Palabras, acción, educación y respeto

Por Gabriel Boragina Publicado el 15/4/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/04/palabras-accion-educacion-y-respeto.html

 

“No me preocupan los gritos de los deshonestos, de la gente sin escrúpulos y de los delincuentes, más me preocupa, el silencio de los buenos”.
Esta frase se la vi atribuida a muchas personas diferentes. Cuando tuve la primera noticia de ella, quien me la envió se la endilgó a Mandela (ex presidente de Sudáfrica), otros se la otorgaron a Einstein, o Luther King, y la lista sigue. En fin. No importa mucho quien fue realmente el primero que la dijo, ni cuándo, ni cómo la dijo. Sea quien fuera su autor, la frase revela una semi-verdad. Semi-verdad porque, a mí no me preocupan, ni los gritos, ni los silencios de unos o de otros, lo que si me preocupan son las acciones, reacciones e inacciones, que son las que realmente valen. Porque, como dice el refrán célebre respecto de los “dichos” podría aplicarse aquel que expresa “perro que ladra no muerde”. O el otro en latín, “res non verba”, o este otro “las palabras se las lleva el viento”.
Vivo en un medio donde se les da una excesiva importancia a las palabras. Me refiero a las palabras que connotan acciones. Por ejemplo, aquellos que manifiestan “Voy a …” es decir, indican la voluntad de emprender un curso de acción determinado o determinable. Lo relevante es el contenido de ese curso de acción. Si es bueno o si es malo. Y, fundamentalmente, si quien emite el enunciado está en condiciones de realizarlo o no y, lo más importante de todo, si es su voluntad llevarlo a cabo o no hacerlo. Y ello, con independencia del fin que se persiga.
Nada de lo que se diga reviste ningún tipo de importancia si no va seguido de una acción en consecuencia y concordancia con lo previamente dicho. El discurso que no se traduce en acción es completamente inocuo.
No obstante, las palabras ejercen tal tipo de fascinación sobre las masas, que tienen el poder de movilizarlas aun cuando quien las pronuncie no las acompañe con ningún tipo de acción. Este truco es bien conocido por aquellos que dominan el arte de la persuasión oral, resultado este último que generalmente se consigue aun cuando quien lo intente no posea esa habilidad ni maneje acabadamente las reglas básicas de la oratoria. Tal es el influjo que la palabra ejerce sobre el ser humano.
Es curioso el fenómeno por el cual un discurso genera credibilidad (mayor o menor) en quienes lo escuchan, aun antes de verificar si lo dicho se concretiza en la práctica.
Los hechos sirven para confirmar la verdad o falsedad de las palabras.
Hay veces que con lo único que contamos para conocer algo no son los sucesos, sino las palabras. Pasa con la historia, cuando no hemos sido protagonistas de los acontecimientos que se narran como ocurridos en épocas remotas.
En otras ocasiones, aunque las coyunturas sean contemporáneas, la única forma que tenemos de conocerlas es mediante las palabras que las narran, ya sean en periódicos, libros, revistas o por radio, TV, Internet, cine, etc.
En suma, lo que nos queda al final, cuando los casos suceden lejos de nosotros, o se nos dicen acaecidos en épocas remotas, son las palabras que nos dan cuenta de ellos.
El problema surge cuando con las palabras se busca desmentir lo ocurrido, o cuando no se es consecuente el decir con el hacer, comportándose de manera contraria a la que se proclama. De esto tenemos -en nuestros días- ejemplos a granel, casi constantes en nuestra vida diaria. Promesas incumplidas, mentiras, generación de falsas expectativas, etc. Parece que estas conductas se esparcen como reguero de pólvora a una velocidad inusitada. La falta de compromiso se ha vuelto algo persistente. Esto, que normalmente se le critica a los políticos es, sin embargo, una experiencia constatable, día a día, con la gente (al menos en mi rutina lo es), tanto sea afirmar una falsedad o negar una verdad en momentos diferentes y -a menudo- sobre una misma cuestión.
¿A qué atribuirlo? Estimo que la pregunta es tan compleja como las respuestas que puedan dársele. Pero más allá de hablar de una “crisis de valores”, hay que entender que estos se inculcan en la educación, y que es en este ámbito donde hay que buscar la verdadera génesis de la tan vapuleada frase “crisis de valores”. Esta es consecuencia de aquella y no su causa. Y por carácter transitivo, de toda crisis de cualquier naturaleza que sea (política económica, etc..).
Nada, ningún fenómeno, se da en el “vacío” (en el caso, un vacío sociocultural), y una “crisis de valores” no viene a ser otra cosa que un proceso educativo por el cual una serie de valores son reemplazados por otra cadena de contra-valores.
Vivimos en crisis por esta causa fundamental, a mi modo de ver. Pero, esta crisis educativa, a su vez ¿a qué se debe? Estimo que, a repetidos procesos de deseducación que terminan resultando en una mala educación, lo que -al final del camino- da una pléyade de ciudadanos mal educados. Y no solamente me refiero a la mal-educación en las formas, sino en las esencias de las relaciones humanas. No me parece tan importante que se omitan gestos de cortesía, como los saludos o agradecimientos, como de ordinario parece estar sucediendo en casi todas partes (aunque no le quito toda importancia) sino mucho más que se incumplan contratos, compromisos, palabras dadas (que ya no “empeñadas”) expectativas generadas por el promitente, etc. Tenemos un problema de mala educación, por no enseñarse el valor del respeto al prójimo. Al semejante. En otros casos, habrá que hablar de desenseñarse, y en su lugar “enseñarse” su contravalor: el irrespeto o falta de respeto.
Pero en este caso -como en los anteriores- las palabras (por si mismas) tienen poca fuerza si no son seguidas del ejemplo que las avala y las acompaña. Es aquí cuando el problema comienza a ser preocupante en el marco de un proceso de degradación cultural.
El respeto consiste -resumidamente- en no interferir con el proyecto de vida ajeno, en tanto este no nos ocasione un daño personal (real o potencial) a nuestro propio proyecto de vida, en una relación reciproca, y en idéntico sentido con todos los demás. 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Las armas usuales contra la vida y la libertad

 Por Alejandra Salinas:

 

Para Abel fue una piedra; a Sócrates le tocó beber cicuta; Luther King recibió un impacto de bala. Los tres son íconos históricos sacrificados en su lucha por la justicia, la verdad, la igualdad y la libertad, junto a millones de otras personas más anónimas pero no por eso menos importantes. La historia mundial está plagada de la violencia proveniente de grupos intolerantes, fanáticos, ruines o ladrones (la lista de sus atributos es larga), empuñando sus armas usuales contra personas inocentes y contra quienes se animaron a protestar y actuar públicamente en defensa del respeto incondicional de la vida, libertad y dignidad humana. Primeros entre los grupos responsables por esos crímenes han figurado siempre los gobiernos, operando mediante guerras, persecuciones y asesinatos, cuando no mediante planes quinquenales y reclutamientos forzosos que también terminaban en hambrunas y muertes masivas. En efecto, la muerte a manos de un gobierno ha sido la primera causa de muerte a nivel mundial: antes del siglo XX murieron ca. 133 millones de personas debido al exterminio gubernamental, y entre 1900 y 1999 éste se cobró 262 millones de muertos, según los cálculos del profesor R.J. Rummel en su libro Death by Government (New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers, 1994, actualizados on line en: http://www.hawaii.edu/powerkills/NOTE1.HTM). Rummel llama “democidio” a la muerte de personas individuales o grupos por el gobierno, incluyendo genocidios, politicidios y matanzas masivas.

Los hallazgos empíricos del prof. Rummel sólo confirman lo que ha constituido el axioma central del liberalismo clásico acerca de los graves riesgos que conlleva la función de gobernar para la vida, la propiedad y la libertad individual, riesgos que se multiplican y agudizan cuando un régimen de gobierno se torna ilimitado e intolerante. Desde la conclusión de Algernon Sidney que de nada vale derrocar a un tirano si no se termina con la tiranía, pasando por la premisa de Acton acerca de que el poder absoluto implica corrupción absoluta, y la invitación de Jefferson a una vigilancia ciudadana eterna, el pensamiento político liberal se ha ocupado incansablemente de revisitar y refrescar estas advertencias. En una variante más contemporánea de análisis político, la filósofa J. Shklar advierte que el miedo a la crueldad gubernamental ha inspirado “el liberalismo del miedo”, dirigido a luchar contra la maldad y la crueldad políticas corporizadas en regímenes opresivos y horrorosos. Nadie puede ignorar ni dejar de denunciar lo que sucede en esos regímenes, afirma Shklar.

Lo que nos trae al análisis del caso de Venezuela. En estos días el mundo es testigo del accionar cruel y violento del gobierno de ese país, que ha perseguido y reprimido a manifestantes que marchaban ejerciendo su derecho a la protesta y de petición para exigir la urgente reforma hacia una política democrática y liberal. La violación del derecho a la protesta y de los otros derechos individuales en Venezuela -así como en Cuba y otros lugares-  debe ser criticada y condenada con urgencia en todo el mundo, y en particular en nuestra región: así nos lo reclama el compromiso moral y cívico con los muertos, heridos y presos, triste pero previsible resultado de la represión oficial de la protesta. En este sentido es de lamentar profundamente que no haya más voces latinoamericanas condenando los sucesos y promoviendo medidas de apoyo a los sufridos pueblos mantenidos en la sujeción al régimen y en el abandono. En particular, es muy preocupante que gobiernos como el argentino sigan defendiendo al régimen dictatorial de Maduro.

¿Qué hacer? Se vislumbran tiempos de agitación, desvelo y crisis en pos de un Estado venezolano más libre y justo. Lo mismo sucede en otros países sujetos también al flagelo de dictaduras, populismos, y a la irresponsabilidad y corrupción política endémica. Desde lo académico, ahora más que nunca cabe redoblar nuestro esfuerzo para seguir enseñando y difundiendo los principios de la libertad y dignidad individual, convocando a la Universidad y a la comunidad toda a ser partícipes de esta tarea.

Concluyo esta reflexión con una cita del ya citado profesor americano que registró las cifras mundiales de democidio:

“Después de ocho años leyendo y grabando a diario sobre decenas de millones de hombres, mujeres y niños torturados o golpeados hasta la muerte, colgados, heridos y enterrados vivos, quemados o muertos de hambre, apuñalados o cortados en pedazos, y asesinados en todas las otras formas creativas e imaginativas que los seres humanos puedan idear, nunca he sido tan feliz de concluir un proyecto. No he encontrado fácil leer una y otra vez sobre los horrores que personas inocentes han sido forzados a sufrir. Lo que me ha mantenido en esto fue la creencia -tal como la investigación preliminar parece indicar-, de que había una solución positiva a toda esta matanza y un curso de acción política claro para ponerle fin. Y los resultados verifican esto. El problema es el Poder. La solución es la democracia. El curso de acción es fomentar la libertad”.

 

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.