Algunas reflexiones del viaje a Hong Kong

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 12/9/14 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2014/09/12/algunas-reflexiones-del-viaje-a-hong-kong/

 

La semana pasada tuve la oportunidad de estar en Hong Kong. En esta ocasión en la reunion general de la Mont Pelerin Society. Aquí se puede acceder al programa completo. John Taylor, Kevin Murphy, William Easterly, Diedre McCloskey, Pddro Schwartz, Scot Sumner y Luigi Zingales fueron algunos de los conferencistas que más se destacaron.

Del viaje a Hong Kong surgieron, sin embargo, dos claras posiciones de quienes no ven con buenos ojos al libre mercado. Una cosa es si digo desde mi oficina (donde estoy preparando este post) que Hong Kong, al ser una de las economías más libres posee una economía desarrollada con baja pobreza. Otra cosa es si digo exactamente lo mismo pero estando en Hong Kong (y acompañando el tweet o post con alguna foto.) La pregunta que me hice al partir hacia Hong Kong era si iba a encontrar los resultados de la salvaje explotación capitalista que el sistema de libre empresa el impone al (indefenso) trabajador. No hace falta viajar a Hong Kong para prever una respuesta negativa. Sin embargo, a lo largo de la semana fui recibiendo dos tipos de críticas al ir actualizando el negativo resultado de esta búsqueda. Ambas críticas creo que son equivocadas. Sin bien el contexto es Argentina, creo que es representativo de la región en general:

  • Hong Kong y Argentina tienen sus instituciones por distintos motivos históricos.

Hong Kong no es Argentina, Argentina no es Hong Kong. Ni siquiera están en el mismo continente. Por supuesto que el contexto histórico del origen de sus instituciones de mercado difieren. ¿Y? ¿Por qué esto es importante? Lo único que esto muestra es que lo que importa son la instituciones que están presentes, no el origen histórico. Lo que se me cuestionaba no era que en Argentina no se puede tener libre mercado, sólo se cuestionaba el origen de las instituciones.

Con esto no quiero decir que se puedan imponer las instituciones de arriba hacia abajo, pero sí que el origen histórico no es un argumento convincente para promover reformas de libre mercado. Siempre es ilustrativo recordar el caso de Corea del Norte y Corea del Sur. Dos países con misma historia y cultura, pero diferente marco institucional. Si estuviésemos en Corea del Norte, nos negaríamos a reformas que nos lleven a ser como Corea del Sur por qué nuestros orígenes institucionales “difieren” (siempre se puede encontrar alguna “diferencia” a consuderar “crucial” por más parecidas que pueda ser la historia de dos países.)

  • Hong Kong no es perfecto, por lo tanto es un mal sistema

Hong Kong no es perfecto, por supuesto que “algo” de pobreza hay, “algo de desocupación” hay, etc. ¿Quién lo niega? En ningún momento sostuve que la economía de Hong Kong sea perfecta. Especialmente las críticas de sectores de izquierda a veces parecen demostrar un alto grado de ignorancia sobre qué dicen y no dicen los autores defensores de un libre mercado cuando los critican como si estos pensadores sostuviesen que el libre mercado es perfecto. Así como los socialistas o grupos de izquierda difícilmente crean que el sistema que prefieren sea perfecto, tampoco es el caso de los pensadores de libre mercado. Si unos tienen derecho a defender sistemas que no consideran perfecto, ¿acaso los otros no? El punto es que sistema mejora el nivel de vida de la mayor cantidad de gente posible.

Decir que Argentina no debe adoptar instituciones de libre mercado por qué no es perfecto es errar por completo al argumento. El punto es qué economía esta mejor, la de Argentina o la de Hong Kong. Para el año 2013, en términos de PBI per cápita, Argentina rankea en el puesto 55, mientras que Hong Kong es top 10 (FMI). ¿Cómo explicarle a los sectores de menos ingresos y desempleados que deben quedarse donde están en lugar de pasar a ser un país top 10 en ingreso promedio per cápita porque dicho sistema no es perfecto a pesar de ser notablemente mejor al actual? ¿Cuánto de esta postura está alimentada por resentimiento al libre mercado que nos lleva a hacernos mal con tal de que nuestro vecino no este mejor? Hacer de la imperfección enemigo de la mejora no es de sabios.


Sí se me podría haber hecho una crítica más atinada. Y es que estaría sacando conclusiones de una única observación (Hong Kong) y eso no es correcto. Bien podría ser una excepción (error estadístico o de muestreo). Como explico en este post, las comparaciones de este tipo deben hacerse mirando toda la muestra para evitar sesgos (por ejemplo el “mito” de que la distribución del ingreso es peor en países libres).

Alguien me dijo que por más buena que sea la economía de Hong Kong, no viviría allí. Pues bien, yo tampoco. Lo bueno del libre mercado es que permite a cada sociedad desarrollar su cultura, costumbres, estilo de vida, etc. en lugar de ser impuesta por lo que el gobierno a cargo considera debe ser la cultura y estilo de vida. Basta con ver el top 10 de los países más libres para encontrar variedad y elegir a gusto. Este, tampoco, es un argumento válido. ¿Realmente creemos que si Argentina se vuelve un país con libre mercado va a ser como China (cultura, costumbres, comida, etc.)?

Un último punto a resaltar. Es cierto que Hong Kong dista de tener un sistema político libre (así como que no esta ausente de “cronysm”). De nuevo, estamos hablando de cambios en el margen. Si un país tiene un sistema político no libre, va a estar mejor dentro de esos límites con una economía libre que con una regulada.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver. 

¿Hoy somos todos keynesianos?

Por Adrián O. Ravier. Publicado el 2/8/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/08/02/hoy-somos-todos-keynesianos/

Las ideas de John Maynard Keynes surgieron en el marco de la Gran Depresión de los años treinta. Entre los años 50 y 60 muchos economistas coincidían en afirmar “ahora somos todos keynesianos“. Incluso Milton Friedman llegó a decirlo en 1965. La nueva crisis revitalizó el pensamiento de Keynes y The Economist colocó a dos prestigiosos economistas a responder la gran pregunta: ¿Somos hoy todos keynesianos? De un lado Brad De Long, del otro Luigi Zingales. ¿Qué respondieron?

La respuesta de Brad De Long

Se suponía que Brad De Long iba a defender la postura, pero pidió disculpas y afirmó que ya no, “hoy no somos todos keynesianos”. Por ejemplo, leyendo The New York Times encuentra que William Poole, ex presidente de la Reserva Federal de St Louis, considera que “el gasto del gobierno no puede liderar el camino hacia una recuperación sostenida, debido a que su efecto de estímulo se verá compensado por anticipado con impuestos más altos y con la necesidad de financiar el déficit”.

En 1970 William Poole fue un keynesiano que daba por sentado que la política de déficit y el gasto fiscal tenían un papel adecuado y
eficaz en la lucha contra las recesiones. Pero Poole no está solo. Robert Barrode Harvard Universitydijo sobre la propuesta de estímulo fiscal de Obama: “Este es probablemente el peor proyecto de ley que se ha presentado desde la década de 1930. No sé qué decir. Quiero decir que está perdiendo una enorme cantidad de dinero, que tiene una teoría simplista que no creo que funcione (…) No creo que vaya a expandir la economía (…) Va más en la línea con tirar el dinero a la gente (…) Creo que es basura”.

John Cochrane, de la Universidad de Chicago, agrega: “Nadie ha enseñado esto a estudiantes de postgrado desde 1960 (…) Son los cuentos de hadas que se han demostrado falsos. Es muy reconfortante en tiempos de crisis volver a los cuentos de hadas que escuchábamos cuando éramos niños, pero esto no los hace menos falsos”. Cochrane agrega que “el gobierno emitirá bonos para pedir prestado, lo que significa que los inversores al comprar bonos del Tesoro de EEUU dejarán de invertir en acciones o productos, anulando el efecto de estímulo”.

Edward Prescott, de la Arizona State University, quien ganó un premio Nobel de Economía en 2004 por su estudio sobre los ciclos económicos, hizo esta contribución: “Los economistas en el campo están profundamente divididos sobre la cuestión del estímulo federal (…) No sé por qué Obama dijo que todos los economistas están de acuerdo en esto. Ellos no lo están”.

Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, declaró: “Los rescates y planes de estímulo son financiados mediante la emisión de más deuda pública (¡el dinero debe venir de alguna parte!). La deuda, agregó, absorbe los ahorros que de otro modo irían a inversión privada… a pesar de la existencia de recursos ociosos, los rescates y planes de estímulo no agregan nada a los recursos actuales en uso. Acaban de mover recursos de un uso a otro”.

De Long concluye que “el argumento de los señores Fama, Prescott, Cochrane, Barro, Poole y compañía es lo que los economistas llaman la Ley de Say. Es la afirmación de que las decisiones de aumentar el gasto, ya sea que vengan del gobierno o de cualquier otra persona, no pueden estimular la economía y aumentar el empleo y la producción porque la demanda debe ser creada por la oferta. Si el gobierno gasta, alguien más debe recortar sus gastos“. ”Así que ahora, no puedo decir que somos todos keynesianos. Lo más que puedo decir es que deberíamos serlo”.

La respuesta de Luigi Zingales

Y que podemos tomar de lo dicho por Luigi Zingales, quien se suponía defendería una posición opuesta a la de De Long. Se pregunta: “¿Qué significa ’ser keynesiano’? Simplemente creer en el papel de los componentes de la demanda en la determinación de la producción total es una caracterización insuficiente. Un verdadero keynesiano difiere, en tanto que él también cree que: 1) La política monetaria no es la herramienta más eficaz para estabilizar la economía y puede ser completamente ineficaz en algunas circunstancias (trampa de liquidez); 2) la política fiscal es eficaz y el gasto del gobierno es la herramienta preferida; 3) la intervención del gobierno funciona y las consecuencias a corto plazo son más importantes que las de largo plazo”.

“Con esta definición en mente, hay cuatro formas en las cuales la afirmación ‘todos somos keynesianos’ puede ser interpretada. Sugiero que la declaración es falsa en tres de cuatro de estas interpretaciones”. “La primera interpretación es que la profesión económica ha llegado a un consenso sobre las posiciones keynesianas. Esta declaración es definitivamente falsa. Si usted navega a través de los artículos publicados en la revista líder de la American Economic Association en 2008, verá que sólo uno de los 12 artículos que se ocupan de las cuestiones macroeconómicas (Código JEL E) soporta (aunque muy indirectamente) la idea de una política fiscal de expansión como una herramienta política. Un desequilibrio aún mayor está en el pináculo de nuestra profesión. Entre los 37 ganadores del premio Nobel de Economía en los últimos 20 años, cuatro recibieron el premio por sus contribuciones a la macroeconomía. Ninguno de ellos podría ser considerado keynesiano. De hecho, es difícil encontrar trabajos académicos que apoyan la idea de un estímulo fiscal”.

“La segunda interpretación posible es que existe un consenso entre los economistas en que las causas de la crisis actual es keynesiana. Incluso en esta interpretación la declaración es falsa. No creo que ningún economista se atrevería a decir que la actual crisis económica de EEUU ha sido causada por subconsumo. Con cero de ahorro personal y un gran déficit presupuestario del gobierno de Bush hemos tenido una de las políticas keynesianas más agresivas en la historia”. “La adhesión a los principios de Keynes no sólo no evitaron el desastre económico actual, sino que incluso han contribuido enormemente a la causa. El deseo keynesiano de gestionar la demanda agregada, haciendo caso omiso de los costos a largo plazo, impulsado por Alan Greenspan y Ben Bernanke a mantener las tasas de interés extremadamente bajas en 2002, impulsaron el consumo excesivo de las familias y la asunción de riesgos excesivos por parte del sector financiero. Más importante aún ha sido la formación keynesiana de nuestros responsables políticos lo que les ha llevado a ignorar el papel que desempeñan los incentivos en las decisiones económicas.

La principal diferencia entre Keynes y la economía moderna es el énfasis en los incentivos. Keynes estudió la relación entre los agregados macroeconómicos, sin ninguna consideración por los incentivos subyacentes que conducen a la formación de estos agregados. Por el contrario, la economía moderna basa todos sus análisis sobre los incentivos. En 1998, cuando el co-Fed coordinó el rescate de Long Term Capital Management, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos para asumir riesgos y la liquidez adecuada de precios. Cuando el señor Bernanke diseñó el rescate de Bear Stearns, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos de los otros bancos de inversión para aumentar el capital social a precios bajísimos. Cuando cambió de posición dos veces en el espacio de dos días, dejando a Lehman caer, pero rescatando a AIG, no se preocuparon por el impacto que tendría en la confianza de los inversores y los incentivos para invertir.

Éste es el comportamiento errático que ha asustado al mercado y ha creado la actual crisis económica: en una encuesta reciente el 80% de los estadounidenses declaran que tienen menos confianza de invertir en el mercado como consecuencia de la forma en que el gobierno ha intervenido”. “Si los principios keynesianos y la educación son la causa de la depresión actual, es difícil imaginar cuál puede ser la solución. Por lo tanto, incluso la tercera interpretación que deben seguir las recetas keynesianas para combatir la actual crisis económica, es falsa. No discuto la idea de que algún tipo de intervención del gobierno puede aliviar las condiciones económicas actuales, y que una política económica keynesiana puede hacerlo. Con un déficit de cuenta corriente que en 2008 fue de 614 mil millones dólares, un déficit presupuestario que fue 455 mil millones dólares y los gastos militares de 731 mil millones dólares, es difícil argumentar que el gobierno no está estimulando la demanda lo suficiente.

La crisis actual no es una crisis de demanda, es una crisis de confianza. El mal gobierno corporativo, junto con las políticas del mal gobierno, ha destruido al sector financiero, asustando a los inversores y congelando los préstamos. Es como si una bomba nuclear hubiera destruido todas las carreteras de EEUU, y afirmaran que para mitigar el impacto económico de un evento semejante, debería invertir en los bancos. Es posible que con el tiempo haya un efecto goteo. Pero si el problema es de los caminos, lo que necesitamos es reconstruir los caminos, no subsidiar al sector financiero. Y si el problema es el sector financiero, se deseará solucionar este problema y no la construcción de carreteras”.

“La única interpretación en virtud de la cual la declaración en cuestión es cierta es que ‘nosotros’ el pueblo estadounidense y sus
representantes elegidos sean todos keynesianos. El keynesianismo ha conquistado los corazones y las mentes de los políticos y las personas comunes y corrientes, ya que proporcionan una justificación teórica para el comportamiento irresponsable. La ciencia médica ha establecido que uno o dos vasos de vino al día son buenos para su salud a largo plazo, pero ningún médico recomienda a un alcohólico en recuperación seguir esta receta. Lamentablemente, los economistas keynesianos hacen exactamente esto. Le dicen a los políticos, que son adictos a gastar nuestro dinero, que los gastos del gobierno son buenos. Y qué decir a los consumidores, que se ven afectados por problemas graves de gasto, que el consumo es bueno, mientras que el ahorro es malo. En la medicina, tal comportamiento tendría que ser expulsado de la profesión médica; en economía, le ofrece un trabajo en Washington”. Un 37 % de los lectores de The Economist que votaron en la encuesta afirmaron que SÍ, que “hoy somos todos keynesianos”. Un 63 % dijo que NO, que esta afirmación carece de sentido.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.