Cuando el Estado crea las mafias

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 3/8/17 en: http://m.panamaamerica.com.pa/opinion/cuando-el-estado-crea-las-mafias-1078997

 

… estos no son turistas deseosos de salir de vacaciones, son personas desesperadas huyendo de condiciones infra humanas de las que son culpables sus dirigentes, pero también Occidente que no pone suficiente énfasis terminar con esta situación y a veces es cómplice, incluso, cuando los gobiernos envían ayudas que terminan financiando a regímenes corruptos. Pero no son estos gobiernos los que crean las mafias, si no los de la Unión Europea al prohibir la inmigración y, así, obligan a los migrantes a contratar los servicios de traficantes…

Según Wikipedia sus miembros se denominaban a sí mismos mafiosos, es decir, hombres de honor. Pero no por eso, por creerse hombres de honor al punto que están rodeados de costosos protocolos y pompas, podría decirse que los políticos -el Estado- son los fundadores de las mafias. Si recordamos la historia de Al Capone -que popularizó a la mafia en América- vemos cómo, al crear la ley seca, el gobierno no solo dio lugar a la existencia de estas bandas que, básicamente, se dedicaban al tráfico de drogas prohibidas -el alcohol- sino que, sin dudas, fue cómplice.

“La migración no es un peligro, es un reto para crecer” ha dicho el papa Francisco apoyando la libertad humana de trasladarse, pero los gobiernos no lo entienden o no les conviene entenderlo, porque sí es un peligro para el Estado de Bienestar ya que los inmigrantes utilizan los servicios gratuitos que corrientemente brinda el gobierno y a veces engrosan la desocupación creada por las leyes laborales estatales.

Mas de 400.000 personas han cruzado el Mediterráneo solo desde Libia desde principios de 2015. La ONU estima que hay en este país unas 380.000 personas esperando a cruzar el mar, y ya 2.150 han muerto al intentar llegar a Italia tan solo en lo que va de 2017. Casi todos tomaron la ruta del desierto del Sahara, donde los muertos se presumen por miles. Las tribus de tuareg y tubu son esenciales para los migrantes, ya que controlan las fronteras libias con Níger y Sudán.

La mayoría de los migrantes proviene de Nigeria, Costa de Marfil, Ghana y Gambia. Países que, junto con otros 11, conforman la ECOWAS, una suerte de espacio africano por el cual se mueven libremente a través de sus fronteras. Los migrantes pagan de forma legal el viaje en autobús regular (unos 20 euros) con destino a Agadez, en Níger, donde comienza el trato con los traficantes. Y aparecen las mafias que organizan a los migrantes en guetos hacia Libia atravesando las durísimas condiciones del desierto del Sahara.

Hasta Trípoli, la capital costera, el viaje costará unos 500 euros. En los últimos tres años, al menos 2.500 personas han muerto o han desaparecido en el norte de África, según la ONU. Cuando los migrantes llegan a las localidades costeras, las mafias los hacinan en barcos de goma por otros 500 euros por persona, o en barcas de madera por hasta 800. El beneficio de los traficantes, por tan solo un bote de madera con 400 personas, es de medio millón de euros, según Frontex.

Además de Agadez, Jartum en Sudán es el mayor núcleo de África Oriental donde confluyen mafias y migrantes dispuestos a casi todo por llegar hasta las costas libias. El modus operandi en esta ruta es algo diferente y para llegar a Italia se tarda, al menos, tres semanas y en total se pagan unos 3.000 euros por persona.

Ahora, obviamente estos no son turistas deseosos de salir de vacaciones, son personas desesperadas huyendo de condiciones infrahumanas de las que son culpables sus dirigentes, pero también Occidente que no pone suficiente énfasis en terminar con esta situación y a veces es cómplice, incluso, cuando los gobiernos envían ayudas que terminan financiando a regímenes corruptos. Pero no son estos gobiernos los que crean las mafias, si no los de la Unión Europea al prohibir la inmigración y, así, obligan a los migrantes a contratar los servicios de traficantes para que los ayuden a entrar ilegalmente.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Mejor vivir en Ámsterdam que en Michoacán

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 16/2/14 en: http://www.eluniversal.com/opinion/140216/mejor-vivir-en-amsterdam-que-en-michoacan

Si tuviera que definir de modo ontológico qué es la guerra diría que es un exceso de Estado. Los gobiernos empiezan por crear fuertes tensiones al imponer contra natura coactivamente “leyes” y “regulaciones”, luego reprimen como Maduro las protestas en Venezuela y, finalmente, cuando las tensiones son los suficientemente grandes, terminan armando guerras.

Entre 1920 y 1933, al puritanismo americano –e intereses creados- decidieron prohibir una droga altamente dañina, el alcohol. En su soberbia, “los buenos” creyeron que debían forzar el bien y vino la “ley seca”. No cayó el consumo y sí aumentó la violencia al punto que apareció un modus delictivo hasta entonces desconocido: la mafia. Luego Nixon se inventó “la Guerra contra las drogas”, liderada por EEUU para acabar con la producción, comercio y consumo de ciertas sustancias psicoactivas, no medicinales.

Al igual que en el caso de la “ley seca”, la represión violenta de la actividad relacionada con estas drogas altamente dañinas, ha provocado un aumento descomunal en la violencia creando un nuevo tipo de delito feroz: el narco. En rigor, la “prohibición” funciona como un monopolio altamente rentable para quienes sobornan adecuadamente a los funcionarios, de modo que más bien debería de llamarse la “Guerra por el control de las Drogas”. Así se criminaliza al consumidor y al narco se le dan altas ganancias para incentivar su ferocidad y búsqueda de clientes.

Como que la violencia jamás construye nada, la guerra contra las drogas es un rotundo fracaso –salvo al asesinar y conseguir más drogadictos- y un malgasto de una cantidad astronómica de recursos en un mundo con mucha pobreza. Según la ONU, la producción total de cocaína en la región andina es mayor que en 1990. Un caso patético es el de Michoacán, en México, donde nadie confía en nadie, y donde todos se acusan de todo. Además de los narcos y la policía, ahora están las “autodefensas”, paramilitares que usan armas cuya posesión ya constituye un delito grave. A pesar de ello se sientan en la misma mesa con policías, militares y fiscales.

El Gobierno tiene un discurso altamente incoherente empezando por avalar la idea de que las “autodefensas” existen ante la “falta de Estado” que garantice la seguridad. Por el contrario, es el exceso de Estado el que ha creado esta guerra con los narcos y algunos civiles han decidido que la mejor “defensa” era armarse. Además, dice que ahora convertirá en eficientes los programas oficiales que reconoce que han funcionado mal durante años y cuyos fondos han beneficiado a criminales y funcionarios corruptos. En el colmo de la incoherencia, un alto funcionario aseguró que “no puedes solucionar un problema a través de la violencia”. Me pregunto y las fuerzas oficiales ¿con qué reprimen a los narcos, con flores?

Además, los terroristas de las FARC colombianas probablemente no existirían ya de no ser por la financiación que reciben del tráfico ilegal. Pasados más de 50 años de la guerra contra las drogas, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, se preguntaba “¿vamos a seguir otros 50 años? ¿O hay alternativas?”. El famoso Red-Light District, donde hay varios coffee shops legales que venden marihuana y prostitución, es un barrio desaconsejable de la muy bonita Ámsterdam. Sin embargo, es más seguro y pacífico que muchas ciudades estadounidenses y europeas.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.