechos recientes una tendencia que parece extenderse por América Latina a favor de la legalidad, la libertad, la coexistencia pacífica y un rechazo de la demagogia, el populismo irresponsable y las utopías colectivistas y estatistas? Como la historia no está escrita, siempre puede haber marcha atrás. Pero creo que, haciendo las sumas y las restas, hay razones para ser optimistas en América Latina. Estamos lejos del ideal, por supuesto; pero estamos muchísimo mejor que hace veinte años, cuando la democracia parecía encogerse por todas partes y el llamado “socialismo del siglo XXI” del comandante Chávez seducía a tantos incautos. ¿Qué queda de él, ahora? Una Venezuela en ruinas, donde la mayoría de la gente se muere de hambre, de falta de medicinas, de inseguridad callejera, y donde una pequeña pandilla encaramada en el poder da golpes de ciego a diestra y siniestra, cada vez más aislada, ante un pueblo que ha despertado de la seducción populista y revolucionaria y sólo aspira ahora a recobrar la libertad y la legalidad.

Acabo de pasar unas semanas en la República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil y vengo a Europa mucho más animado. Los problemas latinoamericanos siguen siendo enormes, pero los progresos son también inmensos. En todos esos países la democracia funciona y las crisis que padecen no la ponen en peligro; por el contrario, y pienso sobre todo en Brasil, creo que tienden a regenerarla, a limpiarla de la corrupción, a permitirle que funcione de verdad. En ese sentido, la victoria de Pedro Pablo Kuczynski en el Perú es otro pasito que da América Latina en la buena dirección.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.