AMAR AL PRÓJIMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma que es lo más preciado del ser humano, sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de psique en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.

 

La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor “regalar un pescado en lugar de ensañar a pescar”).

 

Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal. En el lenguaje coloquial se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie. En verdad se trata de una perogrullada: si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo ¿en interés de quien estará?

 

Estaba en interés de la Madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres el realizar esa transferencia puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria, también está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y  también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.

 

En esta línea argumental,  Erich Fromm escribe en Man for Himslef. An Inquiry into the Psychology of Ethics que “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.

 

Es curioso pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que abdicar de uno mismo, lo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a si misma es incapaz de amar a otro,  puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.

 

Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Sto. Tomás de Aquino en la materia, así en la Suma Teológica afirma que “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a si mismo que al prójimo” (2da, 2da, q. xxvi, art. iv).

 

En el amarás a tu prójimo como a ti mismo, la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual no habría acción alguna puesto que para que exista acción debe haber preferencia, la indiferencia,  en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente,  se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es inclinarse más por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene Coca y Pepsi y le pregunta que prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho estará frente a tres variantes: elegir Coca,  elegir Pepsi o delegar la decisión en el mozo pero si se mantiene indiferente e indeciso frente a uno de los tres caminos, no beberá nada.

 

En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio se estaría incurriendo en un sinsentido puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal lo cual define la acción que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción altrernativa.

 

A veces se confunden conceptos porque aparecen problemas semánticos de peso. El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la Escuela Escocesa del siglo xviii, Adam Ferguson, quien en su History of Civil Society afirma que “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tiene deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela” puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.

 

Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de “altruismo” si se la define con el ingrediente que señala el Diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.

 

También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar a lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en La democracia en América: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.

 

Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente a veces se confunde el narcisismo con el individualismo ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.

 

El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado Honoring the Self  mantiene que “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, explica que “Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer el mismo, moriría […Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.

 

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco. Edward de Bono en La felicidad como objetivo nos dice que “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, éste era entonces necesario para la felicidad del Estado […en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.

 

En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación desde la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero debe estarse muy en guardia de quienes alardean de “amor al prójimo” mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada Generosity, “Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requiere la entrega de lo que pertenece al donante, entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto aunque pueda ser legal. En no pocos casos hay que estar en guardia con los que declaman a los cuatro vientos el amor porque habitualmente son narcisistas que en definitiva no lo practican con nadie, cuando no proponen políticas que conducen a graves confrontaciones.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿QUÉ ES UNA IDEOLOGÍA?

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 26/6/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/06/que-es-una-ideologia.html

 

De “El analogante de las ciencias”, en Derecho y Opinión (6), 1998, pp. 683-697.

“…Nos detendremos un poco más en el tema de la ideología.

Otra vez, aclaremos qué no estamos criticando. No nos estamos refiriendo a ideas sobre sistemas políticos que, con su carga de esencial opinabilidad, se consideran mejores para la convivencia humana, ni tampoco a valores ético-sociales básicos de la filosofía política, como el respeto al bien común, la limitación del poder, etc. Nos estamos refiriendo a lo siguiente.

En primer lugar, la ideología, más que contenidos concretos, es una actitud, la cual parte de una premisa fundante: existe el sistema social perfecto. No importa que sea posible o imposible, que de hecho exista o haya existido tal o cual sistema social “X”; lo importante -por eso decimos que es una actitud mental- es que se lo conciba como “perfecto”. El ideólogo anade a esto una premisa gnoseológica, que ha sido calificada como “racionalismo constructivista”[1]: es posible conocer perfectamente los medios que racionalmente conducen a ese ideal. Dadas estas dos premisas, hay otras dos características que emanan cual necesarias conclusiones: este sistema es la única opción moral posible, pues, si es perfecta, si con ella se elimina absolutamente todo margen de pobreza, de guerras, de ignorancia, cómo va a ser moralmente legítimo optar por otro sistema que deje margen para sufrimientos, que, aunque mínimos, pueden evitarse? Y la otra conclusión es: ese sistema es la última etapa de la historia. No en el sentido de que no pueda abandonarse el sistema, sino en el sentido de que un abandono tal sería un retroceso. Esto es, dado ese sistema, la humanidad no puede avanzar socialmente más. Por qué? Muy simple: porque ese sistema es elperfecto.[2]

A esto se agrega una quinta característica, pero no necesaria, sino basada en una conjetura dada la comprensión empática de la naturaleza humana: la tentación de violencia[3]. Esto es, puede ser posible un ideólogo tranquilo, sentado en su silla, contemplando este mundo espantoso al lado de la pureza del ideal que él considera posible, escribiendo, hablando y esperando pacíficamente que la humanidad “se convenza” de sus enseñanzas. Pero es difícil. Si todo sufrimiento puede eliminarse así, de un día para el otro, con la implantación del orden social perfecto… Por qué esperar? No es acaso una violencia injustificada la ignorancia de los dirigentes que tanto sufrimiento ocasionan a nuestros semejantes? No claman a la justicia los gritos de los pueblos sometidos a las torturas de la imperfección? Cuanto más inteligente y bueno sea nuestro ideólogo, peor. Pues si ha estudiado las condiciones para la guerra justa que vienen ya desde la escolástica, entonces, la revolución armada contra la violencia de la imperfección puede ser entendida como una legítima defensa cuyo momento está por llegar de un momento a otro…

Por supuesto que hay ideologías que colocan a la violencia como una etapa necesaria de su visión del mundo. Así fueron el marxismo-leninismo y el nazi-fascismo. Pero colocamos a esta quinta característica como no necesaria porque todo puede ser ideologizado. Si alguien supone que la democracia constitucional es el sistema social perfecto (lo cual es un error: es bueno, mas no perfecto), entonces…

Analicemos por un momento los posibles orígenes de la primera y segunda premisas. Habitualmente es una metafísica racionalista muy bien hecha, como el materialismo dialéctico que inspiró al marxismo leninismo. Esas metafísicas tienen filosofías de la historia que pretenden conocer las etapas necesarias de la historia humana; de allí la negación del libre albedrío, la justificación de todo aquello que lleva la etapa final y la pretensión de imposibilidad de juzgar desde fuera alguna de esas etapas -nadie puede estar fuera del proceso necesario; quien pretende estarlo, criticando a la ideología en cuestión, es un antirrevolucionario (y, consiguientemente, un enemigo de la humanidad).

Por supuesto, esta última característica es acompañada por otra que puede estar después de la cuarta y antes de esta. Se desprende necesariamente de las primeras cuatro. Es la cerrazón absoluta a la crítica. El ideólogo no dia-loga; monologa. La crítica metódica de la cual hemos hablado está coherentemente excluida, pues, si existe el sistema social perfecto y se conocen perfectamente los medios que conducen a él, ninguna crítica puede agregar algo al sistema. A lo sumo, un ideólogo pacífico, tipo ideal[4]difícil pero posible, puede someterse a la crítica metódica para ver si puede mejorar sus medios argumentativos y retóricos de difusión de su ideología, pero no como algo que verdaderamente agregue algún aspecto de la realidad que él desconocía. Por supuesto, volvemos a conjeturar que, psicológicamente, del monólogo permanente a la violencia física (pues el monólogo es una violencia lingüística) hay un paso muy tenue, muy sutil, muy próximo.

La hermenéutica del mundo, para el ideólogo, es muy singular. Para él no hay negro, gris y blanco. Hay negro y blanco. Esto es: el no ideologizado es capaz de ver al mundo como un gris, y ese gris es ya un éxito frente al negro de las guerras y las miserias absolutas. Sabe que el blanco es imposible y que los intentos de lograrlo conducen al negro. Por eso sus propuestas son más bien medidas concretas para mejorar tal o cual aspecto[5], y no propuestas globales de perfección.

El ideólogo, en cambio, ve al mundo, que en realidad es gris, como un negro permanente al lado del posible y alcanzable blanco que propone. Esto es: lo que para el no ideologizado es soportable porque es el bien social posible, al lado de lo imposible, para el ideologizado ese bien es insoportable, un negro total, al lado de lo perfecto, lo blanco, perfectamente realizable.

Otra fuente importantísima de las ideologías es el clericalismo, actitud que puede darse en cualquier religión. Esto es, la creencia de que Dios ha revelado cuál es ese sistema social perfecto, y que es nuestro deber, por ende, seguir esa revelación. Esta fuente es particularmente peligrosa por cuando el ideólogo se siente aún más tentado a utilizar la violencia y a justificarla, si es necesario, como un profeta -armado hasta los dientes- de las iras de Dios ante este mundo pecador.

En el cristianismo, esto constituye en error terrible[6]. Jesucristo ha redimido a cada corazón; esa redención tiene efectos temporales, pero abiertos a una pluralidad de opciones todas legítimas en tanto no contradigan lo esencial del mensaje revelado[7]. Jesucristo no ha revelado cuál es el mejor régimen político, por más que los diversos integrismos cristianos, de izquierda o de derecha, pretendan lo contrario. Ha dejado a ese tema a la libre opinión de los hombres[8]. Sobre todo, hay un concepto aquí que el ideólogo-religioso no logra aceptar: la tolerancia, en función de un bien mayor[9], y la tolerancia cuando ese bien mayor es el respeto a la conciencia[10]. Este último punto es especialmente relevante. No sería mejor un mundo sin el pecado que la libertad religiosa produce? No, sería peor. Porque la libertad religiosa no produce el pecado: lo hace más visible y sincero. Y un mundo donde los hombres pecan en su corazón y ocultan la manifestación externa del pecado por el temor servil a la imposición de una fe por la fuerza es un mundo falso, hipócrita y explosivo[11]. La verdad nos hará libres, sí, y la libertad nos hará verdaderos.

El no-ideologizado no carece de ideales políticos; simplemente, los considera buenos, perfectibles, opinables en cierta medida, no perfectos. Esa es la esencial distinción. No es cuestión de contraponer el idealismo ético de las utopías contra cierto “pragmatismo”, “realismo” (en el mal sentido del término) de quienes se oponen intelectual y vitalmente a ciertas utopías. Ese es un recurso dialéctico muy útil especialmente caro a ciertas utopías violentas que han perdido gran parte del dominio del planeta. Es asunto es esencialmente al revés. La crítica a las utopías desarrollada por Karl Popper, por ejemplo, su defensa de la no-violencia y la responsabilidad social del intelectual[12]están basadas en una ética muy profunda. La ética del diálogo, de la tolerancia, del respeto al disidente[13], donde aflora la perfección de la debida tolerancia a lo imperfecto.

Ahora bien: todo lo dicho hasta ahora sería absolutamente insuficiente si olvidáramos un tema central: por qué las dos primeras premisas de la actitud ideológica son erróneas? Por qué no puede existir un sistema social perfecto y no pueden conocerse perfectamente los medios que a él conducen? Porque la naturaleza humana es imperfecta, y el conocimiento humano, limitado.

La naturaleza humana es imperfecta, no en el sentido de su esencia, que en cuanto tal, ontológicamente, tiene todo lo que la esencia humana requiere, ni tampoco en el sentido del libre albedrío, que es una perfección[14]. Es imperfecta por cierta tendencia al mal moral, reconocida de modo natural sobre todo por los miembros de la escuela escocesa de pensamiento político[15]y de modo sobrenatural por la revelación cristiana sobre el pecado original. A la razonable objeción sistémica de que la naturaleza de cada individuo puede ser imperfecta pero el sistema social, en cuanto sistema, no, se contesta con la segunda parte de nuestra respuesta: el conocimiento humano es limitado. Pretender elaborar y conocer un sistema que haya incorporado todas las imperfecciones humanas y carezca, en cuanto sistema, de todo margen de contingencia y posibilidad de falla, es una pretensión del racionalismo constructivista que en cuando tal no es compatible con el conocimiento limitado de la esencia de las cosas; sistemas inclusive. Por supuesto, es obvio que los sistemas están para absorber y evitar imperfecciones que de otro modo saldrían a la luz. El sistema político de la primera república norteamericana,en nuestra opinión, fue un ejemplo de una absorción sistémica de una imperfección humana. En efecto, el sistema partía de que la naturaleza humana tiende al abuso del poder, y por ende lo limitaba con un sistema constitucional. El asunto es, nuevamente, si esa absorción sistémica puede ser perfecta. Y, otra vez, la respuesta es no. No hay sistema humano que logre ponerse por encima de lo humano.

Lo único que, precisamente por ser sobre-humano, pero no antihumano, y por ende puede reclamar perfección, es el amor a Dios movido por su Gracia. Y eso, llevado a su plenitud, es la santidad. Y por eso, no es casual que sean santificadas personas y no sistemas. “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”: no fue un mandato destinado a un determinado sistema social, sino la exigencia más íntima que duerme en cada corazón humano, y que, una vez despertada, rechaza, como parte de su santidad, toda forma de violencia, física, lingüística, actitudinal, presentando al amor, y sólo a éste, como lenguaje de la verdad.

 

[1] Hayek, F.: “Los errores del constructivismo” [1970], en el libro Nuevos estudios en filosofía, política, economía e historia de las ideas; Eudeba, Buenos Aires, 1981.

[2] Estas cuatro características, más la quinta que vamos a explicar ahora, no han sido expuestas en ese orden por ningún autor que nosotros conozcamos; sin embargo, nada de eso hubiéramos podido haber sistematizado sin las fuentes inspiradoras de Popper, K.: “Utopía y violencia” [1947], en el libro Conjeturas y refutaciones, Paidós, Barcelona, 1983, y Spaemann, R.: Crítica de las utopías políticas; Eunsa, Pamplona, 1980.

[3]Ver Popper, op. cit.

[4] En sentido weberiano.

[5] Popper, K., op. Cit.

[6] Ver Spaemann, R., op. Cit., cap. IV.

[7] Ver Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, cap. III, punto 43.

[8] Ver León XIII, “Cum multa’’ [1882], en Doctrina Pontificia, t. II, Bac, Madrid, 1958, p. 132; “Inmortale Dei”, op. Cit., p. 218; “Sapientiae christianae”, op. Cit., p. 282; Pío XII, “Grazie”, op. Cit., p. 821.

[9] Sto. Tomás, I-II, Q. 96, a. 2, c.; I-II, Q. 95, a. 2, ad 3; Pío XII, “Comunidad internacional y tolerancia” [1953], en Doctrina Pontificia, op. Cit., p. 1008. Sobre el tema de la opinabilidad esencial de los sistemas políticos, nos hemos explayado con detalle en “La temporalización dela Fe”, en Cristianismo, sociedad libre y opción por los pobres, VVAA, Centro de Estudios Públicos, Santiago de Chile, 1988. Obsérvese que estamos citando para estos temas a quienes algunos integristas citan para sus fines: Sto. Tomás, León XIII y Pío XII.

[10] Ver declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, del Concilio Vaticano II. Sobre la supuesta contradicción del magisterio del Vaticano II en este tema y el magisterio anterior, ver nuestro artículo “Reflexiones sobre la encíclica ‘Libertas’”, en El Derecho, (7090), 1988.

[11] Qué ocurre habitualmente en las sociedades que tienen una transición de regímenes autoritario-religiosos a regímenes democráticos con distinción entre Iglesia y estado? No hay una especie de “explosión” de “malas costumbres”? Los integristas, habitualmente, la atribuyen al régimen recién instalado. Cometen un error: el régimen recién instalado no hace más que dejar ver los terribles efectos del pecado original, que habían tratado de ser inútilmente ocultados por la tapa de la olla de un ingenuo autoritarismo. Es más: ese corazón humano no se oculta, sino que se enardece más ante el poder del autoritarismo. La redención de Cristo nada tiene que ver con la policía y las cárceles, ingenuos, inútiles y irrisorios intentos de sustitución del poder Salvífico de la mirada de Cristo en la cruz. (Esta reflexión no se contrapone en absoluto con la “función educativa de la ley humana positiva”).

[12] Popper, K.: Tolerancia y responsabilidad intelectual, op. Cit.

[13] Ver Artigas, M.: Lógica y ética en Karl Popper, op. Cit.

[14] Sto. Tomás, Suma Contra Gentiles; Bac, Madrid, 1967, t. II, libro III, cap. 73.

[15] Ver Gallo, E.: “La tradición del orden social espontáneo: Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith”, en Libertas (6), 1987; y, del mismo autor, “La Ilustración Escocesa”, en Estudios Públicos (30), 1988.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Manipulación genética y otras variantes:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 25/3/15 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2015/03/25/manipulacion-genetica-y-otras-variantes/

 

Es notable y maravilloso el progreso de la ciencia en  sus múltiples ramas. Probablemente la genética es el reglón que más ha avanzado en los últimos tiempos. La prevención y curación de enfermedades resulta formidable.

El ser humano está físicamente formado por células que en su interior hay una sustancia denominada citoplasma en la que se encuentra el núcleo en cuyo seno se encuentran partículas llamadas cromosomas que son un conjunto de genes los cuales se identifican con moléculas de ácido desoxirribonucleico (DNA) que constituyen la clave de la herencia. En base a este material los científicos han contribuido a rectificar malformaciones y curar ciertas enfermedades antes incurables. Pero debe tenerse muy en cuenta que el ser humano no es solo kilos de protoplasma sino que para que tenga sentido su característica medular cual es el libre albedrío posee estados de conciencia, mente o psique que permite que haya racionalidad, argumentación, proposiciones verdaderas y falsas,  ideas autogeneradas, revisión de los propios juicios, identidad personal, responsabilidad individual,  moral y, claro, la propia libertad.

Esto último no puede intentar invalidarse por un científico desbocado sin destruir lo propiamente humano. He aquí el peligro de ciertos proyectos genetistas que modifican sin límite la información y el caudal genético y propuestas de los así llamados científicos que pueden proporcionar sustancias que anulan la voluntad, tal como lo describe la horrenda antiutopía de Huxley al efecto de fabricar seres obedientes al poder político. Hay entonces un límite bioético a la manipulación de las personas por métodos que no son terapéuticos sino destructivos de la personalidad.

El significado no es el mismo que el que se practica en el reino vegetal y animal, como queda dicho, en el hombre está presente la dimensión espiritual, de lo contrario, si se sobrepasan los límites de la manipulación se cae en la ingeniería genética en el peor de los sentidos, convirtiendo al ser humano en una mera cosa de laboratorio sujeta a las mayores de las tropelías.

Resulta de mucho interés detenerse a considerar los pensamientos de C. S. Lewis en su obra The Abolition of Man. Consigna este autor que a raíz de las mencionadas manipulaciones “el hombre deja de ser tal para convertirse en un artefacto. La conquista final del hombre será así la abolición del hombre” puesto que “si por medio de la eugenesia el poder de algunos hace de sus descendientes lo que les plazca, los hombres que vivan después serán por siempre pacientes del poder” ya que “los moduladores de hombres de la nueva era estarán armados con poderes de un Estado omnipotente y una irresistible técnica científica” y concluye que “si el hombre ha decidido tratarse a si mismo como materia prima, materia prima será”. Sin embargo, destaca Lewis que “aquellos que fundan la verdadera ciencia son los que aman la verdad que excede el amor al poder”.

Colabora en la destrucción de lo humano el uso metafórico de ciertas expresiones que se extrapolan ilegítimamente al ámbito de lo no humano. Así, se dice que los ordenadores “tienen memoria” que “calculan” o que son “inteligentes”. También se recurre a una peligrosa metáfora cuando de dice que fulano “es un enfermo mental”.

Veamos esto por partes. Nuestros abuelos y bisabuelos solían decir que hacían un nudo en el pañuelo para recordar tal o cual asunto, pero nadie en su sano juicio diría que el pañuelo tiene memoria o cuando se guardan archivos en un galpón, no se diría que el galpón tiene memoria. Es un atributo exclusivo del ser humano que se diferencia en lo que ocurre en el reino animal por la capacidad de conceptualización y no una reacción instintiva mecánicamente asociativa.

Tampoco es apropiado sostener que la máquina calcula ya que son impulsos eléctricos programados, a menos que aceptemos seriamente que el reloj “nos dicen la hora”. Y lo mismo ocurre con el término inteligencia que significa leer adentro (inter legum) que solo es atribuible al ser humano. Por último, mantener que algunos seres humanos son enfermos mentales desconoce lo básico de la patología que significa una lesión orgánica, de las células o los tejidos, la mente o las ideas no pueden estar enfermas, puesto que la psique o el estado de conciencia no es material, consustancial al libre albedrío que, por definición, no está programado o determinado (no está sujeto al determinismo físico para recurrir a la terminología popperiana).

Nada más espantoso que imaginarse el escenario en el que los hombres voluntariamente ingieren sustancias por las que se anula su voluntad y, como contrapartida, obtienen sensaciones de satisfacción. Esto es sin duda mucho peor que la antiutopía orwelliana donde el gran hermano impone el totalitarismo, en este caso la gente pide convertirse en soldaditos serviles a los caprichos del poder. Es la degradación más absoluta y la renuncia más grosera a la condición humana.

Huxley -a quien invito a mis lectores a leer con especial atención- consignó su escalofriante pronóstico en 1932 pero en 1946 escribió un nuevo prólogo en el que rectifica algunos puntos de su obra original convirtiéndola en un trabajo compatible con una mirada liberal y, en 1959, escribió Brave New  World Revisited ya francamente liberal, un libro realmente de gran calado al tiempo que también aterrador.

En el mencionado prólogo Huxley nos dice que la obra contiene “considerables errores que para enmendarlos debería reescribir el libro” y subraya que “una población que predominantemente se le ha arrancado la propiedad siempre produce confusión económica y social. Para tratar esa confusión, el poder se ha centralizado y el control gubernamental se ha incrementado. Es probable que todos los gobiernos del mundo serán más o menos totalitarios […] Solo un movimiento popular en gran escala hacia la descentralización y la autorrealización podrá contrarrestar esta tendencia hacia el estatismo. En el presente [1946] no hay signos de que ese movimiento tenga lugar”, situación en la cual no solo se trata de “lo inhumano” sino que es “demostrablemente ineficiente”. Esa perspectiva se facilita enormemente si “los jefes poderosos y su ejército de planificadores controla una población de esclavos que no necesitan ser coaccionados porque aman la esclavitud. Para  hacer que ese amor suceda, la faena en los estados totalitarios del momento se ocupan de ministerios de propaganda, editores de diarios sumisos y profesores adictos […] El amor a la esclavitud no puede ser establecida sin una profunda revolución en las mentes humanas […] y luego con la ayuda de sustancias especiales […], un sistema de eugenesia diseñado para homogenizar el producto humano facilitará el trabajo de los planificadores”.

Años después, en el nuevo libro revisitado que hemos mencionado afirma que en gran medida las personas renuncian a ser humanas y piden “televisión y hamburgueses pero no las molesten con la responsabilidad de la libertad”. En este contexto consigna que la inutilidad de las batallas estadísticas debe suplirse con análisis conceptual puesto que “el significado de los hechos naturalmente depende del sistema particular de ideas con que se interpretan”.

Es de gran interés atender los razonamientos de esta autor a través de varias citas al efecto de sopesar sus muy fértiles contribuciones: afirma que “una multitud es caótica, no tiene propósito propio y es capaz de cualquier cosa excepto de acción inteligente y pensamiento realista. Juntos en multitud, la gente pierde su poder de razonamiento y su capacidad de  decisiones morales”, en cambio, “la lectura es privada, no una actividad colectiva. El escritor le habla solo a individuos, sentado su lado en un estado de sobriedad normal […] pero la mediocridad subhumana a quien se dirige el demagogo apela a la imbecilidad en que se base para poner a sus víctimas en acción que caracteriza no al hombre y a la mujer como individuos pero hombres y mujeres como masa”.

Continúa escribiendo que “Muchos de nosotros deseamos la paz y la libertad pero muy pocos de nosotros tiene mucho entusiasmo por los pensamientos, sentimientos y acciones que hacen posible la paz y la libertad. Al revés, muy pocos son los que desean la guerra y la tiranía, pero mucha gente encuentra placer en los pensamientos, los sentimientos y las acciones que conducen a la guerra y la tiranía […] Los métodos que ahora se usan para comercializar a los candidatos políticos son como si se trataran de desodorantes con lo que se garantiza que el electorado escuche la verdad de nada […] Una sociedad democrática es una sociedad dedicada a que como el poder es habitualmente abusado y por ende debe ser entregado a funcionarios exclusivamente de modo limitado y por períodos también limitados.”

Por otro lado, G. A. Hudock escribe un libro de gran provecho con un título muy sugestivo:Genes, terapia y la ingeniería genética, Frankenstein es aun un mito pero debe ser releído permanentemente, y otra variante de lo tratado en esta nota es cierta tendencia positivista dentro de la amplia gama de las neurociencias que también convierten en aparato al ser humano como si el sistema nervioso, las conexiones neuronales y los procesos de conducción eléctrica y química pudieran tener propósito deliberado y la consiguiente libertad de elección sin concebir la mente distinta del cerebro, tal como, entre otros, apunta el premio Nobel en Neurofisiología John Eccles en La psique humana (también en colaboración con Karl Popper la obra cuya tesis está muy bien ilustrada en el título: El yo y su cerebro) y, recientemente, el R.P. Dr. Juan José Sanguineti en su notable trabajoNeurociencia y filosofía del hombre. Para concluir, recordemos siempre otro de los pensamientos clave de C. S. Lewis quien subraya prioridad de la psique al consignar que “Usted no tiene alma, usted es su alma; usted tiene cuerpo”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

La tarea de velar por el respeto recíproco:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 222/12/14 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2014/12/22/la-tarea-de-velar-por-el-respeto-reciproco/

 

Nadie puede tirar la primera piedra, todos podemos hacer las cosas mejor, pero hay algo que se hace cada vez más imperioso analizar. Para este propósito sugiero comencemos con una cuidadosa reflexión sobre tres pensamientos de gran calado, uno de Thomas Jefferson, otro de John Stuart Mill y, por último, uno de José Ortega y Gasset.

Jefferson ha dicho que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”, y Mill ha consignado que “las malas personas requieren para lograr sus propósitos que las buenas no hagan nada” (lo cual ha sido también atribuido a Edmund Burke, en el sentido de que “todo lo necesario para el triunfo del mal es que las personas de bien no hagan nada”). En la misma dirección ha sentenciado Ortega y Gasset: “Si quiere aprovecharse de las ventajas de la civilización pero no se preocupa por sostener la civilización, se ha fastidiado usted. En un dos por tres se queda sin civilización. Un descuido y cuando mira usted en derredor todo se ha volatilizado”.

Como es sabido, la condición humana se caracteriza por el libre albedrío, por el propósito deliberado, por la capacidad de elección; en otros términos, por la libertad que diferencia al hombre de todas las especies conocidas. Ese espacio de libertad permite que cada cual se encamine hacia sus proyectos de vida personales sin la interferencia prepotente de otros. Esa es, por otra parte, la definición de libertad: ausencia de coacción por parte de otros hombres.

Hay infinidad de metáforas y extrapolaciones ilegítimas de otros campos a la esfera de las relaciones sociales. Se ha dicho que no se es libre de bajarse de un avión en pleno vuelo, que no se es libre de ingerir arsénico sin sufrir las consecuencias, que no se es libre de dejar el cigarrillo, pero estas consideraciones son aplicables a otras áreas, como la biología o la física.

Cuanto más se cercene la libertad, naturalmente menor será el espacio que el hombre pueda decidir y menor el radio en el que pueda administrar su vida, hasta llegar a solo ser libre en el territorio de su pensamiento si no se le inyectan sustancias que le hagan perder el conocimiento o disminuir su capacidad analítica. La pérdida de la libertad equivale a la pérdida de la vida humana, convierte al hombre en un artefacto sujeto a manipulaciones.

Pues bien, la imprescindible libertad no aparece por ósmosis, es la consecuencia del esfuerzo sistemático de seres humanos concretos que se preocupan y ocupan por que ella tenga vigencia a través de normas civilizadas. Cuando esto se descuida sobreviene el estrangulamiento de la libertad, es decir, el estrangulamiento de la vida propiamente humana.

Esta faena de cuidar la libertad equivale a la ardua tarea de vigilar y proteger el respeto recíproco que constituye el eje central de la sociedad abierta. Faena que es responsabilidad ineludible de cada uno, no importa a qué se dedique ni cual sea su profesión; todos estamos interesados en que se nos respete.

Por tanto, no es pertinente que estas tareas vitales se endosen a otros. Es inadmisible que se actúe como si se estuviera en la platea de un teatro, frente a un escenario en el que los actores son los que asumen la responsabilidad por lo actuado mientras que los de la platea son simples espectadores. En nuestro caso, ese comportamiento es inadmisible y de una irresponsabilidad manifiesta.

Todos y cada uno somos responsables de velar por nuestro entorno para que se nos respete, como decimos, cualquiera sea nuestra ocupación y cualquiera sea el lugar geográfico en que estemos ubicados. Resulta indignante escuchar a los que pontifican en reuniones sociales lanzando críticas a lo que ocurre, luego de lo cual se dedican a sus arbitrajes, cuestiones personales o simplemente a dormir la siesta de la vida. Los intereses de cada uno serán muy legítimos, pero son insuficientes si no se dedica algún tiempo a permitir que esos intereses personales puedan realizarse en lugar de delegar sobre los hombros de otros esa responsabilidad.

Los canales más fértiles para contribuir a que se acepten los valores y principios que permiten vivir en una sociedad abierta son la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo, pero hay infinidad de vías y procedimientos para ayudar a que se comprendan aquellos valores y principios. Uno de los caminos es el book club, esto es, la reunión periódica de cinco o seis personas para discutir un buen libro, en la que uno expone por vez y los otros discuten, y al año siguiente cada uno de los participantes forma un nuevo grupo y así sucesivamente. Sin duda que hay muchos otros métodos, pero en todo caso, no cabe la mala excusa de que hay personas capacitadas y preparadas sobre las que debe recaer este trabajo; como queda dicho, todos necesitamos el oxigeno vital del respeto recíproco.

Cuando se aproxima el período electoral, las discusiones sociales y mediáticas se concentran en torno de los candidatos que mejor miden en las encuestas. Ya es sabido que los ciudadanos votarán al que, a su criterio, es el menos malo. Pero el asunto no da para más y no permite una discusión de alto vuelo, está al nivel del zócalo y no es nada conmovedora, por cierto. El tema serio y medular estriba en indagar qué hace cada uno diariamente para revertir el cuadro de situación, influyendo en ideas que contrarresten lo que viene ocurriendo y muestren horizontes con mayor riqueza que la miseria del presente.

Principalmente, lo que se requiere es esfuerzo y constancia para estudiar, actualizarse y difundir los valores y principios del respeto recíproco en el campo de la ética, la historia, el derecho, la economía y la filosofía. Mirar para otro lado significa que los distraídos son cómplices directos de lo que sucede. No hay derecho al pataleo si no se procede en consecuencia.

Constituye una retribución sumamente gratificante cuando los estudiantes o lectores dicen que el alimento recibido les ha hecho ver otra dimensión y otra perspectiva completamente distinta respecto a los lugares comunes y archiaburridos que se vienen repitiendo con machacona insistencia a pesar de los reiterados fracasos que producen las visiones estatistas y retrógradas.

Por otro lado, si bien las incomprensiones se deben a la alarmante apatía e indiferencia de gran cantidad de personas que, como decimos, se ufanan en sostener que la actividad de preservar y sostener los pilares de la sociedad libre la deben llevar a cabo otros, también debemos hacernos la autocrítica por la calidad del mensaje que emitimos, al efecto de pulirlo y mejorarlo, para lo cual debe mejorar la gimnasia de la empatía, poniéndonos en los zapatos de los interlocutores para tocar el espíritu de personas de buena fe y honestas intelectualmente que simplemente no reciben bien lo que se desea trasmitir.

No hay tal cosa como un bloque de conocimientos que integran un sistema terminado; muy por el contrario, todo está en evolución en el contexto de asuntos que son siempre provisorios y sujetos a refutación. Pero, precisamente, para mantener abiertas de par en par puertas y ventanas e incorporar nuevos conocimientos y reducir nuestra colosal ignorancia, se hace indispensable la libertad como marco irremplazable, es el sine qua non de todo lo demás y, nuevamente repetimos, para contar con esto las personas tienen que sentirse responsables y actuar en consecuencia todos los días.

Y no se trata de dedicarse a la política, puesto que eso es poner la carreta delante de los caballos. Los políticos son megáfonos de la opinión pública. Se trata de influir sobre ésta para permitir que en la esfera política se articulen discursos compatibles con el espíritu liberal.

No tiene sentido sorprenderse de la decadencia de los valores: es una consecuencia inevitable de la cantidad de gente que se mantiene al margen y observa inerte hechos que se suceden sin solución de continuidad. Por eso la prueba definitiva para los que se quejan es preguntarles que hacen cotidianamente para frenar la avalancha. Si la respuesta es “nada”, la consecuencia natural es lo que vemos en las noticias.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

LA METAFÍSICA DE KARL POPPER

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 27/4/14 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2014/04/la-metafisica-de-karl-popper.html

 

(dehttps://www.academia.edu/4217615/El_liberalismo_politico_de_Karl_Popper)

Es correcto decir que la filosofía de Karl Popper se reduce a la afirmación de la

falsabilidad empírica como principio metodológico de las ciencias naturales?

Sencillamente, no. Su filosofía tiene una serie de temas, cuya explicación no es ahora el

momento, pero que tienen en común que no son empíricamente falsables:

 

a) la afirmación de la noción de verdad como adecuación a la realidad (18);

b) coherentemente con lo anterior, la afirmación del realismo frente al idealismo (19);

c) la teoría de los 3 mundos: el físico, los estados humanos de conciencia y las teorías en

sí mismas consideradas (20);

d) la afirmación de la verdad y la lógica como propiedades privativas de las teorías del

mundo 3 (21);

e) la no reducción del mundo 3 a lo material (22);

f) la consiguiente irreductibilidad de la inteligencia humana a lo material y la

afirmación del libre albedrío (23);

g) la diferencia esencial entre ciencias sociales y naturales no tanto sobre la base del

método (24) sino por la afirmación del libre albedrío (25);

h) y todo ello, sin contar con la actitud racional montada sobre el imperativo categórico

de la no violencia y el diálogo, eje central de su moral que corona y-o fundamenta la

actitud crítica que está detrás de todo su sistema.

 

Estamos convencidos, no sólo de que estas tesis se sostienen de modo no conjetural y son

afirmadas decididamente por Popper como programas metafísicos de investigación (26), sino

que además son todos coherentemente analizados sobre la base de una noción de “crítica”

que nunca se redujo a una versión de falsación como “teoría versus hechos”. El posterior y

tan mentado enfrentamiento de Popper con Kuhn (27) ha hecho olvidar el carácter fuertemente

metafísico del método hipotético-deductivo en Popper, no sólo por el origen metafísico de

las conjeturas, sino por la teoría implícita en la base empírica que los científicos

“convencionalmente” utilizan para el testeo. Lo que queremos decir con todo esto es que

la ética de Popper, evidentemente no falsable, no es una isla, una excepción en un autor que

ha sido interpretado como un casi positivista, sino al revés: es un telón de fondo sumamente

coherente en un autor cuyo enfrentamiento con el positivismo del Círculo de Viena fue

mucho más visceral que lo que sus posteriores enfrentamientos con una hermenéutica

relativista puedan hacer suponer (esto no implica afirmar que sea Kuhn la expresión de esa

hermenéutica).

 

La conclusión es la siguiente: la libertad de expresión frente al estado autoritario o

totalitario no se basa en el relativismo gnoseológico, del cual el conjeturalismo sería una

versión, sino en la afirmación, no conjetural, del mandato de no imponer las ideas por la

 

 

18 Ver Conocimiento objetivo y Realismo y el objetivo de la ciencia (bibliografía).

19 Op.cit.

20 Sobre todo en Conocimiento objetivo, op.cit.,cap. 4.

21 Op. cit., y El universo abierto (ver bibliografía).

22 Op.cit.

23 Op.cit.

24 Sobre todo, en La miseria del historicismo, op.cit., cap. IV.

25 Op.cit y El universo abierto, op.cit.

26 Véase Realismo y objetivo de la ciencia, p. 232.

27 Sobre todo por “Normal Science and its Dangers”, en Criticism and the Growth of Knowledge, Cambridge

University Press, 1970, y el art. “The Myth of the Framework”, en el libro homónimo, op.cit.

 

 

 

Bibliografía:

 

Popper, K.: Un mundo de propensiones; Tecnos, Madrid, 1992.

________ Logica das ciencias sociais; Editora Universitade de Brasilia; 1978.

________ Teoría cuántica y el cisma en física; Tecnos, Madrid, 1985.

________ Realismo y el objetivo de la ciencia; Tecnos, Madrid, 1985.

________ El universo abierto; Tecnos, Madrid, 1986.

________ La miseria del historicismo; Alianza Ed., Madrid, 1987.(4)

________ Búsqueda sin término; Tecnos, Madrid, 1985.

________ Conjeturas y refutaciones; Paidós, Barcelona, 1983.

________ Conocimiento objetivo; Tecnos,Madrid, 1988.

________ La lógica de la investigación cientifica,Tecnos, Madrid, 1985.

________ Sociedad abierta; universo abierto; Tecnos, Madrid, 1984.

________ Replies To My Critics; in The Philosophy of Karl Popper, Part II; Edited by P.

Arthur Schilpp Lasalle; Illinois, 1974.

________ The Myth of the Framework; Routledge, Londond and

New York, 1994.

________ The Lesson of this Century; Routledge, 1997.

________ In Search of a Better World, Routledge, 1994.

________ All Life is Problem Solving, Routledge, 1999.

________ El cuerpo y la mente; Paidos,1997.

________ The World of Parmenides; Routledge, 1998.

________ The Open Society and Its Enemies, Princeton University Press, 1971, vols 1 y 2.

Miller, D. (ed.): Popper Selections; Princeton University Press, 1985.

Popper, K, y Lorenz, K.: O futuro esta aberto; Fragmentos, Lisboa, 1990.

Hayek, F.A.von: “Scientism and the Study of Society”; en The Counter Revolution of

Science; Liberty Press, 1979.

________ “The Theory of Complex Phenomena”; en Studies in Philosophy, Politics and

Economics; University of Chicago Press, 1969.

Artigas, M.: Lógica y ética en Karl Popper; Eunsa, Pamplona, 1998.

Corcó Juviñá, J.: Novedades en el universo: la cosmovisión emergentista de Karl R.

Popper; Eunsa, Pamplona, 1995.

 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

¿Es la moral algo gaseoso y resbaladizo?

Por Alberto Benegas Lynch. Publicado el 28/3/13 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7731

 A veces se considera el criterio moral como algo alejado de la razón y envuelto en una nebulosa difícil de desentrañar o, de lo contrario, se la mira como un campo solo ligado a la religión o al sexo. Las tres nociones están fuera de foco. Las ideas básicas del bien y el mal son inherentes al individuo y pueden ser cultivadas y perfeccionadas en el transcurso del tiempo, en paralelo con el carácter evolutivo de esa concepción que permite ensanchar el campo moral a medida que se amplía el conocimiento.

Lo bueno o malo es lo que hace bien o mal a las personas para su acercamiento o alejamiento de la autoperfección en su condición humana, para actualizar las potencialidades en busca del bien o para renegar y desconocer esas potencias del ser humano. Lo moral es inseparable del concepto de respeto: a si mismo en el vínculo intrapersonal o a terceros en las relaciones interpersonales.

La moral alude a lo normativo, es un ámbito prescriptivo no descriptivo, no se refiere a lo que fue o a lo que es sino a lo que debe ser. Algunas religiones (la mayoría, desde las más antiguas) adoptan principios morales que son anteriores al ejercicio de su culto, pero la condición moral no está atada a determinada religión (un agnóstico puede ser tan moral como un religioso consistente con su credo).

Como queda dicho, en no pocas ocasiones se circunscribe la moral a cuestiones sexuales y equivalentes, pero el territorio abarca áreas muy vastas hasta comprender toda la conducta humana (solo los humanos pueden ser catalogados bajo la vara moral debido a su libre albedrío y, consecuentemente, a su responsabilidad individual). Como se ha señalado, el respeto a la propia persona es un aspecto de la moral, el respeto a otros lo completa y enriquece.

Esto último -el respeto a otros- se refiere a la necesidad de abstenerse de recurrir a la fuerza agresiva: todos los actos que invaden autonomías individuales son inmorales. Todas las acciones que agreden a otros, sea atacando la propiedad, la vida o la libertad de nuestro prójimo son inmorales y, desde luego, no hay diferencia que cometa la agresión una persona, una institución o un gobierno (la inmoralidad puede ser, y frecuentemente es, legal o sea apoyada por el aparato de la fuerza).

Hoy en día todos los gobiernos en mayor o menor medida le faltan el respeto a los gobernados. Podemos decir que el siglo de oro del respeto se ubica entre el Congreso de Viena al finalizar las guerras napoleónicas hasta la Primera Guerra Mundial, período en el que la participación promedio de los gobiernos en los países civilizados era del seis por ciento de la renta total, donde no existían pasaportes, en un régimen de patrón oro, donde los contratos eran palabra sagrada, prácticamente sin aduanas, sin sistemas de la mal llamada “seguridad social”, en un clima de progreso moral y material, donde el contacto con el aparato gubernamental era (eventualmente) con el policía de la esquina si se cometía una infracción.

Hoy parece que solo se hace patente la inmoralidad de los sistemas autoritarios cuando se observan en documentales los rostros desencajados de andrajos humanos con sus bolsitos al hombro escapando de las fauces del Leviatán que ha cometido todo tipo de atropellos inimaginables en el sangriento y despiadado siglo veinte.

Más tenebrosa que la antiutopía de Orwell del Gran Hermano se torna más cercana la de Huxley en la que la gente pide ser esclavizada para desgracia de quienes conservan su autoestima y dignidad. Se ha descuidado a Tocqueville cuando sentenció que “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar una sin poseer la otra” y, antes que eso, el grito de varios de los Padres Fundadores en Estados Unidos en el sentido que “el costo de la libertad es su eterna vigilancia”.

Por momentos, con todo el bien que han hecho las religiones oficiales cuando abandonan la exterminación recíproca (en nombre de la bondad y la misericordia) y aceptan el ecumenismo, parecería que a algunos les hace mal a la cabeza cuando -en un alarde de hipócrita doble discurso- justificadamente critican el ataque al corazón de la propiedad con el nombre de “redistribución de ingresos” si está en boca de demagogos, pero les parece una receta aceptable en boca de sus sacerdotes. Enceguecidos, no se percatan del nexo causal entre una idea malsana y la ejecución de una política destructiva para la moral.

El parto contemporáneo de la idea liberal, es decir la idea del respeto irrestricto a los proyectos de vida del prójimo, se sitúa en las decimonónicas Cortes de Cádiz, donde por vez primera el liberalismo pasó de ser un adjetivo a ser un sustantivo para oponerse a los denominados “serviles” a contracorriente de José (Pepe Botella) Bonaparte y Fernando VII que ni bien reasumió abrogó la Constitución del 12. Como es sabido, el liberalismo no es una línea política sino una forma de vida social con la esperanza de ubicarse, en esta instancia del proceso de evolución cultural, en dosis diversas, en todos los partidos de una sociedad abierta en el contexto pluralista puesto que, como ha insistido Popper, las corroboraciones son siempre provisorias y sujetas a refutaciones por lo que se requiere debate abierto en ausencia de las siempre cavernarias ideologías que pretenden un sistema inexpugnable y terminado (me referí con algún detenimiento a esto en mi artículo de La Nación “El liberalismo como anti-ideología”, Buenos Aires, mayo 31 de 1991). Por ello es tan ilustrativo el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, es decir, no hay palabras finales en un clima de permanente evolución.

No pocos han sido los autores que han anunciado la muerte del bien y el mal en un contexto transvalorativo pero la distinción prevalece en el hombre civilizado (e incluso se intuía en el primitivo), por ello es que históricamente los códigos de mayor difusión han rescatado el bien y condenado el mal. Sin duda que en las relaciones sociales no cabe dictaminar sobre el fuero íntimo de cada uno que está reservado a la conciencia de cada cual, de lo que se trata es del respeto recíproco.

Resulta por cierto alarmante la indiferencia al avasallamiento de los derechos de terceros, y cuando toca lo propio es más desconcertante aún que el damnificado explica como se adaptará a la nueva norma salvaje, hasta que los espacios de libertad se reducen a la respiración y a algún movimiento irrelevante. Quienes pretenden dar la voz de alarma en esta situación es como si lo hicieran desde el fondo de un pozo sin buena acústica y en la oscuridad y abandono más absolutos (por ejemplo, para ilustrar con lo de hoy, cuando advierten de otro doble discurso superlativo: los bailouts a Chipre que se acaban de cerrar con el apoyo del FMI por la principal razón de que más de la mitad de los depósitos del sistema bancario pertenecen a capitostes vinculados al gobierno ruso).

El doble discurso y la indiferencia moral anestesian la mente frente al peligro. Es una especie de jujitsu al revés: como se sabe, se trata de una técnica marcial iniciada por los samurai del Japón feudal por la que en el combate cuerpo a cuerpo se utiliza la fuerza del contrario para vencerlo. Pues bien, no pocas personas de nuestro mundo moderno, al abandonar valores morales, paradójicamente están recurriendo a su propia fuerza para autoaniquilarse.

La contracara de tanta hipocresía consiste en que, de un tiempo a esta parte, han surgido jóvenes entusiastas que han decidido dar batalla en los frentes intelectuales para establecer un sistema de tolerancia y respeto recíproco que constituye la base de un sistema ético. Hay que celebrar con alegría estos acontecimientos que tienen lugar en muy diversos rincones del planeta…y, desde luego, sería un acto de imperdonable cobardía el dejarlos solos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

Acerca de la maldad

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/6/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7312

Vez pasada publiqué una columna en la que como una anotación marginal hice mención a dos libros: Hacia una teoría general de los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad de Marcelino Cereijido y, de Stanton Samenow, Inside the Criminal Mind. A raíz de mi referencia, me llamó la atención el haber recibido correos en los que lectores me sugieren que me explaye sobre este apunte que deslicé al margen, incluso en número mayor de los e.mails ingresados que aluden al eje central de mi artículo. Pongo entonces manos a la obra, un tema sobre el cual ya he escrito y que ahora estoy en vena de volverlo a hacer explorando otros andariveles.
 
Lo primero que se me ocurre precisar es que cuando se hace alusión a la maldad no se hace referencia a aquellos actos que pueden ser viciosos e inconvenientes pero no lesionan derechos de terceros. Los grados de malicia, de perversidad, el engaño, la trampa, el daño, las acciones criminales y las abominables contra personas siempre están conectadas a la demolición de las autonomías individuales de otros.
 
Creo que debe distinguirse el vicio del crimen (que puede o no ser castigado por la ley…incluso hay leyes que son en si mismas criminales). Cuando con razón se dice que “como la luna, todos tenemos nuestro lado oscuro” no necesariamente se alude a la maldad sino al desbarranque personal en la búsqueda de la excelencia y de hábitos viciosos. Lo mismo va para lo que podríamos denominar “la psicología del doctor Jekyll y mister Hyde” (para recordar a Stevenson) donde se exponen dos costados que en el contexto de esta nota que ahora escribimos no alude necesariamente al mal en el sentido de lesionar derechos de terceros (aunque ese ingrediente esté potencialmente presente, no se actualiza debido al autocontrol).
 
Ahora bien ¿cómo es que se gesta el mal? Es un tema de razonamiento, de modo de ver el mundo y la propia persona del malvado. Es la indiferencia por el daño infringido a otros y la petulancia de considerarse superior al resto de los mortales y digno de satisfacer cualquier demanda respecto a lo que pertenece a otros. Sin duda que la educación influye en las personas para bien o para mal según lo que se trasmita, pero en el caso que nos ocupa se trata de sentimientos, de instintos que marcan la maldad del homicidio, de no hacer llorar y sufrir con deliberación y alevosía al vecino, de no engañarlo y trampearlo, no violar a sus hijas, ni sustraerle sus pertenencias, ni torturar y martirizar al prójimo. La educación y, sobre todo, la autoeducación y el ejercicio diario de abstenerse de observar hechos delictivos contribuye a formar (o, caso contrario, a desformar) la propia sensibilidad, pero no hace que la persona se convierta en una malvada. Todos nuestros ancestros provienen de las cavernas, eran rústicos, brutos y muy precarios pero no necesariamente criminales.
 
Es de gran interés prestar debida atención a lo que dice Stanton en la obra citada: “Cuando comencé este libro creía que el comportamiento criminal era un síntoma de conflictos enterrados en la persona fruto de traumas y depravaciones de un tipo u otro. Pensaba que los criminales lo eran debido a desórdenes psicológicos de algún tipo, una situación social opresiva o ambas cosas [….] sin embargo, descubrí que debía desaprender prácticamente todo lo que había aprendido en mis estudios de posgrado […] El propósito de este libro es mostrar que nuestras conclusiones habituales sobre las causas de la criminalidad están totalmente equivocadas y por qué las soluciones convencionales no son en absoluto soluciones […] La noción que los desempleados cometen crímenes es absurda, en primer lugar los desocupados no son todos delincuentes, más bien muchos de los criminales no desean trabajos honestos […] Constituye una idea racista de la peor especie el suponer que porque una persona es negra (marrón o amarilla) es inadecuada para asumir su entorno y, por ende, no puede dejar de convertirse en un criminal […] Situaciones económicas difíciles se suelen asociar a la criminalidad […] Si eso fuera correcto tendríamos mucho mas crímenes de los que tenemos. La mayor parte de de los pobres respetan la ley y la mayor parte de los que provienen de hogares destruidos no son delincuentes”. En verdad, el atribuir la criminalidad a la pobreza constituye un insulto gratuito a nuestros ancestros que provienen de las miserias más escalofriantes.
 
Stanton explica que “Los criminales causan crímenes, no padres inadecuados, la televisión, los colegios, las drogas o el desempleo. El crimen reside en la mente del criminal y no es causada por condiciones sociales […] Todo debe comenzar atribuyendo la plena responsabilidad al autor de las ofensas. Esto significa que la persona es responsable por haber cometido un crimen, independientemente de sus antecedentes sociales o de las adversidades que debió afrontar […] La conducta es consecuencia del pensamiento. Todo lo que hacemos es precedido o acompañado y seguido de pensamientos […] Los criminales aprenden a engañar a psiquiatras y a las cortes para obtener encierros en hospitales que son más cortos y benévolos que hacerlo en prisión […] Los criminales son todo menos enfermos. El criminal es frío, calculador y deliberado en sus acciones. Los criminales distinguen el bien del mal. De hecho, algunos de ellos conocen las leyes mejor que sus abogados […] Los criminales no fueron forzados por otras personas a ser criminales, ellos eligen compañeros que aprecian y admiran […] Al colocarse en la situación de víctimas, buscan la simpatía y mantienen la esperanza de ser absueltos de culpabilidad”.
 
Thomas Szasz en The Myth of Mental Ilness apunta que no hay tal cosa como “enfermedad mental” ya que la medicina enseña que la enfermedad constituye una lesión orgánica y que, por tanto, es una metáfora muy peligrosa concluir que la mente, la psique o las ideas son susceptibles de estar enfermas en el sentido en el que la patología usa esa expresión, lo cual no excluye la posibilidad de problemas orgánicos (químicos) en el cerebro situación que alude a otro plano de discusión bien distinto.
 
Hay quienes tienen la manía de atribuir estados de “enfermedad” a todos aquellos cuyas conductas estiman se apartan de la media. En este sentido, es muy provechoso prestar atención al título de una de las obras de Erich Fromm: La patología de la normalidad para mostrar que cada persona tiene sus características especiales sobre las que debe asumir su responsabilidad. La tesis contraria (y la más común) proviene de Sigmund Freud quien era determinista-materialista y, por ende, no creía en la libertad y consecuentemente atribuía todo a causas anteriores, lo cual pone de manifiesto, entre otros escritos, al referir “la ilusión de que existe algo como libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe ceder ante la demanda del determinismo lo cual se extiende a la vida de la mente” (Introductory Lectures on Psychoanalysis, en The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmond Freud, Londres, Hoargath Press, vol.XV, 1917/1974, p.106), al contrario de autores que se separaron de esa visión como Alfred Adler quien, por ejemplo, respecto a los criminales, escribió que adolecen de “una equivocada concepción del mundo y una equivocada noción de su importancia y de la importancia de otras personas” (en “Individual Psychology and Crime”, Quartely Journal of Corrections, 1930/1977), p.11).
 
Hace unos días un ex alumno mío me mostraba que había incorporado en uno de sus trabajos en curso, estadísticas de fuentes varias sobre la criminalidad en cierto país en las que se exhibía que el grueso de los crímenes eran perpetrados por jóvenes provenientes de condiciones muy pobres y, también, que la impunidad era grande debido a que la mayor parte de los imputados se los excusaba de la cárcel o, a poco andar, quedaban el libertad. En esa oportunidad pregunté si se había incluido en las referidas estadísticas a llamados empresarios que lucran en gran escala debido al favor oficial pero que, en la práctica, significa esquilmar a la gente como, por ejemplo, cuando se decreta que los bancos no deben devolver los depósitos a sus clientes y así sucesivamente. También pregunté a mi contertulio si había incluido en esos cuadros y gráficos a los crímenes de los narcotraficantes multimillonarios. La respuesta fue que no se incluyeron esos crímenes en ninguno de los dos casos, de lo contrario hubiera quedado en claro que la impunidad es mucho mayor de la que se supone, la edad promedio hubiera subido y los montos también se hubieran elevado exponencialmente.
 
Por su parte, en el trabajo mencionado de Cereijido se ilustran muy bien maldades de diverso calibre, aunque, de modo contradictorio, el autor suscribe el determinismo físico o materialismo filosófico con lo que la imputación de maldad desaparece debido a la negación del libre albedrío y el dualismo mente/cuerpo, suponiendo que los humanos somos solo kilos de protoplasma (además de los errados supuestos que surgen en el mismo libro donde se instala la suma cero como fundamento de las transacciones de mercado). Los ejemplos de perversidad son múltiples en esa obra. En este sentido, ni siquiera por haber sido la cuna de la aparición del homo sapiens se respetó a los habitantes del continente africano, puesto como escribe el autor, la “rapiña y abuso omnipresente tuvieron y siguen teniendo alturas de sublime hijoputez. Así, entre 1440 y 1870 se llevó a cabo un tráfico de esclavos que sentó las bases de muchas economías planetarias. Los africanos, hombres y mujeres, luego de su captura, eran trasportados en barcos, sin ropa, ensardinados unos junto a otros y engrillados todo el tiempo; situación en la que hacían sus necesidades, unos sobre otros”. Alude también a quienes roban y saquean en medio de catástrofes como terremotos o inundaciones. Subraya que “el político recurre a usar cierto tipo de palabras, trajes y peinados; se fotografía con su familia y su perro en un lugar apacible de la casa. Y sonríe. Hasta el más truhán logra aparecer en las fotos como un candidato moralmente sano y responsable. En algunas de éstas, carga con sus brazos a algún bebé desconocido en un acto público para que el retrato sugiera que es humano, sensible y protector”…cáscara del poder para dominar, en este sentido recordemos el aforismo de que “cuando se detenta un martillo, todos los problemas comienzan a parecer clavos”. También Cereijido sostiene que “Una forma menos obvia, pero no por ello menos maligna, es el adoctrinamiento de los niños en dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad”. Se refiere a las guerras “habitualmente hechas por unos pocos individuos que poseen gran poder (líderes nacionales, estadistas respetados), quienes en general actúan aconsejados por sus más inteligentes estrategas […] A pesar de que los cuadros los pintan blandiendo su espada a la vanguardia de sus escuadras, los generales están en verdad muy alejados del frente de batalla; normalmente, dejan su espada en el guardarropa y entran a sus despachos para dar órdenes de aniquilar al enemigo sin más agresión o emoción que cuando ordenan al jardinero cortar el césped o regar los jazmines”. Finalmente, este doctor en fisiología destaca en su libro las iniquidades de la venta de indulgencias, la Inquisición, el robo y la vejación a desvalidos y otras maldades (que, dicho sea al pasar, muchas de ellas nunca aparecieron en las estadísticas de la criminalidad).
 
Entonces, no es que la maldad resulte irreversible, el tema central es evitar a toda costa formular un diagnóstico equivocado y, a partir de eso, si se quieren corregir estos problemas, lo primero es comprender que el malvado debe asumir toda la responsabilidad y comenzar a desandar el camino percatándose y detectando sus razonamientos desquiciados, lo cual puede ser apoyado y ayudado con el concurso de terceras personas siempre y cuando se lleven a cabo con recursos propios y no succionando el fruto del trabajo ajeno…y menos aun de las propias víctimas de los crímenes.
 
Finalmente, queda para otro trabajo analizar el mal realizado por personas de buena fe pero que destruyen vidas de otros, por ejemplo, a través del aparato estatal propugnando medidas autoritarias. En este caso, nada calza mejor que aquello de que “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones”.  

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.