La difícil tarea de construir una fuerza liberal

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 10/12/2019 en:

 

En mi visión solo un partido de centro derecha, pro mercado e integrando la Argentina al mundo es el que puede sacar al país de su larga decadencia

El peronismo adolece de su incorregible tendencia al autoritarismo y sigue firme en su vocación por adoptar políticas redistributivas, desentendiéndose de la generación de riqueza. Creen que la riqueza ya existe y solo hay que redistribuirla o que hay sectores que son egoístas que tienen que ser expoliados para darle a los que menos tienen, como si aquellos que ganan dinero honestamente fueran mala gente a la que hay que castigar.

La opción política que, por ahora, está en pie, es Cambiemos, que ya ha demostrado sus inclinaciones socialdemócratas, con un claro desprecio por las ideas liberales. A lo largo de los cuatro años de gobierno de Cambiemos, ningún liberal formó parte del gabinete. Ningún liberal fue convocado a participar, más bien fuimos denostados con el apodo de liberalotes que hablábamos desde la tribuna y que si entrábamos en la cancha, en el primer corner quedábamos todos desgarrados. Lo cierto es que Cambiemos terminó perdiendo por goleada y con todos sus integrantes desgarrados.

Algunas personas me han dicho que habría que construir una línea interna liberal dentro del PRO. Francamente no veo esa posibilidad porque no está en el espíritu de sus dirigentes darle espacio a una corriente liberal y que, llegado el caso, le cope el partido. Esa posibilidad es una ilusión y no tiene sentido volcar el esfuerzo en un proyecto así.

¿Qué opciones le quedan a la Argentina para salir de esta larga decadencia moral y económica? En mi visión solo un partido de centro derecha, pro mercado e integrando la Argentina al mundo es el que puede sacar al país de su larga decadencia. El problema es que hoy no existe esa alternativa política.

La opción que algunos creen que fue la alternativa liberal, realmente no lo fue. Sus integrantes no tenían esa ideología e hicieron un flor de papelón saliendo sextos de los seis partidos que compitieron en octubre.

Hago una breve aclaración antes de seguir. Algunos malintencionados me achacan que yo saqué muy pocos votos en 2017 cuando fui tercero en la lista de Pocho Romero Feris. La realidad es que solo le preste la firma. Tanto es así que el sábado mismo en que se cerraban las listas, Pocho Romero Feris recién me ubicó por teléfono a las 19.00 hs. de la noche y me pidió si podía ir tercero. Finalmente accedí pero nunca hice campaña y traté de pasar lo más desapercibido posible, al punto que el día del lanzamiento de la candidatura no fui al acto a pesar que me insistieron que tenía que ir. Dije que yo no tenía problema, que si querían bajaba mi candidatura y le daba el lugar a otro, pero que no iba a hacer campaña. De manera que achacarme el bajo porcentaje de votos que tuvo la lista de Romero Feris a mí que fui tercero y no hice campaña, es solo para molestarme si critico a algún figurón del mundo liberal.

Formulada la aclaración, el gran dilema es ¿cómo construir esa fuerza política para algún día llegar al gobierno? Algunas personas dicen que todos los liberales tienen que juntarse. Francamente no participaría jamás de un amontonamiento de gente que no tiene el mismo estilo, ni los mismos intereses. Por un lado he visto las traiciones más patéticas en estos meses previos a las elecciones. Cuando veo a alguien despreciar a otro y luego actuar como si fueran amigos, me queda claro que esa persona traiciona a quién sea por poder, por lo tanto, si llega al poder seguro va a traicionar a sus votantes. Con esa gente no quiero tener nada que ver. No me interesa trabajar con gente que traiciona por ambición política porque mañana traiciona las ideas que dijo defender. De manera que, para un proyecto de estas características no fracase, se necesita un grupo reducido, con gente confiable, cuyo único objetivo sea construir una fuerza política de centro derecha pero en un proyecto de largo plazo que primero vaya por bancas en el Congreso. Tener una parte importante de legisladores ya da poder por sí. Una vez que se crezca en el Congreso, se puede apostar por una candidatura presidencial, porque para eso primero se necesita poder cubrir el territorio para hacer campaña y una fuerza muy importante de fiscales que permita la fiscalización de las 100.000 mesas que hay que controlar.

Al mismo tiempo, hay que ir formando gente para que, llegado el caso, se disponga de personas preparadas para ocupar los cargos ejecutivos y bancas en el Congreso con personas idóneas, de manera de salir de esta espantosa mediocridad que hoy tiene la mayoría de la dirigencia política que lo único que busca es conchabarse en el Estado para su beneficio personal.

En este punto creo que hay que ser muy estricto. No se puede hacer la revolución liberal creando una legión de fanáticos que lo único que saben hacer es repetir frases que escucharon en la televisión y putear al que piensa diferente. Nada más alejado del liberalismo es ser intolerante con el que piensa diferente. Eso es propio de los sistemas dictatoriales, no de los liberales. ¿O creemos que vamos a hacer la revolución puteando en las redes sociales y en los medios de comunicación?

Hoy día hay instrumentos (partidos políticos) para competir electoralmente. Lo que falta es gente y formar un primer núcleo duro de personas que sepan que están construyendo algo para el futuro. Que están dando un primer paso y que no los mueve el vedetismo ni grandes aspiraciones de poder. Es trabajar para construir algo que, cuándo finalmente llegue al poder, tal vez no lo lleguemos a ver por nuestra edad.

Este proyecto no es para figurones, vedetismos, ni soberbios. Solo se puede lograr con gente con trayectoria, conocimientos y, por sobre todas las cosas, dispuesta a trabajar codo a codo, en forma amistosa, en un idea para el largo plazo.

Para el corto plazo, no hay que hacerse ilusiones de cambiar el país. Lo máximo que se puede hacer es poner el primer ladrillo de un proyecto de centro derecha que es el que puede sacar a la Argentina de su larga decadencia moral y económica.

Si no se cuenta con recursos humanos de calidad y solo tenemos a fanáticos insultadores como todo aporte, no llegamos ni a la esquina para construir algo serio. El desafío es lograr que un grupo reducido de gente logre comenzar a trabajar en ese proyecto. Y puedo asegurar que gente preparada y desinteresada hay.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

La tiranía de la igualdad. Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad

Libro de Axel Kaiser, comentado por Carlos Rodriguez Braun.

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/4/17 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/La-tirania-de-la-igualdad-Por-que-el-igualitarismo-es-inmoral-y-socava-el-progreso-de-nuestra-sociedad/39339

 

La igualdad no es una consigna originalmente socialista sino liberal, y el liberalismo la ha propugnado desde hace siglos. La moderna igualdad socialista, sin embargo, distorsiona la igualdad compatible con la libertad y la justicia, la igualdad ante la ley, y la transforma en una igualdad distinta, que requiere la violación de ambas: la igualdad mediante la ley. La justicia tiene una espada, porque debe ser firme, y una balanza, porque debe ser equilibrada. Pero también lleva una venda delante de los ojos. Los antiliberales le arrebatan este último atributo, y por ello la desnaturalizan.

La estratagema es denunciada en este libro del pensador chileno Axel Kaiser (Santiago, 1981), que constata lo que la gente hace realmente, a saber, luchar por mejorar, y no por ser iguales. Frente a los anhelos de las mujeres y los hombres, este volumen marca las falacias de los razonamientos igualitaristas y sus deficiencias económicas, sociales, políticas y morales. No establece juicios de intenciones, sino más bien al contrario: “No cabe duda de que la mayor parte de la izquierda socialista no busca un régimen totalitario”.

Pero la confianza en el uso arbitrario del poder político y legislativo para imponer una supuesta voluntad colectiva igualitaria sobre el conjunto de la sociedad vulnera derechos y libertades de los ciudadanos. Lo ilustra este trabajo con referencias no sólo a las realidades despóticas del comunismo o el nacional-socialismo sino también a proyectos colectivistas, como el de Salvador Allende en Chile, al que retrata severamente.

Señala la trampa que tienden reiteradamente los antiliberales para convencer a los incautos de sus benévolas intenciones, y que nos invita a someternos porque, total, los héroes del pueblo sólo van contra una minoría, contra los ricos, o los judíos, o las élites, los capitalistas, las empresas multinacionales, etc. Toda la historia prueba que en verdad van siempre contra las mayorías, y siempre lo hacen atacando las instituciones de la libertad, empezando por la propiedad privada y los contratos voluntarios.

“Lo que al igualitarista le importa en primer lugar no es que todos tengan mejor salud o educación, sino que todos tengan la misma. Por eso deben eliminar el mercado, pues si lo toleran -aun habiendo una mejora para todos, como muestra por lo demás la evidencia- no se cumple el estándar igualitario que buscan. Se trata así de pura ideología, de la visión del mundo que según ellos es justa y que debe imponerse al resto”.

Tras despejar en el primer capítulo los mitos sobre el infierno liberal y el paraíso socialista, en el capítulo II aborda “La idea de derechos sociales como fundamento del colectivismo”. Refuta las principales ficciones del pensamiento único, como la vieja mentira conforme a la cual no somos libres si somos pobres, con lo cual nos conviene que el poder nos sojuzgue. Al revés de lo que se nos dice, Axel Kaiser demuestra que los llamados derechos sociales se fundan en el quebrantamiento de los derechos individuales, y en la amenaza a la misma democracia.

Por fin, el volumen se cierra con el capítulo III, que ataca el dogma de “El Estado como motor de la prosperidad económica”, y denuncia los costes de todo tipo que comporta la invasión estatal de las vidas y haciendas privadas. Desmonta los argumentos y las estadísticas utilizadas sobre la desigualdad, como el índice Gini, y afirma que “mientras más libre es la economía, más social es”, y al revés: no hay nada más antisocial que el Estado de bienestar.

Crítico con la izquierda, el libro ataca con el mismo vigor a la derecha, porque “no constituye una defensa del status quo sino una radiografía de las implicaciones, errores y falacias de la ideología igualitarista”. Y así, mientras subraya la inmoralidad de fascistas y socialistas, censura a la derecha estatista, tan amiga del poder y tan enemiga de la libertad como la izquierda.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

La marcha del #1A

Por Gabriel Boragina Publicado  el 7/4/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/04/la-marcha-del-1.html

 

Se han dado muchas lecturas a la marcha ocurrida el 1 de abril en la Argentina. En esta oportunidad desearía dar la mía. Yo no creo mucho ni soy amigo de las manifestaciones en la vía pública. Siempre entendí que no es el ámbito adecuado para expresarse (de la manera que fuere) pero dejando de lado mis preferencias personales, y dado que -al parecer- la tendencia se dirige por esa vía, será conveniente dar mi visión sobre los móviles de esta nueva marcha. Digo nueva porque ha habido anteriores de muy distinto signo en las semanas que precedieron a la del #1A, pero esas fueron todas opositoras al gobierno de Cambiemos.
Una de las cosas que me llamó la atención fue haber escuchado a varios periodistas decir que la marcha de #1A combinó elementos que, si bien apoyaban al gobierno al mismo tiempo le reclamaban un “cambio”. Dado que estuve en la marcha y hablé con mucha gente en el lugar, debo decir que mi impresión no fue exactamente esa. Tanto en los cánticos como en las conversaciones mantenidas con los asistentes percibí un claro clima de apoyo total y completo al presidente Macri. No escuché quejas ni reclamos. Y -menos aun- pedidos de “cambios de rumbo”.
Esto me permite reafirmar algo que vengo expresando desde que asumió el gobierno de Cambiemos, y es que, tanto el electorado del mismo como la gente que acudió en su apoyo el día indicado, no esperan un “cambio de rumbo” sino una continuidad en la política encarada por el presidente Macri y su equipo.
El partidario de Cambiemos entiende que el cambio se operó el día que aquel asumió la presidencia. Y la marcha -en mi percepción- es un claro aval a que se continúe en el camino llevado hasta el presente. Quizás, algunos prefieran otros cambios cosméticos menores. Pero -en lo principal- la gente avala (y así lo hizo saber el #1A) tanto el rumbo económico como el político del partido de Macri.
Hubo claras expresiones de apoyo, tanto hacia el sistema democrático, como respecto de las personas de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal (gobernadora de la provincia de Buenos Aires). Cánticos contra dirigentes gremiales (por ejemplo Baradel, secretario general de un gremio docente contrario al gobierno y promotor de paros en su sector). Pero, lo que en ningún momento percibí ni nadie me lo dijo en el lugar fue disconformidad, reclamos o “cambios” de rumbo a lo que el gobierno ha venido haciendo hasta ese momento. No se pues de donde podría provenir ese comentario de que la gente que estaba allí reclamaba un “cambio” al gobierno.
He leído de amigos liberales que esperan que, después de la marcha, el gobierno de Macri dé un giro hacia una política económica más orientada a una economía de mercado y menos populista. Sigo pensando que se ilusionan con algo que no forma parte ni del gobierno ni de su base electoral. Ya he escrito que tanto Macri como la mayoría de su equipo no son proclives hacia el liberalismo ni el mercado libre, sino que su pensamiento económico se encuentra más cercano al desarrollismo (al estilo del ex presidente Arturo Frondizi) que al de un mercado libre de injerencias gubernamentales. Y –repito- el electorado de Cambiemos votó precisamente por este modelo económico, y no por un laissez faire que no dudo que sería lo ideal, pero insisto, no lo veo en los planes a corto y mediano plazo de este gobierno.
En las redes sociales, los macristas apoyan entusiastamente cada nuevo anuncio de obras públicas encaradas por el gobierno. Va de suyo que, un modelo desarrollista como el que ha emprendido el gobierno demanda la elevación del gasto público y -por consiguiente- su respectivo financiamiento a través de los únicos medios que el gobierno puede hacerlo: impuestos, inflación, deuda. Si el trayecto esperado por los macristas es este, vano es que los liberales nos esperancemos con bajas del gasto, impuestos y deuda pública. Por el contrario, podemos esperar iguales niveles de ellos a los actuales e inclusive aumentos significativos en los tres o algunos de los tres.
Algunos dicen que el gobierno no tiene un plan económico. Yo opino que lo tiene, sólo que no lo ha hecho explicito. Y, en todo caso, el plan está a la vista y en ejecución: obra pública, tanto estratégica como de infraestructura. Al menos hasta el momento, así se percibe.
Claro que coincido con mis amigos liberales que este no es el itinerario correcto. Pero no me convenzo con un giro del gobierno hacia el liberalismo, simplemente porque no juzgo que esté en las convicciones de sus dirigentes, y menos aun en la de su electorado.
Por definición, el modelo desarrollista (que puso en práctica el gobierno) ha de conllevar un grado importante de proteccionismo. También se puede decir que el desarrollismo no es más que una modalidad del proteccionismo. Por lo que es también esperable que las barreras aduaneras, aranceles y otras regulaciones contrarias al libre comercio se mantengan, quizás algo más atenuadas, porque también es de la esencia del desarrollismo la inversión extranjera y no excluyentemente la nacional. Claro que es difícil sino imposible lograr inversiones con alta presión fiscal, pero no es extraño imaginar que el gobierno combine y calibre ambos mecanismos. Lo cierto es que el electorado y la gente que fue a la convocatoria del #1A apoyan todo esto, pese a que como liberales sabemos que no es el camino acertado, y que -en largo plazo- este tipo de política economía no conduce a buenos resultados, sino que, por el contrario tiende a agravarlos.
Otros quisieron establecer comparaciones entre la marcha del 8N y esta. Conceptúo que no hay comparación posible, por muchos factores. Entre ellos, el más importante que la del 8N fue en contra del gobierno del FPV y la del #1A fue a favor de un gobierno y no en contra. En la del 8N si se le reclamaban cambios -y profundos- al FpV (los que finalmente no se llevaron a cabo nunca). Otro cantar fue el de la manifestación del #1A. Insisto, estuve presente y no escuché reclamos por “cambios”, sino apoyo explicito al derrotero encarado por Cambiemos.
Finalmente, me queda expresar porque fui. En mi caso, mi presencia fue en apoyo del sistema democrático y republicano de gobierno. Particularmente preocupado por la reivindicación que se hizo una semana antes por las Madres de Plaza de Mayo hacia el terrorismo guerrillero de los años 70. Esta fue mi mayor motivación para concurrir. Quienes me conocen saben que mi opción siempre será por un régimen democrático, republicano y liberal del gobierno.
Como dejé explicado, considero que el gobierno debería cambiar el recorrido  económico y dirigirse a una economía de libre mercado pleno. Pero -al mismo tiempo- soy consciente que, de los allí presentes, seriamos muy poquitos los que pensábamos lo mismo. El grueso de los manifestantes está conforme con la línea que lleva el gobierno, política y económicamente, mal que nos pese a los liberales.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero

A mayor gasto “social” más pobreza

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 19/3/17 en: http://economiaparatodos.net/a-mayor-gasto-social-mas-pobreza/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter

 

Lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales

Ya es una discurso común de los políticos afirmar que no se puede quitar la ayuda social a los más humildes porque no podrían transitar el período hasta que lleguen las inversiones, se creen nuevos puestos de trabajo y esa gente pueda cobrar un sueldo. En rigor los que no podemos aguantar más somos los contribuyentes que venimos siendo exprimidos desde 2003 sin ninguna piedad para sostener un monto cada vez mayor de gastos sociales. El cuadro 1 muestra la evolución del gasto social, incluye jubilaciones, en pesos corrientes desde 2001 hasta 2016. Como puede verse en el gráfico, el gasto en pesos corrientes aumentó 42,5 veces. Como referencia, el dólar paso de $ 1 a $ 16, es decir, creció 16 veces, así que en dólares se disparó.

Gráfico 1

Los gastos sociales que muestra el gráfico 1 solo hacen referencia a los gastos de la nación, no incluye las provincias ni los municipios. Como puede verse aumentó 42,5 veces desde 2001 hasta 2016.

Gráfico 2

El gráfico 2 nos muestra la evolución del gasto social en pesos constantes de 2016 utilizando inflación Congreso desde el 2007 en adelante para hacer el ajuste. En este caso aumentó 2,58 veces en términos reales, o se casi se triplicó. En otras palabras, cada vez se destina más dinero en pesos constantes a pagar jubilaciones, subsidios, educación, vivienda, etc. y la gente es cada vez más pobre, los jubilados están que trinan y los piqueteros siguen extorsionando con sus cortes de calles.

Gráfico 3

El gráfico 3 muestra la evolución del gasto social sin incluir las jubilaciones y las pensiones. Es decir, el gasto en educación, salud, vivienda, etc. que, en valores constantes de 2016, aumentó 2,4 veces en términos reales. Siempre crece el gasto social en términos reales.

Finalmente si la cuenta la hacemos en dólares, vemos que el gasto social total pasó de U$S 27.543 millones en 2001 a U$S 79.325 millones en 2016, o sea que se multiplicó por 2,88 veces. Pero si tomamos desde el 2003, cuando empezó el gobierno de los Kirchner hasta el 2016 el gasto crece 6,6 veces en dólares.

Cualquiera sea la manera que uno haga la cuenta, aquí presento solo 4 opciones, vemos que el llamado gasto social, solo tomando la nación, sin incluir municipios y provincias, crece fenomenalmente.

Gráfico 4

Como último dato, el 64% del gasto público de la nación se destina a los llamados gastos sociales, es decir, jubilaciones, salud, educación, subsidios, etc.

De lo anterior se desprende que lejos estamos de ser una economía que podríamos llamar capitalista o liberal. Claramente estamos en presencia de un estado progre populista que gasta cada vez más en planes sociales y ni siquiera primero cumple con su función primordial que es defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas. La seguridad es desastrosa. Pero también la calidad de vida de la gente viene en decadencia porque la contrapartida de semejante fiesta de gastos sociales es una carga tributaria que espanta la inversión, genera menos puestos de trabajo, aumenta la informalidad, la pobreza y la desocupación.

Es falso que los gastos en programas sociales mejoren la vida de la gente. Claramente la gente vive cada vez peor a pesar de incrementar brutalmente los recursos destinados a los planes sociales. Desde el punto de vista conceptual la gente vive peor porque, como decía antes, espanta las inversiones y cultiva la cultura de la dádiva. La gente no produce y prefiere ser mantenida mientras el estado saquea a los que producen.

Pero además, la política se ha transformado en una actividad política muy rentable en que todos estos fondos se transformaron en fuentes de corrupción y una manera de comprar votos.

En definitiva, no vengan con el verso de que gracias a los planes sociales la gente puede vivir. La gente vive cada vez peor, se degrada como ser humano al ser un vago y se espantan las inversiones que pueden sacar a la gente de pobreza y darles la dignidad del trabajo.

La conclusión es que los gastos sociales son un negocio político y no una manera eficiente de ayudar a la gente. A la gente se la ayuda creando las condiciones para que pueda trabajar y vivir de su salario.

El estado de bienestar es un verso que inventaron los políticos para, con la plata del contribuyente, terminar haciendo su propio negocio político.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

El Hombre Invisible

Entrevista a Gabriel J. Zanotti: Publicada el 2/1/17 en: http://institutoacton.org/2017/01/05/el-hombre-invisible-miguel-ors-villarejo/

 

¿Y quién es este Gabriel Zanotti (Buenos Aires, 1960) que la Fundación Rafael del Pino se ha traído para hablar de, atención, Antropología cristiana y economía de mercado? La víspera ha pasado por este mismo foro Paul Krugman y el contraste no puede ser mayor. El Nobel más mediático frente a este filósofo porteño, católico y liberal. Krugman concedió 20 entrevistas en dos días: 40 minutos tasados de salmodia keynesiana que recitaba de corrido y sin tropiezos, como un temario de oposición. Con Zanotti no hay prisa: nos dejan solos en un altillo de la Fundación, y creo que hasta se olvidan de que estamos ahí. Krugman generó un intenso tráfico en las redes sociales. Zanotti atraviesa el ciberespacio como un rayo de luz el cristal, sin tocarlo ni mancharlo.

Empezamos hablando justamente de eso: le cuento que algunos de los tuits que suscitó la conferencia de Krugman eran de un mal gusto extremado. Es un comentario para romper el hielo, pero Zanotti lleva siempre puesto el mono de filósofo y agarra rápidamente la anécdota para elevarla a categoría. “La invisibilidad transforma a las personas”, me dice. “No sé si conoce la última película de El hombre invisible: en el momento en que el científico protagonista logra que no lo vean, su honestidad se acaba… La mayoría de los humanos tenemos una moralidad media, muy incentivada por la mirada de los demás, pero ese control desaparece en las redes sociales y el anonimato saca nuestro lado más agresivo”.

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Es una reflexión sobre la que acabaremos volviendo, pero en principio no tiene nada que ver con el tema de su charla y que, expresado en términos más mundanos, plantea si se puede ser a la vez empresario de éxito y buen cristiano. Zanotti es católico practicante y un fogoso defensor de la Escuela Austriaca. Le duelen las reticencias que el liberalismo y el mercado aún inspiran al Vaticano, pero lo cierto es que algunas enseñanzas del Evangelio son dudosamente compatibles con el funcionamiento de una sociedad capitalista: los mercaderes son tratados a latigazos, los pobres y las rameras tienen prioridad de acceso al Cielo y los préstamos deben hacerse sin esperar nada a cambio, valorándose muy favorablemente la condonación total de la deuda (en una parábola, un siervo se niega y el rey lo entrega a los carceleros para que lo torturen).

Por no hablar del famoso encuentro de Jesús y el joven rico. Jaume Roures, el propietario de Mediapro, lo cita siempre que algún periodista le reprocha que sea millonario y trosquista. “Eso no veo yo que se lo preguntéis a los empresarios católicos. Jesús también decía: el que quiera seguirme, que lo deje todo”.

“No le falta razón a Roures”, le digo a Zanotti.

“Juan Pablo II recordaba ese pasaje en una carta apostólica de 1985”, responde. “El joven pregunta: ‘¿Maestro, qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?’ Y Jesús le dice: ‘Vende todo lo que tienes y repártelo entre los pobres. Luego ven y sígueme’. Marcos cuenta que el joven se quedó muy triste, porque tenía muchas posesiones”.

Roures ya hemos visto que entiende el mandato de forma literal, y Juan Pablo II admitía que, en el contexto del Evangelio, “se refiere sin duda a la vocación sacerdotal”. Pero al mismo tiempo invitaba a interpretarlo en un sentido más amplio. “El sígueme de Cristo se puede escuchar a lo largo de distintos caminos”. No es imprescindible hacerse apóstol.

“Para Juan Pablo II todos somos el joven rico”, dice Zanotti. La obligación de compartir no es una consigna socioeconómica, sino algo mucho más amplio, que afecta a cuanto posee el cristiano, empezando por su propia existencia. “Todos tenemos una riqueza que entregar, los talentos que Dios nos ha confiado. En mi caso es la docencia, en el suyo el periodismo y en el de otro puede ser un proyecto empresarial”.

Muchos objetarán que no es lo mismo. El empresario sigue siendo un bulto sospechoso. En el imaginario popular aún pervive el cliché marxista de que su beneficio se origina al quedarse ilegítimamente con una parte de la riqueza (la plusvalía) que crea el trabajador.

La proletarización de las masas obreras no parece una vocación compatible con el espíritu evangélico, pero el propio Marx ya tuvo que introducir algunos retoques en su teoría, porque los asalariados vivían cada vez mejor. Atribuyó el fenómeno a difusas “contratendencias” que perturbaban “momentáneamente” sus predicciones, pero la evolución de los países industrializados ha acabado refutando sus explicaciones. La actividad económica no es un juego de suma cero, en el que uno gana (el capitalista) lo que otro pierde (el obrero). Como observaría años después Joseph Schumpeter, el “fenómeno fundamental” que impulsa la creación de valor no es el trabajo del obrero ni la codicia del patrono, sino la innovación. Por supuesto que a Thomas Alva Edison o a John Ford los movía el ánimo de lucro y no el amor del prójimo cuando idearon modos más eficientes de producir luz o coches. Sus hallazgos los enriquecieron en primer lugar a ellos. Pero cuando gracias al juego de la competencia otras compañías siguieron su ejemplo, debieron rebajar los precios para no perder ventas y subir los salarios para evitar que les arrebataran a los empleados más capaces. Al final del proceso, toda la sociedad estaba mejor: el patrono, los obreros y los consumidores.

El capitalismo es un juego de suma variable y su energía productiva (que hasta el Manifiesto Comunista considera “grandiosa y colosal”) la liberan emprendedores en busca de oportunidades de ganancia. Como me explicó una vez otro ilustre austriaco, Jesús Huerta de Soto, “la URSS figuraba en todas las estadísticas como el primer productor mundial de patatas y tractores, pero los soviéticos se morían de hambre porque los tractores estaban oxidándose en Siberia y las patatas pudriéndose en Ucrania. No había empresarios que dijeran: vamos a coger los tractores para cosechar las patatas y forrarnos”. ¿Es eso moralmente reprensible? Apple no se ha hecho rica quitándonos algo que tenemos, como creía Marx, sino ofreciéndonos algo que no tenemos (y que ni siquiera sabíamos que queríamos, como el iPad). “En un mercado libre triunfa quien adecua sus proyectos a las expectativas del consumidor”, dice Zanotti.

Juan Pablo II explica que cada uno de nosotros debe contribuir al bienestar general aportando sus “potencialidades y capacidades”. El hombre ha de leerse a sí mismo, escribe, para luego “ser en los demás, para los demás”. En eso consiste el desprendimiento que Dios nos pide y “no es incompatible con el emprendimiento”, dice Zanotti. “Las ganancias son sólo una indicación de que el negocio ha sabido detectar necesidades insatisfechas”.

“Ya”, le digo, “pero luego esas ganancias el empresario se las queda. ¿No debería repartirlas?”

“Desde el punto de vista jurídico son incuestionablemente suyas”, dice Zanotti, “aunque deben incorporarse a esa entrega, a ese desprendimiento, y aquí entra en juego la prudencia con que cada cual maneja su relación con los bienes”.

“La experiencia histórica revela que, en general, cada cual prefiere quedárselos. Cuando la solidaridad se deja a la iniciativa particular, surgen grandes desigualdades”.

“Va usted muy deprisa”, repone Zanotti. Nada más sentarse, ha puesto sobre la mesa un librito: Ética, Mercado y Doctrina Social de la Iglesia. Lo coge, lo agita en el aire brevemente. “Eso es el capítulo cuarto. Antes déjeme que le hable de la teoría del orden espontáneo, que va en el capítulo tercero”.

Zanotti se refiere a una de las grandes contribuciones de Friedrich Hayek. Muy sucintamente sostiene que, a lo largo de siglos de ensayo y error, la humanidad ha ido creando una serie de instituciones (el lenguaje, el derecho, el dinero) que han hecho posible la civilización. Ese orden espontáneo es extremadamente complejo y, aunque podemos comprenderlo, somos incapaces de dirigirlo. “Por desgracia”, dice Zanotti, “a partir de los 50 empezó a generalizarse en Occidente una intervención gubernamental que, con el pretexto de proteger a determinados colectivos, adulteró el funcionamiento del mercado”. Y esta situación no sólo es insostenible económicamente, como vemos cada día con la crisis de la deuda, sino moralmente. “Los ciudadanos se habitúan a las prebendas del Estado de Bienestar y, cuando la escasez que el político ha echado por la puerta vuelve a colarse por la ventana, protestan”.

En este punto me asalta una duda. Ni siquiera Hayek considera que el mercado sea un ente puro. Presupone una arquitectura institucional. Y acuérdense de que también Zanotti reconocía al principio que sin la mirada del otro, es decir, sin una coacción externa, degeneramos rápidamente en trolls y llenamos el ciberespacio de injurias. Hace falta algún tipo de coerción, de Estado, pero ¿cuál es el nivel justo? Muchos austriacos consideran lícito prohibir el matrimonio homosexual, pero rechazan que Obama obligue a los estadounidenses a contratar un seguro médico. ¿Quién decide lo que es producto de ese orden espontáneo, y por tanto deseable, y lo que es una intromisión?

Zanotti no oculta que aquí los austriacos están divididos. Hayek desconfiaba de la condición humana y defendía mayores controles, pero anarcocapitalistas como Huerta de Soto creen que el Estado es la encarnación del maligno y que hay que desmantelarlo por completo. “En todo caso”, precisa Zanotti, “la prioridad hoy es eliminar privilegios. Por eso los escasos liberales clásicos que llegan al Congreso de Estados Unidos no promueven leyes. Están siempre derogando, diciendo no, no, no…”

“Pero lo que vemos a nuestro alrededor es que los países más prósperos tienen Estados grandes”, le digo. “En la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con la expansión del gasto público, Occidente vivió una explosión de riqueza sin precedentes”.

“Seguro”, replica Zanotti, “pero ¿ha sido a pesar o causa de ello?”

La contrarréplica obvia sería: “Midámoslo”. Hay estudios y modelos, pero los austriacos no creen ni en las matemáticas ni en el positivismo científico. En su opinión, las decisiones humanas no se pueden agregar como manzanas y la economía no puede contrastarse. “La filosofía ha desarrollado muchas prevenciones sobre las experiencias empíricas”, dice Zanotti. “Lo que hay que tener claro es el modelo teórico, y el austriaco nos dice que Occidente siguió creciendo a pesar del gasto público, gracias al margen que se dejó a la iniciativa privada”.

Sin la injerencia del Estado, nadie se plantearía hoy la incompatibilidad entre el mercado y la justicia cristiana, porque la falta de fricciones y el oxígeno de la libertad habrían impulsado los salarios reales y el paro se habría reabsorbido.

“Muchas encíclicas se han mostrado críticas con el capitalismo”, dice Zanotti, “pero porque entendían por tal lo que veían a su alrededor, que no es en absoluto lo que preconiza la Escuela Austriaca”. Sólo en 1991, en la Centessimus Annus, Juan Pablo II se refirió a la economía de mercado en “un contexto de positiva aprobación”. ¿Empieza a volverse liberal la Iglesia? Es dudoso. Hace unos meses Benedicto XVI reclamaba en L’Osservatore Romano más “intervención pública” para impedir las crisis. Y el propio Juan Pablo II tiene textos en los que defiende la planificación.

En realidad, Cristo no reveló ningún sistema, no entró nunca en los detalles de la organización socioeconómica. “Un católico puede ser keynesiano y hasta neomarxista”, dice Zanotti. “Por eso siento una gran injusticia cuando a los austriacos se nos trata de herejes”. A él le gustaría ser más invisible, que se diera a Dios lo que es de Dios y a Hayek lo que es de Hayek.

“Juan XXIII pedía en Mater et magistra subsidios para la agricultura italiana”, dice, “pero se equivocó, es un tema opinable, no es dogma de fe. Y sería deseable que las encíclicas respetaran la autonomía de los laicos y no entraran en ciertas cuestiones. El Vaticano tiene autoridad en materia de fe y de costumbres y me parece bien que Ratzinger [Benedicto XVI] insista en la divinidad de Jesús o se pronuncie sobre el aborto. ¿Pero hay que dar subsidios a la agricultura? Que el Papa calle”.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Ni “menemismo” ni “kirchnerismo” ¡Peronismo!

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/2/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/02/ni-menemismo-ni-kirchnerismo-peronismo.html

 

Hay que calar hondo en la esencia del peronismo para comprender la naturaleza de este movimiento que ha sido protagonista de buena parte de la historia reciente de la Argentina. Los análisis parciales y segmentados de la cuestión a nada conducen que no sea a desvirtuar la auténtica naturaleza de este fenómeno político que ha concitado la atención de analistas de todo tipo.

Lamentablemente, se ha consolidado en muchos casos -tanto en la jerga periodística como en la cotidiana- al tratar temas políticos, distinguir los gobiernos de Menem y de los Kirchner con los neologismos “menemismo” y “kirchnerismo” respectivamente, como “disímiles” al peronismo. Este uso -y abuso- desafortunado de tal nomenclatura ha contribuido y sigue contribuyendo a desdibujar precisamente la intima estructura que subyace detrás del peronismo; de sus integrantes, partidarios y -por sobre todas las cosas- de sus candidatos.

Los rótulos que criticamos, son utilizados de manera ex profeso por los mismos miembros del partido peronista, apenas avizoran el rumbo equivocado de sus candidatos ya accedidos al poder, pero también muchas veces -en forma inadvertida- por personas no-peronistas o antiperonistas que emplean los términos en apariencia diferenciadores, y -sin demasiada conciencia de ello- entran “a jugar el juego” perverso al que “juegan” los peronistas, que detrás de cada fracaso de sus gobiernos buscan dejar intacta “la doctrina del movimiento”.

La realidad, no obstante, es que:

“El peronismo es un formidable dispositivo de poder que ha podido transitar sin inconvenientes desde el populismo liberal de Menem hasta el populismo socialdemócrata de Kirchner. Lo que le importa realmente es el poder: clerical, izquierdista, liberal, conservador, son simples detalles funcionales a la estrategia fundamental.

No es indiferente al destino de una república que el oficialismo sea hegemónico. El precio que pagan las instituciones y la credibilidad pública es muy alto. Discutir el poder exclusivamente en el interior del oficialismo enrarece el debate, lo miserabiliza y lo transforma en una disputa salvaje por cuotas de poder, donde lo único que está ausente son los problemas reales de la sociedad.”[1]

Creo que la cita anterior es una de las mejores definiciones que he encontrado acerca del peronismo, si no es la mejor de todas. Palabras que, redactadas durante los tres sucesivos y prolongados gobiernos de los nefastos Kirchner, describen con singular sutileza los contornos de un “movimiento político” que ha hundido al país en la más profunda de las ciénagas desde su mismo inicio en el año 1946 y en todas las continuas oportunidades en que la Argentina tuvo la desgracia de padecer a sus candidatos triunfantes.

Pero la habilidad del peronismo no consintió solo en disfrazarse con los atuendos del liberalismo o de la socialdemocracia, también supo ser socialista:

“Hacia 1973, el discurso político predominante se formulaba en términos de causas populares, lucha anti-imperialista, liberación de la dependencia externa, combate contra el capital, etcétera, promoviéndose una intervención mayor aún del Estado en la actividad económica. Las elecciones celebradas en marzo de 1973 permitieron el acceso a los cuadros burocráticos de elementos de izquierda, en medio de disputas por el poder político entre las facciones revolucionaria y de derecha del movimiento fundado por Perón, en un ambiente de violencia terrorista.”[2]

Esto era lógico, dado que el peronismo es fundamentalmente una forma de populismo y el populismo se caracteriza por no contar con ninguna ideología específica propia, sino que va modificando su discurso conforme van cambiando las circunstancias políticas y sociales. Dado que “la lógica” peronista es la conquista del poder por el poder mismo, va de suyo que Perón no trepidó en utilizar esos elementos de izquierda para logra su tercer gobierno en el año indicado.

“En ese contexto político fue lanzado un amplio programa de reforma estructural “dirigista”, nacionalista y con objetivos de redistribución de ingresos, además de un llamado pacto social entre corporaciones gremiales obreras (CGT), de pequeños empresarios (CGE) y el Estado, destinado a sustentar políticas de estabilización coyunturales (controles de precios y ganancias). El plan se tradujo en alrededor de cuarenta leyes y acuerdos, aunque parte considerable de las medidas nunca llegaron a ser concretamente implementadas. Fue elevado al Congreso un proyecto de ley agraria, nunca aprobado, que disponía la expropiación de las tierras improductivas; fueron ampliadas las funciones de las juntas de carnes y de granos, a efectos de acentuar la intervención estatal en el comercio exterior, complementadas por la manipulación del tipo de cambio y nuevos impuestos ad valorem a la exportación (“retenciones”); también la estructura arancelaria fue manipulada discrecionalmente con el propósito de dirigir el proceso de industrialización. La ley de promoción industrial, que facultaba al gobierno para subsidiar proyectos de interés nacional, preveía las corrientes facilidades impositivas e incluso el diferimiento de ciertas obligaciones fiscales (impuesto a las ventas, luego I.V.A.) por hasta quince años, sin ajuste por inflación. Se sancionó asimismo una ley de inversiones extranjeras, con el objeto de combatir la penetración de capitales extranjeros, en especial en el sector industrial; se intensificaron las vinculaciones comerciales con los países del bloque socialista; la reforma financiera incluyó la llamada “nacionalización de los depósitos bancarios”; se dictaron bajo estas ideas nuevas leyes del trabajo (de asociaciones profesionales y de contrato de trabajo), de seguridad social y de servicios de salud.”[3]

Esta fue –a grandes rasgos- la política económica adoptada por Perón al asumir el gobierno argentino en 1973. No pueden sorprender la notables similitudes –salvando ciertos detalles específicos- entre las medidas patrocinadas por el propio Perón con las tomadas por el matrimonio Kirchner años mas tarde. Y esto sólo respecto de la dirección económica, soslayando por el momento idéntica similitud con el resto de las políticas seguidas por los mismos personajes en áreas ajenas a la económica. ¿Cómo ante esto podría decirse que los gobiernos de los Kirchner no habrían sido peronistas sin demostrar al enunciar tal falacia el enorme disparate que se profiere?

[1] Nota del traductor en Murray N. Rothbard. Hacia una nueva libertad. El manifiesto libertario.  pág. 27.

[2] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y crepúsculos: peregrinaje en busca de conocimiento. Edición de Fundación Alberdi. Mendoza. Argentina. Marzo de 2001. pág. 312-313

[3] Alberto Benegas Lynch (h) Entre albas y …ob. cit. pág. 312-313

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Confesiones de un liberal latinoamericano:

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 26/11/14 en:  http://www.lanacion.com.ar/1746791-confesiones-de-un-liberal-latinoamericano

 

Reproducimos el discurso que Mario Vargas Llosa dio en el 5to Lindau Meeting on Economic Sciences, una reunión que se hace cada dos años al sur de Alemania y que convoca a más de una decena de Premios Nobel y cientos de estudiantes de todo el mundo, en agosto de 2014

LINDAU, Alemania.- Agradezco muy especialmente al Consejo de los Encuentros Lindau con ganadores del Premio Nobel y a la Fundación Encuentros Lindau por invitarme a dar esta conferencia, pues de acuerdo a sus “considerandos”, han tomado en cuenta no sólo mi labor literaria sino mis ideas y opiniones políticas.

Créanme si les digo que esto es algo bastante novedoso. En el mundo en el que suelo moverme, ya sea en Latinoamérica, Estados Unidos o Europa, cuando alguna persona o alguna institución rinde tributo a mis novelas o ensayos literarios, usualmente agrega de inmediato frases como “aunque discrepamos con él”, “a pesar de que no siempre estamos de acuerdo con él” o “esto no implica que aceptemos sus críticas u opiniones sobre cuestiones políticas”. Aunque ya me he acostumbrado a esta bifurcación de mi persona, me alegra sentirme reintegrado por esta prestigiosa institución, que en vez de someterme a un proceso esquizofrénico, me ve como un ser humano unificado: un hombre que escribe, piensa y participa del debate público. Me gustaría creer que ambas actividades forman parte de una realidad única e inseparable. Pero ahora, para ser honesto con ustedes e intentar responder a la generosidad de esta invitación, siento que debería explayarme con cierto detalle sobre mis posiciones políticas. Y no es tarea fácil. Mucho me temo que no alcance con decir -tal vez fuese más sabio decir que “creo ser”- un liberal. Ya de por sí, ese término entraña una primera complicación. Como bien saben, “liberal” tiene significados distintos y usualmente antagónicos, dependiendo de quién lo use y en qué contexto. Mi difunta y querida abuela Carmen, por ejemplo, solía decir que un hombre era liberal para referirse a sus costumbres disolutas, alguien que no sólo no iba a misa sino que además hablaba pestes de los curas. Para ella, el prototipo que encarnaba esa idea de “liberal” era un legendario ancestro mío que un buen día, allá en mi Arequipa natal, le dijo a su esposa que iba hasta la plaza del pueblo a comprar el diario, para nunca más volver. La familia no tuvo noticias de él durante 30 años, hasta que el fugitivo caballero murió en París. “¿Y por qué se escapó a París ese tío liberal, abuela?”. “¿Y a dónde más si no a París, hijito? ¡Para corromperse, por supuesto!” Esta anécdota tal vez esté en el remoto origen de mi liberalismo y de mi pasión por la cultura francesa.

En Estados Unidos y en el mundo anglosajón en general, el término “liberal” tiene connotaciones izquierdistas y a veces suele asociárselo con el socialismo o con posturas radicales. En contrapartida, en Latinoamérica y España, donde la palabra fue acuñada en el siglo XIX para describir a los rebeldes que luchaban contra la ocupación napoleónica, me llaman liberal -o peor aún, neoliberal-, para exorcizarme o desacreditarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha transformado el significado original del término -el de un amante de la libertad que se alza contra la opresión- hasta darle una connotación conservadora o reaccionaria, vale decir, un término que cuando es usado por un progresista, es sinónimo de complicidad con todas las explotaciones e injusticias que padecen los pobres del mundo.

En Latinoamérica, el liberalismo fue una filosofía intelectual y política progresista que en el siglo XIX se oponía al militarismo y a los dictadores y que aspiraba a la separación entre la Iglesia y el Estado y al establecimiento de una cultura civil y democrática. En la mayoría de esos países, los liberales fueron perseguidos, exiliados, encarcelados o ejecutados por los regímenes brutales que con pocas excepciones -Chile, Costa Rica, Uruguay y paremos de contar-, prosperaron en todo el continente. Pero en el siglo XX, la aspiración de las elites políticas de vanguardia era la revolución, y no la democracia, y esa aspiración era compartida por muchísima gente que quería copiar el ejemplo de la guerrilla de Fidel Castro y sus “barbudos” de Sierra Maestra.

Marx, Fidel y el Che Guevara se convirtieron en íconos de la izquierda y la extrema izquierda. Dentro de ese contexto, los liberales fueron considerados conservadores, defensores del status quo, tergiversados y caricaturizados a tal punto que sus verdaderos objetivos políticos y sus ideas genuinas sólo tenían llegada a círculos muy pequeños, mientras que grandes sectores de la sociedad eran ajenos a ellos. Esa confusión sobre el liberalismo estaba tan extendida que los liberales latinoamericanos se vieron obligados a dedicar gran parte de su tiempo a defenderse de las distorsiones y ridículas acusaciones que recibían por derecha y por izquierda.

Recién en las últimas décadas del siglo XX, las cosas empezaron a cambiar en Latinoamérica, y el liberalismo empezó a ser reconocido como algo profundamente distinto del marxismo extremo y de la extrema derecha, y es importante mencionar que eso fue posible, al menos en la esfera cultural, gracias al valiente esfuerzo del gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz y de sus revistas Plural y Vuelta. Tras la caída del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y la transformación de China en un país capitalista (por más que autoritario), las ideas políticas también evolucionaron en Latinoamérica, y la cultura de la libertad hizo importantes avances en todo el continente.

Más allá de eso, para mucha gente sigue siendo difícil asimilar el verdadero sentido de la palabra “liberal”, y para complicar aún más las cosas, ni siquiera los liberales parecen poder ponerse de acuerdo del todo sobre lo que significa el liberalismo y lo que significa ser un liberal. Quien haya tenido oportunidad de participar de alguna conferencia o congreso de liberales sabrá que esos encuentros suelen ser de lo más divertidos, ya que las discrepancias prevalecen sobre el acuerdo y porque como solía ocurrir con los trotskistas, cuando existían, todo liberal es a la vez un hereje y un sectario en potencia.

Como el liberalismo no es una ideología, vale decir, no es una religión dogmática laica, sino más bien una doctrina abierta y en evolución, que en vez de forzar la realidad para que ceda, se acomoda a la realidad, existen entre los liberales profundas discrepancias y las más diversas tendencias. Respecto de la religión y otros temas sociales, los liberales como yo, agnósticos y propulsores de la separación entre la Iglesia y el Estado y defensores de la despenalización del aborto, el matrimonio homosexual y las drogas, solemos ser ásperamente criticados por otros liberales que tienen opiniones opuestas sobre estas cuestiones. Esas diferencias de opinión son saludables y útiles, ya que no violan los preceptos básicos del liberalismo, a saber, democracia política, economía de mercado y la defensa de los intereses individuales por sobre los intereses del Estado. Hay por ejemplo liberales que creen que la economía es el campo donde deben resolverse todos los problemas, y que el libre mercado es la panacea para los problemas, desde la pobreza hasta el desempleo, desde la discriminación hasta la exclusión social.

Esos liberales, que son como verdaderos algoritmos vivientes, muchas veces le hacen más daño a la causa de la libertad que los marxistas, primeros campeones de la absurda teoría de que la economía es la base de la civilización, fuerza impulsora de la historia de las naciones. Eso es simplemente falso. Son las ideas y la cultura las que marcan la diferencia entre civilización y barbarie, y no la economía. La economía por sí sola, sin el puntal de las ideas y la cultura, tal vez produzca óptimos resultados en los papeles, pero no le da sentido a la vida de las personas, ni les ofrece a los individuos razones para resistir la adversidad, mantenerse unidos en la compasión, o vivir en un ambiente de verdadera humanidad. Es la cultura, ese cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas -entre las cuales debe incluirse obviamente también la religión-, la que da vida y aliento a la democracia y permite la economía de mercado, con su matemática fría y competitiva de recompensar el éxito y castigar el fracaso, para evitar que todo degenere en una lucha darwiniana en la cual, como dijo Isaiah Berlin, “la libertad de los lobos es la muerte de los corderos”. El libre mercado es el mejor mecanismo existente para generar riqueza, y cuando se lo complementa con otras instituciones y usos de la cultura democrática puede impulsar el progreso material de una nación a los espectaculares niveles a los que nos tiene habituados. Pero el libre mercado es también un instrumento implacable que sin el componente espiritual e intelectual que aporta la cultura, puede reducir la vida a una feroz batalla egoísta a la que sólo sobreviven los más aptos.

Por lo tanto, el valor central del liberal que yo aspiro a ser es la libertad. Gracias a esa libertad, la humanidad ha podido hacer su viaje de las cavernas a las estrellas y la revolución informática, y progresar desde las variadas formas de colectivismo y asociaciones despóticas hacia los derechos humanos y la democracia representativa. Los cimientos de la libertad son la propiedad privada y el imperio de la ley. Ese sistema garantiza las menores formas de injustica posibles, produce el mayor progreso material y cultural, frena con mayor eficacia la violencia y genera el mayor respeto por los derechos humanos. Para este concepto de liberalismo, la libertad es un concepto único e integral. La libertad política y la libertad económica son inseparables, como las caras de una moneda. Y como en Latinoamérica la libertad no es entendida de esa forma, la región ha sufrido varios intentos fallidos de gobiernos democráticos. Eso ocurrió ya sea porque las democracias que emergieron después de las dictaduras respetaron la libertad política pero rechazaron la libertad económica, que produjo inevitablemente más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque condujeron a gobiernos autoritarios convencidos de que sólo con mano dura y represión podría garantizarse el funcionamiento del libre mercado. Esa es una peligrosa falacia que quedó demostrada en países como Perú, durante la dictadura de Alberto Fujimori, y Chile, bajo Augusto Pinochet. El verdadero progreso nunca ha surgido de regímenes como esos. Así se explica el fracaso de las llamadas dictaduras “del libre mercado” de Latinoamérica.

Ninguna economía libre puede funcionar sin un sistema de justicia eficiente e independiente, y ninguna reforma tiene éxito si se implementa sin el control y la crítica de la opinión pública que sólo son posibles en democracia. Quienes creyeron que el general Pinochet era la excepción a la regla porque su régimen obtuve éxitos económicos luego descubrieron, junto con las revelaciones del asesinato y tortura de miles de ciudadanos, que el dictador chileno no solo era un asesino, sino un ladrón que tenía cuentas con millones de dólares en el exterior, como el resto de los dictadores latinoamericanos. La democracia política, la libertad de prensa y el libre mercado son los cimientos de la posición liberal. Pero así formuladas, esas tres expresiones poseen una cualidad abstracta y algebraica que las deshumaniza y las aleja de la experiencia de la gente común. El liberalismo es mucho, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto por el otro, y especialmente por quienes piensan distinto, por quienes practican otras costumbres, veneran a otro dios o a ninguno. Al aceptar convivir con quienes son diferentes, los seres humanos dieron el paso más extraordinario en el camino hacia la civilización. Fue una predisposición o un deseo que precedió a la democracia y que la hizo posible, y que contribuyó más que cualquier descubrimiento científico o que cualquier sistema filosófico a contrarrestar la violencia y a aplacar el instinto de controlar y matar en las relaciones humanas. Es también lo que despertó una natural desconfianza en el poder, en cualquier poder, y que es como una segunda naturaleza de nosotros, los liberales.

El poder es inevitable, salvo en esas encantadoras utopías de los anarquistas. Pero el poder sí puede ser controlado y contrarrestado para que no se exceda. Es posible despojarlo de sus funciones no autorizadas que oprimen al individuo, ese ser que para nosotros, los liberales, es la piedra angular de la sociedad, y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados. La violación de esos derechos desencadena inevitablemente una espiral de abusos que como ondas concéntricas, barren con la idea misma de justicia social.

Defender a los individuos es la consecuencia natural de creer en la libertad como valor individual y social por excelencia, porque en el seno de una sociedad, la libertad se mide por el nivel de autonomía del que gozan los ciudadanos para organizar sus vidas y trabajar en pos de sus objetivos sin interferencias injusticias, vale decir, la lucha por la “libertad negativa”, tal como la definió Isaiah Berlin en su célebre ensayo. El colectivismo era necesario en los albores de la historia, cuando los individuos eran simplemente parte de una tribu y dependían del conjunto de la sociedad para su supervivencia, pero empezó a declinar a medida que el progreso material e intelectual permitieron que el hombre dominara la naturaleza y superara el miedo al rayo, a las bestias, a lo desconocido y al otro, todo aquel que tenía otro color de piel, otro idioma y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a través de la historia en esas doctrinas e ideologías que sitúan los supremos valores de un individuo en su pertenencia a un grupo específico (la raza, la clase social, la religión o la nación). Todas esas doctrinas colectivistas -nazismo, fascismo, fanatismo religioso, comunismo y nacionalismo-, son enemigos naturales de la libertad y feroces enemigos de los liberales. En todas las épocas, ese defecto atávico, el colectivismo, ha levantado su horrenda cabeza para amenazar a la civilización y arrastrarnos de vuelta a la era del barbarismo. Ayer tomó el nombre de fascismo y comunismo; hoy se lo conoce como nacionalismo y fundamentalismo religioso.

Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, siempre se opuso a la existencia de partidos liberales porque sentía que esas agrupaciones políticas, al intentar monopolizar el liberalismo, terminaban desnaturalizándolo, encasillándolo, y forzándolo a entrar en los estrechos moldes de la lucha partidaria por el poder. Por el contrario, Mises creía que la filosofía liberal debía ser una cultura general compartida por todos las corrientes y movimientos políticos coexistentes en una sociedad abierta y prodemocrática, una escuela de pensamiento que nutriera a los socialcristianos, los radicales, los socialdemócratas, los conservadores y los socialistas democráticos por igual. Hay mucho de verdad en esa teoría. De eso modo, en el pasado reciente, hemos visto casos de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron profundas reformas liberales. Al mismo tiempo, hemos visto a líderes presuntamente socialistas, como Tony Blair en Inglaterra, Ricardo Lagos en Chile, y actualmente José Mujica en Uruguay, que implementaron políticas económicas y sociales que sólo pueden ser calificadas como liberales.

Aunque el término “liberal” sigue siendo una mala palabra que todo latinoamericano políticamente correcto tiene obligación de detestar, desde hace un tiempo, hay ideas y actitudes esencialmente liberales que han comenzado a infiltrarse por derecha y por izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. Eso explica por qué en años recientes, las democracias latinoamericanas no han colapsado ni han sido reemplazadas por dictaduras militares, a pesar de las crisis económicas, la corrupción y el fracaso de tantos gobiernos para alcanzar su potencial. Por supuesto que algunos siguen allí: Cuba tiene esos fósiles autoritarios, Fidel Castro y su hermano Fidel, que tras 54 años de esclavizar a su país, se han convertido en los líderes de la dictadura más larga de la historia latinoamericana, así como la desafortunada Venezuela, que de la mano del presidente Nicolás Maduro, el sucesor a dedo del comandante Hugo Chávez, sufre ahora las políticas estatistas y marxistas que muy pronto convertirán a Venezuela en una segunda Cuba. Pero son dos excepciones, y hay que enfatizarlo, en un continente que nunca antes había tenido una sucesión tan larga de gobiernos civiles surgidos de elecciones relativamente libres. Y existen casos interesantes y alentadores como el de Brasil, donde primero Lula da Silva y luego Dilma Rousseff, antes de llegar a la presidencia, abrazaron la doctrina populista, el nacionalismo económico y la tradicional hostilidad de la izquierda hacia los mercados, pero que tras asumir el poder, practicaron la disciplina fiscal y fomentaron la inversión extranjera, la inversión privada y la globalización, a pesar de que ambos gobiernos se sumieron en la corrupción, como ha ocurrido siembre con los gobiernos populistas, y finalmente fracasaron en la continuidad de la reforma.

Más que la revolución, el mayor obstáculo actual para el progreso en Latinoamérica es el populismo. Hay muchas maneras de definir “populismo”, pero tal vez la más exacta sea que es una forma de demagogia social y económica que sacrifica el futuro de un país a favor de un presente efímero. Con un discurso fogoso imbuido de bravatas, la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner ha seguido el ejemplo de su marido, el fallecido presidente Néstor Kirchner, con nacionalizaciones, intervencionismo, controles y persecución de la prensa independiente, políticas que han llevado al borde la desintegración a un país que es, potencialmente, uno de los más prósperos del planeta. Otros tristes ejemplos de populismo son la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Nicaragua del comandante sandinista Daniel Ortega, quienes en varios aspectos, siguen implementando el centralismo del control estatal que tantos estragos ha causado en todo nuestro continente.

Pero son las excepciones y no la regla, como era hasta hace poco en Latinoamérica, donde no sólo se están desvaneciendo los dictadores, sino también las políticas económicas que mantuvieron a nuestros pueblos en el subdesarrollo y la pobreza. Hasta la izquierda se ha mostrado reacia a faltar a su palabra de privatizar las jubilaciones -ya se ha hecho en 11 países latinoamericanos, hasta la fecha-, mientras que la izquierda de Estados Unidos, más reaccionaria, se opone a la privatización de la seguridad social. Son todos signos positivos de cierta modernización de la izquierda, que sin reconocerlo, admite que el camino hacia el progreso económico y la justicia social pasa por la democracia y los mercados, algo que los liberales venimos predicando en el desierto desde hace mucho tiempo. De hecho, si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega. Es un paso hacia adelante que deja entrever que Latinoamérica finalmente se estaría deshaciendo del lastre de las dictaduras y el subdesarrollo. Se trata de un avance, al igual que el surgimiento de una derecha civilizada que ya no cree que la solución a los problemas es golpear la puerta de los cuarteles, sino más bien aceptar el voto y las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.

Otra señal positiva del incierto escenario latinoamericano actual es que el acendrado y antiguo sentimiento antinorteamericano que recorría el continente ha disminuido notablemente. Lo cierto es que hoy, el sentimiento antinorteamericano es más fuerte en ciertos países de Europa, como Francia y España, que en México o Perú. Es cierto que la guerra en Irak, por ejemplo, movilizó a vastos sectores de todo el espectro político europeo, cuyo único denominador común parecía ser no el amor por la paz sino el resentimiento y el odio hacia Estados Unidos. En Latinoamérica, esa movilización fue marginal y estuvo prácticamente confinada a los sectores de la izquierda más radicalizada, aunque en los últimos días el apoyo de Estados Unidos a la invasión israelí a la Franja de Gaza y la feroz masacre de civiles ha revivido un sentimiento antinorteamericano que parecía haberse desvanecido.

Si la izquierda latinoamericana ha aceptado las políticas liberales, tanto mejor, por más que las disfracen de una retórica que lo niega

Ese cambio de actitud hacia Estados Unidos reconoce dos razones, una pragmática y otra del orden de los principios. Los latinoamericanos que conservan el sentido común entienden que por razones geográficas, económicas y estratégicas, las relaciones comerciales fluidas y sólidas con Estados Unidos son indispensables para nuestro desarrollo. Además, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, como hacía en el pasado, ahora apoya sistemáticamente a las democracias y rechaza las tendencias autoritarias. Eso ha contribuido ostensiblemente a reducir la desconfianza y la hostilidad de las filas democráticas latinoamericanas frente a su poderoso vecino del norte.

Ese acercamiento y esa colaboración son cruciales para que Latinoamérica avance rápidamente en su lucha para eliminar la pobreza y el subdesarrollo.

En los últimos años, este liberal que habla ahora frente a ustedes se ha visto enredado con frecuencia en la controversia, por defender una imagen real de Estados Unidos, que las pasiones y los prejuicios políticos han deformado, en ocasiones, hasta el punto de la caricatura. El problema que enfrentamos quienes intentamos combatir esos estereotipos es que ningún país produce tanto material artístico e intelectual antinorteamericano como el propio Estados Unidos -país natal, no olvidemos, de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky-, al punto que uno se pregunta si el antinorteamericanismo es uno de esos astutos productos de exportación fabricados por la C.I.A. para hacer posible que el imperialismo manipule ideológicamente a las masas del Tercer Mundo.

Antes, el antinorteamericanismo era especialmente popular en Latinoamérica, pero ahora se produce en algunos países europeos, especialmente en aquellos que se aferran al pasado que ya fue, y que se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se han vuelto porosas y cada vez más difusas. Por supuesto que no todo lo que pasa en Estados Unidos es de mi agrado. Lamento, por ejemplo, que muchos estados todavía apliquen ese horror que es la pena de muerte, al igual que muchas otras cosas, como el hecho de que la represión está por encima de la persuasión en la lucha contra las drogas, a pesar de las lecciones que dejó la Prohibición. Pero en el balance de sumas y restas, creo que Estados Unidos es la democracia más abierta y funcional del mundo, y la que tiene mayor capacidad de autocrítica, que le permite renovarse y actualizarse más rápidamente en respuesta a los desafíos y las necesidades de un contexto histórico en cambio. Es una democracia que admiro justamente por lo que temía el profesor Samuel Huntington: una formidable mezcla de razas, culturas, tradiciones y costumbres, que han logrado coexistir sin matarse unas a otras, gracias a la igualdad ante la ley y la flexibilidad de un sistema que hace lugar en su seno para la diversidad, bajo el denominador común del respecto por la ley y por el otro.

En mi opinión, la presencia de 50 millones de personas de origen latinoamericano en Estados Unidos no amenaza la cohesión social o la integridad del país. Por el contrario, potencia a la nación, aportando una corriente de vitalidad cultural de enorme energía, en la cual la familia es un bien sagrado. Con su deseo de progreso, su capacidad de trabajo y su aspiración al éxito, esa influencia latinoamericana será de gran provecho para una sociedad abierta. Sin renegar de sus orígenes, esta comunidad se está integrando con lealtad y cariño a este nuevo país, y forjando fuertes vínculos entre las dos Américas. Y eso es algo de lo que puedo dar fe casi en carne propia.

Cuando mis padres ya no eran jóvenes, se convirtieron en dos de esos millones de latinoamericanos que emigraron a Estados Unidos en busca de oportunidades que su país no les ofrecía. Vivieron en Los Ángeles durante casi 25 años, ganándose la vida con sus manos, algo que nunca habían tenido que hacer en Perú. Durante muchos años, mi madre fue obrera textil en una fábrica llena de mexicanos y centroamericanos, entre los cuales hizo excelentes amigos. Cuando murió mi padre, pensé que mi madre regresaría a Perú, como él le había pedido. Pero ella decidió quedarse, vivir sola, e incluso solicitó y obtuvo la ciudadanía estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando los achaques de la edad la obligaron a volver a su tierra natal, siempre recordó Estados Unidos como su segunda patria, con orgullo y gratitud. Para ella, nunca hubo incompatibilidad en sentirse peruana y estadounidense al mismo tiempo: ni el menor atisbo de un conflicto de lealtades. Y creo que el caso de mi madre no es excepcional, y que hay millones de latinoamericanos que sienten lo mismo y que se transformarán en puentes vivientes entre dos culturas de un continente que hace cinco siglos fue integrado a la cultura occidental.

Tal vez este recuerdo sea más que una evocación filial. Tal vez, en este ejemplo veamos un atisbo del futuro. Soñamos, como suelen hacer los novelistas: un mundo libre de fanáticos, terroristas y dictadores, un mundo de distintas razas, credos y tradiciones, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras sean puentes que hombres y mujeres pueden cruzar en pos de sus objetivos, y sin más obstáculo que su suprema y libre voluntad.

Entonces, ya no hará falta hablar de libertad, porque será el aire que respiramos, y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises de una cultura universal, imbuida de respeto por la ley y por los derechos humanos, se habrá hecho realidad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Aclarando el Termino “Capitalismo”

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 12/11/13 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/11/12/aclarando-el-termino-capitalismo/#more-5843

EL 9 de octubre salió en Infobae una nota titulada “Tres décadas y un problema llamado déficit fiscal.” En aquella nota decía que desde la vuelta a la democracia, Argentina tuvo el mismo problema de déficit fiscal, lo que de hecho cambió de década a década fue el método de financiamiento, no el problema de fondo.

EL 25 de octubre Mauro Cristeche (UNLP y UNLaM) comparte una nota crítica a mi comentario en Infobae titulada “Dos siglos de economía Argentina y un problema llamado capitalismo.” Cristeche coincide que el déficit fiscal fue un serio problema, pero sostiene que la nota no es lo suficientemente profunda. El déficit fiscal se debe, argumenta, a la lógica del capitalismo imperante en Argentina en los últimos 200 años.

Si bien envié mis comentarios de respuesta a Infobae pocos días después de la nota de Cristeche, el fallo de la Corte Suprema respeto a la Ley de Medios y otros eventos de la agenda política versus lo puntual de mi respuesta hicieron que, obviamente, mi comentario perdiese relevancia.

No quería dejar de compartir mis reflexiones sobre la nota de Cristeche que copio a continuación.

 

Aclarando el término “capitalismo”

Hace unas semanas escribí una breve nota titulada “Tres décadas y un problema llamado déficit fiscal.” En aquella ocasión comentaba que desde la vuelta a la democracia la economía Argentina ha sufrido el mismo problema recurrente: déficit fiscal. El punto de mi nota era que los sucesivos gobiernos cambiaron el método de financiar el déficit fiscal, pero no el problema de fondo. Mauro Cristeche comparte una nota crítica en reacción a esta idea. Su argumento es que mi nota no es lo suficientemente profunda, si bien coincide que el déficit fiscal ha sido un problema, argumenta que el motivo de este problema se debe al capitalismo. La nota de Cristeche posee varios puntos que merecen seria consideración. Comentar todos ellos resultaría en una nota innecesariamente larga y tediosa. Prefiero enfocarme en un punto que creo es central en nuestros respectivos puntos de vista: el término capitalismo. Pocos términos sufren de tanta confusión y connotaciones que vician nuestro análisis como la palabra capitalismo.

Hay, a mi juicio, un problema central en la nota de Cristeche: No ofrece una definición del término capitalismo, que es nada menos que su objeto de crítica. Claramente el “capitalismo Suizo o Inglés” es distinto al “Capitalismo Venezolano o Argentino.” No todos los capitalismos ofrecen el mismo resultado y por ello es importante distinguirlos cuidadosamente. Ciertas palabras como “capitalismo” o “liberal” han visto su significado alterado a lo largo de la historia e incluso geográficamente. La palabra “liberal,” por ejemplo, no significa lo mismo en Inglaterra que en Estados Unidos. Por ello han surgido términos como “libertario” para evitar confusiones. Aquí mismo en Argentina, el Partido Liberal Libertario usa la palabra “libertario” justamente para tratar de minimizar mal entendidos. También creo importante mencionar que en mi nota no hago uso del término capitalismo, y sólo tangencialmente menciono el libre mercado. Cristeche me asocia a las “ideas propias de la economía liberal,” de haber definido el término capitalismo se habría dado que cuenta que el uso que hace del mismo no aplica a mi nota.

Voy a entender por capitalismo el poner en práctica los principios del liberalismo clásico. Es decir, tanto ciudadanos, como empresas y hasta el mismo gobierno se encuentran en igualdad de condiciones ante una ley que protege la libertad individual y la propiedad privada. No hay privilegios ni para “capitalistas,” ni para la “clase obrera,” ni para el “gobierno.” No creo que esta sea una interpretación torcida del término capitalismo, es lo que tienen en mente los filósofos y pensadores que más han contribuido a esta tradición como John Locke, Wilhelm von Humboldt, Adam Smith, Ludwig von Mises, Friedrich A. von Hayek, Milton Friedman, James Buchanan, Karl Popper y Robert Nozick entre muchos otros. Es decir, una cosa es la existencia de “bienes de capital” y otra cosa es el “marco institucional” bajo el cual se organiza la sociedad. El término “capitalismo” hace referencia al libre uso de bienes de capital bajo instituciones de libre mercado, no a la mera presencia de bienes de capital. Las instituciones son importantes porque definen los incentivos de los agente económicos. Los incentivos pueden llevar a tener crecimiento y desarrollo de largo plazo o a sufrir crisis recurrentes. Corea del Norte y Corea del Sur poseen la misma historia, lenguaje y cultura pero se diferencian en sus instituciones. Si las instituciones no fuesen importantes la calidad de vida en ambos países no serían blanco y negro. Bajo esta concepción no toda sociedad donde hay capitalistas es “capitalismo.” Reconozco que puede no ser la única definición del término capitalismo, pero una crítica al capitalismo como liberalismo económico tiene que hacer uso de esta definición.

Mi interpretación del uso que hace Cristeche del término capitalismo es que una sociedad es capitalista siempre y cuando haya capitalistas y bienes de capital independientemente del marco institucional. El capitalismo en su concepción clásica, sin embargo, no es sólo la presencia de jure de propiedad privada, es también la presencia de facto (marco institucional.) No alcanza con ser dueño en los papeles de los factores de producción si uno no es libre de usarlos. Aquella sociedad donde el empresario es “dueño” de su empresa pero su proyecto es dirigido por el gobierno a través de leyes y regulaciones es “capitalismo intervenido (o un tipo de socialismo)”, no un “capitalismo como aplicación de los principios del libre mercado.” Es muy difícil catalogar al Kirchnerismo como un modelo predominantemente capitalista. Nótese que no estoy argumentando sobre la conveniencia o no de aplicar los principios de libre mercado, simplemente estoy definiendo el término “capitalismo” a fin de hacer un diagnóstico más preciso de los problemas económicos de Argentina.

Hay, entonces, por lo menos dos capitalismos, el de libre mercado por un lado y el intervenido como el capitalismo de amigos o capitalismo corrupto (crony capitalism) por el otro. Podemos llamarlos “Capitalismo tipo I” y “Capitalismo tipo II” respectivamente para evitar las connotaciones asociadas a las palabras liberalismo o socialismo. Si aun así no podemos dejar de lado todas las connotaciones asociadas al término capitalismo, entonces podemos pensar en “Orden socio-económico I” y “Orden socio-económico II.” Coincido con Cristeche que el Capitalsimo tipo II es un problema, pero no por ello concluyo que el problema en  Argentina ha sido el Capitalismo tipo I. Es que no pudo serlo por el simple hecho de que no se aplicó. ¿En qué momento desde 1930 en adelante, cuando Argentina comienza a desviarse del resto de los países más ricos del mundo, fue Argentina un país genuinamente liberal? Se podrán identificar ciertas épocas con políticas llamadas neoliberales, pero más allá de su efectiva aplicación, es importante recordar que “neoliberalismo” no es lo mismo que “libre mercado.”

Cuando Cristeche sostiene que el crecimiento del estado se debe a la “relación capitalista,” esto describe el problema del Capitalismo tipo II, donde el empresariado busca el favor del gobierno para no tener que ganarse el peso del consumidor en libre competencia, pero se encuentra en directa oposición con el Capitalismo tipo I, donde el rol del estado es justamente evitar estos privilegios. Es un non sequitur criticar aquello a lo que el Capitalismo tipo I se opone por los vicios presentes en el Capitalismo tipo II. Entiendo cómo se pueden asociar al populismo (un tipo de Capitalismo tipo II) con déficit fiscales, pero asociarlo al capitalismo de libre mercado es el resultado de una confusión terminológica por usar un término sin definir como herramienta de crítica a un marco institucional específico. Nada impide que uno entienda por capitalismo la presencia de capitalistas y bienes de capital indistintamente del marco institucional, pero entonces ya no es válido asociar las ideas de mi nota a “las propias de la economía liberal” y luego utilizar el término capitalismo como herramienta de crítica. El argumento se resume a lo siguiente: el mercado intervenido (Capitalismo tipo II) no funciona, por lo tanto el libre mercado (Capitalismo tipo I) no funciona. El problema queda claro si en la nota de Cristeche reemplazamos la palabra “capitalismo” por “libre mercado.” Uno de sus pasajes ofrece un buen ejemplo: “No hay política más libre mercado que la recurrencia al déficit fiscal.” ¿Desde cuándo la recurrencia de déficits fiscales es rasgo distinto del libre mercado?

Se podrá decir que se encuentra en la lógica de la dinámica de un sistema capitalista que las clases obreras sean oprimidas frente al capital y que el estado termina siendo cómplice del capital en este proceso. O algún argumento similar por el cual la distinción entre estos dos capitalismos es ficticia. ¿Pero no es acaso esta colusión entre capitalistas y gobierno a lo que los liberales (Capitalistas tipo I) tanto se oponen? No hace falta buscar pasajes escondidos, los autores arriba mencionados y tantos otros han escrito ríos de tinta al respecto. El mismo Adam Smith, padre de la economía de la mano invisible, es también conocido por advertir sobre el peligro que empresarios y capitalistas imponían sobre la sociedad al buscar el favor del gobierno para operar bajo un Capitalismo tipo II (proteccionismo) y poner en riesgo el libre mercado. El liberalismo nada tiene que ver con el favoritismo empresarial.

Coincido con Cristeche que los déficits fiscales no caen del cielo, pero no es menos cierto que el equilibrio fiscal es responsabilidad de la clase política y es en ellos en donde cae una responsabilidad mayúscula. La clase política no puede poner la firma en un presupuesto deficitario y luego culpar a un tercero cuando la crisis fiscal viene a cobrarse el déficit. Cristeche da fin a su comentario parafraseando mi propia nota diciendo que “el problema tiene nombre y apellido: se llama capitalismo.” Siendo más precisos, el problema tiene nombre y apellido, se llama “Capitalismo tipo II,” que no es como los autores más reconocidos en el tema conciben este término. Disiento con Cristeche que la causa sea el capitalismo a secas, creo que “populismo” sería un término más apropiado para referirse al origen de los problemas que truncan el destino de un país con tanto potencial.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

EDWARD SNOWDEN EN LA ENCRUCIJADA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

El dirigente político estadounidense más liberal en el sentido clásico del término y dos veces candidato a la presidencia Ron Paul acaba de señalar en Fox Business el 11 de junio del corriente año que “Vivimos malos tiempos en el que los ciudadanos americanos [norteamericanos] no tienen derechos y pueden ser muertos. El caballero [Edward Snowden] está tratando de decir la verdad de lo que sucede” y más adelante subrayó que “No concibo ni por un minuto que sea un traidor [Edward Snowden]. Todos están preocupados sobre como lo condenarán por traidor y como lo matarán. Pero ¿qué decimos sobre los que destruyen nuestra Constitución? ¿que pensamos sobre las personas que asesinan a ciudadanos americanos [norteamericanos] sin juicio y asumen que esa es la ley de la nación? Es allí donde radica nuestro problema”.

 Y el Juez Andrew Napolitano en el programa televisivo Studio B el mismo día afirmó enfáticamente que “Edward Snowden es un héroe que pone al descubierto la trama infame de espionajes que vulneran nuestros valores y los principios de la Constitución” y concluyó que “los gobernantes que permiten semejantes políticas no merecen el cargo”, lo cual es apoyado también por muchos destacados miembros del Partido Demócrata quienes acaban de generar un feroz abucheo a la líder de la minoría en el Congreso Nancy Pelosi en National Netroots Political Conference en San José (California) el 23 de junio cuando pretendió apoyar las trapisondas de Obama en materia de seguridad.

 He escrito antes sobre este tema a raíz del caso Assange que es del caso reiterar.  En este nuevo episodio de espionaje sin orden de juez competente y sin un sustento claro puesto de manifiesto tal como indica la cuarta enmienda de la Carta Magna estadounidense, hay varios aspectos delicados a considerar. En primer lugar, lo público no es privado especialmente en sociedades que se precian de contar con sistemas transparentes y que los actos de  gobierno deben estar en conocimiento de los gobernados quienes se dice son los mandantes. Lo dicho no significa que en muy específicas circunstancias y de modo transitorio y provisional los gobiernos pueden mantener reserva sobre ciertos acontecimientos (como, por ejemplo, un plan de defensa que no debería divulgarse antes de su ejecución). En todo caso, la reserva mencionada es responsabilidad de quienes estiman debe mantenerse reservada la información correspondiente. En ningún caso puede imputarse a la función periodística la difusión de datos e informaciones una vez que estas llegan a las redacciones.

 Viene a continuación otro asunto directamente vinculado con lo que analizamos y es el contrato de confidencialidad sea en el área privada o pública. Si un empleado de una empresa comercial asume el compromiso de no divulgar cierta información, no lo puede hacer. Lo contrario implica lesionar los derechos de la otra parte en el referido convenio. Idéntico razonamiento es del todo aplicable para el sector gubernamental. Cuando en los años cincuenta funcionarios gubernamentales estadounidenses (dicho sea de paso, pertenecientes al Departamento de Estado) se comprometían a ser leales con su país y, simultáneamente, le pasaban información confidencial a los rusos, incumplían con sus deberes elementales.

Pero, el contrato de confidencialidad ¿tendría vigencia si uno se entera que la están por asesinar a su madre? ¿Son válidos los contratos contrarios al derecho? En el caso de Snowden, se trata de divulgar información sobre el ataque sistemático a la privacidad de ciudadanos pacíficos lo cual es permitido por legislaciones inconstitucionales como la aberrante “Patriot Act” en la que nuevamente se desconoce la célebre sentencia de Benjamin Franklin en cuanto a que “Aquellos que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no merecen ni la libertad ni la seguridad” puesto que el Gran Hermano trasmite inseguridad además de arrancar la libertad y la protección elemental a los derechos individuales.

Supongamos incluso que Snowden sabía de antemano -cuando se comprometió a guardar secreto- que se vulnerarían los derechos de ciudadanos inocentes y luego se arrepintió de haber incurrido en ese traspié, en este supuesto caso tampoco es condenable del hecho si quien juzga comprende que no puede alegarse derecho contra el derecho y, asimismo, adhiere a los valores y principios reiterados por los Padres Fundadores (tema sobre el cual me explayo en mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos).

 Aunque no es la misma situación, es de interés recordar el caso de lo que se ha dado en denominar en la jerga periodística como “los Papeles del Pentágono” cuyos documentos del Departamento de Defensa de Estados Unidos fueron fotocopiados por Daniel Ellsberg con la ayuda de Anthony Russo y entregados primero a The New York Times y luego a The Washington Post que los publicaron en 1971, medios que alegando la Primera Enmienda de la libertad de prensa naturalmente no sufrieron ninguna sanción y los dos fotocopiadores clandestinos mencionados fueron sobreseídos por el Juez Federal William M. Bryne en 1973. Dichos documentos probaron gruesas y reiteradas  mentiras, patrañas y falsificaciones pavorosas de la administración de Lyndon Johnson sobre la guerra de Vietnam.

 En todo caso, considero de utilidad la difusión de los documentos expuestos para que resulte más claro aún lo escrito por  Hannah Arendt en el sentido de que “Nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado la veracidad entre las virtudes políticas”. Los llamado “secretos de estado” (y escribo estado con minúscula porque de lo contrario debería escribir individuo con mayúscula que es más apropiado), en la inmensa mayoría de los casos son para ocultar las fechorías de gobernantes inescrupulosos, lo cual viene ocurriendo desde Richelieu, Metternich, Talleyrand y Bismarck, prácticas que revirtió categóricamente Estados Unidos pero que, de un tiempo a esta parte, ha retomado costumbres insalubres de otras latitudes.

 Ahora bien, no conozco la filosofía de Snowden solo sé que como es de dominio público dice defender los derechos de los norteamericanos que están siendo impune y sistemáticamente violados, pero no estimo relevantes las ideas de esta persona, lo crucial es que expuso públicamente un programa para que el Leviatán atropelle derechos de las personas. Incluso aun suponiendo que fuera comunista, la denuncia es cierta y sumamente peligrosa para el futuro de Estados Unidos y el mundo libre.

 La encrucijada en la que se encuentra Edward Snowden es que ha solicitado asilo en diversos países occidentales desde su reducto en Hong Kong, requerimiento que ha sido denegado una y otra vez por temor a represalias de Estados Unidos o por convencimiento de que es lícito interferir en las comunicaciones telefónicas privadas y en los correos electrónicos también privados sin la expresa orden del juez de la causa. Lo último en lo que insistió fue la posibilidad de exiliarse en Islandia para lo que un empresario privado había puesto a su disposición su avión para el traslado correspondiente en caso de accederse al pedido de marras, lo cual, como queda dicho, no ocurrió.

 Como es del conocimiento público el gobierno ruso facilita su eventual traslado desde ese país a Ecuador (situación no definida al cierre de esta columna). Estuvo considerando la posibilidad de viajar a Cuba como escala intermedia, gran paradoja puesto que se trata del Gulag que espía a todos sus habitantes a quienes se encarcela si se descubre que hay desacuerdos con los sátrapas de la isla-cárcel. El posible desembarco en Quito será otra paradoja ya que en ese país el gobierno persigue de modo implacable la poca libertad de prensa que aún queda (se acaba de promulgar la ley mordaza llamada “ley orgánica de comunicación”), además de conculcar otros derechos de la gente tal como ha explicado con tanta lucidez Gabriela Calderón. Funcionarios norteamericanos de alto rango le han trasmitido a Rafael Correa que si concreta el asilo, entre otras cosas, verá bloqueado al mercado estadounidense el ingreso de productos ecuatorianos como fruta, pescado y flores, todo lo cual agravaría la situación después que el enviado de Estados Unidos (Heather Hodges) fuera expulsado de Ecuador en abril de 2011, después de que Wikileaks puso en evidencia denuncias de ese enviado sobre corrupción de autoridades radicadas en Quito. También el patán venezolano que habla con los pajaritos espetó podría ofrecer asilo.

 Por las informaciones que nos llegan, conjeturamos que el ex funcionario norteamericano que ahora filtró alguna información reservada y se propone expandir su oferta al público ha debido recurrir a asesores legales de dudosa reputación pues otros profesionales tienden a excusarse frente a posibles consecuencias de enemistarse con burócratas estadounidenses. Independientemente de su postura intelectual y sus conductas personales, situación parecida sucede con el referido Assange que se encuentra asilado en Londres en la embajada de Ecuador.

 Si Snowden es comunista, filocomunista o un estatista consumado estará cómodo en su nuevo destino, si no es el caso vislumbrará un futuro incierto e incómodo, pero ¿cual sería la salida si alguno de nosotros tuviera el coraje de denunciar públicamente lo dicho? ¿someternos a la cacería monstruosa de los servicios de inteligencia estadounidenses y sus fuerzas parapoliciales con un final trágico o acceder a un refugio transitorio cuyo jefe lo hace como venganza a todo lo bueno que significa Estados Unidos?

 Glenn Beck en su programa de televisión The Blaze también acaba de sostener que Edward Snowden “es un héroe” que hay que proteger contra las acciones criminales de energúmenos enquistados en Washington que traicionan los valores expuestos por los Padres Fundadores y que, por este camino, afirma el conductor, ciertos megalómanos con rostros demócratas terminarán con las libertades individuales.

 En su libro Constitutional Chaos el antes mencionado Juez Andrew Napolitano concluye que es gravísimo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, donde el gobierno puede confiscar y encarcelar sin  el debido proceso y espiar la correspondencia privada y escuchar conversaciones de inocentes sin intervención de la Justicia. Es por esto que Osama Bin Laden ha consignado que el triunfo de su ideología “inexorablemente tendrá lugar merced a la guerra antiterrorista por las restricciones a lo que en Occidente se denomina libertad” (citado por Ivan Eland en The Empire has no Clothes. US Foregin Policy Exposed).

 Algunos trogloditas del Partido Republicano de la línea G.W. Bush están furiosos con Snowden, del mismo modo que defienden la emboscada inaceptable y repugnante de Guantánamo y suscriben la “preventiva” invasión militar por doquier. Es de esperar que prime la cordura y la mejor tradición del american way of life que hizo a esa nación el refugio de la libertad y el respeto recíproco y se abandonen procedimientos dignos del atropello terrorista (en “La Nación” de Buenos Aires me detuve en la crítica a métodos incompatibles con una sociedad abierta: “Para que sirven los servicios de inteligencia”, agosto 4 de 2006, donde distingo información de alarmante entrometimiento).

El 19 del corriente mes de junio Mike Stein lo entrevistó en KWAM 900 AM al profesor Mark Thornston sobre el tema que nos ocupa quien manifestó que “Snowden es un patriota que hizo lo correcto frente a la inmoralidad del espionaje” y que “esto es un balde de agua fría para la economía ya que la consiguiente inseguridad hará que muchas empresas, especialmente las tecnológicas, se muden a países más seguros”.

Con esta situación nos retrotraemos a las cavernas, en el segundo tomo de Historia de la vida privada compilada por Philippe Ariés y Georges Duby se lee que “los Medicis llegan a vigilar la correspondencia privada” también alegando seguridad del Estado. Muchas veces no se otorga el suficiente peso a este espionaje hasta que se pone en evidencia que personeros del aparato estatal concretamente estuvieron escuchando algunas de nuestras personales e íntimas conversaciones telefónicas o interfiriendo en nuestros correos electrónicos privados, en ese momento dejamos de mirar el tema como algo abstracto y lejano y nos invade el temor por las garras del Gran Hermano.

He aquí entonces la encrucijada que presento en esta nota para un prófugo que posee más de doscientos documentos reservados que ponen al descubierto las tropelías de un Leviatán desbocado, una persona convertida en un paria puesto que la administración de Obama acaba de cancelarle el pasaporte, no vaya a ser que lo escrito en 1952 por Taylor Caldwell como ficción en su The Devil´s  Advocate se convierta en realidad: “Siempre había una guerra. Siempre había un enemigo en alguna parte del mundo que había que aplastar […] Denle guerra a un nación y estará contenta de renunciar al sentimiento de libertad […] En los días en que América [del Norte] era una nación libre, sus padres deben haberles enseñado la larga tradición de libertad y orgullo en su país. Sus profesores tienen que haberles enseñado, y sus pastores, sus rabinos y sus sacerdotes. La bandera, en un momento, debe haber significado algo para ellos. La Constitución de los Estados Unidos, la Declaración de la Independencia: seguramente habría entre ellos quienes recordarán. ¿Por qué entonces permitieron que la Constitución se pusiera fuera de la ley? ¿Por qué desviaron sus miradas cuando sus artículos, uno por uno, fueron devorados por las ratas? ¿No hubo una sola hora en la que se sublevaron como hombres en sus corazones y levantaran la voz en protesta? […] Todo empezó tan casualmente, tan fácil y tantas palabras grandilocuentes. Comenzó con el uso odioso de la palabra `seguridad ` […] ¿Por qué han estado tan ansiosos de creer que cualquier gobierno resolvería los problemas por ellos, los cuales habían sido resueltos una y otra vez tan orgullosamente por sus padres?”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

LUDWIG VON MISES, FIGURA HEROICA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/12/12 en http://www.gzanotti.blogspot.com.ar/2012/12/ludwig-von-mises-figura-heroica.html

“…la vida de Ludwig von Mises fue una vida de entrega, de fidelidad, total y completa, a sus ideas y a su vocación de enseñanza. Puso en peligro su propia vida en Europa cuando el nazismo amenazó a todos los que estaban en contra de él. Mises era judío de nacimiento, y liberal clásico; tenía sus días contados, tuvo que huir de Ginebra en 1940 por tierra hasta llegar a Portugal. Cuando sale el barco, no precisamente un crucero, que lo está llevando a Nueva York, dos días después llegan los nazis buscándolo con nombre y apellido.  Cuando a sus 60 años, entonces, llega a los Estados Unidos, casi nadie lo está esperando, ninguna Universidad le abre las puertas, no tiene ningún reconocimiento, está casi en la pobreza total, y unos pocos amigos le tienen que ayudar a financiar un humilde departamento de Nueva York en el cual siguió viviendo hasta el final de sus días. Y aun así Ludwig von Mises se pone a reescribir su obra fundamental, La Acción Humana; muchos de ustedes tal vez la van a tener que estudiar, pero cuando la estudien sepan que están estudiando el fruto de  una convicción, de un sacrificio, de una tenacidad que yo me pregunto en tanto cristiano si las semillas del Verbo, como decimos muchas veces, si de algún modo la gracia de Dios no inundó esa vida y si por lo tanto tal vez sin saberlo él y sin saberlo nosotros era mucho más cristiano de lo que nos decimos a nosotros mismos cristianos.  Es una figura heroica”.
 
De mi conferencia “¿Se puede ser un buen cristiano y un buen liberal?”, en http://newmedia.ufm.edu/gsm/index.php/Zanottileccion2012 

Gabriel J. Zanotti es Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA).  Es profesor full time de la Universidad Austral y en ESEADE es Es Profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.