FALACIAS DE LA EDUCACIÓN ESTATAL

Por Alberto Benegas Lynch (h). 

Traducción del inglés de  la conferencia pronunciada en la European Center of Austrian Economics Foundation de la Universidad de Lietchenstein, Vaduz, mayo 29 de 2015.

 

El primer punto que debe subrayarse es que la expresión “educación pública” es del todo inapropiada puesto que oculta la naturaleza de lo que se quiere trasmitir. Esto es así porque, en primer lugar, la educación privada es también para el público y, por otro, se recurre a esa terminología para enmascarar su verdadero significado bastante patético por cierto, del mismo modo que resultan horripilantes las expresiones “literatura estatal”, “periodismo estatal”, “arte estatal” y equivalentes, que constituyen contradicciones en los términos. En el caso que nos ocupa, sin embargo, se trata de educación estatal.

 

A través del empleo de la fuerza no puede encararse el proceso educativo, en último análisis resulta imposible enseñar los fundamentos de la libertad y la consiguiente independencia de pensamiento en base a la compulsión.

 

En la mayor parte de los países hoy, la denominada educación privada no es en rigor privada puesto que las secretarías y ministerios de educación están encargados de aprobar las respectivas estructuras curriculares. El sector privado, con algunas limitaciones, se ocupa de cosas tales como las características de los edificios y los uniformes, pero la esencia de lo que se ofrece en las casas de estudio es manejada por reparticiones burocráticas.

 

Estos procedimientos ilustran la columna vertebral de la hipocresía  fascista: se permite que la propiedad privada quede registrada a nombre de privados pero el gobierno usa y dispone de ella, en contraste con el comunismo que de una manera directa decide la abolición de la propiedad. Los dos sistemas operan en la misma dirección, uno de modo indirecto mientras que el otro lo hace de modo directo. Pero es importante subrayar que los dos sistemas distorsionan la contabilidad o la bloquean del todo ya que los precios relativos son falsificados o eliminados de cuajo, lo cual se traduce en la malasignación de los siempre escasos recursos, situación que deriva en una mayor pobreza.

 

En un país civilizado, los ministerios y las secretarías de educación deberían dejarse sin efecto y las acreditaciones, en los casos en los que se requieren, serían realizadas, tal como sucedía originalmente, a través de academias e instituciones privadas que, en el proceso, además, sirven de auditorías cruzadas y en competencia de responsabilidades por la calidad de los programas desarrollados en colegios y universidades.

 

La politización debería estar completamente ausente en un tema tan delicado e importante como la educación. Dado que todos somos diferentes en la mayor parte de los aspectos clave, especialmente desde la perspectiva psicológica, los respectivos programas ofrecidos deben ser diferentes al efecto de calzar con las diferentes potencialidades de las múltiples demandas. Por otra parte, debe tenerse en cuenta que esas diferenciaciones lo son de un modo multidimensional en la misma persona por lo que se requiere un proceso dinámico y cambiante.

 

Cada uno de nosotros modificamos nuestra estructura cultural. Según sean nuestras inquietudes y actividades, no somos los mismos hoy respecto a lo que fuimos ayer ni seremos iguales mañana. Imponer verticalmente desde el poder programas educativos en el contexto de una especie de guillotina horizontal, es no entender que significa la educación, aunque aquello se lleve a cabo de modo descentralizado ya que siempre es el poder político el que tiene la última palabra cuando existen ministerios de educación o de cultura.

 

Debe comprenderse que todos pagamos impuestos, especialmente los más pobres que pueden no haber visto nunca un formulario fiscal. Esto es así porque aquellos que son contribuyentes de jure reducen sus inversiones, lo cual, a su turno, reduce salarios e ingresos en términos reales, una secuencia que tiene lugar debido a que las tasas de capitalización constituyen la única explicación por la que se eleva el nivel de vida.

 

Más aun, si tomamos en cuenta el concepto de utilidad marginal resulta claro que una unidad monetaria es en general -a pesar de que no son posibles las comparaciones intersubjetivas de utilidad ni tampoco pueden referirse a números cardinales- no es lo mismo para una persona pobre que lo es para una persona rica. En el primer caso, manteniendo los demás factores constantes, el efecto negativo del tributo será mayor, lo cual hace que el impacto impositivo recaiga en definitiva con mayor peso en los más pobres como consecuencia de la antedicha contracción en las inversiones.

 

Imaginemos una familia muy pobre que no está en condiciones de afrontar los costos de oportunidad que significa enviar a sus hijos a estudiar. En este caso, a través de los impuestos que,  como queda dicho, se afrontan vía la contracción de los salarios de los relativamente más pobres, están de hecho financiando los estudios de alumnos más pudientes.

 

Y si otra familia, con gran esfuerzo, puede enviar a sus hijos a estudiar, si realiza un análisis fiscal correcto los enviarán a instituciones estatales puesto que, de enviarlos a colegios y universidades privadas, estarían pagando un costo doble: uno a través de los impuestos para mantener la educación estatal y otro al financiar la matrícula y las cuotas en el ámbito privado.

 

Desde otra perspectiva, los costos por estudiante en las entidades estatales de educación son en general más elevados que en instituciones privadas, por la misma razón de incentivos que hacen que las mal llamadas “empresas estatales” sean ineficientes. La mera constitución de esas “empresas” necesariamente implica derroche de capital puesto que los recursos son asignados en una dirección distinta de la que hubiera elegido la gente (y si fuera en el mismo sentido, no hay razón para la intervención gubernamental). La forma en que se consume café y se encienden las luces no sigue las mismas pautas en “empresas estatales” que en las privadas. Los incentivos y “la tragedia de los comunes” hace que se opere de modo ineficiente.

 

Se ha sugerido el sistema de vouchers en repetidas ocasiones. Es cierto que este sistema exhibe un non sequitr : esto significa que de la premisa de que otras personas debieran ser forzadas a financiar la educación de terceros no se sigue que deban existir instituciones estatales de educación, ya que el voucher (subsidios a la demanda) permite que el candidato en cuestión elija la entidad privada que prefiera de todas las existentes.

 

En cualquier caso, los vouchers también significan que principalmente son los pobres los que se ven obligados a financiar los estudios de los más pudientes y también, a pesar de que las mediciones de IQ son irrelevantes (como se ha demostrado, todos somos inteligentes pero para temas y campos muy diferentes), aquellos que no califican para las ofertas disponibles deben pagar los estudios de los mejor calificados, lo cual constituye también una injusticia flagrante.

 

Esto para nada significa que deben eliminarse los vouchers privados, muy por el contrario, éstos contribuyen a que se establezcan incentivos fértiles del mismo modo que lo hacen las becas que son financiadas voluntariamente en vista de las externalidades positivas que la buena educación reporta. El problema se suscita cuando se trata de vouchers estatales.

 

Se ha dicho repetidamente que la educación es un bien público, pero esta afirmación no resiste un análisis técnico ya que no calza en los principios de la no-rivalidad y no-exclusión propios de los bienes públicos.

 

También se ha dicho una y otra vez que la educación estatal debe incorporarse porque le da sustento a la idea de la “igualdad de oportunidades”. Esta figura, prima facie parece atractiva pero es del todo incompatible y mutuamente excluyente con la igualdad ante la ley. El liberalismo y la sociedad abierta promueven que la gente disponga de mayores oportunidades pero no iguales. Si un jugador mediocre de tennis debe tener igual oportunidad al jugar con un profesional, debe imponerse una limitación a este último, por ejemplo, que juegue con una sola pierna y esta imposición se traduce en que su derecho ha sido conculcado.

 

Una misma línea argumental es aplicable al “derecho a la educación”. No hay tal cosa. Un derecho implica que como contrapartida hay una obligación. Si alguien obtiene como salario 100 en el mercado laboral, hay una obligación universal de respetar ese ingreso. Pero si la misma persona alega que tiene “derecho” a obtener 200 que no obtiene con su trabajo lo cual es sin embargo garantizado por el aparato estatal, esto significa que otras personas serán compelidas a financiar la diferencia, lo cual lesionará sus derechos. Esta es la razón por la que el “derecho a la educación” -el reclamo sobre el bolsillo ajeno- es un pseudoderecho.

 

Soy plenamente conciente que la educación estatal es la vaca sagrada del momento, pero esto precisamente constituye un motivo adicional para desentrañar este peligroso mito.

 

Se ha afirmado que debería ayudarse a aquellos que cuentan con las condiciones intelectuales para aplicar a las ofertas educativas disponibles pero que no disponen de los ingresos suficientes. Esta es una aseveración indudablemente muy bien inspirada, pero para ello debería recurrirse a la primera persona del singular y no pretender el endoso a otros recurriendo a la tercera persona del plural. “Put your money where your mouth is” es una receta anglosajona que debiera tomarse muy en cuenta. En la misma dirección, debe considerarse que la solidaridad y la caridad nunca pueden ser provistas por el estado ya que, por definición, se trata de actos voluntarios y realizados con recursos propios.

 

En varios países el home schooling es utilizado como una defensa contra la invasión de la educación estatal. Hace un tiempo, The Economist estudió esta forma de educar desde los domicilios de los interesados de manera extensa, donde consignó las opiniones de los oficiales de admisión de varias de las universidades del Ivy League en Estados Unidos respecto a los candidatos a ingresar en esas casas de estudios provenientes del home schooling. Las opiniones eran coincidentes en señalar no solo las excelentes condiciones académicas de los candidatos sino que subrayaron el cuidado y la precisión en la forma de expresarse y la calidad de sus vestimentas.

 

Algunas personas han objetado el home schooling en base a la creencia de que este sistema no permite la socialización de unos alumnos con otros, lo cual no es cierto porque, precisamente, la preocupación y ocupación es mucha por programar reuniones sociales entre los jóvenes a través de deportes, bailes, certámenes de ajedrez, asociaciones varias, actividades en parroquias y equivalentes. Es notable el apoyo logístico que presentan los programas de estudio en Internet, lo cual no requiere que los padres conozcan los contenidos de las diversas asignaturas, solo se requiere que hagan el seguimiento de los estudios de su prole directamente o lo hagan a través de personas contratadas a tal efecto.

 

Cuando tiene lugar la educación estatal, en mayor o menor medida, tarde o temprano, aparece la indoctrinación debido a la necesaria intromisión del gobierno. Si los burócratas están a cargo de la educación de alguna manera inexorablemente influyen sobre los programas, los textos y las pautas a su cargo. Del mismo modo en que resulta vital la separación tajante entre la religión y el poder político, la educación demanda que no se politice si el objetivo fuera el establecimiento de una sociedad abierta.

 

En algunos países, en épocas en donde comenzó la irrupción de la educación estatal  se ha ocultado  el hecho de que con anterioridad existían escuelas privadas que en gran medida desaparecieron y fueron barridas del mercado debido a la alegada “gratuidad” de las primeras. El encandilamiento que produjo este fenómeno no permitió tomar nota del proceso que tenía lugar en el sector privado, en base a la filantropía, los centros educativos parroquiales y a las entidades típicas de la educación financiadas en este último caso con las matrículas y cuotas estudiantiles.

 

Se mantiene que los niños debieran contar con un minimum de enseñanza tal como el aprendizaje de la lectura y la escritura, pero si los padres de familia consideran que eso es importante, es eso a lo que se le otorgará prioridad tal como ha ocurrido a través de la historia por medio de pagos directos o por medio de becas. No hay necesidad de introducir la compulsión para lo que la gente considera importante en la currícula educativa.

 

Es muy cierto que la educación es fundamental pero más importante aun es el estar bien alimentado y ninguna persona de sentido común, a esta altura, propondrá que la producción de alimentos esté en manos del estado como era el sistema impuesto por Stalin y sus imitadores pasados y presentes porque la hambruna es segura. Cuando la política se hace cargo de la educación, aparece otro tipo de hambruna que es la espiritual y cultural.

 

En un plano más amplio, tal vez el clima que prepara con mayor fuerza para la antedicha hambruna intelectual es la corrupción de la democracia, originalmente propuesta como el respeto de las mayorías a los derechos de las minorías. Lamentablemente, de contrabando, el sistema a degenerado para instalar en cambio un sistema infame que se identifica con la cleptocracia, es decir, el gobierno de los ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida.

 

Si prestamos atención a los escritos de historiadores, comprobaremos que, comenzando con Atenas,  no había interferencia estatal en materia educativa. Cualquiera podía instalar un colegio y competir para atraer alumnos a muy diferentes precios y condiciones, lo cual produjo como resultado la mejor educación del mundo de entonces. En contraste con este procedimiento, en Esparta se impuso un sistema militar y totalitario lo cual redundó en una sociedad que fue la menos ilustrada de aquél entonces, solo entrenada en la fuerza bruta que perseguía y agredía a los vecinos y disidentes interiores lo cual hizo tabla rasa con lo que se conoce como vidas privadas.

 

Roma contaba básicamente con un sistema educativo libre de regulaciones durante la República, lo cual se fue modificando durante el Imperio hasta requerir licencias para las escuelas y se persiguió y condenó a maestros cuyas enseñanzas eran desaprobadas por el gobierno.

 

En el mundo árabe, la educación estaba basada en el sistema libre de Atenas. Esta fue el motivo central que explica el progreso notable en arquitectura, medicina, economía, derecho, geometría, álgebra, filosofía, agricultura, literatura y música durante siglos, en lugar de los gobiernos fanáticos de nuestro tiempo que se inclinan a la estatización de la educación como un medio potente de indoctrinar a la gente para lograr propósitos políticos y  religiosos, tal como fue impuesto antes en algunos países cristianos a través del método criminal de la Inquisición y otros procederes autoritarios.

 

En España, durante los ocho siglos de gobierno musulmán, los historiadores han consignado el enorme progreso en los más variados campos que acabamos de mencionar, incluyendo la tolerancia para con judíos y cristianos.

 

Debido a que el control gubernamental poco a poco se fue propagado en materia educativa, desde el siglo xvii se instaló el primer sistema de educación estatal en Alemania, en Suiza y en Francia. Ya en el siglo xviii la mayor parte de Europa estuvo bajo la influencia de este sistema (excepto Bélgica que impuso el sistema en 1920).

 

En Estados Unidos -excepto en New England- la educación era libre, lo cual cambió dramáticamente en el siglo veinte donde se revirtió la política en cuanto al establecimiento  compulsivo para atender colegios y la Secretaría de Educación se estableció en los años setenta. Originalmente, en las colonias, tuvo gran preponderancia e influencia la educación parroquial que respondía a diversas denominaciones religiosas. Más adelante, en algunas colonias en las que comenzó la educación estatal, ésta era financiada a través de la lotería del estado para no recurrir a la compulsión.

 

El argumento de que los colegios del estado y la correspondiente supervisión deben estar en manos gubernamentales para “fabricar un buen ciudadano” constituye un pobre argumento y una excusa burda para el antes referido adoctrinamiento. Esta es la razón por la que es errado suponer que cuanto más gaste el gobierno en educación la situación mejorará. Antes al contrario, a través de la politización la situación educativa se torna más difícil si es que se pretende contar con personas con criterios independientes en el marco de una sociedad de hombres libres.

 

La difusión de las ideas estatistas, colectivistas y autoritarias de Herder, Fichte, Hegel, Schelling, Schmoller, Sombart y List en colegios y universidades alemanas (las cuales fueron anticipadas parcialmente por Bismark en el terreno político) es uno de los principales motivos que explican la irrupción de Hitler. Y una vez que los nazis asumieron el poder, el sistema fue apoyado por intelectuales como Keynes, quien en el prefacio a la edición alemana de 1936 de su Teoría general escribió que “la teoría de la producción como un todo, que es a lo que apunta el presente libro, es mucho más fácilmente aplicable a las condiciones de un estado totalitario que la teoría de la producción y distribución de los resultados producidos bajo las condiciones de la libre competencia y del laissez-faire”.

 

Quisiera cerrar esta presentación telegráfica con una cita de Ludwig von Mises de su obra The Free and Porosperous Commonwealth donde destaca que “hay en realidad solo una solución: el estado, el gobierno y las leyes no deben en modo alguno interferir con la educación. Los fondos públicos no deben utilizarse para esos propósitos. La educación y la instrucción de la juventud debe dejarse enteramente a los padres y a las asociaciones e instituciones privadas”.

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Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LA MEJOR CANCION EN “EDUCANDO A RITA”.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 6/7/14 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2014/07/la-mejor-cancion-en-educando-rita.html

 

Desde sus primeras escenas, la película nos permite observar de qué “caso concreto” estamos hablando. Bajo el marco de una hermosa música y el imponente escenario de un típico campus universitario británico, veremos caminar a un hombre de mediana edad, relativamente despeinado, aparentemente no muy preocupado por su vestimenta, con cara de despreocupación, llevando un portafolios acorde con esta descripción. Lo veremos subir las escaleras de un gran edificio, mientras saluda a algunos estudiantes. Entrará a un gran cuarto, de estilo antiguo, lleno de libros por todos lados. Buscará uno de esos libros y sacará también una pequeña botella de whisky que estaba detrás.

 

¿Quién es este por ahora extraño personaje? Se trata del “Dr. Brian”, profesor de literatura inglesa. Además de sus clases, está encargado de recibir a estudiantes de la “Open University”, un sistema que permite a diversas personas realizar estudios universitarios bajo la guía tutorial de un profesor, sin necesidad de efectuar la cursada habitual de las materias.

Tras su aspecto despreocupado, Frank esconde una mirada triste. Sus ojos, entre nostálgicos y anhelantes, parecen buscar algo misterioso cuando mira por la ventana de su cuarto hacia los jardines del campus de la universidad. Repentinamente lo veremos en su clase, mirando también por la ventana. Sus alumnos, obviamente, buscan en él una actitud más habitual. Una alumna le hace un muy erudito comentario sobre cierto autor inglés. “Ciertamente”, contesta, y sigue mirando por la ventana. Otro, en actitud más formal, le hace otra pregunta. Frank permanece absorto en lo que podríamos decir sus pensamientos. El alumno se irrita. “¿Está Ud. escuchándome?”, pregunta. “Por supuesto” contesta Frank, en un tono que revela algo especial. “¿Está Ud. tomado?”, pregunta el alumno inquisidor. “Por supuesto”, es la respuesta. Su alumno, tras algunas desinteligencias, se va de la clase, y da un portazo, no sin antes decir: “quiero estudiar literatura”.

 

“Literatura!…”, exclama Frank con un dejo de ironía. “Miren afuera! El sol brilla! Son jóvenes! ¿Qué están haciendo metidos aquí dentro? Podrían estar afuera, haciendo el amor o algo así…!”. Los alumnos se ríen. (De él?). La respuesta de Frank, evidentemente transgresora e iconoclasta en su superficie, revela algo más profundo: un desencanto, un evidente hastío por algo a lo cual no parece encontrarle más atractivo. ¿Su tarea como profesor de literatura? ¿O la vida misma?

 

La rutina de Frank se corta con la llegada de un alumno para la tutoría de la universidad abierta. En realidad, no es él, es ella: se trata de Susan White, o Rita (como diríamos nosotros, Rita para los amigos). Casada, joven, sin hijos y de oficio peluquera, Rita es de un sector social más humilde que la media general de los alumnos cursantes. Este es un detalle importante, tal vez no para nosotros, pero si todavía para la tradicional Inglaterra (hay que tener en cuenta que, en muchas sociedades europeas, ciertos usos y costumbres subsisten independientemente de las ideas políticas). Veremos también a Rita caminando por el mismo campus que Frank, de un modo y con cierta vestimenta y peinado que revela el contraste. Mira con asombro el mundo en el cual quiere introducirse, pero sobre todo, mira como eruditos inalcanzables a los estudiantes que conversan de cosas extrañas en los pasillos y escaleras. Después de algunas vacilaciones, llega al despacho de Frank.

 

En este primer encuentro, Rita muestra con encanto su modo de ser. Consciente de su ignorancia en Literatura, manifiesta su vehemente deseo por aprender. Sobre todo, muestra su admiración por ese mundo al que quiere pertenecer, que, para ella, significaría un cambio absolutamente esencial; algo así como el paso a una dimensión superior de la existencia (atención a este detalle). Frank la escucha entre divertido y asombrado. Desde el principio, la frescura y la espontaneidad de Rita llegan muy profundamente a nuestro profesor, aparentemente aburrido de sí mismo. Rita luce como algo que rompe con ciertas cosas a las cuales Frank no da importancia. Pero le cuesta entender el ferviente deseo de Rita por aprender Literatura. En realidad, Frank valora tanto, desde el principio, esa espontaneidad que su nueva alumna quiere perder, que en un primer momento se niega a ser su tutor, bajo la excusa de que es un mal profesor. Pero ella insiste. Lo espera afuera. Frank se deja vencer, en el fondo encantado con su alumna. Y se comprometen ambos a iniciar la relación tutorial.

 

A partir de allí, la película va mostrando dos cosas. Primero, Rita demuestra tener una buena intuición literaria, todavía no acomodada a los cánones habituales de expresión académica. Frank aprecia enormemente esa intuición, y se ve en el conflicto de tener que dejar totalmente libre esa veta original o tener que forzarla, de algún modo, a una redacción más clásica, condición necesaria para la aprobación de los exámenes. Entretanto, Rita siente la emoción del descubrimiento de un mundo que anhelaba. En una oportunidad, sale corriendo de su peluquería, de igual manera llega a la universidad, se dirige al aula donde Frank está enseñando -esta vez, lúcidamente- y le cuenta, exultante, su gran descubrimiento respecto a la esencia de la tragedia como género literario. Frank, en cierto modo enternecido, invita a su alumna a pasar a su clase. Sus asombrados compañeros la miran insoportablemente. Rita comienza su inserción en otro mundo social.

Segundo, Rita comienza a tener dificultades en su matrimonio. Su esposo, simplemente, quiere que tenga hijos. No entran en su mundo las ambiciones académicas de su esposa, que está cambiando de modo extraño. La crisis llega a un momento delicado cuando ella es “descubierta”: tomaba anticonceptivos para evitar tener hijos, sin saberlo su esposo. Este toma una peculiar medida punitoria: quema los libros de estudio de su esposa.

En cierta medida desconsolada, Rita cuenta el episodio a Frank. En la conversación, admite que la chica con la cual su esposo se casó, probablemente ya no exista. Rita se está buscando a sí misma.

 

Sucede entonces uno de los episodios existencialmente más fuertes. Rita es invitada a una reunión en la casa de Frank. Todo un desafío: un mundo social nuevo, distinto. En una risueña escena, Rita practica vestidos, posturas y frases supuestamente adecuados a la ocasión. Finalmente, medio desanimada, se viste más o menos adecuada a ella misma (pero, ¿quién es ella misma?) y se dirige a la reunión. Llega, ve una enorme casa llena de gente “importante”, se queda observando por un momento… Y decide no entrar. Se va. Y deja una nota en el auto de Frank.

 

A la mañana siguiente, ambos discuten. La esencia de la discusión es a la vez simple y profunda. Frank le dice que, sencillamente, ella debía ser ella misma. Ella dice que no quiere ser ella misma, según lo que él interpreta por “ella misma”. No quería estar ahí como algo interesante, siendo el foco de atención por su evidente desnivel social. Ella quiere “ser como ellos”, y “hablar seriamente con ustedes”. Pero entonces vuelve a preguntarse: “¿quién soy yo?”.

 

Esa pregunta había surgido insistentemente durante la misma noche de la reunión. Luego de dejar la nota en el auto de Frank, se dirige a una taberna donde sus padres, su esposo, su hermana y el novio de su hermana están todos alrededor de una mesa, tomando cerveza y cantando. La reciben con alegría. Pero Rita siente que allí también es una extraña. En medio de la canción, observa que su madre está llorando. Rita inquiere. Su madre responde: “debe haber mejores canciones para cantar”.

 

Al relatarle el episodio a Frank, Rita, con decisión y resolución, dice que, efectivamente, debe haber “mejores” canciones para cantar, y que es eso lo que ha decidido hacer. Su mejor canción será estudiar Literatura, manejar sus secretos, leer esos difíciles libros… Y está decidida a lograrlo.

 

Y comienza la tarea. Cambia su peinado, su modo de vestir. Y estudia con ahínco. Su lenguaje va cambiando también. Toma un curso en otro campus. Renta un departamento que comparte con una chica de su edad, Trish, y junto con ella comienza a trabajar en una cafetería frecuentada por estudiantes. La relación con sus compañeros también cambia. La buscan, le hacen preguntas, la invitan a salir. Y está contenta. Va encontrando su canción. Su otra canción para cantar.

 

Mientras tanto, Frank comienza a evidenciar en su conducta la desazón que todo esto le produce. Por un lado, siente asombro y admiración por el progreso de su alumna, pero, por el otro, intuye que hay allí algo extraño. Mientras tanto, su matrimonio con Julia se está deshaciendo, y la evidencia de su vacío existencial se acrecienta. La expresión de ese vacío se hace cada vez más clara, y también se hace evidente que la Literatura no puede llenarlo. En una de sus clases, Frank aparece otra vez tomado, y de modo más palpable. Trastabillando sube a la tarima profesoral. “Literatura!”, exclama, con voz tambaleante. Y parafrasea al Evangelio: “¿En qué beneficia a un hombre saber Literatura si pierde su alma”? No se puede negar que dijo algo importante. Pero su situación es trágica y sus alumnos continúan riéndose. Finalmente, después de otros intentos por mantener el equilibrio, Frank cae pesadamente. La tarima profesoral es arrastrada en la caída. Todo un símbolo, quizás. Y una reflexión: ¿hay que llegar a estar bebido para expresar públicamente la lucidez evangélica?

 

La relación de Frank con su alumna comienza a deteriorarse. En última instancia, se había enamorado de Rita, pero ella está en otro mundo; paradójicamente, un mundo al cual Frank la había ayudado a introducirse. La busca en el bar donde trabaja, preguntando por Rita, cuando en realidad sus nuevos amigos la conocen por Susan. La búsqueda termina infructuosamente, y Frank termina otra vez bebido, durmiéndose frente a las ventanas de sus autoridades universitarias. Para éstas, eso es un escándalo, severamente punible.

 

Cuando al día siguiente llega a su casa, encuentra a su esposa junto con su pretendiente. Un colega. Ambos le anuncian la situación.”Congratulations!”, responde Frank. Y allí se queda, en su gran casa, con sus libros, absorto en su soledad, en su vacío.

 

Rita, mientras tanto, sigue “progresando” en su nuevo mundo, aunque tuvo que contemplar algo que al parecer no comprendió. Su amiga Trish intentó suicidarse. Pero falló. Ambas dialogan, en el hospital. Rita pregunta:

“¿Por qué?

“Dime por qué no”.

“No llores, aún estás aquí…”

“Por eso lloro; no funcionó”.

“Vamos, no querías matarte, sólo…”

“¿Sólo qué? Crees que tengo todo…”

“Trish, lo tienes…!!”

“Ah, si… Cuando escucho música y poesía puedo vivir; el resto del día soy sólo yo y no me alcanza”.

Rita no logra entender qué está diciendo su amiga. Se supone que ella tiene ese nivel cultural que Rita estaba intentando lograr. Para Rita, eso era su norte, su logro, su mejor canción que cantar… ¿Qué ocurre, entonces?

 

Apesadumbrada, pero firme en su nueva canción, llega a la casa de Frank, para devolverle unas poesías que éste le había prestado. Eran de él. La noche anterior era aquella en la que Frank había “felicitado a la nueva pareja”. Y allí estaba Rita, con sus poesías en mano, elogiándolas enfáticamente. Frank responde con indiferencia. Rompe sus manuscritos. Ambos se enfadan, y discuten agriamente. El eje central de la discusión se evidencia cuando ella lo acusa, en cierta medida, de no estar convencido con su “progreso”. “Tengo ahora lo que tú tienes: un cuarto lleno de libros, sé cuál de ellos leer, sé qué vino comprar, qué ropa usar, qué obras ver, y qué diarios leer”. Pero Frank va directamente al punto: “¿Es eso todo lo que querías? ¿Crees que encontraste una mejor canción para cantar? No. Encontraste una canción diferente para cantar”.

 

La relación entre ambos mejora hacia el final de la película. Rita pasa su examen con altísimas calificaciones. Y agradece a su profesor, a quien encuentra embalando sus libros, dado que ha sido “castigado” y es enviado a una universidad extranjera. Rita corta el cabello de su profesor, en señal de agradecimiento. Pero, antes, éste le había pedido que se fuera con él. Y ella había contestado evasivamente.

Finalmente se despiden, en el aeropuerto. Y se abrazan.

 

En todo lo que hemos relatado hay un tema central, una cuestión de fondo, que va dando sentido a la película, desde el principio hasta uno de sus más importantes diálogos finales.

 

¿Cuál es el sentido de la vida humana? Ya hemos dado nuestra opinión. El sentido último de nuestra existencia es Dios. Esto no es un postulado. Es una conclusión lógicamente inferida a partir de la existencia de Dios, existencia que a su vez es lógicamente inferida a partir de la existencia de las cosas contingentes, que son primeras en nuestro conocimiento, pero segundas en el orden de la creación. Ahora bien, todas estas cuestiones también pueden ser vistas mediante una mostración vivencial, o, podríamos también decir, existencial. ¿No has sentido siempre, desde lo más profundo de tu ser, un inevitable llamado a la felicidad? ¿Negarás que quieres ser feliz? No niego que tal vez puedas decir que no quieres ser feliz, pero no creo que puedas sentir esa negación. Ese “querer la felicidad”, profundo, originante de todos tus deseos, es el apetito natural al bien, que todas las cosas tienen ínsito en su naturaleza. En nuestro caso, ese apetito natural al bien pasa por el conocimiento intelectual de las cosas, y a eso llamamos voluntad. Y hemos visto que esa voluntad es libre, en el sentido de que nunca se enfrenta, en este mundo, con lo que podría determinarla absolutamente.

 

Nuestra vida es una búsqueda constante del bien. Claro, nuestra inteligencia puede equivocarse, y/o nuestra voluntad puede rebelarse contra el verdadero bien, y por ambos motivos nuestra búsqueda es muchas veces infructuosa, agregando a nuestra vida muchos dolores que de otro modo podríamos evitar.

 

Si la felicidad absoluta y total se identifica con Dios -como hemos visto en el anterior comentario- lo más parecido que podemos encontrar, en este mundo, a esa felicidad, es ponerse en camino hacia Dios, y hemos visto que ese “ponerse en camino” admite infinitas posibilidades. Pero niega otras. Sobre todo, aquello que destruya tu naturaleza y/o atente contra la de tu prójimo (la injusticia, por ejemplo). Porque esas faltas del bien que corresponde a tu ser son incompatibles con alcanzar al Ser Infinito, que es Dios.

 

Ahora bien: para todo esto hay un camino, que te comunica con Dios, con tu prójimo, contigo mismo y con el universo restante, que es el amor. El amor a Dios es algo que “surge” en nosotros. Ese surgimiento tiene un margen de misterio que la filosofía no puede explicar, pero en parte sabemos que es ayudado por la conciencia de que Dios nos ha creado para que lleguemos a El y seamos absolutamente felices, para siempre, en El. Al amar a Dios, comenzamos a amarnos y a estar en paz con nosotros mismos, pues sabemos que es allí cuando nuestro “yo” alcanza su sentido último y originante. Como un hombre que se enamora de una gran mujer, y es correspondido, y siente, inevitablemente, que su vida tiene sentido. Hasta huele mejor!

 

A su vez, comenzamos a estar en paz con nuestro prójimo, porque comenzamos a evitar todas las injusticias que podamos cometer contra nuestros hermanos en creación. ¿Y por qué? Porque también amamos a nuestro prójimo, y nada injusto hacemos en ese caso. Y eso, porque advertimos que no podemos crecer, e ir hacia Dios, en medio de nuestras injusticias. Y, por último, estamos en paz con toda la naturaleza, al advertir que cualquier agresión y destrucción inútil es un acto indigno contra un efecto de Dios.

 

Todo esto suena bastante lógico: es la “lógica del amor”. Nada raro. Amor y razón son una en Dios; en sus criaturas, son potencias distintas, pero nuestra armonía con Dios las complementa, y nuestra des-armonía con Dios las enfrenta. Esto es muy importante, y volveremos a esto cuando acompañemos al capitán Kirk en uno de sus viajes interplanetarios.

 

Bueno, me dirás, te pusiste a filosofar y te fuiste por las ramas. ¿Qué tiene todo esto que ver con Frank y Rita?

 

Rita también busca la felicidad. Busca el bien. Busca algo que la haga crecer. Y lo encuentra en la Literatura.

 

¿Y qué?, me dirás. Calma, te podrás imaginar que me parece muy bien. Como también me hubiera parecido muy bien que la encontrara en su peluquería. O en sus hijos. O en la literatura y en sus hijos. O en lo que quiera. Siempre que… ya veremos qué.

 

Frank también buscaba la felicidad. Pero había una diferencia entre ambos. Una diferente conciencia existencial. Tratemos de ver qué es eso.

 

Frank había encontrado algo de felicidad en la literatura, como cualquiera de nosotros encuentra algo de felicidad en nuestra vocación, al seguirla. Para cualquiera de nosotros es un problema no poder seguir nuestra vocación. Por lo tanto, esto está claro.

 

Pero Frank advierte que falta algo. Hay una dimensión de la existencia humana, que es precisamente el sentido último de esa existencia, que nada de este mundo puede proporcionar. Frank lo sabe, pero lo “sabe” en un sentido negativo y existencial. Sabe que sus libros no pueden -como ninguna otra cosa puede- darle ese sentido, pero parece no advertir dónde puede estar oculto este último. Es la angustia existencial. Que se acrecienta con el fracaso de su matrimonio, lo cual le advierte del significado del fracaso del amor. La angustia existencial: el no saber cuál es el sentido último de nuestra existencia. Miles de escapismos inventamos para tratar de tapar esa angustia. Pero Frank no inventa muchos. De vez en cuando se emborracha. Pero nada más. Vive, asume su angustia. En ese sentido, es una existencia auténtica, como dijo un colega.

 

En última instancia, Frank sabe que puede ser un gran literato, o un gran filósofo, o lo que fuere, pero no por ello será, necesariamente, una “mejor” persona. Esto es, una persona que está en camino hacia Dios, y, por ende, en armonía consigo misma, con su prójimo y con la naturaleza. Y es a partir de allí que su trabajo específico -profesor de literatura o peluquero- tiene pleno sentido existencial, además de eficiencia, porque no se puede ser una buena persona sin el deseo de hacer bien el trabajo que nos comunica con la existencia cotidiana.

A la luz de este enfoque, ciertos detalles de la película adquieren pleno sentido. El principal, que resume lo que queremos decir, es el diálogo entre Frank y Rita donde ésta insiste en que ha encontrado una mejor canción que cantar. Frank, lúcido en su angustia, le responde: no. Has encontrado una canción diferente. No una “mejor”.

 

¿Por qué? Ya lo hemos dicho. Tu vida está llena de canciones diferentes, esto es, de posibilidades vitales distintas, sobre las cuales tienes poder de elección. Ellas son todo el infinito número de vocaciones y modos distintos de vida según tus gustos y capacidades; desde astronauta hasta pianista, de literato a peluquero, de filósofo a carpintero, etc. Todos esos modos de vida son, en sí mismos, igualmente buenos, aunque tú debas descubrir cuál es el adecuado para tí. Eso es existencialmente importante y es parte de tu felicidad. Pero hay una elección, en cambio, entre dos estados de tu espíritu que son irreductiblemente contrapuestos, y ya no igualmente buenos en sí mismos. Y esa opción vital ineludible es: vives en el amor a tu prójimo, fundado en el amor a Dios, o no. Lo primero es la canción mejor; lo segundo, ni siquiera es canción: suena mal, desafina, te destruye, te anula, te paraliza. Si vives en la canción del amor del que te hablo, todo lo que hagas -vuelvo a decir, sea cual fuere tu vocación- lo harás con afecto, y, por lo tanto, te llenará existencialmente, sentirás que es algo que justifica tu existencia, porque le has encontrado su sentido último. De lo contrario, entrarás tarde o temprano en angustia existencial, y descubrirás, como Frank, que de nada vale ser el gran profesor de literatura si el sentido último de tu vida no está resuelto. Como único intento de escapar de esa angustia, de vez en cuando se emborracha, pero, paradójicamente, allí se siente libre para expresar sus palabras más sabias. ¿De qué le sirve al hombre saber literatura si pierde su alma? Y esto te lo dice alguien cuyo modo de vida no es demasiado distinto al de Frank.

 

Claro, lo mismo vale para cualquier otra cosa. ¿De qué le sirve al hombre ser peluquero si pierde su alma? ¿De qué te sirve cualquier cosa si pierdes a Dios? ¿De qué sirve algo sin Dios? Puedes tener infinitos finitos bienes, pero sin el Infinito Bien, nada tienes; y si tienes muchos finitos bienes, y también estás en camino hacia Dios, serás feliz, porque los usarás en armonía contigo mismo y los demás.

 

Frank y Rita están, en ese sentido, en una situación existencialmente peculiar. El tiene conciencia de su angustia, pero no sabe cómo salir. Ella quiere cantar una canción mejor sin advertir que es una canción diferente. El logra enseñarle literatura, pero no lo anterior. A ella le cuesta enfrentarse con ese problema. El intento de suicidio de Trish le resulta extraño. ¿Cómo alguien tan culta y que escucha tan buena música puede intentar suicidarse? Pero las palabras de Trish son reveladoras de la angustia del ser humano cuando descubre lo cercano a la nada de su contingencia: cuando dejo de escuchar música, entonces soy sólo yo y no me basto… Observa: no es cuestión de angustiarse por ser “yo”, sino “sólo” yo. Ese “sólo” yo es lo insoportable. Tu yo comienza a “respirar” cuando entra en contacto de amor verdadero con otro yo. Y eso abarca a tu cónyuge, a tus amigos, a tus familiares. Pero eso tampoco basta. Comienzas a sentir la necesidad de una fuerza adicional que te sostenga, más allá de las potencialidades de lo humano, en medio de los problemas de este mundo. Comienzas a sentir la necesidad del amor Infinito, fundamento de los demás amores finitos, que es Dios. Como dijimos antes, puedes estar toda tu vida escapando, de mil modos, a la angustia que te produce siquiera imaginar que tu presencia en este mundo es sólo una enorme casualidad. Y sin happy ending. La huida del tema de la muerte es uno de los mejores síntomas de ese “raje” continuo.

 

Vamos! Despertemos! Advirtamos cuál es la única mejor canción! ¿Cuántas veces, cotidianamente, no tenemos la misma confusión existencial que padeció Rita? Recordemos sus palabras cuando discute con Frank: tengo un cuarto lleno de libros, sé qué vino comprar, qué ropa usar, qué obras ver… ¿Cuántas veces no juzgamos a los demás por todo eso? Olvidamos que hubo santos analfabetos, y también santos llenos de libros y de conocimientos humanos, y tanto unos como otros fueron santos porque amaron mucho. Simplemente por eso. Allí está la mejor canción.

 

Si tienes un cuarto lleno de libros, busca en ellos la verdad, y, si la encuentras, enséñala, porque esa será tu manera de amar.

 

Creo que será bueno que termine estas reflexiones citándote unas palabras cuyo contenido tiene mucho que ver con todo esto que he intentado transmitirte. Quien las escribió también era profesor, como Frank -aunque no de literatura- y tuvo también un cuarto lleno de libros. Tuvo una familia, a la que amó absolutamente, y ha tenido a miles de alumnos, a los que educó en el sentido más profundo del término -y, por lo tanto, amó-. Dice así: “Prepararse para ser adulto es, pues, mucho más, y más importante, que elegir una actividad o un estudio determinado. Es forjar un plan de vida sobre bases éticas, religiosas, políticas. Es saber si se puede mentir o no; si la violencia es admisible o condenable; si amaré a mi prójimo o seré indiferente a su suerte; si prefiero la frivolidad como constante o si soy capaz de adentrarme en las honduras de mi alma; si me siento criatura divina o si me supongo un accidente bioquímico sin sentido conocido; si prefiero saludar a mi vecino cortésmente o si lo ignoraré mientras nada tenga que esperar de él. Cuando tenga resueltos estos aspectos en apariencia tan simples, muchas actividades podrán complacerme. De lo contrario, podré ser un buen o mediocre profesional, tener éxito o fundirme en los negocios, llevarme más o menos bien con mi mujer o separarme de ella. Pero nunca seré un hombre pleno porque en mi juventud habré olvidado que debía preparar el futuro. Seré existencialmente pobre, sin remedio” (*).

(*) Luis J. Zanotti, Cuando el presente es futuro, Fundación Banco de Boston, Buenos Aires, 1988. Los subrayados son nuestros.

 

Gabriel J. Zanotti es Prof. y Lic. en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Dr en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Prof. tit. de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Prof. co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Prof. visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue Prof. Tit. de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.