Argentina: país fallido

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/12/argentina-pais-fallido.html

 

Las graves circunstancias que vive la Argentina después de la vuelta al gobierno del peronismo, esta vez con nuevo rótulo («Frente de Todos», ex «Frente para la Victoria») ponen de manifiesto un sombrío panorama que revela el deterioro moral, político y económico que vive el país, inclusive podemos afirmar que en ese mismo orden. Con la salida de Macri del poder se esfuma la esperanza de una reconstrucción cívica perdida por los largos y penosos gobiernos peronistas que se han venido sucediendo durante décadas salvo escasas excepciones.
Pero los cimientos de esta debacle moral han comenzado siendo socavados desde lo más profundo, iniciándose por la destrucción de la educación en todos sus niveles, para seguir luego contaminando por completo los restantes estratos sociales. En medio de esa descomposición, la aparición de un hombre como Macri enarbolando valores republicanos y de respeto hacia el otro (elementos constantes en su prédica) resultó ser una especie de cuerpo extraño en un país carcomido cultural y socialmente como el regreso al poder del peronismo (en su última versión, justamente la que saqueó impiadosamente al país durante una larguísima década) termina de manifestar.
Es difícil ser optimista en Argentina, un país inmaduro, eternamente adolescente en el más cabal sentido de la palabra, principiando por la adolescencia de las más primordiales y fundamentales virtudes morales hoy poco más o menos desaparecidas. Y de allí a lo político, económico, educativo y -en suma- a todo el entramado social, desde lo más alto hasta lo más bajo, todo aparece infectado.
En el trato cotidiano se nota incluso la falta de respeto, la desconsideración por y del otro, las malas maneras, la mala educación o -en el mejor de los casos- la más total indiferencia. Esos son los rasgos que demuestra el argentino común y corriente, y lo raro es lo contrario, personas y situaciones cada vez más difíciles de encontrar. Prácticamente no hay sector que se analice que escape a esta descripción.
Y no es cuestión de culpar a los políticos exclusivamente ya que, como tantas veces hemos dicho, ellos son parte y resultado de la sociedad de la cual emergen, son un subproducto cultural de la misma. Por eso, en última instancia, lo que distingue a los políticos entre si son más que nada cuestiones de índole personal más que ideológicas, por mucho que parezcan discrepar en determinados tipos de temas. Ciertamente algunos se desemparejan más que otros, pero todos ellos tienen en común que son parte del mismo sustrato cultural del país en el que viven o donde se han criado y formado. Si la sociedad no cambia, difícilmente lo hagan sus políticos, porque el cambio no lo operan los políticos sobre la sociedad sino esta sobre aquellos.
Entonces, el lector se preguntará: si la sociedad no puede cambiarse a sí misma, ni tampoco los políticos pueden hacerlo ¿Quién pues? Y la respuesta es: los intelectuales, sean estos propios o ajenos, contemporáneos o clásicos, nacionales o extranjeros, muy conocidos o desconocidos en absoluto. Nuestra manera de pensar (que creemos tan «nuestra») tanto individual como colectiva, la debemos (lo sepamos o no) a ellos, los intelectuales.
Aquí hay varios mitos a despejar: muchos creen que la intelectualidad es sinónimo de sabiduría lo que es un gravísimo error, porque intelectualidad y sabiduría pueden ir juntas como separadas. Otra ficción semejante es el de confundir intelectualidad con verdad lo que tampoco es necesariamente coincidente. Y un error harto difundido es el de embrollar intelectualidad con política. Quizás este es el más grave de todos los mitos sociales ampliamente extendidos: creer que un político es un intelectual. Poco más o menos podríamos decir que es su más exacto antónimo.
Pero en Argentina -a la hora de votar- a casi ningún elector parece importarle el nivel intelectual del candidato. Más bien, la historia ha demostrado que cuanto más bajo es ese nivel intelectual del candidato, más probabilidad tiene de ganar las elecciones. Esto por poco ha sido invariable en la historia política del país.
En Argentina no se elige a un presidente o gobernador por lo que este tiene dentro de la cabeza sino por lo que tiene fuera de ella, es decir, por su exterior y no por su interior. Son factores decisivos para su voto positivo o negativo: su cabello, sus expresiones faciales, modos, gestos y -finalmente- por lo que dice. Lo que hizo en el pasado o hace en el presente es algo completamente secundario y está en las escalas inferiores de las valoraciones por las cuales se decide su voto o se le niega el mismo. El resultado de estas últimas elecciones vuelve a probar la realidad de esta tesis.
Es un país poco serio el que elige sus candidatos por las simpatías o antipatías que les despierten o por sus estilos de expresión. Igual que las promesas de campaña, que es la materia prima sobre la cual trabaja todo aquel que quiere ser político o mantenerse dentro de la política. Eso es lo superficial, la cáscara, lo que -en definitiva- les importa a los argentinos promedio. Y lo que cuenta para este votante medio es la banalidad, lo trivial, lo externo. Muestra de ello es el bochornoso espectáculo armado por el gobierno entrante en la Plaza de Mayo, expresión del mal gusto, la grosería y la puerilidad que tanto agrada y atrae al peronista, pero también al no-peronista, aunque en grado menor.
Este es un análisis que excede el nombre puntual de los personajes, ya que se trata de algo inmutable que se repite a lo largo de la historia argentina a partir de la década del 30 del siglo XX. Los personajes políticos cambian, mientras la historia se reitera una y mil veces en lo grande y en lo pequeño.
Los cargos públicos de todos los niveles son ocupados por gente con cada vez mayor incapacidad para desempeñarlos. Y la falta de idoneidad para ello no sólo es de origen sino también de ejercicio, lo que queda plasmado -en la práctica- en los siempre negativos resultados obtenidos. La idoneidad de la que habla la Constitución de la Nación Argentina ha sido reemplazada por la mera afiliación partidaria o la adhesión incondicional al líder de turno. Con tales parámetros ningún país puede salir del pozo como en el que se encuentra la Argentina.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

La educación anti-empresarial

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 28/7/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/la-educacion-anti-empresarial/

 

Estamos acostumbrados a escuchar y leer que los estudios de Economía y Empresa preparan a los estudiantes para ser amigos de las empresas, del capitalismo y el liberalismo. Probablemente lo contrario esté más cerca de la verdad, y no sólo en nuestro país sino en todo el mundo.

Leí hace tiempo un artículo en el Wall Street Journal escrito por Matthew T. Tice, un joven que acababa de graduarse en la Universidad de Bentley, pequeño centro orientado a los estudios empresariales en Waltham, cerca de Boston. “La escuela suele ubicarse entre las 25 primeras del país en licenciaturas de Empresariales. Como muchas otras escuelas de negocios, Bentley presume de tener un avanzado programa de estudios de Empresa junto a la riqueza educativa de las artes liberales. Sin embargo, en vez de aportar una base sólida en las humanidades clásicas –lo que resultaría muy útil en el mundo de los negocios– muchas de las asignaturas que cogí defendían una posición antiliberal contraria al capitalismo norteamericano y a las empresas en general”.

Así, a Matthew le enseñaron la basura progre habitual sobre los malvados ricos, el odiado 1 %, la causa de todos los males, porque no pagan “suficientes” impuestos. Le enseñaron que las empresas explotan, contaminan y engañan, y que todo en Estados Unidos es un fracaso, porque la nación ha abandonado “el sueño americano”.

La corrección política, pues, en todo su esplendor. En lo único que yo matizaría al joven Tice es en algo que empeora bastante el panorama que pinta. Sospecho que eso que le enseñaron en Bentley no es muy distinto de lo que se enseña en otras universidades norteamericanas, incluidas las más famosas y prestigiosas. Y si eso es así allí, excuso decirle, señora, señor, el grado de intoxicación antiliberal que padecen los estudiantes de Economía y Empresa en nuestro país. Por desgracia, hay bastantes centros y universidades privadas que tampoco se salvan a la hora de adiestrar a los estudiantes en las perversidades del sistema capitalista, y sobre la urgente necesidad de que intervenga el Estado para corregir las flagrantes deficiencias de los empresarios. Y así como a Matthew Tice le pusieron películas sobre fraudes empresariales para enseñarle cómo son los negocios, en nuestro país son muchas las business-schools que insisten en dar clases de ética empresarial, como si los empresarios fueran personas inherentemente inmorales. No como los políticos, los sindicalistas, los intelectuales, los catedráticos y los periodistas, naturalmente.

Al final, tenemos supuestas organizaciones empresariales que están todo el rato pidiendo perdón a todo el mundo y ayuda al Estado. Abrazan la corrección política y se apartan del liberalismo todo lo posible, y más. Si apoyan el capitalismo, aclaran que solo al humanitario e “inclusivo”. En un apogeo de valentía, llegan incluso a veces a pedir que baje el gasto público. Pero solamente el “superfluo”, claro.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.