La clave es la batalla cultural

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 31/8/19 en:  https://www.infobae.com/opinion/2019/08/31/la-clave-es-la-batalla-cultural/

 

Friedrich Von Hayek (Photo by Granger/Shutterstock (8684686a)

Friedrich Von Hayek (Photo by Granger/Shutterstock (8684686a)

 

Este tema es el central. Si no se resuelve la comprensión de ciertos valores y principios que hacen de brújula a la acción, no resulta posible avanzar hacia una sociedad libre. Si nos estancamos en consideraciones del momento, nunca vamos a abrir los ojos para disfrutar de horizontes más fértiles y siempre nos quedaremos empantanados en nimiedades. La única manera de progresar es primero estudiar y luego difundir ideas que calen hondo y, por tanto, vayan al fondo de los problemas.

Lo primero de todo es aclarar que queremos significar con la expresión “cultura”. En nuestra época se ha degradado tanto el término que alude a cualquier manifestación humana en cualquier dirección, así es que con esta acepción se puede hablar de la cultura de la antropofagia y otras manifestaciones de anticultura. Es que en su acepción clásica, la palabra cultura remite a cultivar el espíritu que es lo más preciado que tiene el ser humano, no es ejercitarse en ladrar o reptar sino en cultivar su mente o su psique que es lo que lo distingue de otras especies conocidas y lo reafirman en su condición humana.

Ahora bien, las manifestaciones culturales abarcan las relaciones intraindividuales y las interindividuales. Las primeras abarcan todas las conductas que desarrollen las potencialidades de cada cual al efecto de buscar el bien, mientras que las segundas se circunscriben a las relaciones con el prójimo. En estas líneas nos limitamos a lo segundo para concluir que la batalla cultural apunta a que nos respetemos entre nosotros, independientemente de la conducta que cada uno decida en la esfera privada. Apuntamos a la convivencia civilizada para lo cual es indispensable que cada persona considere sagrada la esfera individual de sus congéneres y, por tanto, se abstenga del modo más categórico a interponerse y mucho menos a recurrir a la fuerza o amenaza de fuerza para con sus vecinos y recurra a esta vía extrema sola y exclusivamente cuando hay lesiones de derechos de terceros.

Cuando nos referimos al respeto a los derechos de otros no estamos diciendo que compartimos o adherimos las conductas individuales de nuestro prójimo, más aun podemos discrepar radicalmente con esos modos de proceder. En realidad la demostración cabal de respeto es, precisamente, cuando no compartimos la conducta privada de nuestros coetáneos. Y utilizamos la palabra “respeto” y no “tolerancia” porque este último vocablo tiene la connotación de cierto tufillo inquisitorial. Los derechos se respetan, no se toleran como si estuviéramos en lo alto de una loma perdonando los errores de otros como si fuéramos infalibles en cuanto a percepción de la verdad.

La verdad es la correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado, pero para lograr aprehenderla se requiere esfuerzo en una permanente peregrinación al efecto de desprendernos del mar de ignorancia en el que nos debatimos para incorporar algo de tierra fértil. De allí la importancia de debates abiertos y absoluta libertad de expresión para arribar a buen puerto e incorporar nuevos conocimientos.

Por todo esto es la definición a la que arribé hace mucho tiempo y celebro que otros la hayan adoptado en cuanto a que el liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Entonces, en este contexto, cuando nos explayamos sobre la cultura nos estamos refiriendo al respeto a los comportamientos de otros seres humanos y estamos descartando cualquier manifestación de contracultura, a saber, conductas que invaden el fuero íntimo de nuestros semejantes, a toda manifestación que avasalle la privacidad del prójimo. De esto se sigue el respeto a la vida, a la libertad y a la propiedad de cada cual, entendiendo por esto último la consideración irrestricta al uso y disposición de lo que pertenece a cada uno.

En esto consiste la batalla cultural que debe darse antes que ninguna otra cosa si queremos vivir en una sociedad libre. Las expresiones que se refieren a lo coyuntural son del todo secundarias respecto a la batalla cultural, puesto que la coyuntura es una consecuencia de esa batalla. No hay circunstancia alguna que no derive de esa batalla para lo cual es menester trabajar en el terreno teórico al efecto de contar con una práctica civilizada.

Sin duda que los medios de comunicación deben informar sobre la coyuntura pero es indispensable que se le otorgue suficiente espacio a la batalla cultural, es decir, al debate de ideas de fondo si es que se desea corren el eje de las agendas que apunten al respeto recíproco.

Hay dos planos de acción que es perentorio clarificar y precisar. Esta diferenciación de naturalezas resulta decisiva al efecto de abrir cauce al progreso. Constituye un lugar de los más común -casi groseramente vulgar- sostener que lo importante es el hombre práctico y que la teoría es algo etéreo, mas o menos inútil, reservado para idealistas que sueñan con irrealidades.

Esta concepción es de una irresponsabilidad a toda prueba y revela una estrechez mental digna de mejor causa. Todo, absolutamente todo lo que hoy disponemos y usamos es fruto de una teoría previa, es decir, de un sueño, de un ideal, de un proyecto aún no ejecutado. Damos por sentado nuestros zapatos, el uso del avión, la televisión, la radio, internet, el automóvil, el tipo de comida que ingerimos, las medicinas a que recurrimos, los tipos de edificaciones, la iluminación, las herramientas, los fertilizantes, plaguicidas, la biogenética, la siembra directa, los sistemas políticos, los regímenes económicos etc. etc. Todo eso y mucho más, una vez aplicado parece una obviedad, pero era inexistente antes de concebirse como una idea en la mente de alguien.

John Stuart Mill escribió con razón que “toda idea buena pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Seguramente, en épocas de las cavernas, quienes estaban acostumbrados al uso del garrote les pareció una idea descabellada el concebir el arco y la flecha y así sucesivamente con todos los grandes inventos e ideas progresistas de la humanidad. En tiempos en que se consideraba que la monarquía tenía origen divino, a la mayoría de las personas les resultó inaudito que algunos cuestionaran la idea y propusiera un régimen democrático.

Los llamados prácticos no son más que aquellos que se suben a la cresta de la ola ya formada por quienes previa y trabajosamente la concibieron. Los que se burlan de los teóricos no parecen percatarse que en todo lo que hacen son deudores de ellos, pero al no ser capaces de crear nada nuevo se regodean en sus practicidades. Todo progreso implica correr el eje del debate, es decir, de imaginar lo nuevo al efecto de ascender un paso en la dirección del mejoramiento. Al práctico le corren el piso los teóricos sin que aquel sea para nada responsable de ese corrimiento.

El premio Nobel Friedrich A. Hayek concluye: “Aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar”. La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate. En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública gradualmente a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos hasta los medios masivos de comunicación.

En todos los órdenes de la vida, los prácticos son los free-riders (los aprovechadores o, para emplear un argentinismo, los “garroneros”) de los teóricos. Esta afirmación en absoluto debe tomarse peyorativamente puesto que todos usufructuamos de la creación de los teóricos. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, incluso prácticamente nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal ya que su habilidad estriba en realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema), el banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios, el que maneja un celular no puede fabricarlo, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del microondas, ni de la refrigeradora y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario, pero sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

Desde luego que hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. En última instancia, como se ha dicho, “nada hay más practico que una buena teoría”. Como queda dicho, consciente o inconscientemente detrás de toda acción hay una teoría, si esta es acertada la práctica producirá buenos resultados, si es equivocada las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

Como hemos señalado, no solo no hay nada que objetar a la practicidad sino que todos somos prácticos en el sentido que aplicamos los medios que consideramos corresponden para el logro de nuestras metas, pero tiene una connotación completamente distinta “el práctico” que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniegan de ellos…los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

Afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas mas burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica es de una mayor jerarquía que la teoría, porque parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica. Por eso resulta tan grotesca y tragicómica la afirmación que pretende descalificar al sostener aquello de que “fulano es muy teórico” o el equivalente de “mengano es muy idealista”, pues bienvenidos los idealistas si sus ideales fortalecen la cultura y se apartan de la contracultura en el sentido definido en esta columna periodística.

Estemos atentos y en la punta de la silla para juzgar las contribuciones que en estos momentos aparecen, como los debates sobre el dilema del prisionero, las externalidades, la asimetría de la información, el equilibrio Nash, los balances sociales y equivalentes pues el espíritu liberal está siempre en ebullición ya que no hay palabras finales para los mortales, de allí el extraordinario lema de la Royal Society de Londres nullius in verba.
Si se desea alentar la cultura y combatir la contracultura y la consiguiente batalla cultural, debe enfatizarse la importancia del trabajo teórico y el idealismo, y no circunscribirse al ejercicio de practicar lo que ya es del dominio público. Por ello resulta tan estimulante el comentario de George Bernard Shaw cuando escribe: “Algunas personas piensan las cosas como son y se preguntan ¿por qué? Yo sueño cosas que no son y me pregunto ¿por qué no?”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La obsesión electoral

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 8/5/19 en: https://www.cronista.com/amp/columnistas/La-obsesion-electoral-20190507-0083.html

 

Me he referido antes al peligro de estar empantanados en temas económicos coyunturales y no darnos espacio para debatir ideas de fondo al efecto, precisamente, de contar con coyunturas favorables en el futuro. Estar permanentemente apagando incendios no nos permite abrir horizontes.

Ahora aplico la idea a otro aspecto crucial cual es el proceso electoral para no estar en círculos histéricos como perros tratando de morderse la cola, encajados solo en acaloradas discusiones sobre el candidato menos malo. Por ejemplo, ahora en nuestro país donde cada capitoste de la grieta de hecho hace de jefe de campaña para el de la vereda de enfrente debido a los respectivos errores.

Esto no solo ocurre en estas latitudes donde nos debatimos entre el abismo y la inoperancia, en la práctica están sucediendo acontecimientos graves incluso en Europa y en Estados Unidos donde avanzan a paso redoblado los nacionalismos y las xenofobias.

Lo peligroso del asunto es que este cuadro de situación tiene lugar en nombre de la democracia cuando en verdad los procedimientos del caso contradicen abiertamente los postulados de esa forma de gobierno. Más bien hay cleptocracias.

Entonces antes de correr el riesgo de que el planeta se convierta en un inmenso Gulag en nombre de la democracia, es indispensable usar las neuronas para imaginar límites al Leviatán. No podemos quedarnos con los brazos cruzados esperando la próxima elección.

Sugiero cuatro caminos para comenzar a debatir que apuntan a cambiar radicalmente los incentivos, lo cual no significa que necesariamente se adopte lo que sigue. El asunto es derribar telarañas mentales y eventualmente sugerir otras políticas, pero no ser un espectador apático de la debacle.

Primero, que los miembros del Poder Legislativo sean ad honorem como fue inaugurado en las repúblicas de Venecia y Florencia, situación en la que la ley sea compatible con el derecho para evitar conflictos de intereses.

Segundo, aplicado al Ejecutivo seguir el consejo de Montesquieu quien escribe que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia”, lo cual incentivará a que en lugar de prestar atención a las personas se concentre en los resguardos institucionales a los que Karl Popper atribuía tanta importancia “para que los gobiernos hagan el menor daño posible”.

Tercero, que el Ejecutivo esté conformado por un Triunvirato de acuerdo a los argumentos esgrimidos detalladamente en la Asamblea Constituyente estadounidense.

Y cuarto, que en el Poder Judicial -como lo propone Bruno Leoni- tengan lugar todos los arbitrajes privados que las partes soliciten sin traba.

Mientras estas ideas se consideran, continúan los debates en medios académicos sobre el dilema del prisionero, la asimetría de la información, los bienes públicos, los free-riders, las externalidades, el equilibrio Nash y los llamados balances sociales. El asunto es despertar del letargo y pensar en defensas sólidas para sostener el sistema democrático al estilo de lo expuesto por los Giovanni Sartori de nuestra época.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Jean Gustave Courcelle-Seneuil: Un adelantado en Chile en torno a dos debates para el mundo de hoy

Por Adrián Ravier. Publicado el 21/06/16 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2016/06/21/jean-gustave-courcelle-seneuil-un-adelantado-en-chile-en-torno-a-dos-debates-para-el-mundo-de-hoy/

 

ABL_ChileEl punto de partida de este libro se basa en los trabajos del francés decimonónico Jean Gustave Courcelle-Seneuil, el primer profesor de economía en Chile quien publicó sobre muy diversos temas pero ejerció una especial influencia en relación a los sistemas bancarios y las políticas arancelarias.

En este contexto y en base a bibliografía actualizada, Alberto Benegas Lynch (h) presenta en esta obra detenidos argumentos y contra-argumentos sobre moneda, bancos y aranceles compatibles con una sociedad abierta. Sobre estos temas estudiados, explora fértiles avenidas de la tradición de pensamiento liberal y trabaja esqueletos conceptuales en relación a las autonomías individuales. Asimismo, comenta reflexiones de Courcelle-Seneuil a la luz de los debates que tienen en muy diversos países de nuestro mundo de hoy.

En un plano más amplio, el autor de este libro apunta que “es necesario precisar que el liberalismo está siempre en ebullición ya que todas las conclusiones son provisorias y abiertas a posibles refutaciones. […] Debemos estar atentos a nuevas y valiosas contribuciones tales como las que han surgido en los últimos tiempos en medulosos libros y ensayos escritos por mentes creativas y originales. Tal es el caso de las refutaciones a las argumentaciones clásicas de los bienes públicos, los free-riders, las externalidades, el dilema del prisionero, las confusiones en torno a la llamada ‘tragedia de los anticomunes’ y, en el contexto de la asimetría de la información, la selección adversa y el riesgo moral.”

SOBRE EL AUTOR

Alberto Benegas Lynch (h) completó dos doctorados: es Doctor en Economía y también es Doctor en Ciencias de Dirección. Es Presidente de la sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, ambas en Argentina. Es autor de diecisiete libros y seis más en colaboración. Fue profesor titular por concurso en la Universidad de Buenos Aires y enseñó en cinco facultades: Ciencias Económicas, Derecho, Ingeniería, Sociología y en el departamento de Historia de la Filosofía y Letras. Es profesor en la maestría de Derecho y Economía de la UBA.

Acceda aquí al libro completo.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.