Friedrich Hayek en “La Fatal Arrogancia”: el origen de la propiedad, la libertad y la justicia

Por Martín Krause. Publicada el 4/2/17 en: http://bazar.ufm.edu/friedrich-hayek-la-fatal-arrogancia-origen-la-propiedad-la-libertad-la-justicia/

 

Con los alumnos de Economía e Instituciones vemos un capítulo del libro de Hayek “La Fatal Arrogancia”, donde trata del origen de la propiedad, la libertad y la justicia:

Nadie que valore la sociedad civilizada osará recusar la propiedad plural. La historia de una y otra están íntimamente ligadas. Henry Sumner Maine

La propiedad…, por lo tanto, es intrínsecamente inseparable de la economía humana en su modalidad social. Carl Menger

El hombre está capacitado para disfrutar de las libertades civiles en la misma medida en que esté dispuesto a contener sus apetitos, sometiéndolos a algún condicionamiento moral; lo está en la medida en que su amor por la justicia prevalece sobre su rapacidad. Edmund Burke

La libertad y el orden extenso

Establecido que, en definitiva, fueron la moral y la tradición —más que la inteligencia y la razón calculadora— las que permitieron al hombre superar su inicial estado de salvajismo, parece razonable también situar el punto de partida del proceso civilizador en las regiones costeras de Mediterráneo. Las posibilidades facilitadas por el comercio a larga distancia otorgaron ventaja relativa a aquellas comunidades que se avinieron a conceder a sus miembros la libertad de hacer uso de la información personal sobre aquellas otras en las que era el conocimiento disponible a nivel colectivo o, a lo sumo, el que se encontraba en poder de su gobernante de turno el que determinaba las actuaciones de todos. Fue, al parecer, en la región mediterránea donde por primera vez el ser humano se avino a respetar ciertos dominios privados cuya gestión se dejó a la responsabilidad del correspondiente propietario, lo que permitió establecer entre las diferentes comunidades una densa malla de relaciones comerciales. Surgió la misma al margen de los particulares criterios o veleidades de los jefes locales, al no resultar posible entonces controlar eficazmente el tráfico marítimo. Cabe recurrir a la autoridad de un respetado investigador (al que ciertamente no se puede tildar de proclive al mercado) que se ha expresado en los siguientes términos:

“El mundo greco-romano fue esencial y característicamente un mundo de propiedad privada, tratárase de unos pocos acres o del las inmensas posesiones de los emperadores y senadores romanos; era un mundo dedicado al comercio y a la manufactura privados” (Finley, 1973:29).

Tal orden, basado en la integración de muchos esfuerzos orientados al logro de una pluralidad de metas individuales, sólo devino posible sobre la base de eso que yo prefiero denominar propiedad plural, expresión acuñada por H. S. Maine y que considero más adecuada que la de “propiedad privada”. Si aquélla constituye la base de toda civilización desarrollada, correspondió en su día, al parecer, a la Grecia clásica el mérito de haber por vez primera advertido que es también intrínsecamente inseparable de la libertad individual. Los redactores de la Constitución de la antigua Creta “daban por sentado que la libertad es la más importante aportación que el Estado puede ofrecer; y precisamente por ello, y por ninguna otra razón, establecieron que las cosas perteneciesen indubitablemente a quienes las adquirieran. Por el contrario, en los regímenes en los que prevalece la esclavitud todo pertenece a los gobernantes” (Estrabón, 10, 4, 16).

Un importante aspecto de esa libertad —la posibilidad de que los individuos o subgrupos puedan dedicar sus esfuerzos a la consecución de una amplia variedad de fines, fijados en función de sus particulares conocimientos y habilidades— sólo resultó posible a partir del momento en que, aparte del plural control de los medios, pudo contarse también con otra práctica que ha sido siempre inseparable de la primera: la existencia de reconocidos mecanismos para su transmisión. Esa capacidad individual de decidir autónomamente acerca de cuál deba ser el empleo a dar determinados bienes —en función de los personales conocimientos y apetencias (o el de los del colectivo en el que el actor haya decidido libremente integrarse)— depende de que, de manera general, se acepte la existencia de ciertos dominios privados dentro de los cuales puedan los diferentes sujetos disponer las cosas a su gusto, así como de una también consensuada mecánica de transmisión a otros de tales derechos. Desde la Grecia clásica hasta nuestros días, la condición esencial a la existencia de los derechos dominicales, así como el correspondiente orden de libertad y pacífica convivencia, ha sido siempre idéntica: la existencia de un estado de derecho encarnado en una normativa de carácter general que a cualquiera permita determinar quiénes son los sujetos o entes a los que corresponde establecer lo que procede hacer con los bienes ubicados en el ámbito personal.

Respecto de ciertos bienes (por ejemplo las herramientas) debió surgir ya en fechas muy tempranas el concepto de propiedad privada. Este concepto pudo originar vínculos de unión tan fuertes que hasta hayan impedido por completo su transferencia, por lo que el utensilio en cuestión solía acompañar a su dueño hasta la tumba, cual testimonian los tholos o enterramientos de falsa bóveda del período micénico. Produciríase, en este caso, cierta identificación entre la figura del “creador” de la cosa y su “propietario legítimo”. Numerosas han sido las modalidades según las cuales ha evolucionado en el tiempo dicha idea fundamental —evolución muchas veces sin duda ligada con la leyenda, cual acontecería siglos después con la historia del rey Arturo y su espada Excalibur, relato según el cual la transferencia del arma tuvo lugar, no por aplicación de una ley establecida por los hombres, sino en virtud de una ley “superior” relacionada más bien con “los poderes”.

La extensión y refinamiento del derecho de propiedad tuvo lugar, como sugieren estos ejemplos, de manera gradual, no habiéndose alcanzado aún hoy sus estadios finales. El respeto a la propiedad no dispondría ciertamente de gran arraigo entre las bandas de cazadores y recolectores en cuyo seno cualquiera que descubriera una nueva fuente de alimentación o un más seguro refugio quedaba obligado a comunicar su hallazgo al resto de sus compañeros. Probablemente, los primeros artículos no fungibles personalmente elaborados quedarían ligados a sus creadores simplemente por el hecho de ser ellos los únicos capaces de utilizarlos. Nuevamente cabe recurrir al ejemplo del rey Arturo y su espada Excalibur, pues, aunque no fuera éste quien con sus manos la forjara, era ciertamente el único capaz de blandirla. La propiedad plural relativa a los bienes de carácter fungible debió aparecer más tarde, a medida que avanzara el proceso de debilitamiento del espíritu de solidaridad de grupo y fuera asumiendo el sujeto cada vez en mayor medida la responsabilidad de asegurar el sustento de determinados grupos de menor tamaño, tal como la unidad familiar. Fue probablemente la necesidad de disponer de una mínima unidad productiva viable lo que dio lugar a que la propiedad de la tierra pasara de colectiva a privada.

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Simetrías franquistas

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 3/8/16 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/simetrias-franquistas/

 

Hace un tiempo volvió a desatarse el odio de ERC y Podemos en el Parlamento de Cataluña contra Ciudadanos, porque este grupo rechazó “condenar el franquismo”. Una de las grandes mentiras de nuestra izquierda es que sólo el franquismo era malo, mientras que el antifranquismo era bueno. Aderezan a menudo esta mentira acusando al franquismo de golpista y de haber provocado, en solitario, la Guerra Civil. Distorsionan espectacularmente la historia con el objetivo de presentar a los enemigos del franquismo como grandes amigos de la libertad, la justicia, la paz, la tolerancia y la democracia, un fabuloso camelo que no se tiene en pie.

Pero es que para la izquierda el camelo no es un accesorio: forma parte de su misma esencia, y no puede vivir sin él. De ahí la constante propaganda que diviniza a los suyos y demoniza a los otros, incluso cuando aparentemente los elogia. Aún recuerdo cuando en los años 1980 la izquierda simulaba reconocer a Manuel Fraga, con el supuesto elogio de que había “civilizado a la derecha”. La maniobra era artera y sutil, al dar dos cosas por sentadas: en primer lugar, que la derecha era incivilizada, y, en segundo lugar, que la izquierda no requería tarea civilizadora alguna, porque ya venía civilizada de casa.

El último acto de esa mentira es la llamada memoria histórica, que ni es memoria, porque no busca recordar, ni es historia, porque no pretende analizar el dolor del pasado sino utilizarlo para promover una agenda política del presente, que sigue profundizando en la mentira. Ahora la cuestión estriba en cargarse la transición (otra herencia envenenada de Zapatero), volver a agitar el fantasma de que en la Guerra Civil perdieron los buenos, y acusar a todo el que se oponga de “facha” o franquista. De ahí viene la urgente necesidad de cambiar los nombres de las calles desde Madrid a San Roque, donde le han quitado su avenida a Castiella, o retirar el busto de José María Pemán en el Ayuntamiento de Jerez, etc.

En todo este proceso, asimismo, hay unas interesante simetrías. No me refiero a la conocida confluencia de los fascistas con la izquierda, porque cualquiera sabe que los nazis y los comunistas tenían muchos puntos en común (véase “Lenin y Hitler” aquí: http://goo.gl/Ugff21). Me refiero más concretamente al franquismo en comparación con la izquierda española actual. La regulación del comercio, que profundiza ahora la izquierda en nuestro país, es franquista, lo mismo que las licencias de los hoteles que esgrime Ada Colau en Barcelona, presumiendo de progresismo.

El cierre del comercio exterior y el proteccionismo es un terreno típico para la confraternización entre fachas y progres. Por ejemplo, en el rechazo al libre comercio, o al comercio algo más libre, entre Europa y Estados Unidos, los eurodiputados de Podemos votan siempre junto a la ultraderecha de Marine Le Pen. Hombre, dirá usted, no son iguales. No digo que lo sean, pero en su odio a la libertad se parecen bastante ¿no?

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.