DIFERENCIA ENTRE MENTE ABIERTA Y BASURAL ABIERTO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

A primera vista parece fácil diferenciar una mente abierta de lo que es un basural abierto pero no es tan sencillo precisarlo analíticamente. Días pasados me pasó un video Laura Smith Estrada donde en su aspecto central trataba de una maestra de escuela que intentaba explicar a un niño que su respuesta fue errónea en una prueba cuando se le preguntó cuanto es dos por dos a lo que respondió veintidós. A poco andar se presentaron los padres del alumno en cuestión quienes dijeron que había que tener la mente abierta y que la respuesta a lo consultado en el examen de marras podría ser veintidós. Luego de ese episodio, el director del colegio la increpó a la profesora solicitándole que debía pedir disculpas por su actitud intolerante, a lo cual se acopló el Consejo Directivo del establecimiento y manifestaciones de diversas procedencias en el campus apoyaron la reprimenda, lo cual finalmente derivó en que la despidieran a la maestra.

He aquí una demostración cabal del relativismo epistemológico, es decir, que no hay tal cosa como verdad en el sentido de correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado, que todo es relativo lo cual -como consigna “la trampa de Epiménedes”- además de convertir en relativa a esa misma afirmación convierte en un sinsentido todo departamento de investigación en los claustros puesto que nada habría que investigar ya que todo serían construcciones culturales arbitrarias.

Una cosa es aceptar que los humanos somos imperfectos y que, por tanto, estamos situados en un proceso evolutivo en todos los planos y que lo que hoy se toma por verdadero mañana puede ser refutado, situación que para nada descalifica la idea de proposiciones verdaderas y falsas sino que nos obliga a estar en la punta de la silla y estar atentos al peregrinaje en busca de conocimiento. Estamos ubicados en un mar de ignorancia en una búsqueda permanente de islotes de tierra fértil, a saber, de verdades que son objetivas e independientes de la opinión que de ella se tenga.

En el caso de las matemáticas de nuestro ejemplo de aquél video el tema se ve con claridad pero no lo es tanto cuando nos referimos a otras materias que también encierran sus verdades solo que no se vislumbran con tanta claridad. Por ejemplo, no es menos cierto que la inflación derrite salarios en términos reales, que los precios máximos producen escasez artificial y que los mínimos generan sobrantes, que el impuesto progresivo es regresivo, que las empresas estatales se traducen en una contradicción en los términos, que los aranceles empobrecen, que la redistribución coactiva de ingresos deteriora la asignación de factores productivos, que los marcos institucionales que no protegen derechos afecta negativamente el nivel de vida moral y material y así sucesivamente con temas económicos y jurídicos pero también con todas las otras ramas del conocimiento. La ley de gravedad no es materia opinable ni lo es la medicina, lo cual, como queda dicho, no niega que estas materias están insertas en procesos evolutivos ya que en lo humano nunca se llega a una meta final.

Entonces una cosa es tener la mente abierta al efecto de encaminarse a un mayor y mejor conocimiento y otra bien distinta es recibir cualquier cosa a la par, lo cual significa un basural abierto que desvía la brújula desde la excelencia a la degradación. Si se pregunta como distinguir en entre lo falso y lo verdadero la respuesta debe ser que el tema no es el como sino el que es lo que permite esa distinción, es decir, lo que nos autoriza a distinguir la verdad del error son nuestros instrumentos intelectuales, en otros términos, el que alude a la razón que por cierto no es infalible pero el proceso de corroboraciones provisorias y refutaciones nos permite grados crecientes de acercamiento a la verdad.

Antes he escrito sobre el posmodernismo y ahora es del caso reiterar algunos conceptos en ese sentido. Las clasificaciones y las etiquetas siempre contienen alguna dosis de arbitrariedad y de posible controversia, pero puede  decirse que la modernidad es heredera de una larga tradición cuyo inicio se sitúa en la Grecia clásica. Allí comienza la pesquisa de inquirir el porqué de las cosas y la posible modificación de lo modificable y no simplemente resignarse a aceptarlas sin cuestionamiento, sometidos al mandato de los reyes y a los dictados de los dioses paganos.

Louis Rougier explica que en esto precisamente consistió el mito de Prometeo que apuntaba a una ruptura con la superstición. Los griegos le dieron sentido a la razón, a la teoría, a la demostración, al silogismo y a la lógica. Por otra parte, la arrogancia y la soberbia de sostener que todo lo puede la razón – que no tiene límites – conduce al diseño de sociedades, a las utopías de la construcción del “hombre nuevo” y otros dislates que habitualmente terminan en el cadalso.

Las planificaciones estatales operan en base al racionalismo y constituyen un fiasco porque se basan en la presunción de un conocimiento que no existe. No se trata de insuficiencia en las memorias de ordenadores para almacenar datos, es que la información sencillamente no está disponible. Nosotros no sabemos con certeza que haremos la semana que viene. Podemos formular una conjetura pero llegado el momento, al cambiar las circunstancias, modificamos nuestras prioridades. Si el propio planificador no conoce a ciencia cierta que hará con su vida en las próximas horas , con mucho menos razón puede pretender el manejo presente y futuro de millones de arreglos contractuales. El peor de los mundos posibles estriba en la ignorancia de la propia ignorancia.

Como queda dicho, el primer capítulo posmodernista se refiere al relativismo epistemológico. Esto es que no hay tal cosa como la verdad. Todo dependería de interpretaciones subjetivas. Todo dependería del “color del cristal” de cada uno. Es que un mismo juicio no puede ser conforme y contrario al objeto juzgado en las mismas circunstancias.

En la época de Isaiah Berlin no se recurría a la expresión “posmoderno”, sin embargo, este autor aludió al romanticismo como una corriente que propone “una inversión de la idea de la verdad como correspondencia” y le atribuye a Fichte la idea de que “los valores se construyen, no se descubren”. Al contrario de lo que sostienen los posmodernistas, Popper subraya la importancia del descubrimiento de la verdad como objeto central de nuestros estudios y desvelos: “la principal tarea filosófica y científica debe ser la búsqueda de la verdad”. Este es el sentido mismo de la investigación  y las universidades. Claro que el procedimiento para incorporar fragmentos de conocimiento esta plagado de acechanzas y desventuras. Se trata de un arduo recorrido. El debate abierto de ideas se torna indispensable, en la esperanza de disminuir en algo nuestra colosal ignorancia.

No hace mucho Malcom W. Browne dio cuenta de una reunión celebrada en la New York Academy of Sciences, que congregó a mas de doscientos científicos de distintas partes del mundo, para contraargumentar “la crítica posmoderna a la ciencia que sostiene que la verdad depende del punto de vista de cada uno” . Sin duda que todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto el que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad de la verdad queremos significar que las cosas, hechos, atributos  y procesos existen o tienen lugar independientemente de lo que opinemos sobre aquellas ocurrencias o fenómenos que son ontológicamente autónomos.

Constituye un grosero non sequitur el sostener que de las diversas valorizaciones de las personas, se sigue la inexistencia del mundo objetivo. Hay aquí un salto lógico inaceptable. Se trata de dos planos completamente distintos. La subjetividad de las preferencias, creencias y opiniones son independientes de la objetividad de lo que son las cosas.

El segundo capítulo posmodernista es el relativismo hermenéutico, es decir, que los textos y la comunicación en general deberían interpretarse del modo que el intérprete lo considere pertinente independientemente de lo que queda consignado en el texto o en el mensaje que se trasmitió por otras vías. No habría tal cosa como una interpretación verdadera o ajustada  al texto o a las palabras comunicadas, ni interpretaciones equivocadas. John M. Ellis explica que si bien el lenguaje surge de una convención, de ello no se desprende que las palabras son arbitrarias ya que si pudieran significar cualquier cosa se haría imposible la comunicación : “Un símbolo que no significa algo específico, no significa nada”. Umberto Eco nos dice que “La iniciativa del lector consiste en formular una conjetura interpretativa sobre la intentio operis. Esta conjetura debe ser aprobada por el conjunto del texto como un todo orgánico. Esto no significa que sobre un texto se pueda formular una y solo una conjetura interpretativa. En principio se pueden formular infinitas. Pero, al final, las conjeturas deberán se probadas sobre la coherencia del texto, y la coherencia textual no podrá sino desaprobar algunas conjeturas aventuradas”.

El tercer capítulo se refiere al relativismo cultural. En este sentido Eliseo Vivas muestra la “falaz inferencia que parte del hecho del pluralismo cultural y llega a la doctrina axiológica de que no podemos discriminar en lo que respecta al mérito de cada una”. Una cosa es la descripción de costumbres que no son mejores ni peores, simplemente revelan gustos e inclinaciones y otra bien distinta son referencias que tienen relación con proposiciones verdaderas o falsas, lo cual puede ser juzgado con una escala universal. Las relaciones interculturales resultan fértiles, tal como lo demuestra Stefan Sweig en la época de oro de la Viena cosmopolita antes de la truculenta diáspora que produjeron los sicarios nazis. De todos modos, debe tenerse en cuenta la complejidad presente en afirmaciones que tienden a generalizar respecto de la cultura de tal o cual país. Siempre recuerdo la formidable respuesta de Chesterton cuando le preguntaron que opinaba de los franceses : “no se, porque no los conozco a todos”.

Por último, el relativismo ético que abraza el posmodernismo apunta a  que no habría tal cosa como lo bueno y lo malo. Así, el incumplimiento de la palabra empeñada o el estímulo a la antropofagia no serian morales o inmorales en abstracto. No habría tal cosa como actos que apuntan a la actualización de potencialidades en busca del bien , ni normas para todos los seres humanos en dirección al respeto recíproco. El posmodernismo, igual que el positivismo, considera que las reflexiones éticas como principios universales constituyen manifestaciones vacías, puesto que no pueden verificarse. Morris R. Cohen apunta con razón que esa  afirmación de que “las proposiciones no verificables carecen de significado tampoco es verificable […] La afirmación de que las proposiciones éticas carecen de significación, forma parte de la errónea concepción positivista tradicional del método científico […] Los juicios éticos se refieren a aquellos que los hombres generalmente deben hacer si quieren ser prudentes”.

Hace años publiqué un extenso ensayo sobre el posmodernismo en la revista académica del Centro de Estudios Públicos de Chile. En esta ocasión solo cabe un apretado resumen actualizado del problema, pero debe destacarse que no solo se observa una nutrida bibliografía sobre esta corriente de pensamiento, sino que abarca campos cada vez mas amplios. Por ejemplo, en la economía. En este sentido Mark Blaug – dejando de lado por el momento otros debates colaterales – escribe que “Tal vez el síntoma mas alarmante del desarrollo del formalismo vacío en la economía moderna es la creciente difusión del posmodernismo en los escritos sobre metodología de la economía. El posmodernismo en la economía adopta formas diferentes pero siempre comienza con la ridiculización de las pretensiones científicas de la economía tirando agua fría a las creencias de que existe un sistema económico objetivo”.

Tiene sus bemoles debatir con un posmodernista puesto que inmediatamente acusa al contradictor de “logocentrista”, es decir basado en la lógica , la cual niega al tiempo que sostiene que todo significado es dialéctico. Bien ha concluido Ortega que el relativismo “es el tema de nuestro tiempo” puesto que hoy hay mucho de basural abierto. En definitiva, es como escribe Allan Bloom “la apertura a la cerrazón es lo que estamos enseñando”.

La bibliografía en línea argumental con lo expresado es muy copiosa pero si tuviera que resumir en las tres obras de mayor calado diría que son en este orden: Objetivity. The Obligation of Impersonal Knowledge de Nicholas Rescher (University of Nortre Dame Press, 1997) con especial referencia al primer apartado del tercer capítulo, cuyo título explica la tesis puesto que las tensiones ayudan a despejar dudas: “Cognitive Objetivity Does Not Demand Consensus”, varios de los ensayos contenidos en Conocimiento Objetivo de Karl Popper (Madrid, Tecnos, 1972/1974) y Against Relativism. Philosophy of Science, Deconstrustion and Critial Theory de Christopher Norris (Londres, Blackwell, 1997/2013).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

LAS MATEMÁTICAS Y LA ECONOMÍA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No parece necesario insistir en la enorme utilidad de las matemáticas pero en esta nota intentamos destacar los problemas al aplicarlas a campos que estimamos no corresponden. En realidad esto ocurre con todos los instrumentos, aun siendo muy fértiles en algunos territorios no lo son en otros. Para poner un ejemplo un tanto trivial, sabemos que la tenaza es una herramienta necesaria para algunas faenas pero no es recomendable para extraer una muela y así sucesivamente.

 

Pienso que un buen resumen de lo que consideraremos brevemente aquí puede ilustrarse con lo que escribe Wilhelm Röpke (en A Human Economy. The Social Framework of the Free Society): “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si no ha tomado inadvertidamente un journal de química o de hidráulica […] Los asuntos cruciales en economía son tan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad […] Tras los agregados pseudo-mecánicos hay gente individual, son sus pensamientos y juicios de valor […] No sorprende la cadena de derrotas humillantes que han sufrido las profecías econométricas. Lo que es sorprendente es la negativa de los derrotados a admitir la derrota y aprender una mayor modestia”. 

 

Paul Painlevé explica (en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics”) que las matemáticas puras o aplicadas implican medición lo cual naturalmente requiere unidad de medida, requiere constantes, situación que no tiene lugar en el ámbito de la ciencia económica que se basa en la subjetividad del valor. El precio expresa el intercambio de estructuras valorativas cruzadas entre comprador y vendedor, no mide el valor. Incluso el signo igual es improcedente: si se observa que en el mercado se paga 10 pesos por una manzana no quiere decir que una manzana sea igual a 10 pesos puesto que si fuera así no habría transacción. El valor de los 10 pesos y de la manzana no son iguales para el comprador y para en vendedor, más aun son necesariamente distintos: el comprador evalúa en menos los 10 pesos que la manzana y el vendedor estima estos valores en sentido opuesto.

 

El lema de la Sociedad Econométrica “ciencia es medición” ha contribuido a una gran confusión al extrapolar las ciencias naturales a las ciencias sociales. B. Leoni y  E. Frola (en “On Mathematical Thinking in Economics”) subrayan este punto y se extienden en los problemas que produce el emplear métodos inadecuados para explorar la ciencia de la acción humana como si se tratara de ciencias físicas donde hay reacción y no propósito deliberado ya que las rocas y las rosas no son seres actuantes ni hay juicios subjetivos de valor. Claro que si no hay medición se trataría de lógica simbólica y no de matemáticas propiamente dichas.

 

Ludwig von Mises en su tratado de economía nos dice que “El método matemático ha de ser recusado no sólo por su esterilidad. Se trata de sistema que parte de falsos supuestos y conduce a erróneas conclusiones […] La economía matemática, al enfrentarse a los precios competitivos, solo puede ofrecernos meras descripciones algebraicas reflejando diversos estados de equilibrio […] Nada nos dice sobre las acciones capaces de implantar los estados de equilibrio”.

 

El premio Nobel en economía Fredrich Hayek se detiene en la idea del equilibrio y la llamada “competencia perfecta”  que considera una contradicción en los términos (principal aunque no exclusivamente en “The Meaning of Competition”) donde subraya la trascendencia del mercado como proceso no como equilibrio, de allí lo inconducente del referido modelo de competencia perfecta. Este modelo presupone conocimiento prefecto de todos los elementos relevantes, lo cual, a su vez, implica que no hay competencia (todos tienen el conocimiento necesario), ni empresarios (no habría oportunidades nuevas), ni arbitraje (no habría nada que descubrir respecto a costos subvaluados en términos de precios finales). Además, como se ha señalado reiteradamente, en ese modelo no tendría cabida el dinero ya que no habría imprevistos y, por ende, no habría posibilidad de cálculo económico con lo que la economía se derrumbaría.

 

Del otro lado del espectro intelectual, quien con más peso ha abogado por el análisis de equilibrio ha reconocido su fracaso. Se trata de Mark Blaug (en “Afterword” de su Appraising Economic Theories) donde consigna que “Los Austríacos modernos  [la Escuela Austríaca de Economía] van más lejos y señalan que el enfoque walrasiano al problema del equilibrio en los mercados es un cul de sac: si queremos entender el proceso de la competencia más bien que el equilibrio final tenemos que comenzar por descartar aquellos razonamientos estáticos implícitos en la teoría walrasiana. He llegado lentamente y a disgusto a la conclusión de que ellos están en lo correcto y que todos nosotros hemos estado equivocados”.

 

Por su parte, John Hicks finalmente reconoce (en Capital y tiempo) que “He manifestado la afiliación Austríaca de mis ideas; el tributo a Böhm-Bawerk y a sus seguidores es un tributo que me enorgullece hacer. Yo estoy dentro de su línea, es más, comprobé, según hacía mi trabajo, que era una tradición más amplia y extensa que la que al principio parecía”.

 

Murray Rothbard (en Man, Economy and State, A Treatise on Economic Principles) se detiene a considerer el asunto de las matemáticas en la economía al sostener que “las matemáticas se basan en ecuaciones […] que son de la mayor importancia en física respecto a partículas de materia que son inmotivadas […] en la acción humana la situación es enteramente diferente, cuando no diametralmente opuesta puesto que la fuerza causal en la acción humana está motivada debido a la acción con propósito deliberado”.

 

El uso de expresiones algebraicas como “función” no son aplicables a la economía puesto que significan que al conocer los valores de una variable se conocen la de otra, cosa que no ocurre en la acción humana. Tampoco es riguroso el dibujo de las simples curvas de oferta y demanda puesto que implican variables continuas lo cual no es correcto en la acción humana ya que en el mercado no se distingue entre pasos infinitesimales sino que se trata de variables discretas. Se dibujan las curvas solamente por razones estéticas pero, como queda dicho, encierran un error grave.

 

La pretensión de aludir a números cardinales en las estructuras valorativas no es posible en ciencias sociales (indicar que tal o cual acto significa cierto número de intensidad en la valorización carece por completo de significado), solo es posible aludir a números ordinales (es decir, los que indican orden o prioridad), todo lo cual no permite comparaciones de utilidades intersubjetivas.

 

Por último, para no cargar las tintas sobre un tema que está muy presente con estudiantes a los que frecuentemente se les exige en ámbitos de ciencias sociales un ejercicio que los desvía de las características esenciales de lo propiamente humano. Al efecto de tocar solamente los temas que son más reiterados, señalamos que las llamadas “curvas de indiferencia” se basen también en una noción equivocada (además de suponer la posibilidad de comparar valores en términos cardinales) ya que la indiferencia es lo opuesto a la acción, si el sujeto actuante se declara indiferente frente a distintas posibilidades, en verdad está de hecho eligiendo mantenerse inactivo. Como se ha dicho, si una persona sedienta en el desierto está frente a dos recipientes con agua, uno a su derecha y otro a su izquierda y se manifiesta “indiferente”, en la práctica habrá decidido morirse de sed.

 

El antes citado von Mises apunta (en “Comments about the Mathematical Treatment of Economic Problems”) que una vez que se construyen series estadísticas se entra en el terreno de la historia puesto que la economía de basa en esqueletos conceptuales para interpretar fenómenos complejos por lo que la mera estadística no prueba nada. Más aún, hay la idea de que las mediciones (como queda dicho, imposibles en cuanto al contenido del acto humano) verifican una proposición y que solo lo que se verifica empíricamente tiene sentido científico, pero como ha detallado Morris Cohen (en Introducción a la lógica) esa misma proposición no es verificable y, por otro lado, tal como enfatiza Popper (en Conjeturas y refutaciones) en la ciencia nada es verificable ya que el conocimiento es solo sujeto a corroboración provisoria y abierto a refutaciones. Deben distinguirse razonamientos de fenómenos complejos en ciencias sociales de lo que ocurre en el laboratorio de las ciencias naturales (en este último caso, como queda dicho, no hay acción sino reacción).

 

Otro premio Nobel en economía, James Buchanan (en “¿Qué deberían hacer los economistas?”), concluye que “los avances de más importancia o notoriedad durante las dos últimas décadas consistieron principalmente en mejoras de lo que son esencialmente técnicas de computación, en la matemática de la ingeniería social. Lo que quiero decir con esto es que deberíamos tomar estas contribuciones en perspectiva; propongo que se las reconozca por lo que son, contribuciones a la matemática aplicada, a la ciencia de la administración, pero no a nuestro campo de estudio elegido, que, para bien o para mal, denominamos economía”. Y Juan Carlos Cachanosky en su voluminosa tesis doctoral en economía expuso la conclusión en el título de la misma: “La ciencia económica vs. la economía matemática”.

 

En resumen, estos comentarios sobre las matemáticas se circunscriben  a la imposibilidad de construir teorías económicas en base a ese instrumento que intenta medir lo inmedible, lo cual, de más está decir, no invalida para nada su inmensa utilidad en otros muchos campos de investigación y en la misma vida diaria para evaluar proyectos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EXPERIENCIAS INTERDICIPLINARIAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hasta hace poco existía un tajo insalvable entre la economía y el derecho. El economista sostenía que le eran más o menos irrelevantes los marcos institucionales y el abogado mantenía que los procesos de mercado le eran ajenos. Afortunadamente, de un tiempo a esta parte, la tradición de Law & Economics ha impregnado ambas disciplinas y ha mostrado la estrecha interdependencia de estas dos áreas clave.

 

Ahora se hace necesario dar un paso más y mostrar la conexión de aquellos dos campos de estudio con la cultura, es decir, con los valores y principios de una sociedad abierta en la cual el rasgo central consiste en el respeto recíproco, situación en la que están interesados todos, no importa a que se dedique cada uno y no importa cual se su tradición de pensamiento preferida.

 

Se ha señalado con razón que con solo establecer constituciones y leyes que resguardan las vidas, las libertades y las propiedades de la gente no se resuelve el tema puesto que, antes de eso, se requiere una educación compatible con esos objetivos. Más aún, las metas mencionadas es probable que no se lleven a la práctica si previamente no hay una cultura basada en esos valores.

 

Entonces, es momento de revalorizar lo que genéricamente se ha dado en denominar las humanidades, a saber, el estudio de la filosofía moral y de la naturaleza humana en el contexto de subrayar la trascendencia del cumplimiento de la palabra empeñada, de la honestidad en general, de las virtudes, del sentido del bien, del significado del progreso y demás, todo lo cual en la enseñanza clásica era presentado a través de ensayos, de obras literarias y teatrales, del estudio de culturas comparadas, de trabajos lingüísticos, hermenéuticos y epistemológicos. Estas investigaciones entrecruzadas del aprendizaje clásico preparaban a las personas para los verdaderos avatares de la vida. De allí el aforismo “para novedades, los clásicos”.

 

En cambio, parecería que hoy esas enseñanzas son recibidas como si se estuviera perdiendo el tiempo en lugar de apreciar la verdadera dimensión del contenido, siempre acompañado con el refinamiento en las formas. Se ha dicho con razón que “el hábito no hace al monje, pero lo ayuda mucho”. Los modales y la valorización de lo estético dan un continente que protege y estimula al contenido de excelencia.

 

Dicho sea al pasar sobre los modales, siempre la argumentación debe ser cortés en las formas aunque resulte contundente en el fondo, los que “hablan en superlativo” como diría Ortega es porque cuentan con fundamentos escuálidos.

 

La economía en gran medida se ha transformado en el estudio de cosas como si fuera algo mecánico, ajeno a la acción humana. La manía por lo cuantitativo en desmedro de lo cualitativo ha hecho estragos. El uso y abuso de las matemáticas es uno de los rasgos de la economía llamada “moderna”. Wilhelm Röpke ha escrito en Más allá de la oferta y la demanda que “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si uno no ha tomado inadvertidamente un journal de química o hidráulica […] Los asuntos cruciales en economía son tan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad […] No sorprende la cadena de derrotas humillantes que han sufrido las profecías econométricas. Lo que sorprendente es la negativa de los derrotados a admitir la derrota”.

 

A su vez, el premio Nobel en economía Ronald Coase afirmó que “En mi juventud se decía que cuando algo es tonto para hablarlo podía ser cantado. En la economía moderna aquello se pone en términos matemáticos” (citado por Kevin Down, en “Central Bank Stress Tests: Mad, Bad and Dangerous”) y hasta  el estatista John Maynard Keynes sostiene que “Una parte demasiado grande de la economía matemática reciente es una simple mixtura, tan imprecisa como los supuestos originales que la sustentan, que permiten al autor perder de vista las complejidades e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos pretenciosos e inútiles” (en Teoría general…), lo cual en este punto coincide con lo expresado por Ludwig von Mises en cuanto a que “El problema de analizar el proceso, esto es, el único problema económico relevante, no permite el abordaje matemático” (en Human Action. A Treatise on Economics), conceptos que ya habían sido mencionados por J. B. Say, Nassau Senior, J.S. Mill y J. E. Cairnes.

 

Quienes tenemos entre nuestras tareas la supervisión de tesis doctorales comprobamos que hay una marcada tendencia a preparar esas monografías con un innecesario abarrotamiento de lenguaje matemático que se piensa debe introducirse para impresionar al jurado. Hay mucho escrito sobre la denominada economía matemática (por ejemplo, la difundida tesis doctoral en economía de Juan Carlos Cachanosky sobre La ciencia económica vs. la economía matemática) donde los problemas de presentar los fenómenos complejos y subjetivos de la acción humana quedan opacados con fórmulas matemáticas (entre otras cosas, agregamos que incluso lo impropio de aplicar el signo igual, el uso desaprensivo de la   función algebraica y la representación de curvas como si se tratara de variables continuas), pero el punto que hacemos en esta nota es más bien el peligro de dejar de lado las enormes ventajas del aprendizaje multidisciplinario.

 

Tal como ha expresado F. A. Hayek, otro premio Nobel en economía, “Nadie puede ser un gran economista si solo se queda en la economía y estoy tentado de agregar que un economista que solo es un economista es probable que se convierta en un estorbo cuando no un peligro público” (en “The Dilemma of Specialization”). En ese contexto y en la manía de referirse a agregados económicos es que Hayek en oportunidad de recibir la mencionada distinción dijo que “En esta instancia nuestra profesión tiene pocos motivos de orgullo: más bien hemos hecho un embrollo de las cosas” (en “The Pretence of Knowledge”).

 

En este sentido de los agregados económicos, me quiero referir nuevamente (ahora telegráficamente) al célebre producto bruto. Primero, es incorrecto decir que el producto bruto mide el bienestar puesto que mucho de lo más preciado no es susceptible de cuantificarse. Segundo, si se sostiene que solo pretende medir el bienestar material debe hacerse la importante salvedad de que no resulta de esa manera en la media en que intervenga el aparato estatal puesto que lo que decida producir el gobierno (excepto seguridad y justicia en la versión convencional) necesariamente será en un sentido distinto de lo que hubiera decidido la gente si hubiera podido elegir: nada ganamos con aumentar la producción de pirámides cuando la gente prefiere leche.

 

Tercero, una vez eliminada la parte gubernamental el remanente se destinará a lo que prefiera la gente con lo que cualquier resultado es óptimo. Cuarto, el manejo de agregados como los del producto y la renta nacional tiende a desdibujar el proceso económico en dos sentidos: hace aparecer como que producción y distribución son fenómenos independientes uno del otro y trasmite el espejismo que hay un “bulto” llamado producción que el ente gubernamental debe distribuir por la fuerza (o más bien redistribuir ya que la distribución original se realizó pacíficamente en el seno del mercado).

 

Quinto, las estadísticas del producto bruto tarde o temprano conducen a que se construyan ratios con otras variables como, por ejemplo, el gasto público, con lo que aparece la ficción de que crecimientos en el producto justifican crecimientos en el gasto público (lo mismo va para el défict fiscal). Y, por último, en sexto lugar, la conclusión sobre el producto es que no es para nada pertinente que los gobiernos lleven estas estadísticas ya que surge la tentación de planificarlas y proyectarlas como si se tratara de una empresa cuyo gerente es el gobernante.  James M. Buchanan ha puntualizado que “mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras no exista fuerza y fraude, entonces los acuerdos logrados son, por definición, aquellos que se clasifican como eficientes” (en “Rights, Efficiency and Exchange: The Irrelevance of Transactions Costs”).

 

Si por alguna razón el sector privado considera útil compilar las estadísticas del producto bruto procederá en consecuencia pero es impropio que esa tarea esté a cargo del gobierno. Por los mismos motivos de que los gobierno se tienten a intervenir en el comercio internacional, Jacques Rueff mantiene que “si tuviera que decidirlo no dudaría en recomendar la eliminación de las estadísticas del comercio exterior debido al daño que han hecho en el pasado, el daño que siguen haciendo y, temo, que continuarán haciendo en el futuro” (en The Balance of Payments).

 

Cuando un gobernante se pavonea porque durante su gestión mejoraron las estadísticas de la producción de, por ejemplo, trigo es menester inquirir que hizo en tal sentido y si la respuesta se dirige a puntualizar las medidas que favorecieron al bien en cuestión debe destacarse que inexorablemente las llevó a cabo a expensas de otro u otros bienes.

 

La Escuela Austríaca se ha preocupado por insistir en los peligros de concebir la economía como mecanismos automáticos de asignación de recursos movidos por fuerzas que conducen ha llamados “equilibrios” en el contexto de “modelos de competencia perfecta” desarrollados principalmente por León Walras y sus múltiples seguidores de distintas vertientes (el propio Mark Blaug ha reconocido este error en su “Afterword” de Appraising Economic Theories y resaltado el acierto de la Escuela Austríaca).

 

Como se ha señalado, los llamados modelos de competencia perfecta implican el supuesto del “conocimiento perfecto” de todos los factores relevantes, lo cual significa que no hay posibilidad de arbitrajes ni de empresarios que precisamente intentan detectar conocimientos deficientes y conjeturar posibles diferencias en entre costos y precios. Por las mismas razones, tampoco en este modelo cabría la posibilidad de competencia.

 

En resumen, el economista no solo debe estar imbuido de una tradición sólida de pensamiento en su propia disciplina sino que es indispensable que se compenetre de otros andariveles culturales como los apuntados resumidamente en esta columna periodística (y no solo eso sino que debe tener presente que, como ha escrito en Todo comenzó con Marx el humorista Richard Armour, la obra cumbre de Karl Marx en lugar de titularse Das Kapital debería haber sido Quitas Kapital).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

‘El hombre, la economía y el Estado’

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 1/5/15 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2015/06/el-hombre-la-econom%C3%ADa-y-el-estado.html

 

Este texto es el prólogo a la edición española de El hombre, la economía y el Estado, la obra magna de Murray N. Rothbard, publicada recientemente por Unión Editorial.

Books have always a secret influence on the understanding, we cannot at pleasure obliterate ideas; he that reads books of science will grow more.

Samuel Johnson, 1753.

Para el mundo de lengua española constituye una excelente noticia el disponer de este texto, escrito en inglés hace cuarenta años, pero de una notable actualidad, razón que explica las reiteradas ediciones estadounidenses. Quienes enseñamos Economía en el mundo universitario celebramos vivamente la iniciativa de traducir al español una obra que dota al estudioso de una presentación original, didáctica y atractiva que no suele encontrarse en libros de esta naturaleza.

Rothbard integra y desarrolla con claridad y elegancia las contribuciones de la Escuela Austriaca que se iniciaron a partir de los trabajos más importantes de Carl Menger (1871/1950 y 1883/1985), cuyo eje central del valor subjetivo fue ampliado por sus discípulos y continuadores de su generación y de las siguientes, principalmente Eugen von Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, Israel M. Kirzner y, como decimos, el propio Rothbard.

Incluso dos de los economistas más destacados del mainstream, tales como John Hicks y Mark Blaug, finalmente rindieron tributo a las aportaciones científicas de la Escuela Austriaca. Así, Hicks escribió: “He manifestado la afiliación austriaca de mis ideas; el tributo a Böhm-Bawerk y a sus seguidores es un tributo que me enorgullece hacer. Yo estoy dentro de su línea; es más, comprobé, según hacía mi trabajo, que era una tradición más amplia y extensa de lo que al principio parecía” (1973/1976: 21); y Blaug señaló: “Los austriacos modernos van más lejos y señalan que el enfoque walrasiano al problema del equilibrio en los mercados es un cul de sac: si queremos entender el proceso de la competencia más bien que el equilibrio final tenemos que comenzar por descartar aquellos razonamientos estáticos implícitos en la teoría walrasiana. He llegado lentamente y a disgusto a la conclusión de que ellos están en lo correcto y que todos nosotros hemos estado equivocados” (1991: 508).

La teoría walrasiana o, en general, neoclásica se basa en la noción de equilibrio y competencia perfecta, lo cual imposibilita el análisis del proceso que transita por sucesivos y cambiantes desequilibrios que, en un contexto de incertidumbre y descubrimiento, hacen posible la aparición del empresario, quien no tiene cabida en los llamados modelos de competencia perfecta, que se basan en supuestos irreales tales como que los sujetos actuantes cuentan con información perfecta de los factores relevantes, en cuyo caso no habría lugar para arbitrajes y, por tanto, desaparecería la competencia y el propio empresario. Además, como señala Rothbard en este tratado, si fuera correcto el supuesto del conocimiento perfecto, no habría saldos en caja, ya que no se producirían imprevistos, en cuyo caso la demanda de dinero caería a cero, lo cual haría desaparecer los precios expresados en términos monetarios, situación que, a su vez, imposibilitaría la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general.

Hayek resume bien el punto al señalar “el absurdo del procedimiento usual en el que se comienza el análisis con una situación en donde se supone que todos los hechos son conocidos. Curiosamente, la teoría económica llama a esto competencia perfecta. No deja espacio alguno para la actividad llamada competencia, que se presume ya ha realizado su tarea” (1978/1968: 182); en la misma línea argumental, sostiene que “el punto de partida de la teoría del equilibrio competitivo asume, precisamente, la tarea que solamente el proceso de competencia puede resolver” (1948/1946: 96); en el mismo sentido, escribe que los “economistas usualmente atribuyen el orden que produce la competencia como un equilibrio, un término poco feliz puesto que el equilibrio presupone que todos los hechos ya han sido descubiertos y la competencia, por tanto, ha cesado” (1978/1968: 184); finalmente, afirma que la “competencia tiene valor solamente y en la medida en que sus resultados son impredecibles y, en general, diferentes de aquellos de los que cualquiera podría haber concebido deliberadamente” (1978/1968: 180). Por su parte, Kirzner subraya que “las decisiones de los participantes individuales en el mercado de ningún modo pueden tratarse como si surgieran inexorablemente de circunstancias objetivas que prevalecen en el instante anterior a las respectivas decisiones” (1992: 122-3).

Lo dicho respecto del equilibrio en modo alguno significa seguir la línea argumental Shackle-Lachmann, que, además de las implicaciones relativistas, se traduce en negar que el proceso de mercado permite la expansión del conocimiento y que, ceteris paribus, tienda a un estadio último de ajuste que, aunque permanentemente renovado, resulta esencial en el análisis económico. Precisamente merced a la información dispersa que reúnen los precios, el proceso permite apuntar a la satisfacción de la demanda de los consumidores. Si bien estos ultimos imputan valores a toda la cadena productiva, a diferencia de lo sostenido por autores tales como Pareto (1925/1945) y Schumpeter (1950/1968), para nada deben subestimarse las constantes y actualizadas valorizaciones que se requieren en cada uno de los segmentos de esa cadena (Hayek 1945/1948, Kirzner 2000: caps. 2 y 3). Rothbard edifica sobre estos principios, aunque sus referencias a Ludwig Lachmann en este tratado son anteriores a las derivaciones ulteriores de este autor en cuanto a las mencionadas conclusiones respecto del rol del conocimiento en el mercado.

Contrariamente a lo que se enseña en la mayor parte de las cátedras de Economía, Rothbard basa su trabajo en la explicación realista de cómo funciona el mercado. El análisis neoclásico conduce a errores de apreciación que resultan fatales. Tal vez esta situación pueda ilustrarse con el caso de Raúl Prebisch, quien escribió: “Como he afirmado reiteradamente, fui un neoclásico de hondas convicciones. Creí, y sigo creyendo, en las ventajas de una competencia ideal [perfecta] y en la eficacia técnica del mercado, y también en su gran significación política [… por parte de quienes] formularon su gran concepción doctrinaria del equilibrio económico (…) Como alguna vez recordé, durante mi juventud me sedujeron estas teorías por su persuasión y elegancia matemática (…) Siento la necesidad intelectual –y la responsabilidad moral– de manifestar las razones que me han llevado a abandonar la ortodoxia (…) no se trata de preguntar por qué la realidad se ha desviado de la teoría, sino por qué la teoría se ha desviado de la realidad” (1981: 247-8, 311 y 321-2). En otros términos, muchos son los colegas economistas que absorbieron los modelos de competencia perfecta y equilibrio en sus estudios universitarios y luego, al comprobar que la realidad nada tiene que ver con aquellos modelos, en lugar de revisar sus estudios optan por un salto lógico para concluir que el aparato estatal debe intervenir en la economía para corregir las “imperfecciones del mercado”.

El primer grado que obtuvo Rothbard en la Universidad de Columbia fue en Matemáticas, antes de estudiar Economía y doctorarse en esta última disciplina en la misma universidad; sin embargo, en su obra no recurre a instrumentos matemáticos debido a que, a su juicio, en el mejor de los casos, se duplica innecesariamente la exposición y, en el peor de los casos, se transmiten conceptos errados sobre temas económicos. En este sentido, Wilhelm Röpke nos dice: “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si no ha tomado inadvertidamente un journalde química o hidráulica (…) los asuntos cruciales en economía son tan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad [… T] ras los agregados pseudo-mecánicos hay gente individual, con sus pensamientos, sentimientos y juicios de valor (…) No sorprende la cadena de derrotas humillantes que han sufrido las profecías econométricas, lo que es sorprendente es la negativa de los derrotados a admitir la derrota y aprender una mayor modestia (…) Algunas personas aparentemente creen que la función principal de la economía es preparar el dominio de la sociedad por losespecialistas en economía, estadística y planificación, esto es, una situación que describo como economicracia –una palabra horrible para una cosa horrible” (1958: 247-8-9-50, 149). Es frecuente que los partidarios de la modelización y la matematización insistan en que estos ejercicios son correctos si se tienen en cuenta los supuestos en los que se basan, pero si los supuestos, como es el caso, no tienen conexión alguna con la realidad, resultan ser del todo irrelevantes para explicar nexos causales.

El trabajo de Rothbard cubre las áreas de mayor trascendencia de la ciencia económica, que desmenuza con rigor académico y destreza de polemista avezado, partiendo de las implicaciones lógicas de la acción humana que servirán de sustento a la cuidadosa concatenación de argumentos posteriores. Llama la atención la fluidez de su pluma para integrar todos los conceptos en un hilo argumental que revela una gran coherencia y gran cuidado en el tratamiento de los diversos temas. Tal vez puedan destacarse como especialmente significativas sus elaboraciones sobre el rol de la tasa de interés, la estructura de la producción, el pormenorizado estudio del monopolio, el análisis del marginalismo aplicado al factor trabajo y extensas disquisiciones que refutan las concepciones que conciben la riqueza como algo dado y estático, como si fuera el resultado de intercambios que, en cada caso, generan suma cero.

Resultan especialmente clarificantes sus críticas al keynesianismo referidas a lafunción consumo, al acelerador y al multiplicador, a la preferencia por la liquidez y al desafortunado tratamiento de Keynes respecto del desempleo, el atesoramiento, la inversión y el rol del gasto público. El examen rothbardiano de políticas fiscales es original y contundente, pero no exhaustivo, ya que continúa con este aspecto en su Power and Market, que hubo de constituir el tercer tomo de este tratado, pero que finalmente se publicó como libro separado.

La lectura de este trabajo proyecta luz incluso para refutar explicaciones que han sido formuladas con posterioridad a esa publicación. Tal es el caso de John Rawls en los años 70 respecto de la distribución de talentos y su principio de compensación, las aportaciones de Ronald H. Coase en los años 80, que, si bien sirvieron para que se apartara la atención de la llamada economía del bienestarde Pigou, paradójicamente incurre en esquemas que afectan a derechos de propiedad especialmente en lo que se refiere a la aplicación de la tesis delcheapest cost avoider. Asimismo, la obra de Rothbard sirve para contrarrestar los escritos sobre la asimetría de la información, que ha producido en la presente década principalmente Joseph Stiglitz, la idea de igualdad y desarrollode Lester Thurow y, con algún matiz, de Amartya Sen, y, también contemporáneamente, para refutar la extrapolación ilegítima que pretende realizar el llamado socialismo de mercado, que toma los conceptos de agente y principal del mundo empresarial para aplicarlos a la relación gobernante-gobernado con un criterio que además desvirtúa la noción que dio origen a esos conceptos. En este contexto, Rothbard puede considerarse pionero en la crítica a la concepción convencional de los bienes públicos, las externalidades y losfree-riders, tema de tanta trascendencia que luego han desarrollado autores tales como de Jasay (1989), Friedman (1987), Schmidtz (1991), Nozick (1974), Benson (1998), Narveson (1988), Hoppe (1986/1996), Block (1983), Holcombe (1989/1998) y Sowell (1980).

Ludwig von Mises ha sido la fuente más fértil de inspiración de Murray Rothbard, quien asistió regularmente a sus seminarios en la Universidad de Nueva York, junto con Robert G. Anderson, Percy L. Graves, Henry Hazlitt, Israel M. Kirzner, George Koether, Joseph Kecheissen, Robert H. Miller, Toshio Murato, Sylvester Petro, George Reisman, Hans F. Sennholz, Bettina Bien y Louis Spadaro. Luego del seminario, los asistentes se congregaban para discutir temas que habían surgido en clase, lo cual se transformó en lo que informalmente se denominaba The Mises Circle, como homenaje al célebre seminario que dirigía Mises en su Viena natal, antes del éxodo que provocó el totalitarismo nazi.

Entre otras muchas materias, Rothbard debe a Mises la idea de la imposibilidad de establecer comparaciones intersubjetivas de utilidades, la aplicación de la teoría subjetiva del valor al dinero, la comprensión de las falacias inherentes a las curvas de indiferencia, su concepción epistemológica para abordar las ciencias sociales con un método y un ángulo visual sustancialmente distinto del aplicado a las ciencias naturales y la imposibilidad del cálculo económico en un régimen socialista. En este último sentido, es de interés recordar que Oskar Lange, el primero en debatir con Mises sobre este tema, escribió (1936: 53) que, debido a que éste puntualizó el problema y “permitió resolverlo”, debía erigirse “una estatua del profesor Mises para ocupar un lugar honorable en el gran hall del Ministerio de Socialización o en el Consejo de Planificación Central de un Estado socialista”. Como es sabido, esta profecía se cumplió, pero en el sentido opuesto al pronosticado por Lange, ya que la estatua se colocó en 1990 en el Departamento de Teoría Económica de la Universidad de Varsovia, lugar en el que Lange dictaba sus clases, como expresión del fracaso del socialismo.

En cuanto al referido enfoque metodológico de la economía y a la necesidad de diferenciarlo del aplicado a las ciencias sociales que destaca el binomio Mises-Rothbard, cabe consignar que este programa de investigación conlleva una severa crítica al positivismo. En esta última dirección, Morris R. Cohen contradice las conclusiones positivistas de Rudolf Carnap al afirmar: “Carnap y otros niegan significado a las proposiciones no verificables. Esto constituye un violento tour de force. El significado de algo no equivale a consecuencias verificables (…) La aseveración de Carnap de que las proposiciones no verificables carecen de sentido no es verificable” (1944: 150-2). Por su parte, Bruce Caldwell alude de este modo a la metodología austriaca: “Es muy importante poner énfasis en que la posición austriaca no se ve para nada afectada por argumentos que se limitan a señalar que no hay tal cosa como una proposición que es simultáneamente verdadera a priori y con significado empírico. Por supuesto que no hay tal cosa, siempre que se acepte la concepción analítico-sintética del positivismo. Pero Mises no sólo rechaza tal concepción sino que ofrece argumentos contra ella (…) La invocación de la concepción positivista de la defensa de aquella doctrina contra ataques de posiciones expresamente antipositivistas, claramente no ofrece argumentación convincente (…) Una crítica metodológica de un sistema (no importa cuán perverso pueda parecer tal sistema) basado enteramente en la concepción de su rival (no importa cuán familiar sea) no establece absolutamente nada” (1984: 122-124).

Rothbard muestra la íntima vinculación entre la propiedad privada, los precios y los procesos de mercado: o existen los tres o no existe ninguno de los tres, ya que se trata de conceptos inseparables. Más aún, explica que, ex ante, la información para el planificador no está disponible, ya que el propio sujeto actuante no dispone de esa información respecto de sus propias elecciones futuras, quien podrá realizar conjeturas respecto de lo que hará, pero, llegado el momento, debido a que se modifican las circunstancias, se modificarán también sus decisiones. Y, ex post, este conocimiento no siempre es articulable, puesto que, al decir de Hayek, muchas veces se trata de “conocimiento tácito”.

Seguramente la mayor contribución misiana que ha tomado Rothbard es su concepción de la economía, que no se limita a lo estrictamente crematístico sino que abarca toda la acción humana o praxeología. Este análisis de Ludwig von Mises (1949/2001) ha influido también en economistas que no comparten otros aspectos de la Escuela Austriaca pero que han aplicado el instrumental económico a esferas que tradicionalmente no habían sido abordadas en este campo del conocimiento, como es el caso de algunos destacados exponentes de la teoría de la public choice, los neo-institucionalistas, algunos miembros de la Escuela de Chicago y autores como Vernon L. Smith (1999), que si bien no comparte la postura metodológica misiana acredita que sus trabajos han sido influidos por el pensador austriaco, a tal punto que hizo que el hoy premio Nobel de Economía abandone la ingeniería para convertirse en un economista profesional. Durante el mismo año en que apareció la obra que ahora prologamos para la edición española se publicó Freedom and the Law, de Bruno Leoni (1962/1965), donde el autor expone los marcos institucionales y la idea del derecho como un proceso de descubrimiento y no de diseño, en paralelo con el tratado de Rothbard, y que abrió espacios para renovadas elaboraciones sobre la producción y ejecución de normas en un sistema abierto.

Es pertinente subrayar que las investigaciones del autor del presente volumen se nutren en la misma fuente, oportunamente señalada por Böhm-Bawerk de la siguiente manera: “De igual modo que los fenómenos naturales están gobernados por leyes eternas que operan independientemente de la voluntad humana y de las leyes humanas, en la esfera de la economía existen leyes contra las que resulta impotente la voluntad de los hombres e incluso el poder estatal. La fuerza de las leyes económicas no puede desviarse de ciertos canales por medio de interferencias artificiales de control social” (1913/1962: 147).

Aplaudimos la muy valiosa y encomiable iniciativa de Eseade (y ahora de Unión Editorial) de editar esta magnum opus del profesor Rothbard, y a Norberto Sedaca –laureado de esa casa de estudios– por haber realizado la ciclópea tarea de traducción. Asimismo, agradezco la dedicatoria de esta versión española a mi padre, quien en su momento obtuvo de Rothbard los correspondientes permisos de traducción y a quien debo la extraordinaria oportunidad de haberme iniciado en “el otro lado de la biblioteca”, tal como lo hizo con tantas otras personas en nuestro país [Argentina]. La historia contrafactual tiene sus bemoles, pero es del todo plausible conjeturar que si le hubiera prestado la debida atención a Rothbard, se habrían podido evitar muchos de los sucesos que conmovieron adversamente al mundo. Lo que se ejecuta en la práctica siempre proviene de lo que previamente se ha elaborado en la teoría. Las justificadas críticas a lo que hoy ocurre obedecen a concepciones defectuosas anteriores, que deben ser revisadas si se desea evitar efectos nocivos. Correr el eje del debate es la función del intelectual, y esto es lo que ha realizado con gran pulcritud y enjundia el autor de este tratado de economía a través de su prolífica vida académica. Es de esperar que este texto tenga la acogida que se merece en los espíritus curiosos por explorar avenidas fértiles que se apartan de lo que se viene repitiendo en la mayor parte de las cátedras universitarias. El estudioso encontrará en las páginas que siguen un gran estímulo intelectual al descubrir vastos horizontes descritos de un modo llano y directo, muy bien ilustrados y fundamentados en un sólido andamiaje científico.

Referencias bibliográficas

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Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

ECONOMÍA Y HERMENÉUTICA

Por Alberto Benegas Lynch (h).

Las clases de mi amigo Don Lavoie, prematuramente muerto en su plenitud, suscitaban gran atracción entre los alumnos de George Mason University por su teoría hermenéutica aplicada a la economía. Su fuente principal de inspiración era el economista Ludwig Lachmann profesor en la London School of Economics (a su vez influido por escritos de Max Weber) y el hermeneuta Hans-Georg Gadamer, profesor y Rector de la Universidad de Leipzig.

Lavoie apuntaba a instalar su tesis en el contexto de la Escuela Austriaca retomando la tradición subjetivista que partió con Carl Menger y la extrapolaba no solo a los fundamentos de toda transacción comercial sino a toda comunicación intraindividual.

Con razón mantenía que todo es materia de interpretación: cuando se observa una obra de arte, cuando se lee un texto, cuando se mira un paisaje, cuando se conversa etc. Pero de allí concluía que toda manifestación subjetiva enriquecía y alimentaba lo interpretado. Esta forma de ver las cosas está íntimamente emparentada con el posmodernismo y la adulteración de textos a través de interpretaciones que nada tienen que ver con lo que el autor ha consignado.

Una cosa es la valorización subjetiva en el sentido del me gusta o no me gusta que establece los precios de mercado y otra bien diferente es la objetividad de las cosas que son independientes de las opiniones que de ellas se pueda tener. Esta diferencia epistemológica resulta central para no caer en el dadaísmo cultural.

Es muy cierto que en la apreciación de muy diversos mensajes incluyendo la conversación, la mente no opera como un scanner que toma lo dicho tal cual el emisor lo trasmitió (aún prestando debida atención como aconseja Tom Peters en uno de los capítulos de su Thriving on Chaos titulado muy acertadamente “Become Obsessed with Listening”). Hay un bagaje cultural y un contexto que el esqueleto conceptual del receptor incorpora, lo cual hace que haya diversas interpretaciones, incluso malentendidos de distinta naturaleza, pero de allí no se sigue que todas la interpretaciones sean legítimas: unas se acercarán más a la verdad de lo expuesto que otras, del mismo modo que ocurre con la interpretación de textos y otras manifestaciones de la vida en sociedad. Todo esto es de naturaleza distinta de cuanto ocurre en el mercado, en este proceso es irrelevante la verdad de la interpretación puesto que lo importante son las preferencias de compradores y vendedores.

Otro autor de peso que ha influido en Lavoie es Paul Ricoeur. En una oportunidad formé parte del tribunal de tesis doctoral en economía en la Universidad Francisco Marroquín que versaba sobre una aplicación de Ricoeur a la ciencia económica. No recuerdo quien era el doctorando, si tengo presente que su director de tesis era nada menos que Peter Boettke y que otro de mis colegas en el tribunal era Lawrence White. En todo caso, si bien tengo desdibujado el esqueleto central de ese trabajo, tengo presente que la disertación y las respuestas a nuestras preguntas resultaron satisfactorias. Precisamente, el libro más conocido de Ricoeur es Hermeneutics & the Human Sciences en el que sostiene que dado que las palabras no son unívocas se abre la posibilidad de interpretaciones varias pero que la faena del caso consiste en trabajar la recepción de lo dicho o escrito, lo cual presenta sin duda una serie de problemas a resolver.

En este sentido, es pertinente aludir a las trifulcas que produce la traducción puesto que en definitiva todo es traducción incluso dentro del mismo lenguaje en la simple conversación en cuanto a la secuencia interpretativa. También aquí de lo que se trata es de acercarse lo mejor posible a lo dicho (o escrito) en otro idioma. Traduttore-traditore es un lugar común que ilustra los riesgos de la traducción sin pretender nunca un texto definitivo como decía Borges, en todo caso puede ser lo mejor por el momento, hasta que aparezca una versión más precisa, del mismo modo que nos enseña Popper ocurre con la ciencia. Pero ya que lo mencionamos a Borges, es de interés señalar que ha subrayado que una traducción puede ser mejor que el original (puesto que en otro idioma puede emplearse un vocablo más pertinente)…hasta escribió en una  boutade que “un original puede ser infiel a su traducción” (y, por otra parte, decía esta autor que hay expresiones intraducibles como que fulana “estaba sentadita”).

Sin duda que la traducción “no puede administrarse a puro golpe de diccionario” como ha expresado Victoria Ocampo. Por su parte, Umberto Eco advierte que las traducciones literales resultan en tremendos mamarrachos (como cuando se traduce “it is raining cats and dogs” como “está lloviendo gatos y perros”). Resulta clave el contexto y el sentido en el que se usa una palabra en el texto original. Enrique Pezzoni denomina la traducción literal “servil”. Como apunta Alfonso Reyes “cuando se trata de nombres propios, la adaptación es repugnante”. Tengo muy presente la oportunidad en la que la Universidad de Buenos Aires le entregó un doctorado honoris causa a Friedrich Hayek, mientras bajábamos las escaleras de la Facultad de Derecho (donde tuvo lugar el acto), el homenajeado me señaló su diploma en el que se leía Federico y me dijo con un dejo de disgusto: “you never do this”.

Lachmann, Lavoie y sus numerosos discípulos entienden que las interpretaciones libres constituyen una manifestación del orden espontáneo en economía, primero expuesto por la Escuela Escocesa y luego afinada por Hayek, pero esto es otra extrapolación ilegítima. El orden espontáneo significa que cada una de las personas que persiguen sus intereses particulares en una sociedad abierta contribuyen a formar un orden que no estaba en la mente de aquellos sujetos actuantes, pero para nada implica la tergiversación de los fenómenos observados bajo el pretexto de una mal concebida subjetividad.

En su ensayo titulado “Understanding Differently: Hermeneutics and the Spontaneus Order of Communicative Processes”, Don Lavoie escribe con razón que “ El giro subjetivista que él [Menger] le dio a la economía, destaca que lo que le interesa al economista no son las circunstancias objetivas como tales sino el significado que tienen para el agente correspondiente”, pero de esto no puede inferirse que la subjetividad se aplique a cualquier interpretación de las propiedades de las cosas sino, como queda dicho, a las valorizaciones de lo que se intercambia según satisfaga deseos. Una cosa es concluir la perogrullada de que todo es materia de interpretación y otra bien diferente es afirmar que todo es lo que cualquiera dice que es.

Ya bastantes problemas existen en el seno de la economía como para introducir una visión posmoderna. Mark Blaug en “Disturbing Currents in Modern Economics” resume bien el asunto que venimos comentando: “El posmodernismo en la economía adopta formas diferentes pero siempre comienza con la ridiculización de las pretensiones científicas de la economía tirando agua fría a las creencias de que existe un sistema económico objetivo”.

Por último, una nota breve sobre la interpretación de la historia de los acontecimientos económicos que en no pocos casos también sufre de malformaciones hermenéuticas debido principalmente (aunque no exclusivamente) a una concepción errada de la noción de la filosofía de la historia. Robin Collingwood, en The Idea of History, explica que es inconducente entenderla como envuelta en leyes inexorables  (como Spengler), como la historia universal (como Hegel) ni en cierto sentido como la versión de la historia en la que se enfatizan grupos en bloque (como Toynbee) y mantiene que Voltaire -quien acuñó la expresión “filosofía de la historia”- fue el pionero en estudiarla con criterio independiente y no simplemente reproduciendo noticias consignadas por otros. Collingwood agrega a esta crítica de la reproducción sin más (la técnica “de las tijeras y el engrudo” en sus palabras) la concepción del primer término del binomio como un ejercicio de no solo escudriñar el objeto estudiado sino hurgar en el modo en que piensa el sujeto, y el segundo como la recreación del suceso bajo estudio.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.