HAZTE PIQUETERO Y RENOVARÁS LA FAZ DE LA TIERRA

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 8/12/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/12/hazte-piquetero-y-renovaras-la-faz-de.html

 

Que el peronismo NO es marxista es una de las más absolutas falsedades de toda la política argentina. Perón era, ante todo, un fascista mussoliniano, un dictador por convicción, que borró con todas las instituciones republicanas tradicionales porque eran, precisamente, las estructuras burguesas explotadoras contra el “pueblo” trabajador. Maquiavélica fue luego la estrategia lingüística de los peronistas de llamar fascistas a todos los que no eran peronistas. Era como si los nazis hubieran ganado la guerra y hubieran llamado antisemitas a todos los que no fueran nazis.

Que Perón no haya convertido a la Argentina en Cuba no quita nada de su marxismo. Astuto como serpiente y astuto como serpiente, estatizó todo lo que quiso y al resto, al estilo nazi, la reguló ad infinitum, convirtiéndola en la esclava del estado –esclavos muy felices la mayoría- y no estatizó directamente al campo también para llenar las arcas de un estado re-distribuidor. Al principio, claro, como en el inicio de todos los populismos, le funcionó muy bien. Luego comenzaron la inflación, el subdesarrollo, la pobreza, el crecimiento macrocefálico de Buenos Aires, las villas miseria, pero todo eso, claro, era fruto del imperialismo yanqui. Así de simple.

El sindicalismo, en medio de esto, se convirtió en un estado dentro de otro estado. Organizado hasta hoy según la Carta del Laboro de Mussolini, sus huelgas extorsivas, su capacidad de detener el país, se convirtieron en la acción directa de la clase explotada versus la clase dominante. Cuando llegan los 60 y los 70, Montoneros, ahora sí el peronismo directamente castrista, es la expresión más coherente de las semillas plantadas por el primer trabajador.

Pasados algunos acontecimientos que son de dominio público, estas profundas ideas marxistas se recrean en dos formas. Una, más incoherente, mafiosa, corrupta, negociadora, es la CGT y sus paros generales, desde 1983 hasta la fecha, con sus líderes, modelos siempre de austeridad de vida, probidad, santidad y bondad. Otra, más coherente, atomizado como células terroristas, menos negociador y esperando siempre la “represión” de las clases dominantes, son los conocidos piquetes, en rutas, calles, organismos públicos tomados o privados amenazados. Tienen su mística, sus uniformes, su relato, y dirigentes atomizados muy diferentes de los “gordos”. Se cubren la cara, portan un palo, que seguramente es un símbolo inspirado en Mahatma Gandhi, y hacen lo que saben hacer: cortan calles y avenidas enteras, producen el caos, esperan la reacción. Si, son delincuentes totales y completos, pero desde el punto de vista de una República. Para ellos, son los verdaderos representantes de la lucha de la clase dominada. Por eso desafían a todo lo que sea el Estado de Derecho: jueces, la fuerza pública, la ley.

El kirchnerismo (que como Hitler a partir del 33, utiliza las formas democráticas como una más sutil capucha que cubre su cara) los utilizó al principio a su favor. Pero luego quedaron, como debe ser, fuera de control, mientras Cristina Kirchner, Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de mayo, también estaban “fuera de control”, in a way, pero manejaban lo recursos del estado y sabían bien lo que hacían: convertirnos en una provincia del estado chavista.

El triunfo de Macri pudo haber sorprendido a algunos kirchneristas, pero no a los piqueteros. Ellos siguieron en la suya. Qué hacer con ellos es un problema político complejo. Acciones judiciales frente a obvios delitos de acción pública, tal vez, pero sus dirigentes esperan y utilizan las condenas judiciales como parte de su estrategia. Difìcil.

Pero parece que Macri ha decidido hacer con ellos lo que NO hay que hacer: negociar. NO se negocia con terroristas. Concederles sus demandas sólo les da más poder. Por supuesto, todo al estilo argentino: parece que se los quiere sindicalizar, darles planes sociales, etc. Desde el lado de ellos aceptarlo sería incoherente, pero tal vez guarden algo de las estrategias maquiavélicas del primer trabajador, del qué grande sos. El asunto es que, como bien ha explicado Nicolás Cachanosky con los elementos de la good economics, esto es un gran incentivo para que todos los grupos en busca de renta (del estado) comiencen a cortar, bloquear, intimidar, todo cuanto sea espacio público para conseguir sus demandas. Argentina coherente: no emprendas, hacete piquetero. Te vas a hacer rico. Quién sabe, tal vez los profesores de filosofía podríamos ir ensayando cómo nos quedaría una capucha y un pacífico palo en nuestras manos.

 

Como dijo Gustavo Hasperué: “…Amigo político, podés seguir aumentando el gasto e inventar nuevos impuestos; lo que no vas a poder es evitar las consecuencias. Pero quedate tranquilo; la mayoría de la gente no entiende nada y le va a echar la culpa al capitalismo y reclamará, para tu tranquilidad, más estado y más política. Eso sí, con políticos buenos…”.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

 

Impuestos y el camino a la tiranía

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 17/5/15 en: http://economiaparatodos.net/impuestos-y-el-camino-a-la-tirania/

 

La mayor carga tributaria más la “santificación” del voto son la combinación perfecta que han elegido los tiranos para apropiarse del poder

La forma de generar ingresos que tienen el sector privado y el sector público son totalmente diferentes. En el primer caso, el sector privado, si está bajo una economía de mercado en la cual tiene que competir, no puede obtener sus ingresos en forma compulsiva porque cometería un delito. En el caso del sector público la forma de obtener sus ingresos es en forma compulsiva. Utiliza el monopolio de la fuerza para extraer parte de los ingresos de la gente para financiar el gasto.

El sector privado, cuando compite, solo puede obtener sus ingresos ganándose el favor del consumidor. Tiene que producir algo de utilidad para el consumidor, pero además, en la combinación de precio y calidad que éste demande. Por el contrario, el sector público puede obtener compulsivamente sus ingresos aún sin ofrecer nada a cambio al que paga los impuestos.

Si el estado, le cobra impuestos a un sector de la sociedad para transferírselo a otro, al que paga impuestos no le da nada a cambio como en el caso del mercado. Por el contrario, lo explota impositivamente para obtener su beneficio político.

En general, los gobiernos populistas, buscan explotar impositivamente a algún sector de la sociedad que no tenga gran peso en el momento de las elecciones, para transferirle esos ingresos a amplios sectores de la sociedad de manera tal de beneficiarse con su voto.

Ya lo había advertido Bastiat en La Ley. El estado no puede hacer nada que si lo hiciese un particular constituiría un delito. Es decir, si voy con un grupo armado a quitarle parte de sus ingresos a determinado grupo de personas, eso es un robo y, en un estado de derecho, me meterían preso. Ahora, si yo logro convencer a los legisladores para que sancionen una ley por la cual el estado puede utilizar el monopolio de la fuerza para quitarle parte de su ingreso a otro grupo de personas para que me lo den a mí, eso, para los progres, es un acto de solidaridad social, cuando en realidad es solo un robo legalizado. El estado se convierte en delincuente.

El problema es que, como decía Bastiat, del delincuente común puedo defenderme, pero del estado delincuente ya es más complicado porque tiene todo el aparto de coerción y compulsión a su disposición, que debería ser utilizado para defender el derecho a la vida, la libertad y la propiedad de las personas pero se lo usa para violar los derechos que debería custodiar. Así, los gobernantes se transforman en simples delincuentes que saquean a la población en beneficio propio.

No es casualidad que los gobiernos populistas que luego devienen en tiranías, argumenten siempre que sus actos están legitimados por el voto popular. Para el populista tener la mayoría de los votos significa que no hay orden jurídico al que deban someterse. Ellos solo se someten a la “soberanía” popular. Si el pueblo los votó, entonces nadie puede oponerse. Y si se opone es un golpista. Típica deformación del sentido de las palabras del populismo y del socialismo. Tal es el grado de deliberada distorsión del sentido de las palabras que, por ejemplo, cuando existía la cortina de hierro, la Alemania Oriental, dominada por la bota comunista, se llamaba República Democrática Alemana.

En mi opinión, gente sinceramente democrática y republicana ha caído en el error de endiosar el voto. Si la gente vota a un tirano, está bien porque es la mayoría popular. Sin embargo, el voto es solo un mecanismo pacífico de elección de las personas que, transitoriamente, tendrán a su cargo la administración de la cosa pública. Pero el que es elegido para administrar, tiene que someterse al estado de derecho prestablecido. Es decir, tiene la mayoría de los votos pero no para hacer lo que quiere, sino para lo que puede y le manda el orden constitucional.

La trampa del populismo que luego deviene en tiranía, es llegar al poder por el voto, saquear impositivamente a determinados sectores de la sociedad para repartir entre amplios sectores y de esta forma asegurarse el voto de la mayoría. Una vez que tienen una mayoría importante en la legislatura y retienen el monopolio de la fuerza, entonces comienzan a cambiar el orden institucional por el que fueron elegidos e intentan darle un aspecto de legalidad a la tiranía que pretenden instalar redactando nuevas normas jurídicas que les otorgue el poder absoluto. Es decir, cambian el orden institucional al cual deben someterse, por otro por el cual someten a la población a sus caprichos y se reservan para ellos todo el poder.

Ese camino de una democracia republicana hacia la tiranía se consigue utilizando, entre otros mecanismos, el sistema impositivo. El estado comienza cobrándole a unos pocos para repartir entre muchos. Como la economía se resiente, no solo por la carga impositiva sino también por las regulaciones que suelen imponer estos gobiernos populistas y por las violaciones a los derechos de propiedad que imponen, cada vez hay menos recursos genuinos para apropiarse y eso los obliga a ampliar la base de imposición a la cual expoliar. Es decir, los obliga a cobrarles impuestos a más sectores de la sociedad, lo cual exige más controles y represión.

A medida que la economía se va achicando y cada vez hay menos recursos para confiscar con los impuestos, más sectores caen bajo el yugo estatal. Pero al mismo tiempo, mayor represión hay que aplicar para contener el descontento popular. Se hacen leyes más duras para sancionar a quienes se oponen y la represión contra el pueblo es cada vez más feroz. En ese punto la tiranía ya está instalada y normalmente es muy difícil quitársela de encima si no es con sangre derramada. Debe haber muy pocos casos en la historia del mundo en que un tirano no haya generado, primero una gran represión de los opositores y luego una amplia represión cuando la mayoría del pueblo muestra su descontento.

Todo comienza, entonces, con el aumento de impuestos en nombre de la “solidaridad social” como si los políticos tuviesen el monopolio de la solidaridad y el común de la gente fuera cretina que no le importa el prójimo. La mayor carga tributaria más la “santificación” del voto que todo lo convalidad y justifica, son la combinación perfecta que han elegido los tiranos para apropiarse del poder. A esto hay que agregarle la estupidez de la mayoría de la población que también santifica el voto, cuando en realidad lo que hay que santificar son los derechos individuales y luego vemos cómo elegimos a quienes, transitoriamente, tendrán el monopolio de la fuerza para defender los derechos individuales.

La picardía de los tiranos de “santificar” el voto y la estupidez de amplios sectores políticos y de la sociedad de hacer lo mismo, es lo que transforma la democracia republicana en gobiernos populistas que finalmente terminan en tiranías.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.