PARADOJAS DEL EMPRESARIADO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

Al ingenio del  empresario le debemos los alimentos, los medicamentos, los transportes aéreos, marítimos y terrestres, las computadores, los progresos en la cibernética, las comunicaciones, los libros, el teatro, los diques y represas, las tiendas, los comercios, la vestimenta, la refrigeración, los muebles, la edificación y prácticamente todo los que nos rodea.

 

El empresariado que tiene éxito es en los hechos un benefactor de la humanidad aunque sus operaciones no tienen el móvil de la beneficencia sino de incrementar su patrimonio, pero para lo cual, en un mercado libre, está obligado a servir a sus semejantes. Se destaca por tener un olfato y el sentido de la oportunidad al efecto de sacar partida del arbitraje, es decir, para detectar cuando los costos están subvaluados en términos de los precios finales.

 

Sin embargo ese mismo personaje cuando se alía con el  poder produce desastres monumentales. Al recibir privilegios a través de mercados cautivos no solo explota miserablemente a su prójimo sino que termina entregando su empresa a las fauces del Leviatán.

 

Veamos lo que, por ejemplo, piensa uno de los industriales de mayor facturación en Estados Unidos y lo que estima un intelectual de renombre. En el primer caso se trata de Charles Koch que comanda Koch Industries quien se pregunta “¿Qué está pasando aquí? ¿Los dirigentes empresarios de Estados Unidos se han vuelto locos? ¿Por qué están autoaniquilándose debido a la voluntaria y sistemática entrega de ellos mismos y sus empresas a manos de reglamentaciones gubernamentales? […] la contestación, desde luego, es simple. No, los empresarios ejecutivos no comparten el deseo de suicidio colectivo. Ellos piensan que obtienen ventajas especiales para sus empresas al aprobar y estimular la intervención gubernamental en la economía. Pero se están engañando. En realidad están vendiendo su futuro a cambio de supuestos beneficios a corto plazo. En el largo plazo, como consecuencia de haber hecho que el gobierno sea tan poderoso como para destruirlos, sufrirán las consecuencias de su ceguera. Y ciertamente se merecen lo que reciban. Afortunadamente no todos los empresarios son tan miopes”.

 

Y en el segundo caso, el premio Nobel en economía George Stigler se refiere a la responsabilidad empresarial en el intervensionismo estatal al enfatizar que “Han sido ellos [los empresarios] quienes han convencido a la administración federal y la administración de los estados [en Norteamérica] que se inicien los controles sobre las instituciones financieras, los sistemas de transporte y las comunicaciones y las industrias extractivas, etc.”

 

Es que desde Adam Smith los liberales han destacado los peligros de que el empresario se vincule con el gobierno. El célebre escocés del siglo xviii hasta ha escrito que no deberían existir las cámaras empresariales “puesto que se reúnen a conspirar contra el público”. En otros términos, todo bien mientras que el empresario no se acerque a la casa de gobierno puesto que allí comienza el derrumbe y el apartamiento de la función propia del empresariado para, en vez, lucrar con la desgracia ajena al convertirse ellos en ladrones de guante blanco en lugar de competir en el mercado abierto.

 

Es entonces muy paradójico el accionar del empresario. Por un lado hace mucho bien y, por otro, es temible cuando se sale de su misión específica. Esto último solo se remedia con estrictos límites institucionales al efecto de evitar la cúpula hedionda entre el poder político y los que la juegan de empresarios.

 

Uno de los problemas de los aplaudidores al poder es el de los jóvenes entusiastas del liberalismo que trabajan en instituciones y fundaciones que producen trabajos sumamente fértiles pero si cuentan con pocos recursos finalmente están obligados a retirarse y buscar trabajo en actividades industriales o comerciales. Da pena por el enorme potencial de estas personas pero este resultado se debe a quienes en la comunidad empresarial se niegan a financiar actividades tendientes a proteger la sociedad libre. Es como, decía Koch, un suicidio ya que, por definición, en el Gulag no existe tal cosa como el empresario.

 

Personalmente, antes de dedicarme a la educación trabajé quince años en una empresa, fui asesor económico de las cuatro cámaras empresarias argentinas de mayor peso y siendo Rector de una institución de posgrado debía mantener estrecho contacto con el mundo empresarial, entre otras cosas, para la financiación de becas, de modo que conozco el paño y comprendo las preocupaciones  por actitudes negativas y también el espíritu generoso de ese mundo.

 

En este contexto estimo que es del todo pertinente abordar un tema de gran relevancia y es acerca de dos aspectos vinculados a la necesaria racionalización administrativa en la burocracia gubernamental y, finalmente, el complejo de culpa de algunos empresarios que hacen que se conduzcan de modo contraproducente. Todo esto viene al caso debido a las opiniones trasnochadas que en esta materia revelan las opiniones de no pocos empresarios.

 

En lo que se refiere al primer plano, como queda dicho, hay dos andariveles a contemplar. En primer lugar, y sobre todo, debe repasarse el mensaje no siempre claro desde el costado liberal lo cual explica una parte importante del malentendido. Se trata de trasmitir que cuando se destacan los perjuicios de transferir compulsivamente recursos a través de los mal llamados “planes sociales” son los más pobres los que los transfieren del fruto de su trabajo. Si repercuten directamente sobre sus bolsillos queda claro el impacto, pero si recaen sobre los mayores contribuyentes de jure éstos contraen la inversión, situación que implica la reducción de salarios e ingresos en términos reales lo cual hace que indirectamente los más necesitados se hagan cargo del pago. Entonces ¿cuál es la justicia de esta transferencia entre pobres? y téngase en cuenta que no se trata de un proceso de suma cero o proceso neutro (lo que no tiene fulano lo tiene mengano), se trata de un severo proceso de suma negativa ya que no es indiferente al mercado que tenga los recursos uno u otro puesto que necesariamente se traduce en desperdicio de capital lo que reduce el nivel de vida de todos pero especialmente de los pobres que deben sufragar el dislate.

 

En este mismo  plano se suele decir que no pueden llevarse a cabo políticas de saneamiento porque, por ejemplo, los que están bajo la línea de la pobreza ya están en el treinta por ciento. Pero pensemos que como todos provenimos de las cuevas y el garrote, el cien por cien de nuestros ancestros estaban bajo la línea de la miseria más espantosa y las comunidades que permitían o estimulaban la violencia en cuanto a saquear las chozas del vecino se hundían en la desesperanza, mientras que las sociedades que respetaban el fruto del trabajo ajeno  prosperaban. Esa es la historia de la humanidad.

 

Todo en la vida tiene un costo. Cuando comemos dejamos de lado el valor que sigue en nuestras prioridades ya que todo no  puede hacerse al mismo tiempo y eso en economía se denomina “costo de oportunidad”. Absolutamente nada puede hacerse sin costo, el asunto es percatarse cual es el beneficio neto y la sociedad libre -cuyo eje central es el respeto recíproco- provee el mayor bienestar para las partes, especialmente para los más débiles económicamente puesto que sacan la mayor partida al incentivar la tasa mayor de capitalización. Este menaje vital no es siempre bien  explicado por liberales, de ahí, en parte sustancial, el mal entendido.

 

El segundo plano consiste en el uso equívoco de los términos “ajuste”, “shock” y “gradualismo”. El orden en las finanzas públicas es para evitar el ajuste diario en los bolsillos de la gente y para evitar el constante shock diario que deben soportar, en el mejor de los casos debido a gradualismos que desgastan y no corrigen los males en las causas por el desgano y la lentitud que compromete los resultados finales que se dice se quieren logran cuando, en verdad, preparan el terreno para que se reviertan las metas y los objetivos si es que estos se anunciaron con claridad y con propósitos de saneamiento y no como un malabar transitorio.

 

Por último, lo que ha apuntado sobre la denominada “responsabilidad social de la empresa” de forma contundente y adecuada fundamentación el premio Nobel en economía Milton Friedman en su ensayo “The Social Responsability of Business is to Increase Profits” (The New York Times Magazine, septiembre 13 de 1970) puesto que es la manera de atender las necesidades de los demás y, por ende, colocar los siempre escasos recursos en las mejores manos y dejar que los que no las satisfacen incurran en quebrantos, en lugar de proceder como si el empresario eficiente estuviera robando a la comunidad y debe devolver parte del botín para compensar el supuesto atraco. Este complejo de culpa es frecuentemente justificado debido a que desafortunadamente está generalizado el hecho de que los pseudoempesarios pululan por todas partes quienes son verdaderos estafadores que se ocultan tras la gruesas falacias que hemos analizado en otras oprtunidades de “la industria incipiente”  y el “dumping” y otras sandeces con el apoyo de la ley, por lo que actúan a cara descubierta situación que los exime del escrúpulo de usar antifaz.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Reflexiones colectivistas

Por Gabriel Boragina. Publicado el 30/12/13 en: http://www.accionhumana.com/

 Conforme a su ya consagrado Diccionario de economía, el Dr. C. Sabino define:

“colectivismo. Término genérico que se utiliza para designar las ideologías y las propuestas políticas favorables a la supresión de la propiedad privada. Dentro de las corrientes colectivistas pueden mencionarse el socialismo, el fascismo y algunas variantes del anarquismo. Desde el punto de vista económico las posiciones colectivistas proponen la estatización o la conformación de cooperativas organizadas y controladas por el Estado como forma básica de propiedad. También, y como consecuencia de ello, abogan por la planificación central y recusan al mercado como forma de asignación de recursos.”[1]
Si analizamos en detalle esta definición, y la comparamos con las profusas regulaciones existentes en la mayoría de los países que se autodenominan como pertenecientes al “mundo libre” podremos comprobar -no sin cierta sorpresa- que la mayor parte de ellos siguen políticas colectivistas. No resulta relevante para nada como los gobiernos del mundo auto-rotulen sus acciones políticas y económicas, lo que debemos estudiar y observar en detalle es cuál es el contenido de tales actuaciones políticas, recordando que la supresión de la propiedad privada puede ser total o parcial, gradual o acelerada, y que puede intentarse por muchas vías en apariencia “democráticas”. No creemos equivocarnos si afirmamos que los populismos latinoamericanos son abiertamente colectivistas.
Tampoco debemos dejarnos engañar por ciertas posiciones que se embanderan bajo las etiquetas de “Derechas” o “Izquierdas”, que tratan de establecer una suerte de “tajante” antagonismo entre ambas,  porque como enseña el profesor Dr. A. Benegas Lynch (h):
“En realidad, tanto los nazis como los fascistas, al permitir el registro de la propiedad de jure pero manejada de facto por el gobierno, lanzan un poderoso anzuelo para penetrar de contrabando y más profundamente con el colectivismo respecto del marxismo que, abiertamente, no permite la propiedad, ni siquiera nominalmente. Si miramos con alguna atención a nuestro mundo de hoy comprobaremos el éxito del nacionalsocialismo y del fascismo, que sin necesidad de cámaras de gas ni de campos de concentración avanzan a pasos agigantados sobre áreas clave que sólo son privadas en los papeles (en verdad, privadas de toda independencia) como la educación, las relaciones laborales, los bancos, los transportes, los medios de comunicación, el sector externo, la moneda y tantas otros campos vitales.”[2]
Nuevamente las experiencias populistas vividas en Sudamérica con los Kirchner en la Argentina, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador y el comunismo castrochavista venezolano revelan la realidad de la anterior cita, lo que no excluye situaciones similares aunque mas edulcoradas en el resto del mundo. Ciertamente estos países utilizan la metodología nazi fascista que no son más que variantes del socialismo como ya tantas veces se ha demostrado. Pero cabria preguntarse ¿dónde encuentra su origen esta expansión del colectivismo a nivel mundial?
M. N. Rothbard atribuye históricamente -en una buena medida- a los propios liberales el principio del auge del colectivismo y la declinación de liberalismo con estas palabras:
“En un país tras otro, el canto de sirena del Estado-nación y del imperio fue destruyendo al liberalismo clásico. En Inglaterra, a fines del siglo XIX y principios del XX, los liberales abandonaron su postura en pro de “una Inglaterra pequeña” y contra la guerra y el imperialismo, sostenida por Cobden, Bright y la Escuela de Manchester. En cambio, adoptaron lo que recibió la obscena denominación de “Imperialismo Liberal”, y así se sumaron a los conservadores en la expansión del imperio, y a los conservadores y a los socialistas de derecha en el imperialismo destructivo y el colectivismo de la Primera Guerra Mundial. En Alemania, Bismarck pudo dividir a los liberales, que ya casi habían triunfado, con el señuelo de la unificación de Alemania a sangre y fuego. En ambos países, el resultado fue la destrucción de la causa liberal.”[3]
Posiblemente sea cierto que exista alguna responsabilidad en los liberales de antaño que, al decir de M. N. Rothbard, se habrían “pasado a las filas” del colectivismo que se iba expandiendo por el mundo, sin embargo no deberíamos olvidar la advertencia de F. A. von Hayek en cuanto a la economía es una ciencia contra-intuitiva y, por cierto, sus verdades requieren de un paciente trabajo de estudio y de divulgación, no siempre al alcance de las masas.
El Dr. Mansueti hace interesantes consideraciones sobre lo que él denomina “colectivismo gentilicio”:
“Enorme es la confusión terminológica, porque para disfrazar las realidades que les son adversas y evadir su responsabilidad, los Gobiernos enredan las palabras. Ejemplo: el colectivismo gentilicio. Dicen “Francia decidió”; o bien “así hacen los coreanos” cuando se refieren a los Gobiernos francés o de Corea. Según Hayek es un fraude semántico. Otro ejemplo: en una “Cumbre” reciente declaró un Presidente latinoamericano: “los países ricos deben aumentar su ayuda a los países pobres”. Lo que dijo en realidad fue que sus Gobiernos deben transferir más dinero de sus contribuyentes a los Gobiernos de los demás países y sus clientelas políticas.”[4]
Y no menos interesante es la manera en que los gobiernos infiltran colectivismo a través del deporte:
“hay que exigir la separación del deporte y el Estado. Basta de subsidios y de prebendas y privilegios exclusivos en beneficio de tales o cuales disciplinas, y en perjuicio de las demás. Basta de intromisiones estatales; en el fútbol especialmente. Hay que decirlo: el estatismo ha politizado el fútbol, y lo manipula con descaro para identificar al equipo de fútbol con la nación, la patria, el nacionalismo y el colectivismo. Y para la creación de una conciencia colectivista (consignas como “somos un equipo”, y que “todos juntos podemos” y que “tenemos que trabajar en equipo” y otros clichés tribalistas que la gente se traga sin advertir, especialmente en países donde se ha hecho del fútbol la religión mayoritaria.”[5]


[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz respectiva.
[2] Alberto Benegas Lynch (h) “Izquierdas y derechas parientes” Publicado por La Nación, Buenos Aires, pág. 1
[3] Murray N. Rothbard For A New Liberty. Pág. 30.
[4] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009. pág. 78
[5] Mansueti A. Las leyes…Ob. Cit. Pág. 311.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.