La ideología económica de los argentinos

Por Carlos Newland: 

 

Argentina es un caso único de involución económica. De pertenecer a principios del Siglo XX al conjunto de países de mayor ingreso per cápita, ha ido perdiendo puestos en la carrera mundial del crecimiento y hoy en día su tamaño a nivel global se ha reducido a la mitad de su peso en 1910. Sin duda un gran responsable de esta situación ha sido un entramado regulatorio institucional perverso que ha puesto todo tipo de frenos al desarrollo de sus fuerzas productivas. En el último Índice Fraser (2018) que mide la calidad institucional económica global, Argentina aparece en el puesto 160 de 162 naciones. Sólo es superada negativamente por Libia y Venezuela. Prácticamente todas las naciones africanas tienen mejores marcos de funcionamiento que la Argentina y sin duda un anhelo de sus habitantes debiera ser algún día parecerse más al continente negro.  ¿A qué tipo de instituciones se refiere el Índice Fraser?  A las regulaciones aplicadas sobre la iniciativa privada, el respecto a la propiedad, al tamaño del gobierno y de los subsidios, el proteccionismo, la inflación y el déficit fiscal, y la presión impositiva. Puede postularse que el marco institucional argentino no es consecuencia de algún factor aleatorio y circunstancial, sino que es en gran media una consecuencia del tipo de cultura económica poseída por su población, o su ADN ideológico, como se lo ha denominado recientemente en los medios de comunicación.

Prácticamente no hay estudios de la ideología predominante en la población argentina, por el que su análisis queda limitado a opiniones o manifestaciones culturales puntuales. Un ejemplo significativo lo brinda lo que es en la práctica el segundo himno nacional argentino. El primero es el Himno Nacional de 1812, una canción patriótica entonada por el ejército revolucionario en sus acometidas contra las tropas españolas. El segundo, tan cantado como el primero, es la marcha peronista, últimamente vocalizado jovialmente en reuniones de dos principales partidos argentinos, el macrista y el kirchnerista (para llamarlos de alguna manera). Este también es un himno de guerra, pero no contra realistas, sino contra el capitalismo. Así dice en una de sus estrofas:

Por ese gran argentino
que se supo conquistar
a la gran masa del pueblo,
combatiendo al capital.

Que en 1947, cuando la composición fue interpretada por primera vez públicamente en la Casa Rosada, se enunciara tal objetivo es sorprendente. Ya para entonces existía a nivel global un gran consenso de que la acumulación de capital era un ingrediente principal para el logro del crecimiento económico y que toda nación desarrollada debía poseer un alto stock de este factor de la producción. Queda claro que el pensamiento económico de los argentinos presentaba ya entonces algunos rasgos muy particulares, los que se encarnaron de pleno en las políticas peronistas de aumento del tamaño del Estado, proteccionismo y regulación. Pero esta mentalidad no era nueva. Ya en 1928 José Ortega y Gasset marcaba que los argentinos tenían incorporada en su cultura la idea de un Estado hipertrófico y excesivo. A la vez, no vivían conectados con su contexto y realidad, sino más bien proyectados en un futuro idealizado e ilusorio.   El economista argentino contemporáneo Emilio Coni, apoyando la visión del filósofo español, aclaraba en 1930 que los argentinos eran grandes creyentes en el “Estado-Providencia”, una entidad que el ciudadano esperaba solucionara sus problemas laborales ofreciéndole empleo sin pedirle mucho a cambio. Esta valoración del Estado, unido a un cierto irrealismo, parece ofrecer las condiciones ideales para prácticas populistas de incremento de las erogaciones sin una evaluación de su financiamiento ni de su impacto a largo plazo. Y así la historia argentina destaca por un continuo déficit fiscal, y por una insoportable inflación, su contracara.  Pero podemos retroceder aún más hasta mediados del siglo XIX y evocar al pensamiento de Juan Bautista Alberdi, inspirador de la constitución de 1853. Para Alberdi el principal impedimento para el desarrollo de la Argentina -y de toda América Hispana- era la falta de apreciación social de la figura empresarial. Los héroes a los que se levantaban monumentos públicos, dedicaban obras poéticas y libros de historia eran siempre políticos o militares, quienes para este pensador eran primordialmente destructores y no creadores de riqueza. No ocurría lo mismo con los que debían ser lo verdaderos héroes, los emprendedores. Alberdi consideraba era necesario lograr un nuevo paradigma social, el del empresario desarrollador tanto de proyectos industriales como agropecuarios. Escribía en las Bases en 1852:

[l]a nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas de colonización, de navegación y de industria, a reemplazar en las costumbres del pueblo, como estímulo moral, la vanagloria militar por el honor del trabajo, el entusiasmo guerrero por el entusiasmo industrial que distingue a los países libres de la raza inglesa, el patriotismo belicoso por el patriotismo de las empresas industriales que cambian la faz estéril de nuestros desiertos en lugares poblados y animados…

Queda claro que la descripción de Alberdi o de Ortega y Gasset sigue vigente en la actualidad. El anticapitalismo imperante se asocia muy bien con la otra característica que señalaba el filósofo, una mentalidad fantasiosa y poco realista.  En particular ello explicaría el por qué en los contextos de gasto o déficit fiscal crítico se implementan planes económicos excesivamente optimistas y condenados al fracaso por los desequilibrios que causan: típicos han sido los esquemas que para contener la inflación en lugar de recortar los gastos generan una dañina revaluación de la moneda. Por otra parte, todo intento de reforma, de “achicar el gasto” sólo perdura en los primeros momentos de los gobiernos: pronto las demandas sociales aplastan tales intenciones.   Ciertamente las políticas económicas argentinas cumplen una regularidad: se reiteran situaciones de populismo que incluyen gasto público exacerbado, inflación, aumento de deuda y revaluación de la moneda, seguidas por crisis en el sector externo, en la actividad productiva y de empeoramiento de los salarios reales. Dentro de cada ciclo también se produce otra repetición: el nuevo gobierno que busca solucionar el desequilibrio generado por su predecesor repite luego de un tiempo las mismas conductas. La apreciación en 1933 del economista Luis Roque Gondra sobre la política económica del general golpista José Uriburu parece poder aplicarse a muchos otros períodos: “Como otros cómicos, seguíase representando la misma comedia demagógica momentáneamente interrumpida por (el cambio de gobierno)”. Un buen ejemplo lo relata el Ministro de Economía Alfredo Martínez de Hoz que en 1978 presentó a la Junta Militar dos alternativas para, de una vez por todas, dominar la inflación heredada del gobierno de María Estela Martínez de Perón. La primera era bajar la emisión, lo que claramente implicaba un recorte del gasto. La segunda era “pisar” el tipo de cambio, lo que traccionaría a la baja las expectativas de aumentos de precios. La segunda medida claramente no solucionaba estructuralmente el tema y sólo podía tener efectos de corto plazo. La opción de la Junta Militar en favor de la esta última opción fue, según el ministro, “contundente”. Otro caso lo ofrece el economista Ricardo López Murphy quien como ministro en 2001 propuso al presidente Fernando de la Rua un recorte del gasto, una propuesta que sería (considerando lo que ocurrió posteriormente) bastante modesta. Pero el presidente decidió reemplazarlo por Domingo Cavallo quien parecía ofrecer una salida más indolora a la crisis. Los gobernantes, ha manifestado López Murphy, tienen una propensión en situaciones críticas a escuchar diagnósticos y propuestas optimistas, que por otra parte estiman les permiten no perder su popularidad. Los primeros años del gobierno de Mauricio Macri no escapan a esta ley: en lugar de reducir el tamaño gigantesco del Estado y el altísimo déficit heredado de Cristina Kirchner, postuló en cambio que el gasto se reduciría naturalmente gracias al gran crecimiento económico propulsado por una presunta lluvia de inversiones externas. Como siempre, por tal fantasía se pagó y se está pagando un altísimo costo recesivo: entre 2018 y 2019 la caída acumulada del PBI rondará el 5%. Lentamente, pero a paso seguro, Argentina se está convirtiendo así en una economía latinoamericana más, incluso siendo superada por otras naciones otrora pobres de la región, como Chile.

Todo lo presentado es plausible, ¿pero hasta qué punto es un cuadro objetivo?  Una cuantificación de la mentalidad anticapitalista o anti mercado de la población argentina lo ofrece el Índice Global de Pensamiento Pro Mercado  (FMMI) elaborado por el que escribe estas líneas junto a Pal Czegledi y que fuera presentado en 2018 en diversas publicaciones. La materia prima de este ranking son preguntas incluidas en la Encuesta Mundial de Valores, un emprendimiento global que investiga las actitudes de la población de muchas naciones sobre diversos temas culturales, sociales, religiosos, económicos y políticos. Entre las preguntas que incluye se encuentran algunas cuyas respuestas se han tomado para caracterizar la ideología económica media nacional. Ellas incluyen opiniones sobre la valoración de la competencia, la apreciación de la iniciativa privada sobre la estatal, la idea de que todas las partes se benefician del intercambio y la necesidad de que el individuo pueda actuar con libertad en sus acciones económicas. El índice da como resultado que los países más pro capitalistas del globo son aquellos pertenecientes a la Anglósfera: Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Este grupo es seguido por naciones del Norte Europeo, como Alemania o Suecia, y por los países de la Sinósfera, como Japón, Taiwan o China. ¿Cuál es el conglomerado mundial más anticapitalista? Es Europa del Este, cuyo largo paso por el comunismo parece haber dejado una marca indeleble. ¿Y dónde está Argentina? No es sorprendente que mi nación se ubique en los últimos puestos de la tabla, compartiendo posiciones con Rusia y Ucrania. Argentina es ideológicamente como aquellas naciones educadas durante décadas en la ideología socialista anti mercado. Claro que en Argentina no fue necesaria la imposición de una indoctrinación comunista para llegar a tal estadio.

Quien escribe estas líneas pudo discutir con frecuencia tales cuestiones con su maestro Ezequiel Gallo, quien sin duda compartía plenamente el diagnostico de Ortega y Gasset y Alberdi. Y ¿cuál hubiera sido la conclusión practica o de acción de este gran historiador argentino? Posiblemente ninguna. Ezequiel era un gran creyente en la evolución social y estaba muy lejos de esperar mucho de cambios entusiastas generados por gobiernos revolucionarios. Aunque él era claramente miembro de una minoría liberal, no hubiera de ninguna manera deseado aplicar sus ideas a la fuerza o con la ayuda del Estado. Simplemente hubiera concluido que lo óptimo era, luego de escuchar al opositor ideológico, intentar convencerlo amablemente. Y el mejor convencimiento era logrado en el caso de un historiador, por mesuradas y meditadas contribuciones al conocimiento del pasado argentino y sobre las trabas que han existido a su desarrollo.

Bibliografía

CONI, Emilio. El hombre a la ofensiva. Buenos Aires, 1930.

GONDRA, L. Elementos de Economía Política. Buenos Aires: Librería La Facultad, 1933.

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “How is the pro-capitalist mentality globally distributed?Economic Affairs 2018. 38,2: pp. 240-256.-

CZEGLEDI, Pal y NEWLAND, Carlos. “Measuring Global Free Market Ideology 1990-2015” en: Gwartney et al. Economic Freedom of theWorld. 2018 Annual Report (Incluye el Ïndice Fraser).

GOMEZ, Alejandro y NEWLAND, Carlos.“Alberdi, sobre héroes y empresarios”. Cultura Económica, 2014.

ORTEGA Y GASSET, J. (1962b). “El hombre a la defensiva”. En su “Meditación del Pueblo Joven” (pp. 15- 51).  Revista de Occidente. Madrid: 1962. (Publicado inicialmente en1929).

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

¿Cómo Argentina se volvió rica?

Por Iván Carrino. Publicado el 16/5/19 en: https://contraeconomia.com/2019/05/como-argentina-se-volvio-rica/

 

En 1895, Argentina fue el país más rico del planeta.

Recientemente apareció en los medios de comunicación la noticia de que hace unos 124 años, nuestro país encabezó la lista mundial de ingreso per cápita.

¿Qué quiere decir esto? Que en 1895, de acuerdo con la medición más tradicional y establecida de la riqueza ciudadana que utilizan los economistas, Argentina era el mejor país del mundo. La riqueza promedio de un argentino fue, en ese año, superior a la de un norteamericano, un sueco, un canadiense… Bueno, superior a la de cualquier ciudadano de cualquier nación del planeta.

Conocida la novedad, no tardaron en aparecer análisis y comentarios acerca de “qué nos pasó”. Es que, claro, si alguna vez no solo estuvimos entre los países más prósperos del planeta, sino que llegamos a la cumbre máxima… ¿por qué hoy estamos en la tabla del descenso, luchando contra la pobreza, la inflación, la deuda y la decadencia?

La pregunta es interesante, pero creo que es mejor responder otra que lo es aún más. Es que, como decía Hayek, antes de entender por qué las cosas funcionan mal, debemos comprender cómo es que funcionan bien.

¿Por qué nos fue bien?

La visión liberal tradicional acerca del progreso argentino de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX le asigna una importancia crucial a las instituciones.

En efecto, Argentina desde 1853 tenía una Constitución Nacional que se comprometía a “asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

En su artículo 14, además, detallaba que todos los habitantes tenían derecho de:

Trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender.

La Constitución de 1853, inspirada por Alberdi y la Constitución de Estados Unidos, promovía la libertad económica y ponía en cabeza del estado la protección de los derechos individuales.

Esto, en palabras de los autores Acemoglu y Robinson, constituía un entramado institucional “inclusivo”, que promovió el progreso material y el avance económico.

Ahora pensándolo un poco más, ¿será esta toda la explicación?

Otra teoría

Deirdre McCloskey es Doctora en Economía por la Universidad de Harvard. Este viernes y sábado visitará Buenos Aires para dar una serie de conferencias.

McCloskey es una mujer transgénero. En 1942 nació como Donald McCloskey y vivió hasta 1995 como un hombre. Estuvo casado con una mujer por treinta años y tiene dos hijos. Sin embargo, a sus 53 años, decidió cambiar y desde entonces es conocida como Deirdre.

En cuanto a su trabajo académico, fue profesora de la Universidad de Chicago entre 1968 y 1980, y hasta el 2015 dio clases de economía, historia e inglés en la Universidad de Illinois, también en la ciudad de Chicago. McCloskey saltó a la fama recientemente por la publicación de una extensa trilogía de libros en donde busca dar respuesta precisamente a la pregunta de por qué los países son ricos.

De acuerdo con la autora, hasta el año 1800 el ciudadano promedio en el mundo vivía con el equivalente a tres dólares diarios. No obstante, hoy en los países desarrollados ese número se ha multiplicado por un factor de treinta. Es decir, hay que explicar “el gran enriquecimiento” que ocurrió en las sociedades modernas.

Y, para McCloskey, no alcanza con apelar solo a las instituciones.

Revolución Cultural

Para entender este apabullante incremento en los niveles de vida a nivel global, la autora analiza diversas teorías. Por un lado, sostiene que en la izquierda explican al crecimiento como consecuencia de la “explotación”.

Marx y Engels, por ejemplo, dirían que así como el capitalista es rico porque explota al trabajador, los países desarrollados lo son pero porque explotan a los subdesarrollados. Para ellos la economía es un juego de suma cero, donde algunos ganan, pero otros necesariamente pierden.

Obviamente esta idea es contraria a los datos. Hoy somos muchas más personas en el mundo, y hay mucho menos pobreza.

La otra explicación para este gran enriquecimiento es la que dábamos al inicio. Son las buenas instituciones, que protegen los derechos individuales, las que generan incentivos para acumular capital. Y es la acumulación de capital la que mejora la productividad y, por tanto, el ingreso de las personas.

Si bien McCloskey no va a chocar directamente con esta tesis, sí va a sostener que no es del todo suficiente. Es que, como explica Alberto Mingardi:

Ella asevera que la acumulación de capital, colocar ladrillo sobre ladrillo, no era nada nuevo. Siempre existió la prudencia, el ahorro –y la avaricia, si es el caso. Pero, en cierto momento, la acumulación varió de hacer capital para comprar villas lujosas y fincas cada vez más extensas, a financiar maquinarias y fábricas. El capital fue utilizado para suplir un flujo sin fin de novedades, para beneficio de un número siempre creciente de consumidores.

¿Qué fue lo que pasó? Básicamente, que hubo una revolución cultural. Un cambio radical, aunque lento y extendido en el tiempo, en la forma en que la comunidad veía a la actividad comercial.

La tesis de la autora, entonces, es que previo a la Revolución Industrial, hubo un cambio cultural que le dio dignidad a las actividades productivas, al comercio y a la innovación. Antes el prestigio era solo otorgado a los guerreros, los nobles o el clero. Pero En Inglaterra y Holanda durante el Siglo XVII, ese prestigio también comenzó a ser dado a los comerciantes y empresarios.

Tuvo que ocurrir esa revolución cultural, para que las instituciones cambiaran, y el liberalismo promoviera la innovación que hizo explotar las tasas de crecimiento económico mundial.

Volviendo a Casa

Si lo que dice McCloskey es cierto, y son las actitudes hacia el comercio y el trabajo empresarial lo que determina el crecimiento de los países: ¿qué puede pasar en Argentina en el futuro?

La semana pasada, el dirigente Juan Grabois atacó a MercadoLibre, tildando a la empresa más exitosa del país de “contrabando, evasión” y abuso entre otras cosas… La polémica fue grande, y desde aquí le respondimos enérgicamente.

Unos días después, salió a pedir techo para las comisiones que la empresa les cobra a sus usuarios… Ahora lo curioso es que algunos tuiteros “de derecha”, si bien críticos con Grabois, también salieron a criticar a MercadoLibre por recibir injustos beneficios del gobierno.

Mi conclusión es que en Argentina si a tu empresa le va bien, te correrán por izquierda porque explotás a la gente, o te correrán por derecha porque “seguramente” el gobierno te dio algún privilegio.

Si esta es la actitud argentina hacia el comercio y la actividad empresarial, entonces probablemente sigamos empantanados y decayendo, muy lejos de lo que alguna vez supimos ser.

PD: Deirdre McCloskey se presentará en la Universidad del CEMA este viernes 17 de mayo a las 17:30 hs., en un evento organizado conjuntamente con la Fundación Libertad. Para participar de la charla, inscribite aquí.

 

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Sigue a @ivancarrino

Una de vampiros

Por Gastón Gonda:

 

Veía hace unos días un acalorado pero entretenido debate de coyuntura económica argentina entre el brillante economista Iván Carrino y otros cuatro representantes de distintas fuerzas políticas. Digámoslo claro: cuatro ignorantes de variada gama, repartidos entre socialistas, peronistas y kirchneristas, cuyos nombres por piedad omito.

Y como el tiempo en la televisión es muy acotado, quedaron muchas cuestiones por esclarecer y profundizar, y no sorprende a nadie el hecho de que buena parte de la audiencia suele hacer sintonía con el discurso más demagogo y oportunista.

Pero algo de lo bueno empieza a dejar huella gracias a la batalla cultural que unos cuantos, como Iván, libramos todos los días, cada uno desde donde puede, sabe y quiere.

Puestos a debate, se tocan temas como el acuerdo con el FMI, la inflación y la pobreza, y se deriva en abstracciones sobre el rol del Estado. Lo de siempre. Sólo que todos, menos Iván, de espalda a los datos.

Pero los disparates que se decían en esa mesa no son nada distintos de los que balbucean los representantes de absolutamente todos los espacios políticos desde el oficialismo hasta la oposición, máxime en estos días de campaña electoral, para martirio de un número creciente de desencantados de la política, como yo.

Estos señores ignoran el fracaso de 4000 años de controles de precios, y presuponen la inflación como un fenómeno “multicausal”, ignorando la evidencia empírica sobre un problema que el mundo ya ha superado por completo, con excepción de un puñado de países que se cuentan con los dedos de una mano, entre ellos la Argentina.

Estos iletrados  nada pintorescos creen que la riqueza es un juego de suma cero, donde unos ganan si, y sólo si, otros pierden. De allí parten para planear y ejecutar la redistribución violenta de los bienes que el mercado – todos nosotros – se encargó de distribuir de manera pacífica gracias al intercambio de un valor por otro valor; trabajo, tierra, capital, conocimiento. Por tanto, por más atinados que parezcan, estos abusadores avalan  el saqueo del fruto del trabajo usando el bien común como excusa y la ley como garrote.

Estos tristes contendientes manifiestan preocupación por los pobres pero adoctrinan con ideas que llevadas a la práctica los multiplican, y que a lo largo de la historia condujeron a millones de seres humanos a la pérdida de sus libertades más básicas y a morir por inanición.

Lo hacen, en el mejor de los casos, por ignorantes. En el peor, porque enarbolando las ideas del Estado presente, la justicia social, la redistribución de la riqueza y el proteccionismo industrial, logran erigirse en “salvadores del pueblo”. Y como tal, acceden a privilegios de casta que nunca podrían conseguir si tuvieran que vender su talento al escrutinio diario del mercado. Aquel mercado conformado por personas que votan todos los días determinando – con sus elecciones siempre voluntarias – ganadores y perdedores. Quienes sirven mejor al público ven incrementados sus ingresos; quienes yerran buscarán la manera de aprender de la experiencia y sobreponerse, dando origen a un círculo virtuoso cuyo resultado total es siempre ganancia.

Aquellos desdichados que repiten los mitos empobrecedores, ignoran que el poder económico se ejerce por medios positivos, ofreciendo a los hombres una recompensa, un incentivo, un pago, un valor; mientras que el poder político es ejercido por medios negativos, por la amenaza de castigo, lesión, encarcelamiento, destrucción. Como bien manifiesta Ayn Rand, la herramienta del empresario – el buen empresario y no el prebendario que hace negocios al calor del poder político – son los valores; la herramienta del burócrata es el miedo. Y, agrego yo: la herramienta del místico es el infierno. No es casual la referencia al dinero como “estiércol del demonio” por parte del representante de Perón en la Tierra.

Vuelvo. Esto depredadores nos quieren hacer creer, en su fatal arrogancia, que saben mejor que nosotros mismos qué es lo que necesitamos y queremos. Y por tanto se empeñan en dirigir la economía y la vida de todos nosotros a fuerza de leyes y decretos, como si fuera que una simple expresión de deseos manifestado en el cuerpo de una ley es suficiente para poner de pie un aparato productivo, determinar los precios de equilibrio, y tornar “justo” al valor del salario. Siendo así,  ¡que las legislaciones sean más generosas y nos hagan ricos a todos! como expresara en numerosas oportunidades el “Alberdi contemporáneo” don Alberto Benegas Lynch (H).

Faltos de la lógica más elemental, estos artífices de la miseria no saben sumar ni restar; solo dividir. Ignoran que son las tasas de capitalización puestas al servicio del trabajo lo que hace a éste más productivo y eficiente, y por tal mejor pago. No saben que los salarios mínimos conducen al desempleo porque hay más demandantes que oferentes, afectando especialmente a los menos calificados y especializados. Y en el sentido opuesto, desconocen que los precios máximos generan escasez porque habrá más gente dispuesta a comprar que gente dispuesta a vender, lo que tienta a los burócratas a tomar medidas inmorales e inútiles como las libretas de racionamiento, las leyes de abastecimiento, o  los más recientes “Macri-tips”, con el consiguiente aumento del clientelismo y la corrupción.

Estos pobres de espíritu desconocen los beneficios de la especialización, gracias a las ventajas comparativas diferentes entre los que realizan un intercambio. Ignoran que cuanto más libre es el comercio, más prosperamos, especialmente los eslabones más pobres, al contrario del cacareado mito de la posición dominante.

Pero estos relatos ya desterrados en gran parte del mundo civilizado no serían posibles si una parte mayoritaria de la sociedad no avalara por acción u omisión estos dislates. Los desprevenidos, los desentendidos, los voluntaristas, los mal-aprendidos, y toda la gama de desorientados que repiten las consignas del fracaso son muy fáciles de identificar: son todos aquellos que no conciben a las ideas de la libertad como el motor para el progreso humano.

El padrón electoral argentino representa el número exacto de esclavos que, en lugar de procurar su propia libertad, quieren seguir en esa condición. Esto es así porque en su perturbación no logran unir las causas con las consecuencias de la decadencia, y por tanto demandan más fuego para combatir al incendio. Están enamorados de sus secuestradores, padecen el Síndrome de Estocolmo.

Los pusilánimes son incapaces de pararse sobre sus propios pies; el viento populista los arremolina a todos juntos y quedan a merced de cuanto demagogo les endulza el oído para seguir vejándolos, uno tras otro, cada dos o cuatro años.

Sobre todo, estos desprovistos de carácter ignoran la naturaleza humana y su enorme potencialidad. Tienen una predisposición psicopatológica hacia la envidia, la victimización y el resentimiento.

Frente al avanzado, al desarrollado, al estudioso, al genio, al talentoso, muestran envidia y por tal lo odian, no por sus defectos sino por sus virtudes. Uno envidia aquello que nunca va a conseguir. Uno cela aquello que tiene y teme perder. Uno emula o imita aquello que admira y sabe que puede conseguir. Y si no lo logra, al menos habrá emprendido el camino de la superación, aportando lo mejor de sí.

Faltos de razón, propósito y autoestima, los cómplices de los saqueadores son sombríos y tristes. Pero siempre pueden redimirse: no conozco ningún liberal que se haya vuelto socialista; pero sí unos cuantos de estos últimos que descubrieron el valor del respeto a los proyectos de vida de sus hermanos. Son vampiros que ya no chupan sangre; sino que “a su pesar reconocieron el buen sabor del agua mansa”.

Nunca es tarde. Seamos libres.

 

Gastón Gonda es Licenciado en Administración de Empresas de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Tucumán, MBA ESEADE. Head of Financial Planning & Analysis en Avery Dennison LA. Difunde sus ideas como @GastonGonda

Mauricio Macri, el hacedor de pobreza en Argentina

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 1/4/19 en: https://www.ambito.com/mauricio-macri-el-hacedor-pobreza-argentina-n5023876?fbclid=IwAR3KH7tAs2r38k42SulGeCPZeKZ3RfpqaMs3aWiwvFmcamZwn2pLLjqq04o

 

Mauricio Macri, el hacedor de pobreza en Argentina

Del Congreso Internacional de la Lengua Española, en particular de la charla sobre inteligencia artificial de José María Álvarez-Pallete, surge que los cambios culturales serán radicales en las próximas décadas y, quizás, ya nadie se interese por los presidentes de gobiernos. Pero si acaso recordarán a Macri, no extrañaría que fuera por lograr un nivel de pobreza con casi el 50% de los niños en esa situación.

Veamos el mercado financiero. El nuevo S&P Merval, que sólo considera empresas locales, pasa a ser un índice claro de lo que sucede en Argentina. Mientras que en el primer trimestre del año el S&P500 ganó 13% y el Nasdaq 16,5%, como anticipé el año pasado -y lo sostuve contra la opinión de muchos operadores cuando la Bolsa en enero subía 20% en dólares-, el S&P Merval ya está debajo de los valores de 2018 en términos reales: en 2019 sube 10,5% contra 14% el dólar y 12% la inflación.

Y va para peor; de hecho, marzo fue el peor mes y el S&P Merval cayó 2,93% cuando el dólar ganó casi 12%. Los bonos en dólares bajaron 3% en promedio, y en el tramo pesos cayeron casi 3% en promedio para los ajustables por CER, y leves alzas para el resto. Los ADR en Wall Street terminaron con mayoría de bajas. Por su parte, la tasa de interés de los plazos fijos apenas superó el 3%, perdiendo contra la inflación -3,5%- y el dólar. Hasta el carry trade resultó negativo; por caso, los retornos en pesos alcanzaron 3,3% para las Lecap.

Así, la mejor inversión es comprar dólares y tenerlos sin producir. O sea que Argentina se desinvertirá porque la rentabilidad de la economía del peso -dados los impuestos, la inflación y las altas tasas- es negativa. En otras palabras, el PBI caerá -contra todos los pronósticos que dicen que en 2020 crecerá- con el modelo que Macri viene implementando desde hace 14 años -ya en la CABA- de aumento del peso estatal sobre los ciudadanos -el mercado- que producen.

Los políticos llegan al absurdo de malversar la ciencia de la lógica. Por caso, el dolor -físico o psicológico- es una advertencia -del cuerpo o la mente- de que estamos errando y debemos corregirnos. Al acercamos al fuego, sentiremos una molestia, una advertencia del cuerpo para no acercarnos más so pena de dañarnos. La función del dolor es precisamente advertir un daño potencial mayor.

Yendo entonces a la política, cuando nos proponen un “ajuste doloroso” -que, supuestamente, nos llevaría al bien – debemos rechazarlo y denunciar la violación de las leyes de la lógica. “Tienen que aguantar, yo estoy convencido de lo que hago”, dijo Macri. Deberían explicarle que, precisamente, en un mercado libre lo que importa es, para cada persona, su propia opinión y no la de un líder mesiánico.

¿Por qué crece la pobreza? Porque crece el modo coactivo en que el Estado retira recursos del mercado. Impuestos, inflación y endeudamiento/tasas altas. Y toda coacción perjudica más a los más vulnerables. La inflación -el exceso de emisión para solventar gastos estatales- resulta peor para los más modestos, por caso, los precios de los alimentos y servicios básicos subieron en febrero 5,1%, frente al 3,8% general.

Mientras que las tasas de interés hacen inaccesible el crédito a los más humildes, según LCG, la pobreza cero se conseguiría con una transferencia extra, de recursos en manos del Estado, por $244.000 M anuales a los 2,1 M de hogares pobres, o sea, aumentar el gasto social en 1,7% del PBI cuando el FMI autoriza sólo 0,3%.

Ahora, estos recursos son coactivamente retirados del mercado, particularmente de los más pobres -los empresarios, pagan los impuestos subiendo precios, bajando salarios, etc.- luego filtrados por una burocracia que se queda con buena parte, devolviéndose en asistencialismo bastante menos.

Cuenta Matías Di Santi que, según OJF, la población pobre pasó del 8% en 1980 al 16% en 1985. En 1989 eran 39,8% y, en 1990, 41,3%. De acuerdo con los primeros datos del Indec, para el Gran Buenos Aires (GBA), a fines de 1989 la pobreza llegaba al 47,3%, y para mayo de 1995 baja al 22,2%. En octubre de 1999, sube al 26,7% y dos años más tarde alcanza el 35,4%, para llegar en mayo de 2002 al 49,7% y un año más adelante toca el récord de 51,7% en el GBA, según el Indec que en ese 2003 comenzó a medir en 31 centros urbanos encontrando una tasa del 47,8%.

Antes de su intervención, el Indec mide 26,9% para el segundo semestre de 2006. Según Cedlas, bajó de 37% a fines de 2007 a 30% a principios de 2015. Luego, a mediados de 2016, la pobreza subió al 31,4%. Con el Indec normalizado, en el segundo trimestre de 2016 alcanzaba al 32,2%. En 2018, llegó a 32%, 6 pp más respecto del segundo semestre de 2017 (25,7%) y la cantidad de niños pobres -de 0 a 14 años- aumentó de 39,7% en 2017 a 46,5% en 2018.

Macri ha dicho que seguirá el mismo modelo -de aumento de la exacción coactiva al mercado- pero más rápido, es decir, crear pobreza a un ritmo más rápido que los 6 pp anuales. Así, dos años antes de que acabe su hipotético segundo mandato romperá el récord de 50%.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Liberalismo no es Ajuste

Por Iván Carrino. Publicado el 10/2/18 en: http://www.ivancarrino.com/liberalismo-no-es-ajuste/

 

La libertad económica es, por definición, expansiva de la creatividad y el emprendimiento humano.

A menudo, en los debates sobre economía y política, se acusa a los liberales de querer “ajustar a la gente”.

Hay que reconocerlo.  Tal vez algo de responsabilidad tenemos, puesto que si estamos analizando las cuentas públicas y, por ejemplo, éstas tienen un agujero, decimos que hay un “desajuste” que debe ser “ajustado”.

En este sentido, igualmente, la palabra ajuste no tiene nada de malo. Es que, simplemente, si venís por un camino que te va a hacer terminar mal, tenés que corregir, ajustar.

Ajustar una tuerca no es malo en sí mismo. De hecho, puede prevenir accidentes fatales: ¿cuál sería el problema?

Pero lo que los supuestos campeones de los pobres y abanderados de los trabajadores quieren decir cuando asocian liberalismo (o, peor aún, “neoliberalismo”) con ajuste, es que nosotros queremos “ajustar a los trabajadores”, que caiga el salario, que suba el desempleo, que “quede la gente afuera, pero con los números bien cerrados”.

Dentro de esta retórica, el neoliberalismo es el enemigo del pueblo, mientras que el populismo, el socialismo y el estado de bienestar son los verdaderos héroes de la sensibilidad social.

Contradicción en términos

Hecho el mea culpa sobre el uso de la palabra ajuste por parte de los economistas, queda claro que hay dos sentidos del término. Uno referido a corregir desequilibrios,  y otro referido a empeorar la calidad de vida de la gente.

En este último sentido, liberalismo y ajuste son claramente antónimos. Es decir, lo exactamente opuesto, por definición.

Piénsese en lo que quiere decir liberalismo. Liberalismo viene de libertad, así que implica que la gente es libre de perseguir sus sueños, sin ser coaccionada por terceros. En el ámbito de la economía, esa libertad es la que genera los incentivos para emprender, producir más y aumentar la riqueza.

La libertad está íntimamente relacionada con la propiedad privada. Y cuando la propiedad privada se respeta, los empresarios se lanzan a invertir, crear negocios y empresas que ofrecen bienes y servicios. Si éstos satisfacen las necesidades de los consumidores, los empresarios están creando riqueza.

Por si esto fuera poco, como efecto colateral, aumenta la demanda de trabajadores. Finalmente, mayor producción y mayor demanda de empleo suben los salarios en términos reales.

Lo que digo no es un cuento de hadas o una mera gimnasia mental. De acuerdo con la última publicación del Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage, los países más libres del mundo tienen un PBI per cápita 7,5 veces mayor al de los países considerados “reprimidos”, categoría en la que Argentina estuvo hasta hace poco.

Gráfico 1. PBI per cápita y Libertad Económica

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Fuente: 2018 Index of Economic Freedom – The Heritage Foundation

Uno podría argumentar que el PBI per cápita es una medida no del todo indicativa del bienestar de una sociedad y que, por tanto, la relación no es tan asombrosa.

Sin embargo, la libertad económica no solo está correlacionada con el PBI per cápita, sino también con el Índice de Desarrollo Humano, de la ONU (los países más libres tienen un promedio de 0,93 puntos vs. Un 0,57 de los países reprimidos).

Además, los países que más medidas toman para incrementar la libertad de crear y emprender de sus ciudadanos, bajando impuestos, trabas y distorsiones, son los que terminan creciendo más rápido, algo que se relaciona directamente con la caída de la pobreza.

Gráfico 2. Mejoras en libertad económica y tasa de crecimiento per cápita.

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Fuente: 2018 Index of Economic Freedom – The Heritage Foundation

Vistos estos datos: ¿cómo se puede hablar de liberalismo como sinónimo de ajuste? La libertad económica es todo lo contrario a ajustar a los trabajadores.

Es el ingrediente necesario para aumentar la iniciativa empresarial, fomentar el crecimiento económico, y así aumentar los salarios y reducir la pobreza.

Ajuste es el populismo

Habiendo dejado claro que liberalismo no tiene nada que ver con “ajuste”, en el sentido de reducir el salario de los trabajadores, veamos qué es lo que verdaderamente causa eso.

Es acá donde nos encontramos con otra cosa muy distinta: el populismo.

A fines del a década del ’80, dos académicos de prestigio internacional recopilaron numerosas experiencias de países latinoamericanos, para un estudio que llamaron “El Populismo Macroeconómico en América Latina”.

Para Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards, el populismo macroeconómico, mediante el uso de “políticas fiscales y crediticias expansivas (…) destaca el crecimiento y la redistribución del ingreso” al tiempo que “menosprecia los riesgos de la inflación y el financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas ajenas al mercado”.

Léase, políticas insostenibles que, a mediano o largo plazo, generan distorsiones tales que alejan la inversión y eliminan los incentivos para emprender, producir y crecer.

Los datos recopilados por los autores y el equipo que comandaron son contundentes.

Gráfico 3. Salario Real en Chile (1967-1977).

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Fuente: Fuente: Macroeconomic Populism in Latin America. NBER Working Paper No. 2986

Gráfico 4. Salario Real en Perú (1980-1989)

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Fuente: Macroeconomic Populism in Latin America. NBER Working Paper No. 2986

El populismo destaca el corto plazo por encima del largo. Así, lleva adelante políticas totalmente desaconsejadas, como el déficit fiscal, la inflación, el control de precios,  el aumento de las regulaciones… Todo eso puede generar una ilusión de bienestar en un primer momento, como se observa en los gráficos anteriores, pero el final es cantado.

Para Edwards y Dornbusch, una fase inevitable del populismo macroeconómico es la de la estabilización ortodoxa, donde la realidad sale a la luz, el salario real cae, la inflación salta y la economía entra en recesión.

Obviamente, si la estabilización es exitosa, y el populismo se abandona, el país vuelve a crecer.

La Argentina de los últimos años es un caso claro de populismo. Es que si bien hubo  años de “crecimiento a tasas chinas”, dado que éstos estuvieron impulsados por expansionismo fiscal y monetario, llegó un día que la nafta se acabó y hubo que reconocer la realidad.

Tras años de alta inflación, déficit fiscal creciente, controles precios, de tarifas y del tipo de cambio, la inviabilidad de “el modelo” quedó expuesta. Obviamente, los salarios cayeron y los trabajadores se vieron ajustados.

¿Pero quién tuvo la culpa? ¿El que “prendió la luz y levantó la alfombra”, o el que venía intentando fracasadamente ocultar la realidad?

Gráfico 5. Salario Real Privado en Argentina (2013-2017)

liber5 Fuente: Ministerio de Trabajo e IPCBA.

En 2014, cuando aún gobernaba el kirchnerismo, el salario real llegó a caer 8,9% anual. En 2016, con el nuevo gobierno en funciones, éste volvió a caer, hasta 10,8%.

El ajuste contra los trabajadores no es responsabilidad del liberalismo, sino del populismo. Allí donde los países son más libres, la economía crece más y el ingreso de las personas es el más elevado de todos.

Pero donde rige el populismo, los salarios crecen a corto plazo, pero a costa de desplomarse a mediano-largo, producto de la inflación, el consumo de capital y la fuga de la inversión.

Por una vez, pongamos las cosas en su lugar. Liberalismo no es ajuste, ajuste es el populismo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

El valor del pensamiento crítico

Por Enrique Aguilar: Publicado el 3/7/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2039159-el-valor-del-pensamiento-critico

 

En  1993 Giovanni Sartori publicó un pequeño libro titulado La democracia después del comunismo, que concibió como apéndice de su célebre teoría de la democracia. Se refería allí a algunos de los problemas que minan las democracias contemporáneas, entre los cuales mencionaba el “ideologismo”, entendido como un modo de silenciar el pensamiento ajeno mediante epítetos descalificadores que el ideólogo atribuye al que no concuerda con su opinión. “Quien no está conmigo está contra mí, y quien está contra mí es, según los casos, fascista, reaccionario, capitalista, elitista, racista, etc.” De esta forma, “el epíteto sustituye el argumento” y el disidente se convierte en el enemigo condigno de ser tratado como tal.

La afirmación parece hecha para nosotros y nuestros acostumbrados enfrentamientos, que en los últimos lustros se vieron exacerbados por una retórica que probablemente se propagó por contagio. “Sos un kirchnerista resentido”, le espetaron a un amigo mío, fiel votante de Pro, por haber cuestionado en una red social el estado de la ciudad de Buenos Aires (que algunos vemos sucia, indefensa e intransitable) y un incremento del ABL en un porcentaje muy superior a la inflación proyectada. Nuevamente, la violencia verbal, el epíteto que estigmatiza sustituye el argumento.

Otros no llegan a tanto. Pero para conjurar el escepticismo se apresuran a decir: “Es cierto, hay muchas cosas para señalar, pero esperemos a que pasen las elecciones. Lo importante ahora es evitar que vuelvan…”. En buen romance, abstengámonos de “fogonear” a los indecisos para no comprometer el triunfo de Cambiemos. ¿No será contraproducente? ¿No será que al callar contribuimos, indirectamente, a que el Gobierno se cierre sobre sí mismo y confunda, en épocas de electorados “flotantes” y sin preferencias partidarias, un voto de confianza con una forma más genuina de adhesión? ¿No es un signo de madurez política que un ciudadano haga valer su independencia en lugar de prestarse a un proselitismo que lo incomoda?

En verdad, no parece sensato pretender que quienes suscribimos el cambio resignemos nuestro derecho a discrepar olvidándonos por unos meses de la pobreza, la inflación, las promesas incumplidas, los pronósticos errados, la inseguridad, el narcotráfico, la “tragedia educativa”, la insoportable presión fiscal o las sospechas de corrupción cajoneadas por un sector del Poder Judicial que actúa menos como guardián de la Constitución que como garante de la impunidad. Males heredados, sin duda. ¿Quién podría negarlo como no sea desde la hipocresía? ¿Acaso cabe endilgar a Macri el país saqueado que recibió, la existencia de un Estado omnívoro o la inacción de la justicia federal que tanto nos escandaliza? Sin embargo, resulta asimismo indudable que algunos de esos males se han visto agravados en el último año y medio, afectando principalmente a quienes ya no cabe demandar sacrificio alguno mientras el ajuste recae, como siempre, en el sector productivo, los cargos públicos sobreabundan y los legisladores, con un agudo sentido de la oportunidad, incrementan sus dietas.

Al releer aquellas páginas de Sartori, recordé otras de Octavio Paz relativas al valor del pensamiento crítico que lleva al inconformista a reconocer en su soledad más bien una bendición que una condena. Si las divergencias, afirmaba Paz, constituyen un “signo de salud intelectual y moral”, la uniformidad y la ausencia de discusión pública ocasionan “la muerte del espíritu, la petrificación del pensamiento”. También nos exhortaba a recordar que, tanto en el dominio del arte como en el de la política, el resurgimiento de la imaginación “siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica”, que, como un “ácido benefactor”, disuelve las falsas imágenes. La crítica, continuaba Paz, “no es el sueño, pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones […], es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo”.

Tal vez algunos confíen en que a una mayoría de argentinos nos unirá el espanto. Es probable. Entretanto, que se alcen voces críticas en el seno mismo de un electorado que apostó, esperanzado, al cambio no es hacerles el juego a la oposición ni a quienes desde su sectarismo ideológico distorsionan el pasado para que luzca mejor en el presente. Tampoco se trata de desdeñar los logros alcanzados, sino de contribuir, modestamente, a extirpar los fanatismos. Vista así la crítica, ese “ácido benefactor”, mientras sea de veras bienintencionada y no programática, quizá sea también, como pensaba Paz, “una forma libre de compromiso”.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Ex Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM. Es autor de libros sobre Ortega y Gasset y Tocqueville, y de artículos sobre actualidad política argentina.

Guía Para Entender la Transición

Por Iván Carrino. Publicado el 6/4/16 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2016/04/06/guia-para-entender-la-transicion/#.VwVBzb7hQwY.

 

Nunca fui kirchnerista. Tampoco soy macrista. Soy analista económico de la empresa independiente Inversor Global, especializada en economía, finanzas e inversiones.

Como parte de mi trabajo me dedico a seguir, día a día, la evolución de la coyuntura de la economía nacional e internacional.

Lamentablemente, tengo que decir que lo que estoy viendo hoy es el intento de parte de la clase política de estafar fenomenalmente a todos los argentinos.

En concreto, me da la sensación que algunos quieren hacernos creer que antes del 10 de diciembre de 2015, Argentina era simplemente la versión boreal de Disneylandia.

Que todos los problemas de nuestro país, como la inflación, la suba del dólar, de las tarifas y hasta del precio del kilo de asado, comenzaron a ser un problema cuando asumió la presidencia Mauricio Macri.

No niego que estemos viviendo momentos complicados, pero sí me rebelo, y llamo a todos a rebelarse conmigo, contra la idea de que el responsable de todos los problemas sea el nuevo gobierno.

De hecho tampoco comparto que la nueva gestión implique un cambio de 180 grados respecto de la anterior. Después de todo, el gobierno sigue siendo dueño de numerosas empresas, está a cargo de las jubilaciones de todos los argentinos y tiene sus dudas respecto de las bondades de los ajustes en el gasto público y la apertura económica.

Pero al margen de que no estemos frente a un giro rotundo de la política económica, lo cierto es que los cambios que efectivamente sí se han llevado a cabo trajeron aparejados todo tipo de cuestionamientos, críticas y hasta pedidos de renuncia en helicóptero.

El presente libro digital se ha compaginado con el objetivo de ayudarnos a entender el momento de transición que atraviesa la economía argentina, de manera de asignar mejor las responsabilidades por los problemas actuales.

¿Por qué se aceleró la inflación? ¿Por qué sube la carne? ¿Quién es el culpable del salto en los precios? ¿Qué hacer con las tarifas de servicios públicos? ¿Es cierto que el nuevo gobierno incrementó la pobreza? ¿De qué se trata la pesada herencia recibida? ¿Volverá a crecer la economía en el futuro reduciendo la pobreza?

En cada uno de los capítulos de este trabajo, encontrará las respuestas a estas preguntas. La conclusión es que luego de 12 años de populismo, es poca la responsabilidad que recae sobre quienes, a 100 días de asumir, están intentando cambiar el rumbo.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.