Marx, derechos y libertades

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/4/19 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/marx-derechos-y-libertades/

 

Karl Marx apoyó el liberalismo pero rechazó los derechos humanos de la Revolución Francesa. En ambos casos, lo hizo con la lógica antiliberal del socialismo.

Si un gran enemigo de la libertad defiende el liberalismo, hay que mirar el contexto. Si Marx aplaudió la extensión del capitalismo por el mundo no fue porque apreciara la economía de mercado sino porque rechazaba aún más las economías primitivas, y pensaba que el capitalismo era el necesario estadio previo al socialismo. Por eso respaldó a los librecambistas: “el sistema de libre comercio acelera la revolución social. Es solo en este sentido revolucionario, caballeros, que estoy a favor del libre comercio”. Del mismo modo, si llamó a no pagar impuestos desde la Neue Rheinsische Zeitung, no era para promover la libertad sino la agitación política.

Lo que Marx rechazaba de los derechos humanos era la idea moderna y liberal que separa al individuo del ciudadano. El Estado antiguo, en cambio, era universal: Aristóteles no distinguía entre hombre y ciudadano. El socialismo quiere volver a eso: al Estado total. En el Estado moderno y burgués la vida privada, la propiedad, los contratos y el comercio se independizan del Estado, con lo que los derechos adquieren forma de libertades y plantean un compromiso entre la política y la sociedad. Eso es lo que Marx rechazaba, como dice Stedman Jones: “Los derechos del hombre eran la expresión apenas disimulada del predominio de la propiedad privada y el individuo burgués en su relación con el Estado moderno”. Esa fue la razón, por cierto, del odio que los socialistas siempre tuvieron a las religiones judeocristianas: ellas también postulan la existencia de personas libres independientemente de su carácter de ciudadanas.

Lo que atrajo a Marx y a los socialistas posteriores fue un aspecto fundamental de la Revolución Francesa: el terrorismo revolucionario, la violencia como “partera de la nueva sociedad”, que arrasa con los derechos humanos. En suma, no les gusta 1789 sino el bienio 1792-93. No por azar Pablo Iglesias es admirador de Robespierre. Marx y Engels no querían la democracia pacífica sino la revolución planetaria, sin importar las víctimas que pudiera generar. Engels esperaba que “la próxima guerra mundial conducirá a la desaparición de la faz de la tierra no solo de las clases y dinastías reaccionarias, sino de todos los pueblos reaccionarios”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

ASALTOS EN NOMBRE DEL CAPITALISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Como he consignado antes la expresión “capitalismo” no es la que más me entusiasma puesto que remite a lo material y la sociedad libre se base en valores que van mucho más allá de lo crematístico. Se base ante todo en principios éticos. Por eso prefiero la tan atractiva e ilustrativa palabra “liberalismo” que como lo he definido hace tiempo en uno de mis primeros libros es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. De todos modos autores como Michael Novak derivan de caput la idea de capitalismo en el sentido de creatividad, iniciativa, emprendimientos, imaginación y conceptos equivalentes.

 

En  cualquier caso lo que intento demostrar en esta nota periodística es que resulta esencial comprender que el capitalismo definido como la libertad contractual y la consiguiente preservación de los derechos de las personas, comenzando con su propia vida y siguiendo con la libertad de expresar sus ideas y usar y disponer de lo adquirido legítimamente, se contrapone en el sentido más riguroso a cualquier alianza entre el poder político y mal llamados empresarios (mal llamados porque no compiten en mercados abiertos sino que apuntan a mercados cautivos al efecto de esquilmar a sus semejantes).

 

En este sentido tienen razón los críticos del capitalismo cuando observan que en su nombre se cometen todo tipo de asaltos a los miembros de la comunidad. Por las razones expresadas, la crítica se dirige a un blanco equivocado puesto que no se trata de capitalismo sino de un aparato infame de intervencionismo estatal y una lesión grave a los procesos de mercado y a los marcos institucionales civilizados.

 

Ya Adam Smith proclamó en 1776 en su libro más conocido que “Siempre está en interés del comerciante ampliar su mercado y reducir la competencia. La ampliación del mercado es frecuentemente del agrado del público, pero reducir la competencia es contrario a sus intereses y sólo sirve para que los comerciantes aumenten sus ganancias sobre lo que naturalmente hubieran  sido  así imponer, para su propio beneficio, un impuesto absurdo sobre el resto de sus compatriotas”. Y más contundente aun en la misma obra Smith declara sobre el empresario prebendario “tiene generalmente interés en engañar e incluso en oprimir al público y que por ello lo han engañado y oprimido efectivamente en muchas ocasiones”.

 

En la actualidad, en pleno siglo xxi, tal vez el libro más gráfico sobre lo dicho sea Bought and Paid For de Charles Gasparino, periodista que escribe en el Wall Street Journal, en Newsweek y comentarista senior de Fox News. En este libro se detallan con nombre propios las empresas y los ejecutivos que reiteradamente se alían con el poder de turno en Estados Unidos para sacar tajada a expensas de su prójimo y tejer los más sucios negociados, algo que no puede menos que definirse como un pantano hediondo en perjuicio de los trabajadores que no tienen poder de lobby. Transcribo de esta obra una de las conclusiones más relevantes del autor: “Me he dado cuenta que a menos que algo cambie (y pronto), a menos que el contribuyente estadounidense – el votante ordinario- actúe para revertir la expansión sin precedentes del gobierno que está convirtiendo lo que solía ser el bastión del capitalismo en un estado intervencionista, a menos que esto ocurra el presente siglo no será el siglo estadounidense”.

 

Algo está muy podrido en Dinamarca diría Shakespeare. En la medida en que se generalice esta alianza infernal las bases de la sociedad libre se carcomen a pasos agigantados y, como queda dicho, se desdibuja y se confunde el capitalismo con su opuesto. Es realmente bochornoso que se critique el capitalismo en un mundo donde no solo avanzan los ladrones de guante blanco mal llamados comerciantes donde  se incrementa la deuda estatal, se hacen más pesadas las cargas tributarias, se manipula la moneda, se eleva el gasto público a niveles elefantiásicos y se incrementan las regulaciones en proporciones insostenibles.

 

Sin duda que todas las críticas no son inocentes, en muchos casos lo que se pretende es debilitar aun más el sistema que resulta claro hace agua por los cuatro costados debido al avance de las ideas socialistas.

 

En este último sentido, es del caso subrayar que el método más eficiente para la penetración socialista es el sistema fascista que significa que se permite el registro de la propiedad pero usa y dispone el gobierno, a diferencia del socialismo más abierto que usa y dispone la propiedad directamente el gobierno sin atajo alguno. El  fascismo hace de precalentamiento y prepara el camino a la socialización total. Esto es así no solo porque resulta en general más digerible para la gente la manipulación desde el gobierno respecto a la expropiación lisa y llana, sino que frente a los desaguisados que provoca el sistema el gobierno se escuda en el hecho de que los responsables son los titulares aunque se deba al intervencionismo.

 

Esto del fascismo puede aparecer como una receta alejada pero está encima nuestro diariamente. Veamos los sistemas educativos en los que las denominadas instituciones privadas en verdad están privadas de decidir en su totalidad la estructura curricular que debe ser aprobada por ministerios de educación y similares. Veamos algo tan pedestre como los taxis en la mayor parte de las ciudades: el color con que están pintados, los horarios de trabajo y las tarifas están determinadas por los gobiernos con lo que la propiedad es otra vez nominal y así sucesivamente en los sectores y áreas más importantes.

 

Mi libro titulado Las oligarquías reinantes, que lleva un muy generoso prólogo de Jean-François Revel que subraya la tesis que expongo, está prácticamente dedicado a las componendas de estos barones feudales y sus socios para el saqueo de sus semejantes con la careta del empresariado. A continuación voy a reproducir parte de un pequeño relato de este libro al efecto de ilustrar el tema grave que estamos comentando.

 

Estaba caminando por un terragal en Chichicastenango, era un día de feria de modo que incluso las calles alejadas estaban abarrotadas (casi más turistas que locales). En Guatemala cada pueblito tiene sus atuendos particulares. Los más vistosos y atractivos son los huípiles, una especie de poncho de largo variado con coloridos y dibujos trabajados cuidadosamente en telares caseros y que usan las mujeres en combinación con faldas más bien lisas. En el huípil de Chichicastenango predomina el violeta, matizado con verdes fuertes y un negro retinto con algunos bordados de pájaros de la zona. Algunos turistas recalcitrantes los ponen en bastidores y los cuelgan en sus livings iluminados por las consabidas dicroicas.

 

El aire en ese lugar es de una pureza que acaricia los pulmones, probablemente debido a la altura y, en esa época del año, el cielo está casi siempre azul sin nubes a la vista. La temperatura acoge a los transeúntes con la más amable de las hospitalidades. En realidad estaba yo en busca de un San Juan Bautista tallado en un palo de procesión. Pero no logré mi cometido, puesto que ni siquiera llegué a la plaza principal donde se desplegaban las largas mesas con los cachivaches de la feria (mucho más adelante mi María me consiguió lo que ese día andaba buscando).

 

Confieso que el turismo más bien me disgusta y que los tumultos me trasmiten una mezcla de desconcierto y de temor irrefrenable. En cualquier caso, me llamó la atención la cara de un hombre mayor que estaba conversando con un chiquito en una de las maltrechas veredas del lugar por donde se filtraba pasto y algún arbusto que tozudamente se abría paso empujando piedras y otros materiales de construcción evidentemente colocados sin escuadra y, aparentemente, sin mucho esmero. No soy muy afecto a la conversación con extraños (incluso en mis viajes en avión si me toca de vecino un entusiasta de lo cotorril, de inmediato alego problemas en las cuerdas vocales), pero en este caso no sé si por la mirada tierna de esta persona o por la gracia que me hizo el chico, el hecho es que me detuve frente a la solicitud del anciano para que lo atendiera. Hablaba un español por momentos atravesado con su dialecto maya (Chomsky dice que la diferencia entre un dialecto y una lengua estriba en que esta última es impuesta por las armas).

 

No soy bueno para calcular edades pero tendría poco más de ochenta primaveras sobre los hombros. Pude constatar un cuadro de situación que no es nuevo pero al recibirlo de primera mano se torna más patético. Más dramático resultaba el cuento cuando uno miraba los profundos y significativos surcos cincelados por una vida ruda en el rostro de este indito anciano y anfitrión de la jornada.

 

Según parece este personaje, en sus épocas mozas, trabajaba mediodía en casa de un conocido empresario en la ciudad. Por ese entonces no vivía en Chichicastenango sino a unos diez kilómetros al sur de Guatemala. Tenía otros compinches que hacían diariamente el mismo recorrido. Todos en bicicleta. Entre algunos pobladores estaba muy generalizado este medio de locomoción. Si mal no recuerdo, las bicicletas costaban poco menos de ciento veinte quetzales hasta que se produjo el desastre para esta gente laboriosa y cumplidora: los rodados de ese tipo subieron a bastante más del doble del precio. Al principio las reposiciones se fueron estirando con arreglos en general precarios, pero finalmente la situación se hizo insostenible especialmente para las nuevas generaciones que debían trabajar y no les resultaba posible mudarse a la ciudad. Aquel instrumento de trabajo se tornaba inaccesible. Antes de la abrupta suba, las bicicletas eran en su mayoría importadas de Taiwan. Ahora una de las cámaras locales de empresarios convenció al gobierno que prohibiera la importación a los efectos de permitir que los guatemaltecos abastecieran sus propios requerimientos y así “promover la industria nacional y el pleno empleo”.

 

Además se recurrió al anzuelo envenenado al argüir que de ese modo el país podría contribuir a su independencia y, pasado un tiempo, después de acumular experiencia, la industria local podría mostrar su competitividad y consolidar beneficios para todos.

 

¿Cuáles beneficios? Si antes compraban un artículo más barato y de calidad superior evidentemente estarán peor. Si había empresarios que consideraban que podían mejorar la marca, nada les impedía poner manos a la obra y si la evaluación de ese proyecto mostraba que habría pérdidas en los primeros períodos que serían más que compensadas en los siguientes, debieron darse cuenta que nada justifica que los referidos quebrantos sean trasladados, a través de aranceles, sobre las espaldas de los consumidores ajenos al negocio. Lo que sucede es que resulta más cómodo que buscar socios para financiar el emprendimiento y más provechoso contar con un mercado cautivo que facilita las más ambiciosas aventuras, ya que si se toma como parámetro la rentabilidad frecuentemente resulta en un cuento chino (con perdón de los chinos).

 

Ocurre que para esos fantoches como los de nuestra historia -acotada para esta nota periodística- resulta más atractivo explotar a los demás que servirlos en competencia. Esta acrobacia verbal de la que hacen alarde estos pseudoempresarios está en alguna medida sustentada por algunos ingenuos capaces de tragarse cualquier sapo y por quienes despliegan ideas que con desfachatez llaman “proteccionistas”.

 

Aquel tipo de empresarios requiere de estos apoyos, puesto que sería insostenible la argumentación basada en que necesitan mejores mansiones, automóviles más confortables y adornar con joyas a sus mujeres o amantes. El apoyo logístico es indispensable. Los intereses creados tienen que escudarse en presentaciones de apariencia filosófica para poder prosperar. Sin duda que allí donde se ofrecen privilegios habrá largas filas para solicitarlos. De lo que se trata es de producir cambios institucionales de características tales que imposibiliten o por lo menos obstaculicen en grado sumo la dádiva. Para ser ecuánimes debemos cargar más las tintas en el clima de ideas que hace posible el mercado cautivo que en la voracidad empresarial que sólo responde a los accionistas quienes no demandan filosofía sino retorno sobre la inversión, en este caso mal habido.

 

Esta parte del relato que estampo en el mencionado libro muestra apenas un rincón de los avatares de los bandidos que se refugian en la figura del empresario que nada tiene que ver con el significado del empresario en una sociedad libre donde cada uno debe esforzarse por atender a su prójimo y si da en la tecla obtiene ganancias y si yerra incurre en quebrantos, siempre sin privilegio alguno. Es obligación moral de todos desenmascarar aquellos filibusteros que arruinan nuestras vidas aunque el costo resulte alto porque como ha dicho José Martí con volcánica temperatura moral: “mas vale un minuto de pie que una vida de rodillas”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

“El mito de la incompetencia del Estado”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 2/6/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/libertad-digital/el-mito-de-la-incompetencia-del-estado/

 

Leí hace tiempo en El País un interesante artículo de Diego Beas con ese título. Era una versión entusiasta de la tesis de Mariana Mazzucato según la cual el Estado es el verdadero empresario. Para llegar a una conclusión tan asombrosa hay que combinar muchos errores con pocas evidencias.

Don Diego se inventa que el liberalismo se reduce exclusivamente a la tesis de la eficiencia del mercado, y sigue con la fantasía de que “buena parte de la ideología conservadora moderna, de este y del otro lado del Atlántico”, se ha basado en la idea de reducir el Estado, porque es incompetente. Si lo primero es un dislate, lo segundo es realmente increíble, considerando el más que probado intervencionismo de los conservadores en todo el mundo, empezando por España, incluyendo en lugar destacado al recientemente defenestrado Mariano Rajoy.

El señor Beas resume así su argumento, que sigue el de Mazzucato, a la que cita con admiración:

La entelequia ideológica de la incompetencia del Estado se cae en pedazos, sin embargo, cuando miramos con detenimiento la evolución del espacio de la tecnología, la innovación y el papel del Estado durante el último medio siglo (…) Detrás de la mayor parte de los éxitos tecnológicos más importantes ha estado, invariablemente, la mano de la inversión estatal.

Es una inversión estupenda, subraya don Diego, que no ve entelequias ideológicas en nada de lo que afirma:

Un tipo de inversión más estable, menos centrada en la cuenta de resultados de corto plazo, la especulación bursátil, aspectos comerciales y, más importante aún, enfocada en la innovación en el ámbito público. En utilizarla para resolver los grandes problemas sociales –y no solamente financiar las tecnologías comercialmente más rentables.

A partir de ahí, el papel de las empresas privadas, en busca del malvado lucro, es de puro aprovechamiento:

Compañías como Apple, Google y la mayor parte del sector farmacéutico y aeroespacial, entre varios otros, podrían considerarse free riders de los sistemas de investigación del Estado.

Es cierto que el Estado ha emprendido inversiones, pero de ahí a que ese gasto demuestre de por sí las tesis antiliberales hay un trecho, igual que lo hay entre la comprobación de dichas inversiones y la tesis de que nunca se habrían acometido sin el Estado.

En un artículo crítico publicado en el Cato JournalAlberto Mingardi demuestra que no hay base empírica sólida para la idea de que las empresas son meros free riders del Estado. Es revelador que los ejemplos que ponen los intervencionistas se basen en Estados Unidos y no en Europa. Sugieren que todas las innovaciones son fruto del intervencionismo público pero, paradójicamente, elogian la política industrial en EEUU, donde a menudo no existió abiertamente, mientras que ignoran en general a Europa, donde sí se llevó a cabo abiertamente.

Mingardi señala que las tesis se concentran exclusivamente en el último siglo, cuando el gasto público pasó del 10 al 40% del PIB en todas las democracias occidentales: habría sido raro que la inversión pública no se hubiese involucrado en ninguna innovación –aunque las que suelen señalarse son más externalidades positivas que consecuencias previstas y deseadas de políticas industriales.

La clave del asunto es que quienes utilizan el gasto en investigación básicacomo prueba de que el Estado es un eficaz y abnegado empresario pasan por algo que dicha investigación básica fue prácticamente nacionalizada tras la Segunda Guerra Mundial. Esto sucedió sobre todo en el gasto en defensa canalizado a través de las universidades, que fue lo que tuvo lugar en Estados Unidos, gran gastador en defensa, de donde salieron inventos como la internet.

En realidad, don Diego y los demás que atribuyen “entelequias ideológicas” a sus adversarios, suponen que, si algo sale bien, ha de ser porque el Estado está detrás, un Estado que crece porque es estrictamente necesario, y porque el cobarde y codicioso capital privado se retira debido a su rácana visión cortoplacista. Esto, naturalmente, no es ninguna entelequia ideológica sino un análisis serio y riguroso. ¿Verdad?

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Stop fascismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 2/12/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/stop-fascismo/

 

Los mismos que procuran disfrazar los crímenes comunistas alegando que no fueron producto del comunismo sino del estalinismo se convierten en admiradores de Stalin a la hora de combatir el fascismo. Es un truco, porque el fascismo debe ser combatido, pero la izquierda emplea la lucha contra el fascismo para eludir sus responsabilidades y engañar.

Un engaño es no definir el fascismo con una mínima precisión, y calificar con esta etiqueta a todo lo que no sea de izquierdas. La trampa adopta su forma más ridícula cuando la izquierda identifica el fascismo con el liberalismo, cuando el fascismo es lo contrario del liberalismo. Uno de los argumentos fascistas, en efecto, junto con el corporativismo y el colectivismo, es la economía intervenida por el Estado, que de hecho se aplicó en todas las variantes políticas del fascismo. Esto explica algo que la izquierda jamás considera: sus puntos en común con el fascismo, puesto que ambos confluyen en su rechazo al liberalismo. De ahí que los progresistas de Izquierda Unida y Podemos, cuando votan en contra del libre comercio en el Parlamento Europeo, voten codo con codo con los fascistas de Marine Le Pen, y por las mismas razones antiliberales.

Otro engaño es la utilización de los crímenes fascistas para ocultar los comunistas. Esto se ha hecho con enorme éxito en el campo cultural, académico y periodístico. Basta con comparar la gran cantidad de películas que muestran la barbarie nazi con las pocas que muestran la barbarie comunista. A escala española lo hemos visto con la campaña permanente de la izquierda para intoxicar con la fantasía de que la Guerra Civil española fue una guerra de buenos muy buenos contra malos muy malos, en la que estos últimos ganaron. Nunca cejan en ese empeño mentiroso, y lo llevan adelante en todos los frentes, desde los medios de comunicación hasta en el cambio de nombres de las calles.

La unión de las mentiras en ambas escalas, nacional e internacional, se observa en una interesante reivindicación de Izquierda Unida: “la equiparación del régimen franquista con los de extrema derecha que se desarrollaron en Europa y que fueron derrotados tras la II Guerra Mundial”. Están todos los elementos de la intoxicación: el franquismo es malo al ser de extrema derecha, igual que los malos derrotados en 1945. Lógicamente, si los malos fueron los derrotados, entonces los buenos serán los vencedores. Recordemos que en la famosa foto de los vencedores están Churchill, Roosevelt y…Stalin. Para entonces los bondadosos comunistas rusos habían asesinado a unos veinte millones de trabajadores.

Así que cuando la izquierda se presente como valerosa defensora de la libertad con la consigna “Stop fascismo”, se le podría invitar a que recuerde la famosa frase de Horacio que Marx citó en El Capital: “de te fabula narratur”, contigo va el cuento.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

La educación anti-empresarial

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 28/7/17 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/la-educacion-anti-empresarial/

 

Estamos acostumbrados a escuchar y leer que los estudios de Economía y Empresa preparan a los estudiantes para ser amigos de las empresas, del capitalismo y el liberalismo. Probablemente lo contrario esté más cerca de la verdad, y no sólo en nuestro país sino en todo el mundo.

Leí hace tiempo un artículo en el Wall Street Journal escrito por Matthew T. Tice, un joven que acababa de graduarse en la Universidad de Bentley, pequeño centro orientado a los estudios empresariales en Waltham, cerca de Boston. “La escuela suele ubicarse entre las 25 primeras del país en licenciaturas de Empresariales. Como muchas otras escuelas de negocios, Bentley presume de tener un avanzado programa de estudios de Empresa junto a la riqueza educativa de las artes liberales. Sin embargo, en vez de aportar una base sólida en las humanidades clásicas –lo que resultaría muy útil en el mundo de los negocios– muchas de las asignaturas que cogí defendían una posición antiliberal contraria al capitalismo norteamericano y a las empresas en general”.

Así, a Matthew le enseñaron la basura progre habitual sobre los malvados ricos, el odiado 1 %, la causa de todos los males, porque no pagan “suficientes” impuestos. Le enseñaron que las empresas explotan, contaminan y engañan, y que todo en Estados Unidos es un fracaso, porque la nación ha abandonado “el sueño americano”.

La corrección política, pues, en todo su esplendor. En lo único que yo matizaría al joven Tice es en algo que empeora bastante el panorama que pinta. Sospecho que eso que le enseñaron en Bentley no es muy distinto de lo que se enseña en otras universidades norteamericanas, incluidas las más famosas y prestigiosas. Y si eso es así allí, excuso decirle, señora, señor, el grado de intoxicación antiliberal que padecen los estudiantes de Economía y Empresa en nuestro país. Por desgracia, hay bastantes centros y universidades privadas que tampoco se salvan a la hora de adiestrar a los estudiantes en las perversidades del sistema capitalista, y sobre la urgente necesidad de que intervenga el Estado para corregir las flagrantes deficiencias de los empresarios. Y así como a Matthew Tice le pusieron películas sobre fraudes empresariales para enseñarle cómo son los negocios, en nuestro país son muchas las business-schools que insisten en dar clases de ética empresarial, como si los empresarios fueran personas inherentemente inmorales. No como los políticos, los sindicalistas, los intelectuales, los catedráticos y los periodistas, naturalmente.

Al final, tenemos supuestas organizaciones empresariales que están todo el rato pidiendo perdón a todo el mundo y ayuda al Estado. Abrazan la corrección política y se apartan del liberalismo todo lo posible, y más. Si apoyan el capitalismo, aclaran que solo al humanitario e “inclusivo”. En un apogeo de valentía, llegan incluso a veces a pedir que baje el gasto público. Pero solamente el “superfluo”, claro.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Gobierno, gasto, pobreza y educación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 9/7/17 en: http://www.accionhumana.com/#!/2017/07/gobierno-gasto-pobreza-y-educacion.html

 

¿Cuáles serán los parámetros que deberíamos tener en cuenta para poder calificar a un gobierno de “exitoso” o de “efectivo”?. Ha habido –por supuesto- muchos autores que han intentado contestar esta pregunta:

“En primer lugar, los gobiernos efectivos buscan lograr un consenso entre la población acerca de los objetivos que se persiguen, así como crear un entorno de certidumbre que logre credibilidad en el gobierno y sus programas de desarrollo. En segundo lugar, los gobiernos exitosos han logrado un equilibrio entre la centralización de ingresos y la descentralización del gasto público.”1

Claro que, la opinión anterior admite varias interpretaciones. El juicio del “consenso” resulta aplicable tanto a gobiernos que aspiran a un programa de dirigismo económico como a aquellos que prefieren orientarse hacia el libre mercado. En rigor, todo gobierno, ya sea que coquetee con el totalitarismo o con el liberalismo, siempre trata de lograr “consensos” entre la población y aquellas políticas que anhela emprender. La primer parte de la cita –en tal sentido- es perfectamente adaptable a dirigistas como a librecambistas. Ambos reclamarán para sí el apelativo de “efectivos”. Si un jefe de estado consigue convencer a sus gobernados que su proyecto –sea ya totalitario o liberal- es el mejor y el más conveniente al país en cuestión, podrá decirse -desde el punto de vista de los poderes políticos y subalternos de esa nación- que el gobierno ha sido “efectivo”. Todo dependerá de la perspectiva predominante en ese país.

Lo que el autor señala como “En segundo lugar”, es algo bastante diferente, en cuanto no es ajustable por igual –indistintamente- a políticos amigos o enemigos del libre mercado. Los gobiernos estatistas tenderán siempre a centralizar, tanto los ingresos como los egresos estatales. Y para este tipo de “estados” un gobierno será “exitoso” únicamente en el caso que tal objetivo sea vea cumplido, o se lo perciba así en un porcentaje bastante importante. Por su contrario, para un poder político que elija inclinarse hacia estrategias de libre mercado, la clave del éxito será una descentralización, tanto de entradas como de salidas.

“El problema de la pobreza y falta de equidad es multidimensional, por lo que va a requerir soluciones privadas y públicas, mecanismos de protección a los perdedores (por ejemplo, a los desempleados) más que a las empresas que entran en problemas, subsidios, gasto público e incentivos.”2

Este enfoque es típico de la socialdemocracia, también conocida con el nombre de progresismo. Tal corriente de pensamiento -amiga de un lenguaje alambicado y ampuloso, con frecuencia carente de un significado preciso- se presenta como enemiga de los procesos de mercado, y tiende a contemplar el problema de la pobreza como causado -ya sea de manera directa o indirecta- por parte de estos procesos. Cuando, en realidad, son los mecanismos de libre mercado los únicos que posibilitarán la solución al problema de la pobreza y la falta de equidad. No se trata, pues, de una problemática “multidimensional”, y menos aun cuando no se describen ni detallan los elementos componentes de esa supuesta “multidimensión”. La pobreza se muestra en todo lugar donde se impongan estructuras burocráticas y se cercenen los mecanismos de libre competencia. Allí adonde se combate el libre mercado es donde aparecen indefectiblemente los perdedores, ya que en contextos de mercados regulados todos, a larga, pierden, reguladores y regulados. Aun cuando los reguladores sean los únicos que -en la etapa inicial- comiencen cosechando los beneficios netos de sus regulaciones.

Lo que en términos claros y sencillos propone el párrafo citado es subsidiar a quienes -en forma arbitraria y completamente discrecional- el gobierno decide rotular con el nombre de “perdedores”, los que, después de la ayuda estatal, resultarán mas perdedores que antes de la llegada de la misma. Cabe hacer notar que, el fenómeno del desempleo es generado -en casi su totalidad- por causa de las regulaciones estatales que interfieren con la armónica dinámica del libre mercado laboral.

“En Chile, la alteración de los patrones de gasto en la educación y, sobre todo, su sujeción a criterios de mérito académico, medidos a través de un examen anual a nivel nacional, llevó a un cambio radical en el desempeño de las escuelas y, con ello, de los grupos de interés que operan alrededor de éstas. En la medida en que el cambio en la estructura de gasto público para la educación generó nuevos ganadores “los maestros y las escuelas exitosas” los viejos intereses creados se vieron divididos y, con ello, incapacitados para impedir el avance de las reformas.”3

Entendemos que este párrafo alude a la educación estatal (mal llamada “pública”). En el mismo, se nos da cuenta de la experiencia chilena por la cual –según se dice- existió un cambio en la asignación del gasto público, el que aparentemente fue direccionado hacia “los maestros y las escuelas exitosas”, los que parecen haber sido optados a los efectos de la asignación de partidas presupuestarias por sobre los que no fueron elegidos como tales.

El gasto en educación estatal es siempre distorsivo, pese a todos los argumentos pseudo-económicos y hasta extra-económicos con los cuales se lo pretende justificar. Implica -en términos claros- detraer recursos de los contribuyentes que hubieran escogido destinar a costear una educación desemejante, para que el gobierno los utilice en educar a su manera y con razones disímiles a sus hijos. En última instancia -y dado que el gobierno que dirige la educación a través del gasto público está compuesto por individuos- en los hechos no representa otra cosa que los burócratas son los que resuelven dónde, cuándo, en qué y con qué contenidos se deberán “educar” los hijos del contribuyente. La única medida válida de evaluación, en torno al mérito académico de determinados establecimientos educativos, es aquella que tiene en cuenta la estimación de los padres del alumno; y en el caso universitario, el de aquellos o –eventualmente- el de los propios estudiantes del instituto. La apreciación que haga el burócrata de turno en el asunto para nada cuenta.

1 Rolf Lüders. Luis Rubio-Editores. Estado y economía en América Latina. Por un gobierno efectivo en la época actual. CINDE CIDAC pág. 12
2 Rolf Lüders. Luis Rubio-Editores. Estado y economía ….ob. cit, pág. 21
3 Rolf Lüders. Luis Rubio-Editores. Estado y economía ….ob. cit, pág. 23

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La industria ya está grande, que compita sola

Por Iván Carrino. Publicado el 11/6/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2032231-la-industria-ya-esta-grande-que-compita-sola

 

Por ser el padre del liberalismo, muchos creen que Adam Smith defendía a capa y espada a los empresarios. Sin embargo, el lúcido pensador escocés advertía, ya en 1776, que “las personas de un mismo ramo comercial rara vez llegan a reunirse sin que la conversación termine en una conspiración contra el público, o en alguna maquinación para elevar los precios”.

Los empresarios no son ni buenos ni malos, pero como cualquier otro ser humano, están interesados en maximizar su bienestar individual. Si eso implica vulnerar los intereses de terceros, que así sea. De aquí la importancia que Smith, así como toda la tradición liberal posterior a él, le asignó a la competencia inherente a la economía de mercado.

En nuestro país, sin embargo, la advertencia de Smith sigue vigente. La opinión pública muestra una excesiva preocupación por el desempeño de la “industria nacional”. Esto es aprovechado por los industriales, para avanzar en una agenda intervencionista que genera beneficios para ellos, pero a costa de todos los demás.

Las alarmas encendidas por el desempeño de la manufactura son algo contradictorias. En 2014, cuando el sector se contrajo 4,9% (Indec), nadie ponía en duda el carácter industrialista del gobierno de Cristina Kirchner. En 2016, cuando la caída fue de 4,8%, el clamor contra la “desindustrialización” fue ensordecedor.

Hay que tener en cuenta es que la mirada sesgada proindustria no tiene mucho sentido hoy. En su momento se habló de países “industrializados” como sinónimo de “desarrollados”, pero hoy los países donde mejor se vive tienen un sector manufacturero inferior al 25% del PBI. Los servicios explican cerca del 70%. En EE.UU. la industria representaba el 29,4% del PBI en 1947 y hoy representa solo el 13,8%. En ese período, la riqueza de los estadounidenses se multiplicó por cuatro.

Lo relevante para que mejore la calidad de vida de la gente, no es el avance de un sector particular, sino de toda la producción. Y para ello no se necesitan “políticas activas” o proteccionismo, sino libertad económica. Es totalmente insignificante si lo que se produce son bienes materiales o servicios. Si la economía crece, la prosperidad aumenta y se reduce la pobreza.

La agenda de los industrialistas implica restringir el comercio, otorgar subsidios y privilegios especiales. Eso lo paga el consumidor, con precios más altos, y toda la economía, con una tasa menor de crecimiento. Si el Gobierno quiere cambiar en serio, tiene que abandonar por completo la idea de defender una industria nacional. La industria ya está grande. Que compita sola, como hacemos todos.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.