EN TORNO A LA TEORÍA DEL CAOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Hay que andarse con pies de plomo en cuanto a pretendidos correlatos entre las ciencias físicas y las sociales puesto que extrapolaciones en temas metodológicos pueden ser fatales tal como ha sido una y otra vez demostrado por filósofos de la ciencia y economistas de fuste.

 

Dicho esto, es de interés aludir brevemente a lo que generalmente se entiende por estados caóticos en física. Ilya Prigogine en su obra con un título que puede aparecer paradójico, Las leyes del caos, nos dice que “La palabra caos hace pensar en desorden, imposibilidad de previsión. Pero no es así. Al contrario, como veremos en estas páginas, se puede incluir el ´caos´en las leyes de la naturaleza”.

 

En realidad, la teoría del caos en física se refiere a perturbaciones que se amplifican tal como Lorenz se refirió en su célebre ejemplo de como el aleteo de la mariposa en un lugar del orbe genera otros fenómenos en otros lugares y que una causa se desdobla en varios efectos que con el estado actual del conocimiento no pueden ser vaticinados.

 

Como explican David Bohm y David Peat en Ciencia, orden y creatividad el caos en física no es más que otro tipo de orden que en una etapa del conocimiento podrán (y pudieron) explicitarse fenómenos que aparecían “escondidos” para la mente del científico, que es el mensaje que trasmite de James Gleick en Chaos, Making a New Science.

 

Pero hay otros planos de lo que en física se denomina la teoría del caos y que en ciencias sociales se denomina órdenes espontáneos que por su naturaleza nunca se podrán describir ni anticipar. Es lo que en economía desarrolló la Escuela Escocesa, luego Micheal Polanyi y finalmente la Escuela Austríaca con Hayek a la cabeza.

 

Veamos con atención la muy ilustrativa descripción de Polanyi que diferencia diversos grados de orden en lo puramente físico y en las relaciones sociales. En su The Logic of Liberty consigna que “Cuando vemos un arreglo ordenado de las cosas, instintivamente asumimos que alguien los ha colocado intencionalmente de ese modo. Un jardín bien cuidado debe haber sido arreglado, una máquina que trabaja bien debe haber sido fabricada y ubicada bajo control: esta es la forma obvia en el que el orden emerge. Este método de establecer el orden consiste en limitar la libertad de las cosas y los hombres para que se queden o se muevan de acuerdo al establecimiento de cada uno en una posición específica según un plan prefijado. Pero existe otro tipo de orden menos obvio basado en el principio opuesto. El agua en una jarra se ubica llenando perfectamente el recipiente con una densidad igual hasta un nivel de un plano horizontal que conforma la superficie libre: un arreglo perfecto que ningún artificio humano puede reproducir según un proceso gravitacional y de cohesión […] En este segundo tipo de orden ningún constreñimiento es específicamente aplicado a las partes individuales […] Las partes están por tanto libres para obedecer las fuerzas internas que actúan entre sí y el orden resultante representa el equilibrio entre todas las fuerzas internas  y externas […] Esto parece sugerir que cuando una cantidad grande de números debe arreglarse cuidadosamente esto puede lograrse solamente a través de un ajuste espontáneo y mutuo de las unidades, no a través de asignar a las distintas unidades posiciones específicamente preestablecidas […] Cuando el orden se logra entre seres humanos a través de permitirles que interactúen entre cada uno sobre la base de sus propias iniciativas […] tenemos un sistema de orden espontáneo en la sociedad.

Podemos entonces decir que los esfuerzos de estos individuos se  coordinan a través del ejercicio de las iniciativas individuales”.

 

En otras ocasiones hemos hecho alusión al ejemplo que nos propone John Stossel para entender el orden espontáneo. Ejemplifica con un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola de un supermercado e invita a que cerremos los ojos y pensemos el proceso en regresión. Los agrimensores que miden los terrenos, los alambrados y postes (solo los postes deben ser vistos como procesos que insumen varias décadas desde las plantaciones hasta la tala, para no decir nada de los transportes, las fábricas de los camiones con todos los aspectos financieros,  administrativos, de personal, los bancos que intervienen, los seguros y demás operaciones horizontal y verticalmente), los plaguicidas, los fertilizantes, las sembradoras, las cosechadoras, los caballos, las monturas y las riendas, los peones, el ganado, las pasturas, las aguadas, los galpones, en fin, todas las producciones y comercializaciones en las diversas etapas. Y en esta secuencia nadie está pensando en el supermercado, ni en el celofán ni en el trozo de carne hasta la última etapa y, sin embargo, todo se coordina a través del sistema de precios basado en la propiedad privada (como es sabido, no hay precios sin propiedad por ello es que en la medida en que se afecte esa institución los precios se desfiguran y, por ende, deterioran la contabilidad).

 

Estos órdenes espontáneos no pueden ser anticipados ni conviene que lo sean porque precisamente no es posible conocer el resultado de este proceso antes que el mismo tenga lugar y que al ser abierto y competitivo proporciona la información requieren los operadores económicos. Este problema se plantea con los llamados “modelos de competencia perfecta” donde el supuesto central es el conocimiento perfecto de los factores relevantes por parte de los participantes. Como bien apunta Israel Kirzner, si ese modelo fuera correcto no habría arbitraje,  ni empresarios ni competencia por lo que el modelo en cuestión constituye una contradicción en los términos.

 

La arrogancia no permite que tenga lugar un proceso que no puede ser explicado y mucho menos anticipado por los funcionarios públicos deseosos de planificar haciendas ajenas. Sostienen que “el mercado es caótico” por lo que la arremeten contra ese proceso con lo que naturalmente va desapareciendo la carne, el celofán y las góndolas se muestran vacías cuando no desaparece el propio supermercado.

 

El antes mencionado Friedrich Hayek ha escrito un libro titulado La fatal arrogancia para referirse al fiasco de la planificación estatal y varios ensayos sobre el tema del fraccionamiento y dispersión del conocimiento, coordinado en el proceso de mercado y como se concentra ignorancia cuando los burócratas pretenden dirigir la economía. Uno de esos ensayos se titula “El resultado de la acción humana, más no del designio humano” para ilustrar el tema que comentamos con una frase tomada de Adam Ferguson, pero tal vez los ensayos más contundentes de Hayek en esta materia son “Los errores del constructivismo” y “La pretensión del conocimiento” (este último fue su discurso al recibir el premio Nobel en economía).

 

En cierto sentido Georges Balandier en su El desorden. La teoría del caos en las ciencias sociales elabora sobre como el totalitarismo se nutre de la necesidad por parte del gobierno de imponer un “orden” que estiman perfecto para evitar disidencias y desvíos de las ocurrencias y caprichos del gobernante que todo lo pretende controlar y abarcar. Escapa a su mente la posibilidad de que en libertad las acciones de los hombres que no lesionen derechos de terceros puedan moverse en direcciones que agraden a cada cual.

 

El adagio latino de ubi dubium ibi libertas (donde hay duda  hay libertad) pone de manifiesto que la incertidumbre y el conocimiento limitado hace que se saque el mayor provecho de un sistema libre a través del debate y el desarrollo de ordenes espontáneos. Si hubiera certeza en toda acción, no tendría sentido la libertad. La corrección de errores y los procesos abiertos de evolución presentes en todos los aspectos de la vida solamente se maximizan en un ámbito de libertad.

 

La pretensión del conocimiento -para recurrir a una expresión hayekiana- es lo que caracteriza a los megalómanos. No pueden concebir el no sé socrático y que hay fenómenos que exceden a la mente humana como los antedichos órdenes espontáneos que si supiéramos por anticipado sus resultados no servirían al propósito de revelar información que brinda el proceso. La conciencia de la propia ignorancia es algo que no concibe este tipo de politicastros. Más aun, en otro plano, la división del trabajo hace posible que nos concentremos principalmente en  nuestra especialidad y no tengamos que conocer como funcionan todos los instrumentos de que nos valemos para vivir (el avión, el microondas, la computadora, la medicina que utilizamos o la cadena de producción de los alimentos que ingerimos y así sucesivamente).

 

Del desconocimiento del significado del proceso de mercado se sigue la voracidad por “controlar” precios o márgenes operativos por lo que no deben sorprender los desajustes mayúsculos que se suceden a raíz de estas manipulaciones, lo cual está muy bien desarrollado, por ejemplo, en la obra de Lorenzo Infantino titulada El orden sin plan.

 

Entonces, el aparente caos del mercado no es más que el resultado de conocimientos fraccionados y dispersos de millones de hombres en el spot y de sus planificaciones y sus conjeturas que llevan a cabo con sus propios recursos por lo que sufren quebrantos si yerran y obtienen ganancias si dan en la tecla respecto a las necesidades de su prójimo.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL AUTOR LIBERAL POR EXCELENCIA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Afortunadamente han existido y existen autores notables que enriquecen la tradición de pensamiento liberal, principalmente desde la Roma del derecho, el common law, la Escolástica Tardía o Escuela de Salamanca, Grotius, Richard Hooker, Pufendorf, Sidney y Locke, la siempre fértil e inspiradora Escuela Austríaca, la rama del Public Choice y tantos pensadores de fuste que alimentan al liberalismo, constantemente en ebullición y que en toda ocasión tiene presente que el conocimiento es provisorio sujeto a refutación según la valiosa mirada popperiana.

 

Nullius in verba -el lema de la Royal Society de Londres- puede tomarse como un magnífico resumen de la perspectiva liberal, no hay palabras finales, lo cual no significa adherir al relativismo epistemológico, ni cultural, ni hermenéutico ni ético ya que la verdad -el correlato entre el juicio y lo juzgado- es independiente de las respectivas opiniones, de lo contrario no solo habría la contradicción de que suscribir el relativismo convierte esa misma aseveración en relativa, sino que nada habría que investigar en la ciencia la cual se transformaría en un sinsentido.

 

También es de gran relevancia entender que el ser humano no se limita a kilos de protoplasma sino que posee estados de conciencia, mente o psique por lo que tiene sentido la libertad, sin la cual no habría tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, ideas autogeneradas, la posibilidad de revisar los propios juicios, la responsabilidad individual, la racionalidad, la argumentación y la moral.

 

Los aportes de liberales, especialmente en el  campo de la economía y el derecho han sido notables pero hay un aspecto que podría reconocerse como el corazón mismo del espíritu liberal que consiste en los procesos evolutivos debidos a las faenas de millones de personas que operan cada uno en su minúsculo campo de acción cuyas interacciones producen resultados extraordinarios que no son  consecuencia de ninguna acción individual puesto que el conocimiento está fraccionado y es disperso.

 

En otros términos, la ilimitada soberbia de planificadores hace que no se percaten de la concentración de ignorancia que generan al intentar controlar y dirigir vidas y haciendas ajenas. Uno de los efectos de esta arrogancia supina deriva de que al distorsionar los precios relativos, afectan los únicos indicadores con que cuenta el mercado para operar y, a su vez, desdibuja la contabilidad y la evaluación de proyectos que inexorablemente se traduce en consumo de capital y, por ende, en la disminución de salarios e ingresos en términos reales. Y como apunta Thomas Sowell, el tema no estriba en contar con ordenadores con gran capacidad de memoria puesto que la información no está disponible ex ante la correspondiente acción.

 

Lorenzo Infantino expone el antedicho corazón del espíritu liberal y lo desmenuza con una pluma excepcional y un provechoso andamiaje conceptual (para beneficio de los hispanoparlantes, con la ayuda de la magistral traducción de Juan Marcos de la Fuente). Las obras más conocidas de Infantino en el sentido que venimos comentando son Ignorancia y libertad y Orden sin plan. Ahora se está traduciendo al castellano otro libro sobre el poder del mismo autor que, en un programa de investigación que explora otros andariveles,  me dicen estará a la altura del magnus opus de Ludwig von Mises: Acción humana. Tratado de economía que ha revolucionado la ciencia en muy diversos aspectos y, por mi parte, agrego que entonces también estará al nivel de los jugosos escritos del excelente jurista Bruno Leoni que pone de manifiesto que el derecho es un proceso de descubrimiento y no de diseño o ingeniería social y de los trabajos del muy prolífico, original y sofisticado Anthony de Jasay quien, entre otras cosas, se ocupa de contradecir los esquemas inherentes a los bienes públicos, free riders, asimetría de la información y el dilema del prisionero.

 

Tiene sus bemoles la pretensión de hacer justicia a un autor en una nota periodística, pero de todos modos transcribo algunos de los pensamientos de Infantino como una telegráfica introducción que a vuelapluma pretende ofrecer un pantallazo de la raíz y del tronco central de la noble tradición liberal.

 

Explica de modo sumamente didáctico los errores de apreciación a que conduce el apartarse del individualismo metodológico e insistir en hipóstasis que no permiten ver la conducta de las personas y ocultarlas tras bultos que no tienen vida propia como “la sociedad”, “la gente” y afirmaciones tragicómicas como “la nación quiere” o “el pueblo demanda”.

 

Desarrolla la idea de Benjamin Constant de la libertad en los antiguos y en  los modernos, al efecto de diferenciar la simple participación de las personas en el acto electoral y similares respecto de la santidad de las autonomías individuales a través de ejemplos históricos de gran relevancia. Infantino se basa y en gran medida desarrolla las intuiciones de Mandeville y Adam Smith en los dos libros mencionados de aquél autor.

 

Asimismo, el autor de marras se detiene a explicar los peligros de la razón constructivista (el abuso de la razón) para apoyarse en la razón crítica. Muestra, entre otras,  las tremendas falencias y desaciertos de Comte , Hegel y Marx en la construcción de los aparatos estatales totalitarios, al tiempo que alude a la falsificación de la democracia (en verdad, cleptocracia). En este último sentido, dado que Hayek sostiene en las primeras doce líneas de la edición original de su Law, Legislation and Liberty que hasta el momento los esfuerzos del liberalismo para ponerle bridas al Leviatán han resultado en un completo fracaso, entonces se hace necesario introducir nuevos límites al poder y no esperar con los brazos cruzados la completa demolición de la libertad y la democracia en una carrera desenfrenada hacia el suicido colectivo.

 

En este sentido, como  ya he escrito en otras oportunidades, hay que prestarle atención a las sugerencia del propio Hayek para el Legislativo, de Leoni para el Judicial y aplicar la receta de Montesquieu para el Ejecutivo, es decir, que el método del sorteo “está en la índole de la democracia”. Mirado de cerca esto último hace que los incentivos sobre cuya importancia enfatizan Coase, Demsetz y North trabajen en dirección a que se establezcan límites estrictos para proteger las vidas, propiedades y libertades de cada uno ya que cualquiera puede gobernar. Además habría que repasar los argumentos de Randolph y Gerry en la asamblea constituyente estadounidense en favor del Triunvirato.

 

Infantino recorre los temas esenciales que giran en torno a los daños que produce la presunción del conocimiento de los megalómanos que arremeten contra los derechos individuales alegando pseudoderechos o aspiraciones de deseos que de contrabando se pretenden aplicar vía la guillotina horizontal bajo la destructiva manía del igualitarismo.

 

Lamentablemente, como ha subrayado Hayek, los fenómenos complejos de las ciencias sociales son contraintuitivos, debe escarbarse en distintas direcciones de la historia, la filosofía, la economía y el derecho para llegar a conclusiones acertadas,  como decía el decimonónico Bastiat hurgar en “lo que se ve y lo que no se ve”.

 

A través de la educación de los fundamentos de los valores y principios de la sociedad abierta se corre el eje del debate para que, en esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos se vean obligados a recurrir a la articulación de discursos distintos, mientras se llevan a cabo debates que apuntan en otras direcciones al efecto de preservar de una mejor manera las aludidas autonomías individuales y escapar de la antiutopía orwelliana del gran hermano y, peor aun, a la de Huxley -sobre todo en la versión revisitada- donde las personas piden ser esclavizadas.

 

Tal vez podamos poner en una cápsula el pensamiento de Infantino con una frase de su autoría: “cuando renunciamos a las instituciones de la libertad y nos entregamos a la presunta omnisciencia de alguien, cubre su totalidad la escala de la degradación y la bestialidad”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.