“Vamos a volver”

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/11/vamos-volver.html

 

“Vamos a volver” es el cántico de los adherentes al partido peronista. Es una adaptación más reciente del creado a fines de los sesenta y comienzos de los setenta que decía “Luche y vuelve” en alusión al General Juan D. Perón entonces confinado en su exilio en España. Es decir, el “Vamos a volver” no es una creación reciente, ni se aplica solamente a la actual coyuntura política, sino que es más una declaración de principios del peronismo. Y podría decirse que les ha ido bien con esa muletilla constante y tediosa, porque siempre han vuelto. Volvió Perón de su largo exilio y fue ungido con una tercera presidencia, y luego de Perón volvieron sus “muchachos peronistas” una y otra vez al gobierno.
Pero más allá de sus vueltas al gobierno argentino, todas ellas para quedarse largos años disfrutando del poder, el “Vamos a volver” tiene un significado más profundo todavía, porque es una fe de dogmas que ya se han hecho parte de la historia política del país. Es volver al pasado. En Argentina no es un “Vamos hacia el futuro”, “vayamos hacia adelante”, “al porvenir”. No. Es “Vamos a volver” ¿a “volver” adonde?
Sólo se puede volver al pasado, a la década fascista del 40 cuando el peronismo trepa al poder y comienza una obra destructiva que llega hasta nuestros días. Es esta Argentina, la Argentina que siempre está diciendo “Vamos a volver”… hacia atrás, hacia el atraso, hacia la pobreza, hacia la miseria, hacia lo que nunca funcionó en ninguna parte del mundo.
Por eso Argentina no crece, no se levanta, no asciende, porque siempre está volviendo, ayer como hoy volver hacia el único punto donde se puede volver… hacia atrás. Todo eso está plasmado y queda representado por el famoso cantito “Vamos a volver”, que entonan hoy con alegría los de ayer y hoy “muchachos peronistas”.
Entonces, la filosofía política argentina es un eterno retroceder que está representado por la facción peronista. Y siempre me he negado a los distintos “ismos” que se han querido formar con los apellidos de sus dos últimos personajes (Menem y Kirchner) porque el único “ismo” válido es el del fundador del partido (J. D. Perón) y que los discípulos no sólo han dicho profesar lealtad a su líder, sino que han querido “adaptar” sus ideas dirigistas a épocas “modernas” y a las coyunturas en las que les tocó gobernar.
Como acertadamente se ha dicho muchas veces, la “lógica” del peronismo ha sido y es la del poder por el poder mismo. Por eso Perón fue fascista durante sus dos primeros gobiernos (donde gritaba “¡Ni yankees ni marxistas, peronistas!”) pero debió “tolerar” a la izquierda dentro de su movimiento durante su tercer periodo.
Por análogos motivos y para mantenerse en el dominio, Menem se vio forzado a autorizar medidas económicas (por caso privatizaciones monopólicas y oligopólicas) que jamás había aceptado antes de llegar a la presidencia de la nación, pero la coyuntura económica existente al momento de su arribo al gobierno no le dejaban margen alguno para aplicar el populismo abiertamente fascista del fundador de su partido y en el cual él verdaderamente creía. Debió ser pragmático. Y también, por el mismo motivo el matrimonio Kirchner tuvo -para conseguir mantenerse en el gobierno- que aplicar las recetas contrarias a las que había tomado su predecesor partidario quien -a ese tiempo- había ganado alguna creciente impopularidad.
De la misma manera que Menem debió dar cierto giro hacia la “centro-derecha” como se decía, los Kirchner tuvieron que hacerlo hacia la “centro-izquierda” conforme se discutía entonces. Todo (para tanto en un caso como en el otro) no perder ni un gramo de autoridad. Es decir, siguiendo la lógica del líder y fundador del partido.
La constante en el peronismo y de estos personajes siempre fue la de “El fin justifica los medios” (Maquiavelo) y como “el fin” es fue y es el poderío, los medios han de adaptarse a esos fines, si es necesario se habla de “Economía popular de mercado” (Menem) o de su contrario (Kirchner y “Sra.”). Todo vale en y dentro del peronismo cuando de lograr y mantenerse en la cúspide del poder se trata.
Y desde luego, la democracia cae dentro de la misma “lógica”; es para ellos sólo un mecanismo formal para acceder a esa cima política que tanto anhelan, por la cual luchan en forma constante sean gobierno u oposición. Y esta última palabra es clave: el peronismo esta tan acostumbrado a gobernar (a su antojo) que siendo la primera vez que debió ser oposición en el gobierno de Macri, no supo serlo más que de la manera en que ellos siempre han accedido y permanecido en el mando: conspirando y saboteando cualquier medida que tome alguien que no perteneciera al “movimiento” y al que circunstancialmente le toque gobernar. Prescindiendo de las torpezas, errores y desconocimientos propios de los gobiernos de Alfonsín y de De la Rúa también lo hicieron con estos anteriormente, si bien con mayor éxito que con el presidente Macri.
Pero regresando al punto inicial, el “Vamos a volver” es ya casi como una “filosofía” de toda la Argentina. Es como un compromiso con el pasado, con todo lo retrogrado, con todo lo que paraliza e inmoviliza, con una actitud sociológica que impide a los argentinos crecer. Una visión psico-filosófica de un constante mirar hacia atrás y ambicionar un pasado de autoritarismo, de pobreza, de estancamiento.
Una actitud enfermiza de una sociedad enferma en lo más profundo de su ser. Todo eso la Argentina lo sintetiza en el “Vamos a volver” peronista, porque el peronismo se ha infiltrado hasta en las fibras más íntimas del ser nacional, se milite en el partido que se milite, todo está impregnado de peronismo, es decir de retraso, anacronismo, primitivismo, tribalidad en su más áspera expresión. Eso es -hoy por hoy- la Argentina en la que se vive. ¿Qué futuro le espera a una nación que en lugar de aspirar al porvenir sólo repite y ansia el “Vamos a volver”? Y -paradójicamente- quienes corean como loros “Vamos a volver” se llaman a sí mismos progresistas ¿alguna vez se ha visto incoherencia mayor?

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Enrique IV: El líder usurpador

Por Luis del Prado:

 

Enrique, conocido como Bolingbroke por el nombre del castillo en el cual nació, era nieto del Rey Eduardo III e hijo de Juan de Gante y de su primera esposa Blanca de Lancaster[1], siendo el cuarto descendiente del matrimonio. La muerte de sus tres hermanos mayores en la infancia lo transformó en el heredero de su padre.

Desde 1387 hasta 1390, Bolingbroke lideró la facción opositora a su primo hermano el rey Ricardo II de Inglaterra. Posteriormente combatió  junto con los caballeros teutónicos contra los lituanos y peregrinó hasta Tierra Santa, concretamente hasta Jerusalén.

Bolingbroke fue desterrado en 1398 por una orden arbitraria e intransigente de Ricardo II, quien le prometió que no perdería sus propiedades y herencias. Pero a la muerte de Juan de Gante, Ricardo no cumplió con lo prometido y confiscó todos los bienes que debía heredar Bolingbroke. Motivado por esa injusticia, reclutó un ejército, invadió Inglaterra, derrocó  y capturó al rey Ricardo II, quien tuvo que renunciar al trono.

En la obra se hacen tangibles las consecuencias de la voluntad de poder de Bolingbroke tras destronar a Ricardo II. Pese a su afirmación que “sólo quería recobrar su herencia robada”, la agudeza del personaje hizo que también se viese tentado a aprovecharse de las circunstancias y “hacer algo más”.

El genuino motor para convertirse en rey fue el apoyo de los nobles y aliados que lo aclamaban como tal. La decisiva abdicación de Ricardo permitió legitimar la ambición de Bolingbroke; pero no pudo librarse de la maldición hecha por su primo[2]:

 Cada paso que da Bolingbroke en mi reino constituye una peligrosa traición. Ha venido para abrir el rojo testamento de la guerra sangrienta; pero antes que la corona que él codicia sea llevada en paz, las coronas ensangrentadas de diez mil hombres desfigurarán el rostro florido de Inglaterra y regarán la hierba de sus prados con fiel sangre inglesa.

Ese mismo año, el Parlamento Inglés coronó a Bolingbroke como rey  con el nombre de Enrique IV de Inglaterra y la maldición de Ricardo se cumplió: los escoceses y galeses, apoyados e instigados por Francia, iniciaron una gran revuelta. Sin embargo, los escoceses fueron  derrotados, aunque los galeses continuaron con la rebelión durante siete largos años.

Enrique IV nunca llegó a sentirse cómodo por la manera en que consiguió el poder, destronando a un rey legítimo. Las continuas rebeliones que tuvo que enfrentar durante todo su reinado y los dolores de cabeza que le dio su heredero (el futuro Enrique V) contribuyeron a aumentar esa desazón.

Las dos obras que le dedica Shakespeare a Enrique IV abordan una temática común con resultados opuestos en dos personajes: el esfuerzo de Enrique IV para tratar de “ser mejor rey que Ricardo II” y el aprendizaje poco convencional del Príncipe Hal (el futuro Enrique V) para convertirse en rey.

La angustia de Enrique IV por el comportamiento de su hijo Hal se incrementa cuando se entera de la muerte de Ricardo. Sumado a eso, debe lidiar emocionalmente con la dualidad “ser humano/rey”:  el hombre quiere emprender una cruzada hacia Jerusalén en un intento por limpiar la sangre derramada de su primo asesinado, pero el Rey tiene que dedicarse a aplacar el levantamiento de los galeses y los escoceses.

La visión de Enrique IV y del príncipe Hal sobre cómo debía actuar un Rey, era totalmente distinta de la que encarnó Ricardo II, quien era un monarca con autoridad absoluta y con un fuerte vínculo simbólico con las fuerzas sobrenaturales. Cuanto más cerca de Dios, más cruciales se volvían sus cualidades de liderazgo y su inteligencia, factores determinantes para la felicidad y salud de sus súbditos. Tanto para Enrique como para su hijo, seguir tales parámetros era inviable. Ambos intuían que debían crear un nuevo vínculo interactuando con la gente y basando su liderazgo en hechos concretos y visibles.

Del mismo modo que Enrique IV derroca a Ricardo II, un rey entregado al narcisismo y a los placeres, Enrique V propone una nueva política que no solo da por tierra con los oscuros augurios heredados, sino que, sobre la base de instancias concretas, desarrolla un proyecto soberano que, como tal, pretende afianzarse en el presente diferenciándose del pasado feudal.

Enrique V logra consolidar lo que su padre (en definitiva, un monarca de transición) no pudo hacer: crear un orden político que se concibe en términos de una realpolitik, concepto que inspirará muchos años después a Isabel  I. Se trata de un estilo de gobierno que pone el foco en lo concreto y no en lo ideal.

Al respecto, dice Maquiavelo[3]:

Me ha parecido más conveniente buscar la verdadera realidad de las cosas que la simple imaginación de las mismas. Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación.

Shakespeare incluye en las dos obras dedicadas a Enrique IV al personaje de Sir John Falstaff, una de sus más célebres creaciones, que también aparece en la comedia Las alegres comadres de Windsor y en el drama histórico Enrique V.

Falstaff juega un rol crucial porque le brinda al Príncipe Hal (el heredero del trono) un profundo conocimiento de la cultura y el lenguaje de la gente común, hecho que lo convierte en un líder diferente a los otros que aparecen en las obras de Shakespeare.

La relación que se da entre ambos es sumamente interesante. El Príncipe Hal escucha y aprende de Falstaff, aunque es consciente del abismo social que los separa.

En varias de sus obras, Shakespeare incluye algunos personajes “tontos” y de estratos sociales bajos con el objetivo de que les enseñen algunas lecciones difíciles a los protagonistas, debido a que aquellos poseen un tipo de conocimiento que no está presente en las personas de clase alta cercanas al poder.

Falstaff representa otra manera de mostrar esta lección: Shakespeare crea un personaje que mantiene una relación duradera con el Príncipe, a partir de la cual éste aprende sobre la vida, el lenguaje y las costumbres del pueblo.

Para nuestra sociedad, Falstaff sería un personaje de clase media. Fue nombrado caballero y había sido un soldado sumamente activo en el pasado. Tenía muy poco dinero y es representado por Shakespeare como un gordo pícaro, amante de la bebida y de las mujeres y sumamente querible.

Ahora bien, es legítimo preguntarse ¿qué lecciones pueden aprenderse de un ex soldado gordo, borracho y mujeriego?

Como respuesta inicial a este interrogante, podemos afirmar que se trata de alguien que está fuera de los círculos del poder, por lo que puede aportar una perspectiva distinta acerca del funcionamiento de la organización. El filósofo Ludwig Wittgenstein afirmaba que no puede esperarse nada inteligente de una persona que nunca hizo tonterías.

En las dos obras en las que aparece, Falstaff transmite su mensaje de una manera no convencional e informal, lo que contrasta con la educación formal y la seriedad del Príncipe Hal. De esta manera, Shakespeare nos muestra que, a veces, los líderes necesitan salir de su postura seria y aburrida, para ver las cosas desde otro ángulo.

Por eso el autor nos muestra al futuro rey aprendiendo lecciones acerca de los seres humanos, del liderazgo y de la vida en general de un gordo pícaro de clase inferior.

La presencia de Falstaff le otorga al Prìncipe Hal un tipo de compañerismo y de educación que nunca hubiera podido tener con su padre, el Rey Enrique IV. Falstaff lo quiere al Príncipe por lo que es en ese momento, no por lo que pudiera llegar a ser en el futuro.

 

Tina Packer  sostiene que[4]:

Falstaff es una figura materna para el Principe Hal. La esposa del Rey Enrique IV prácticamente no aparece en la obra. Es Falstaff quien parece adoptar el rol materno de querer al hijo sin importarle nada más, de manera incondicional.

Falstaff estaba fuera de Londres cuando se entera de la muerte de Enrique IV, el padre de su amigo, el Principe Hal. Con la ilusión de recibir favores de su amigo Hal, ahora convertido en el Rey Enrique V,  Falstaff cabalga toda la noche para asistir a la coronación.

Dado que llega demasiado tarde para entrar a la Abadía de Westminster, tiene que quedarse fuera junto con la multitud y saluda al Rey a los gritos cuando pasa a su lado.

Pero el Rey no reconoce a su viejo amigo y le dice[5]:

No te conozco, anciano. Ve a tus oraciones. ¡Qué mal sientan los cabellos blancos a un loco y a un bufón! Largo tiempo he soñado con un hombre de esa especie, tan hinchado por la orgía, tan viejo y tan profano. Pero, despierto, he despreciado mi sueño.

No es precisamente la clase de bienvenida que esperaba Falstaff de su amigo, luego de haber cabalgado toda la noche.  El Rey Enrique continuó diciendo[6]:

No presumas que soy lo que fui; porque el cielo lo sabe y el mundo se apercibirá, que he despojado en mí el antiguo hombre y que otro tanto haré con aquellos que fueron mis compañeros. Cuando oigas que soy lo que fui, acércate y serás lo que fuiste, el tutor y el incitador de mis excesos. Hasta entonces, te destierro, bajo pena de muerte, como he hecho con el resto de mis corruptores; y te prohíbo permanecer a menos de diez millas de mi persona.

A pesar de ello, ni el flamante Rey ni Shakespeare pueden disimular el afecto que sienten por Falstaff. Por eso, el Rey le ofrece una pensión, en contra de la opinión de su entorno que consideraba a Falstaff como una mala influencia y sostenían que debía ser ejecutado. El flamante Rey le dice[7]:

En cuanto a medios de subsistencia, yo los proveeré, para que la falta de recursos no te empuje al mal: y si sabemos que os habéis reformado, entonces, de acuerdo con vuestras facultades y méritos, os ocuparemos.

Falstaff, incrédulo, le dice a uno de sus compañeros que el Rey está montando un espectáculo en público y que, seguramente, luego lo va a recibir en privado para poner las cosas en su lugar.

Rápidamente es interrumpido por el hermano del Rey, quien lo lleva a prisión hasta que se cumpla la expulsión de Londres.  En la corte estaban todos impresionados por el tratamiento que le dio el Rey a su viejo compañero de andanzas. Finalmente Falstaff, rechazado por su amigo, muere de un ataque cardíaco.

Las sociedades y las organizaciones necesitan personas que con su manera de pensar cuestionen los paradigmas establecidos. Shakesperare nos muestra que dichos cuestionamientos no suelen surgir de los beneficiarios del paradigma actual (en este caso, los nobles y los caballeros), sino de los sectores marginales.

Antes de morir, Enrique IV aconseja al futuro Rey que priorice la conquista de los  territorios franceses. Esa estrategia le permitiría al joven Rey probar su valor en la guerra y diluir la dudosa reputación  asociada con sus antiguos compañeros.

Enrique V sabía que el primer paso en este sentido consistía en distanciarse de Falstaff. Por supuesto, se trata de una situación que admite distintas interpretaciones: mientras que a algunos puede parecerle que el Rey estaba limpiando su imagen,  otros pueden opinar que con ese acto de deslealtad la está manchando.

En las dos partes de Enrique IV y en Enrique V, Shakespeare muestra de manera evidente que el derecho de sangre sobre el que se apoya la monarquía feudal es objeto de constantes ataques. En el Renacimiento inglés, esta mitología ya no resulta aplicable y muestra signos de caducidad. En su detrimento opera una nueva concepción de política de vertiente maquiavélica que propugna la separación entre la esfera espiritual y la terrenal, y la consolidación de esta última. Si la sangre ya no da cuenta de las prerrogativas reales por sobre el resto de los sujetos, lo empírico es el punto sobre el que el rey se esgrime como legítimo soberano.

La transición de una concepción de poder a otra puede resultar, sin embargo, desestabilizadora para la propia monarquía; es por eso que la obra deja en claro que los fundamentos feudales son prescriptibles, pero no la monarquía  como forma de administrar el poder. Si bien la filosofía política medieval decae, no es sustituida por una república, sino por una nueva forma de monarquía más moderna.

El caso de Enrique IV nos muestra claramente las consecuencias que puede tener una decisión arbitraria. Harold Bloom[8] se pregunta qué hubiera sido de la vida de Bolingbroke si Ricardo II no hubiera abusado de su poder, confiscándole los bienes.

Por otra parte, una mala decisión de quien detenta el poder no necesariamente lo vuelve ilegítimo, aunque muchas veces se utiliza como excusa para derrocarlo. Las actitudes de algunos políticos argentinos nos muestran que estas cuestiones no han cambiado demasiado desde la época de Shakespeare.

Es muy difícil salir indemne luego de haber ejercido una posición de mucho poder. Esas consecuencias se agravan aún más cuando se accede al poder de una manera ilegítima, como en el caso de Enrique IV, a pesar que el ser humano siempre construye algún relato que justifica sus acciones.

 

 Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anexos

 

[1] Ver Anexo

[2] “Ricardo II”  Acto III. Escena 3

[3] Maquiavelo, Nicolás. 1993. El príncipe. Barcelona: Altaya. Trad.: Helena Puigdomenech.

[4] Packer, Tina & Withney, John. (2000). Power Play. Simon & Schuster. New York, USA

[5] “Enrique IV. Parte 1”. Acto 2 Escena 4

[6] “Enrique IV. Parte 2”. Acto 5 Escena 5

[7] “Enrique IV. Parte 2”. Acto 5 Escena 5

[8] Harold Bloom es probablemente el crítico más aclamado de la obra de Shakespeare. Autor de numerosos libros, entre los que se destaca  “Shakespeare. The invention of the human”. (1998) Riverhead. New York, USA

 

 

“El mal se hace todo junto, y el bien se administra de a poco”

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 27/4/17 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2017/04/el-mal-se-hace-todo-junto-y-el-bien-se-administra-de-a-poco.html

 

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Si se considera la teoría ortodoxa, el enfoque que matiza el modelo de gasto autónomo y política fiscal ―como determinante de la demanda agregada  y la renta de equilibrio― se complementa con los instrumentos que utiliza la política monetaria: cantidad de dinero y tipos de interés. Al utilizar dichos argumentos, el Banco Central y la política monetaria al menos reciben tanta atención como la política fiscal. Precisamente, el rol de la institución monetaria es lo que ha monopolizado el interés de los analistas económicos de Argentina, y su presidente, Federico Sturzenegger, se ha convertido en el principal foco de las críticas desde dentro y fuera de la alianza Cambiemos.

Lo que sucede es que con un tipo de cambio estancado y/o una leve tendencia hacia la baja producto del ingreso de divisas (debido al creciente endeudamiento destinado a financiar obras de infraestructura y de otra índole, en todos los niveles de gobierno), las principales objeciones se dirigen hacia al Banco Central y hacia sus políticas vinculadas con la tasa de interés de referencia fuertemente restrictiva.

Visto el escenario como un todo, la institución monetaria enfrenta una lucha desigual y perdida de antemano: el frente fiscal —el cual se encuentra fuera del ámbito de competencia del banquero central―. Tales expresiones pueden corroborarse en las propias palabras del titular del banco de bancos, Sturzenegger, durante la conferencia que brindó en Bloomberg Argentina Summit 2016, al momento de cumplir 100 días al frente de la entidad: “De cualquier manera, como ustedes saben, no hay posibilidad de un régimen monetario estable si no viene acompañado de una política fiscal que permita a la autoridad monetaria concentrarse en su trabajo de estabilización nominal. Esto no requiere de mucho análisis y es un prerrequisito básico para un país con baja inflación.” Sin embargo, como es natural, eventualmente, no sería la primera vez que el rol del funcionario político domeña a la labor profesional.

En este contexto, en el que se entremezclan intereses y egos (ocasionalmente exacerbados por defender una reputación personal), la prioridad absoluta de la autoridad monetaria es inducir a la baja sistemática y sostenida de la inflación a como dé lugar; objetivo al que habrá de llegarse manipulando el indicador a niveles similares a los que exhiben las economías que manejan su política monetaria bajo esquemas de metas de inflación. Pues, a pesar de las inconsistencia fiscal, se persiste en el logro de una moneda confiable y de poder de compra estable como el principal aporte que el Banco Central puede hacer para favorecer el cumplimiento de los otros objetivos que le manda su Carta Orgánica.

Con el claro objetivo de velar por la estabilidad monetaria, se trata de torcer la responsabilidad que ha sido deliberadamente desatendida por la administración anterior. Es decir, se pasó de un  Banco central que podía hacer casi de todo, menos su función específica, a un banco que se piensa que “no puede hacer casi nada” excepto bajar la inflación.

El riguroso esquema de control de la tasa de interés y fuerte contracción monetaria implementada por la actual gestión ha sido responsable de que el traslado a precios proveniente del movimiento cambiario (el denominado coeficiente de traslado o pass through) haya sido reducido y capaz de sojuzgar la evolución de la divisa norteamericana, frente a los precios domésticos, a lo largo de todo el presente mandato. Pero hay un corolario más fiero, la composición de la demanda agregada entre el gasto de consumo y el gasto de inversión se ha visto trastocada por el tipo de interés, y, como se ve cotidianamente en Argentina, sostener el gasto público se lleva a cabo a expensas de la inversión privada.

Por su parte Dujovne, Ministro de Hacienda, deposita su optimismo en una mirada que supone al problema fiscal como una diferencia lineal entre el déficit efectivo y el déficit estructural. La parte que falta para levantar las cargas del Estado y se conoce como déficit efectivo difiere del homónimo estructural en un componente cíclico, ya que refiere a aquella parte del déficit que se produce simplemente porque la economía no se encuentra en un alto nivel de empleo. Justo, lo que caracteriza al déficit estructural de pleno empleo, ajustado cíclicamente o de alto nivel de empleo.

Las diferencias se producen porque tanto los ingresos públicos como los gastos responden sistemáticamente a los ciclos económicos. Dados unos tipos impositivos que el ministro no está dispuesto a modificar, se espera que los aumentos del nivel de renta generen ingresos mayores y, como consecuencia de ello, disminuya el peso relativo de los gastos en el erario público. Todo un largo peregrinar de futuro incierto sesgado al único estímulo capaz de generar crecimiento genuino: las añoradas inversiones.

Aquí, resulta procedente el adagio de que para muestra basta un botón. La firma Amazon, el gigante del comercio electrónico, que planea instalar start-ups en la región consideró a Buenos Aires como una oportunidad de inversión. Sin embargo, cuando los ejecutivos de la empresa advirtieron que de cada 100 dólares invertidos el 40% se iban en impuestos y trámites burocráticos, se entrevistaron con la subsecretaria de Políticas y Gestión de la PyME, Carolina Castro, y corroboradas las medidas impositivas decidieron llevarse el proyecto de empresas emergentes a Chile.

Tal vez, sea este el momento de advertir a Dujovne para que lea la obra de Maquiavelo, El Príncipe, o, simplemente, contarle al ministro lo que dice el autor: “El mal se hace todo junto, y el bien se administra de a poco”.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

Japón recorta su perfil pacifista

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 9/7/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1708248-japon-recorta-su-perfil-pacifista

Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, su Constitución -en cuya redacción contribuyeron directamente los norteamericanos, en 1947- incluyó una “cláusula pacifista” expresa. Me refiero a su artículo 9, que dice que “el pueblo japonés renuncia a la guerra como derecho soberano y a la amenaza o al uso de la fuerza como forma de resolver las disputas internacionales”. Para ello, agrega, “no se mantendrán, en adelante, fuerzas de tierra, mar o aire, así como otras capacidades de guerra”. Por ello los soldados japoneses no han disparado nunca un tiro contra tropas enemigas. En verdad Japón no ha estado involucrado militarmente en ningún conflicto armado desde 1945.

No obstante, lo cierto es que Japón tiene, desde 1954, modernas fuerzas militares para asegurar su derecho de defensa. Esto está, por cierto, en absoluta consonancia con el derecho inmanente a la legítima defensa que tienen todos los Estados, emanado expresamente del artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, para el caso de ataques armados.

Hace ya una década, el primer ministro Junichiro Koizumi comenzó de alguna manera a debilitar la referida noción constitucional sobre la que se que edifica el pacifismo japonés. Lo hizo al prestar apoyo logístico en la guerra de Afganistán. Para luego enviar algunas tropas a Irak, aunque estrictamente hablando, sin capacidad combativa. Esto es apenas como un apoyo no armado. Pero con autorización de usar sus armas excepcionalmente. Esto es, tan sólo en caso de ser agredidas.

Bajo la gestión del actual primer ministro nacionalista de Japón, Shinzo Abe, el pacifismo constitucional japonés ha continuado su proceso de erosión. Primero, con la conformación de un Consejo Nacional de Seguridad, inspirado en el similar norteamericano. Luego, con la sanción de una ley que protege los secretos de Estado. Y, además, con la flexibilización de las normas que hasta ahora restringieron las ventas japonesas de armas al exterior.

Esto ha sido consecuencia directa de las crecientes tensiones navales y aéreas con China, respecto de las islas japonesas emplazadas en el Mar del Este de China a las que Japón denomina como Senkaku. Apenas ocho peñascos en cuya vecindad habría importantes yacimientos de hidrocarburos.

Para algunos, este proceso está acercando paulatinamente a Japón a la “normalidad”. Esto es, sacándolo de la situación patológica -casi de indefensión- en la que el mencionado artículo 9 de su Constitución lo había puesto. Lo que tiene que ver con la sensación de debilitamiento que algunos perciben respecto del escudo militar de protección brindado hasta ahora al Japón por los Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Lo cierto es que el camino se ha recorrido sin tocar formalmente el texto constitucional. Reinterpretándolo. Con alguna cuota de flexibilidad, claro está. En lugar de tratar de modificar la Constitución, lo que supone transitar un proceso complejo en el que primero debe obtenerse la aprobación parlamentaria con una mayoría de los dos tercios y, luego, confirmarse la reforma mediante su aprobación en un referendo constitucional nacional.

Abe acaba de dar un paso más hacia la flexibilización de la “cláusula pacifista” de su Constitución al declarar recientemente que Japón, a su modo de ver, tiene “el derecho de defender a sus aliados”. Lo que, como política, debe ser ratificada por el parlamento nipón. Esto permitiría a Japón salir en auxilio de países que también hoy tienen algunos sonoros conflictos marítimos fronterizos con China, como es, por ejemplo, el caso de Filipinas, o el de Vietnam.

El nuevo avance japonés en dirección a la flexibilización de su doctrina nacional en materia de defensa ha provocado reacciones adversas y preocupación en China, que acusa al Japón de dar un paso que supone poner en peligro la paz y seguridad regionales.

Buena parte del propio pueblo japonés, según sugieren las encuestas, está en contra del debilitamiento del pacifismo hasta ahora característico de su país. Hablamos de la mitad de los entrevistados. Contra apenas un tercio que, al ser preguntado, se manifiesta a favor de la política de Abe, reconociendo las nuevas realidades geopolíticas del mundo y de la región. Por esto, no sorprende que hayan ocurrido las primeras manifestaciones callejeras de repudio a la política de Abe en materia de defensa.

Hasta ahora, sin embargo, la popularidad de Abe no parece haberse resentido sensiblemente por lo actuado en materia de defensa. Tampoco por haber visitado, simbólicamente, el llamado santuario de Ysukuni, donde están enterrados los líderes japoneses de la época de la Segunda Guerra Mundial, considerados por algunos como héroes nacionales y, por otros, como criminales de guerra. Lo que es bien diferente.

Lo cierto es que hay muchos japoneses que están realmente identificados con el carácter pacifista que imprime al país su Constitución. Y seguramente lo defenderán. Si, de alguna manera, el tema llegara de pronto a la Suprema Corte, debe recordarse su tendencia a no inmiscuirse en las cuestiones que tienen que ver con la seguridad del Estado, respecto de las cuales, sostiene el alto tribunal, la responsabilidad primaria de conducirlas pertenece al Poder Ejecutivo. Lo que las transforma en “no judiciables”.

Todo un cambio. Realizado paso a paso. Pero con coherencia. Atribuible a lo que algunos están calificando como el “revisionismo” chino, que hoy inquieta al mundo del mismo modo en que lo hace el revisionismo ruso, bastante más asertivo ciertamente.

En ambos casos, porque el “revisionismo” se invoca para consolidar los liderazgos nacionales en sus respectivas regiones inmediatas de influencia. Para lo cual se está recurriendo, lamentablemente, a mostrar (y, en el caso ruso, hasta a utilizar) la fuerza militar.

Puede anticiparse que, cuanto más parezca debilitarse el liderazgo internacional de los norteamericanos, más impulso tomará seguramente el derrotero que Abe está trazando para su país en materia de política de defensa. Por esto acaba de crear una nueva cartera ministerial, a cargo de las operaciones de apoyo militar a los aliados de Japón. Con razón Maquiavelo decía que un cambio siempre prepara otro.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

UN LIBRO DE CARLOS FUENTES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 Hasta antes de leer la obra que comentaré a continuación, pensé que en el género de la ficción había una triada que representaba bien los problemas del poder político: Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa y Yo, el Supremo de Roa Bastos. Ahora me doy cuenta que se trata de un cuarteto (hacemos una analogía) que se completa con La Silla del Águila de Carlos Fuentes.

 

En este trabajo de Fuentes, si bien la trama está referida a México, en última instancia alude a las características de todos los gobiernos. Le encuentro cierta similitud con El Príncipe de Maquiavelo. En este caso, se suele condenar al autor de perverso cuando en verdad estaba describiendo lo que ocurre en los pasillos del poder. Así, por ejemplo, escribe Maquiavelo que “Podría citar mil ejemplos modernos y demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles por la infidelidad de los Príncipes, de los cuales, el que más ha salido ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias, que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. O cuando se lee que el gobernante “debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; mas ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados y laudables, porque el vulgo juzga siempre por las apariencias”.

 

El libro de Fuentes se construye en base a un entramado epistolar cuyo eje central se refiere al poder político mexicano con todas las tramoyas, vericuetos, traiciones y abusos típicos de la politiquería, intercalado con relaciones amorosas de diverso calibre. Son setenta los capítulos que corresponden a sesenta y nueva cartas y una especie de post-sriptum, todo lo cual ilustra magníficamente lo que el autor se propone describir, posiblemente al efecto de que el lector discuta consigo mismo sobre el poder y se cuestione diversos aspectos del mismo.

 

En cierto sentido me recuerda el ensayo también sobre México pero aplicable a otros lares titulado Toma de posesión: el rito del poder de Fernando Serrano Migallón que abarca desde la sociedad prehispánica hasta Carlos Salinas de Gortari, donde, sin proponérselo el autor, quedan estampadas las prepotencias de gobernantes, las rencillas del poder que se llevan por delante los derechos de la gente en el contexto de un boato rayano en la ridiculez (tengamos en cuenta el aforismo en cuanto a que “entre lo sublime y lo ridículo hay solo un paso”).

 

Estimo que el mejor modo de poner de manifiesto lo dicho, es transcribir algunos pasajes cortos de La Silla del Águila. Aquí va una muestra representativa por orden de aparición y por boca de los personajes de la novela: “para mi todo es política, incluso el sexo. Puede chocarte esta voracidad profesional”, “El poder es mi vocación”, “Te lo digo a boca de jarro: todo político tiene que ser hipócrita. Para ascender, todo vale. Pero hay que ser no solo falso, sino astuto”, “la fortuna política es un largo orgasmo”, “no hay gobierno que funcione sin el aceite de la corrupción” y “No hay mejor entrenamiento para la política que el adulterio”.

 

Como esto está muy generalizado y no circunscripto a países del tercer mundo, es decir, la democracia -el respeto irrestricto de las mayorías por las minorías- que ha devenido en cleptocracia, vale la pena hacer un alto en el camino y considerar propuestas que intentan rectificar el rumbo, no en base a la espera de milagros con los mismos sistemas y procedimientos, sino en base a incentivos distintos. En este sentido, es de gran relevancia discutir la propuesta de Friderich Hayek para el Poder Legislativo, la de Bruno Leoni para el Poder Judicial y la de Montesquieu aplicable al Poder Ejecutivo. Son propuestas radicales que he considerado en otras oportunidades, pero, en todo caso, si éstas no se aceptan hay que usar las neuronas para pensar en otras pero no quedarse de brazos cruzados y comprobar como se degrada el sistema institucional camuflado con votos. Incluso esto es necesario para dar lugar a otros debates como los fértiles de las externalidades, el dilema del prisionero y las asimetrías de la información.

 

En La Silla del Águila los personajes vinculados a la política discuten sobre engaños, estrategias, enredos amorosos, consejos inauditos y confesiones inconfesables. En no pocos pasajes se advierten ideas atrabiliarias de Carlos Fuentes -especialmente en materia económica- del todo compatibles con otras declaraciones suyas expresadas de viva voz por otros canales y en otros de sus escritos, pero de cualquier manera, sigue en pie que esta obra desnuda el alma del poder (además de los otros desnudos literales que se insinúan o que se describen en la novela de marras).

 

Resultan tragicómicas las descripciones que se hacen de los diversos funcionarios gubernamentales, como que “el encargado de las comunicaciones se comunica mejor en silencio, a oscuras, y expidiendo, como lo hace, concesiones y contratos mediante jugosas comisiones” o cuando se describe al “secretario de Estado para la Vivienda…que solo ha construido una casa: la suya” , a los que viven declamando “lealtad al espíritu de la Patria – whatever that means !” y a funcionarios que son “como poner un pirómano al frente del cuerpo de bomberos” (lo cual me recuerda a Ray Bradbury en Farenheit 451, a lo que agrego que es una espléndida metáfora para aludir a nuestros gobiernos: bomberos que incendian).

 

Fuentes describe a través de los diálogos epistolares de referencia “las bajezas a que conduce el servilismo político”, la obsecuencia y los aplaudidores que reciben todo tipo de privilegios (aquí me surge Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, especialmente referido a la hipocresía de pseudoempresarios prebendarios) y las náuseas que provoca trabajar con funcionarios aberrantes que hacen decir a subordinados que “debo disciplinarme y aceptar la diaria compañía de tan repugnante sujeto” en el contexto de que “el más ilustrado de los gobernantes requiere la seguridad que le da un yes-man, el que le dice que sí a todo” que demanda “obsequiosidad ante los superiores y crueldad con los inferiores”, todo mientras están en el poder, luego de lo cual, cuando se ven obligados a dejar el trono, se preguntan incrédulos “¿A dónde se fueron mis amigos?”.

 

Por último -porque en una nota periodística no puede abarcarse todos los aspectos de la trama de una novela- establezco dos correlatos más con otros escritos. En primer lugar, cuando Fuentes le hace decir a uno de sus actores “Yo soy de los que prefieren matar a miles de inocentes que dejar que se me escape un solo culpable”. En este caso, la comparación que me viene a la memoria es la cita del megalómano Marat en la contra-Revolución Francesa que hace Albert Camus en El hombre rebelde: “¡Es que no comprenden que yo solo quiero cortar miles de cabezas para salvar muchas más!”.

 

El segundo caso es cuando en La Silla del Águila (nótese que los dos sustantivos van con mayúscula para indicar la solemnidad del poder) se declara que “la máscara se ha convertido en la cara”. Esto es lo que se consigna en la formidable The Scarlet Letter de Nathaniel Hawthorne referida a los horrendos “juicios” de brujería: “Ningún hombre, por un período considerable de tiempo, puede usar una cara para consigo mismo y otra para la multitud, sin finalmente confundirse respecto a cual es la verdadera”.

 

He disfrutado con esta lectura proporcionada por Carlos Fuentes, gracias al obsequio de Juan de Anchorena que indudablemente conjetura bien acerca de mis inclinaciones bibliográficas. Como una nota al pie, es de interés destacar un párrafo de la novela que puede parecer un tanto misteriosa al lector desprevenido, y es cuando se exclama “¡Por la pata perdida de Santa Anna…!”. El mismo Fuentes se refiere al episodio en su prólogo a la obra antes referida de Roa Bastos y es que Antonio López de Santa Anna, quien gobernó México por once períodos intercalados, en una ocasión perdió una pierna en una batalla, por lo que la hizo enterrar en la Catedral mexicana con toda la pompa de los funerales oficiales y cada vez que dejaba el poder la gente la desenterraba, pero cuando volvía al gobierno el tirano nuevamente enterraba su extremidad con idénticas formalidades. Otra forma de ilustrar los descaros del poder.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE. 

 

 

 

 

La política y su malestar

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 30/1/13 en http://www.elimparcial.es/america/la-politica-y-su-malestar-117878.html

A fines del año pasado la editorial Sudamericana publicó El malestar de la política, del ensayista argentino Juan José Sebreli, autor de Buenos Aires. Vida cotidiana y alienación, Los deseos imaginarios del peronismo, El asedio a la modernidad, Crítica de las ideas políticas argentinas , y otros tantos títulos destacados. Su propósito, como se indica al comienzo, es el de redefinir algunos conceptos políticos que, “por pereza mental o por motivos utilitarios”, resultan habitualmente despojados de su genuino significado.

A este fin, Sebreli repasa además las ideas de autores esenciales en la historia de la disciplina que fueran víctimas, ellos también, de interpretaciones distorsionadas no sólo por parte de sus críticos sino de sus propios seguidores. Más precisamente, la sección del libro titulada “Pensamiento y política” (precedida por otra más concisa que se interroga sobre las tensiones entre filosofía y ciencia política) está dedicada a esta revisión, donde se dan cita nombres tales como Maquiavelo, John Stuart Mill, Kant, Hegel, Marx, Weber, Carl Schmitt, Keynes, Leo Strauss y John Rawls, especialmente escogidos en virtud de esos problemas de interpretación que suscitaran sus escritos. Asimismo, esta sección incorpora atinadas reflexiones sobre la relación entre el intelectual y la política y las diferentes tipologías que esta relación admite según sea el grado de compromiso del intelectual con la realidad que lo circunda, un partido o ideología determinados, el gobierno de turno, etc.

La tercera y última parte, titulada “Conceptos fundamentales de la teoría política”, es la que responde más puntualmente al propósito de la obra al identificar algunos vocablos de los que se ha hecho con frecuencia un uso equívoco e interesado. Igualdad, libertad, democracia, izquierda, derecha, fascismo, populismo…, he ahí algunos de esos términos. En particular, son dignas de destacar las páginas sobre el populismo, no sólo por su actualidad sino por lo que suponen como contribución al entendimiento de este fenómeno que, sin ser totalitario, se aproxima a esta categoría por su recurso a “la movilización de masas, la politización permanente, el culto al líder y el relato de la épica lucha contra los enemigos internos y externos”, rasgos que, en algunos casos latinoamericanos (como el chavismo o el “neopopulismo kirchnerista”) se acompañan también de clientelismo, corrupción, “un autoritarismo que pasa por democrático” y una ideología pseudoprogregista.

Un aporte al debate democrático. Aun siendo trillada, la fórmula quizá sirva para sintetizar las razones que hacen de este ensayo una lectura recomendable.

 Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.

 

Cristina Fernández de Kirchner: Sueños de emperatriz

Por Enrique Edmundo Aguilar. Publicado el 1/8/12 en http://www.elimparcial.es/america/cristina-fernandez-de-kirchner-suenos-de-emperatriz-108828.html

Los hombres no son ángeles ni los ángeles gobiernan a los hombres. Esta sabia afirmación de James Madison, tendiente a justificar la existencia de un sistema de frenos y contrapesos, es ignorada abiertamente por varios poderosos de este mundo que no conocen de límites a sus decisiones ni consienten desde luego que se les impongan.

Cristina Fernández de Kirchner ha demostrado ser una de ellos. Una mujer embriagada de poder quien, olvidando quizá sus tiempos de legisladora y confiada en su legitimidad de origen, parece haberse entronizado como dueña y señora de nuestros destinos y garante exclusiva de gobernabilidad.

Confieso que sus últimas declaraciones me han sembrado miedo y no puedo menos que recordar a Maquiavelo aconsejando al príncipe ser “más temido que amado” para asegurar su permanencia (al mismo tiempo le aconsejaba proceder con “moderación, prudencia y humanidad”, pero estas cualidades no se ajustan a nuestro caso). También me generaron lástima, al ver a la presidenta ufanarse de sus logros e impartiendo lecciones a un mundo que la menosprecia y que asocia sus modos autoritarios a los de Chávez o cualquier otro caudillo que encarne esa combinación perversa de dinero, concentración de poder y confusión entre Estado y gobierno respaldada (cuando menos en la Argentina) en la pasividad o la débil reacción de una ciudadanía que sólo se plantará cuando le duela verdaderamente el bolsillo. (Hasta donde se advierte, nuestras orientaciones cívicas no son suficientes para movilizarnos por razones ajenas al curso de la economía, como podría ser la convicción de que sólo despersonalizando el poder se evita que éste se vuelva opresivo.)

Por ahora, un 25 % de inflación anual, el cerrojo puesto a la compra de divisas, la voracidad fiscal, las señales visibles de recesión, el aislamiento internacional en que nos hallamos y, ni que decir tiene, el alarmante avance del delito y del narcotráfico, no han torcido la opinión mayoritaria en una dirección contraria o distinta a la que Cristina transita. En su lugar, sin embargo, yo no me confiaría. La historia enseña que cuando los gobiernos se consideran omnipotentes se ven más y más acosados por las consecuencias de sus propias decisiones. Y aunque la presidenta sea impermeable a todo consejo que la obligue a rectificarse, sería bueno que alguien le soplara al oído que está desnuda antes de que esa verdad prorrumpa, como en la fábula de Andersen, de la inocencia de un niño.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM.