RAZONES PARA VOTAR POR TRUMP

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 25/10/20 en: http://gzanotti.blogspot.com/2020/10/razones-para-votar-por-trump.html

Sí, lo lamento……. Lo lamento por los liberales que piensan lo contrario y no lo lamento por mi supuesto prestigio que puede ser tirado por la borda en este momento. Lo único que lamentaría alguna vez es no haber dicho lo que mi conciencia dictaba en circunstancias difíciles.

¿Tengo que aclarar de vuelta lo obvio? Parece que sí. Trump no es precisamente mi ideal. ¿Qué NO es liberal clásico? Claro que no lo es. Si la elección fuera entre Ron Paul y él, claro que la elección adecuada sería Ron Paul. Pero no vivimos en ese mundo. Estamos viviendo en una circunstancia histórica terrible cuya gravedad resulta difícil de entender para muchos liberales que leen estas líneas.

Hace ya muchos años que los EEUU han comenzado una terrible declinación de sus ideales fundacionales originarios. Y no, no me refiero a los eternos debates entre federalistas y anti-federalistas. Me refiero a que, con todas sus imperfecciones, como todo lo histórico, documentos tales como la Constitución de 1787, el Bill of Rights de 1789 y la Declaración de Independencia de 1776 eran liberales clásicos. Esos son los ideales fundacionales a los que me refiero.

Y bien, por supuesto que a medida que pasó el tiempo, los EEUU comenzaron a desviarse de esos ideales PERO se podría marcar un punto de inflexión, al menos en la dualidad entre demócratas y republicanos. Se podría decir que, desde los Kennedy hasta Al Gore, el debate era Rawls versus Nozick. O sea, políticas redistributivas más activas versus políticas de restricción de gasto. J. Rawls, a quienes muchos libertarios odian, consideraba a esos documentos fundacionales como los “constitutional essentials” que debían ser respetados por todos. Hoy en día yo lo votaría a J. Rawls versus Trump sin ningún problema.

Mucho tiempo antes de los Kennedy, dos ideas occidentales, dos patologías de Occidente (al decir del olvidado García Venturini) comenzaron a expandirse en todo Occidente y particularmente en los EEUU. Me refiero a esa combinación incoherente pero efectiva entre neo-marxismo y post-modernismo.

El neo-marxismo es una mutación del marxismo. Tuvo dos etapas. La primera, esencialmente económica, con la teoría de la Dependencia de la Cepal, aceptada lamentablemente por los católicos que siguieron a la Teología de la Liberación de G. Gutiérrez (1968). La segunda, más destructiva, es la que afirma que hay nuevos colectivos explotados, mientras que el nuevo explotador es todo el sistema hetero-patriarcal explotador. Los explotadores son los occidentales blancos y pro-mercado, mientras que los explotados son las mujeres, los afro-americans, los indígenas y los homo, lesbians y trans-sexuales.

Nunca será suficiente aclarar que este modo de pensar mina en su esencia al pacto político norteamericano originario. Ya no hay en ese caso un conjunto de personas (“all men…”) que son los sujetos de derechos frente al poder, sino colectivos explotados que coherentemente niegan al explotador su supuesta “Bill of Rights”. En ese caso ya no puede hablarse de una sociedad donde todos (homo o hetero, blancos o afro) los seres humanos tienen derechos, independientemente de su color y etc. (como concluyó perfectamente el liberal clásico Martin Luther King en su famoso discurso) sino de una sociedad en lucha de clases unos contra otros. Eso quiebra automáticamente la esencia misma de los EEUU.

A eso se une el post-modernismo según el cual nada hay bueno o verdadero en ninguna cultura. Por lo tanto ese Occidente en el cual emerge la idea de libertades individuales, nada tiene de moralmente superior. Por ende, combinada una cosa con la otra, el resultado es equivalente a una bomba atómica cultural para Occidente. Por un lado los ideales del liberalismo clásico son atacados por el neo-marxismo como un sistema heteropatriarcal explotador. Por el otro, cuando Occidente intenta defenderse, no puede porque no hay nada moralmente bueno, excepto, claro (he aquí la incoherencia efectiva) el marxismo.

Todo esto ha sido enseñado hasta el cansancio en los Colleges de EEUU desde tiempos anteriores a los 60 y no sólo ha sido transmitido a generaciones y generaciones de personas carentes de pensamiento crítico, sino que los que pensaban y piensan diferentes han sido perseguidos y atacados de infinitas y crueles maneras diferentes, como bien ha mostrado Axel Kaiser en su último libro[1], produciendo con ello una espiral del silencio en aquellos que secretamente saben que todo ello es peor que los tanques de Hitler. Porque al menos -aunque algún amigo me tuvo más de dos horas para que no lo diga- la única, la única ventaja que tenía Hitler es que parecía Hitler.

Los resultados de todo esto trascienden a las ya desastrosas políticas económicas propuestas por el ala izquierda del Partido Demócrata. Los norteamericanos han sido muy ingenuos al suponer que el Parido Comunista no crecía en los EEUU, de igual modo que los argentinos que creen que el comunismo no creció en Argentina “porque estaba el peronismo”. La pura verdad es que el ala izquierda del Partido Demócrata es hoy en los EEUU el Partido Comunista más eficiente en la Historia de la lucha por la libertad. Porque esos ideales marxistas y postmodernos, que no habían llegado a los Kennedy, ahora sí llegaron al Partido Demócrata, cada vez más, siendo Kamala Harris y Joe Biden sus representantes más paradigmáticos. Sobre todo Kamala Harris, la nueva presidente de los EEUU en caso de que el títere Biden gane las elecciones (argentinos, ¿les recuerda a alguien?).

El “programa de gobierno” de este singular Partido Comunista camuflado no podría ser más coherente con los ideales destruccionistas[2] más preciados del comunismo revolucionario.

1.       Destrucción de lo que queda de la libertad religiosa, de enseñanza y de expresión, con leyes federales que incrementen más los supuestos delitos de odio y discriminación de todo aquel que se atreva a actuar y pensar diferente de los que quiera el lobby LGBT y Z.

2.       Destrucción de lo que queda de libertad religiosa y etc.  por la imposición forzada a todos de políticas de salud reproductiva, aborto y educación sexual integral por parte del gobierno federal sin ninguna posibilidad de apelar a la libertad de conciencia.

3.       Destrucción de la economía por el financiamiento de políticas ambientalistas anti-mercado que pueden incluir las locuras propuestas por AOC a nivel federal. Los que no lo sepan, lean.

4.       Aliento, por parte del gobierno federal, a todos los ataques a la vida y a la propiedad (saqueos, etc.) por parte de grupos como Antifa y “only” Black Life Matter, presentados como angelitos “peaceful protesters”. Persecución judicial a los que ejerzan su legítima defensa.

5.       Eliminación de la Second Amendment. Porque los malos serían los ciudadanos que portan armas, y no los delincuentes y los gobiernos que portan armas.

6.       Destrucción de las restantes libertades individuales por la imposición a nivel federal de todos los confinamientos obligatorios dictatoriales, ejecutados con frialdad y crueldad por gobiernadores y alcades demócratas.

7.       Eliminación de toda libertad de expresión de los que piensan diferente, a partir de los fack-checkers, la acusación de fake news y el delito de “negacionista”. Utilización totalitaria del Covid-19. Monopolio de la comunicación social entre el Deep State en contubernio con Facebook y Google.

8.       Persecución judicial y asesinato a todo aquel que se atreva a denunciar los delitos del Deep State.

9.       Ampliación de la Suprema Corte y consiguiente destrucción del Poder Judicial Independiente por medio de la conversión del Poder Judicial en una extensión más del Partido Demócrata.

10.   Aumento, aún más, de la deuda externa, el deficit fiscal, la presión impositiva y la inflación, como modo de financiamiento de todas las políticas del gobierno federal. Mayor devaluación del dolar.

Les cuento que me he quedado corto. Muy corto.

Y otra buena noticia: en el mejor de los escenarios posibles, esto es, en caso de que gane Trump, la situación es que en ese caso el partido Republicano no será un partido más, sino una “resistencia” contra la toma del poder del Nuevo Partido Comunista y la destrucción total de los EEUU. La pregunta es: ¿por cuánto tiempo más?

¿Por cuánto tiempo más podrán seguir algunos resistiendo?

¿Cómo se podrá frenar el tsunami cultural que ha dado origen a todo esto y que va a seguir?

¿A dónde huir en caso de que suceda lo peor?

A ningún lugar.

La WWII fue espantosa, pero al menos el enemigo estaba claro y eran claras las esperanzas en caso de ser derrotado. Sin embargo, no se lo derrotó: impedir a Patton llegar hasta Moscú fue el peor error, el más trágico error del gobierno de los EEUU de entonces.

Pero lo que queríamos decir es que al menos Hitler parecía Hitler y su derrota fue una esperanza.

Ahora el enemigo está camuflado, las personas no lo ven y lo votan.

Que gane Trump, gente, es apenas ganar algo de tiempo.

Todo esto para que tengan conciencia de lo que se juega en esta nunca mejor dicha “elección”.


[1] Axel Kaiser, La neo-inquisición: persecución, censura y decadencia cultural en el s. XXI, Ediciones Mercurio, 2020.

[2] Sobre el destruccionismo, ver Mises, Socialismo, 1922. 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Publica como @gabrielmises

Agresividad social, colectivismo y politización

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2018/12/agresividad-social-colectivismo-y.html

 

 

 

Parece asistirse a un incremento de la agresividad social, por un lado, y de irresponsabilidad por el otro. Presenciamos una verdadera crisis de racionalidad.

¿Debemos acostumbrarnos a la irracionalidad humana, la que impresiona ser la «moneda corriente» de nuestros días? Los comportamientos más inverosímiles e inesperados aparentan estar a la orden del día. Conductas incomprensibles de los demás deberían dejar de sorprendernos, ya que da la sensación que se extienden. No solo ocurren en nuestro entorno más inmediato, sino que las noticias nos dan cuenta de ellas casi asiduamente.

En el campo laboral la falta de profesionalismo, de respeto, la improvisación constante, la ausencia de esfuerzo, de compromiso, noto como las más importantes y acusadas falencias de nuestra sociedad. Pero esto no es más que una extensión de lo que ocurre en planos más cotidianos de la vida social. Se traslada a lo laboral porque se expande una forma de conducta, una manera de ser, de un ámbito hacia otro.

Esto nos obliga a redoblar la búsqueda con la esperanza de encontrar ese «cisne negro» que marque la diferencia en medio de la mediocridad reinante que nos rodea. La que es producto de un proceso de masificación que se intensifica y se acrecienta, propagándose a través de los medios masivos de comunicación, hogares y centros educativos.

Este declive cultural y social lo atribuimos a la filosofía estatista reinante que domina las mentes y las costumbres humanas, y que lejos de amortiguarse como aseguran algunos, mantiene -a nuestro juicio- su ritmo ascendente. Es fruto de un proceso largo, lento y continuo que hemos denominado de politización.

Es evidente que este relajamiento cultural y educativo tiene raíces muy profundas. Las tradiciones no cambian por arte de magia, ni por generación espontánea. Existe una relación de causalidad para todo, como la hay también para esta notable decadencia social. Vivimos en medio de una sociedad colectivista, cuya «filosofía» enseña que la responsabilidad individual es un mito que ningún beneficio reporta, porque es «el colectivo» el que debe proveer para nuestras necesidades. Pero ¿Quién o qué es «el colectivo»? El colectivo como tal no existe, es una entelequia, una construcción mental. Algunas veces es el «estado», otras «la sociedad» u otras etiquetas, según convenga a quien eche mano al término.

Pero, desafortunadamente para esos fabuladores, las acciones y omisiones no recaen en entes imaginarios, sino en personas concretas. Por lo que -en definitiva- «el colectivo» se reduce simplemente «al otro». Y si «el otro» es responsable, nosotros dejamos automáticamente de serlo. Esto es un mito, pero es el mito dominante, y es grave, porque estamos adiestrados desde pequeños para acomodarnos a uno o más de los mitos corrientes popularmente aceptados.

Los mitos socialmente admitidos no son fáciles de destruir, por nuestra natural resistencia al cambio cifrada en el temor al rechazo y lo desconocido.

El colectivismo es esencialmente primitivo. Es un claro signo de retraso social cuando se manifiesta en tiempos actuales. El colectivo remonta sus orígenes a la tribu prehistórica, y encuentra sus antecedentes más remotos en la manada animal. Es, en consecuencia, un signo y símbolo de bestialidad. Siempre ha estado presente en el transcurso de las eras y la evolución se traduce como la salida de la sociedad tribal hacia la sociedad liberal a lo largo de los siglos. Pareció que el punto culminante de este largo proceso evolutivo había llegado entre los siglos XVIII y XIX. Pero el surgimiento del marxismo y sus derivados (el comunismo, el fascismo y el nazismo) durante el siglo XX mostraron que ello no fue así.

¿Cómo pudo suceder este retroceso? En parte, por lo que se dio en llamar el marxismo cultural que logró imponer cierta tergiversación del lenguaje, y que encontró favorable acogida por muchos de sus «intelectuales» que se dedicaron entusiastamente a propagarla. Así, por ejemplo, la palabra colectivismo fue reemplazada por la de «progresismo», lo que le daba cierto tinte más pasable y hasta respetable. «Progresista» sonaba menos primitivo que «colectivista», e incluso, parecía ser su antónimo (que no lo era). Cualquier idea aberrante e irracional basta que se la tilde de «progresista» para que automáticamente adquiera cierto realce y merezca consideración.

«El colectivo» equivale a lo que en el marxismo es la «clase social», y donde en el marxismo se plantea una supuesta «lucha de clases» en el colectivismo la misma «lucha» se reproduce, pero entre «colectivos», en el cual «la clase» y «el colectivo» son sinónimos. Conforme la dialéctica marxista, la sociedad (dividida en «clases» o «colectivos») es el escenario en el que estas «clases» luchan entre sí en una contienda en la que una explota a la otra y esta última sólo logra su liberación venciendo y explotando a la primera.

El colectivismo representa esta lucha de colectivos, en la cual todos tratan de explotarse mutuamente y salir triunfadores de la contienda. La humanidad entera (en esta visión) es un brutal campo de batalla donde la misión y el destino de unos colectivos es el de aniquilar a los restantes.

El enfoque liberal es -contrariamente- el de una atmósfera de cooperación social, único sistema idóneo para limar las diferencias entre individuos (no «colectivos»). Pero esta orientación no es la generalmente admitida.

Las consecuencias prácticas de la «filosofía» colectivista consisten en que cada individuo es enemigo potencial o real del siguiente, dependiendo del colectivo al que pertenezca. No interesan las características personales, sino cual es la adscripción del individuo a tal o cual colectivo.

Según las modas políticas, las etiquetas de estos colectivos van cambiando de tanto en tanto. Otrora estaba en boga el colectivo judío y el ario (según los nazis) el obrero y el burgués (según los socialistas) el estatista y el anti estatista (según los fascistas). En tanto, en la actualidad, los colectivos son otros: el feminista, el homosexual, el abortista, etc. y sus aparentes «opuestos”: el machista, heterosexual, antiabortista y varios otros. Es decir, se repite la dialéctica de la «lucha de clases» sin importar demasiado cual sea la etiqueta que se le adjudique a esa «clase», que puede ser cualquiera de las mencionadas.

Esta es una clara regresión a la época en que las diferentes tribus luchaban entre si a mazazo limpio en la prehistoria, y con lanzas, arcos y fechas un poco más adelante.

 

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El proyecto de poder del autodenominado “garantismo”.

Por José Benegas. Pubicado el 3 de marzo de 2014 en http://josebenegas.com/2014/04/07/el-proyecto-de-poder-del-autodenominado-garantismo/

Según la doctrina autodenominada “garantista” cuyo representante visible es el señor Zaffaroni pero que es asumida como propia por el gobierno, la inseguridad callejera es una forma de expresión de la lucha de clases y quienes se quejan por ella son unos fanáticos, reaccionarios que odian a los jóvenes pobres. La causa de la preocupación por la seguridad está dada por la agitación que realizan los medios.
La solución podría ser entonces derogar las leyes penales y cerrar los medios, pero no la proponen. Necesitan el conflicto y que no haya ninguna solución, que la población no tenga nunca frente al poder y al uso de la fuerza posición legítima posible.
Algunos momentos de discusiones televisivas como las de un señor Gutierrez y Carlos Maslatón, dejaron al descubierto hasta qué punto la posición es dogmática en el sentido de que quejarse del delito es odiar a los jóvenes pobres.
Quiero aclarar que el abolicionismo sería infinitamente mejor que esto, que yo calificaría de punitivismo al revés. O punitivismo punitivinizado, algo bastante raro. Si la población supiera que no hay castigo al delito, no solo de hecho sino formalmente reconocido, en vez de linchamientos impulsivos y salvajes, se impondría a la larga la organización y la prevención. La gente se armaría, se entrenaría, tal vez tendría una policía voluntaria del mismo modo en que existen los bomberos. Seguro que la inseguridad sería menor. Pero entonces tendrían que devolvernos una cantidad de impuestos importante. No es la idea.
Cualquiera puede pensar que ese experimento sería muy arriesgado, pero convengamos en que estamos muy lejos de eso. No solo hay policías, tribunales penales, cárceles, sino que el jefe del “garantismo” está en cabeza de el poder punitivista formal. Zaffaroni es miembro de la Corte Suprema de Justicia, no de la Comisión Nacional de Sacapresos.
¿Qué es esto? Pura perversión. El verdadero punitivismo pone a la población a pedir punitivismo y la castiga, persigue, estigmatiza por hacerlo.
El punitivismo adopta la ideología abolicionista pero no para llevarla a cabo, sino para ejercer el poder sobre la gente asustada y culpabilizada. En el medio de semejante presión, las reacciones emocionales son tomadas como locura y las acciones que obviamente seguirán al proceso de deslegitimación del derecho de defensa, esto es lo que se han llamado linchamientos, son abordadas con el tipo de punitivismo que la misma gente está reclamando que se use con los delincuentes. A estos últimos se los trata con comprensión, por parte de los mismos que los meten presos mientras dicen que no deberían estar presos.
El último punto de la perversión está dado por el tratamiento al “pobre”. Pobre es una categoría de gente que justifica que unos ricos privilegiados tiranicen a la gente en general. Pobre es el insumo principal del despotismo y a su vez su costo más evidente. Alto gasto público implica que para subsistir hay que tener una gran rentabilidad que permita estar en el circuito formal, el resto será ese insumo moral y político llamado “el pobre”.
Los autodenominados garantistas esgrimen estadísticas como esta: el 57% de los presos son menores de 35 años y pobres (en el país que lleva una década de irracionalidad K). Y repiten algunos mantras como “la cárcel no sirve”.
¿Qué hace un señor como Zaffaroni a la cabeza del sistema que manda a la gente a la cárcel a pesar de eso? Que lo explique él.
Las conclusiones que podrían sacarse de la estadística mencionada son muchas, incluso opuestas a las que quieren sacar los autodenominados garantistas. La más razonable será que con menos de 35 años se tienen más aptitudes físicas para delinquir en la calle y salir ileso. No nos cuenta nada acerca de cuál es la edad promedio del delincuente callejero, tal vez sea coincidente y por lo tanto no puedan fundar ninguna supuesta predilección del sistema penal por castigar a jóvenes. Lo que es seguro es que el robo en la calle es más probable que lo realicen los más pobres, los otros tienen ministerios a su disposición. Esto no tienen nada que ver con que sea una preferencia del sistema penal obtener este resultado.
Lo que no entienden, o no quieren entender porque en mi opinión esto no es más que un sistema de poder, es que la pobreza es la motivación para el trabajo mucho más que para el delito. Que la pobreza no es causada por falta de socialismo sino por sobra de socialismo. Pero esto tampoco lo discuten, el centro dogmático del zaffaronismo es bien reducido como para que lo pueda repetir un panelista de un programa de chimentos.
En cualquier caso no tienen ninguna evidencia más allá de su prejuicio de que la gente no quiera que la maten para robarle el reloj, o que la amenacen, o que simplemente la sometan al abuso personal y traumático de sacarle el reloj, sólo si el autor del acto es pobre y joven. Salvo gente muy anormal de la que se rodearán los autodenominados garantistas, asumo que a los demás nos daría lo mismo si fueran ricos y viejos.
La afirmación “la cárcel no sirve” también puede conducir a justificar los linchamientos. La cárcel es lo que el sistema civilizado ha encontrado hasta ahora para lidiar con determinado tipo de injusticias extremas y evita la venganza privada. Si no sirve habrá que tener una alternativa o resignarse a los linchamientos. Porque me parece que les va a costar convencer a las personas de que si “sirve” dejarse matar o robar, sentir la sensación de los hijos o cónyuges amenazados por un arma que les apunta. Todo eso que está fuera de la “sensibilidad” de los autodenominados garantistas.
El aspecto más punitivista de los autodenominados garantistas está puesto en la gente pacífica que es víctima del delito y que en su impotencia (dado que no sabe defenderse y les han dicho que está mal que lo hagan) sobre-reacciona. También en los militares que son la base de su mito fundante. Nunca se les ha oído decir en ese caso que la cárcel no funcione, de hecho el mismo grupo ideológico que promueve la parálisis represiva del delito y maneja el aparato represivo estatal, desconce todo tipo de garantías o reglas del debido proceso cuando se trata de militares o de otros enemigos políticos del sistema a los que llaman “de derecha”. Apoyan la violenta represión de la dictadura venezolana contra protestas pacíficas y son capaces de firmar solicitadas en apoyo de regímenes totalitarios como hizo Zaffaroni con la Alemania Oriental poco tiempo antes de la caída del Muro de Berlín, por considerarla “acosada”.
No hay que interpretar estas cosas como contradicciones. Son métodos de dominación y parálisis. En muchos casos ni siquiera conscientes pero el ver cómo ninguna idea se lleva hasta las últimas consecuencias sino que se usan solo mientras le sirvan al emisor y no le sirvan al que reciba el mensaje, es la prueba palpable de la manipulación.
La estigmatización de los pobres jóvenes la realizan los autodenominados garantistas. Forman parte de la corriente de creación especulativa de pobrecitos que les permita ponerse en el lugar de protectores, por lo tanto dominantes de la situación. Es el clasismo como método de sojuzgamiento. El pobre es sometido al protector. Se lo trata como cosa sin voluntad, sin discernimiento y que actúa como una hoja movida por el viento de otros poderosos, cuyo único recurso es ser soplados por los protectores. El pobre violento ejerce una violencia que el protector aprueba, pero el cuerpo lo pone el primero.
Los autodenominados garantistas y el kirchnerismo utilizan la misma metodología, por eso se fusionan. Las alternativas que las personas comunes tienen frente a ellos son : El padecimiento silencioso frente a las condiciones que ellos crean, la incorporación a la banda o la estigmatización y el repudio. El denominado “pobre” está para comportarse como una víctima que depende de ellos, un súbdito dócil de su buenismo. El disidente, el disconforme, son enemigos y malos como de cuentos para niños.
El análisis meramente racional de sus expresiones sólo muestra contradicciones y disparates. El juego político sin embargo es perversamente coherente. Si fuera por los argumentos el estudio que encargó Perfil que muestra que el 63% de los que aprueban los linchamientos son jóvenes de ingresos bajos haría caer todo el edificio pseudo moral del autodenominado garantismo. Pero ningún relato manipulador está interesado en la realidad.

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

SOBRE LOS POBRES, EXPLOTADOS Y EXCLUIDOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 1/1/14 en: http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/2014/01/sobre-los-pobres-explotados-y-excluidos.html

(Había escrito esto en el 2007, poco antes que se emitiera el documento de Aparecida. Creo que publicarlo ahora (1 de Enero de 2014) es de estricta actualidad y una buena manera de comenzar el año).
Se acerca una nueva Conferencia Episcopal Latinoamericana, y no será de extrañar que los Obispos pongan su voz de alerta sobre las condiciones materiales de vida, muchas veces infrahumanas, de gran parte de la población de sus castigados países. No vamos a referirnos ahora en detalle al tema del diagnóstico de tan delicada situación (aunque ello sea muy importante) sino que vamos a poner el acento en una cuestión que tal vez facilite el entendimiento en quienes “diagnosticamos diferente” en estos temas.
En los objetivos del Instituto Acton está el diálogo entre los fundamentos de una “economía libre”, “economía de mercado” (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus) y la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Por ello, no podemos dejar de registrar que quienes son partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados. Esos términos han sido interpretados, la mayor parte de las veces, bajo el paradigma de la lucha de clases. Ese es el motivo, creemos, de que los partidarios del mercado no usen esa terminología, aunque ello puede ocasionar una posible confusión: a) que los partidarios del mercado nieguen que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos; b) que nos les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos.
Pero no es así. Claro que hay injusticias. Y esas injusticias se traducen en miseria, desocupación, desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad, y, sobre todo, de cualquier cristiano para quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.
Y en ese sentido también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino cambiando el enfoque: hay en efecto un sistema socioeconómico, imperante en América Latina desde hace siglos[1], basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas para lo que quede del sector llamado “privado”. Ese sistema (que muchos, con buena voluntad, llaman “capitalismo” o “neoliberalismo”) ha impedido secularmente la acumulación de capital y, consiguientemente, ha producido una masa cuasi-infinita de mano de obra barata y-o desempleada cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los “excluidos” de los beneficios del desarrollo y de la suba progresiva del ahorro y del salario real que se produce y se ha producido en aquellas naciones que han aplicado economías de mercado, lo cual incluye las bases institucionales para su desarrollo, anuladas también en América Latina por todo tipo de autoritarismos, ya de izquierda, ya de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente.
Ellos son también los “oprimidos”: por un sistema que los condena a la miseria, y “explotados” también, no en un sentido marxista del término, pero sí en otro sentido: los privilegios, prebendas y subsidios del sistema intervencionista producen una casta de dirigentes sindicales, empresarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto del Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa, y para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.
Estas estructuras, llamadas para colmo “mercado” son verdaderamente un pecado social, un mal moral, además de un error técnico, porque implican la riqueza de unos a expensas de la pobreza de otros, como una torta fija que no crece sino que aumenta las desigualdades y privilegios indebidos.
Por lo tanto, no está nada mal, al contrario, que los cristianos se preocupen por los oprimidos. Ello no sólo no es incompatible, sino exigido por la conciencia cristiana. La cuestión es: ¿cuál es el sistema que oprime?
No está mal, al contrario, que esto implique una opción preferencial por el pobre, que obviamente, como ha explicado el Magisterio pontificio, no debe ser excluyente ni mirada desde la lucha de clases, ni tampoco debe excluir otras formas de pobreza no materiales (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia). Pero el pobre, el pobre material, aunque muy difícil de definir, como el tiempo, sin embargo sabemos lo que es, y nos duele y llama a nuestra conciencia. Esto responde al segundo malentendido. Los que defienden a la economía de mercado, ¿acaso están preocupados por aumentar la fortuna de Bill Gates? No dudo que haya gente que verdaderamente lo piense, pero obviamente no es así, y menos aún los cristianos que, de modo opinable, optamos por defender ese sistema. Son los males de la desocupación, la desnutrición y la miseria lo que nos preocupa, igual que a otros cristianos que piensen diferente e igual que a los Obispos y teólogos latinoamericanos. Sólo les proponemos, de modo dialogante y amistoso, un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que verdaderamente es un mal espantoso.
Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, otro cambio importante de enfoque se produce: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores, pueden ser “buenos” pero son, por un lado, siempre perfectibles, y, por el otro, nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo Sobrenatural, de la redención que viene sólo de Cristo.
Aclaradas estas cuestiones, los partidarios de la economía de mercado esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión. Esperemos sea visto nuestro aporte como motivado por la misma conciencia cristiana que seguramente guiará la pluma de nuestro pastores.

 


[1] Ver al respecto Vargas Losa, A.: Liberty for Latin America, Independent Institute, 2005; le hemos hecho una crítica en Markets & Morality, ver http://www.acton.org/publicat/m_and_m/new/review.php?article=96
Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

SOBRE LOS POBRES, EXPLOTADOS Y EXCLUIDOS: VALE LA PENA DECIRLO DE VUELTA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 12/8/12 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/2012/08/sobre-los-pobres-explotados-y-excluidos.html

 Publiqué este artículo en http://www.institutoacton.com.ar en Abril de 2007. Creo que vale la pena decirlo de vuelta, sobre todo por las acusaciones morales que permanentemente recibimos quienes defiendemos la economía de mercado. Y no me refiero precisamente a los kirchneristas.

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Se acerca una nueva Conferencia Episcopal Latinoamericana, y no será de extrañar que los Obispos pongan su voz de alerta sobre las condiciones materiales de vida, muchas veces infrahumanas, de gran parte de la población de sus castigados países. No vamos a referirnos ahora en detalle al tema del diagnóstico de tan delicada situación (aunque ello sea muy importante) sino que vamos a poner el acento en una cuestión que tal vez facilite el entendimiento en quienes “diagnosticamos diferente” en estos temas.
 
En los objetivos del Instituto Acton está el diálogo entre los fundamentos de una “economía libre”, “economía de mercado” (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus) y la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Por ello, no podemos dejar de registrar que quienes son partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados. Esos términos han sido interpretados, la mayor parte de las veces, bajo el paradigma de la lucha de clases. Ese es el motivo, creemos, de que los partidarios del mercado no usen esa terminología, aunque ello puede ocasionar una posible confusión: a) que los partidarios del mercado nieguen que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos; b) que nos les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos.
 
Pero no es así. Claro que hay injusticias. Y esas injusticias se traducen en miseria, desocupación, desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad, y, sobre todo, de cualquier cristiano para quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.
 
Y en ese sentido también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino cambiando el enfoque: hay en efecto un sistema socioeconómico, imperante en América Latina desde hace siglos[1], basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas para lo que quede del sector llamado “privado”. Ese sistema (que muchos, con buena voluntad, llaman “capitalismo” o “neoliberalismo”) ha impedido secularmente la acumulación de capital y, consiguientemente, ha producido una masa cuasi-infinita de mano de obra barata y-o desempleada cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los “excluidos” de los beneficios del desarrollo y de la suba progresiva del ahorro y del salario real que se produce y se ha producido en aquellas naciones que han aplicado economías de mercado, lo cual incluye las bases institucionales para su desarrollo, anuladas también en América Latina por todo tipo de autoritarismos, ya de izquierda, ya de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente.
 
Ellos son también los “oprimidos”: por un sistema que los condena a la miseria, y “explotados” también, no en un sentido marxista del término, pero sí en otro sentido: los privilegios, prebendas y subsidios del sistema intervencionista producen una casta de dirigentes sindicales, empresarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto del Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa, y para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.
 
Estas estructuras, llamadas para colmo “mercado” son verdaderamente un pecado social, un mal moral, además de un error técnico, porque implican la riqueza de unos a expensas de la pobreza de otros, como una torta fija que no crece sino que aumenta las desigualdades y privilegios indebidos.
 
Por lo tanto, no está nada mal, al contrario, que los cristianos se preocupen por los oprimidos. Ello no sólo no es incompatible, sino exigido por la conciencia cristiana. La cuestión es: ¿cuál es el sistema que oprime?
No está mal, al contrario, que esto implique una opción preferencial por el pobre, que obviamente, como ha explicado el Magisterio pontificio, no debe ser excluyente ni mirada desde la lucha de clases, ni tampoco debe excluir otras formas de pobreza no materiales (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia). Pero el pobre, el pobre material, aunque muy difícil de definir, como el tiempo, sin embargo sabemos lo que es, y nos duele y llama a nuestra conciencia. Esto responde al segundo malentendido. Los que defienden a la economía de mercado, ¿acaso están preocupados por aumentar la fortuna de Bill Gates? No dudo que haya gente que verdaderamente lo piense, pero obviamente no es así, y menos aún los cristianos que, de modo opinable, optamos por defender ese sistema. Son los males de la desocupación, la desnutrición y la miseria lo que nos preocupa, igual que a otros cristianos que piensen diferente e igual que a los Obispos y teólogos latinoamericanos. Sólo les proponemos, de modo dialogante y amistoso, un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que verdaderamente es un mal espantoso.
 
Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, otro cambio importante de enfoque se produce: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores, pueden ser “buenos” pero son, por un lado, siempre perfectibles, y, por el otro, nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo Sobrenatural, de la redención que viene sólo de Cristo.
 
Aclaradas estas cuestiones, los partidarios de la economía de mercado esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión. Esperemos sea visto nuestro aporte como motivado por la misma conciencia cristiana que seguramente guiará la pluma de nuestro pastores.


[1] Ver al respecto Vargas Losa, A.: Liberty for Latin America, Independent Institute, 2005; le hemos hecho una crítica en Markets & Morality, ver http://www.acton.org/publicat/m_and_m/new/review.php?article=96 
 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.