Mi nuevo hijo de papel

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 26/10/19 en:  https://www.elpais.com.uy/opinion/columnistas/alberto-benegas-lynch/mi-nuevo-hijo-papel.html

 

Tengo la satisfacción de que mi último libro titulado El poder corrompe será presentado en Montevideo por María Dolores Benavente, presidente de la Academia Nacional de Economía de Uruguay, Martín Aguirre, Director de este centenario periódico en el que ahora aparecen estas líneas y por Eduardo Palacios, mi colega en la Mont Pelerin Society. El libro es editado por el CED que preside Hernán Bonilla quien es el responsable de haber organizado la referida presentación.

 

El título de la obra deriva del célebre dictum de Lord Acton: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” que fue parte de una misiva que este historiador le envió el 5 de abril de 1887 al Obispo de la Iglesia de Inglaterra, Mandell Creighton, a raíz de su aseveración en el sentido de que gobernantes y miembros de la Iglesia debían ser tratados con benevolencia. Así, en el pasaje pertinente, responde Acton en la referida misiva: “No puedo aceptar su canon en cuanto a que debemos juzgar al Papa y al Rey de manera distinta a otros hombres con una presunción favorable que no han hecho mal. Si hay alguna presunción se ubica en lo opuesto en lo que atañe a quienes mantienen una posición de poder, mayor cuanto mayor sea el poder que ostentan.”

 

Mi libro en modo alguno descalifica a todos los que han pasado por el poder político en el sentido que no han sido todos los que se han dejado tentar por el mal uso de los dineros públicos ni se han adaptado a la nefasta idea de que el Leviatán debe ser más adiposo. Por el contrario, los ha habido de un cuidado especial respecto a lo que no les pertenece y, en cantidades mucho menores, los que incluso se esforzaron por mantener en brete al aparato estatal para que retorne a los límites de un sistema republicano y así revertir tendencias del empobrecedor estatismo.

 

Desafortunadamente estos últimos casos son muy minoritarios en el mundo que nos ha tocado vivir, especialmente si observamos la creciente xenofobia y los consiguientes nacionalismos y mal llamados “proteccionismos” en Europa y en Estados Unidos, para no decir nada de algunos sucesos lamentables en nuestro continente con gastos públicos crecientes que se traducen en deudas alarmantes, impuestos asfixiantes y manipulaciones monetarias descabelladas.

 

El problema radica en la batalla cultural que por el momento estamos perdiendo en la esfera política los partidarios de la sociedad abierta en detrimento de los derechos de las personas y sus respectivas autonomías a manos de megalómanos que apuntan a manejar a su antojo las vidas y las haciendas ajenas.

 

Es a esta batalla cultural a que apunta mi nuevo libro. Pretende una contribución a fundamentar los valores y principios de la libertad como medio no solo para el respeto recíproco sino para mejorar las condiciones morales y materiales de todos, muy especialmente de los más carenciados. Lamentablemente en el nombre de los pobres se adoptan una y otra vez medidas que los perjudican de modo muy especial, puesto que los derroches se traducen en consumo de las tasas de capitalización que, a su turno, constituyen la única causa de mayores salarios e ingresos en términos reales.

 

La tradición de pensamiento liberal se resume en el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. En otros términos se trata de recurrir a la fuerza solo y exclusivamente cuando hay lesiones de derechos, esto es siempre con carácter defensivo, nunca para imponer modos de vida privativos de cada cual. El establecimiento de límites al abuso del poder fue la idea del constitucionalismo moderno.

 

Hoy en día muchas constituciones parecen un catálogo de aspiraciones de deseos mezcladas con pseudoderechos, es decir, facultades que se otorgan para arrancar el fruto del trabajo ajeno. Así, para ilustrar el aserto recordamos que en la Asamblea Constituyente Ecuador, hace poco seriamente se sugirió –afortunadamente la moción no prosperó- incluir en  un artículo “el derecho al orgasmo de la mujer”.

 

Mi texto intenta mostrar que el liberalismo no se corta en tajos por lo que incluye la exploraciones de muy diversas avenidas que tratan temas éticos, filosóficos, jurídicos, históricos y económicos al efecto de poner en evidencia que abarca las más importantes manifestaciones humanas. Dada mi profesión de economista, es pertinente traer a colación un pensamiento del premio Nobel en economía Friedrich Hayek en cuanto a que “el economista que solo se queda en la economía será un estorbo, cuando no un peligro público”. Nuestra especialización exige completar la formación con los antedichos campos de estudio para poder pronunciarnos con solvencia sobre la ciencia económica.

 

Nadie mejor que el marxista Antonio Gramsci para resumir el eje central de nuestro problema medular, solo que lo proponía desde la visión opuesta a la nuestra: “tomen la cultura y la educación y el resto se da por añadidura”. Por eso es que resulta vital comprender que el proceso educativo libre demanda sistemas de puertas y ventanas abiertas de par en par en un contexto competitivo en el que la imposición de estructuras curriculares desde el poder político dan por tierra con la necesaria excelencia.

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

TRAS EL PODER

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No me refiero a la capacidad de hacer algo sino al dominio sobre otros. En primer lugar, como ha señalado Erick Fromm, quien ejerce el poder o quienes lo desean tienen una personalidad siempre débil puesto que es del todo insuficiente por lo que necesitan del sujeto dominado para completar su vacío existencial ya que no se sienten alimentados con su ser en verdad escuálido.

 

Desde que James Buchanan y Gordon Tullock explicaron el public choice ya no cabe la sandez de sostener la teoría del “servidor público” en abstracto de los intereses personales ya que se trata de sujetos que persiguen los suyos igual que cualquier mortal, es decir, no hay acciones desinteresadas (en verdad una perogrullada ya que se actúa porque está en interés del sujeto actuante). Es cierto sin embargo que en algunos casos puede estar en interés del político hacer el bien a otros pero, como es de público conocimiento,  la situación más frecuente es que se trata de individuos que buscan la foto, los favores non sanctos, cuando no los dineros malhabidos.

 

Hay pigmeos mentales que toda su vida sueñan con ser ministros y equivalentes solo para satisfacer sus inclinaciones, aunque comprenden  que no podrán hacer bien las cosas puesto que no se han tomado el trabajo de abrir caminos con  ideas liberales de fondo. Muchos son los que describen incendios pero muy pocos son los que se detienen a explicar el foco del fuego y el modo de eliminarlo.

 

Este panorama ocurre ya se trate del “derecho divino de los reyes” o del “derecho ilimitado de las mayorías” en sistemas de democracia pervertida tal como apunta Bertrand de Jouvenel en su monumental On Power. Its Nature and the History of its Growth. El poder en este sentido se opone al amor tal como lo explica magníficamente Tolstoi en The Law of Love and the Law of Violence y también Ronald V. Sampson en su The Psichology of Power donde ilustra su idea contraponiendo en los extremos la figura de Jesús a la de Hitler.

 

En general los que ocupan posiciones en la estructura política son vistos con admiración por la gente en lugar de mirarlos como sus empleados siempre con recelo, y mayor el recelo cuanto mayor el poder tal como escribió Lord Acton en correspondencia con el obispo inglés  Mandell Creighton que reclamaba mayor condescendencia para quienes detentan poder, de donde surge la célebre sentencia de aquél historiador decimonónico respecto al correlato entre corrupción y poder.

 

Hace bastante tiempo escribí sobre lo que considero la génesis del poder en un trabajo que titulé “La radiografía del poder” para AIPE que lo distribuyó y que ahora en parte reitero y que puede describirse en el contexto de seis pasos sucesivos.

 

En primer término, la relación hombre-mujer. No pocas son las personas que desde su más tierna infancia se acostumbran a ver en su hogar, en la relación con sus padres, una relación de fuerza. La relación macho-hembra como una cuestión de músculo. Este es un cuadro de situación en el que no prevalece la argumentación mejor, sino la amenaza de la fuerza bruta: “esto es así porque lo digo yo”. Este espectáculo bochornoso del más primitivo salvajismo produce cierto acostumbramiento al escenario dominante-dominado.

 

La segunda etapa se extiende a la relación padres-hijos. Son muy frecuentes los casos en donde se imponen conductas e ideas “porque somos tus padres” o más directamente “porque me da la gana” como toda respuesta. Casos en donde está mal visto que los hijos discutan con sus padres y cuestionen ideas y valores. No se trata de un intercambio pacífico de opiniones sino de una relación de fuerza. Se impone, la discusión termina con manifestaciones absurdas de autoridad que se aceptan debido a las amenazas tácitas o explícitas.

 

La tercera etapa en esta serie de acontecimientos lamentables en los que se va creando un cierto acostumbramiento al sojuzgamiento servil, se traslada al ámbito de la educación formal en la que los gobiernos establecen pautas, textos y sobre todo estructuras curriculares desde ministerios de educación y equivalentes. De este modo, a través de la cadena de mandos, se crea una atmósfera enrarecida en el estudiantado. Muchos terminan por resignarse y dar por sentado que la educación debe imponerse desde el vértice del poder y que de ninguna manera es fruto de arreglos contractuales entre educadores y educandos. A su vez, los profesores de escuelas y sus directivos no pueden ejecutar buena parte de sus iniciativas porque tienen la espada de Damócles: la Gestapo moderna, esto es, los inspectores de los aludidos ministerios y reparticiones gubernamentales. En este clima también es frecuente que se hagan formar a los alumnos al efecto de cantar cotidianamente marchas guerreras que son complementadas por los frecuentes regalos de padres a hijos varones de soldaditos, metralletas, misiles y otras manifestaciones de violencia como fomentar que los adolescentes practiquen esos jueguitos virtuales donde gana el que mata más.

 

El cuarto capítulo se refiere a la influencia que tiene la opinión de los demás sobre el individuo ya preparado a una conciencia colectivista y masiva. Las opiniones mayoritarias anulan el pensamiento propio de la persona acomplejada de sus propias ideas, todo esto como consecuencia de los climas que se han ido acumulando en las etapas anteriormente señaladas. La opinión dominante envuelve a las personas con baja autoestima y gran inseguridad de sus propios juicios y hace que se ahogue cualquier manifestación de su voz interior. Sofocan esta voz y la sustituyen por “el pensamiento colectivo”. Así, el hombre masificado deja de tener auténtica voz para convertirse en puro eco. En esta instancia, conviene recordar el conocido experimento por el que se le dice a un grupo de personas menos a una que se pronuncie equivocadamente sobre los tamaños relativos de bastones exhibidos en pantalla con lo que se comprueba que en definitiva el individuo no informado del truco termina por manifestarse como lo hace el grupo aunque el error sea evidente.

 

La quinta sección de este análisis frecuentemente termina en el diván del psicoanalista por parte de personas confundidas y aterradas de salirse del libreto que propone la articulación de los discursos de los demás con lo que habitualmente intensifican su relación de dependencia, esta vez con un profesional que no siempre encamina las cosas hacia su debido cauce tal como lo apunta Thomas Szasz en su obra The Myth of Mental Illness.

 

La última etapa (o el noveno círculo si se quiere hacer un paralelo con la figura de Dante) es la exacerbación y adoración del poder político que se manifiesta en grado creciente en el uso y abuso de la fuerza enquistada en instituciones contrarias a los principios básicos de una sociedad abierta. Se explicita este sexto capítulo a través de la mayor e irrefrenable politización de las relaciones sociales, relegando los acuerdos voluntarios y pacíficos a un segundo o tercer plano. El avance del Leviatán tiene así preparado el camino para el atropello a los derechos de las personas en un clima del acostumbramiento a la dependencia y a la reverencia al poder. De este modo los individuos abandonan su condición humana para transformarse en autómatas o más precisamente en una pestilente y amorfa masa de carne que obedece ciegamente al líder puesto que no alcanza a comprender la diferencia sideral entre la autoridad moral y la autoridad impuesta que le han enseñado a reverenciar para convertirse en aplaudidor oficial.

 

Es por esto último que la persona cuando opera en el terreno político se suele identificar como “militante”, una palabra agraviante que indebidamente se extrapola a lo civil: deriva de la cadena de mandos, de la obediencia debida y del ámbito militar, lo cual no tiene relación alguna con el mundo de la civilidad (claro que en no pocos casos se trata de mequetrefes que se limitan al coro que pretenden decorar con saltos más o menos histéricos que no reflejan rasgos de pensamiento alguno).

 

Este proceso decadente y muy maloliente, fruto del paisaje desolador descripto solo puede revertirse en la medida en que aparezcan personas con coraje y honestidad intelectual y que se pongan de pie para defender a rajatabla sus autonomías individuales y la de su prójimo y asuman de esta manera su condición de humanos, a saber, mostrar aprecio por lo más precioso de sus facultades: la capacidad de decidir, de elegir su destino y asumir las correspondientes responsabilidades.

 

Termino esta nota periodística con la mención de una parte sustancial de la tradición liberal-lockena-hayekiana en cuanto a que la legislación contraria al derecho debe ser combatida y revertida y no acatada sumisamente si se desea vivir en libertad. Al fin y al cabo, como ha dicho Benedetto Croce la historia debe ser vista como “la hazaña de la libertad” en cuyo contexto el costo de esa preciada libertad “es su eterna vigilancia” tal como expresó Thomas Jefferson.

 

 

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL ESTADO VATICANO:

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Adelanto que esta no es una nota que puedan absorber fanáticos (en realidad, ninguna de las que escribo): es para mentes abiertas que puedan analizar hechos demostrables con prudencia y en profundidad mirando distintos ángulos y capaces de sostener un debate con argumentos.

 

Lord Acton, el gran historiador y profesor decimonónico, el 5 de abril de 1887,  al responder una misiva del obispo inglés Mandell Creighton quien sostenía que a los Papas y reyes había que tratarlos con vara más indulgente que a los ciudadanos corrientes, Acton responde que “no puedo aceptar su criterio en cuanto a que debemos juzgar al Papa y al Rey de manera distinta al que aplicamos a otros hombres con una presunción favorable de que no hacen mal. Si existe alguna presunción debe ser en sentido contrario para los que ocupan posiciones de poder y más aun cuanto mayor sea el poder. La responsabilidad histórica debe estar a la altura de la responsabilidad legal. El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.” Como es sabido, esta última oración encierra el dictum más difundido de Acton pero es de interés recordar el contexto en el que lo escribió al dirigirse a una autoridad eclesiástica.

 

La tesis del presente artículo periodístico consiste en proponer la terminación del Vaticano como Estado, es decir, como estructura política y mantenerlo como asiento de la cabeza de la Iglesia puesto que lo contrario resulta incompatible con aquello de “mi reino no es de este mundo”. Y no solo eso sino que sugiero la liquidación del Banco del Vaticano por las mismas razones, lo cual no es óbice para que se depositen fondos en cualquier banco de la plaza local o internacional, situación en la que no resultarían necesarios los esfuerzos tendientes a corregir las corrupciones mayúsculas en un banco que algunos hasta han calificado de modo insolente como “la banca de Dios”.

 

El Cardenal y teólogo suizo Hans Urs Von Balthasar, ha insistido en que el Vaticano se transforme en un museo lo cual no quita que el papado se mantenga en ese lugar físico o en otro, espacio que también podría operar con independencia bajo distintas figuras del derecho internacional sin necesidad de constituirse en un Estado. En cualquier caso, esta visión despolitizada del Vaticano liberaría a la Santa Sede de todas las actividades que se relacionan directamente y de modo ejecutivo con la política propia de los Estados y que envuelven a la Iglesia en faenas que son consubstanciales a aquellos ámbitos.

 

Como es de público conocimiento, la actual conformación política del Vaticano de cuarenta y cuatro hectáreas se estrenó con el Tratado de Letrán en 1929 firmado por Benito Mussolini con poderes dictatoriales en representación del Reino de Italia. Los límites al poder son condición necesaria para evitar extralimitaciones pero cuando el poder político no solo no es necesario sino, como queda dicho, incompatible con el mensaje evangélico, debe dejarse de lado y también las operaciones bancarias y conexas que así minimizan posibilidades de corrupción como es el caso con el Banco del Vaticano desde que fue creado en 1942 como Instituto para las Obras de Religión (IOR).

 

En la actualidad los múltiples hechos de corrupción salieron nuevamente a la luz en nuestra época debido a las cuantiosas filtraciones de informaciones conocidas como “VatiLeaks” que tanto angustiaron a Benedicto XVI y que lo llevaron a dejar el papado para convertirse en emérito. Las primeras filtraciones fueron realizadas por el mayordomo del Papa, Paolo Gabriele, y recibidas por el periodista Gianlugi Nuzzi pero finalmente los orígenes fueron de distinta procedencia de círculos vaticanos y se diseminaron por todo el mundo de las noticias.

 

Es sabido también que con anterioridad a 1929 y desde 1870 (luego de la expedición de Víctor Manuel) no había jurisdicción física para la cabeza de la Iglesia y antes, en 1848, se había abolido el poder temporal de los Papas luego de tanta acción bélica del papado en nombre de los denominados estados pontificios, especial aunque no exclusivamente por Julio II (conocido como “el Papa guerrero”) y los hijos del Papa Alejandro VI (muy activamente por Juan y, más aun, por César).

 

Los escándalos son denunciados por muchos dignatarios de la Iglesia a raíz de lo cual se han barajado muy diversos estudios, por ejemplo, los realizados por Vicenzo Gioberti y Luigi Taparelli d´Azeglio y las historias sobre lo que venimos comentando han sido relatadas, entre muchos otros, por autores como Mark Donovan, David A. Yallop y Ryan Thorton en diversas revistas académicas y obras publicadas.

 

Entre otros artilugios, la estructura política del Vaticano se ha usado para cubrir con inmunidad diplomática delitos varios, por ejemplo, en los casos de los escándalos más sonados sobresalen los del Nuncio en la República Dominicana, Josef Wesolowk, el Arzobispo de Boston en Estados Unidos, Cardenal Bernard Law y el archiconocido ex administrador del Banco del Vaticano Paul Marcinkus. También, antes que eso, la referida politización da pie para interpretaciones en cuanto a haberle conferido legitimidad a las tendencias nazis alemanas con el Riechkonkordat de 1933, además de las constantes entrevistas y declaraciones con jefes de estado y políticos del más variado color y especie.

 

Ya Juan Pablo II pidió perdón por la Inquisición, las Cruzadas, las “guerras santas”, la judeofobia y otras barrabasadas como para seguir cargando con responsabilidades y funciones que abren las puertas a la corrupción y a los insondables vericuetos del poder político. La Iglesia ya debe lidiar con bastantes problemas como para involucrarse en los campos mencionados que exceden en mucho su misión específica. También Juan Pablo I intentó en sus treinta y tres días de papado ir al fondo de algunas de las corrupciones sin lograr su cometido, lo demás está por verse.

 

La mejor tradición señala los graves inconvenientes que invariablemente se suscitan cuando se vincula el poder político con la religión, por tanto no es del caso provocar ese vínculo y más bien seguir las enseñanzas de los Padres Fundadores en Estados Unidos que denominaron esta conveniente separación con la sugestiva etiqueta de “la doctrina de la muralla” espantados con las experiencias de las guerras y masacres religiosas en  Europa.

 

Personalmente he conversado sobre lo expuesto con dos sacerdotes y tres laicos entendidos en la materia y han coincidido en lo dicho. Aunque no me han pedido reserva, no me siento autorizado a revelar las fuentes puesto que hasta el momento -por razones diversas- mis contertulios no han hecho públicas sus opiniones sobre el tema señalado. Lo destaco al solo efecto de puntualizar que aquellas reflexiones sobre las antedichas propuestas me han resultado sumamente gratificantes. Mencioné lo del Cardenal von Balthasar porque hizo público su pensamiento respecto a lo comentado.

 

Hay otra faceta de la politización, ya no entendida como las obligaciones de la jefatura de Estado y sus entretelones, sino referidas a ciertas declaraciones sobre asuntos económico-jurídicos que no se condicen con valores y principios éticos de una sociedad libre, que aun realizadas con las mejores intenciones perjudican el bienestar de la gente, especialmente de los más necesitados. Me he ocupado en otras ocasiones de este aspecto crucial, de ningún modo circunscripto a “sacerdotes para el Tercer Mundo” y “teólogos de la liberación”. En esta nota me limito a considerar la faz más directa y crudamente política del Estado del Vaticano que someto a la consideración de mis lectores.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.