“Robaron, pero hicieron”

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  https://netnews.com.ar/nota/2384-Robaron-pero-hicieron

 

“Robaron, pero hicieron” es el slogan con el cual políticos y quienes los votan justifican sus latrocinios una vez alcanzado el poder. En el fondo, está el dogma marxista detrás de este slogan. Por el cual, se da por sentado que la única manera de hacer cosas es mediante el robo, con lo que el robo queda “admitido” socialmente, aunque este penado jurídicamente (menos cuando el que roba es el propio gobierno a través de los impuestos y otros “pretextos” legales).

Si el robo está aceptado para todos como “único remedio” para solucionar problemas económicos de la gente, la sociedad civil se convertirá -más temprano que tarde- en otra de ladrones que se robarán continuamente unos a otros. No cuenta -quien pronuncia esa frase- que, en dicho marco, lo que es objeto de robo será dejado de producir por el antes dueño (hoy robado) porque para robar algo de alguien otro debió haberlo producido primero, y es esta la parte que no refieren. Porque, si lo razonara, advertiría lo absurdo del slogan.

Y es marxista porque, justamente fue Marx el que decía que la producción capitalista no era más que un dato, o sea algo “dado”, presupuesto. Y que obedecía a ciegas “fuerzas materiales” de producción. Para Marx, la producción y la riqueza eran algo presupuesto, y -conforme a su determinismo- siempre sería así. Ergo, quien aprueba el robo es porque da por sentado que la propiedad privada no existe o no debería existir, entonces contribuye a su abolición de la manera que puede, que es precisamente robándola.

Quien pronuncia el eslogan cree que el gobernante al que se refiere robó a otros para darle cosas a él, a su familia, o a otros “en necesidad”. Nunca se cuenta entre los robados. Sin embargo, está en un error, porque cuando el gobernante se decide a robar no discrimina a sus víctimas (salvo en el discurso cuando declama “a los cuatro vientos” -y a quien quiera escucharlo y a quien no también- que el despojará a los ricos para darles a los pobres y -de esa manera- consumar la “justicia social”).

No obstante, esto nunca es así, lo sepa el tirano o no. Podrá quizás -si habla sinceramente- ser esa su intención, pero en los hechos, si se decide a robarle a los ricos lo estará haciendo también a los pobres, porque la riqueza de los ricos es la misma que comparten con los pobres obligados los primeros por el mercado a proveerles de trabajo, bienes y servicios, para beneficio de los pobres y para que mediante el ejemplo de los ricos, aquellos pobres vayan dejando de serlo, siempre y cuando decidan aprovechar ese modelo y el gobierno no se entrometa en el asunto para echarlo todo a perder como habitualmente sucede en casi todas partes. En el mercado libre los ricos están forzados a compartir su riqueza con los menos ricos (o pobres) porque de lo contrario la irán perdiendo en favor de estos últimos.

Supongamos que un empresario -rico y avaro- decidiera repentinamente no pagarle más salarios a toda su actual planta de obreros para no perder ni un céntimo de su enorme fortuna. ¿quién en ese caso trabajaría para él? Nadie. Y esos obreros que se rehusaran a trabajar sin paga serian contratados por otros empresarios menos avaros y menos estúpidos que el primero. Quien habría perdido, en este caso, sería el empresario avaro y no sus obreros. Estos y sus nuevos empleadores saldrían ganando.

Pero no hace falta llegar a estos extremos, porque la gente -consciente o inconscientemente- defiende la propiedad privada de sus bienes, y se resistirá a ser robada, por muchos que sean los “argumentos” con los cuales los ladrones quieran excusar el robo. De la misma manera que quien no recibe su pago se negará a trabajar sin cobrar, porque su propiedad es su trabajo, precisamente.

Quienes defienden el slogan, generalmente, son personas incapaces de producir nada, o que habiendo intentado producir y comerciar fracasaron al primer ensayo, y en lugar de superarse y probar de nuevo en el mismo o en otro renglón, permitieron que la envidia invada sus corazones y desean con todas sus fuerzas castigar al “otro” (aunque no lo conozcan y ni siquiera exista) de quien “suponen” ha sido el autor de sus fracasos en lugar de culpar a sus propias inhabilidades o incapacidades elaborativas. Es el síndrome de la génesis del socialismo, que se nutre de la semilla de la envidia al exitoso.

Ahora bien, para reconocer que el éxito de uno o de muchos es fruto de las personales habilidades laborales y/o productivas es necesario que el marco en donde el éxito aparece sea el de un mercado abierto, competitivo e inadulterado. Si estas condiciones no se dan, cualquier riqueza será digna de sospecha. Pero raramente ese entorno de libertad económica se presenta en los países actuales.

El slogan (bien visto) luce más socialdemócrata que marxista puro. Hay en el mismo un cierto tinte de reconocimiento de que robar está mal generalmente, pero está particularmente permitido cuando con el botín se hacen “obras” para los pobres. Parece decir que robar está mal, pero -a veces- está bien dependiendo para qué o para quién se robe. Si se roba para repartir a los pobres estaría “bien”, y estaría “mal” si se roba para quedárselo uno mismo. El fin (la solidaridad) excusaría el medio (el robo). Esto último está más aceptado social y jurídicamente que lo que podemos imaginar a simple examen. En realidad, todo nuestro sistema fiscal está basado en dicha premisa. Si robamos “un poco”, pero es para repartir, estamos “exceptuados de condena” parece decir el lema. En última instancia, y correctamente explorado, este es el sustrato “filosófico” del mal llamado “estado benefactor” o de “bienestar”, tan extendido hoy en día en el orbe.

Nuevamente, no se tiene en cuenta el meta-mensaje que se le da al resto de la sociedad con esta falaz pseudo-argumentación. Ya que, muchos serán los que se enrolen en “la causa de los pobres” simplemente para disimular sus ataques a la propiedad ajena y con fines de personal beneficio mediante el robo, quizás no por particulares manos, pero si apoyando leyes como las fiscales y la gran mayoría de las nuestras, que son expoliadoras de la propiedad privada.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

La política económica y la grieta

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/5/16 en: http://economiaparatodos.net/la-politica-economica-y-la-grieta/

 

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico

Hace rato que se viene hablando de la grieta, palabra que entiendo quiere significar que estamos divididos entre argentinos k y argentinos no k.

En rigor no es la primera vez que en nuestro país se produce este tipo de divisiones feroces, ya en el siglo XIX estuvo el famoso unitarios versus federales. A mitad de siglo XX Perón, con su política fascista dividió a los argentinos diciendo que unos eran pobres porque otros eran ricos. Lo que se olvidó de decir es que muchos de los nuevos ricos habían hecho plata con la corrupción de los gastos estatales. Perón dividió a la sociedad al punto de gritar desde el balcón 5×1 y vamos a distribuir &”alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos&”. Como puede verse, el hombre no se andaba con muchas vueltas. Era un “pacificador” nato.

Tampoco el Perón del 73, viejo y cansado, vino con mucho espíritu de pacificación. Desde el exilio él había contribuido a dividir a la sociedad estimulando las andanzas de los terroristas. Claro que cuando llegó a la Argentina y vio que los terroristas querían coparle el PJ buscó frenarlos. Pero los terroristas le asesinaron a su amigo Rucci y se desató el pandemónium de la violencia con la Triple A comandada por López Rega que perseguía a los terroristas y los terroristas que tiraban bombas y mataban gente por doquier. Una vez más el peronismo dividía a la sociedad con altos grados de violencia.

Ya de entrada, cuando Perón volvió al país, se produjo un enfrentamiento a los tiros en Ezeiza entre diferentes sectores del peronismo. El ala fascista contra el ala zurda. Hubo varios muertos en los bosques de Ezeiza ese día.

El kirchnerismo no hizo otra cosa que seguir con esa división de la sociedad buscando culpables imaginarios para señalarlos como los responsables de la pobreza de la gente, pobreza que en rigor era producto de las políticas populistas aplicadas por ellos que generaban un tsunami de destrucción del stock de capital produciendo desocupación, caída de la productividad, pobreza, indigencia y desocupación. Hoy se ve con toda claridad como esas políticas populistas no son otra cosa que una cortina de humo para esconder, en el caso del kirchnerismo, uno de los mayores latrocinios de la historia Argentina.

Pero desde la instauración del populismo en Argentina, con Perón a la cabeza, lo que hoy llamamos grieta, ya existía como resultado de la política económica que se viene aplicando desde hace décadas. Es una política económica que, por definición, lleva a la famosa grieta o al enfrentamiento social.

Es que se ha instaurado en Argentina una política económica por la cual uno sector solo puede avanzar a costa de otro sector de la sociedad. Sectores empresariales utilizan al estado para que cierre la economía y así tener una renta extraordinaria vendiendo productos de mala calidad y a precios descomunales. Para que los dirigentes sindicales no protesten, entonces el estado establece salarios mínimos imposibles de pagar y una serie de beneficios “sociales”.

En Argentina un sector de la sociedad no logra avanzar económicamente gracias a que produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad, sino que logra avanzar consiguiendo que el estado les quite a otros para darme a mí. Las reglas de juego son muy claras. Yo le pido al estado que use el monopolio de la fuerza para quitarle su riqueza o su ingreso a otro sector, me lo de a mí en nombre de la justicia social y mediante una ley del Congreso para darle un aspecto legal al robo. El sector perjudicado reacciona y entonces el estado utiliza el monopolio de la fuerza para quitarle a un tercer sector y  transferirle el producto del robo legalizado al sector perjudicado que me transfiere a mí. Y luego el tercer sector protesta, con lo cual el estado lo “conforma” con alguna ley social que le quita a un cuarto sector su ingreso para dárselo al tercero. En definitiva, es una lucha de todos contra todos. El conflicto social es permanente y ahí se produce la grieta social o el enfrentamiento social.

Con este esquema económico, que los argentinos venimos aplicando desde hace décadas, siempre hay enfrentamientos, recelos, conflictividad en la sociedad. Unos ganan y otros pierden y, dependiendo del momento y las circunstancias, en determinados momentos a algunos les toca perder más que a otros.

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico que conduce al conflicto social permanente y al enfrentamiento de la sociedad. Es el sistema económico populista el que produce la brecha.

Por eso hay que pasar de este sistema populista, a la cooperación libre y voluntaria por la cual un sector solo puede mejorar si produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad. Mi mayor ingreso deja de depender de que el estado le robe su ingreso a otro y comienza a depender de mi capacidad para producir algo que beneficia a los demás.

La brecha no la inventaron los k. Los k ampliaron la brecha hasta llevarla niveles insoportables. Pero la brecha va a seguir existiendo mientras tengamos este sistema de robo legalizado por el cual todos quieren usar al estado para robarle a otros sectores el fruto de su trabajo en nombre de la justicia social y de las políticas estatales solidarias.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE