El nuevo decálogo de la política exterior de Brasil

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 26/5/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1902513-el-nuevo-decalogo-de-la-politica-exterior-de-brasil

 

El gabinete del presidente interino de Brasil, Michel Temer, está compuesto de pesos pesados. De primeras figuras, esto es de aquellas que generan confianza y respeto inmediatos por su propia presencia y envergadura. Uno de ellos es José Serra. Un hombre de largo tránsito por el escenario grande de la política del país vecino. Milita en el Partido de la Social Democracia Brasileña, junto a Fernando Henrique Cardoso. Serra ha sido, desde 1986, sucesivamente, diputado, senador, ministro de planificación, ministro de salud y gobernador del poderoso estado de San Pablo. Además, candidato presidencial, perdedor en 2002 y en 2010.

En un discurso pronunciado el 18 de mayo pasado al tiempo de asumir las responsabilidades propias de la cartera de relaciones exteriores de Brasil, José Serra, definió las diez prioridades de la política exterior que implementará el nuevo gobierno.

Por la importancia que cabe asignar al Brasil en nuestro propio escenario de política exterior, es oportuno descifrar su mensaje, para tenerlo en cuenta en los tiempos que vienen cuando -seguramente en compañía de Brasil- la región se alejará -paso a paso- de lo que ha sido una frustrante década pérdida, exasperantemente llena de retórica vacía, plasmada en un discurso único agresivo y de corte bolivariano. Fuertemente ideologizado entonces, y con una frustrante partitura entonada en común, escrita con una participación decisiva y permanente de Caracas y La Habana. Acompañada, lamentablemente, de silencios inexplicables en materia de defensa de la democracia y de las libertades civiles y políticas de nuestros pueblos. De aquellos que, por lo que significan, nos avergüenzan.

Veamos, uno a uno, los diez “mandamientos” que fueran expresados por José Serra

El primero se refiere a la sustancia de la diplomacia brasileña. A su eje principal. La definición central básica de José Serra es: “Primero Brasil”. La marcha de la diplomacia brasileña deberá entonces edificarse, de manera transparente e intransigente, sobre los valores legítimos de la sociedad brasileña. Los propios. Y sobre los intereses de su economía. Al servicio de Brasil y no más de conveniencias o preferencias ideológicas de algún partido político o de sus aliados en el exterior. Como ocurriera en tiempos de Marco Aurelio García y del PT. Todo un cambio profundo de rumbo. Muy distinto al de los tiempos bolivarianos, con una definición inequívoca de la nueva prioridad: Brasil. Lo fundamental, para Serra, es el Estado y la nación, no los gobiernos, ni jamás un partido político. El mensaje implícito hacia Mercosur y Unasur parece claro. Y, a tenor de la extrema dureza de José Serra con el cuestionado secretario general de esa entidad, el bolivariano Ernesto Samper, no habrá de inicio, cabe anticipar, mucho margen para las coincidencias.

El segundo mandamiento es también muy fuerte. Brasil estará atenta (no pasiva) en la defensa de la democracia, de las libertades y de los derechos humanos en cualquier país y ante cualquier régimen político. Lo hará siempre en consonancia con los tratados internacionales y respetando el principio de “no injerencia”.

El tercero, a su vez, tiene que ver con el anuncio de que Brasil asumirá un rol activo en la defensa del medio ambiente. Proactivo y pionero, a estar a los dichos específicos de José Serra. En busca de recuperar liderazgos extraviados.

El cuarto se refiera a la actuación futura de Brasil en los foros internacionales, tanto en los globales, como en los regionales. En ese particular universo, Brasil desarrollará una acción constructiva en favor de la solución pacífica de las controversias internacionales y procurará la adecuación de las estructuras institucionales a las nuevas realidades y desafíos en el mundo actual. Con prudencia e inteligencia, Serra no se refirió específicamente a la ambición brasileña de ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que, cuidado, no supone necesariamente un cambio de posición. En este capítulo incluyó sin embargo una mención expresa a la prioridad que Brasil asigna a todo lo financiero y a lo comercial, notoriamente preocupado por la que calificó gráficamente de “galopante” contracción del comercio internacional.

El quinto postulado enunciado por Serra se relaciona con la participación de Brasil en el comercio internacional, tema no menor para una nación que ha sido una de las más fuertes exportadoras del mundo. Para Serra, en lo inmediato Brasil debe diversificar sus esfuerzos y tratar de aprovechar la multiplicación de oportunidades que existe en el mundo, especialmente las que son bilaterales. No es sabio, dice, atarse a un único esfuerzo multilateral (el de la OMC) que está visiblemente empantanado y si lo es procurar, en cambio, abrir cada puerta comercial bilateral que existe o se abra. Sin dogmatismos y con pragmatismo. En procura de aprovechar todo. Con una mente y disposición abierta.

La sexta directiva tiene que ver con la urgencia de negociar los temas comerciales siempre desde la fortaleza que a Brasil le confiere el poder contar con un atractivo mercado doméstico, interesante para todos. Esto es, con auténtica reciprocidad de trato. Desde el realismo, entonces. Sin regalar nada a nadie.

La séptima definición de política exterior se refiera -específicamente- a nuestro país, la Argentina. Lo que no es menor, como reconocimiento de un vínculo especial. Aunque sea de corto plazo, en principio. Contiene un llamado a aprovechar lo que Serra llama sin disimulos: “coincidencias semejantes en materia de reorganización de la política y la economía”. Por ello nos propone una aventura, la de renovar -juntos- el Mercosur.Reformulándolo. Y fortaleciéndolo. Esto supone devolverle su esencia original: la de naturaleza comercial. Pero con un agregado significativo: el de construir también puentes con la Alianza del Pacífico, de modo que Sudamérica no esté más dividida entre las naciones de su oriente y las de su occidente. A lo que agrega la necesidad de incorporar (o, más bien, reincorporar) a México a nuestro andar común, de modo de no solamente aprovechar la complementariedad de las respectivas economías, sino también las coincidencias de visiones en lo internacional. Seguramente para contraponer el realismo a la ficción ilusionista bolivariana, que ha prevalecido en la región a lo largo de la última década.

La octava directiva pertenece también al capítulo comercial, sobre el que Serra pone un inequívoco acento. Propone ampliar y profundizar las relaciones con socios no tradicionales, como la Unión Europea, los Estados Unidos y Japón. Abrirse, en lugar de encerrarse. A lo que se suma enseguida la novena directriz, que tiene que ver con la necesidad complementaria de incrementar las relaciones comerciales y financieras con Asia, incluyendo naturalmente a sus dos gigantes: China y la India, muy especialmente. Pero también con África, que -nos recuerda Serra- ya no es “un continente que pide compasión”, sino uno que propone y procura intercambios económicos, tecnológicos e inversiones. En todos los casos, actuando con activismo e intensidad, nos propone Serra.

El último capítulo de su enumeración precisa de directivas, el décimo entonces, hace a la necesidad de mejorar la productividad y la competitividad de nuestras economías. Sin lo cual, nos dice Serra con toda razón, nuestros sectores productivos no podrán ser actores de peso y tener éxito en el complejo mundo actual. A lo que cabe sumar la necesidad de eliminar las distorsiones que aún nos perjudican comercialmente. Como son el exceso de burocracia; las trabas tributarias; y las deficiencias de nuestras infraestructuras, que están obsoletas. Para Serra, todo esto encarece en aproximadamente un 25% los precios de los productos que Brasil exporta concretamente.

Al completar su punzante alocución, Serra hizo algunas otras observaciones. Que eran de cajón. Como la necesidad de controlar mejor nuestras fronteras con los ojos y oídos puestos en el crimen organizado. O la de avanzar en la recuperación de la disminuida capacidad operativa de la respetada diplomacia de Itamaraty, saliendo para ello de la cansadora y frustrante “retórica exuberante” de la década pasada, para pasar a la eficiencia y la profesionalidad en la acción concreta.

Serra formula a su país una invitación a mejorar la acción concreta; a integrarse más al mundo; a no encerrarse en sí mismo; a diversificar los esfuerzos comerciales; a tener iniciativa y buscar resultados que puedan cuantificarse; y a aumentar su presencia en el mundo. Y nos invita especialmente a acompañarlo en la acción regional. Es cierto, respecto de nuestro país, hay en la plática de Serra una invitación puntual a trabajar juntos en lo inmediato, por cercanía y peso específico y sobretodo porque -en la nueva etapa que se ha iniciado- compartimos el modo de ver al mundo. Como ocurriera en otros tiempos.

Lo cierto es que, tanto en el corto plazo como en el largo, la Argentina y Brasil se necesitan recíprocamente. Son socios naturales y es tiempo de esforzarse en tratar de maximizar lo que debe lograrse con esa relación cercana, para lanzarnos a crecer juntos, con el objetivo permanente de mejorar los niveles de vida de nuestros dos pueblos.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Gabriela Michetti no se amilanó ante Nicolás Maduro

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 4/2/16 en: http://www.lanacion.com.ar/1868009-gabriela-michetti-no-se-amilano-ante-nicolas-maduro

 

En su sorpresivo debut en la diplomacia multilateral, nuestra vice-presidenta,Gabriela Michetti, participó en la IV Cumbre de Jefes de Estado de los países que integran la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe (Celac), en la ciudad de Quito, Ecuador. Lo hizo en reemplazo del presidente Mauricio Macri,impedido de viajar por prescripción médica.

El Celac -recordemos- es un organismo intergubernamental de diálogo y concertación política que nació en México, en el 2010. Más un mecanismo que una organización. Su presidencia rota anualmente y el desempeño de la misma se hace en compañía de una “troika” de otros tres miembros del Celac. Entre sus miembros hay sólo tres países que pertenecen al G-20, la Argentina, Brasil y México.

Su existencia tiene que ver con el verdadero encierro subregional que se edificó a lo largo de la última década. Tan es así, que el presidente anfitrión, Rafael Correa, pretendió que en la Cumbre que acaba de realizarse los miembros del Celac decidieran reemplazar a la Organización de Estados Americanos (OEA) por la propia Celac. La pretensión ecuatoriana estuvo -como siempre- acompañada por Venezuela y Bolivia. Sin embargo, fracasó y la secretaria general iberoamericana, Rebeca Grynspan, tuvo que expresar que “es claro que no hay acuerdo de todos los presidentes” con la maniobra urdida por los bolivarianos para tratar de hacer naufragar a la OEA.

El ahora fracasado proyecto de destruir a la OEA tuvo presumiblemente como objetivo central el de eliminar a los organismos de la OEA destinados a la defensa regional de los derechos humanos. Muy particularmente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que enfrentó corajudamente al propio presidente Correa cada vez que éste avanzó en dirección a cercenar la libertad de opinión y la libertad de prensa en su país.

Cabe recordar, asimismo, que Venezuela se ha retirado del Pacto de San José de Costa Rica y que los países bolivarianos han logrado designar algunas de sus primeras espadas en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, desde donde seguramente procurarán relativizar la protección regional a los derechos humanos y libertades civiles y políticas.

Lo sucedido en el cruce de opiniones entre Gabriela Michetti y Nicolás Maduro de alguna manera se anticipó al tiempo de tomarse la foto grupal de los concurrentes a la Cumbre de Quito. Allí Nicolás Maduro aparece emplazado al fondo a la derecha. En cambio, Gabriela Michetti se ubica en la primera fila, en el extremo izquierdo, por distintas razones.

Nicolás Maduro, que había anunciado que “iría con todo” contra la Argentina en Quito, así lo hizo. En su entender, al denunciar las violaciones venezolanas de los derechos humanos, la Argentina “se involucra en los asuntos internos del Estado venezolano”. Gabriela Michetti no se amilanó y reiteró la preocupación de su gobierno por la situación de los derechos humanos en el país caribeño que, dicho sea de paso, es lamentable. Reivindicando de esa manera el reclamo previo del presidente Macri, recordó la posición venezolana en materia de derechos humanos cuando éstos fueron violados en la Argentina, en tiempos de la dictadura militar, agregando que la postura de su gobierno es simplemente una manera de retribuir la solidaridad alguna vez expresada por los propios venezolanos.

A esos argumentos en algún momento habrá que agregar que la propia Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, señala que los derechos humanos corresponden a “todas las personas”. Con independencia de su nacionalidad. Lo que se complementa con lo expresado en la Declaración Americana de los Derechos Humanos y Deberes del Hombre, también de 1948, donde queda claro que “la protección internacional de los derechos del hombre” debe ser “guía principalísima” del derecho americano. Porque los derechos esenciales del hombre no nacen -como se ha dicho- del hecho de ser nacionales de determinado Estado, sino que tienen como fundamento los atributos esenciales de la persona humana. Razonamiento que luego fue complementado por lo expresado en el Pacto de San José de Costa Rica, en 1969, cuando la región entera se refirió a lo antedicho agregando que ello “justifica una protección internacional coadyuvante o complementaria de la que ofrece el derecho interno de los Estados”.

Es evidente que esta ha sido la razón central por la que Hugo Chávez decidió apartarse del Pacto de San José de Costa Rica, consciente de que el mismo representaba un obstáculo de peso respecto de su política de ignorar los derechos humanos y las libertades civiles y políticas de sus conciudadanos, propia del autoritarismo en el que se enroló. Por ello la “protección regional” le incomodaba. Como a Cuba.

La Cumbre de Quito tuvo lugar en una ciudad que es la capital más antigua de América del Sur. Durante la misma, estuvo prácticamente militarizada. Se celebró en la sede de la Unasur, un edificio moderno de 7 pisos, sobre la línea del ecuador, a unos 15 kms. al norte de la ciudad. Nuestra vicepresidente, acompañada por la canciller, fue recibida en una larga alfombra roja y saludada por el propio presidente anfitrión. Como corresponde.

Además de provocar a la Argentina con su protesta, Nicolás Maduro reconoció que Venezuela atraviesa una “situación económica sumamente compleja”, a la que calificó de emergencia económica. Seguramente sus colegas, al escuchar sus manifestaciones, no pudieron evitar pensar en que el propio Maduro es el responsable más grande de la crisis venezolana. Aunque no lo diga.

La Cumbre de Quito mostró el “cambio de viento” regional. Muy especialmente cuando enterró la postura anti-OEA promovida por los bolivarianos. En este último sentido, el presidente de la República Dominicana expresó concretamente la oposición de su país.

De este modo, la presidencia pro-témpore de Rafael Correa terminó en un fracaso, desde que el reemplazo de la OEA por la Celac había sido definido como uno de los “ejes” de acción durante la presidencia ecuatoriana.

Mostrando que el fracaso no lo ha hecho cambiar de opinión, Rafael Correa insistió en que nuestra región “necesita un sistema nuevo de derechos humanos”. Se equivoca. Lo que necesita es que todos los países que la integran, incluyendo los bolivarianos, respeten los derechos humanos. Ocurre que los derechos humanos pertenecen a todos los hombres y a todas las mujeres. Hacen a su dignidad. Y son inalienables, porque uno no puede dejar de ser humano. Por esto gozan no solo de protección nacional, sino también de la protección internacional y regional. Al complementar desde el exterior la capacidad de los Estados en materia de derechos humanos se ha establecido un criterio que tiene directamente que ver con la legitimidad política.

Por todo esto, expresar preocupación por la situación de los derechos humanos y las libertades civiles y políticas en Venezuela debe entenderse como un derecho legítimo de cada uno de los miembros del Celac. En rigor, como más que eso, desde que manifestar inquietudes por la situación de los derechos humanos en algún rincón de nuestra sub-región, como lo hace la Argentina, es de alguna manera también una obligación moral.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.