PARADOJAS DEL EMPRESARIADO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

Al ingenio del  empresario le debemos los alimentos, los medicamentos, los transportes aéreos, marítimos y terrestres, las computadores, los progresos en la cibernética, las comunicaciones, los libros, el teatro, los diques y represas, las tiendas, los comercios, la vestimenta, la refrigeración, los muebles, la edificación y prácticamente todo los que nos rodea.

 

El empresariado que tiene éxito es en los hechos un benefactor de la humanidad aunque sus operaciones no tienen el móvil de la beneficencia sino de incrementar su patrimonio, pero para lo cual, en un mercado libre, está obligado a servir a sus semejantes. Se destaca por tener un olfato y el sentido de la oportunidad al efecto de sacar partida del arbitraje, es decir, para detectar cuando los costos están subvaluados en términos de los precios finales.

 

Sin embargo ese mismo personaje cuando se alía con el  poder produce desastres monumentales. Al recibir privilegios a través de mercados cautivos no solo explota miserablemente a su prójimo sino que termina entregando su empresa a las fauces del Leviatán.

 

Veamos lo que, por ejemplo, piensa uno de los industriales de mayor facturación en Estados Unidos y lo que estima un intelectual de renombre. En el primer caso se trata de Charles Koch que comanda Koch Industries quien se pregunta “¿Qué está pasando aquí? ¿Los dirigentes empresarios de Estados Unidos se han vuelto locos? ¿Por qué están autoaniquilándose debido a la voluntaria y sistemática entrega de ellos mismos y sus empresas a manos de reglamentaciones gubernamentales? […] la contestación, desde luego, es simple. No, los empresarios ejecutivos no comparten el deseo de suicidio colectivo. Ellos piensan que obtienen ventajas especiales para sus empresas al aprobar y estimular la intervención gubernamental en la economía. Pero se están engañando. En realidad están vendiendo su futuro a cambio de supuestos beneficios a corto plazo. En el largo plazo, como consecuencia de haber hecho que el gobierno sea tan poderoso como para destruirlos, sufrirán las consecuencias de su ceguera. Y ciertamente se merecen lo que reciban. Afortunadamente no todos los empresarios son tan miopes”.

 

Y en el segundo caso, el premio Nobel en economía George Stigler se refiere a la responsabilidad empresarial en el intervensionismo estatal al enfatizar que “Han sido ellos [los empresarios] quienes han convencido a la administración federal y la administración de los estados [en Norteamérica] que se inicien los controles sobre las instituciones financieras, los sistemas de transporte y las comunicaciones y las industrias extractivas, etc.”

 

Es que desde Adam Smith los liberales han destacado los peligros de que el empresario se vincule con el gobierno. El célebre escocés del siglo xviii hasta ha escrito que no deberían existir las cámaras empresariales “puesto que se reúnen a conspirar contra el público”. En otros términos, todo bien mientras que el empresario no se acerque a la casa de gobierno puesto que allí comienza el derrumbe y el apartamiento de la función propia del empresariado para, en vez, lucrar con la desgracia ajena al convertirse ellos en ladrones de guante blanco en lugar de competir en el mercado abierto.

 

Es entonces muy paradójico el accionar del empresario. Por un lado hace mucho bien y, por otro, es temible cuando se sale de su misión específica. Esto último solo se remedia con estrictos límites institucionales al efecto de evitar la cúpula hedionda entre el poder político y los que la juegan de empresarios.

 

Uno de los problemas de los aplaudidores al poder es el de los jóvenes entusiastas del liberalismo que trabajan en instituciones y fundaciones que producen trabajos sumamente fértiles pero si cuentan con pocos recursos finalmente están obligados a retirarse y buscar trabajo en actividades industriales o comerciales. Da pena por el enorme potencial de estas personas pero este resultado se debe a quienes en la comunidad empresarial se niegan a financiar actividades tendientes a proteger la sociedad libre. Es como, decía Koch, un suicidio ya que, por definición, en el Gulag no existe tal cosa como el empresario.

 

Personalmente, antes de dedicarme a la educación trabajé quince años en una empresa, fui asesor económico de las cuatro cámaras empresarias argentinas de mayor peso y siendo Rector de una institución de posgrado debía mantener estrecho contacto con el mundo empresarial, entre otras cosas, para la financiación de becas, de modo que conozco el paño y comprendo las preocupaciones  por actitudes negativas y también el espíritu generoso de ese mundo.

 

En este contexto estimo que es del todo pertinente abordar un tema de gran relevancia y es acerca de dos aspectos vinculados a la necesaria racionalización administrativa en la burocracia gubernamental y, finalmente, el complejo de culpa de algunos empresarios que hacen que se conduzcan de modo contraproducente. Todo esto viene al caso debido a las opiniones trasnochadas que en esta materia revelan las opiniones de no pocos empresarios.

 

En lo que se refiere al primer plano, como queda dicho, hay dos andariveles a contemplar. En primer lugar, y sobre todo, debe repasarse el mensaje no siempre claro desde el costado liberal lo cual explica una parte importante del malentendido. Se trata de trasmitir que cuando se destacan los perjuicios de transferir compulsivamente recursos a través de los mal llamados “planes sociales” son los más pobres los que los transfieren del fruto de su trabajo. Si repercuten directamente sobre sus bolsillos queda claro el impacto, pero si recaen sobre los mayores contribuyentes de jure éstos contraen la inversión, situación que implica la reducción de salarios e ingresos en términos reales lo cual hace que indirectamente los más necesitados se hagan cargo del pago. Entonces ¿cuál es la justicia de esta transferencia entre pobres? y téngase en cuenta que no se trata de un proceso de suma cero o proceso neutro (lo que no tiene fulano lo tiene mengano), se trata de un severo proceso de suma negativa ya que no es indiferente al mercado que tenga los recursos uno u otro puesto que necesariamente se traduce en desperdicio de capital lo que reduce el nivel de vida de todos pero especialmente de los pobres que deben sufragar el dislate.

 

En este mismo  plano se suele decir que no pueden llevarse a cabo políticas de saneamiento porque, por ejemplo, los que están bajo la línea de la pobreza ya están en el treinta por ciento. Pero pensemos que como todos provenimos de las cuevas y el garrote, el cien por cien de nuestros ancestros estaban bajo la línea de la miseria más espantosa y las comunidades que permitían o estimulaban la violencia en cuanto a saquear las chozas del vecino se hundían en la desesperanza, mientras que las sociedades que respetaban el fruto del trabajo ajeno  prosperaban. Esa es la historia de la humanidad.

 

Todo en la vida tiene un costo. Cuando comemos dejamos de lado el valor que sigue en nuestras prioridades ya que todo no  puede hacerse al mismo tiempo y eso en economía se denomina “costo de oportunidad”. Absolutamente nada puede hacerse sin costo, el asunto es percatarse cual es el beneficio neto y la sociedad libre -cuyo eje central es el respeto recíproco- provee el mayor bienestar para las partes, especialmente para los más débiles económicamente puesto que sacan la mayor partida al incentivar la tasa mayor de capitalización. Este menaje vital no es siempre bien  explicado por liberales, de ahí, en parte sustancial, el mal entendido.

 

El segundo plano consiste en el uso equívoco de los términos “ajuste”, “shock” y “gradualismo”. El orden en las finanzas públicas es para evitar el ajuste diario en los bolsillos de la gente y para evitar el constante shock diario que deben soportar, en el mejor de los casos debido a gradualismos que desgastan y no corrigen los males en las causas por el desgano y la lentitud que compromete los resultados finales que se dice se quieren logran cuando, en verdad, preparan el terreno para que se reviertan las metas y los objetivos si es que estos se anunciaron con claridad y con propósitos de saneamiento y no como un malabar transitorio.

 

Por último, lo que ha apuntado sobre la denominada “responsabilidad social de la empresa” de forma contundente y adecuada fundamentación el premio Nobel en economía Milton Friedman en su ensayo “The Social Responsability of Business is to Increase Profits” (The New York Times Magazine, septiembre 13 de 1970) puesto que es la manera de atender las necesidades de los demás y, por ende, colocar los siempre escasos recursos en las mejores manos y dejar que los que no las satisfacen incurran en quebrantos, en lugar de proceder como si el empresario eficiente estuviera robando a la comunidad y debe devolver parte del botín para compensar el supuesto atraco. Este complejo de culpa es frecuentemente justificado debido a que desafortunadamente está generalizado el hecho de que los pseudoempesarios pululan por todas partes quienes son verdaderos estafadores que se ocultan tras la gruesas falacias que hemos analizado en otras oprtunidades de “la industria incipiente”  y el “dumping” y otras sandeces con el apoyo de la ley, por lo que actúan a cara descubierta situación que los exime del escrúpulo de usar antifaz.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿Por qué ahorrar, ahora?

Por Iván Carrino. Publicado el 29/3/17 en: 

 

*Charla presentada en el marco del Global Money Week, organizado por Junior Achievement Argentina, con el apoyo de HSBC, en el Centro Universitario de Vicente López, el 29 de marzo de 2017.

GMW

Juan tiene un sueldo de 30.000 pesos por mes. No está nada mal. Todos los meses paga el alquiler, el agua, la luz, el gas, el celular, y le queda un resto. Con él, decide salir a comer, va a al boliche dos veces por semana, y dos veces por mes revienta la tarjeta de crédito en el negocio de ropa favorito.

Juana trabaja en una empresa y tiene un puesto similar. Cobra aproximadamente lo mismo y después de los gastos fijos, siempre separa una parte de su ingreso para destinarlo al ahorro. Obviamente, esto implica que no siempre se da “todos los gustos” y muchas veces tiene que decirles a sus amigas y amigos que “esta noche no está para salir”.

¿Qué difícil la vida de Juana, no?

Puede parecer así a corto plazo, pero pensémoslo a un plazo más largo.

20 años después, Juan está preso de sus propias decisiones. Le gustaría abandonar su trabajo y poder dedicarse a otra cosa, pero está atrapado en un mar de deudas. Necesita cobrar su sueldo todos los meses de manera de pagarlas y no puede darse el lujo de dejar su rutina. Sus gastos fijos son hoy todavía más altos, siempre está con “la soga al cuello”. Antes trabajaba para ganar dinero. Hoy trabaja para pagar deudas.

Juana está en una situación muy distinta. No está mal en su trabajo, porque no tiene la presión de que tiene que ir a la oficina sí o sí. Sin embargo, está pensando invertir en un negocio de ropa. Siempre le gustó el diseño y se quiere animar a dar el salto. Está decidida, e invertirá sus ahorros en este nuevo proyecto.

Su sueño es, en unos años, poder vivir de su emprendimiento.

El ahorro, y el pensar a largo plazo, fue lo que ayudó a Juana. ¿Por qué no va a ayudar a la economía en su conjunto?

A menudo escuchamos que el ahorro es enemigo del crecimiento económico. Los economistas keynesianos suelen enfatizar que lo que mueve a la economía es el consumo y que lo que hay que hacer es “poner plata en el bolsillo de la gente” para que puedan consumir cada vez más.

Más consumo es más demanda, y más demanda es mayor producción. ¡La receta de la prosperidad!

El ahorro, por supuesto, queda como el enemigo número uno de esta receta mágica.

El problema de esta visión es que no comprende la verdadera función social que tiene ahorrar.

Esta función, y su importancia para el desarrollo de las economías, la destacó Eugen von Böhm-Bawerk, que escribió en 1901:

…que lo que “todo el mundo conoce como ahorro” tiene en primer lugar su lado negativo, esto es, el no consumo de una porción de nuestros ingresos o, en términos aplicables a nuestra sociedad que utiliza el dinero, el no gasto de una porción del dinero recibido anualmente. Este aspecto negativo del ahorro es el más evidente en las conversaciones cotidianas y a menudo es el único que se tiene en cuenta, puesto que comparativamente pocas personas consideran el destino subsiguiente de las sumas de dinero ahorrado, más allá de la ventanilla de caja del banco o la compañía financiera. Pero es aquí justamente donde comienza la parte positiva del proceso del ahorro, para completarse lejos del campo de visión del ahorrador, cuya acción, sin embargo, ha dado el primer impulso a toda la actividad posterior: el banco recoge los ahorros de sus depositantes y los pone a disposición de la comunidad empresarial de una forma u otra –a través de préstamos hipotecarios, empréstitos a compañías ferroviarias y a otras compañías a cambios de los bonos que éstas emiten, alojamientos para gestores de negocios, etc.-, para su empleo en posteriores iniciativas productivas, que sin esa ayuda no podrían tener éxito o al menos no lo alcanzarían con la misma eficiencia.

He aquí el primer dato positivo del ahorro: si éste no existiera, no habría depósitos en el banco y, por tanto, no habría crédito para consumir ni invertir. En resumen, sin ahorro no hay inversión y sin inversión no crecen los países.

Ahora a esta idea algunos le opusieron una resistencia. A Böhm-Bawerk le decían que, si todos decidíamos ahorrar el 25% de nuestros ingresos al mismo tiempo, eso iba a restringir la demanda por bienes de consumo, haciéndonos caer en la recesión.

Y esto no solo porque cayera la demanda de bienes de consumo, sino porque la demanda de bienes de capital (aquéllos destinados a producir bienes de consumo) también iba a caer, porque: ¿para qué quiero comprar una máquina que haga zapatillas, si nadie quiere comprar zapatillas porque la gente decidió ahorrar más?

A esta acusación respondió Böhm-Bawerk de manera magistral, cuando sugirió que:

Mr. Bostedo asume, y me representa igualmente sumiendo en mi ejemplo, que el ahorro significa necesariamente una restricción en la demanda de bienes de consumo. “Ha asumido”, dice, refiriéndose a mí, “que todas las personas han restringido su demanda de bienes de consumo en una cuarta parte”. Aquí ha omitido la pequeña palabra “presentes”. El hombre que ahorra restringe su demanda de bienes de consumo presentes pero, en ninguna forma, su deseo de bienes de disfrute, en general. Esta es una proposición que, bajo un título ligeramente distinto, ya ha sido discutida repetidamente y, creo, de forma concluyente en nuestra ciencia tanto por los escritores antiguos como por la literatura contemporánea.

Los economistas están actualmente de acuerdo, pienso, en que la “abstinencia” referida al ahorro no es en realidad abstinencia absoluta, esto es, no supone renuncia definitiva a bienes de disfrute, sino, como acertadamente lo describe el Profesor Macvane, una mera “espera”

Como se observa, el ahorro es la restricción del consumo presente pero pensando en aumentar el consumo futuro. Cuando Robinson Crusoe utilizó el ahorro para construir una caña de pescar, multiplicó su capacidad de pescar en el río y se hizo, consecuentemente, mucho más rico que lo que era.

El ahorro es vital para que exista un futuro mejor y sin duda es lo que debe estimularse en el país, mucho más que pensar en fogonear el consumo o estimular el crédito con tasas subsidiadas o controles de precios.

Ahorrar es bueno. Si lo hacemos, quiere decir que ahora somos más pacientes, y podemos dar lugar a procesos de producción de mayor duración, con más pasos intermedios, y mucho más complejos. Sin ahorro no hubiera sido posible la aparición de los tractores, máquinas cosechadoras, y, por supuesto, ninguna de las innovaciones tecnológicas que hoy están revolucionando la forma en que nos comunicamos como Facebook, Twitter, Skype, Gmail, Instagram, SnapChat, etc.

Todas estas aplicaciones fueron posibles porque alguien en algún momento decidió ahorrar, y porque ese ahorro luego fue canalizado a inversión.

Bien, ahora que entendimos el verdadero rol económico del ahorro, seguramente alguno se preguntará: ¿cómo puedo ahorrar yo?

En un país con 25% de inflación promedio por los últimos 15 años, esta no es una pregunta sencilla. La inflación carcome el valor del dinero y, por tanto, se vuelve una pésima idea la de guardar los pesos en una caja o maceta.

Para dar números, en los últimos 10 años, el poder de compra del peso cayó 90%. Es decir, si en 2006 guardábamos $ 100 en una caja de ahorro, hoy tendríamos solo el 10% del poder de compra. En concreto, si con $ 100 en 2006 comprábamos 100 caramelos, en 2016 compramos solo 10.

Es claro que para ahorrar en Argentina necesitamos algo que preserve nuestro poder de compra. Ahí es donde surgen dos elementos que naturalmente hemos elegidos los argentinos: el plazo fijo y el dólar.

Un plazo fijo es un préstamo que le hacemos al banco por un período determinado de duración. Así, si hacemos un plazo fijo por un año estamos prestándole al banco dinero por un año y, a cambio de esto, el banco nos ofrece pagarnos una tasa de interés. Dicha tasa debería, por lo menos, cubrirnos de la inflación.

El dólar, en cambio, es otra moneda, pero al ser de mejor calidad que el peso, se supone que preserva el poder de compra. Si en Argentina hay inflación, el peso cae contra todos los bienes y, como el dólar es un bien más de la economía, éste también sube.

Esas son las dos alternativas tradicionales de ahorro para los argentinos. Sin embargo, tampoco fueron óptimas para preservar nuestros ahorros en los últimos años.

Los precios, como promedio, se multiplicaron en este período por nada menos que 10. El capital ajustado por la tasa de un plazo fijo, sin embargo, solo se multiplicó por 4. Al dólar no le fue mucho mejor, se multiplicó por 5, con lo que ambas alternativas quedaron pulverizadas por la inflación.2017.03.29_inflaMerval

Ahora ustedes pueden ver que en el gráfico hay un instrumento más, que se llama “MERVAL”. Eso no es otra cosa que el principal índice de la bolsa de comercio de Buenos Aires. Es la bolsa de valores, donde cotizan las acciones. También perdió contra la inflación cuando tomamos el promedio, pero sustancialmente menos.

Ahora bien, para ir cerrando: ¿qué nos dice esto hacia el futuro? Que mejor irse del país, pensarán algunos.

Les digo que no.

En primer lugar, porque no es probable que esta situación se mantenga en el tiempo. El presidente del Banco Central está comprometido con bajar la inflación, y al mismo tiempo con establecer una tasa de interés que sea positiva en términos reales. Es decir, de acá en adelante, los plazos fijos, o bien ganarán a la inflación o quedarán empatados.

Pero el segundo punto que quiero hacer es que tenemos que dejar de pensar solo en los instrumentos tradicionales. El mercado financiero, INCLUSO EL ARGENTINO, ofrece múltiples opciones, entre las que están: Letras del Banco Central, Títulos Públicos, Bonos de empresas privadas, Acciones, Fondos Comunes de Inversión, Bonos Atados a la Inflación, plazos fijos ajustados por UVA, etc.

Además, no solo hay que pensar en el mercado financiero local. El mundo ofrece una multiplicidad de opciones que tenemos que investigar.

No nos da el tiempo para entrar en todos los detalles de cada uno de estos instrumentos, pero es necesario que los tengan en claro y que, si comienza a ahorrar ahora, no dejen de investigarlos.

La lección que tenemos que llevarnos hoy es que sin ahorro no hay futuro.

Y seguido de esa gran lección anotaría tres pensamiento más.

El primero, que ahorrar es bueno para el país, porque nos permite incrementar la inversión y el consumo a largo plazo.

En segundo lugar, que es bueno para tu vida personal, porque te permite ser más próspero en los años por venir.

En tercer lugar, que el mercado financiero ofrece muchas formas muy diversas para ahorrar de manera rentable y razonablemente segura.

Es cuestión de animarse y romper con los prejuicios.

Bienvenidos al apasionante mundo de la economía y las finanzas.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

La extorsión de los piqueteros

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 15/1/17 en: http://economiaparatodos.net/la-extorsion-de-los-piqueteros/

 

El gobierno actual ha pasado del protocolo antipiquetes a negociar con los piqueteros y darles obra sociales

Lo que debía ser un subsidio transitorio para los que quedaron desocupados con la crisis del 2002 se ha transformado en una política pública de largo plazo. La cantidad de “planes sociales” y subsidios que hoy reparte alegremente el estado ha crecido en forma exponencial. A tal punto se ha transformado en una forma de vida que el gobierno se enorgullece de tener más planes sociales que los que había otorgado el kirchnerismo. Eso muestra el fracaso de la política económica dado que si el estado tiene que entregar más subsidios quiere decir que no logra generar puestos de trabajo que le permitan a la gente vivir de su esfuerzo personal. Ni siquiera el gobierno dice que son subsidios transitorios, sino que son un derecho adquirido, como sostuvo en su momento Gabriela Michetti. Que otro tenga derecho a ser mantenido por el trabajo de un tercero es un disparate mayúsculo. Es absolutamente inmoral que el estado le quite compulsivamente el fruto de su trabajo a quienes producen decentemente para repartirlo a conveniencia del gobierno de turno.

Es más, el gobierno actual ha pasado del protocolo antipiquetes a negociar con los piqueteros y darles obra social, cuenta que obviamente paga el contribuyente dando una pésima señal para terminar con esta continua extorsión de grupos que pretenden vivir a costa del trabajo ajeno o no cumpliendo las normas mínimas de convivencia. La señal que dio el gobierno fue: si me hacen un piquete, “compro” la tranquilidad en la calle pagando con plata del contribuyente.

Al reiterar este comportamiento de los piqueteros exigiendo obras sociales gratis y subsidios, los manteros exigiendo un subsidio y un lugar dónde trabajar y los contratados del CONICET exigiendo que se les renueve un contrato que había terminado pero el gobierno accedió a renovarlo, queda en evidencia que cuantas más veces ceda el gobierno ante la extorsión de los diferentes grupos, más crecerá la oferta de extorsión o la demanda de más subsidios. Como el lector quiera verlo. En otras palabras, los contribuyentes tendremos que poner dinero para pagar la cuenta de la plata que entrega el gobierno frente a todas extorsiones.

Suele argumentarse que si el gobierno no negocia con estos extorsionadores se rompe la paz social y la situación sería peor. Con este argumento lo que nos están diciendo es que el estado prefiere utilizar el monopolio de la fuerza para “robarnos” el fruto de nuestro trabajo en nombre de la solidaridad social en vez que los piqueteros nos roben directamente. O, su Ud. prefiere, el estado nos dice: dejá que te robo yo en nombre de los piqueteros que soy más pacífico.

No queda exento también el argumento que sostiene que si el gobierno establece el orden puede haber malhumor social y dar lugar a la vuelta de los k. Este argumento es extorsionar con el negro período k y decir: o se bancan lo mío o vuelven los k. Que es lo mismo que decir, vamos a hacer populismo educado para que evitar que vuelva el populismo autoritario k.

La gente quedó con traumada con la dictadura k, pero ese trauma no tiene que llevarnos pensar que hay que hacer lo mismo pero en forma en educada.

El camino a transitar consiste en desactivar el arbitraje que hacen los piqueteros. ¿Por qué voy a ir a trabajar, dirá un piquetero, si el estado le roba a otro para que me mantengan? Solo optará por ir a trabajar si se pone un límite de tiempo en el subsidio que se otorga y si la diferencia entre el subsidio y el sueldo que puede recibir por un trabajo es lo suficientemente amplia como para incentivarlo a trabajar.

El primer punto, entonces, es ponerle un límite de tiempo a los planes “sociales” que se otorgan. En segundo lugar es ir licuando los planes sociales con la inflación para que quién hoy prefiere no trabajar vea la diferencia de ingreso del subsidio y de trabajar y cambie de opinión.

Obviamente que el sistema funcionaría mucho más aceitado y aceleradamente si hubiese un plan económico global consistente que atraiga las inversiones de manera que quienes hoy cobran un subsidio no tengan excusas para no trabajar.

Personalmente viajo muy seguido al interior del país, en especial a zonas agropecuarias, y mi pregunta siempre es la misma: ¿se consigue personal para trabajar? La respuesta es: ¿la gente solo acepta trabajar en negro porque si figura en blanco pierde el plan social? Eso quiere decir que el trabajo lo tienen como una changa y el subsidio como su ingreso principal.

Por eso, no basta con decir que hay que reestablecer la cultura del trabajo si al mismo tiempo negocian con las mafias que pretenden extorsionar al gobierno con disturbios si no les dan más subsidios. Eso es inmoral e incentiva la extorsión permanente. De esas “negociaciones” solo podemos esperar más planes sociales y más sometimiento impositivo para la gente decente que trabaja y paga impuestos.

Nadie está proponiendo correrlos a palos, solo establecer nuevas reglas para que este gran negocio de los planes sociales deje de serlo.

En todo caso si hay que usar la fuerza pública para reestablecer el orden deberá apelarse a ese instrumento, caso contrario no tendría sentido otorgarle el monopolio de la fuerza al estado, salvo para que esquilme a los contribuyentes.

La corrupción fue uno de los grandes males de la era k y hay que erradicarla de lleno y la política de extorsión es una forma de corrupción. Doce años de clientelismo político exigen un eliminarlo si es que queremos en serio reestablecer la cultura del trabajo y eso exige mucha firmeza a la hora de tomar decisiones al respecto.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Si se profundiza el modelo vamos a la era de las cavernas

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 2/10/13 en: http://economiaparatodos.net/si-se-profundiza-el-modelo-vamos-a-la-era-de-las-cavernas/

Argentina es el único país en que un par de zapatillas se compra en 12 cuotas y una casa al contado

No recuerdo muy bien dónde leí una frase que pinta perfectamente la política económica del gobierno. La frase decía: “Argentina es el único país en que un par de zapatillas se compra en 12 cuotas y una casa al contado”. Esta frase me pareció una clara expresión de la política populista del gobierno, que empuja artificialmente el consumo presente por sobre el consumo sostenible de largo plazo y la inversión.

Alguna vez escribí que el aumento del consumo que veíamos era el consumo de la desesperanza, lo cual generó las típicas descalificaciones de los impresentables militantes periodistas k. Se ve que no deben hablar con los jóvenes comunes que no tienen los privilegios de ellos ni los de La Campora, porque los jóvenes, hoy en día te cuentan que ven imposible poder comprarse un departamento propio para irse a vivir solos. Ni tampoco tienen chances de alquilar. Los números no les dan para mantenerse solos. Sí les dan para vivir con los padres y “ahorrar” comprándose un auto y consumir viajando los fines de semana largo a algún lugar de vacaciones. La desesperanza es no poder tener su propia casa y se limitan a conformarse con tener un auto en cuotas. ¿Para qué ahorrar si nunca voy a llegar a poder comprar un departamento de 1 ambiente? Con lo que gano en mi trabajo no llego nunca.

Si uno mira el stock de créditos hipotecarios del sistema financiero en 1998, representaban el 27% del total de créditos al sector privado. En la actualidad representan solo el 9,6% del total. Este solo dato muestra que, salvo algunos casos muy especiales, no existe el crédito hipotecario. Y habría que ver cuánto de ese stock viene de fines de la década del 90.

¿Qué tipo de créditos al sector privado tiene hoy mayor peso? Los préstamos personales representan el 21,6% del total y el financiamiento de tarjetas de crédito el 16%.

Finalmente, el crédito al sector privado representaba el 22,5% del PIB en los 90 y ahora el 14%. El grueso del crédito es para bienes de consumo y muy bajo el destino a los créditos hipotecarios y la inversión.

¿Por qué ocurre esto? Porque el gobierno dejó sin moneda a la economía y solo hay financiamiento de corto plazo para consumo, pero el sistema financiero en particular y el mercado de capitales en general no existen para financiar créditos de largo plazo. Y no existen por dos grandes razones: a) no hay moneda y por lo tanto solo hay transacciones de corto plazo y b) destruyeron el mercado de capitales. El ahorro de la gente no se canaliza a financiar inversiones y créditos hipotecarios. Se refugia en el dólar. Otros compran autos importados a tipo de cambio subsidiado, pero nadie se queda en pesos cuyo poder de compra se derriten día a día.

Claro, Marcó del Pont y Kicillof creen que pueden sustituir el ahorro genuino (ingreso no consumido) por la impresión de billetes. Creen que el ahorro se imprime. No hace falta generarlo postergando consumo presente basta con emitir billetes y mágicamente se crea ahorro que se transforma en crédito.

Como dice mi amigo Armando Ribas, ni a Keyenes se le hubiese ocurrido aumentar el gasto público y financiarlo con emisión monetaria con un gasto público cercano al 50% y una inflación del 25%. Su receta, aunque yo no la comparta, era para tiempos de deflación y un gasto público que representaba el 10% del PBI. Ni siquiera leyeron bien a Keynes.

El dilema del gobierno es que el mercado de capitales es mínimo para financiar mucho más consumo y, encima, el Estado se mete en ese mercado de capitales desplazando al sector privado. El stock de bonos de corto plazo del BCRA (LEBACS, NOBACs y pases) es de $ 118.000 millones, casi tres veces el stock de créditos hipotecarios. Encima que el crédito es caro y escaso, el Estado se mete como un elefante en un bazar a llevarse parte del mismo.

Pero insisto, el dilema del gobierno es poder sostener el consumo de corto plazo sin que crezca el stock de ahorro genuino para financiarlo. Sin sostener ese consumo, no le queda margen para sostener la fiesta artificial. Solo podría intentarlo si continúa llenando el mercado de papeles llamados pesos generando más inflación e impactos indirectos sobre el tipo de cambio real, lo cual le pegaría en el sector externo que, por cierto, ya lo tiene bastante complicado.

Si a esto le agregamos que no hay acceso al crédito internacional o, en el mejor de los casos, hay acceso a tasas descomunales, la economía argentina vive al día. Es como si hubiésemos vuelto a la era de las economías autosuficientes y de baja productividad, donde la gente vivía de su huerta, se hacía su propia ropa y no existía el largo plazo, sino el hoy.

En síntesis, si como dice CFK vamos por 10 años más de modelo, terminaremos con una economía equivalente a la era de las cavernas. Seremos autosuficientes con el modelo de sustitución de importaciones, pero pobres porque tendremos muy pocos bienes y de baja calidad para consumir.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

El mito del gasto público para estimular la economía

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 18/8/13 en: http://economiaparatodos.net/el-mito-del-gasto-publico-para-estimular-la-economia/

Como en economía no hay magia, lo primero que hay que preguntarse es: ¿cómo se financia todo aumento del gasto?

Suele decirse que el aumento del gasto público reactiva la economía y que una baja del gasto público la deprime. A quienes defendemos la reducción del gasto nos llaman ortodoxos, los desalmados que quieren ajustar a costa del pueblo y demás adjetivos que nos descalifican como si disfrutásemos viendo a la gente sin trabajo y sumergida en la pobreza.

Veamos qué hay de cierto en las dos posturas comenzando por el aumento del gasto como “reactivante”. Como en economía no hay magia, lo primero que hay que preguntarse es: ¿cómo se financia todo aumento del gasto?

Los mecanismos de financiamiento del aumento del gasto son los siguientes:

1)    Aumento de impuestos

2)    Endeudamiento interno y externo

3)    Emisión monetaria

4)    Consumo del stock de capital

5)    Confiscaciones

Si se aumenta el gasto financiándolo con aumento de impuestos, ese aumento lo único que hace es transferir recursos de los que pagan más tributos a quienes los reciben vía el gasto. Supongamos que se grava a los sectores de mayores ingresos para transferírselos a los de menores ingresos. En principio los sectores de menores ingresos consumen más, pero los sectores de mayores ingresos invierten menos o bien ahorran menos. Al haber menos ahorro hay menos recursos para financiar inversiones y consumo, con lo cual el efecto de corto plazo es neutro. Solo aumenta el consumo de ciertos sectores a costa de más inversiones. El nivel general de demanda es el mismo, lo que cambia es la composición de la demanda. Se incrementa la demanda de bienes de consumo y se deprime la demanda de bienes de capital. El efecto de largo plazo es que las menores inversiones se traducirán en menos productividad de la economía, salarios reales más bajos en el futuro y menos puestos de trabajo. Ahora, si el gasto sigue aumentando y la presión impositiva se extiende a amplios sectores de  la sociedad, la historia muestra que la gente termina rebelándose contra los gobiernos que los esquilman impositivamente.

Imaginemos ahora que el aumento del gasto se financia con crédito interno. En ese caso, la mayor demanda de crédito por parte del sector público eleva la tasa de interés y desplaza al sector privado del mercado crediticio, con menor consumo e inversión. Nuevamente, hay más actividad por el aumento del gasto pero menos actividad por el costo crediticio más alto para invertir.

Si en vez de recurrir al ahorro interno se recurre al ahorro externo para financiar el aumento del gasto, puede haber una reactivación de corto plazo dado que se consume más utilizando el ahorro de los japoneses, alemanes o italianos, pero el efecto de largo plazo es que aumenta el gasto por mayores intereses a pagar, lo cual exigirá nuevas fuentes de financiamiento para pagar tanto los intereses como el capital. El ejemplo más claro que puede darse son los 90 cuando se financió el aumento del gasto con endeudamiento externo lo cual disparó el gasto y la deuda hasta que fue insostenible.

Si el aumento del gasto se financia con emisión monetaria, inicialmente puede generar una ilusión monetaria que lleve a más consumo, pero a medida que sube la tasa de inflación, caen los salarios reales y se contrae el consumo. El efecto de corto plazo puede ser más actividad pero en el largo plazo se entra en procesos de recesión con inflación o estancamiento con inflación. Es lo que vemos hoy día en la economía argentina. Si bien la fiesta de consumo artificial responde a varios factores adicionales (soja, crecimiento del mundo hasta la crisis del 2008, Brasil con un dólar barato etc.) la fuerte expansión monetaria para financiar el gasto está haciendo estragos en la actividad económica. Nuevamente, ilusión de consumo de corto plazo, caída de actividad en el largo plazo.

En cuarto lugar veamos el financiamiento del gasto consumiendo stock de capital. El Estado puede destinar recursos que deberían ir al mantenimiento de la infraestructura del país hacia sectores que al recibir esos recursos aumentan el consumo. En este caso no hay aumento de la actividad, solo cambia el tipo de actividad, se compran más bienes de consumo y baja la actividad en los rubros ligados al mantenimiento de rutas, trenes, sistema energético, puertos, etc. Desde el punto de vista macro, los que venden bienes de consumo festejan, los que se dedican al mantenimiento de la infraestructura ven disminuir sus ingresos, con el agravante que este mecanismo de financiamiento puede derivar en muertes como las que hemos visto en varias tragedias ferroviarias y en las rutas.

Finalmente, se puede financiar el gasto confiscando, como ocurrió con nuestros ahorros en las AFJP. Ahí si tenemos un aumento del consumo y de la actividad a costas de un sector de la sociedad que en el futuro vivirá en la miseria cuando tenga que jubilarse.

Como puede verse, no es tan cierto que el aumento del gasto público siempre incremente el nivel de actividad en el corto plazo. En unos casos solo genera cambios en el tipo de bienes que se demandan, pero la demanda global se mantiene constantes. En otros casos puede estimular la economía en el corto plazo pero con efectos contractivos en el largo.

El punto es cuando llega el largo plazo y el nivel de gasto es insostenible,  generando recesión e inflación. Llegado a este punto, a quienes sostenemos que debe bajarse el gasto público se nos acusa de ortodoxos del ajuste, cuando en realidad lo que se busca es la forma menos traumática de evitar una crisis de envergadura que le genere mayores penurias a la población.

¿Qué hizo Duhalde en el 2002? Generó una fenomenal devaluación, llamarada inflacionaria y caída del ingreso real para licuar el gasto público, pero con un costo para la población que fue infinitamente mayor a la reducción de gasto público que  en su momento había sugerido Ricardo López Murphy y fue atacado a mansalva por las medidas que había propuesto.

Obviamente que solamente bajar el gasto no sirve de nada si no está hecho en un contexto de política económica e institucional creíble que rápidamente encauce la economía hacia el crecimiento. Eso es lo que ocurrió con la devaluación del 2002. Solo cambió los precios relativos de la economía, licuaron el gasto público con la inflación pero no hubo un plan de crecimiento económico de largo plazo. Solo pudo sostenerse esa brutal devaluación porque la suerte hizo que subiera el precio de la soja y el viento de cola nos empujara en estos diez años.

Salvando las diferencias, el rodrigazo de 1975 fue un intento por solucionar el problema fiscal y de distorsión de precios relativos que había dejado José Ber Gelbard. Una vez más, creo necesario destacar que la historia ha sido injusta con Celestino Rodrigo porque fue a él al que le tocó destapar la olla a presión que le había dejado Gelbard. El error de Celestino Rodrigo fue hacerlo en un contexto político e institucional totalmente adverso, limitándose al flanco fiscal sin avanzar en otras reformas estructurales que requería la economía para ser encauzada.

En síntesis, es una ficción que el aumento del gasto público sea la panacea de la economía que mágicamente produce una explosión de actividad. En todo caso puede ser asimilada, dependiendo de la forma en que se lo financie, a drogar la economía, con el efecto desastroso que luego tiene sobre la sociedad cuando luego llega el momento de la verdad. Primero se pide más droga, pero ese exceso de dosis de droga terminan destruyendo el sistema económico y luego la cura es dolorosa.

Justamente porque es dolorosa los políticos tratan de esquivar el costo político de poner disciplina fiscal, monetaria y calidad institucional para atraer inversiones. Las cosas se van postergando hasta que, finalmente, los costos de los desatinos económicos se terminan pagando de la peor forma posible con más sufrimientos para la población.

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

Análisis de la evolución del dólar blue

Por Adrián Ravier. Publicado el 18/3/13 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/03/18/analisis-de-la-evolucion-del-dolar-blue/

 El dólar blue escaló bastante en el verano, y si bien el gobierno intervino para detenerlo, la perspectiva es que la suba seguirá. El análisis que en esta nota realizamos tiene dos planos, uno coyuntural o de corto plazo y otro de fondo o de largo plazo.

En el primero de ellos diremos que la causa de esta escalada se encuentra en la mayor demanda de dólares que los turistas necesitaron para salir del país. Dado que los dólares no se consiguen en el mercado oficial, deben recurrir al paralelo, y pagan el precio que sea por la divisa.

Esto justificó la suba continua de enero, que si bien se detuvo al comienzo de febrero -e incluso bajó-, retomó la suba unos días más tarde. Se dijo que en marzo la suba se detenía, pero la suba sigue firme, al menos en esta primera quincena, y ya alcanzó el valor de 8.05 pesos por dólar. Este análisis que recién resumimos no debe ser nuevo para el lector. Abunda en todos los medios y es el análisis sobre el cual consultores y gobierno están sacando conclusiones.

Pero este es precisamente el mayor error. Lo que debe preocupar al gobierno y a todos los argentinos, no es la escalada de corto plazo, coyuntural, de estos meses veraniegos. Lo que debe preocuparnos son las razones de fondo por las cuales la divisa que abunda en el mundo, escasea en nuestro país. Y hay tres factores, al menos, que mencionar: 1) El excesivo gasto público: una economía sana requiere financiar su nivel de gasto con impuestos. Cuando el gobierno debe imprimir moneda o tomar deuda para equilibrar las cuentas, la ciencia económica muestra que se sufren las consecuencias. La hiperinflación de los años 1980, o el hiperendeudamiento de los años 1990 son lecciones que debemos recordar; 2) La inflación: El incremento de la base monetaria en torno al 40 % que justamente permite equilibrar hoy ingresos y gastos, tiene un impacto inflacionario cercano al 30 % anual. En la medida que el impuesto inflacionario no se detenga, los argentinos no tienen más remedio que huir hacia la divisa; 3) La falta de inversión. Las tasa de crecimiento anual promedio en torno al 7 y 8 % que la economía argentina experimentó durante los últimos años es historia.

Recuperada la economía de la depresión de 2002, el desafío es atraer ahorro e inversión para expandir la frontera de posibilidades de la producción y sostener el crecimiento. El aislamiento internacional de la economía argentina no sólo ahuyenta el flujo de dólares que podría resolver el problema del dólar y la inflación, sino que además atenta contra el crecimiento económico y la generación de empleo.

El gobierno tiene una fuerte dependencia de las retenciones a las exportaciones para hacerse de divisas, conformar reservas, y poder así sostener la cotización. Una mala cosecha o una caída del precio de los commodities presionaría fuertemente sobre el dólar oficial, sobre el dólar blue y sobre la inflación. Si no se atienden los problemas de fondo, la escalada del dólar no tendrá límites.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.