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Salario mínimo, inflación y gasto público

Por Gabriel Boragina Publicado  el 10/6/17 en: 
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El escolástico Juan de Mariana tenía ideas sumamente claras, concretas y acertadas sobre la relación entre los impuestos, la inflación y el gasto público:
“El déficit gubernamental es causa de impuestos mayores a los necesarios. Además, es causa de la alteración del valor del dinero. El gobernante con un presupuesto deficitario sucumbe con facilidad a ese medio para cubrir faltantes. Alterar el valor de la moneda, por ejemplo, reduciendo la cantidad de oro o plata que contiene, permite emitir más monedas. Se piensa que con esa medida nadie sufrirá, puesto que el valor legal de la moneda queda igual, aunque disminuya su valor intrínseco. Falso. En la realidad, la alteración del valor de la moneda es un latrocinio, según Mariana. El dinero es un medio general de intercambio y lo es, porque su valor se considera sujeto a muy pequeñas variaciones. El remedio a esos daños es la reducción del gasto público. Los activos de la nación no deben ser usados con la misma libertad del propietario particular. Los subsidios deben reducirse. Los gobernantes no deben iniciar guerras innecesarias.”1
Ya en ese entonces, se explicaba de esta manera aquella vinculación. En realidad, el déficit se produce porque se han calculado mal los gastos y se han previsto partidas superiores a los ingresos disponibles, o bien porque los impuestos son tan altos que -conforme nos enseña la curva de Laffer- la recaudación nunca será suficiente para sufragar los gastos. Pero, hay una tercera causa: es posible que el presupuesto este bien calculado, y que se hayan previsto los impuestos necesarios como para poder cubrirlo, y que estos sean razonables al punto que todos los contribuyentes estén en condiciones de poder afrontarlos. Pero, imprevistamente el gobierno -o alguna de sus áreas- decida incrementar los gastos por encima de lo aprobado por la ley de presupuesto. En esta coyuntura, será un factor no ponderado por la ley de presupuesto lo que hace aparecer el déficit, excepto que se legislen nuevos impuestos, y que la población esté en condiciones de poder seguirlos abonando. La cruda realidad nos muestra que es el tercer supuesto el que se da con mayor frecuencia. Aunque también ocurre que se establecen impuestos excesivos, que superan las salidas previstas. Lo común es que se combinen dichos dos elementos: lo corriente es que los gobiernos aumenten sin cesar sus gastos, y también sus gravámenes. No obstante, cuando opera la curva de Laffer, deben apelar a inflación o deuda.
          Otro caso digno de examen es el de la relación entre salarios mínimos y gasto público, que también es un fenómeno de antigua data, en particular cuando los gobiernos entran en su cruzada de “ayudar a los pobres”, como se expone seguidamente:
“En 1798, se dio un paso importante que agravó considerablemente el problema de este tipo de ayuda benéfica. Los jueces de Berkshire, […] decidieron que los salarios inferiores a lo que ellos consideraban como el mínimo absoluto deberían ser completados con la ayuda parroquial de acuerdo con el precio del pan y el número de personas que dependían del cabeza de familia. Tal decisión fue confirmada por el Parlamento al año siguiente. Durante los treinta años que siguieron, este sistema (aparentemente el primero “que garantizaba un mínimo de ingresos”) acarreó innumerables problemas.
La primera consecuencia lógica para los contribuyentes fue un incremento en proporción geométrica de los costes de la beneficencia. En 1785, el coste total de los gastos que supuso la ley de pobres fue casi de dos millones de libras. En 1803 se superaron los cuatro millones, y en 1817 casi se llegó ya a los ocho millones. Esta última cifra venía a representar casi una sexta parte del gasto público total. Algunas parroquias se vieron sumidas en grandes dificultades. Un pueblo de Buckinghamshire informaba en 1832 que sus gastos por ayuda benéfica habían sido ocho veces superiores a los de 1795, y que habían superado a los ingresos totales de la parroquia durante aquel año. Otra población, Cholesbury, llegó a la bancarrota, y otras estuvieron muy cerca de ello. A pesar de su gravedad, este gasto público no fue el peor de los males. Mucho más grave fue la creciente desmoralización en el aspecto laboral, que culminó con los desórdenes e incendios de 1830 y 1831.”2
Se trató de la tristemente célebre “ley de pobres”. En el caso, la iniciativa es tomada por lo que hoy llamaríamos el poder judicial. Mediante sendas sentencias, los jueces británicos habían decidido que las diferentes regiones (parroquias) -se entiende que por intermedio de sus gobiernos locales (municipales)- habrían de arbitrar los mecanismos para lo que ellos (los jueces) habían determinado como lo que “debería” ser un “salario mínimo”. Los parámetros para la fijación del nuevo salario mínimo fueron dos, a saber: el precio del pan y la cantidad de miembros de la familia. Los gobiernos locales debían “compensar” la diferencia entre los ingresos familiares y el precio del referido producto. La sentencia dictada por los jueces recibió rápida confirmación legal por parte del Parlamento británico al cabo de un año, de manera que, lo que en principio fue una medida que afectaba sólo a determinadas localidades de Inglaterra, rápidamente se convirtió en una ley de alcance nacional.
No es difícil imaginar que, siguiendo los delineamientos que hemos dado, tal incremento del salario debía ser financiado por vía de mayores impuestos, deuda o emisión monetaria, que son las tres únicas “herramientas” por las cuales los gobiernos del mundo (no solamente el británico desde luego) pueden solventar cualquier erogación que sea decretada mediante una ley, tal como ha sido el caso en análisis, si bien esta ley no fue originada en una iniciativa parlamentaria, sino judicial. Ejemplo que -de paso- demuestra que no siempre la justicia “hace justicia”, sino que -a menudo- produce grandes injusticias, máxime si tenemos en cuenta las nefastas consecuencias que se derivaron de la extensión y generalización de dichas políticas.
En esa línea, no son de extrañar las consecuencias nocivas que estos salarios mínimos (financiados con gasto público) tuvieron históricamente para los afectados. Como se ve en la cita, apareció el fenómeno del déficit fiscal.
1 Eduardo García Gaspar. Ideas en Economía, Política, Cultura. Parte I: Economía. Contrapeso.info 2007. Alejandro A. Chafuén. “Impuestos y finanzas públicas”, pág. 56/57
2 Henry Hazlitt. La conquista de la pobreza. Unión Editorial, S. A. Pág. pág. 80/81

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

UN RELATO EN TORNO AL IGUALITARISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

La otra noche un matrimonio amigo nos invitó a mi mujer y a mí a comer a un restaurante. Muy agradable resultó el convite y los temas fueron muchos y muy jugosos, pero hubo un asunto que pasó desapercibido y quedó oculto debido a que inmediatamente se superpusieron otros temas que coparon los intercambios de ideas.

 

Ese asunto a que me refiero trata de un relato que fue contado brevemente a raíz de otro comentario de los anfitriones de la jornada. El cuento se refería a que en un pueblito africano se estableció un concurso deportivo en el que participaban varios niños, el cual consistía en correr una carrera con el anuncio de que quien llegara primero obtendría un premio. Los niños a poco de deliberar y cuchillar graciosamente se agarraron todos de la mano y corrieron a la par todos juntos hacia la línea de llegada (por mi parte agrego que a los efectos podrían haber ido caminando con el mismo resultado final).

 

Ese fue el relato y quedó en el aire la interpretación o las interpretaciones y moralejas puesto que, como digo, se pasó a otro tema pisando lo anterior, como a veces suele ocurrir en reuniones sociales por más armónicas y amigables que resulten.

 

Cuando llegamos a mi casa esa noche me disponía a leer mis correos electrónicos cuando henos aquí que súbitamente me vino a la memoria el cuento de los niños en África. Abandoné entonces el cometido de revisar mi correspondencia y me puse a anotar mis ocurrencias sobre el cuento al efecto de escribir una columna sobre el tema que me pareció con aristas de interés aunque no lo advirtiera durante la comida de marras, operación que estoy haciendo en este momento puesto que no hay nada mejor para aclarar ideas que escribirlas.

 

Independientemente de cual fue el sentido del relato por parte de quien lo expuso tan telegráficamente, quiero explayarme sobre los sentidos y las facetas que le encuentro a este inocente comportamiento, aunque no tan inocente la interpretación más corriente si se la coloca en el contexto de nuestro mundo, sin descartar otra en un plano bien distinto.

 

Las inclinaciones que hoy dominan nuestro mundo se traducen en constantes críticas a un capitalismo inexistente debido precisamente a las referidas críticas y embates que han convertido a los gobiernos en aparatos infernales que intervienen en los más mínimos detalles de las vidas y haciendas ajenas, lo cual se refleja en gastos públicos siderales, en deudas estatales mayúsculas, en impuestos insoportables y regulaciones asfixiantes.

 

Dada esta situación que abarca los más diversos ámbitos, no es de sorprender que la moraleja del cuento apunte a una embestida contra la competencia. La idea obtusa estriba en que la competencia provoca la lucha de todos contra todos en lugar de la cooperación amable y despojada de todo vestigio de rivalidad.

 

No parece comprenderse que la competencia en el mercado, empuja la emulación recíproca por satisfacer las preferencias y deseos del prójimo y constituye el estímulo y los incentivos para mejorar bienes y servicios en el contexto de un proceso de cooperación voluntaria y pacífica.

 

Al contrario, la guillotina horizontal  y el consiguiente igualitarismo arranca esos incentivos para bien y los convierte en conflictos insalvables entre los que se sienten desposeídos y los que disponen con prepotencia del fruto del trabajo ajeno.

 

Los mejores en la competencia en el rubro de que se trate no adquieren posiciones irrevocables. Antes al contrario, tienen que esforzarse permanentemente si no quieren  ser sustituidos por otros que prestan mejores servicios. El que acierta en las preferencias de los demás obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. El cuadro de resultados es el termómetro que indica la calidad de lo ofrecido a juicio de los consumidores.

 

Desde luego que esto no sucede cuando operan ladrones de guante blanco mal llamados empresarios quienes obtienen sus riquezas como consecuencia del latrocinio, es decir, fruto de sus alianzas con el poder de turno de los que obtienen prebendas, dádivas, privilegios y mercados cautivos de diversa naturaleza.

 

Obsérvese los esfuerzos de quienes operan en competencia abierta, en contraste con la desidia de quienes tienen  sus espaldas cubiertas de que compitan otros en  sus reglones, provengan éstos del exterior o del mismo país en el  que se desenvuelven.

 

En los deportes ocurre el mismo fenómeno. Imaginemos que sentido tendrían los eventos deportivos si cada cual estaría bloqueado de mostrar sus habilidades y talentos. Más aun, si se impusiera el sistema que emplearon los niños del cuento habría que eliminar los deportes porque carecerían de sentido (un certamen de cien metros llanos con el procedimiento de no permitir que se obtenga el primer lugar es tan ridículo como vender una máquina de lavar que no  lave).

 

La competencia abre caminos para mejorar la marca cada vez más, siempre a criterio  de la gente. Esto no quiere decir que nos deba gustar lo que las mayorías deciden. Por ejemplo, personalmente no me gustan algunos de los cantantes de moda y todo lo que los rodea, pero eso de ningún modo me autoriza a recurrir a la fuerza para cambiar hábitos y preferencias que no lesionan derechos de terceros. En todo caso, puede haber un tema axiológico para lo cual  eventualmente puede recurrirse a la persuasión.

 

La competencia en modo alguno autoriza a recurrir a procedimientos fraudulentos, la trampa y la lesión a los derechos de otros que indudablemente deben ser debidamente castigados. Eso si, se debe estar prevenido de falsas acusaciones de fraude basadas en la pura envidia respecto a los que se destacan en el proceso de mercado. Este es el caso del monopolio cuando surge como consecuencia del apoyo del prójimo. Como he  dicho antes, si hubiera habido una ley antimonopólica en la época de las cavernas y el garrote, no hubiera podido utilizarse el arco y la flecha porque el primero que lo manejó era monopolista y así con todos los inventos sean electrónicos, medicinales etc. Lo grave y peligroso es el monopolista que surge como consecuencia del apoyo gubernamental, sea privado o estatal puesto que siempre significa la explotación de sus congéneres a través de precios más elevados, calidad inferior o las dos cosas al mismo tiempo.

 

Este análisis me recuerda a la sandez de sostener que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientra haya quienes carezcan de lo necesario”. ¿Es serio mantener esto, es decir que nadie puede ir a la universidad mientras alguien no tiene vitaminas suficientes para ingerir o que nadie puede tocar el piano mientras haya quienes no pueden ir a la escuela primaria?

 

Otra vez el espectro de la guillotina horizontal y la muy contraproducente e inconducente política de la “redistribución de ingresos”, a saber, volver al distribuir con el uso de la violencia lo que pacífica y voluntariamente distribuyó la gente con sus compras y abstenciones de comprar en el supermercado y afines. Y aquello con el agravante del derroche de los siempre escasos recursos con lo que los salarios e ingresos en términos reales inexorablemente disminuyen puesto que las tasas de capitalización se contraen.

 

Finalmente, la otra interpretación del cuento es que los niños se burlaron de los organizadores del evento puesto que si todos ganaban habría que darles un premio a cada uno sin que nadie perdiera (salvo los organizadores que debieron multiplicar los premios…a menos que se decidiera dividir el mismo premio anunciado entre todos los participantes-ganadores).

 

Pero esta interpretación tiene sus bemoles ya que, nuevamente, si ese procedimiento se generaliza, por un lado, desaparece el deporte, por lo menos ese tipo de carreras, pero por otro, la técnica de referencia no  puede aplicarse al mundo de los negocios ya que si todos ofrecen lo mismo queda amputada la posibilidad de mejora y de guía para el progreso.

 

No es infrecuente que se tilde a la competencia y a los mercados libres como “darwinismo social”. Gran error. Darwin se refería al proceso evolutivo en el campo biológico y tomó su idea de Mandeville quien aplicó la evolución al proceso cultural. En el primer campo hay selección de especies y los más aptos eliminan a los menos aptos, mientras que en el segundo territorio la selección es en cuanto a las normas y, sobre todo, los más fuertes trasmiten  su fortaleza a los más débiles como una consecuencia no buscada vía las tasas de capitalización que, como queda dicho, constituyen el único factor para elevar salarios.

 

No me quiero poner técnico en una columna periodística, pero en no pocas de las facultades de economía todavía se enseña “el modelo de competencia perfecta” que presupone conocimiento perfecto de los factores relevantes, lo cual, en la práctica, significa que no hay posibilidad de arbitraje y por ende tampoco de empresarios ni de competencia. Es una contradicción en los términos que induce a los alumnos a tener una versión completamente desfigurada de la competencia.

 

No se trata de imponer gustos y preferencia a los demás sino de competir por el aprecio de los consumidores. La falacia de que la publicidad determina la demanda no tiene en cuenta que influye pero no determina, de lo contrario, con suficiente publicidad podría convencerse a la gente que es mejor el monopatín que el automóvil y a precio mayor o que se suspenda la luz eléctrica y se retorne a la luz de las velas y también a precios más elevados. Igual que el  abogado intenta persuadir al juez de la razón de su cliente,  o el que intenta persuadir a su novia que contraiga nupcias, la publicidad intenta persuadir a consumidores de la calidad de su producto o de su servicio. En Estados Unidos, de cada diez productos que se lanzan con gran despliegue publicitario, siete fracasan en su intento.

 

Sin perjuicio del valor de la competencia como factor externo por las antedichas razones de peso, es muy fértil interiormente competir con uno mismo en el sentido de ser mejor persona hoy respecto de ayer y mañana mejorar la marca de hoy.

 

Ludwig von Mises en su obra La acción humana. Tratado de economía explica que la competencia (que aquí hemos denominado “exterior”) es el proceso de cooperación por excelencia, mientras que en sistemas autoritarios -y en la medida que lo sean- hay otro tipo de competencia de naturaleza bien distinta: se traduce en buscar y priorizar el favor del mandamás del momento.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

El corrupto progresismo

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 20/6/16 en: http://economiaparatodos.net/el-corrupto-progresismo/

 

Si algo tenemos que aprender los argentinos de estos 12 oprobiosos años de kirchnerismo, es a desconfiar de todos aquellos que prometan utilizar el estado para implementar planes “sociales”

Seguramente los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández pasarán a la historia como uno de los más corruptos de la historia argentina. Es puro verso eso de que con Néstor hubiese sido diferente. Néstor Kirchner fue el que armó toda la arquitectura para transformar el aparato estatal en un sistema de represión y persecución de quienes pensaban diferentes, y también construyó un sistema de corrupción como nunca se había visto, al menos en la Argentina contemporánea.

Si algo tenemos que aprender los argentinos de estos 12 oprobiosos años de kirchnerismo, es a desconfiar de todos aquellos que prometan utilizar el estado para implementar planes “sociales”, y regular la economía en beneficio de la sociedad.

Tampoco es casualidad que el gasto público haya llegado a niveles récord. El gasto público fue la fuente de corrupción que permitió implementar el latrocinio más grande que pueda recordarse de la historia económica para que unos pocos jerarcas k engrosaran guarangamente sus bolsillos al tiempo que hundían a la población en uno de los períodos de pobreza más profundos.

Con el argumento de la solidaridad social se lograron varios objetivos simultáneamente: 1) manejar un monumental presupuesto “social” que dio lugar a los más variados actos de corrupción (sueños compartidos, Milagro Sala, etc.) 2) crear una gran base de clientelismo político para asegurarse un piso de votos. O me votás o perdés el subsidio. Como la democracia se transformó en una carrera populista, el reparto de subsidios sociales se transformó en una base electoral importante, 3) crear millones de puestos de “trabajo” a nivel nacional, provincial y municipal para tener otra base de votos cautivos. O me votas o perdés el trabajo y 4) una economía hiper regulada por la cual para poder realizar cualquier actividad el estado exige infinidad de formularios y aprobaciones de diferentes departamentos estatales. Estas regulaciones no tienen como función defender al consumidor como suele decirse, sino que el objetivo es poner barreras burocráticas a los que producen para forzarlos a pagar coimas para poder seguir avanzando produciendo. Un ejercicio al respecto lo hizo hace años Hernando de Soto, en Perú y se plasmó en el libro El Otro Sendero. La idea era ver cómo la burocracia peruana iba frenando toda iniciativa privada con el fin de coimear.

Manejar miles de millones de dólares en gasto público, encima manejarlos bajo la ley de emergencia económica que permite reasignar partidas presupuestarias por DNU sin que se discuta en el Congreso el uso de los fondos públicos, es el camino perfecto para disponer de abundantes fondos para el enriquecimiento ilícito.

La clave de todo el proceso de corrupción pasa, por un lado, por denostar la libre iniciativa privada y enaltecer a los “iluminados” políticos y burócratas que dicen saber elegir mejor que la misma gente qué le conviene a cada uno de nosotros. Ellos son seres superiores que tienen que decidir por nosotros.

Establecida esa supuesta superioridad del burócrata y del político en términos de qué, cuánto y a qué precios hay que producir y establecida la “superioridad” moral de los políticos sobre el resto de los humanos auto otorgándose el monopolio de la benevolencia, se arma el combo perfecto para regular la economía y coimear, llevar el gasto público con sentido progresista hasta niveles insospechados para construir el clientelismo político y la correspondiente caja y corrupción.

Quienes de buena fe dicen aplicar política progresistas no advierten que ese supuesto progresismo es el uso indiscriminado de fondos públicos que dan lugar a todo tipo de actos de corrupción. En el fondo es como si dijeran: no es malo el modelo kirchnerista, el problema no son las políticas sociales que aplicaron, que son buenas, sino que ellos son corruptos. Esto limita el debate a simplemente decir: el país no funciona porque los kirchneristas son corruptos y nosotros somos honestos.

Mi punto es que el debate no pasa por decir, ellos son malos y nosotros somos buenos, por lo tanto, haciendo lo mismo, nosotros vamos a tener éxito y ellos no porque nosotros somos honestos. El debate pasa por mostrar que el progresismo no solo es ineficiente como manera de administrar y construir un país, sino que además crea todas las condiciones necesarias para construir grandes bolsones de corrupción. El progresismo es el caldo de cultivo para la corrupción.

Por eso no me convence el argumento que el cambio viene con una mejor administración. Eso podría ocurrir si tuviésemos un estado que utiliza el monopolio de la fuerza solo para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad. En ese caso, solo habría que administrar unos pocos recursos para cumplir con las funciones básicas del estado.

Ahora si el estado va usar el monopolio de la fuerza para redistribuir compulsivamente los ingresos, para declarar arbitrariamente ganadores y perdedores en la economía y para manejar monumentales presupuestos, entonces caemos en el error de creer que alguien puede administrar eficientemente un sistema corrupto e ineficiente.

En síntesis, el verdadero cambio no consiste en administrar mejor un sistema ineficiente y corrupto. El verdadero cambio pasa por terminar con ese “progresismo” con sentido “social” que es corrupto por definición y ensayar con la libertad, que al limitar el poder del estado, limita el campo de corrupción en el que pueden incurrir los políticos. Además de ser superior en términos de crecimiento económico, distribución el ingreso y calidad de vida de la población.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Economía y Moral

Por Gabriel Boragina. Publicado el 5/9/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/09/economia-y-moral.html

 

Es interesante examinar las numerosas implicaciones que existen entre la moral y la economía, por cuanto son muy frecuentes las veces en que se las soslayan, y es de suma importancia que se den ciertas condiciones para tener una economía moral y no cualquier otra. Será bueno analizar entonces de qué manera algunas doctrinas económico-políticas -aparentemente “positivas” o “beneficiosas”- atacan, en realidad, y terminan destruyendo a la moral. Comencemos, pues, con el populismo, con esta excelente cita:

“El populismo no solo es ineficiente como organización económica, sino que es fundamentalmente inmoral porque su funcionamiento así lo requiere.”[1]….” Dentro de este pensamiento autoritario en materia económica, que es una especie de iluminismo económico y monopolio de la bondad de los políticos, no hay lugar para entender que la competencia es un proceso de descubrimiento. Descubrir qué demanda la gente, qué precios está dispuesta a pagar por cada mercadería y qué calidades exige. Por eso el populismo económico inhibe la capacidad de innovación de la gente y los “empresarios” millonarios son, en su mayorista, simples lobbistas que hacen fortunas con negociados turbios gracias a sus influencias con los corruptos funcionarios. Es en este punto en que el intervencionismo deja de ser ineficiente para transformarse en esencialmente inmoral porque los beneficios empresariales no nacen de satisfacer las necesidades de la gente, sino de esquilmar los bolsillos de los consumidores. Y como para esquilmarlos necesitan el visto bueno de los funcionarios públicos, ese acuerdo se transforma enorme corrupción donde la riqueza surge de expoliar a la gente mediante pactos corruptos.”[2]

La inmoralidad nace -como bien se observa- de la dinámica propia del sistema intervencionista, que requiere del latrocinio para beneficiar a unos a costa de otros. Incluso la inmoralidad surge aunque las intenciones del burócrata tengan como base firmes convicciones acerca de la “corrección” de su actuación. Una acción es intrínsecamente inmoral con independencia de que el agente que la provoca conozca o no sus vínculos causales con la moral, en tanto y en cuanto, desde el punto de vista objetivo, la intervención viole la regla moral.

De cualquier manera, en la mayoría de los casos donde intervienen los gobiernos, las normas morales se violan en forma consciente de que se lo está haciendo. No interesa demasiado que el político sepa o no que está vulnerando las normas morales con sus políticas intervencionistas, lo relevante es de qué modo sus acciones favorecen o perjudican –potencial o concretamente- a los demás. Y, en tanto y en cuanto, se adopten políticas populistas (que siempre han de ser -por definición- intervencionistas) hemos de tener por seguro que las reglas morales han de ser transgredidas violenta o no violentamente.

Entonces, desde un punto de vista legal, los frecuentes contubernios habidos entre funcionarios y empresarios, sindicalistas, o de cualquier otro sector social, pueden ser jurídicamente válidos, lo que no quita ni quitará jamás que –asimismo- sean moralmente repudiables. Para lo cual, no es necesaria –y esto es importante reiterarlo y destacarlo- la existencia concreta de un perjuicio, sino que basta la mera probabilidad de haberlo provocado. La acción será doblemente inmoral si el daño -al final de cuentas- se consuma. Y basta que sea uno solo el afectado para que la inmoralidad se materialice.

“Pero además de ser más eficiente la economía de mercado, su gran diferencia con el intervencionismo es que está basada en principios morales y éticos en que nadie se apropia de lo que no le corresponde. No se usa al Estado y a sus funcionarios para que, con el monopolio de la fuerza, se desplume a trabajadores y consumidores. No se hace de la corrupción una forma de construcción política en que las voluntades se compran.”[3]

La diferencia entre la economía de mercado (o economía liberal conforme preferimos llamarla) y los demás sistemas es que, aunque no existieran normas legales, siempre van a preexistir normas morales que deben ser respetadas, y en el punto donde se quebranten será en ese mismo momento y lugar donde habrá desaparecido la economía de mercado, capitalista o liberal. El tema se entronca con el de la ley moral, que se diferencia de la ley inmoral. Ambos tipos de leyes podrán tener por igual imperio legal, pero sólo será justa la ley moral y no la inmoral. La moralidad del capitalismo se encuentra en que cada ser humano respeta el fruto del trabajo ajeno, en tanto que en todos los demás sistemas que lo adversan ocurre exactamente lo contrario. Es esto lo que hace del capitalismo un régimen moral superior a los demás.

“Como se ve, no estamos hablando solo de eficiencia económica cuando hablamos de capitalismo versus populismo. Estamos diciendo que la economía de mercado es un imperativo moral frente a la inmoralidad del populismo intervencionista, dado que en este último imperan la corrupción y el saqueo. La decencia, la honestidad en la función pública y la transparencia en los actos de gobierno no son la esencia del populismo. Por eso el populismo no solo es ineficiente como organización económica, sino que es fundamentalmente inmoral porque su funcionamiento así lo requiere.”[4]

La idea básica, entonces, es que un robo no es ilegal porque la ley jurídica así lo declara, sino que es ilegal porque infringe la ley moral. Las leyes jurídicas no pueden hacer “legal” (ni menos aun “moral”) lo que la ley moral declara ilegal. Y menos todavía -como hemos consignado- la ley legal puede hacer “justo” lo que moralmente es injusto. Y de esto se trata precisamente la moralidad del capitalismo, en contraste con la inmoralidad de todos los demás sistemas anticapitalistas, como son los populismos e intervencionismos de distinto signo. Son inherentemente inmorales, aunque sean declarados “legales” desde lo jurídico. Y todos los entramados anticapitalistas están basados en el robo y el latrocinio, reconocidos incluso en documentos tales como sus Constituciones y códigos.

[1] Roberto Cachanosky. “El populismo es esencialmente inmoral”. Publicado originariamente en “Economía para todos”http://economiaparatodos.net/ y reproducido posteriormente por la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.http://www.atlas.org.ar/ pág. 1

[2] Cachanosky R. “El populismo…” op. Cit. pág. 2

[3] Cachanosky R. “El populismo…” op. Cit. pág. 2

[4] Cachanosky R. “El populismo…” op. Cit. pág. 3

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La injusta “justicia social”

Por Gabriel Boragina: Publicado el 21/7/13 en http://www.accionhumana.com/2013/07/la-injusta-justicia-social.html#!/2013/07/la-injusta-justicia-social.html

Quienes levantan las banderas de la “justicia social”, sin saberlo están haciendo un llamado a un mundo cada vez más y más injusto. El lector se preguntará sorprendido ¿cómo es posible esto? Por empezar, digamos que quienes defienden la “justicia social” no saben en rigor de qué es lo que están hablando. Primeramente hagamos unas consideraciones semánticas, para luego introducirnos en algunas cuestiones más de fondo.

El profesor A. Benegas Lynch (h) explica:

“El premio Nobel en Economía Friedrich A. Hayek se ha referido extensamente a Comte y a sus seguidores (1952/1979: 321 y ss.) pero, en su última obra, debido a todos los malos entendidos y galimatías utilizados principalmente por la corriente de pensamiento marxista en torno a la palabra “sociedad”, este autor la sustituye por la expresión “orden extendido” (1988: 6 y 113) y, además, agrega que el adjetivo “social” a continuación de cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo (ib.: 114-119). Dejando de lado las buenas intenciones con que muchas veces se han acuñado ciertas expresiones y las sanas tradiciones en las que aparecieron, piénsese en la expresión “justicia social” que, en el mejor de los casos, constituye un pleonasmo mayúsculo puesto que la justicia no es vegetal, mineral ni animal y, en el peor, contradice la clásica definición de Ulpiano de “dar a cada uno lo suyo” para transformarse en sacar a unos lo que les pertenece para dar a otros lo que no les pertenece.”[1]

A esto se refería Frédéric Bastiat cuando utilizaba la frase expoliación legal, con lo que podemos completar la idea, diciendo que la “justicia social” es el nombre con el cual se consuma la expoliación legal, la que asimismo se transforma en su resultado inmediato. La “justicia social” es la antítesis de la justicia misma, ya que faculta a los gobiernos a despojar impunemente a unos lo que en justicia les pertenece, para darles a otros lo que en justicia no les pertenece. Agreguemos que no obstante, este es el sistema que impera en la mayor parte del mundo.

El mismo Hayek citado por el Dr. A. Benegas Lynch (h) dice en otra parte:

“La interpretación errónea del orden del mercado, como una economía que puede y debe satisfacer necesidades diversas en un cierto orden de prioridad, aparece especialmente en los esfuerzos de las políticas destinadas a corregir los precios e ingresos, en función de lo que se denomina “justicia social”. Cualquiera sea el significado que los filósofos sociales hayan atribuido a este concepto, en la práctica de la política económica éste ha implicado siempre la protección de ciertos grupos, para evitar que éstos desciendan necesariamente de la posición material absoluta o relativa que han disfrutado durante cierto tiempo. No obstante, éste no es un principio sobre cuya base se puede actuar en forma general, sin destruir con ello los fundamentos del orden del mercado. No sólo el incremento continuo, sino que en ciertas circunstancias aun la mera mantención del nivel existente de ingresos, depende de la adaptación a ciertos cambios imprevisibles. Esto implica necesariamente que la cuota relativa y, quizás también la absoluta, de algunos deberá reducirse, aunque éstos no sean responsables en manera alguna de su reducción.”[2]

La “justicia social” -nos dice aquí Friedrich A. von Hayek- es un instrumento del proteccionismo económico (no el único, desde luego), ya sea que la protección se dirija a unos grupos o a otros. Pueden englobarse entre estos mecanismos diversos instrumentos, tales como los subsidios, transferencias directas y otras prebendas. Ora destinados a personas particulares –por ejemplo, empresarios- ora a organizaciones, sean estas sindicatos, empresas, asociaciones, sociedades, etc.  Y añade que, intentar sostener la “justicia social” demolerá -a la larga o a la corta- el orden del mercado. Señalando que, tanto el incremento como el mantenimiento del nivel de ingresos han de depender, necesariamente, de los cambios propios que se dan dentro del ámbito del orden de mercado.

Si introducimos el nefasto “principio” de la “justicia social”, impedimos no sólo el crecimiento de los ingresos, sino incluso su mantención en el punto en el que se encuentran a la fecha de la aplicación de ese eslogan mal llamado de “justicia”.

Y agrega, seguidamente, como la “justicia social” empeorará las condiciones laborales de las personas que trabajan o desean hacerlo:

“Una de las paradojas del mundo actual es que los países comunistas están probablemente más libres de la pesadilla de la “justicia social” y, a la vez, más dispuestos que los países capitalistas a dejar recaer el peso en aquellos para quienes el desarrollo ha sido desfavorable. Para ciertos países occidentales, al menos, la situación no parece tener remedio, precisamente, porque la ideología que domina sus políticas hace imposibles los cambios que son necesarios para que la condición de la clase trabajadora se eleve lo suficientemente rápido como para provocar la desaparición de esta ideología.”[3]

La “justicia social” es una formidable excusa que tienen los populismos y sus megalómanos cabecillas para embaucar a la gente de buena fe y engañar a incautos de todo tipo. Pero, al mismo tiempo y desde un punto de vista económico, simboliza la antítesis de lo que los mal llamados “progresistas” (que no son sino los representantes del verdadero atraso y pobreza mayúsculas de todos los pueblos donde gobiernan) intentan “defender” cuando se llenan la boca con dicha fórmula “bonita” y se hacen pasar por “justicieros sociales” cuando no son más que fenomenales farsantes y simples asaltantes encaramados desde el poder del estado-nación, detrás del cual se escudan para cometer sus fechorías impunemente.

Donde impera a “justicia social” observamos que campea la corrupción, el latrocinio, la venalidad, la pobreza y la miseria más indignante para cualquier persona de bien.


[1]Alberto Benegas Lynch (h). “Una refutación al materialismo filosófico y al determinismo físico”. Revista de Economía y Derecho. Lima, 6(22), Otoño 2009. Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, UPC. pág. 3

[2] Friedrich A. von Hayek. “La competencia como proceso de descubrimiento”. pág. 10

[3] Friedrich A. von Hayek “La competencia…” op. cit. pág. 11

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

¿Cuál desigualdad?

Por Alberto Benegas Lynch (h) . Publicado el 21/6/12 en http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7331

En nuestro mundo moderno se producen paradojas superlativas respecto al tema de la igualdad o desigualdad. Me referiré a dos igualdades y a dos desigualdades de modo muy esquemático y resumido. Hay una igualdad  a la que se le atribuye gran importancia y a la que los políticos en mayor o menor medida apuntan a lograr, otra igualdad que rechazan, una desigualdad que deploran y una segunda desigualdad que alientan. Sin embargo, la igualdad que aprecian resulta inconveniente y la que repudian es esencial para la vida en sociedad, mientras que la desigualdad que combaten es absolutamente clave para el progreso y la que aplauden presenta un problema de grandes proporciones. En otros términos, todo al revés de lo que indica un juicioso análisis jurídico, económico y social.
 
Vamos por partes pero de entrada digamos que las desigualdades anatómicas, fisiológicas, bioquímicas y, sobre todo, psicológicas no solo constituyen un hecho entre los humanos sino que la sociedad civilizada se desplomaría si a todos nos gustara la misma mujer y si todos tuviéramos las mismas habilidades e inclinaciones. Más aun, esta igualdad convertiría las relaciones interindividuales en un espantoso e intolerable tedio, puesto que la conversación misma se asimilaría a una conversación con el espejo, sin posibilidad de contrastar ideas y, por ende, desperdiciando las posibilidades de saltos cuánticos en el conocimiento (además de lo ya dicho en cuanto a la parálisis en el progreso material puesto que el sostén de incentivos para la división del trabajo de desplomaría).
 
Empecemos por el final. Por la desigualdad que en esta instancia suele alentarse. Charles Murray en su último libro (Coming Apart) apunta a una desigualdad que, a su juicio, está despedazando las entrañas de Estados Unidos (lo cual es aplicable al resto de mundo) y se refiere al abandono de los valores y principios de la sociedad abierta suscripta por los Padres Fundadores y por todos los pensadores del liberalismo clásico del orbe. Esto es una desigualdad moral que constituye la explicación clave para entender la decadencia de nuestro mundo de hoy. Desafortunadamente Murray correlaciona las distintas posiciones fundamentalmente con niveles de ingresos, cosa que a nuestro juicio, esta generalización, nada tiene que ver con el fenómeno descripto. Además, por razones que no se especifican su estudio está centrado en los blancos en Estados Unidos, situación que tampoco nos parece tenga ninguna relación con lo dicho. Es que las generalizaciones de grupos humanos siempre conducen a callejones sin salida que se pretenden sortear con aquello de que “la excepción confirma la regla”. Distinta es la generalización por roles al sostener que quienes ocupan posiciones dirigenciales, para bien o para mal, suelen trasmitir ejemplos. En todo caso, esta desigualdad moral no solo es desestimada por muchos en cuanto al peligro que representa para la supervivencia de la sociedad abierta, sino que es alentada debido a la convicción socialista de sus propulsores.
 
En el mismo orden inverso que hemos planteado, viene luego la más corriente de las posiciones: la repulsa a las desigualdades de ingresos y patrimonios sobre lo que hemos escrito en otras oportunidades pero ahora basta con decir que en libertad las manifestaciones de los consumidores con sus compras y abstenciones de comprar establecen esos deltas y, por ende, las propuestas políticas de nivelación significan contradecir aquellas previas manifestaciones. La asignación de recursos en el mercado libre permite maximizar las tasas de capitalización que son el único factor que permite elevar salarios en ingresos en términos reales. Por supuesto que no nos estamos refiriendo a patrimonios obtenidos fruto del privilegio y la dádiva otorgada  a favor de los amigos del poder, lo cual constituye un latrocinio.
 
A continuación la igualdad que se desconoce a diario y que produce consecuencias malsanas para la cooperación social. Se trata de la igualdad ante la ley que en la práctica es desconocida debido a que se pretende la igualdad mediante la ley al efecto de lograr la redistribución a la que nos referimos en el punto anterior. Igualdad ante la ley se traduce en igualdad de derechos de todos por parte de la justicia que se ilustra con los ojos vendados precisamente para destacar la referida igualdad sin que se espíen las condiciones de cada cual. Esta es la única igualdad en una sociedad libre y que resulta crucial para la convivencia civilizada, para la paz social y el progreso de todos los habitantes de la comunidad. En este contexto la ley es sinónimo de derecho y antónimo a disposiciones legislativas e ingenierías sociales que desconocen los puntos de referencia extramuros de la norma positiva, mojones que son anteriores y superiores a la existencia misma del gobierno.
 
Por último la tan alabada igualdad de oportunidades que es siempre incompatible con la igualdad ante la ley puesto que para otorgar esa mentada igualdad necesariamente deben vulnerarse derechos. En la sociedad abierta de lo que se trata es abrir las posibilidades para que todos cuenten con mayores oportunidades, pero, por las razones apuntadas, no pueden ser iguales sin desmoronar el tejido social que, como decimos, se basa en la igualdad ante la ley.
 
Estos desconceptos son consecuencia necesaria del abandono de principios y valores que constituyen los cimientos de la civilización. Salvo honrosas excepciones, en las facultades de derecho hacen estragos las teorías positivistas. Como hemos apuntado antes, en verdad no egresan abogados (defensores del derecho) sino estudiantes de legislaciones que eventualmente conocen por su número, inciso y párrafo respectivo pero desconocen los basamentos de la norma. En buena parte de las facultades de ciencias económicas, se insiste en la enseñanza de absurdos modelos de “competencia perfecta” que implican la ausencia de competencia y asignaturas que apuntan a la planificación de haciendas ajenas.
 
El debido tratamiento de estos cuatro temas vitales: dos igualdades y dos desigualdades, resulta de gran trascendencia para el mejoramiento de las condiciones de vida de todos, muy especialmente de quienes se encuentran en situaciones de pobreza extrema. La preocupación por la condición del prójimo es en lo que consiste el amor, el resto es puro narcisismo o frivolidad manifiesta. Como nos explica Nathaniel Branden, los sentimientos son expresiones de escalas valorativas decididas en el consciente y archivadas en el subconsciente. “Amar el amor” ha escrito George Steiner refiriéndose a la autobiografía de Paul Feyerabend, lo cual está íntimamente vinculado al intelecto ya que significa alimentar y alimentarse el alma que es lo más preciado que tenemos (no hay amor entre los animales).
 
Pero ya que nos hemos zambullido en el tema del amor debe aclararse que todo se hace por interés personal (en realidad es una perogrullada puesto que toda acción se lleva a cabo porque le interesa al sujeto actuante, ya se trate de un acto sublime o uno ruin). En nuestro caso, quien ama es porque obtiene satisfacción de proceder de ese modo, el que se odia a si mismo es incapaz de amar. La mención del narcisista alude a quien no atina a nada más que mirarse el ombligo. Como queda dicho, la debida comprensión de los temas de las igualdades y desigualdades considerados en estas líneas constituyen aspectos medulares para el progreso moral y material del prójimo y de nosotros mismos. No es posible que se siga con la cantinela de políticas que alegan “amor a los pobres” cuando los arruinan de modo inmisericorde.
 
Concluyo estas líneas con una anécdota que ilustra otra de las desigualdades, tal vez la más sublime: la nobleza. En una oportunidad, el deportista por antonomasia Roberto De Vicenzo, después de un torneo de golf, fue abordado en la playa de estacionamiento por una señora que manifestó que tenía un hijo que se estaba muriendo y necesitaba desesperadamente ayuda monetaria. Después de un breve intercambio, el golfista decidió escribirle y entregarle un cheque por la suma requerida. Inmediatamente después de retirada la solicitante dos de los directivos del club le explicaron a De Vicenzo que se trataba de una embustera que ya había procedido de igual manera con otros incautos y que lo acababan de ver al referido hijo que gozaba de buena salud. El deportista preguntó “¿es cierto que el hijo se encuentra bien de salud?” a lo que los interlocutores reconfirmaron la respuesta con la afirmativa, entonces Roberto De Vicenzo exclamó “¡que suerte!” con lo que se despidió y marchó de las instalaciones.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.