¿Despertará a tiempo la “clase media”?

Por Mauricio Alejandro Vázquez. Publicado el 23/4/21 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/despertara-a-tiempo-la-clase-media-nid23042021/

El próximo año se estará cumpliendo un siglo desde que Walter Lippmann, el prolífico y polémico periodista y pensador estadounidense, publicase Public Opinion, el que resulta para muchos el primer análisis moderno del fenómeno de la opinión pública con perspectiva científica.

En aquél ya clásico e icónico libro, Lippmann estableció ciertos conceptos que resultan fundamentales hasta hoy, al momento de dar cuenta de los fenómenos que conforman esa inasible entelequia que es “la opinión del pueblo”. Entre ellos, el periodista norteamericano destacó a las “imágenes mentales”, como una especie de atajo que el público no especializado utiliza para comprender fenómenos, por lo general de índole pública, que le resultan prácticamente desconocidos desde un abordaje directo y que, por carencias de tiempo y conocimiento específico, se le vuelven inabordables de otro modo. En las propias palabras de Lippmann:Ads by

“[…] lo que hace cada hombre no se basa en el conocimiento directo y seguro, sino en las imágenes hechas por él mismo o que le han sido dadas […] si alguien desentierra un polvo amarillo que parece oro, se comportará durante un tiempo como si hubiese encontrado oro. La manera cómo imaginan el mundo determina en todo momento lo que harán los hombres. […]”

Este concepto de imágenes mentales, sumado al de pseudoambiente, definido este último como ese espacio fáctico pero irreal en el que vivimos los seres humanos a partir de aquellas imágenes que hemos ido adquiriendo, resulta fundamental para poder analizar por qué muchas veces la acción coordinada o descoordinada del gran público, resulta tan distante de lo real y efectivo. La Argentina, de hecho, es un gran ejemplo de esto último.

En nuestro pseudoambiente existen varios mitos y tabús intocables. Los argentinos vivimos inmersos en un esoterismo que erige como tótems muchas de las ideas más ridículas y refutadas en el mundo. En el campo económico, sin ir más lejos, seguimos ponderando un aquelarre de zonceras que solo han provocado el crecimiento exponencial de la más supina de las pobrezas; aquella que no refleja solo la carencia de lo material, sino incluso de lo intelectual y lo cultural.

Así las cosas, el país parece inmerso en un soporífero sueño mortecino que nos consume. Mientras debatimos desde enfoques perimidos lo que en otras latitudes se ha resuelto hace décadas, los argentinos “tenemos todo el pasado por delante”, como supo sentenciar alguna vez Borges en referencia a uno de los movimientos políticos que más años gobernó nuestro país.

Sin embargo, en los últimos meses, ciertas señales parecen dar cuenta de un cambio al menos incipiente, en la conformación de dichas imágenes que mencionaba al principio. Hace pocos días atrás, el periodista y politólogo Jonatan Viale se animó a enfrentar uno de esos tótems quiméricos que pertenecen al sentido común nacional: el de la clase media. En su columna del 5 de abril con la que abrió su programa, Viale ilustró como esta clase se encuentra en términos reales prácticamente destruida. Con datos, ilustraciones y gráficos, posicionó a la Argentina, por su pobreza, entre países como Nigeria, Afganistán, Liberia, Bolivia y Uganda. Incluso si quisiéramos sumar datos preocupantes por fuera de lo explicitado por Viale, podríamos decir que, de seguir por esta senda, el PBI argentino estaría convergiendo con el de Botswana en breve y siendo superado por éste, en no mucho más.

Lippmann dejó en claro que esa simplificación de la realidad con la que los ciudadanos de a pie observan el mundo, muchas veces (las más de las veces), viene dada por los medios de comunicación. En tal sentido, el aporte de Viale viene a sumarse también a la inmensa cantidad de notas periodísticas que, en los últimos meses, y por primera vez en décadas, transparentan el presente que viven los argentinos que deciden emigrar versus aquellos que seguimos residiendo en el país. Decenas de entrevistas cada semana dan cuenta así de profesionales y no profesionales que nacieron bajo la bandera celeste y blanca y que, residiendo en diversas latitudes del mundo, pronto adquieren niveles de vida que son para la gran mayoría de la población argentina, prácticamente inalcanzables.

El fenómeno en sí, a decir verdad, no es nuevo. Las redes sociales han permitido el contacto inmediato con otras geografías y ya no parece posible que nuestra australidad extrema esconda la realidad de un mundo que ha crecido en capital y condiciones de vida, mientras nosotros seguimos en franca decadencia; realidad que ya no es necesario salir a buscar en esa Europa que alguna vez fue nuestro espejo, sino incluso en vecinos regionales. No olvidemos que, al momento, y aun cuando sus desafíos por delante son enormes, países como Chile y Uruguay cuentan con tasas de pobreza significativamente inferiores a la nuestra y con una tendencia de las últimas décadas a la baja, mientras aquí sucede exactamente lo contrario.

El ataque directo y veraz, por tanto, que está sufriendo el que llamo “mito de la clase media”, podría provocar en breve una enorme crisis de legitimación para el sistema político. Y afirmo esto porque si hay algo que justamente nos une, más allá de las grietas perennes, es la creencia de que todos somos en última instancia clase media. Tanto aquellos pocos que vacacionan una o dos veces al año en Punta del Este o Miami, como aquellos que lo hacen cada cinco años en algún lugar recóndito de la Costa Atlántica, al momento de ser interpelados sobre su condición socioeconómica, contestarán sin dudar: “de clase media”. No importa que las estadísticas, los censos, las comparaciones científicas y las mentadas argumentaciones traten de hacer ver a unos y otros que, bis a bis, su pertenencia social es otra. Ser de clase media en Argentina es para la gran mayoría una obviedad; una imagen mental en los términos de Lippmann, casi infranqueable.

Las etapas del duelo, suelen coincidir los expertos, son cinco: negación, ira, depresión, negociación y aceptación. Es difícil saber cómo se dará esta dinámica en una sociedad que quizá comience a percibir que vivió hasta hoy una peligrosa mentira que la arrastra hacia un desaguisado futuro, probablemente enmarcado en violencia social creciente, altas tasas de criminalidad y una sangría continua de cerebros que habrán de ir a buscar allí fuera, dónde las imágenes mentales son más cercanas a lo real, esa prosperidad que nuestra latitud les niega.

Sin embargo, quizá todavía estemos a tiempo de adquirir verdadera conciencia, lograr la aceptación necesaria para tomar medidas certeras, y cambiar el triste derrotero en el que todo un establishment dirigencial, sin distinción de banderías, nos ha subsumido.

Mauricio Alejandro Vázquez es Título de Honor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, Magister en Ciencias del Estado por la Universidad del CEMA, Magister en Políticas Publicas por la Universidad Torcuato Di Tella y coach certificado por la International Coach Federation. Ha trabajado en la transformación de organismos públicos y empresas. Actualmente es docente de Teoría Política, Ética, Comunicación, Metodología y administración en UADE y de Políticas Públicas en Maestría de ESEADE. También es conferencista y columnista en medios como Ámbito Financiero, Infoabe, La Prensa, entre otros. Síguelo en @triunfalibertad

Acerca del “deterioro de los términos de intercambio”

Por Gabriel Boragina: Publicado el 17/7/16 en http://www.accionhumana.com/2016/07/acerca-del-deterioro-de-los-terminos-de.html

 

«Otro canal a través del que se filtra el complejo de culpa es por medio del llamado deterioro en los términos de intercambio. Con esto se quiere decir que los países pobres reciben cada vez menos a cambio de entregar cada vez más de lo que ellos producen. Es decir, habría un deterioro en la relación de cambio de productos manufacturados frente a los no-manufacturados en detrimento de estos últimos, con lo que tendría lugar una explotación sistemática.

Hay varias observaciones que hacer a este esquema. En primer lugar, término de intercambio quiere decir precio relativo, lo cual, en sí mismo, no significa nada respecto de mejoras o empeoramientos. Por ejemplo, en la época en que aparecieron los primeros automotores, éstos tenían cierta relación de cambio (términos de intercambio) con la cebada, hoy esa relación comparada con aquella época le es desfavorable al automotor ya que se ha convertido en un bien de uso popular y, sin embargo, los resultados operativos y los patrimonios de la industria automotriz son más favorables que en el período anterior.»[1]

Los primeros automóviles eran muchísimo más caros, no sólo en relación a la cebada sino también en la de muchos otros bienes de producción y de consumo. En consecuencia, si siguiéramos la absurda teoría del deterioro de los términos del intercambio (en adelante DTI) tendríamos que llegar a la también no menos irrazonable conclusión de que los bienes industriales estaban en una posición económica y patrimonial inicial muchísimo más ventajosa que la de los bienes no-industriales, precisamente la situación inversa que pretenden querer demostrar los defensores de esta desatinada tesis. En el ejemplo dado por el autor que ahora citamos, los coches eran mucho más caros que la cebada, pero como no hace falta demostrar más que por medio del sentido común y la simple observación de nuestro entorno, que con el tiempo, el progreso tecnológico y –fundamentalmente- la producción en serie, los automotores se han multiplicado y difundido de tal modo que se operó un fenómeno de masificación que, a su turno, determinó la paulatina baja del precio de adquisición de cada unidad automotriz, lo que a la luz de la teoría del DTI debería haber implicado una situación muy desfavorable para aquella industria, sin embargo –y como es evidente a todas luces- la realidad es que ha ocurrido todo lo contrario, empeoraron los términos de intercambio para el automotor, pero la situación patrimonial de las industrias automotrices mejoró cuantiosísimo.

«En las series estadísticas del “deterioro de los términos de intercambio” muchas veces se suelen comparar cosas distintas. Por ejemplo, en una columna se pone “trigo” y en otra “tractores” pero los tractores van cambiando de características según sean los cambiantes modelos, mientras que el trigo es el mismo y producido en mejores condiciones, en buena parte debido a los mejores tractores. Por último, si observamos la alta proporción de bienes no-manufacturados que comercian entre sí los países “desarrollados”, deberíamos concluir que los países más ricos se estarían explotando entre sí.»[2]

No se pueden comparar términos de intercambio entre bienes de características heterogéneas, el cotejo -para que adquiera alguna validez- debería hacerse entre productos homogéneos. Pero los partidarios de la «teoría de la dependencia» y del DTI no proceden de dicha manera lógica, sino que van por la vía ilógica. El ejemplo es altamente categórico en cuanto nos ilustra de qué manera ciertos tipo de bienes industriales (en el caso tractores) no solamente van cambiando a diferencia de productos como el trigo, sino que, a la par que los términos de intercambio se van deteriorando respecto de los tractores en la medida que sus costos se abaratan en función de mejoras tecnológicas y las señaladas también en el párrafo anterior de acuerdo a su mayor demanda, pese a todas dichas aparentes desventajas respecto del DTI, contribuyen a que productos de características muy diferentes (como la cebada del ejemplo anterior o el trigo del actual) respecto de los bienes que incorporan innovaciones tecnológicas, sean elaborados en mayor cantidad y en mejores condiciones que nunca antes, con lo que nuevamente se desmorona la tesis del DTI.

«Generalmente se sostiene que el deterioro de los términos de intercambio es especialmente alarmante en los casos de las ex-colonias ya que han sido, en todos los órdenes, las víctimas principales de la explotación. Pero esto último tampoco es cierto. No puede afirmarse que siempre las colonias se han retrasado por estar en esa condición. Pensemos en los casos de miseria de lugares tales como Nepal, Etiopía, Liberia, Tíbet y Afganistán que nunca fueron colonias frente a los casos, por ejemplo, de Hong-Kong y los Estados Unidos como colonias británicas. Por esto es que la entrega coactiva de recursos, principalmente por parte de los Estados Unidos, frecuentemente se han destinado a ex-colonias “para compensar” y de ese modo “ganar amigos” en las zonas más sensibles.»[3]

No son los «términos de intercambio», sino la filosofía y política económica imperantes las que determinan la riqueza o pobreza de las naciones tal como bien instruyen los casos que se nos ofrecen anteriormente. Para comenzar, ha quedado bien refutada en los párrafos precedentes la tesis o teoría del deterioro de los términos del intercambio (DTI). No hay tal. Y, por lo tanto, difícilmente pueda achacarse a dicha falacia la diferente suerte económica de un lugar respecto de otros. Como se comenzó diciendo, las paridades, precios o términos de intercambio –que, al fin de cuentas, vienen a ser todos, la misma cosa- varían en función de los diferentes intercambios, estados y procesos que se desarrollan en el mercado. Si el mercado es totalmente libre, todas las partes implicadas en la transacción van a salir beneficiadas. En contraposición, si el mercado está adulterado por el gobierno, los resultados serán más negativos. Por lo demás, y como bien lo recuerda el autor citado, la alta tasa de productos no-manufacturados que comercian «entre sí los países “desarrollados”, nos llevaría a que «deberíamos concluir que los países más ricos se estarían explotando entre sí».

[1] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble discurso. Editorial Atlántida. Pág. 191 a 193.

[2] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías…ob. cit. Pág. 191 a 193.

[3] Alberto Benegas Lynch (h) Las oligarquías…ob. cit. Pág. 191 a 193.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.