Recuerden que el socialismo es imposible

Publicado por Adrián Ravier el 28/10/13 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/10/28/recuerden-que-el-socialismo-es-imposible/

El Socialismo parece resurgir de sus cenizas en los últimos días tras la elección legislativa argentina que colocó a Pino Solanas como Senador por la Ciudad de Buenos Aires. Esto generó mucha literatura enInfobae con críticas socialistas al capitalismo y propuestas de cambio.

Mi reacción fue esta nota, recordando que el socialismo es imposible a través de argumentos expuestos por Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y James M. Buchanan durante el siglo pasado, como un llamado de atención al socialismo para que responda preguntas que hasta el momento no tienen respuesta.

 

Recuerden que el socialismo es imposible

Si algo tienen en común los partidarios del socialismo y la economía pura de mercado es su crítica a las inconsistencias del capitalismo intervenido. El intervencionismo que se viene aplicando, gobierno tras gobierno, sólo suma parches que atienden a cuestiones “urgentes”, pero nunca resuelven los problemas de fondo, las cuestiones “importantes”. Los socialistas, sin embargo, fallan en dos aspectos centrales: primero, en diferenciar el sistema capitalista “puro” -como lo han entendido y defendido Adam Smith y Friedrich Hayek-, del sistema capitalista “intervenido” -con los parches propuestos por John Maynard Keynes y Paul Samuelson-; segundo, en comprender que “el socialismo es imposible”, como han demostrado Ludwig von Mises en su artículo de 1920 y su libro 1922, y Friedrich Hayek en distintos documentos de los años 1930 y 1940, con un argumento que continúa sin respuesta, pero que muestra su validez en el fracaso de las distintas formas de socialismo en toda Europa, y ya casi podemos decir en todo el mundo.

En este artículo sólo podré concentrarme en este último punto, el que ha sido tratado ampliamente en un libro del catedrático español Jesús Huerta de Sototitulado “Socialismo, cálculo económico y función empresarial”. El libro cuenta con más de 400 páginas, pero el lector puede acceder a una reseña que personalmente escribí sobre este debate, y que fuera publicado en la revista Cuadernos de Economía (Vol. 30, Nº 54), de la Universidad Nacional de Colombia. El argumento básico explica que en un mundo de incertidumbre y conocimiento disperso, la propiedad privada es necesaria para dar lugar a los precios, pues sólo ellos pueden permitir a los empresarios advertir de ganancias y pérdidas en sus proyectos de inversión, y con ello asignar con relativa eficiencia los recursos escasos. Más en limpio, si no tenemos propiedad privada de los medios de producción, no tenemos mercados para esos medios de producción. Sin mercados para esos bienes de producción, no habrá precios. Sin precios, los empresarios no pueden advertir si sus proyectos de inversión son rentables.

Si algo funciona -aún en el capitalismo intervenido– es precisamente ese proceso de prueba y error, en donde los empresarios van probando distintas inversiones, y sólo cuando son rentables, los proyectos se mantienen.Ganancias y pérdidas contables representan una información en el mercado acerca de si estamos asignando bien o mal los recursos. Y vale recordar que esos resultados son consistentes con la soberanía del consumidor, donde gana el que sabe satisfacer las necesidades del consumidor, y pierde el que no logra la demanda de sus consumidores. El socialismo propone terminar con la propiedad privada, terminar con estas señales de mercado, terminar con la función empresarial y reemplazar todo ello por la propiedad pública de los medios de producción. Aquí se abren un abanico de opciones, pero nunca ha quedado claro qué es lo que en definitiva proponen los socialistas. Y el problema es que el propio Marx careció de una propuesta concreta de cómo funcionaría el socialismo.

De un lado, se propone que el gobierno administre públicamente esos medios de producción, como de hecho ocurrió en Alemania Oriental, en Rusia o actualmente es en Cuba. Aquí los problemas son al menos dos. Primero, como señaló el Premio Nobel en Economía James M. Buchanan –recientemente fallecido- el gobierno puede no tener los mejores incentivos para administrar “solidariamente” estos recursos. Si asumimos que los individuos siempre persiguen su propio beneficio, ¿por qué vamos a suponer que las personas que lleguen al poder van a tender a interesarse por el “bien común”Buchanan insistía en que lo más probable es que estas personas tiendan siempre a alejarse de ese “bien común” y persigan más bien su propio beneficio y de aquellos a quienes representan, o que han financiado sus campañas electorales. Cuando uno mira la Argentina, ¡cuánta razón tenía!

El segundo problema fue mencionado por otro premio Nobel en Economía, en este caso, Friedrich Hayek. Si aceptamos que el problema económico consiste en advertir cuáles son los bienes y servicios que deben producirse, en qué cantidad y calidad y de qué manera distribuirlos, debemos comprender que ese “conocimiento” no es dado a nadie en particular. Los bienes y servicios que necesitamos producir son los que la gente quiere. Y ese conocimiento está disperso en la sociedad, en las preferencias individuales de cada sujeto, en la forma de bits de información que cada uno tiene en su propia mente. ¡Es información no revelada! Salvo que permitamos que la gente demande y comunique esa información a los empresarios a través de los precios, precisamente.

Los socialistas del siglo XXI han dado un paso atrás. Ahora se hacen llamar “socialistas de mercado”, y afortunadamente han dejado de sugerir la propiedad pública de los medios de producción. En realidad se han dado cuenta de que nada es mejor que permitir que la producción de bienes y servicios la lleve adelante el mercado, lo que se traduce en alimentos, ropa y todo tipo de bienes y servicios en calidad y bajos precios, lo que es resultado precisamente del proceso competitivo.

La discusión ahora se resume al rol del Estado. El “socialista de mercado” o aquellos que buscan un mayor “Estado de bienestar” piden un Estado que, paradójicamente, “intervenga”, que ofrezca “bienes públicos”, que evite o minimice “externalidades negativas” y subsidie las “externalidades positivas”. Que aplique “políticas antimonopólicas” y “redistribuya los ingresos” de manera conveniente. Lo que no han advertido aún es que ese Estado al repartir la torta se queda con una porción enorme de la renta para beneficio propio, lo que impide la reinversión de quienes la generan -creando potenciales puestos de trabajo- y dejando a las clases más desfavorecidas sin salida.

Dirán algunos pocos socialistas que este “socialismo de mercado” no es socialismo. Yo estoy de acuerdo. Dirán otros socialistas que la propuesta ideal tampoco es la propiedad pública de los medios de producción, sino la propiedad “comunal” de los medios de producción. En este caso se trataría de pequeñas comunidades de personas que manejarían las “empresas”, y  nótese que estas comillas no son arbitrarias. En tal caso las preguntas sin respuesta son cuantiosas. ¿Cómo se distribuyen los ingresos de esta empresa? Se dirá, quizás, que se lo hará igualitariamente, según las horas trabajadas. ¿Ganará lo mismo un ingeniero que un obrero? ¿Qué incentivo tendrá el ingeniero para capacitarse si finamente sus ingresos serán iguales? ¿Qué incentivo tendrá un obrero para trabajar eficientemente si los otros obreros no lo hacen? “Conocimiento” e “incentivos” son los dos grandes problemas del socialismo. Dejemos el socialismo para otro mundo. ¡Y por favor, dejemos de destinar tinta a un debate acabado!

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Los peligros de la envidia

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 19/9/13 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2013/09/los-peligros-de-la-envidia.html#more

En debates abiertos se avanza o retrocede según sea la calidad y la penetración de los argumentos, pero cuando irrumpe el envidioso no hay razonamiento posible puesto que no surgen ideas sino que se destila veneno. Este fenómeno constituye una desgracia superlativa ya que se odia el éxito ajeno y cuanto más cercana la persona exitosa mayor es la fobia y el espíritu de destrucción. Habitualmente el envidioso de los logros ajenos está en relación directa a la proximidad. En nuestro siglo no se envidian las hazañas intelectuales de Sócrates sino del vecino, del pariente, del par o de quienes viven en la misma sociedad.

En el plano económico y jurídico el problema se torna grave puesto que se pretende limar los resultados de los que sobresalen por sus talentos y capacidades con lo que tiende a desmoronarse el edificio de las relaciones interpersonales. Se aniquilan las ventajas de los procesos de mercado junto a todo el andamiaje institucional.

Lo insidioso de la envidia es que no se muestra a cara descubierta sino que se tira la piedra y se esconde la mano. El envidioso siempre se oculta tras una máscara. Le desagrada la mejor posición del otro hasta el límite que a veces no toma en cuenta los propios perjuicios que se generan cuando sus dardos dan en el blanco. Un destacado empresario cubano exiliado en la Argentina contaba que un fulano que quedó en la isla, cuando se le señaló los desastres del comunismo para él mismo y para todos sus compatriotas reconoció el hecho pero dijo con alegría y satisfacción que “por lo menos” tales y cuales comerciantes exitosos quebraron.

La manía de la guillotina horizontal procede también de la envidia además de conceptos errados. De allí surge el inaudito dicho por el que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario”, como si nadie pudiera comer langosta antes que todo el planeta tuviera pan sin comprender que el lujo es el estímulo para que los eficientes expandan su producción haciendo que lo superfluo hoy resulte en un bien de consumo masivo mañana. Las tasas de capitalización que resultan de ganancias incrementadas es lo que hace posible salarios e ingresos mayores en términos reales. Que nadie pueda contar con una computadora antes que todos dispongan de papel y lápiz es tan descabellado como suponer que nadie pueda tocar la guitarra antes que todos tengan zapatos.

No solo no se ve la conexión entre los beneficios y mayores márgenes operativos con la mejora en los niveles de vida de los demás, sino que se suele insistir en las virtudes de la pobreza como si fuera una cualidad moral excelsa, elucubración por cierto contradictoria, incompatible y mutuamente excluyente con la articulación de un discurso que proclama la necesidad de reducir la pobreza.

Hay una célebre carta del ministro de la Corte Suprema de EE.UU. Oliver Wendell Holmes, Jr. dirigida al economista de la London School of Economics Harold Laski fechada el 12 de mayo de 1927 en la que se consigna que “No tengo respeto alguno por la pasión del igualitarismo, la que me parece simplemente envidia idealizada”. Esto es así, fuera de las conclusiones insensatas sobre la llamada redistribución de ingresos, ocupa un amplio terreno la envidia que ingresa de contrabando bajo un ropaje argumental vacío de sustancia.

Hoy en día la mayor parte de los discursos políticos están inflamados de odio y resentimiento a quienes han construido sus fortunas lícitamente en los mercados abiertos, mientras que esos mismos políticos generalmente se apoderan de dineros públicos y les cubren las espaldas a mafiosos amigos del poder que asaltan a la comunidad con sus privilegios inauditos.

En realidad, en un contexto de libertad y de competencia la asignación de recursos depende de los gustos y preferencias de la gente a través de los votos en los plebiscitos diarios del supermercado y equivalentes. Entonces, la diferencia de patrimonios y rentas derivan de esas votaciones, las cuales no son irrevocables ya que son cambiantes en la medida en que se acierte o se yerre en satisfacer los requerimientos de los demás. Y cuando se habla de monopolio lo que debe resultar claro es que deben combatirse los otorgados por el poder político puesto que los naturales son consecuencia del apoyo del público consumidor. En otros términos, el monopolio que no surge del privilegio estatal constituye un paso necesario en los procesos abiertos ya que el que primero descubre un producto farmacéutico o una nueva tecnología no debe ser combatido por ser el primero sino que debe mantenerse la competencia para que la cantidad de oferentes sea la que la gente vote en el mercado. Competencia no quiere decir que haya uno, varios o ninguno, todo depende de las circunstancias imperantes, el tema central es que el mercado se encuentre permanentemente abierto de par en par al efecto de que cualquiera desde cualquier punto del planeta puede ingresar al mercado con sus bienes o servicios.

Los Gini ratios y similares pueden constituir curiosidades de algún valor para conocer la dispersión del ingreso, pero son irrelevantes para concluir que el delta es mejor o peor. Como ha escrito el premio Nobel en economía James Buchanan “mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras la fuerza y el fraude queden excluidos, aquello sobre lo cual se acuerda es, por  definición, eficiente”. Por eso es que Friedrich Hayek ha consignado que “La igualdad de normas del derecho es la única igualdad que conduce a la libertad y la única que debe asegurarse sin destruir la libertad”, Ludwig von Mises apunta que “La desigualdad de los individuos respecto a la riqueza y los ingresos es una característica esencial de la economía de mercado” y Robert Nozick se detiene a mostrar las incoherencias de la guadaña estatal tendiente a reducir las diferencias de ingresos y patrimonios y lo mismo hace Robert Barro al mantener que “el determinante de mayor importancia en la reducción de la pobreza es la elevación del promedio del ingreso [ponderado] de un país y no el disminuir el grado de desigualdad”.

Como hemos señalado antes, el igualitarismo de resultados no solo contradice las indicaciones de la gente en el mercado con lo que se consume capital y consiguientemente se reducen salarios, sino que, estrictamente, es un imposible conceptual puesto que las valorizaciones son subjetivas y, por ende, no habría una redistribución que equipare a todos por igual (además, las comparaciones intersubjetivas no son posibles) y, para peor, aún no considerando lo dicho, en cualquier caso debe instaurarse un sistema de fuerza permanente para redistribuir cada vez que la gente se salga de la marca igualitaria. Este es el problema de autores como los Rawls, Dworkin, Thorow, Tobin o Sen para citar los más destacados propulsores del igualitarismo.

La llamada “justicia social” puede significar una de dos cosas: o es un pleonasmo grosero ya que la justicia no puede ser vegetal, mineral o animal o, de lo contrario, se traduce en la facultad de los aparatos estatales para sacar lo que les pertenece a unos para darlo a otros a quienes no les pertenece lo cual contradice la clásica definición de Justicia de “dar a cada uno lo suyo”. Por eso es que Mencken explica que para el envidioso el problema no es la injusticia sino que “es la justicia lo que duele”.

Como queda dicho, en los debates aparecen las contradicciones y los saltos lógicos pero frente al envidioso no hay defensa sobre todo porque opera en las sombras alegando otras razones que son meros disfraces y máscaras que ocultan su disgusto mayúsculo para con los que sobresalen y, en general, contra cualquier manifestación de excelencia. De más está decir que la envidia no solo arremete contra los exitosos en el mundo de los negocios, la emprenden también con virulencia contra los que se destacan en ámbitos académicos, deportivos y artísticos. El odio está dirigido a los mejores, sin atenuantes. Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, se presenta aquí un proceso de suma cero: el triunfo del prójimo es la derrota del envidioso que la siente como una pérdida personal irreparable.

Tal vez las tres obras que tratan con mayor rigor y solvencia el peligro de la envidia sean la de Helmut Schoeck (La envidia. Una teoría de la sociedad, Buenos Aires, Club de Lectores), la de Robert Sheaffer (Resentment Against Achievement, New York, Prometheus Books) y la editada por Peter Salovey (The Psychology of Jealousy & Envy, London, The Guilford Press).

Termino con una cita del primero de los libros mencionados que resume magníficamente el tema que nos ocupa en esta nota periodística: “La mayoría de las conquistas científicas por las cuales el hombre de hoy se distingue de los primitivos por su desarrollo cultural y por sus sociedades diferenciadas, en un palabra, la historia de la civilización, es el resultado de innumerables derrotas de la envidia, es decir, de los envidiosos”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

¿Fracasó el neoliberalismo?

Por Adrián Ravier. Publicado el 4/6/13 en http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/06/04/fracaso-el-neoliberalismo/ 

Nadie sabe bien qué es el neoliberalismo, pero lo que parece estar claro en la opinión pública argentina es que ha fracasado. Se lo identifica generalmente con el “Consenso de Washington” o con algunos autores de la Escuela de Chicago y la Escuela Austriaca, especialmente Ludwig von Mises, Milton Friedman o Friedrich Hayek. Pero lo cierto es que las ideas que estos autores defendieron tienen poca o nula relación con la política económica de aquellos países que toman como ejemplo, especialmente la Argentina noventista. De hecho, la corrupción, el excesivo gasto público, los recurrentes déficits fiscales, el endeudamiento, la falta de federalismo, el mercantilismo del Mercosur y la falta de un sistema republicano de gobierno con respeto por las instituciones y la división de poderes, no parece ser consistente con el “liberalismo”. En lo que sigue, no intentaré volver sobre la disputa comentada, sino señalar que varios países latinoamericanos, a pesar de sufrir el impacto de la Crisis del Tequila de 1995, la crisis asiática de 1997, el default ruso de 1998, la devaluación de Brasil en 1999 y las depresiones norteamericana y argentina de 2001, aun así continuaron por el mismo camino “neoliberal” y los resultados fueron positivos.

Dos caminos alternativos

Tras la década perdida de 1980, los países de Latinoamérica emprendieron un camino de cierta apertura económica y privatización de sus empresas públicas deficitarias. El Estado había resultado incapaz de gestionar los servicios públicos como la luz, el agua, el gas o las telecomunicaciones, y en algunos países la monetización del déficit fiscal terminó con una acelerada inflación. Las reformas implementadas en la década del 90 permitieron a los países latinoamericanos modernizar sus economías. La inversión extranjera directa estaba representada en grandes flujos de dinero, pero también en know how, sobre cómo gestionar las inversiones en ciertos campos clave que permitieran a la economía tecnificarse. En prácticamente todos los países latinoamericanos se observó una extensión de los servicios públicos en toda la amplitud de sus territorios nacionales, cuando antes eran negados a una gran parte de la población, al mismo tiempo que se construyeron autopistas y rutas que hicieron más eficiente la comunicación entre los estados provinciales, extendiendo la frontera de posibilidades de la producción. En algunos países, como Argentina, Bolivia, Venezuela o Ecuador, -y por diferentes causas- el modelo hoy calificado como “neoliberal” no terminó bien, y la opinión pública decidió apoyar otros modelos que cambiaran el rumbo. Es así que en la última década estos cuatro países decidieron apoyar un modelo de desarrollo interno, privilegiaron las relaciones dentro del grupo, avanzaron -quizás con la excepción de Bolivia- en un modelo de sustitución de importaciones– y planificaron un entramado de subsidios y regulaciones que escaseaban en la década anterior. Otros países, sin embargo, continuaron con aquel modelo “neoliberal”. Chile, Brasil, Colombia, Perú y Uruguay evitaron cerrar sus economías y doblaron esfuerzos en intentar atraer capitales como base de su desarrollo productivo, al tiempo que mantuvieron las privatizaciones de los servicios públicos como un factor acertado de los gobiernos previos.

¿Resultados similares?

En la última década las estadísticas muestran que ambos modelos fueron exitosos en términos de aumentar la inversión, reducir la pobreza, crear empleo, alcanzar un crecimiento económico acelerado e incluso reducir la carga de la deuda en relación con el PIB. La similitud, sin embargo, es sólo aparente. Y no me refiero únicamente a lo engañosas que pueden resultar las estadísticas en el primer grupo -especialmente Argentina y Venezuela-, sino a otras cuestiones de fondo. Mientras Argentina, Venezuela, Bolivia y Ecuador expandieron la inversión pública, las otras economías estimularon la inversión privada. Mientras el primer grupo creó mayor empleo público, el segundo creó empleo privado. Mientras el primer grupo reduce la deuda pero acelera la inflación, el segundo grupo reduce la deuda, con estabilidad monetaria. Mientras el primer grupo muestra un crecimiento del gasto público sobre PIB, en el segundo grupo este ratio cae. Mientras el primer grupo nacionaliza empresas privatizadas en la década anterior, el segundo grupo profundiza aquel modelo y mejora las regulaciones.

Analizar lo genuino y sostenible de ambos modelos nos obliga a estudiar en profundidad estas diferencias. Lo que se busca, en definitiva, es que la caída de la pobreza sea continua, y no accidental. Habrá que esperar al final de la historia, pero mi optimismo radica en que un posible mayor éxito relativo de las políticas del segundo grupo, incentiven a los primeros a imitar aquel modelo abierto. Axel Kicillof insiste en revertir el noventismo, pero lo que en realidad hace hoy el gobierno argentino es profundizar lo peor del menemismo.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

Recordando a Roy Childs

Por Alberto Benegas Lynch. Publicado el 15/11/12 en http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7558

Quienes escriben quedan inmortalizados en el papel. Unamuno consignó la idea en conocidos versos: “Cuando me creaís más muerto/ retemblaré en vuestra manos/Aquí os dejo mi alma, libro/hombre, mundo verdadero/Cuando vibres todo entero/soy yo, lector, que en ti vibro”. Leonard Read solía decir que como la amistad verdadera y perdurable se basa en la comunión de ideales, uno no necesita haber conocido personalmente a alguien para sentirse su amigo, y Thomas Szasz, refiriéndose a Childs, escribió que “hay dos formas de conocer íntimamente a una persona. Una es convivir en el mismo espacio de vida durante un largo período, la otra es a través de un proverbial encuentro de mentes. Mi intimidad con Roy fue del segundo tipo”. Szasz lo conoció personalmente de modo fugaz a Childs, yo no tuve ese privilegio, sin embargo, siento que comparto la misma amistad a través de sus escritos. Somos nuestros pensamientos reza el dictum bíblico, de modo que nada mejor que conocer los pensamientos de alguien para conocer a la persona…y cuanto más se exprima sus pensamientos en todos los órdenes, más nítida resulta la radiografía.

Como todo buen escritor, Roy A. Childs, Jr sigue existiendo entre nosotros porque están bien presentes sus obras que es en realidad lo sustancial que deja de una persona en su paso por esta tierra. En este caso, envuelve a todos los que tienen acceso a sus trabajos y los que recuerdan a quien fue uno de los más destacados exponentes libertarios de los setenta y ochenta y el centro de atención de los jóvenes de esas generaciones, a pesar de su efímera vida entre los mortales puesto que murió a los 43 años de edad, en 1992.

Reconocer, recordar y resaltar los méritos y la fertilidad de quienes nos precedieron, no solo constituye un acto de justicia sino que forma parte del natural agradecimiento por los desvelos intelectuales de personas que han contribuido a convertir el mundo en algo mejor respecto a la situación que hubiera tenido lugar sin su presencia.

Como ha escrito Giovanni Papini en una ilustrativa metáfora, si a uno le abrieran el cerebro para espiar las influencias que ha recibido se encontrará con infinidad de cartelitos con los respectivos nombres. A Childs lo influyó especialmente Rose Walder Lane, Robert LeFebre, Ludwig von Mises, Tibor Machan, Floyd Harper, Murray Rothbard, Walter Block y Hans Sennholz. Enseñó en Rampart College y pronunció celebres conferencias en la Universidad de New York. Como relata Joan Kennedy Taylor en su jugoso escrito biográfico sobre este autor, era, además de su primordial interés filosófico, un apasionado de la música clásica (especialmente del compositor Sgambati y del pianista Bolet) y de la literatura de ficción y, en su métier, fue editor del Libertarian Review, colaboró en Cato Institute y en el Center for Libertarian Studies, fue comentarista principal de libros en Laissez-Faire Books, editó libros como National Economic Planning. What is Left? de Don Lavoie, mantuvo nutrida correspondencia con Milton Friedman y con su amigo Robert Nozick (quien, agregamos nosotros, hizo uso de la palabra en el funeral de Childs), pensador al que también criticó por un aspecto de su tesis en uno de sus afamados libros, y fue muy conocida y difundida su refutación a algunas de las reflexiones de Ayn Rand. En un artículo inconcluso, encontrado entre sus papeles cuando murió, parece retractarse de algunas de sus posturas, pero como dice la editora de esa publicación póstuma “nunca se sabrá” ya que no argumenta su cambio de posición.

En cualquier caso, es necesario reproducir algunas de las ideas que defendió en sus múltiples ensayos con maestría didáctica y convicción durante su corta y muy activa y prolífica vida. En esta nota periodística me circunscribo a dos de sus trabajos.

En primer lugar, escribe en su “Liberty against Power” que “no puede haber duda de que lado se ha ubicado el siglo veinte en el viejo conflicto entre la libertad individual y el estado respecto a los asuntos humanos. El siglo veinte es el siglo del poder, un siglo en el que la coerción estatal ha constituido un lugar común. Todas las formas concebibles de estatismo han sido aplicadas: fascismo, comunismo, social-democracia, estado corporativo y dictaduras militares. Los frutos de ese poder también se han puesto en evidencia. Hemos visto más miseria humana causada por el salvaje poder político, más crueldad y destrucción de vidas humanas que lo visto hasta el momento en nuestra historia.” Y luego de lo cual se refiere al desmoronamiento de la educación estatal, los elevados gastos públicos, deudas, déficit y aumentos siderales de impuestos junto con la quiebra de los sistemas estatales de seguridad social y el creciente desempleo, en cuyo contexto lo cita a Albert J. Nock quien consigna que “lamentablemente no se comprende bien que del mismo modo que el estado no tiene recursos propios, tampoco tiene poder propio. Todo el poder estatal es lo que la gente le otorga”.

En otro se sus ensayos Childs titualado “Big Buisness and the Rise of American Statism” afirma que la connivencia entre el poder gubernamental y las empresas prebenarias ha sido una catástrofe para la economía estadounidense y que las legislaciones de “antitrust” y “antimonopólicas” han constituido pantallas grotescas para proteger a empresarios ineficientes. Refiere como originalmente las empresas surgían de la eficiencia y la competencia hasta que irrumpió el aparato estatal, todo a contramano de lo que habitualmente se enseña en las historias oficiales y recomienda el gran libro de Gabriel Kolko que lleva por título The Triunph of Conservatism. A Reinterpretation of American History.

En ese mismo ensayo nuestro autor subraya un tema de gran trascendencia como el determinismo filosófico. En este sentido, explica que “el determinismo en sentido estricto es contradictorio. Si el proceso mental del hombre -específicamente su intención de razonar- no fuera libre, si estuviera determinado por su herencia y medio ambiente, entonces no hay manera de sostener que una teoría es verdadera y otra falsa ya que ningún hombre tendría manera de saber que su proceso mental no está condicionado a forzarlo a creer que una teoría es lógica cuando en realidad no lo es”.

He consultado de primera mano con personas que tuvieron la oportunidad de frecuentarlo a Childs y coinciden en su notable erudición, en su generosidad para compartir conocimientos, su espíritu siempre jovial y su muy atractivo y contagioso sentido del humor. Esta breve referencia periodística pretende rendir homenaje a este cultor de la libertad que tanto bien ha hecho por la condición humana. Si todos hicieran su parte en esta lucha por los valores y principios de la sociedad abierta, no estaríamos en los problemas en que estamos. No cabe endosar la responsabilidad a otros, cada uno es responsable por el establecimiento del necesario e imprescindible respeto recíproco.

En todo caso, conviene cincelarse en la memoria tres expresiones que remiten al mismo concepto y que recuerdan los enormes sacrificios para que tuviera vigencia, es decir, la libertad, cuyos usos originales fueron primero en Sumeria 2.500 años antes de Cristo: amagi, y luego eleutheria en la Grecia clásica y su contraparte libertas en el mundo latino, esfuerzos parturientos que representan bien la vida del contemporáneo Roy A. Childs, Jr.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.