El autoritarismo contable de la segunda vuelta

Por José Benegas: Publicado el 11/10/15 en: http://josebenegas.com/2015/10/11/el-autoritarismo-contable-de-la-segunda-vuelta/

 

La segunda vuelta electoral parte de un supuesto falso desde el punto de vista de lo que se considera actualmente como el parámetro de legitimación por excelencia, que es el bien de los gobernados. Este supuesto es que un país necesita un gobierno con capacidad de hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a la última versión del humor político general.

No se entiende que el estado es poder y que el estatismo es autoritarismo, por lo tanto tampoco se entiende que eso de la “gobernabilidad” es un valor para el pensamiento despótico, no  para el republicano. Ni se entiende, ni se enseña, por eso cuando escucho que todo se solucionará con educación y veo alejarse a la sociedad de los objetivos que planteaban Jefferson o Sarmiento de instruir sobre la nueva institucionalidad de la libertad y sus condiciones, me alarma tanta inconsciencia sobre lo que se está diciendo.

Montesquieu y los Padres Fundadores en los Estados Unidos imaginaban a las ramas del gobierno compitiendo entre si. No había necesidad de que una de ellas “ganara” ninguna contienda, sino de que se controlaran entre unas a otras. El destino de un país no depende de una política sino de las instituciones y de la ley, no entendida como mera voluntad legislativa sino como los principios de derecho que parten de la libertad individual. Esa es la función del gobierno, las variantes en cuestiones de administración e inversión del gasto limitado del estado de acuerdo a criterios de distintas facciones, son contingentes. Si el partido A las puede llevar adelante o no, no importa al interés general. Hará acuerdos o tal vez no los logre y un determinado gobierno se vaya sin haber conseguido lo que quería hacer. No tiene ninguna importancia y si eso es producto de que no ha logrado convencer a suficiente gente así debe ser.

No existe ningún problema con un gobierno “débil”, en tanto no lo es nunca para hacer cumplir la ley. Lo puede ser en todo caso respecto de sus propósitos políticos particulares, pero no para aquello establecido en la Constitución que se resume en la defensa de los ciudadanos.

Se que me van a decir que esto es sólo la versión liberal (si tienen quemado el cerebro me dirán “neoliberal”) de la república. Por supuesto que lo es. El asunto es este, que tampoco quieren asumir: si un gobierno no se sostiene en principios liberales, lo hace en principios autoritarios. No hay búsqueda de mayoría artificial si no se cree que la sociedad tiene un “conductor” que tiene que tener capacidad para llevarla como si fuéramos todos súbditos. Es la visión del gobierno como central en la vida del país, opuesta a la de aquellos que sabiamente lo dividieron por quererlo limitado, la que se preocupa por la falta de apoyo de quién administra al estado. Por el contrario si pensamos que la sociedad se conduce básicamente por contratos y por una vida privada libre y que el gobierno está para determinadas cosas, el problema de un gobierno minoritario no importa, en cambio alarma el deseo de muchos de convertirlo en mayoritario cuando no lo es.

¿No hay alternativa? Bueno, un gobierno un poquito autoritario es un gobierno que es dueño un poquito de las libertades de los individuos. Yo diría que éstos están un poco perdidos porque con los recursos y poder del gobierno y los dilemas que describe Hayek en Camino de Servidumbre, una vez que se inicia ese camino es difícil volver atrás.

Pero hay algo más, que desarrollo en mi libro 10 Ideas Falsas que favorecen a sus víctimas. Las dictaduras del siglo XXI en las mentes de sus víctimas. Esto es que el andamiaje institucional político de la división de poderes sólo tiene sentido para preservar la libertad individual de la libertad del gobierno (su “gobernabilidad”) . Se trata de un corset, de unas reglas que entorpecen la consecución de los deseos del gobernante. El día que nos convencieron de que el país fluye si el gobierno goza de “gobernabilidad”, es el día en que nos hicieron comprar el autoritarismo siendo sus víctimas, no sus beneficiarios, aún cuando la cosa siempre se presentará como de vida o muerte para nosotros.

La trampa consiste en convencer (se enseña en los colegios y las universidades) de que la “democracia” requiere un gobierno que tenga fuerza suficiente, para no ser entorpecido por la división de poderes. Se le asigna un papel vindicativo y todo vengador necesita una espada grande. Así como suena y en la misma línea va lo de las segundas vueltas para que una minoría se convierta en mayoría con tirabuzón. Está implícito en el razonamiento que los votos hacen al mandamás menos vulnerable a las críticas, las decisiones desfavorables en el Congreso y los fallos adversos. Los gobiernos necesitan, nos dicen, una credencial pesada para no tener que discutir tanto y hacer lo que pensaban hacer. Este es un pensamiento puramente anti institucional y autoritario. Se lo disfrazará de paternalismo, por supuesto.

Ni los gobiernos mayoritarios ni los minoritarios deben estar habilitados para hacer cualquier cosa. O por lo menos a esa habilitación no se le debe dar tinte de ningún tipo de santidad, es la vieja ansia de unos por someter a los otros. Pero hacer de las minorías mayorías por medio del balotaje, es una directa apuesta al sentido despótico del poder. Si pensamos que eso es lo mejor, obligar a la gente a elegir entre los que otros eligieron para que las matemáticas unjan a un favorito en nombre de todos, entonces deberíamos acabar con la farsa republicana y otorgarle el consagrado el poder absoluto. Más gobernabilidad que esa no se puede tener.

Esto con independencia de que en un sistema totalmente desquiciado puede ocurrir que una banda criminal tenga la primera minoría y la segunda vuelta sea el método se sacársela de encima porque todo lo demás falló, no se quiso usar o los contendientes prefieren negar que están frente a un grupo fuera de la ley y hacerse cargo de eso. La segunda vuelta en sí, es una aberración.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

 

Charlie Hebdo: Todos, nadie, uno.

Por Federico Sosa Valle. Publicado el 11/1/15 en: http://ihumeblog.blogspot.com.ar/2015/01/charlie-hebdo-todos-nadie-uno.html

 

La primera reacción pública frente al atentando a los integrantes de la redacción de la publicación satírica Charlie Hebdo fue acudir a la identificación con la víctima: “Je suis Charlie Hebdo”. En menos de 48 hs. se comenzaron a escuchar los primeros distanciamientos: no todos querían identificarse con Charlie Hebdo, ya que eran pocos los que adherían por entero a su línea editorial. En estos casos, lo más delicado reside en las razones para expresar una u otra posición.

La identificación de la comunidad con la víctima de un atentado es un requisito que hace a la legitimación de la persecución penal contra quienes hayan perpetrado el atentado. En este sentido, es correcto decir “yo soy Charlie Hebdo”, ya que esto implica afirmar que la víctima del atentado pertenece a nuestra comunidad y es la comunidad la que ha sido agredida en la persona de la víctima. Si el estado –en este caso el Estado Francés- se encuentra legitimado para iniciar la persecución penal de tal atentado es porque el agredido se encuentra dentro de la comunidad protegida por aquél. Por otra parte, dado el cariz político del crimen, si le da el rango de cuestión de estado es porque es la autoridad del mismo la que ha sido desafiada: alguien distinto al propio estado se está atribuyendo la autoridad para decidir qué tratamiento público debe dársele a las opiniones molestas. Recién aquí es cuando entra a jugar el tema de la libertad de expresión.

La libertad de expresión en tanto que garantía individual solamente es relevante cuando lo que se expresa es una opinión con la que disentimos: La opinión de “otro”, en el sentido de completamente ajeno a uno mismo, un “otro” que expresa lo que no queremos escuchar. Cuando nadie discutía la proveniencia divina de la autoridad de los reyes, el cuestionamiento público a los mismos constituía una profanación de una repugnancia semejante a la que hoy sufre un feligrés cuando debe soportar una afrenta a su religión. Los reyes entendían que, -expresándolo en el lenguaje de hoy- en esos casos no se había hecho un ejercicio “responsable” de la libertad de expresión o que la misma “no estaba para eso”.

Por el contrario: que la libertad de expresión sea efectivamente una garantía depende de que quien exprese una opinión sumamente ofensiva contra un tercero o contra la autoridad no pueda ser legalmente perseguido por el estado por haberla emitido (por supuesto, estamos hablando de “opiniones”, no de “enunciación pública de planes” contra un tercero o la autoridad). La libertad de expresión protege aquello que dice “el otro”, aquello que no queremos escuchar. En este sentido, para poder predicar de un sistema jurídico que éste respeta la libertad de expresión, “Charlie Hebdo” tiene que ser otro, enteramente distinto a nosotros, y no ser molestado por el estado a causa de sus opiniones aún pese a aquéllo.

Ahora bien, cuando un grupo armado atenta contra un ciudadano porque se considera agraviado por las opiniones vertidas por éste no está atentando contra la libertad de expresión directamente, si no contra la vida de sus víctimas y contra la soberanía del estado que reconoce la libertad de expresión de sus ciudadanos (es decir, atenta contra la libertad de expresión sólo mediatamente). A los efectos de la vida de las víctimas del atentado “todos somos Charlie Hebdo”. En cuanto a la relación del estado que reconoce la libertad de expresión de sus ciudadanos “no todos son Charlie Hebdo” y es cuando “uno solo lo es” cuando más se pone a prueba el respeto de la libertad de expresión por parte del estado. Este respeto tiene dos aspectos: frente a los ciudadanos se manifiesta como una obligación de abstención frente a las opiniones expresadas; frente a quienes desafían mediante la violencia física tal sistema de valores, en la persecución legal y política de los mismos. Nótese que no resulta necesario que “todos seamos Charlie Hebdo” para que el estado garantice la libertad de expresión en este doble aspecto (abstención frente al ciudadano e intervención frente al agresor). Es más, solamente podemos decir con seguridad que garantiza la libertad de expresión cuando Charlie Hebdo es enteramente el otro.

En resumen, la persecución jurídica, en el plano del derecho penal, del atentado se activa con la agresión sobre la vida de las víctimas del mismo. En tanto la persecución política –en el marco de un estado de derecho, se entiende- se pone en movimiento con el desafío a la autoridad pública que implicó el uso de la violencia física con la finalidad de imponer la abrogación de la libertad de expresión. Que seamos o no seamos Charlie Hebdo depende de cuál de los dos aspectos estemos considerando: para el primero es necesario que lo seamos todos, para lo segundo alcanza con que lo sea uno solo.

 

Federico Guillermo Manuel Sosa Valle es abogado, (UBA) y graduado en la Maestría en Economía y Ciencias políticas de ESEADE. Fue docente en la Facultad de Derecho de la UBA de “Análisis Económico y Financiero”. Fue Profesor de Análisis Institucional (2008) y Ciencia Política Contemporánea (2009) para la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Es Liquidador Principal de la Superintendencia de Seguros de la Nación y ha publicado trabajos en obras en colaboración y revistas académicas, relativos al derecho y la economía política. Es Presidente de la Fundación Instituto David Hume.