Los peligros de caer en la falacia de la suma cero

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 4/2/20 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/los-peligros-de-caer-en-la-falacia-de-la-suma-cero-nid2330263

 

La tesis de esta nota periodística consiste en que buena parte de las falacias y malos entendidos en la economía proviene de sostener que en los procesos de mercado lo que gana uno lo pierde otro. Esta conclusión opera a contracorriente del hecho de que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan, de lo contrario no realizan el intercambio (suma positiva en la terminología de la teoría de los juegos). Este es el modo de obtener el enriquecimiento del conjunto en aquellos lugares en los que tienen lugar marcos institucionales respetuosos de los derechos de cada cual, al contrario de lo sucedido allí donde los aparatos estatales se inmiscuyen con el fruto del trabajo ajeno.

El concepto de la suma cero aparece en la antedicha teoría de los juegos donde naturalmente quedaría excluida la cooperación entre las partes en el mercado y solo tiene lugar, por ejemplo, en los juegos denominados de azar donde lo que gana uno lo pierde el otro. En términos algo técnicos, en el juego de suma cero no es posible alcanzar el denominado “equilibrio Nash”.

Debido a que Michel de Montaigne tuvo gran influencia en autores como Bacon, Descartes, Pascal y Rousseau, su dictum en cuanto  a que “no se saca provecho alguno sin perjuicio para otro”, la idea fue bautizada por Ludwig von Mises como “el dogma Montaigne”.

Pues bien, en primer lugar debe destacarse que la riqueza no es algo estático situación en la que quien obtiene beneficios restaría recursos para otro cual torta de cumpleaños. La riqueza es un proceso dinámico, no hay más que prestar algo de atención a la historia de la humanidad para constatar que con igual cuantía de recursos naturales el valor del conjunto se ha incrementado exponencialmente.

En física se ha visto desde la formulación precaria de Lucrecio pasando por Newton, Lavoisier y Einstein que nada se pierde y todo se transforma. La cuantía de la masa de materia, incluyendo la energía es la misma en el universo pero lo relevante para el aumento de la riqueza no es el incremento de lo material sino su valor. Puede ser que artefactos tales como un teléfono antiguo contengan más materia que un celular pero el servicio de este último y su precio son sustancialmente distintos.

Sin duda que los progresos se han retrasado y limitado en la medida en que se le ha dado la espalda a la sociedad abierta y se han adoptado políticas en las que el Leviatán ha asfixiado la energía creativa en un contexto donde irrumpen empresarios prebendarios que hacen negocios con el poder de turno a expensas de la gente. Por el contario, en la medida de la libertad se ha podido salir de la pobreza y lograr niveles de vida que ni siquiera los príncipes de la antigüedad lograron (solo basta referirnos a las infecciones colosales por una muela, sin mencionar la calefacción, los transportes, la alimentación y tantas otras cosas).

No es reclamando que se lesione el derecho de quienes crearon riqueza lícitamente la forma de prosperar, sino contribuyendo a crear el propio patrimonio sirviendo a otros. Quienes aciertan en atender las demandas de su prójimo obtienen ganancias y quienes yerran incurren en quebrantos.

Sin embargo y a pesar de lo consignado, se continúa machacando con la denominada “redistribución de ingresos” con el propósito de imponer una macabra guillotina horizontal en la obsesión por el igualitarismo. Esto significa que el gobierno vuelve a distribuir por la fuerza lo que la gente distribuyó pacíficamente en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar.

Y esta política al contraer las tasas de capitalización debido a la mal asignación de los siempre escasos factores de producción inexorablemente reduce salarios en términos reales. Esto es así debido a que la inversión per capita es el único elemento que determina los ingresos. Mejor aun, tal  vez haya que prestarle atención a lo escrito por Thomas Sowell en el sentido que “los economistas deberíamos dejar de hablar de distribución puesto que los ingresos no se distribuyen, se ganan”.

En este mismo contexto y basados en el dogma Montaigne, se suele aconsejar la implantación de gravámenes progresivos lo cual constituye un castigo al éxito y, sobre todo, resulta en impuestos regresivos ya que, nuevamente, cuando el contribuyente de jure contrae sus inversiones resulta que quien se encuentra en el margen ve reducido su salario. También la progresividad altera las posiciones patrimoniales relativas respecto a las que había establecido la gente en el mercado y, como si todo esto fuera poco, afecta gravemente la movilidad social puesto que se interpone en el ascenso y descenso en la pirámide patrimonial.

Por último en este repaso telegráfico de la trampa que tiende la  suma cero, es un tanto tragicómico el análisis que se suele efectuar respecto al comercio exterior. Se insiste que es muy importante para un país exportar y que debe tenerse mucho cuidado con la importación. Si  este mismo razonamiento se aplicara a una persona y se le dijera que para su vida es fundamental que venda bienes o servicios pero que se abstenga de comprar, seguramente el interlocutor consideraría semejante propuesta como el  resultado de un desperfecto grave en el cerebro.

Aquella sugerencia es parida de las entrañas de las doctrinas mercantilistas del siglo xvi en las que se ponía de manifiesto un desconcepto de magnitud y es que el verdadero beneficio  para un país es acumular divisas . Esto no se aplica a una empresa puesto que es sabido que un alto índice de liquidez no implica prosperidad del negocio puesto que ese comercio puede estar en quiebra. Lo relevante es el patrimonio neto.

Aludir a un país es una forma abreviada de referirse a un grupo de personas reunidas dentro de ciertas fronteras. El análisis económico no  varía por  el mero hecho de interponerse ríos, montañas u otros accidentes geográficos y  delimitación  de fronteras siempre convencionales. Al fin  y al cabo, desde la perspectiva liberal la única razón para el fraccionamiento  del globo terráqueo en naciones es para evitar los riesgos fenomenales del abuso de poder de un gobierno universal.

A juzgar por los voluminosos “tratados de libre comercio” (un tratado de libre comercio que ocupa más de un folio no es de libre comercio) aún no se comprendió que las cerrazones perjudican especialmente a los países más pobres del grupo puesto que el incremento en productividad con ese comercio es mayor respecto a los más eficientes.

Sin duda que si los gobiernos introducen dispersiones arancelarias se crea un embrollo que conduce a cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos insumos. Es paradójico que se hayan destinado años de investigación para reducir costos de transporte y llegados los bienes a la adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de la imposición de aranceles, tarifas y cuotas.

Hay un dèjá vu en todo esto basado en distintas vertientes de la suma cero. En resumen, como señala Milton Friedman “La libertad de comercio, tanto dentro como fuera de las fronteras, es la mejor manera de que los países pobres puedan promover el bienestar de sus ciudadanos […] Hoy, como siempre, hay mucho apoyo para establecer tarifas denominadas eufemísticamente proteccionistas, una buena etiqueta para una mala causa”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

¿El mundo regresa a la época de las cavernas?

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 14/12/19 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/12/14/el-mundo-regresa-a-la-epoca-de-las-cavernas/

 

Foto de archivo. Fotografía ilustrativa. Billetes de 100 pesos argentinos debajo de un billete de 100 dólares estadounidenses (REUTERS/Agustin Marcarian)

Foto de archivo. Fotografía ilustrativa. Billetes de 100 pesos argentinos debajo de un billete de 100 dólares estadounidenses (REUTERS/Agustin Marcarian)

Estamos ubicados en un mundo sumamente complicado. Por un lado hay progresos tecnológicos admirables, pero por otro la decadencia es marcada. Por todas partes irrumpen las xenofobias, los nacionalismos, los mal llamados “proteccionismos”, los gastos gubernamentales exorbitantes, las deudas colosales, las cargas tributarias exponenciales, las regulaciones asfixiantes a las actividades productivas, en un contexto de una creciente falta de respeto por marcos institucionales civilizados. Y esto no solo ocurre en los países tradicionalmente atrasados sino en, en buena media, en muchos lugares de Europa y en Estados Unidos, lo cual se corona con un Papa que propone recetas que son las que precisamente han conducido a la lamentable situación actual que socava las bases morales de la sociedad libre.

Todo este cuadro es naturalmente más grave en países africanos, algunos asiáticos y en no pocos lugares de América Latina. lo cual conduce más raudamente a la pobreza extrema pues parten de marcas recientes muy poco favorables. Pues bien, como las políticas estatistas mencionadas conducen a la miseria, para revertir la situación resulta imperioso comenzar de cero en los razonamientos e igual que con nuestros ancestros (ya que indefectiblemente todos provenimos de las cavernas, cuando no del mono), el progreso ocurría en la medida en que había respeto recíproco por la vida, la libertad y la propiedad. Cuando se permitía que unos invadieran las chozas ajenas y los alimentos de otros la miseria se acrecentaba y en la medida en que se inculcaba el antedicho respeto, el resultado era el progreso.

No se trataba de “planes sociales”, esto es la expoliación del fruto del trabajo ajeno, sino de trabajo y constancia en la conducta civilizada. Como bien se ha dicho, “la piedra es perforada por gotas de agua, no por su fuerza sino por la perseverancia”. El que estas líneas escribe, y eventualmente los lectores de esta columna, afortunadamente no estamos en situación de calle pero es cuestión de tiempo si las barrabasadas se extendieran con suficiente empeño.

Leonard Read cuenta en su libro titulado Anything that´s Peaceful, publicado en 1964, que la primera experiencia de los colonos recién llegados en el barco Mayflower a lo que luego sería territorio estadounidense fue el establecimiento de un sistema de propiedad en común, esto es un sistema comunista. Como consigna William Bradford -el entonces gobernador de esa primera colonia conocida como Plymouth- el experimento fue calamitoso pues las hambrunas resultaron espantosas, debido a lo cual decidieron cambiar radicalmente el sistema y establecer la asignación de derechos de propiedad con lo cual los incentivos naturales hicieron que las producciones dejaran atrás lo que hoy la ciencia política denomina “la tragedia de los comunes” y todo se encauzó debidamente tal como consigna el mencionado gobernador en sus memorias.

Por otra parte, el notable historiador Richard Pipes en su monumental obra La revolución rusa explica que a contracorriente de lo que venía ocurriendo durante el terror blanco, en 1906, el físico-matemático Piotr Stolipin, que con dificultad extrema ejercía como primer ministro y contra la opinión del Zar, de la Corte y parte de la Duma, fue el único en la historia del pueblo ruso que intentó seriamente y de modo extendido revertir la propiedad comunal y establecer derechos de propiedad, proceso que lamentablemente duró poco tiempo, pero en ese corto período se logró combatir eficazmente la miseria reinante que luego volvió a surgir debido a las políticas en las que el que trabajaba era expoliado por el vecino, ya que cuando todo es de todos no es de nadie.

En todo caso, el asunto actual es que si de tanto estatismo galopante en las regiones más débiles se ha llegado a la situación en que buena parte de la población está bajo la línea de extrema pobreza, la civilización debe comenzar de cero y, como queda dicho, para progresar debe respetarse la propiedad de cada cual a los efectos de permitir que quienes atienden las necesidades de su prójimo obtengan ganancias y los que yerran incurran en quebrantos. De ningún modo la solución radica en seguir expoliando el fruto del trabajo ajeno con más medidas estatistas, que fueron las que precisamente condujeron a la aludida regresión macabra.

También es necesario precisar que la solidaridad con la desgracia ajena solo tiene sentido cuando se usan recursos propios de modo voluntario. Insistir en el mal llamado “Estado benefactor” bloquea el progreso, pues significa la expropiación de la propiedad de otros, lo cual contradice abiertamente el sentido de la caridad y la filantropía. Es indispensable comprender antes que nada que la extralimitación en el poder de los aparatos estatales -es decir el uso de la fuerza agresiva- constituye el problema.

Es pertinente subrayar que, si bien es cierto que todo en la vida tiene un costo (costo de oportunidad decimos los economistas), en el balance el costo más doloroso consiste en mantener una elefantiásica maquinaria estatal que consume aceleradamente recursos y consecuentemente reduce salarios y, por tanto, la eliminación de funciones incompatibles con un sistema republicano libera factores productivos al efecto de rellenar los bolsillos de la gente con lo cual el beneficio es infinitamente mayor que el costo, al contrario de mantener un pesado Leviatán, cuyos costos carcomen el nivel de vida.

Habiendo dicho todo esto y como en una nota periodística no puede escribirse sobre el conjunto de las ilustraciones de lo que debería hacerse para liberar energía creadora, centramos la atención solo en un área y es la monetaria. Aunque nos hemos referido antes al punto, es necesario volver a hacerlo parcialmente puesto que en mayor o en menor medida todos los gobiernos han succionado recursos de los ciudadanos vía la manipulación estatal del dinero que sistemáticamente empobrece a la población.

La inflación es uno de los problemas económicos y sociales más graves. Es siempre producida por los aparatos estatales que con el curso forzoso y la banca central no dan salida a la gente para defenderse de ese flagelo. Se ha dicho que la inflación es el aumento general de precios, lo cual revela dos errores garrafales de concepto. En primer lugar, pretende aludir a la causa de la inflación la cual consiste en la expansión exógena del mercado y, en segundo término, el efecto estriba en la alteración de los precios relativos y no en un aumento general. Si produjera un incremento generalizado, no se produciría el problema central de la inflación cual es la angustia por el desequilibrio entre precios e ingresos. Si mi salario (uno de los precios) se incrementara en un 50% mensual y el resto de los precios lo hace en la misma forma, no hay problema. Eventualmente habrá que modificar las columnas en los libros de contabilidad, habrá que expandir los dígitos en las máquinas de calcular y, tal vez, acarrear el dinero en carretillas, pero no hay el problema central señalado.

La alteración en los precios relativos reviste la mayor de las importancias ya que se distorsionan todas las señales en el mercado, que son las únicas que muestran dónde conviene invertir y dónde desinvertir en los diversos sectores con lo que se consume capital y, por ende, bajan los salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son la únicas causas del nivel de vida.

La banca central solo puede decidir entre uno de tres caminos posibles: a qué tasa contraer, a qué tasa expandir o dejar inalterada la base monetaria. Pues bien, cualquiera de los tres caminos deterioran los precios relativos respecto de lo que hubieran sido de no haber intervenido (incluso, como decimos, si los banqueros centrales deciden no modificar la base monetaria habrán desfigurado los precios relativos en relación al mayor o menor volumen de moneda que se hubiera decidido en el mercado…y si se hace lo mismo que hubiera hecho la gente en el mercado, no hay razón alguna para la irrupción de la banca central ahorrándose todos los gastos administrativos correspondientes).

Conviene también precisar que la cantidad de dinero de mercado, es decir, de los activos financieros que la gente elija para sus transacciones una vez liquidada la banca central, no tienen por qué ser constantes. Esto dependerá de las respectivas valorizaciones, del mismo modo en que ocurre con cualquier bien o servicio. En nuestro caso, si se decide expandir, se trata de una expansión endógena, a diferencia de la exógena al mercado, esto es, la que ocurre debido a decisiones políticas que son el origen del problema inflacionario.

No hay tal cosa como “expectativas inflacionarias” como causas de la inflación. Se podrán tener todas las expectativas que se quieran pero si no están convalidadas por la expansión monetaria exógena no hay inflación. Tampoco “inflación de costos” por idénticos motivos, ni inflaciones provocadas por el incremento en el precio de un bien considerado estratégico como, por ejemplo, el petróleo ya que si aumenta el precio de este bien y no hay expansión monetaria habrá dos posibilidades: o se reduce el consumo de otros bienes si se decidiera mantener el nivel de consumo del petróleo o se debe contraer el consumo de este bien al efecto de permitir el mismo consumo de otros bienes y servicios. En todo caso, no resulta posible consumir todo lo que se venía consumiendo si el precio del petróleo se incrementó.

La errada definición que hemos comentado, además, conduce a otras dos equivocaciones técnicas. En primer lugar, el consejo para la banca central de emitir a una tasa constante similar al crecimiento económico para “permitir la previsibilidad de los actores en el mercado”. Este consejo pasa por alto el hecho de que si la expansión “acompaña” el crecimiento económico, manteniendo los demás factores constantes, por ejemplo, se anulará el efecto de algunos precios a la baja que generan las importaciones y al alza de las exportaciones ya que la masa monetaria en un caso disminuye y en el otro aumenta y así sucesivamente.

La segunda equivocación, aun más gruesa, es que la expansión a tasa constante no trasmite previsibilidad puesto que, precisamente, los precios no se incrementan de modo uniforme, sino, como queda dicho, se alteran los precios relativos de modo que una tasa anunciada de expansión no trasmite información a determinado sector como afectará en sus precios.

Este análisis, a su vez, se traduce en el pensamiento que es posible recomponer el problema inflacionario a través de indexaciones lo cual no es correcto, ya que pretendidos índices de corrección solo suben los valores absolutos en los rubros del balance, pero las distorsiones relativas se mantienen inalteradas.

A toda esta situación debe agregarse que para contar con un sistema monetario saneado debe eliminarse el sistema bancario de reserva fraccional, que no solo genera producción secundaria de dinero, sino que permite que los bancos operen en un contexto de insolvencia permanente, con lo que se hace necesario implementar el free banking o el sistema de encaje total para los depósitos en cuenta corriente y equivalentes.

En este último sentido, hay un jugoso debate que viene de hace 50 años sobre si es mejor el free banking (y no digo “banca libre” porque tiene otro significado, ya que alude a la entrada y salida libre al sistema bancario) o la reserva total, pero en todo caso cualquiera de los dos es más sólido que la reserva fraccional que genera inflaciones y deflaciones con el apoyo de la banca central.

Cuál es el dinero que preferirá la gente dependerá de las circunstancias, ya que si todo es dinero no hay dinero y preguntarse cuál es la cantidad de dinero que habrá es lo mismo que interrogarse cuál es la cantidad de cualquier otro bien en el mercado. No debe imponerse tal cosa como “curso forzoso” a ninguna divisa y, en esta instancia del proceso de evolución cultural, los gobiernos seleccionarán la moneda o monedas en las que cobrarán impuestos al efecto de proteger derechos.

El tema monetario es solo uno de los problemas acuciantes que en los casos extremos fuerzan a la población al retorno a la época de las cavernas, pero son muchas las medidas que habría que revertir para que la gente pueda sacarse de encima el peso aplastante de los aparatos estatales. Afortunadamente existen reservas intelectuales que permiten vislumbrar esperanzas para evitar la regresión a la oscuridad de las cavernas. Igual que los tiburones que no duermen nunca, es indispensable estar alertas y sin pausa surcar los mares de los principios liberales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

 

El caso ChiChi: las tensiones entre instituciones y mentalidad económica.

Por Carlos Newland: 

Puede suponerse que si la mayor parte de la población de un país valora los atributos de una economía de mercado votará por  opciones políticas conducentes a marcos institucionales proclives a generar competencia, desarrollar la iniciativa privada y limitar a la acción gubernamental. La elaboración de un índice mundial de pensamiento pro mercado (FMMI) por parte de quien escribe estas líneas junto con Pal Czegledi, ha permitido ranquear a las naciones según el grado de apoyo popular al capitalismo. Gracias a esta métrica se ha podido constatar que  una alta valoración del sistema de mercado ha generado usualmente instituciones económicas eficientes (según, por ejemplo, el Índice Fraser de Libertad Económica), como es el caso de la Anglósfera (USA, Australia, Nueva Zelanda, Canadá), las naciones de Europa del Norte, y aquellas de la Sinósfera (como Japón, Vietnam o Taiwán). Por otra parte, los países donde domina una mentalidad más afín al socialismo o a la intervención gubernamental han generado instituciones adversas a la eficiencia económica, y con ello han afectado su desarrollo, como es el caso de Argentina, Ucrania o Egipto.  Puede entonces postularse que existe una relación directa entre mentalidad, instituciones y desarrollo económico. Pero este no siempre es el caso: pueden existir situaciones en que la mentalidad popular no ha podido expresarse libremente: en esos casos una minoría ha podido imponer sus instituciones de preferencia por la fuerza y sin consentimiento popular. Tal parece ser el caso de lo que denominamos Chichi, China y Chile. En ambas naciones parece existir un contraste entre la mentalidad popular y las instituciones o marco dentro de la cual sus agentes económicos operan.

China sería el caso de una población que presenta un positivo y moderado apoyo al sistema de mercado medido por el FMMI, o un muy alto apoyo según encuestas del Pew Research Center. Pero esta nación ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX la imposición de un muy duro y rígido sistema comunista. Los miembros del partido y su líder Mao lograron forzar una economía planificada y centralizada con resultados negativos de desempeño productivo. Esta situación comenzó a variar hacia 1978 cuando los integrantes de la jerarquía comunista fueron abandonando muchos postulados de su ideario, cambiando paulatinamente sus instituciones. Así, liberaron más y más su economía, permitiendo el funcionamiento de incentivos a la producción y a la eficiencia. Gracias a ello su crecimiento ha sido espectacular, transformándose hoy en día en una potencia mundial similar a los Estados Unidos. Se ha mencionado que un detonante del cambio en China fue la iniciativa de altísimo riesgo que tomaron algunos agricultores en 1979, de subdividir a los efectos prácticos la tierra comunal. Tan fue el éxito del experimento ilegal que las autoridades lo terminaron aceptando y promoviendo. En última instancia los gobernantes han ido aceptando la mentalidad de la población. Es altamente probable que, si China se transformara de una dictadura a una democracia, los partidos políticos proclives a la economía de mercado serían los dominantes y no lo contrario.

Chile parece ser el caso opuesto a China. Allí el apoyo al sistema de mercado es bajísimo según la medición del FMMI, donde presenta valores similares a los de Argentina. Ello no nos puede sorprender mucho ya que en 1970 la población eligió como presidente al marxista Salvador Allende, quien intentó aplicar un modelo socialista, lo que incluía nacionalizaciones, control público de la banca y la reforma agraria. El marco institucional en Chile no cambiaría por un cambio en la ideología de los votantes sino por imposición de un gobierno militar. En 1973 el gobierno golpista del General Augusto Pinochet encomendó a un grupo de economistas pro mercado, denominados allí “Chicago Boys”, el diseño e implementación de una política económica que incluyo desregulación, privatizaciones y el logro de la estabilidad monetaria. Inclusive Milton Friedman visitó al país en 1975 dando apoyo a las reformas que se estaban implementando. Con el tiempo esta política resultó muy exitosa y Chile ingresó a un notable sendero de crecimiento y reducción del nivel de pobreza, superando recientemente al ingreso per cápita (y la esperanza de vida, junto con una menor mortalidad infantil) de su tradicionalmente más próspero vecino Argentina. Pero el nuevo estadio de desarrollo obtenido no parece haber afectado estructuralmente la ideología económica de sus habitantes. La mentalidad popular que fue el sustrato de la elección como presidente de Allende sigue en gran medida vigente: el FMMI del país es bajo, muy similar al presentado por la población de Argentina. Es de destacar que los diversos gobiernos de centro izquierda que ganaron las elecciones a partir de la vuelta a la democracia en 1990 (hasta 2010, y de nuevo en 2014) no se atrevieron a desmantelar (aunque si atemperaron) el marco institucional recibido. Sin embargo, el país claramente estaba en una situación de un equilibrio político inestable. Si hubiera aparecido en ese país -uno de los pocos donde todavía se encuentra muy activo el Partido Comunista- un personaje carismático populista de izquierda, Chile podría haber seguido el camino de Argentina o Venezuela. El reciente estallido social no es más que una manifestación popular de una ideología reprimida que ha encontrado en las calles un modo de expresarse.

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

 

Pseudoderechos contra el derecho

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 17/10/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/10/17/pseudoderechos-contra-el-derecho/

 

A esta altura se hace necesario insistir en que todo derecho tiene como contrapartida una obligación. Si una persona obtiene en el mercado un salario de cien, como contrapartida hay la obligación universal de respetar esos cien. Pero si la persona en cuestión demanda trescientos cuando obtiene cien en el mercado y el gobierno otorgara esa diferencia quiere decir que otros estarían compelidos a pagar los doscientos adicionales lo cual se traduce en la lesión al derecho de esos otros, se trata de pseudoderechos puesto que no pueden otorgarse sin destruir el derecho de terceros.

Desafortunadamente vivimos la era de los pseudoderechos: derecho al crédito barato, derecho a alquileres reducidos, derecho a la alimentación adecuada, derecho a mantener buena salud, derecho a la educación, derecho a un salario atractivo, derechos, derechos y derechos que no son tales sino, como queda expresado, pseudoderechos que atentan abiertamente contra los marcos institucionales que establecen el respeto recíproco y que al deteriorase repercuten negativamente sobre los salarios, especialmente sobre los de los más necesitados como veremos más abajo. Y el colmo de la torpeza es cuando los gobernantes dicen que “el Estado se hará cargo” de tal o cual erogación, como si los burócratas se hicieran cargo con sus patrimonios personales en lugar de precisar que son los vecinos los que siempre financian a la fuerza a través de impuestos, deuda, inflación o una combinación de los tres canales.

El palmario desconocimiento del significado del derecho comienza en las aulas de muchas facultades de derecho donde no se forman abogados, léase defensores del derecho, sino que egresan estudiantes de legislaciones que pueden recitar de memoria los respectivos artículos, incisos y párrafos pero no tienen la menor idea de los mojones o puntos de referencia extramuros de la ley positiva.

Los derechos individuales son anteriores y superiores a la existencia de los gobiernos y proceden de las propiedades y características de la condición humana que requieren de facultades para usar y disponer de lo propio para poder seguir sus proyectos personales de vida. Igual que las rosas y las piedras, el ser humano cuenta con propiedades y características que definen su especie. Nadie debe ser utilizado como medio para los fines de otros, puesto que el ser humano es un fin en si mismo. Los “balances sociales” con la intención de establecer peculiares utilitarismos son del todo improcedentes y conducen las mayores arbitrariedades como cuando se pretenden sopesar ventajas de mayorías circunstanciales frente a minorías indefensas. Los pseudoderechos son a todas luces contrarios al derecho.

Vivimos la era en la que se declama la defensa de los más necesitados pero simultáneamente se los afecta severamente con medidas altamente contraproducentes. Esto es así principal aunque no exclusivamente a través de las mal denominadas “conquistas sociales” que paradójicamente arruinan a los más vulnerables.

Para comprender esta conclusión es menester aludir a la causa por la cual se elevan salarios e ingresos en términos reales. Se trata de lo que genéricamente se denomina tasas de capitalización que equivale a la inversión per capita, es decir instrumentos, maquinarias, equipos, instalaciones y conocimientos relevantes que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar rendimientos. A su vez, las inversiones provienen de ahorro interno y externo al país en cuestión, lo cual se maximiza en la medida en que se cuenten con marcos institucionales civilizados, en otros términos, el respeto a los derechos de propiedad de cada cual comenzando por la propia vida, la expresión del pensamiento y el uso y disposición de lo adquirido legítimamente.

En este contexto se hace necesario apuntar acerca del peligro del mal uso del significado del término “inversión”. Este concepto se refiere a la estimación individual respecto a recursos propios en cuyo contexto el sujeto en cuestión valora en más rendimientos futuros respecto a los presentes y, por tanto, opta por abstenerse de consumir para ahorrar y siempre el destino del ahorro es la inversión (son dos caras de la misma moneda). Es del todo inapropiado aludir a “la inversión” cuando los aparatos estatales se apoderan del fruto del trabajo ajeno, en ese caso se trata de gasto que puede ser corriente o destinado a activos fijos pero en ningún caso tiene sentido pretender que se trata de una inversión por los motivos antes señalados. Si un fulano le arranca la billetera a otro, carece por completo de sentido decirle que se lo “invertirá” por más que ese fulano forme parte del aparato estatal o sea un privado, en el primero caso podrá justificarse o no el gasto pero en ningún caso se trata de un proceso de inversión. En el  lenguaje cotidiano hay un uso y abuso del concepto de marras.

Hoy está de moda criticar acérrimamente a tal o cual dirigente sindical por sus conductas aberrantes pero se deja en pie la legislación que hace posible contar con sindicatos ilegítimos en lugar de asociaciones libres y voluntarias y se mantiene en pie la figura de los “agentes de retención” que echan mano al fruto del trabajo de empleados para que no puedan usar sus pertenencias.

Una vez hechas estas aclaraciones queda claro que los salarios bolivianos resultan más bajos que los canadienses, no porque en el primer caso los empresarios son perversos y los segundos más generosos, se trata de tasas de capitalización distintas y eso hace toda la diferencia, lo cual no significa que las posiciones relativas sean irrevocables. Hay países que han tenido altas tasas de capitalilzación que luego han despilfarrado con lo que sus niveles de salarios han disminuido. Como queda dicho, todo depende de la calidad de los marcos institucionales imperantes.

En medios alemanes y estadounidenses prácticamente no existe servicio doméstico en los respectivos hogares. No es porque las amas de casa no  requieran ayuda, es que las tasas de capitalización son de tal magnitud que no permiten contar con ese servicio pues deberían competir con salarios elevados en medios empresarios y equivalentes, situación que se torna imposible.

Es típico que en países de muy bajas tasas de capitalización, se lleven a cabo faenas como que a determinado sujeto lo abanican a la hora de la siesta cuatro personas, pero si esa misma persona se trasladara a una ciudad donde primen altas tasas de capitalización deberá abandonar de inmediato su costumbre pues los salarios para esa actividad resultan imposibles de afrontar.

Se ha mantenido erróneamente que los gobiernos deben regular contratos laborales puesto que “la desigualdad en el poder de contratación” pone de manifiesto que no resulta posible permitir que un millonario contrate con una persona que no tiene para llegar a fin de mes, a fin de la semana o a fin del día. Este análisis adolece del grave defecto que no toma en consideración que resulta a todas luces irrelevante lo abultado o lo débil de las respectivas cuentas corrientes o de los patrimonios netos de quienes contratan. Lo relevante, lo decisivo son las tasas de capitalización que obligan a pagar los salarios de mercado. Si un millonario llega a un pueblo y averigua cuanto cuesta pintar su casa pero sostiene que como cuenta con un abultado patrimonio pagará la mitad, por definición no pintará su casa. No es atingente si la persona en cuestión es muy rica o si está quebrada,  el salario para pintar su casa es el que marca la tasa de capitalización.

También debe tenerse en cuenta que si a igual trabajo un empresario decide pagar más de lo que marca las tasas de capitalización, por un lado tendrá mayor oferta de trabajo de la que necesita y por otro procederá a derrochar sus recursos con lo que  de persistir en esta línea tendrá contados sus días como empresario.

Es necesario señalar que allí donde las contrataciones laborales son libres no habrá desempleo, es decir, sobrante de aquél factor esencial para prestar servicios y para producir bienes. Esta situación para el trabajador normal (no para el que, por ejemplo, se encuentra en estado vegetativo o padezca deficiencias de tal naturaleza que no le permiten hacer nada) ocurre independientemente de la pobreza más extrema o la riqueza más exuberante en que se encuentre el medio en cuestión. En el primer caso los salarios serán reducidos y elevados en el segundo por en ningún caso habrá sobrantes de ese recurso humano esencial.

En realidad se observa desempleo en diversos países porque los arreglos contractuales no son libres. Al contrario, aparecen las mal denominadas “conquistas sociales” que indefectiblemente provocan desocupación puesto esto sucede cuando por decreto se colocan los salarios monetarios o no monetarios por encima de lo que permiten las tasas de capitalización. Y esto no debe verse solo en cuanto a los trabajadores marginales, si por ley se colocan salarios superiores a los que obtienen gerentes de finanzas, de personal o gerentes generales, ellos quedarán desempleados.

Habitualmente aquellas mal llamadas conquistas sociales se decretan con la mejor buena voluntad con la idea de proteger a los más necesitados, pues es de gran importancia percatarse que los perjudican grandemente. Así, por ejemplo, el salario mínimo, por definición superior al de mercado, barre con los que más necesitan trabajar. También hay “conquistas” que constituyen insultos a la inteligencia como el caso argentino del aguinaldo, esto es, el mes trece, sin percibir que inexorablemente se están pagando menos durante los doce meses del año para poder hacer frente al treceavo mes. En  realidad sería interesante poder decretar que el año tiene cuarenta meses pero eso no es posible y así con en resto de las tristemente célebres conquistas sociales.

De más está decir que el salario que establecen las tasas de capitalización no aparecen dibujadas en el cielo, hay que averiguarlo. De todos modos, pruébese contratar una secretaria por la mitad del salario de mercado y seguramente durará hasta la hora del almuerzo del primero día laborable pues se informará inmediatamente que está subvaluada.

Esto que estamos comentando va muy especialmente dirigido al fenómeno de robotización en curso que permite liberar recursos humanos y materiales para destinarlos a cubrir otras necesidades imposibles de contemplar hasta el momento debido a que esos recursos estaban esterilizados en las áreas anteriores. Como es sabido los recursos son limitados frente a necesidades ilimitadas. Si estuviéramos en Jauja y hubiera de todo para todos todo el tiempo desaparecería el problema del trabajo. El empresario para lograr nuevos arbitrajes está incentivado a capacitar personal en las nuevas actividades. Salvando las distancias, es lo mismo que ocurrió con el hombre de la barra de hielo antes de los refrigeradores, o el fogonero antes de las locomotoras Diesel.

Los sindicatos como asociaciones libres y voluntarias juegan un rol apreciado por los afiliados lo cual implica la figura de la personería jurídica pero de ningún modo la figura fascista de la personería gremial que bloquea la libertad contractual. Del mismo modo, la huelga debe ser entendida como el derecho a no trabajar, lo cual se opone abiertamente a la intimidación y la violencia que dada tiene que ver con ese derecho.

Cuando comprendamos que el bienestar no depende de magias ni de decretos voluntaristas, recién entonces estaremos en condiciones de abrir las puertas al progreso, muy especialmente para los más necesitados. Tal como explica entre mucho otros Bruno Leoni, cuando comprendamos que el derecho no es fruto de la ingeniería social sino fruto de un proceso de descubrimiento, recién entonces comprenderemos el valor de marcos institucionales que garantizan el respeto recíproco. Recién entonces estaremos en condiciones de comprender el peligro del pseudoderecho.

 

Edmund Burke escribe que “el disfrute seguro de los derechos naturales es el propósito último y más grande de la sociedad civil y por tanto toda forma de gobierno es solo buena si es consistente con ese propósito al que está enteramente subordinado”, noción que tomaron los Padres Fundadores estadounidenses, en especial Madison y Jefferson y entre los argentinos Juan Bautista Alberdi, muy especialmente en su Fragmento preliminar al estudio del derecho. Todo el problema comienza cuando se acepta lo que con razón ha criticado Mark Twain en cuanto a la invasión a la privacidad: “Nada necesita una reforma más urgente que los hábitos de otros”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La Argentina debe retomar la senda del liberalismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 30/7/18 en: https://www.lanacion.com.ar/2157472-la-argentina-debe-retomar-la-senda-del-liberalismo

 

Se trata de crear una sociedad abierta, sin privilegios, en la que se produzca riqueza y los bienes se usen en forma eficiente

Se trata de crear una sociedad abierta, sin privilegios, en la que se produzca riqueza y los bienes se usen en forma eficiente

 

Al contrario de lo que desafortunadamente muchos sostienen, es de desear que nuestro país retome la senda del liberalismo iniciada por el padre de nuestra Constitución fundadora, Juan Bautista Alberdi. La aplicación de estas recetas nobles permitieron que la Argentina se ubicara entre las naciones más prósperas del planeta.

Desde la Constitución de 1853 hasta los golpes fascistas, primero del 30 y luego del 43, nuestros salarios e ingresos en términos reales de los peones rurales y de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Los inmigrantes a estas costas competían con los ámbitos atractivos estadounidenses. Las exportaciones se encontraban a la altura de las de Canadá y Australia. En el Centenario, miembros de la Academia de Francia comparaban los debates de esa entidad con los que tenían lugar en nuestro Parlamento dada la versación y elocuencia de sus integrantes.

Luego vino el derrumbe estatista, provocado por gastos públicos siderales, déficit fiscales monumentales, regulaciones asfixiantes, impuestos exorbitantes y deudas gubernamentales galopantes. Y las crisis se sucedieron sin solución de continuidad.

A pesar de este cuadro de situación lamentable hay quienes critican un liberalismo inexistente al que pretenden sustituir por el adefesio de un denominado “neoliberalismo” con el que ningún intelectual serio acepta identificarse. Bajo tamaña etiqueta fantasiosa, irrumpen en escena timoratos que aconsejan no prestar atención a las pocas voces liberales y machacan con la mediocridad del estatismo. El liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Por su lado, todos formamos parte del mercado cuando en libertad llevamos a cabo nuestras transacciones diarias.

Veamos el tema medular de los derechos de propiedad. Lo primero es entender que la preservación de la vida es una condición indispensable para subsistir. Es una verdad de Perogrullo, es una tautología. Para alimentar y desarrollar la vida en plenitud se hace necesario proteger lo que cada cual produce y lo que recibe legítimamente, es decir, el uso y la disposición de lo propio.

Como no vivimos en Jauja y no hay de todo para todos todo el tiempo, se hace necesario, por una parte, respetar el derecho de propiedad para evitar invasiones y usurpaciones y, por otra, para que los usos y disposiciones sean los más eficientes posibles. Esto último es así en una sociedad abierta, por definición ausente de privilegios, puesto que cada uno para progresar y mejorar su estado patrimonial inexorablemente debe atender las necesidades de su prójimo. En este contexto el que acierta en las demandas de sus congéneres obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos.

El que vende naturalmente lo hará al precio más alto que pueda, no el que quiera puesto que si excede lo que resulta posible la demanda decaerá o será nula. Del mismo modo, el que percibe una retribución por su trabajo intentará que sea la mayor posible. Esto último depende exclusivamente del volumen de inversiones que, a su turno, proceden de ahorros internos y externos al país en cuestión y no de la voluntad de las partes contratantes. Y este proceso tiene lugar allí donde los marcos institucionales son confiables y predecibles, no donde el derecho se confunde con el pseudoderecho, a saber, la facultad de asaltar el fruto del trabajo ajeno.

Cuando se producen quejas respecto a tal o cual precio de tal o cual producto o servicio no se contemplan dos aspectos cruciales. En primer lugar, el respeto a la propiedad, lo cual significa que el titular puede sugerir el precio que le venga en gana de lo que le pertenece, lo cual, como queda dicho, no quiere decir que logre concretar una venta. De lo que se trata en este contexto es de subrayar la libre disposición de lo propio y no dejarse atropellar por manifestaciones de quienes simplemente se quejan pero que son incapaces de producir lo que estiman es caro.

El mismo razonamiento debe aplicarse a las relaciones laborales. Quienes se emplean en no pocas ocasiones suponen que el lugar de trabajo les pertenece y actúan con la pretensión de disponer de lo que es de otros como si fueran los dueños del lugar, en lo que fuera una relación contractual mutuamente beneficiosa. Esto revela una tergiversación de valores, lo cual perjudica especialmente a los más necesitados. Derroches y ataques a la propiedad generan daños a todos pero sobre los más débiles la carga es más contundente y recae con mayor fuerza debido a la sensibilidad y repercusión en las franjas de ingresos bajos.

Por otra parte, como se ha señalado reiteradamente, a medida que las intromisiones de los aparatos estatales se intensifican se van deteriorando y desfigurando las únicas señales que tiene el mercado para operar. Esas señales indican dónde es más atractivo invertir y dónde no conviene hacerlo. Al fin y al cabo los precios no son más que transacciones de derechos de propiedad. Si se elimina la propiedad como reclaman los marxistas se derrumba el sistema de señales. En este sentido, como he ejemplificado otras veces, no se sabe si conviene construir caminos con oro o con asfalto cuando desaparecen las referidas señales. Y sin llegar a ese extremo, cuando los gobiernos intervienen en el sistema de precios se va deteriorando y desdibujando la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general.

En buena parte del llamado mundo libre, hoy observamos legislaciones que van a contracorriente de lo dicho y, por ende, ponen palos en las ruedas a la productividad y, consecuentemente, al progreso de las personas que se encuentran atrapadas en un laberinto infame. Es interesante detenerse a repasar conceptos vertidos por Alberdi, quien escribió en 1854, en Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853: “La propiedad sin el uso ilimitado es un derecho nominal […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública”.

Por eso es que también James Madison, el padre de la Constitución estadounidense (en la que se inspiró Alberdi junto a la Constitución de Cádiz de 1812), ha consignado en 1792 en “Property” (compilado en James Madison: Writings): “El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este ha sido el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo”. La misma Justicia es inseparable de la propiedad ya que como bien reza la definición clásica de Ulpiano se trata de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad de cada cual.

Mientras sigamos con la cantinela de la redistribución de ingresos no progresaremos puesto que la distribución cotidiana que todos hacemos de modo pacífico en el supermercado y afines contradice las antedichas asignaciones políticas que se llevan a cabo coactivamente. Recordemos una vez más a Alberdi en la obra ya citada: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LAS RESERVAS MORALES DE LA IGLESIA CATÓLICA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Con las formidables excepciones de Juan Pablo ii y Benedicto xvi, desde los papados de Juan xxiii y Pablo vi la Iglesia católica ha sufrido cambios estrepitosos principal aunque no exclusivamente en el terreno social que por embestir contra el derecho de propiedad y equivalentes afecta gravemente la moral. Así, desde Medellín en 1968 y Puebla en 1979 el rumbo fue hacia el estatismo con la idea de proteger a los más pobres pero los termina perjudicando grandemente.

 

Personalmente fui invitado para pronunciar la conferencia inaugural en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) en Tegucigalpa el 30 de junio de 1998 invitado por Monseñor Cristián Pretcht Bañados a instancias del presidente de la Fundación Konrad Adenauer de Argentina, Hörst Schönbohm, entidad que principalmente contribuía a financiar el evento. Presidió la reunión el Cardenal Oscar Rodríguez Madariaga, hoy en el Vaticano. Mi discurso se tituló “El liberalismo y la pobreza” en el que comencé diciendo que para los que sostienen que la pobreza material -no la evangélica de espíritu- constituye una virtud deben condenar la caridad puesto que con ella el receptor mejora su condición material y, por otra parte, si se dice que los pobres están salvados la Iglesia debiera dedicarse solo a los ricos. Luego intenté explicar los beneficios de la tradición de pensamiento liberal a los efectos, precisamente, de combatir la pobreza y la miseria a través del respeto recíproco lo cual es el eje central de esa tradición y que los salarios e ingresos en términos reales dependen exclusivamente de las inversiones a su vez originadas en ahorros internos y externos para lo cual es menester contar con marcos institucionales respetuosos de los derechos de todos.

 

Hoy representantes de la Iglesia comenzando por el actual Papa Francisco condenan un capitalismo inexistente, la última vez que se pronunció en ese sentido fue en su visita reciente a Perú. Es inexistente debido a las regulaciones asfixiantes, a gastos públicos elefantiásicos, a impuestos insoportables y a deudas estatales galopantes. Los nacionalismos y las xenofobias vigentes se oponen abiertamente al denominado sistema capitalista que aboga por la apertura de las fronteras, en primer lugar para personas y luego para bienes y servicios, situación que es contradicha ahora en Estados Unidos y en muchos países de Europa, además de los adefesios en Latinoamérica, especialmente en Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia con situaciones delicadas en Argentina y en México.

Afortunadamente en este cuadro de situación la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede que consignó el 30 de junio de 1977 en su Declaración sobre la promoción humana y la salvación cristiana que “El teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social […] Las teorías sociológicas se reducen de hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y leninismo […] Si se recurre a análisis de este género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus enunciados”.

 

En este contexto es de gran importancia recordar a mártires de la incomprensión de la cabeza de la Iglesia como el extraordinario Cardenal József Mindszenty quien fue abandonado y destituido por Pablo vi del arzobispado húngaro por oponerse airada y reiteradamente tanto a los nazis como a los comunistas, lo cual denuncia con claridad y coraje meridianos en sus célebres Memorias (publicadas en castellano en Barcelona por Luis de Caralt Editor en el mismo año de 1974 cuando se publicó la edición alemana: Erinnerungen).

 

El Cardenal Mindszenty estuvo detenido o preso por su coraje y su capacidad de hablar claro contra los socialismos de todo color y especie. Primero lo apresó el llamado gobierno “republicano” polaco de Mihaly Károly, luego el del comunista Béla Kun, más adelante cuando desde el púlpito dijo que no había que votar por el partido nazi que se presentaba como opositor al comunismo afirmando que “ambos son la misma cosa”, más adelante  fue arrestado y torturado por los secuaces de Miklós Horthy. Con motivo de la invasión de la Unión Soviética pidió asilo en la embajada estadounidense donde vivió durante quince años hasta que emigró a Viena. En  1973, como queda dicho, fue destituido por Pablo vi y murió en 1975. Sus últimas palabras escritas en sus referidas memorias son desgarradoras, plasmadas después de explicitar en detalle los ataques constantes por parte del Vaticano y de su destitución: “Así emprendí el camino del aislamiento, en un destierro total”.

 

Es también relevante solo para dar unos pocos ejemplos de inmensas reservas morales en la Iglesia católica, el caso notable del sacerdote polaco ordenado en 1936, Miguel Poradowski, doctor en teología, doctor en derecho y doctor en sociología por la Universidad de París. En 1950 fue a Chile contratado por la Universidad Católica de Santiago, país donde también enseñó en la Universidad Católica de Valparaiso. Es autor de numerosos libros pero destaco en esta nota muy especialmente dos: Karl Marx, su pensamiento y su revolución y El marxismo y en la teología. Abre esta última obra, publicada en 1986, con el siguiente pensamiento: “No todos se dan cuenta hasta donde llega hoy en día la nefasta influencia del marxismo en la Iglesia. Muchos, cuando escuchan a algún sacerdote que predica en el templo el odio y la lucha de clases, ingenuamente piensan que se trata de algún malentendido […]  Desgraciadamente no es así […] la presencia no solamente tolerada por algunos, sino incluso deseada”. Actualmente hay muchos otros sacerdotes y laicos preocupados y ocupados con este tema de los desvíos.

Recuerdo a mi amigo ex comunista, premio Mao y premio Lenin, el peruano Eudocio Ravines que luego dejó aquel sistema oprobioso para dedicarse a escribir artículos y libros denunciando el socialismo en todas sus formas. Su libro más conocido lleva el sugestivo título de La gran estafa que refleja lo que a él le ocurrió. A raíz de lo que escribo aquí comento que Ravines solía subrayar la trascendencia que le otorgaban en el Kremlin a la infiltración en la Iglesia y especialmente en los seminarios de sacerdotes y contaba que estuvo destinado a esas faenas en España y en Chile.

Esto me retrotrae a mi relación con Monseñor Schuammer el segundo del Nuncio en Buenos Aires durante un tiempo y luego destinado a trabajar junto con el entonces Cardenal Ratzinger. Cundo lo despedimos en la empajada alemana nos dijo que se iba muy preocupado por lo que ocurría en no pocos seminarios de sacerdotes y concluyó afirmando que “allí se suele ensañar sociología barata en un contexto de mucha guitarreada y nada de Santo Tomás, escasa filosofía y poca teología de fondo”. Aunque lo cito de memoria, me quedaron grabadas esas palabras.

 

Por supuesto que los regímenes fascistas han hecho estragos imponiendo injusticias inaceptables, pero no es necesario enfatizar que esto no se resuelve estableciendo sistemas aun más perversos en América latina ni en ninguna otra parte. Y menos se resuelve beatificando como el actual Papa lo hace a personas como Monseñor Enrique Angelelli quien celebraba misa bajo la insignia de los terroristas argentinos denominados Montoneros ni a Monseñor Oscar Arnulfo Romero quien predicaba que “debe eliminarse el supuesto derecho de propiedad”, ni tampoco tiene sentido la concelebración en Roma del Papa Francisco con el creador de la autodenominada teología de la liberación, el Padre Gustavo Gutiérrez quien escribe en su libro Teología de la liberación. Perspectivas que “debe asegurarse el paso del modo de producción capitalista al modo de producción socialista […] como el intento de Marcuse marcado por Hegel y Marx”.

 

Tengamos presente que el comunismo descripto por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista dice que “todo el sistema puede resumirse en esto: abolición de la propiedad privada” y que el fascismo no es más que un socialismo encubierto tras la estrategia de permitir que la propiedad se encuentre registrada a nombre de particulares pero usa y dispone el aparato estatal. Y esta anulación o debilitamiento del derecho de propiedad va al corazón de la sociedad abierta ya que lo desarticula por completo al desdibujar la contabilidad y la evaluación de proyectos con lo que no se puede saber donde es mejor invertir o no hacerlo con lo que el derroche genera el cataclismo y el posterior derrumbe del sistema con el consiguiente caos en el contexto de la  eliminación de la libertad de prensa y de expresión como consecuencia del ataque al derecho de propiedad a lo que habitualmente siguen las persecuciones y los encarcelamientos a los disidentes, cuando no a su exterminación.

 

Tengamos en cuenta que cuando se habla de “la preferencia por los pobres” no nos deslicemos a políticas que arruinan y condenan a los pobres a aumentar su miseria. En esta línea argumental, es de gran importancia tener presente consideraciones bíblicas sobre pobreza y riqueza material para constatar el significado de estos términos en el contexto de los valores morales que deben primar sobre toda otra consideración, en concordancia con los dos Mandamientos que hacen referencia a la trascendencia de la propiedad privada, lo cual es del todo armónico con los postulados de una sociedad abierta: no robar y no codiciar los bienes ajenos. Así, en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas xii-21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo —bienaventurados los pobres de espíritu— da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11-18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62-11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos x, 24-25) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo vi-24).

 

No es una gracia ni una travesura circunstancial el avalar los atropellos del Leviatán a través de repetidos documentos y declaraciones oficiales de la Iglesia, se trata de la eliminación del respeto recíproco y consecuentemente de la aniquilación de la convivencia civilizada. Los timoratos de nuestra época miran para otro lado frente a estos peligros, si fuera por ellos todavía estaríamos con los Borgia, el Index y la Inquisición. Me parece que es del caso cerrar con la cita de un párrafo de la correspondencia del Cardenal John Henry Newman dirigida a Gladstone donde se lee que “invito a un brindis: primero por la conciencia  y luego por el Papa”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

 

La economía a contracorriente

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 24/11/17 en: https://www.infobae.com/opinion/2017/11/24/la-economia-a-contracorriente/

 

Afortunadamente hay muchos libros de inconformistas, esto es bueno cuando las cosas se tuercen porque es la forma de enderezarlas. Los economistas en general tenemos la manía de tratar nuestra disciplina con un lenguaje que no ayuda a comprender su significado. En el contexto económico se alude a “mecanismos”, a “eficiencias crematísticas”, a “asignaciones” ajenas a lo humano con descripciones que remiten a “automaticidades”, a cuestiones siempre cuantificables, a próximos “ajustes” y equivalentes.

A esto debe agregarse la hipóstasis que se hace del mercado como si operara un ente que habla y dice en lugar de precisar que se trata de un proceso en el que actúan millones de personas para concretar arreglos contractuales explícitos o implícitos en los que el respeto recíproco irrumpe como principio moral, están presentes el valor justicia de dar a cada uno lo suyo y la indispensable confianza, de lo que se desprenden las respectivas reputaciones, todo lo cual constituyen reglas inherentes a cada transacción en la que se intercambian las propiedades de cada cual.

En uno de los libros a que nos referiremos, Don Lavoie y Emily Chamlee-Wright aluden a la economía de modo muy distinto al habitual, obra titulada Culture and Enterprise, donde muestran que lo decisivo de este campo de conocimiento es la cultura, es la ética que determina los marcos institucionales y los procesos de mercado que estrechan relaciones interpersonales, y que la apreciación valorativa establece muy diferentes parámetros para el progreso en el que, por ejemplo, unos valoran una puesta de sol y otros el poseer un automóvil.

Más aun, toda transacción libre y voluntaria está basada a su vez en estructuras jurídicas que aseguran el derecho de propiedad, comenzando por el cuerpo de cada uno y por el consiguiente fruto de su trabajo. Este enfoque retoma, por una parte, la tradición de Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales de 1759 y, por otra, La acción humana. Tratado de economía de Ludwig von Mises, que en 1949 sentó las bases de la economía moderna al apartarse por completo de la visión marxista que circunscribía esa disciplina a lo material, lo cual también tiñó a la economía neoclásica de encerrar los postulados económicos en lo crematístico. A partir de Von Mises las aplicaciones de la economía a terrenos que le eran habitualmente extraños se fue extendiendo, primero, con el análisis económico del derecho, luego con Law & Economics propiamente dicho, y también estudios como los de Gary Becker sobre la familia y tantas otras aplicaciones de la ciencia económica en provechosos andariveles.

Mises mostró que economizar implica elegir, preferir, optar por determinados medios para el logro de específicos fines en los que está presente la idea de costo como la inexorable renuncia a ciertos valores conjeturando que se lograrán otros de mayor valía a criterio del sujeto actuante y así con el resto de los ingredientes que tradicionalmente se circunscribían a lo material para expandirlos a toda acción humana donde en el mercado los precios se expresan en términos monetarios y en el resto los precios aluden a ratios entre el valor que se abandona y el que se incorpora. Como queda dicho, esto va para toda acción, sea el amor, la lectura, el pensamiento o la adquisición de una computadora. Si lo dicho suena mal, es porque todavía se arrastra la concepción marxista de la economía. Toda acción apunta a una ganancia que puede ser psíquica o monetaria y se dirige a eliminar pérdidas desde muy diversas perspectivas, por ejemplo, el que entrega su fortuna a un necesitado es porque para él el acto significa una ganancia psíquica, ya que todo acto libre y voluntario se realiza en interés de quien lo lleva a cabo, ya sea una acción sublime o ruin.

Lavoie y Chamlee-Wright incluso objetan las mediciones del producto bruto que ejemplifican con el incremento en la colocación de alarmas y cerraduras que se computan en ese guarismo como si fueran una mejora pero significan una decadencia en la cultura y en la calidad de vida por los mayores riesgos de asaltos. Todavía más, el aumento en el producto bruto se suele asimilar a la mejora en el bienestar, pero generalmente las mejores cosas de la vida no son susceptibles de referirse en términos monetarios. Entonces se dice que alude a mejoras materiales, a lo cual debe deducirse la intervención gubernamental en la economía que siempre se traduce en reducciones en el nivel de vida debido a la inexorable alteración en las prioridades de la gente.

Finalmente, no se comprende el sentido de compilar esas estadísticas, ya que de ese modo se extrapola la actividad empresaria a la de un país como si los gobernantes fueran su gerente, sin comprender que una vez garantizados los derechos de los gobernados, cualquier resultado en libertad será óptimo. Si la gente prefiere tocar el arpa antes que producir televisores, eso será lo mejor y así sucesivamente. En este sentido es que James M. Buchanan ha escrito: “Como un medio de establecer indirectamente la eficiencia en el proceso de intercambio, mientras se mantenga abierto y mientras el fraude y la fuerza estén excluidos, todo lo que se acuerde es, por definición, aquello que puede clasificarse como eficiente”.

Por otra parte, ¿para qué presupuestar tasas de crecimiento del producto? ¿Se opondrá el gobierno si el crecimiento fuera mayor? ¿Y si es menor habrá recriminaciones? ¿Con base en qué parámetro puede el aparato de la fuerza proyectar una tasa? ¿Es acaso que el gobierno interviene para lograr la meta? Si así fuera, habría que objetar la intervención que, fuera de su misión específica de proteger derechos, siempre es en una dirección distinta de lo que hubiera decidido la gente en libertad.

En esta misma línea argumental es que Wilhelm Röpke ha consignado, en Más allá de la oferta y la demanda: “Cuando uno trata de leer un journal de economía en estos días, frecuentemente uno se pregunta si no ha tomado inadvertidamente un journal de química o de hidráulica […]. Los asuntos cruciales en economía son tan matemáticamente abordables como una carta de amor o la celebración de Navidad”.

Lavoie y Chamlee-Wright señalan que el economista tradicionalmente ha considerado la cultura, es decir, los valores imperantes, como algo externo a su disciplina en lugar de verlo como algo interno que parte de la estructura axiológica de cada sujeto y que constituye un ingrediente principalísimo de la economía. Además, claro está, que la cultura no es algo estático sino cambiante y en planos multidimencionales en cada persona. Dicen estos autores que nada se gana con el establecimiento de normas que protejan derechos si previamente no existe una cultura liberal suficientemente arraigada, de allí la importancia de la educación. Sin duda que las normas civilizadas ayudan a encauzar conductas consistentes con una sociedad abierta, pero el trabajo en la comprensión de valores básicos es condición necesaria para el respeto recíproco.

El segundo libro a que nos referimos, que también va a contracorriente de lo habitualmente establecido es el de Tyler Cowen, titulado In Praise of Commercial Culture, en el que el autor muestra la conexión estrecha entre la economía y la cultura. En este caso específicamente con el arte, esto es, la pintura, la música y la literatura.

En primer lugar, Cowen subraya la importancia de los procesos de mercado abiertos para mejorar el nivel de vida de la población y de este modo abrir las posibilidades de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, la gente atienda requerimientos artísticos. En segundo término, explica cómo el mercado abre caminos fértiles para las transacciones de obras de arte. Antaño los mecenas eran gobernantes que promovían el arte compulsivamente con el fruto del trabajo ajeno al beneficiar a los de mayores recursos en detrimento de quienes se veían obligados a renunciar al pan para satisfacer los deseos de los poderosos, hasta que el arte se volcó al mercado libre, con lo que las respectivas cotizaciones permitieron incentivar las preferencias del público. Incluso en los muebles fabricados por ebanistas el estilo se bautizaba con el nombre del rey o la dinastía.

Debe hacerse hincapié en el despropósito descomunal de las trabas aduaneras para importar o exportar obras de arte, con lo cual, de cumplirse el bloqueo, no existirían los museos con lo que las personas de menores recursos que no pueden viajar se les estaría vedado disfrutar de obras de arte.

Sin perjuicio de las notables y generosas donaciones para el enriquecimiento del arte en muy diversos planos, como bien ha dicho Milton Friedman en su célebre ensayo titulado “The Social Responsibility of Business is to Increase its Profits”, en The New York Times Magazine, donde expone los beneficios sociales de las ganancias, lo cual significa que los siempre escasos recursos están bien administrados, con lo que las tasas de capitalización se elevan y, por tanto, lo hacen los salarios y los ingresos en términos reales. Esto va para los acomplejados e ignorantes que estiman que deben devolver algo a la comunidad con entregas gratuitas, sin percatarse del papel social de las ganancias. De más está decir que esto no va para los prebendarios que la juegan de empresarios pero obtienen del poder mercados cautivos para explotar a la gente.

Ernst H. Gombrich, en su Historia del arte, describe en detalle el progreso en las artes cuando se colocaron en los mercados, con lo que las obras pasaron a un público más amplio y no destinado sólo para unos pocos y de este modo se abrieron infinitos caminos para nuevas realizaciones una vez que los aparatos de la fuerza fueron dejados de lado en este rubro tan delicado para la evolución cultural.

En otras palabras, tanto Lavoie y Chamlee-Wright como Cowen puntualizan el aspecto espiritual del proceso económico y enfatizan la creatividad inherente a este y ponen en un segundo plano las consecuencias materiales. Seguramente con este enfoque dejará de establecerse un dique entre los estudiosos de la economía y los artistas, y estos últimos dejarán de ver esa disciplina como algo ajeno a sus aspiraciones culturales para integrarla a sus visiones estéticas. De allí es que Michael Novak, en El espíritu del capitalismo democrático, deriva la palabra ‘capitalismo’ de caput, de mente, de creatividad, del espíritu emprendedor que posibilita el progreso en las ciencias, la empresa comercial y las artes.

Frank H. Knight se refiere a lo que venimos sosteniendo en su obra La ética de la sociedad competitiva, una colección que abre con un primer trabajo titulado “Ética e interpretación económica”, tomado del Quarterly Journal of Economics, donde, entre otras cosas, anota: “Economía y ética mantienen de modo natural relaciones bastante íntimas, dado que ambas tratan del problema del valor”. Como resume Fred Kofman en el tercer tomo de su Metamanagement: “Todo acto de comercio es un acto de servicio mutuo”.

Además de todo lo dicho, recordemos, para finalizar esta nota periodística, que Friedrich A. Hayek ha estampado en su conferencia en el Social Science Research Building de la Universidad de Chicago, “The Dilemma of Specialization”, respecto a la profesión de economista en un sentido restringido: “Nadie puede ser un buen economista si es sólo un economista, y estoy tentado a decir que el economista que sólo es economista será probablemente una molestia cuando no un peligro manifiesto”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres