La Escuela Austríaca de Economía (7° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/08/la-escuela-austriaca-de-economia-7-parte.html

 

«Cualquier aumento en la oferta monetaria no compensado por un incremento en la demanda monetaria conducirá irremediablemente a un aumento en el sistema general de precios. Pero los precios no se ajustan de manera inmediata en todos los ámbitos de la economía. Algunos ajustes de precio se producen antes que otros; ello conduce a una distorsión en los precios relativos. Cada uno de estos cambios ejerce su influencia en los patrones de intercambio y producción subsiguientes. En conclusión, el dinero, por su misma naturaleza, no puede ser neutral.»[1]

Es común en muchos economistas creer y explicar el tema del dinero como si fuera un fenómeno neutral. Pero, como ya expusimos, nada de ello es así. La moneda es una mercancía más que, obviamente, se comporta como cualquier otra mercancía, y se encuentra sujeta a la ley de la oferta y la demanda. En un mercado libre, cuando la oferta de -supongamos- galletitas supera la demanda de galletitas el precio de este último producto baja. Es exactamente lo mismo que sucede si, en el ejemplo, en lugar de galletitas hablamos de pesos, dólares, yenes, euros, etc. La característica del mercado libre es que la gente demande más de esa moneda hasta el punto en que oferta y demanda tiendan a igualarse. Sin embargo, dado que el dinero tiene una función que lo distingue del resto de los bienes y servicios y esa misión es la de ser un medio de cambio, la demanda de dinero no acrecentará si los precios de los artículos que se compran con esa moneda específica no descienden en la misma o mayor proporción que el precio del dinero. En este caso, la demanda por dinero (dado su exceso de oferta) no producirá una ampliación de aquella excepto que los precios del resto de los bienes y servicios también se reduzcan.

«La importancia de este principio se hace evidente al analizar el problema de los costos de la inflación. La teoría cuantitativa del dinero afirma, correctamente, que la mera emisión monetaria no aumenta la riqueza. De este modo, si el gobierno duplica la oferta monetaria, la aparentemente mayor capacidad adquisitiva de bienes que adquieren los tenedores de moneda queda neutralizada por la duplicación de precios.»[2]

La teoría cuantitativa mencionada antes tiene un concepto que -podríamos llamar- mecanicista del comportamiento del dinero y el incremento o la disminución de sus cantidades. Pero acierta en lo que podríamos decir hoy en dia que debería ser una conclusión -casi- de sentido común. Tampoco, como ha advertido muchas veces el profesor Alberto Benegas Lynch (h), es correcto hablar de una suba general de precios. Conforme ha enseñado el profesor M. N. Rothbard la emisión de moneda, si bien afecta a todos los precios (y en ese sentido el término «general» podría ser apropiado) no lo hace nunca en la misma proporción, ni en el mismo sentido respecto de todos los bienes y servicios que se comercian en el mercado. La distorsión perturbará a todos los precios, pero no de la misma manera, dependiendo de la forma en que ese dinero extra ingrese en el circuito mercantil.

«Pero mientras la teoría cuantitativa del dinero supuso un importante avance en el pensamiento económico, una interpretación mecánica de la teoría cuantitativa del dinero condujo a que se subestimaran los costos que generan las políticas inflacionistas.»[3]

El autor en examen denomina costos de las políticas inflacionistas a lo que nosotros designamos como los efectos de la inflación. Tal como señalamos en nuestro párrafo anterior, si la inflación simplemente consistiera en un remonte de los precios de igual tenor que la adición de la masa monetaria, en tal caso la inflación -en si misma- no representaría mayor dificultad que agregar la cantidad de ceros necesarios en las planillas contables y en las calculadoras o, en el caso de dinero en efectivo, el tamaño de las billeteras. Pero en realidad, el inconveniente de la inflación no sería este.

«Si los precios simplemente se duplicaran cuando el gobierno duplica la oferta monetaria, los agentes económicos serían capaces de anticipar este ajuste de precios, mediante el seguimiento cercano de los números referidos a la oferta monetaria y, de este modo, ajustarían su comportamiento de la forma apropiada. El coste de la inflación sería, entonces, mínimo.»[4]

Si el mercado esperara un crecimiento de la base monetaria digamos del 20% -por caso- y si supusiera que el aumento de los demás bienes y servicios será igual a ese porcentaje ajustarían los precios en un 20%. Si esto fuera así, se aplicaría lo que comentamos en el párrafo nuestro precedente, y el único inconveniente seria agregar dígitos a la derecha de los números de que se trate. Erróneamente, se ha sugerido que las llamadas «expectativas inflacionarias» serian la causa de la inflación. Pero esto es imposible, de momento que la emisión monetaria no depende de las expectativas de los agentes mercantiles, sino que resulta exactamente al revés: la inflación depende de las expectativas de los burócratas gubernamentales, y más que de sus expectativas de sus políticas monetarias, las que -como la práctica demuestra a menudo- varían de acuerdo a los vaivenes de las coyunturas políticas, y no pocas veces de los caprichos políticos de los gobiernos de turno.

«Pero la inflación es socialmente destructiva a varios niveles. En primer lugar, incluso la inflación prevista daña la confianza básica entre el gobierno y sus ciudadanos, porque implica que el gobierno utiliza la inflación para confiscar la riqueza de las personas.»[5]

En el plano común y corriente este origen causal de la inflación no es reconocido por el gran público. Popularmente, las gentes han considerado que los autores de la inflación han sido (y siguen siendo) los denominados especuladores, término con el que se pretende incluir a agestes de bolsas, comerciantes, financistas, empresarios, etc. Desde hace más de 4000 años reyes, príncipes, emperadores, jefes de estado y la clase política en general han instalado e inculcado esta idea tan pero tan alejada de la realidad, habida cuenta que no existe ningún otro causante de la inflación que los gobiernos, con independencia de épocas y partes donde hubiera tenido lugar.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar.

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

[4] Boettke, P. ibidem

[5] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

¿Qué es lo opinable? (PUBLICADO EN JULIO DE 2005)

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 18/6/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/06/que-es-lo-opinable-publicado-en-julio.html

 

Parece que no son tiempos para hablar de lo opinable. Para dar ejemplos de temas que en la Iglesia no son opinables, Benedicto XVI ha dicho, para asombro –o enojo- de muchos, que el matrimonio es entre dos sexos diferentes (varón y mujer, por si hay alguna duda). Para dar otro ejemplo, Juan Pablo II tuvo que decir, en la Veritatis Splendor (1993), a todos los obispos de la Iglesia Católica, que el pecado se divide en mortal y venial….

Pero en el editorial pasado nosotros terminamos diciendo que el Acton Institute se mueve la mayor parte de las veces en temas “opinables”. ¿Qué significa eso? Si nos permite el lector, daremos nuestra opinión…

Los católicos tienen un ámbito de cuestiones no opinables que constituyen el “depósito de la fe”. Las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia constituyen las fuentes de la Revelación que se cree por la Fe: analógicamente, aquello que es la misma persona de Cristo asentado en nuestra vida por la Gracia.

En ese sentido hay cosas que son “de Fe”. Las decimos cuando decimos el “Credo”.

Pero el Credo no dice, por ejemplo: “creo en Dios, Padre Todopoderoso, y en la ley de gravedad”. No. Tampoco en la ley de la oferta y la demanda. ¿Por qué? ¿Acaso porque sean falsas? ¿O acaso porque tenemos que mirar con sospecha a todo aquello que no sea sagrado, que no forme parte del orden sobrenatural de la Gracia?

No, ni una cosa ni otra. Sencillamente el credo no dice eso, porque esas cosas no fueron reveladas. Y no fueron reveladas porque la revelación es de aquello que es necesario para la salvación. Ahora bien, el mundo creado por Dios, tanto natural como humano, es esencialmente bueno, precisamente porque está creado por Dios. Pero no todo lo creado por Dios ha sido revelado por Dios.

En las cuestiones sociales, hay tres elementos que no forman parte de la revelación y sin embargo forma parte de las premisas que asumimos sin darnos cuenta en los debates sociales. Ellos son: a) la evolución de determinadas teorías y-o ciencias sociales en determinado contexto histórico (por ejemplo, la teoría de la democracia constitucional); b) la evaluación de determinado contexto histórico a la luz de las teorías anteriores (por ejemplo, “hay naciones donde la democracia es apenas incipiente”); c) juicios prudenciales, concretos, sobre cursos de acción (por ejemplo: “habría que fortificar la democracia en América Latina”). Esos supuestos no forman parte del depositum fidei (el deposito de la Fe) y sin embargo partimos de ellos las más de las veces en cuestiones sociales. Por eso las conclusiones emanadas a partir de ellas son opinables en relación al depósito de la Fe, aunque desde el punto de vista del “orden natural” podamos tener certeza en nuestros juicios. Pero, ¿no es que lo Sobrenatural debe abarcar todo lo natural también, porque, actuando la Gracia de Dios, lo Sobrenatural supone lo natural y lo eleva? Si. Por supuesto. Pero ello sucede cuando los fieles –y especialmente los laicos- santifican todo ello con su acción cotidiana, especialmente en el mundo social, al estar esa acción inspirada en la Fe, la Esperanza y la Caridad. De ese modo lo Sobrenatural, en el mundo social, supone lo natural y lo eleva. Pero ello no borra la justa autonomía de las realidades terrenas, realidades en las cuales los fieles pueden equivocarse, y ese error los compromete a ellos, no a la Iglesia.

De ese modo, la Fe llega a todos lados, si, pero a las cosas que no son “de Fe” llega a través de la acción de los fieles laicos, que tienen legítima libertad de opinión en esos temas (CDC 227) mientras no contradigan, claro, a la misma Fe. Por eso dice el Vaticano II: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común…” (Nro. 43).

Nada de esto es sencillo. Conviene, sí, no olvidarlo, para ejercer nuestro derecho a la libertad de opinión en material temporal, para respetar absolutamente al católico que no piense como nosotros en el mismo tema, para no comprometer a la Jerarquía de la Iglesia en materia contingente, y para respetar al Magisterio de la Iglesia en las cosas que le son propias.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.