SOBRE LA FALOSA CUESTIÓN DEL «ALMA» Y EL CUERPO EN SANTO TOMÁS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 1/5/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/05/sobre-la-falosa-cuestion-del-alma-y-el.html

 

(De mi comentario a la Suma Contra Gentiles).

Libro II, capítulo 68: Qualiter substantia intellectualis possit esse forma corporis. (De qué modo la sustancia intelectual puede ser forma del cuerpo).

Argumento central

Ad hoc enim quod aliquid sit forma substantialis alterius, duo requiruntur. Quorum unum est, ut forma sit principium essendi substantialiter ei cuius est forma: principium autem dico, non factivum, sed formale, quo aliquid est et denominatur ens. Unde sequitur aliud, scilicet quod forma et materia conveniant in uno esse: quod non contingit de principio effectivo cum eo cui dat esse. Et hoc esse est in quo subsistit substantia composita, quae est una secundum esse, ex materia et forma constans. Non autem impeditur substantia intellectualis, per hoc quod est subsistens, ut probatum est, esse formale principium essendi materiae, quasi esse suum communicans materiae. Non est enim inconveniens quod idem sit esse in quo subsistit compositum et forma ipsa: cum compositum non sit nisi per formam, nec seorsum utrumque subsistat.

Esto es: “Pues, para que algo sea forma sustancial de otro, se requieren dos condiciones. La primera es que la forma sea principio del (ser) existir sustancialmente de aquel cuya forma es: y digo principio no efectivo, sino formal, por el cual algo es y se denomina ente. De donde se sigue una segunda condición: a saber, que la forma y la materia convengan en un solo ser, lo cual no ocurre respecto del principio efectivo con aquel al cual da el ser; y es en este ser en el que subsiste la sustancia compuesta, que es según el ser y consta de materia y forma. Y no hay inconveniente en que la sustancia intelectual, porque es subsistente, como se ha probado, sea formal principio del (ser) existir de la materia, como comunicando su ser a la materia, pues no hay dificultad en que uno mismo sea el ser en el que subsisten el compuesto y la forma misma, ya que el compuesto no (es) existe sino por la forma, y ni uno ni otro subsisten separados”.

Este capítulo es ya particularmente complejo en su contexto. Santo Tomás, coherente con su interpretación de Aristóteles, intentará demostrar que la forma sustancial del ser humano es una forma sustancial de la que emerge la potencia intelectiva, cosa que hasta ahora no había establecido sino indirectamente. Ello es lo que permitió en su momento a Santo Tomás demostrar la “inmortalidad” (subsistencia) del alma humana, siendo esta al misno tiempo forma del cuerpo humano y por ende afirmar la inmortalidad del alma humana en armonía con la unidad alma/cuerpo del su Aristóteles. Como ya dijimos, actualmente esto requiere importantes adaptaciones, que serán vistas en los anexos. Por ahora tratemos de decodificar la intrincada red metafísica que Santo Tomás tiene in mente al unir a su Aristóteles con su propia visión creacionaista de la creatura corpórea.

Antes que nada, voy a dar mi propia interpretación, tanto a lectores tomistas como no tomistas, de lo que Santo Tomás interpreta de Aristóteles en el tema de la materia prima y la forma sustancial.

Lo que llamamos “cuerpos” tendrían composición por el lado de la esencia. La esencia de una planta o de un animal tiene un principio determinante; esto es, un principio que ordena a la sustancia corpórea y le da el grado de ser. Cuando decimos “un tigre corre porque es un tigre”, esa “esencia” (el ser tigre) a la que nos referimos tiene un principio determinate por el cual es tigre y no perro o delfín. Pero los tigres, perros, delfines, etc. tienen materia, lo que es ordenada por la forma y recibe de ella ese grado de ser “tal”. Esa materia siempre “es” en tanto determinada por la forma. Pero los entes corpóreos, cuando se “deshacen”, lo que sufren es una transformación: cuando un fósforo se transforma en ceniza, hay “algo común” al fósforo y a la ceniza, no hay un “hiato” o una nada entre los dos términos de la transformación, y esa “materia en común” que nunca es indeterminada, sino siempre determinada por la forma, es la materia “prima”. Por consiguiente, todo cuerpo está compuesto por una forma sustancial, actual, y una materia prima, potencia —potencia en tanto principio—, que recibe el ser tal de la forma sustancial.

Santo Tomás ubica todo esto a su vez en su noción de creatura, y esa unión entre su visión creacionista y lo anterior implica que ya, ipso facto, Aristóteles, haya dicho lo que fuere, quede transformado. (Como si el creacionismo de Santo Tomás fuera la nueva forma sustancial de los textos de Aristóteles). Los entes creados tienen esencia en tanto tienen id quod esse recipitur; esto es, aquello que recibe el ser, y ello determina los diversos grados de ser de las creaturas. Cuando Santo Tomás piensa en los entes creados no corpóreos, como los ángeles, adopta para ellos el lenguaje de Aristóteles, y sostiene, como vimos, que tienen “solo” forma sustancial y acto de ser, significando ese “solo” que no son compuestos de materia y forma. La forma sustancial en ese caso no es forma de un cuerpo, sino que se identifica con la esencia en tanto tal, que da la gradación entitativa. Por ende, readaptando esa terminología, todo ente creado tiene acto de ser, cuyo grado de ser está dado por su “forma sustancial”; solo que en los entes corpóreos esa forma sustancial da el grado de ser al compuesto de materia y forma. ¿Da también el acto de ser? Como vimos, el dar el acto de ser es privativo de Dios, pero siempre da un acto de ser “graduado”, y en ese sentido podemos decir que en la creación el acto de ser, sin la forma sustancial, no tendría sentido. Y cuando Santo Tomás combina todo esto con la transformación sustancial en Aristóteles, pone en juego lo que ya hemos visto como concurso de causas. En los casos más claros de transformación sustancial, como es en la reproducción de los seres vivos, ambos seres vivos son causas eficientes principales de la transformación sustancial, y ello implica que propiamente el padre es causa de que el hijo “sea”; pero ese “sea” implica un con-curso de causas entre la causa segunda y la causa primera. Que el padre y la madre sean propiamente causas eficientes principales (y en ese sentido son causas primeras en relación con causas instrumentales, que son segundas) no quita que lo sean en un orden de causas segundas, cuando recordamos que todo acto de ser depende de un acto de creación por parte de Dios. Pero Dios respeta el orden de causas físicas por Él creado, y por lo mismo da el ser solo cuando se da el acto de reproducción de los seres vivos. La creación, en el orden físico, es siempre en concurso con las acciones que los seres físicos deben desarrollar para que ocurra la transformación sustancial. La creación es dar el ser de la nada, pero esto, en el orden de las causas segundas (en tanto creaturas) implica que el ser “dado” lo es en el momento de la concepción del nuevo ser vivo. Eso no es solo por voluntarismo de Dios. Es por el mismo orden natural por Él creado. Eso es, dada la naturaleza de las cosas (que podría ser diferente, pero una vez que es tal, sus consecuencias son necesarias), un nuevo ser vivo solo puede surgir de una transformación sustancial. Dios puede no dar el ser, pero ello implica que la concepción no se va a realizar (para lo cual puede —o no— tolarar una falla en el proceso), o puede darlo fuera de dicho orden de causas, pero en ese caso se trata de milagros que, en el paradigma judeocristiano, Dios realiza en momentos específicos de la historia de la salvación y no por deporte (como la concepción virginal de María, coherente con la total negativa de Cristo a realizar milagros delante de Herodes).

Por tanto se puede decir que en los entes corpóreos propiamente la forma sustancial no es causa del acto de ser; analógicamente sí, en tanto sin la acción de la sustancia primera en el orden de su forma no hay transformación sustancial y, por consiguiente, no hay nuevo ente corpóreo; además, sin la forma sustancial, en la sustancia primera no hay acto de ser, porque el acto de ser es el acto de ser “graduado” en la forma sustancial. Dentro de este contexto, analicemos nuevamente el texto de Santo Tomás. Los paréntesis son mi comentario.

“Pues para que algo sea forma sustancial de otro se requieren dos condiciones. La primera es que la forma sea principio del (ser) existir sustancialmente de aquel cuya forma es: (es decir, sea su principio determinante, sin el cual el cuerpo no sería nada); y digo principio no efectivo, sino formal (o sea, la forma sustancial es causa formal; la causa eficiente es otro ente corpóreo, que produce la transformación sustancial), por el cual algo es y se denomina ente. De donde se sigue una segunda condición, a saber: que la forma y la materia convengan en un solo ser (esto es, que se trate de un solo cuerpo; que se trate deeste tigre y no de otro), lo cual no ocurre respecto del principio efectivo con aquel al que da el ser (esto es, la causa eficiente y su resultado sí pueden ser dos diferentes) y es en este ser (un cuerpo singular) en el que subsiste la sustancia compuesta, que es según el ser y consta de materia y forma. Y no hay inconveniente en que la sustancia intelectual —porque es subsistente, como se ha probado— sea formal principio del (ser) existir de la materia, como comunicando su ser a la materia (o sea, no hay problema en que una forma sustancial subsistente dé el ser a un cuerpo), pues no hay dificultad en que uno mismo sea el ser en el que subsisten el compuesto y la forma misma (es decir, es un mismo cuerpo en el cual “son” la forma sustancial subsistente y la materia prima), ya que el compuesto no (es) existe, sino por la forma (lo que habíamos dicho antes: en el cuerpo, el acto de ser “no es” sino limitado por la forma sustancial que da el ser a la materia), y ni uno ni otro subsisten separados”. (La forma sustancial subsistente y su cuerpo no subsisten ambos como sustancias completasuna vez separados).

Lo que se está diciendo es que una forma sustancial subsistente puede ser de dos tipos: la del ángel, que no es forma de un cuerpo, y la del ser humano, que es forma de un cuerpo. En el segundo caso, que sea subsistente no le quita la capacidad ontológica que tiene una forma sustancial de ser el principio determinante del cuerpo. O sea: un cuerpo no es ya algo a lo cual se agrega la forma sustancial. Un cuerpo es materia organizada por la forma; materia prima sin forma es nada. Con lo cual, Santo Tomás está formulando tácitamente una premisa ontológica: lo ontológicamente superior puede ser causa de lo inferior, pero no al revés. Dios, infinito, crea lo finito, pero no al revés. El intelecto puede entender lo corpóreo (inmaterialmente), pero no al revés. De igual modo, una forma sustancial subsistente puede organizar un cuerpo humano. Pero en ese caso, no es la forma sustancial, directamente, el intelecto, sino que la forma sustancial humana es tal que organiza un cuerpo tal que tiene dos potencias específicas: inteligencia y voluntad. Es decir: el intelecto no es la sustancia, ni la forma sustancial, sino una facultad de esa sustancia primera que es la persona humana. Con lo cual tenemos la siguiente relación conceptual y deductiva de todo lo que ha dicho Santo Tomás hasta ahora. Retornemos al capítulo 49: el intelecto conoce “cosas” que no son cuerpo. Luego el intelecto no es corpóreo. Luego, dada la analogía de proporción entre potencia en acto primero y potencia en acto segundo, si el intelecto en acto segundo (conociendo de modo no corpóreo) no depende de la materia en su ser (capítulo 51), tampoco el intelecto en acto primero. Pero de vuelta: hay una analogía de proporción entre potencia en acto primero y la forma sustancial de la que emerge dicha potencia. Luego si la potencia como tal no depende de la materia en su ser, tampoco la forma sustancial, y a ese tipo de forma sustancial es a la que podríamos llamar “intelectual” o “racional”; no porque sea ella misma el intelecto, sino porque da origen a la facultad intelectiva. En el caso del ser humano, esa forma sustancial es forma de un cuerpo (capítulo 68), subsumiento por ende en una sola forma las potencias vegetativas y sensibles, y siendo subsistente, porque, al no depender de la materia en su ser, terminado el compuesto (la muerte), no desaparece, sino que “sigue” siendo (subsistencia); pero no como sustancia “completa”, sino como forma sustancial in-completa, porque le falta el cuerpo al que está “destinada ontológicamente”.

De una manera gráfica:

Zanotti

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

ESPÍRITU NAVIDEÑO Y RESPETO A LA LIBERTAD

Por Gabriel J. Zanotti: Publicado en Diciembre de 2010 en http://www.institutoacton.com.ar/articulos/74artzanotti79.pdf

 

Había pensado un título como “Navidad y liberalismo”, pero sería un error. Nunca he
intentado derivar directamente de mi fe un sistema político determinado, ni he intentado
colocar a las Escrituras como la premisa de la cual se derivara directamente un sistema
político. Claro, he aclarado infinitas veces que el liberalismo (con todas las aclaraciones
pertinentes) no es contradictorio con mi fe, lo cual es muy diferente.
Habiendo hecho esta aclaración, voy a hacer una pequeña reflexión para creyentes y no
creyentes que compartan cierto espíritu liberal. Me refiero a la no agresión, a la no
invasión, a no iniciar la violencia contra otro. A veces eso se mezcla con la indiferencia
ante el prójimo, pero no es lo mismo. El fundamento para no invadir no debe ser la
expresión “es tu vida, morite si querés”, sino “respeto tu conciencia”, “no voy a invadir
la casa de tu existencia”, lo cual es muy diferente a no preocuparnos por la vida de los
demás. Muchos han deducido la invasión al otro como el resultado de la preocupación
por el otro, y ese es el grave error que el liberal siempre denuncia.
Para los que somos creyentes, Cristo es Dios, para los no cristianos, obviamente no.
Pero creo que ambos grupos coincidirán en algo: su nacimiento fue pacífico, una paz en
serio. No fue el hijo de un monarca o emperador autoritario de la época cuyo nacimiento
anunciaba quién era el próximo invasor de las vidas ajenas. Nació sin reclamar nada, sin
invadir a nadie. Cuando su madre recibió el anuncio de que iba a tener un hijo, ella
preguntó cómo podía ser eso, y la respuesta del ángel fue un diálogo respetuoso que
quedó como modelo de diálogo entre razón y fe. María no fue coaccionada. A partir de
su nacimiento, Cristo estuvo con sus padres 30 pacíficos años pacíficos viviendo de su
trabajo y de la co-propiedad con su padre. Luego afirmó que él era el Mesías, el Hijo de
Dios, Dios mismo, anunciando la llegada del mesías esperado por el pueblo judío. Pero
Cristo, que afirmaba ser Dios, no procedió como otros que se creen Dios. Predicó,
habló, no fundó un ejército ni obligó a nadie a seguirlo. Conversaba con todos, y muy
especialmente con los que procedían de modo diverso a lo que él predicaba. Hablaba,
estaba y comía con todos, sencillamente con todos, y sólo discutía –y se enojaba precisamente
con los que se consideraban muy pero muy buenos. Pero tampoco los
coaccionaba. El ser humano, cuando se cree Dios, piensa que puede invadir a los demás,
forzarlos; este ser humano, que afirmaba ser Dios, sólo mostró un Dios que dialoga.
Cuando lo vinieron a buscar para matarlo, le dijo a uno de sus discípulos “guarda la
espada”, y cuando afirmó ser Rey, dijo “mi reino no es de este mundo” (suerte para
Pilatos ☺ ). Desde su Cruz perdonó a todos.
Los creyentes, que a veces son autoritarios en su vida cotidiana y en sus opciones
políticas, deberían pensar en el Cristo al cual dicen seguir. Un Cristo que dialoga y no coacciona. Si Cristo, que según los creyentes es Dios, no usa la fuerza para imponer sus
ideas, ¿por qué sus “creyentes” sí lo hacen? ¿Tienen prerrogativas que Dios no tiene?
Y los no creyentes pueden quedarse meditando en este peculiar ser humano (que los
creyentes consideramos humano también). Si, tal vez tuvo razón el soldado romano que
le dijo que si era Dios, que se bajara de la cruz. No me van a negar que hubiera sido un
digno final de Hollywood. Cristo bajando victorioso de su cruz y derrotando a toda
Roma con sólo un soplido; sentándose en el mismo trono del emperador romano e
instaurando el Reino de Dios en la Tierra que, por supuesto, iba a tener ejércitos e iba a
coaccionar como cualquier gobierno. Pero no. ¿No porque no era Dios? ¿O no porque,
precisamente, lo era?
Navidad otorga a todos, creyentes y no creyentes, una especial oportunidad para meditar
todo esto. He allí un hombre que proclamó su divinidad y no invadió nunca a nadie. Es
interesante meditar el por qué.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.