IGLESIA ACTUAL: UN INÚTIL DIAGNÓSTICO Y SÓLO UNA ESPERANZA.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 13/9/15 en http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/09/iglesia-actual-un-inutil-diagnostico-y.html

 

Estamos a pocos días de que el Cardenal Burke agarre a Francisco de su pontificia sotana y le tire un puñetazo al estilo John Wayne, y que Francisco le responda tirándole un bandoneón por la cabeza. No, claro, así no va a pasar: las internas de la Iglesia tienen aspectos menos visibles pero sí más profundos.

Creo que muchos asistimos a la situación actual con cierta perplejidad. ¿Qué está pasando? ¿Es Francisco el revolucionario total? ¿Es él mismo un Concilio Vaticano III? ¿Cambiarán aspectos de la doctrina que hasta ahora se consideraban esenciales? Y en ese caso, ¿qué hacer?

Y, por supuesto, no nos estamos refiriendo a temas totalmente contingentes a los cuales Francisco, como Sumo Pontìfice, tiene todo el derecho de modificar, sean los trámites de nulidad, o la delegación del perdón del aborto a presbíteros diocesanos, etc. La cuestión es, ante otros debates que Francisco ha dejado aflorar (¿y está mal?), hasta dónde van a llegar ciertos otros temas.

De modo comprensible, muchos han tomado posición absoluta pro-Francisco o anti-Francisco y lo dicen abiertamente, ya sean importantes cardenales o laicos. La imagen es el ruido. Un ruido ensordecedor, una pelea pública como no la había habido en mucho tiempo –en una Iglesia en la cual no es fácil canalizar los disensos internos- ante el cual, en cualquier caso, sea una voz importante o una voz irrelevante, el resultado es más ruido y nada más. En ese sentido el panorama es desalentador también. Dan ganas de hacer silencio, esperar y…. Nunca mejor dicho, que sea lo que Dios quiera y luego seguir la propia conciencia en medio de la mayor perplejidad y desolación intelectual y moral.

Por ende, ¿qué hago yo escribiendo esto? No sé. Asumo la contradicción existencial en primer lugar. Debe ser un hábito de intento desesperado y fútil de poner orden con el pensamiento.

El asunto es, claro, que todo esto no pasó de un día para el otro. No estaba todo bien, en calma, y de repente Francisco se puso a hacer lío como le gusta. Creo que es necesario un diagnóstico. (De vuelta: ¿para qué miércoles sirve que yo me ponga a diagnosticar? Ni idea).

Cuando Benedicto XVI asumió su pontificado, uno de sus discursos programáticos fue el 22 de Diciembre de 2005, sobre el Concilio Vaticano II. Intentó poner las cosas en su lugar.

¿En qué lugar? Ah, esa es la cuestión.

A partir de Gregorio XVI y Pío IX, el magisterio asume ante la modernidad una posición de rechazo casi total, y decimos casi sólo porque personas como Dupanloup se salvaron por milagro –o sea, un misterio en la mente de Pío IX- de la guillotina magisterial. Pero igual, esa puertita que quedó abierta fue casi nada, excepto un casi nulo refugio donde algunas pocas personas se sentaban a tomar aire. Por lo demás, la Iglesia se cerró como una estación espacial. Afuera, en el espacio, pasaban los asteroides del mundo iluminista y moderno, que, claro, no eran lo mismo, pero el discernimiento no era posible dentro de la estación. Los intentos de asimilar lo bueno de la modernidad fueron callados de un hondazo (Rosmini) y los demás quedaron en una relativa soledad que el moderado León XIII supo respetar.

Así las cosas, durante décadas, la estación se llenaba de dióxido de carbono pero afuera también. Afuera, las ondas electromagnéticas eran muchas. Estaban los católicos que seguían asumiendo las cosas buenas de la modernidad –los derechos personales, la sana laicidad, la libertad religiosa, una democracia cristiana-. Durante mucho tiempo se los echó a galaxias distantes pero Pío XII, finalmente, les abrió algunas puertitas.

Eso, as su vez, se mezclaba con lo peor de la secularización del iluminismo. O sea, el divorcio entre razón y fe. La fe comenzó a ser cada vez más un bello adorno en una bella e inútil estantería y finalmente una fe sin importancia real se filtra en los viejos muros de la nave. En realidad, para casi nadie, creyentes o no, la fe importaba. No es cuestión de estadísticas. Como horizonte cultural, la Trinidad, la Encarnación, el Pecado Original, la Redención, el perdón, se seguían declamando y repitiendo por los creyentes pero lo que importaba, realmente, eran otras cosas. Eso es lo esencial del inmanentismo del iluminismo. Los temas sociales tomaron la delantera y lo bueno de la modernidad se mezcló con dicho inmanentismo.

Esto intenta explicar por qué, en los 50 y los 60, incluso dentro de la Iglesia, los temas de moral sexual comenzaron a ser los más discutidos. Que el sexo sea, para los creyentes, algo sagrado, que está por ende elevado a un sacramento, se entiende desde la Fe. Con un acompañamiento en la razón, claro, en un “creo para entender y en un entiendo para creer”, pero no en una ley natural racionalista que muchos católicos blandían contra el mundo perverso. Lo que quiero decir es: no es casualidad que junto con los buenos recordatorios del Vaticano II, esos a los cuales Pío XII había abierto las puertas, se comenzara a vivir en la Iglesia un ambiente donde el modo de hacer teología fuera una fe sin razón (1) que conduce a una fe sin importancia donde, a su vez, los temas de moral sexual, al dejar de ser vistos desde la Fe, comienzan a ser vistos como muy escandalosos: imposibles para los creyentes y ultraridículos para los no creyentes. Que los temas más debatidos actualmente, dentro y fuera de la Iglesia, sean los que tienen que ver con lo sexual, es fruto del divorcio entre razón y fe, fuera de la Iglesia Católica por supuesto, pero dentro de la Iglesia, también.

Pero, como dijimos, los temas sociales habían tomado la delantera, como los que verdaderamente importaban, y además Marx penetró en la Iglesia desde el mismo momento donde importantes creyentes se acostumbraron a tomar la teoría de la explotación laboral como “lo bueno de Marx”. Por consiguienteotro asteroide golpea a la estación y la penetra de un modo singular. La teología marxista de la liberación, desde los 60 hasta hoy, es imparable. Pablo VI no supo hacer nada y luego JP II y Ratzinger tratan de frenarla. Se ponen heroicamente delante de la locomotora y son sencillamente pasados por encima. Todo inútil.

Ante este panorama, algunos católicos, que comienzan a ser llamados conservadores pero SIN de ningún modo estar alineados con Lefevbre –la reacción contraria- se sienten bien mientras JP II y Ratzinger, solos, hacen de superman. Todas sus encíclicas y documentos tratan de poner orden, de frenar los asteroides, pero la mayoría de los tripulantes de la nave maltrecha están ya en otra cosa, el fuselaje hace agua por todos lados pero como los capitanes resisten, aparentemente no pasa nada. Aparentemente. La mayoría de teólogos, sacerdotes y católicos practicantes europeos y etc. hacen caso omiso de la mayor parte de esos documentos y, mientras tanto, las Conferencias Episcopales latinoamericanas se constituyen en un magisterio paralelo. JP II intenta frenarlo en 1979 pero todo es inútil. El documento de 1984, también. Las hipótesis ad hoc no se hacen esperar, y versiones más moderadas se escriben en Sto Domingo y Aparecida, y de esta última Bergoglio es el principal redactor. Pero claro, mientras Benedicto XVI resistía las millones de toneladas sobre su cabeza, algunos pensaban que estaba todo bien. Pero no. Al final se quebró y todo lo que sigue es donde estamos hoy.

Sólo la indefectibilidad de la Iglesia, la Fe en que las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella, es la esperanza.

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(1) O sea, sin la lectura directa de Santo Tomás de Aquino como teólogo.

 

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

GUIA PERPLEJA DE LOS CATÓLICOS PERPLEJOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 31/5/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/05/guia-perpleja-de-los-catolicos-perplejos_31.html

 

Durante el Concilio Vaticano II –de cuya correcta interpretación ya hemos hablado- había un aire de optimismo en gran parte de la Iglesia sobre sus relaciones con el mundo moderno. Una gran parte de malentendidos parecían haberse aclarado y la Iglesia parecía haber vuelto a sus tradiciones más profundas al mismo tiempo que se deshacía de adherencias históricas contingentes.

Sin embargo, lo que pasó en Irlanda la semana pasada parece confirmar casi definitivamente un certificado de defunción para dicho optimismo. Nada nuevo: prácticamente desde Pío XII en adelante que la Iglesia comienza a dar sucesivos no ante ciertos temas a los cuales nuevas tendencias culturales –incluso dentro de la propia Iglesia- dicen sí. Pero semejante derrota en una cultura supuestamente “católica” ha sumido a varios sectores pensantes de la Iglesia en una sincera perplejidad.

Lejos de mí pretender dar ahora “el” diagnóstico de la situación. No lo tengo. Sólo puedo decir que muchos católicos viven hace…… ¿Décadas? No lo sé… En cierta perplejidad racionalista respecto a sus métodos habituales de transmisión de la Fe. A la mayor parte de los católicos pensantes les pasa lo mismo que a los liberales clásicos: tienen sus autores, sus libros, sus catequesis y seminarios, sus manuales sobre cómo refutar a…. Los tontos o malos que no nos entienden. Casi como procede un paradigma cerrado sobre sí mismo, por más que alardee de lo contrario.

Tal vez la Iglesia siempre fue un pequeño rebaño, aunque la llamada cristiandad y sus supervivencias en usos y costumbres hayan dado a veces la ilusión de lo contrario. La fe no es una serie de ritos y cositas que se siguen porque sí, porque qué se yo. La fe es una decisión personal (en la comunidad de los creyentes) profunda. Pero ello no se ve cuando el horizonte cultural tiene usos y costumbres cristianas aunque no convicciones auténticas.

Ello cambió, y creo que para bien. No creo en colectivismos metodológicos que afirman que la sociedad occidental haya dejado de ser cristiana para pasar a ese ateísmo práctico que tanto preocupaba a los intelectuales del Vaticano II, y que ahora, al lado de un laicismo fanático, parece un juego de niños. Creo que sencillamente se les permitió a las personas una mayor visibilidad de sus pensamientos internos. La sana secularidad hizo que los no cristianos fueran visiblemente no cristianos.

No creo que haya habido entonces un cambio radical, sino una mayor visibilidad del ateísmo práctico en el cual han vivido casi todos desde el pecado original, aunque oculto, en épocas anteriores, por usos y costumbresrepetidos pero no asumidos.

Ello no parece haber sido comprendido así por gran parte de los católicos pensantes. La mayor parte de ellos se aferró al “colegio católico”, una estructura extraña a la propia Iglesia, no por el adjetivo sino por el sustantivo: un colegio de base positivista que la Iglesia usó y sigue usando ingenuamente como base de difusión de la fe. Los únicos que yo conozca que denunciaron esta contradicción fueron Giovanni Gozzer y Luis Jorge Zanotti. La Iglesia los ignoró absolutamente.

Ahora los usos y costumbres tienen una forma específica de ilusión óptica.  Padres que tienen tanto de católicos como yo de jugador de futbol bautizan a sus hijos, los mandan “al colegio católico”, les hacen tomar la 1ra comunión, la confirmación, todo con grandes fiestitas y etc., sin entender absolutamente nada de lo que están haciendo. No hay que extrañarse luego de lo que pueda salir de allí.

En medio de todo ello, es obvio que el catolicismo es realmente algo definitivamente extraño y que las opciones vitales se hacen en medio de razonamientos humanos demasiado humanos pero humanos al fin. ¿Por qué no tener relaciones con una persona de la cual estamos enamorados? ¿Por qué no cuidarse con métodos anticonceptivos? ¿No es acaso lo prudente, para evitar precisamente embarazos prematuros o enfermedades venéreas? Y el sexo, ¿por qué no puede ser decidido por cada uno? ¿Por qué no puede ser una decisión libre de dos personas adultas siempre que no haya violencia? ¿Por qué, entonces, una u otra orientación sexual está mal? ¿Y no es un valor positivo la igualdad ante la ley? ¿No es un valor positivismo la NO discriminación? ¿Por qué, entonces, los homosexuales no se pueden casar según su propia orientación sexual? ¿Por qué discriminarlos?

Para contestar estas cuestiones, hay una serie de importantes documentos pontificios. Y está muy bien que sea así, los Papas han cumplido con ello su misión de confirmar a los hermanos en la Fe, más allá de estrategias o resultados.

Pero muchos de los que leen y luego proclaman esos documentos, lo hacen sin advertir que han sido escritos, en sus bases últimas, en una filosofía cristiana que…. ¿Tenemos que aclararlo?, es extraña al mundo cultural post-kantiano. Y son proclamados como si ese mundo fuera fruto de la locura o la malicia y además –esto es muy delicado- reinterpretados desde un tomismo concebido como una filosofía estrictamente secular, sólo racional, que nada tendría que ver con la Teología. Un error hermenéutico garrafal sobre Santo Tomás y una estrategia ingenua que nadie se la cree. Benedicto XVI fue el único que no cayó en semejante ingenuidad pero, claro, ya sabemos lo que pasó. (¿Lo sabemos?)

Pero, qué interesante, esa Iglesia que llora su actual tragedia de incomunicación cultural parece parapetada en la moral sexual. Cuando, finalmente, un judío o un islámico, sobre esas cuestiones, podrían sacarse 10 ante Juan Pablo II. ¿Qué define, pues, al catolicismo?

Sobre eso tengo un diagnóstico: los católicos se olvidaron de lo esencial (Francisco se dio cuenta de ello). Parecen no acordarse. No hablan de ello.

El Catolicismo se basa en la fe en la Trinidad y en la Encarnación. Pero no, nadie se acuerda. ¿What? ¿Tres personas y una sola naturaleza? ¿Una sola persona y dos naturalezas? ¿Qué? Y si fueran cuatro personas y dos naturalezas, y si Cristo fue sólo un gran hombre enviado por Dios, ¿qué importaría? ¿Qué cambiaría? ¿Qué importa para nuestras vidas?

Alguien podría decir: que los obispos hablen de ello. ¿Hablan de ello? ¿Si? ¿Seguro? No me vengan please con casos particulares, estamos hablando de un horizonte cultural dentro de la propia Iglesia. No, se reúnen en conferencias episcopales, organismos extraños a la Iglesia, sufren sus internas y peleas, tratan de armar un documento “consensuado”, votan, y eso…. Sería la Iglesia. Santo horror Batman!!!! Y estoy hablando de todo el mundo, no de la Argentina en particular.  ¿Y qué dicen esos documentos? Lo que cualquier ONG de buena voluntad podría decir. Que la pobreza, que las drogas, que la inseguridad, que la corrupción, ok, qué bien, pero, ¿y la esencia de la fe? ¿Y la Trinidad, la Encarnación, el Pecado Original, la Redención, etc.? ¿O no estarán muchos de ellos convencidos de que no son temas para hablar muy en público? ¿O no estarán muchos de ellos convencidos de que todos esos temas son hablados desde una “helenización” del cristianismo contraria a la esencia de la Fe y extraña a la supuesta piedad de los pueblos originarios? ¿O será que más bien siguen un magisterio paralelo de teólogos muy avanzados para los cuales JPII y Ratzinger eran un par de atrasados autoritarios?

Los católicos hace mucho que se olvidaron de su fe, y además depositaron lo que queda en métodos educativos positivistas contradictorios con la esencia de la Fe.

El Espíritu Santo es sabio. El sabe cuándo enviará de vuelta a un Santo Domingo o a un San Francisco. Pero por ahora está haciendo silencio y no me extraña. Dios es un educador rudo. Nos deja escarmentar. Mientras tanto, ya no sé más nada. Creo profundamente en la sabiduría insuperable de Santo Tomás de Aquino pero estoy alejado de los tomistas racionalistas, por un lado, y de los que creen que Santo Tomás helenizó a la Fe, por el otro, que son dos extremos que se retroalimentan. Para colmo soy un liberal clásico y por ende no creo en el único nuevo dogma en el cual casi todos los católicos, de izquierda y de derecha, creen con devoción: el estado. Además no juzgo a nadie, vivo con no creyentes todo el tiempo,  escribo todo el tiempo sobre autores no cristianos e infinidad de católicos de izquierda y de derecha me miran como si hubiera bajado de Marte. Mala época me tocó. Todo este final personal es para decir que creo que esta época me excede. Sólo escribí esto porque, a pesar de ello, creo que debo decirlo; creo que debo, en conciencia, decir: por allí no. Por dónde, no sé, pero atención, porque también en estas cosas, la falsación es también el camino de la verdad.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.