Buchanan: 100 años de un pensador cuyas ideas son fundamentales para esta Argentina

Por Adrián Ravier.  Publicado el 26/9/19 en:  https://www.cronista.com/columnistas/Buchanan-100-anos-de-un-pensador-cuyas-ideas-son-fundamentales-para-esta-Argentina-20190926-0040.html

 

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Antes de las dos Guerras Mundiales, la participación del Estado sobre la economía era mínima. En la
segunda mitad del siglo XX alcanzó niveles elevados. En este contexto, James Buchanan se preocupó
esencialmente por entender “cómo funciona la política en la práctica”…
Nacido en EE.UU. el 3 de octubre de 1919, James McGill Buchanan estudió en la Universidad de Tennesse y se
doctoró, en 1948, en la Universidad de Chicago. Luego, emprendió una carrera académica en la George Mason
University y también fue una figura central de la Escuela de Economía Política de Virginia.
Si bien realizó numerosos aportes a la ciencia económica, sus contribuciones quedarán marcadas en la
historia del pensamiento económico y político por sus estudios sobre el “funcionamiento real de los
procesos políticos”, caracterizado por la aplicación de las herramientas del análisis económico a la política.

Las inquietudes acerca de este campo de investigación surgieron en relación con el notable incremento de la
intervención del Estado en la economía tras la Segunda Guerra Mundial y la incapacidad de los economistas
para comprender este fenómeno.
Más allá de algunas excepciones como Arthur Bentley, según Buchanan, “los economistas no estaban
dedicando mucha atención a cómo funcionaba el gobierno porque estaban preocupados por cómo
funcionan los mercados y cómo las personas se comportaban en relaciones de mercado”.
En este marco, ejerció gran influencia sobre su pensamiento una obra de Knut Wicksell titulada “A New
Principle of Just Taxation” (Un nuevo principio de imposición justa). En palabras del propio Buchanan:
“Wicksell decía a los economistas: dejen de actuar como si estuviesen aconsejando a un déspota benévolo. No
los van a escuchar de todos modos, así que deténganse, desperdician su tiempo y gastan sus fuerzas. Y dijo: si
quieren mejorar los resultados políticos, entonces tienen que cambiar las reglas. Nunca van a lograr que
los políticos hagan otra cosa que representar los intereses de los votantes a quienes representan. Así que
si tienen una cámara legislativa, deberán esperar que el congreso genere resultados que gozarán del apoyo de la
mayoría de los grupos representados por esta legislatura. Puede o no surgir un resultado eficiente de esto,
pueden o no surgir buenos proyectos que valgan su costo. ¿Cómo cambiar esto? Cambiando las reglas,
avanzando de la regla de la mayoría hacia la regla de unanimidad, hacia un consenso”.
Buchanan definió a este programa de investigación, sobre el que trabajó durante más de medio siglo, como la
“política sin romance”. Quitándonos las “gafas rosadas” —según sus propias palabras— con las que percibimos
a la política, podremos verla como lo que realmente es.
Así, ¿cuál es el terreno de juego de la política? ¿Cómo se comportan los políticos y los votantes?
En un artículo titulado “La perspectiva de la elección pública”, Buchanan definió a su teoría de la “elección
pública” como aquella “perspectiva acerca de la política que surge de una extensión y aplicación de las
herramientas y métodos de los economistas a la toma de decisiones públicas o colectivas”.

Guiado por su individualismo metodológico, Buchanan entiende que, en última instancia, los que toman las
decisiones de gobierno son los individuos. El “homo politicus” es “homo economicus” y, al igual que un
empresario, el hacedor de políticas públicas actúa fundamentalmente guiado por su propio interés.
De esta forma, Buchanan pone en cuestión uno de los conceptos elementales de la democracia
representativa: la delegación de los asuntos de los ciudadanos en manos de políticos profesionales.
Precisamente, esta delegación hace que las pensiones, la educación, la salud, las relaciones laborales y también
el medio ambiente queden a merced de decisiones burocráticas en manos de políticos que no necesariamente se
guían por el “bien común”.
Pero, ¿cuál es la alternativa a este paradigma?
Siguiendo a Wicksell, propone un cambio de reglas. Imaginemos que se presenta un proyecto público, ¿cómo
estar seguros que amerita el gasto? Buchanan afirma que “el costo lo amerita si los que se benefician pagan lo
suficiente para cubrir los costos del proyecto. Así que debe haber algún tipo de arreglo o esquema tributario por
medio del cual uno puede lograr un acuerdo general unánime. Se puede utilizar la regla de la unanimidad como
una medida contra la cual se calcula el nivel de eficiencia en el sector público”.
De esta forma, la regla de la unanimidad se presenta como la contrapartida “política” del óptimo de Pareto.
Alcanza el óptimo porque implica la adhesión voluntaria a un determinado orden social por parte de “todos” los
participantes, o en términos económicos, elimina la posibilidad de externalidades negativas como resultado
de decisiones colectivas.
Claro que, al mismo tiempo, la unanimidad en la toma de decisiones colectivas eleva considerablemente el
costo del proceso decisorio. Teniendo en cuenta estos costos, que pueden llegar en muchos casos a impedir la
toma de decisiones, Buchanan y Tullock sostienen que el individuo enfrentado a una elección constitucional
podría decidir voluntariamente aceptar alguna regla menos rigurosa para la decisión de cuestiones de menor
importancia.

Por esa razón, cuestiones tales como el respeto a la vida, la propiedad y otros derechos individuales requerían
del consenso unánime, mientras que otro tipo de decisiones menores podrían ser tomadas con grados de
consenso menores, y por ende, con costos decisorios también menores.
Este principio llevó a Buchanan a trabajar en lo que hoy se conoce como Economía Constitucional: “Mientras
se tenga una constitución con la cual las personas están en consenso básico, se puede procurar ciertos
resultados en términos de las reglas operativas que la constitución permite desarrollar. Desplazamos la norma
wickseliana [de la unanimidad] hacia el nivel constitucional y argumentamos que, de hecho, es más probable
alcanzar un acuerdo a ese nivel por la sencilla razón de que las personas no conocen el impacto que una regla
particular tendrá sobre su interés personal identificable. Es más probable alcanzar un consenso entre más
elevada sea la regla.”
La pregunta que surge entonces es: ¿a qué nivel corresponde una decisión acerca del grado de la
gobernabilidad de la organización social?
Para algunos, sobre todo economistas utilitaristas, se requiere una aproximación caso a caso y un cuidadoso
análisis empírico para medir los pros y contras de la centralización y la descentralización, pese a que admiten
que la heterogeneidad de las preferencias e intereses individuales lleva a que las distintas alternativas
favorezcan o dañen determinados intereses con lo cual resulta difícil alcanzar conclusiones sin el apoyo de
juicios de valor.
Esto es así porque sus modelos llevan implícito un modelo político basado en un déspota benevolente y eficaz
que persigue (y alcanza) el bien común. Esto se articula principalmente en la denominada “función de bienestar
social”, el “bien común” que el déspota ilustrado habrá de perseguir.
Otras escuelas económicas, particularmente la Escuela Austriaca o el Public Choice, abandonan —como se ha
dicho— esa presunción de benevolencia reemplazándola con la indiferencia o incluso con la malevolencia.
Siguiendo con la aplicación de las herramientas del análisis económico a la política, Buchanan, tal como lo
hiciera Tiebout originalmente, también asimiló el consumidor al votante quien, de la misma forma en que elige
en el mercado el que considera mejor bien o servicio según sus necesidades, elige la comunidad “que mejor
satisface sus preferencias por bienes públicos”.
En este sentido, el federalismo y la descentralización servirían para limitar las posibilidades de abuso tanto del
gobierno federal como de los gobiernos locales, del primero porque los recursos se encuentran repartidos entre
distintos niveles de gobierno, de los segundos porque existe la posibilidad de movilizarse.
Galardonado con el Nobel de Economía de 1986 por sus trabajos en el área de Public Choice (elección
pública), Buchanan publicó unos 300 artículos y 23 libros donde trató asuntos de finanzas públicas, tópicos
monetarios y de política económica. Entre éstos, el más influyente ha sido The Calculus of Consent (1962), que
escribió junto a Gordon Tullock, donde presenta un análisis económico de las estructuras constitucionales, la
mirada de un economista sobre los fenómenos políticos.
Buchanan visitó la Argentina en las décadas de 1980 y 1990 como Presidente del Consejo Consultivo
del Instituto Universitario ESEADE, donde ofreció una memorable conferencia en una colación de grados. En
una de sus visitas, recomendó la creación de una Maestría en Economía y Ciencias Políticas que hoy tengo el
honor de dirigir junto a Iván Carrino, donde se enseña no sólo economía, sino también filosofía, historia,
derecho y ciencias políticas.
A 100 años de su nacimiento, las ideas de Buchanan son hoy más importantes que nunca para contener al
Leviatán, especialmente en nuestro país.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE. Es profesor de Economía en la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín. Es director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE.

¡Viva Tabarnia!

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 28/4/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/viva-tabarnia/

 

El libro ¡Viva Tabarnia!, de Albert Boadella, que se lee de una sentada, es una pequeña joya que ayuda a entender el peligro que representa el nacionalismo para la libertad de todos.

El propio Boadella vivió en sus primeros años en Cataluña “el placer y el privilegio de recrearse en este sentimiento irracional de pertenencia al terruño”, y por eso denuncia al nacionalismo como fundamentalmente xenófobo.

En su estrategia totalitaria, los nacionalistas no pueden dejar de mentir. En eso se parecen a los colectivistas de toda laya, y también en la degradación que suele aquejarlos —hemos asistido estupefactos al despropósito de la alcaldesa de Barcelona, que llamó “facha” al almirante Cervera.

Pero el autor es también crítico con los demás partidos que se desentendieron de Cataluña: “cuando necesito los votos cierro los ojos, no miro lo que pasa y el que venga detrás ya se apañará, y así se han ido pasando el muerto de unos a otros, porque el muerto realmente existía ya desde los inicios: el problema comenzó a existir desde que Pujol empezó a gobernar…ese desentendimiento ha sido mortífero”.

Ningún partido es inocente, porque todos sabían lo que sucedía en los colegios y en la televisión pública, pero callaron, incluido Aznar, que se plegó a las exigencias del siniestro Pujol cuando necesitó sus votos en 1996.

Boadella se centra en los nacionalistas y en el desastre que han perpetrado con sus tres grandes armas: la lengua, la educación y los medios. Es revelador que el sesgo nacionalista en la educación empezó en Cataluña durante la dictadura franquista, es decir, lo mismo que sucedió con el auge del antiliberalismo en la educación en toda España.

El libro despelleja a los próceres del nacionalismo y denuncia la cobardía cómplice del “mundo de la cultura”. Pero no es pesimista. La gente ha salido a la calle el 8 de octubre, arropando a la mitad silenciada de Cataluña.

Y ha surgido Tabarnia, que no es un partido sino un ejemplo del uso antitotalitario del humor. Allí los nacionalistas pierden, porque no son divertidos y propenden a la cursilería. “Son enormemente cursis en su discurso, un discurso entre buenista y progre sentimental, para camuflar un fondo impresentable”.

Cabe terminar como Albert Boadella: “¡Viva Tabarnia!, que es lo mismo que decir: ¡Viva España!”.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

I´M DONE WITH HOUSE OF CARDS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 2/7/17 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2017/07/im-done-with-house-of-cards.html

 

Sí. Basta, the end, and the story.

Me vi las cuatro primeras temporadas y comencé la quinta. Me hartó.

¿Por qué?

Algunos supondrán que pienso que el mundo es mejor.

No. La historia de la humanidad es, en gran parte, la historia de los psicópatas en el poder, llámense reyes, emperadores, presidentes o gran conductor. Y el problema no son ellos, individualmente, que no deberían estar sino en tratamiento psiquiátrico, sino las masas que los siguen y que les dan el poder. Pero eso se llama alienación, fenómeno social permanente que ha sido estudiado muy bien por Freud (Psicología de las masas y análisis del yo) y por Fromm (El miedo a la libertad). La relación de la alienación con el poder es un tema de psicología política MUY importante que debería ser tenido más en cuenta por todos aquellos que se preguntan cómo pasa lo que pasa.

Por lo demás, como buen liberal clásico, para mí la lectura de Buchanan es obligada, y por ende ya sé lo que es la “política sin romance”. Hemos sido casi todos educados en que el gobernante busca el bien común, mientras que el privado, su bien particular. Ok, que “deba” buscar el bien común es una cosa, pero que lo busque, es otra. Y en general no lo busca porque la política, precisamente al no ser el mercado, es la oferta y demanda de bienes públicos, que NO son el bien común escolástico. Son los bienes estatales que el político ofrece a su demanda, los votantes, y él se los ofrece, buscando precisamente su bien particular (su fama, su poder, su reelección), y se los da, total, él no los paga. En todo caso lo pagan las futuras generaciones con impuestos y endeudamiento. Qué bien.

Claro que ese inmenso poder puede ser aprovechado por psicópatas como Frank Underwood. Pero no son ellos los que han producido ese poder: lo han producido los intelectuales buenitos que han generado las ideas que han conducido a la ampliación de las atribuciones de los poderes ejecutivos y legislativos. Todos los que con buena voluntad pensaron y piensan que el estado debe ocuparse de la salud, la educación, la seguridad social, la política fiscal, la redistribución de ingresos, el comercio exterior, el comercio interior, el dinero, la banca, etc etc etc. Todos esos intelectuales, seguramente muy buena gente, generan las “estructuras de pecado” que luego son aprovechadas por los miles de frankes underwoods vestidos y revestidos de mil maneras culturales.

Ahora bien, si la situación fuera, como dice Hayek, una “política bajada de su pedestal”, donde los bienes públicos estatales son pocos y el poder del gobierno es limitado, entonces uno podría darse el lujo de no ocuparse de una política que no puede interferir en nuestras vidas. Pero la situación no es así y el sistema tiene que cambiarse desde dentro. Quedarse afuera no es opción, porque estas situaciones en la historia terminan en el colapso del sistema o en una revolución violenta.

Por ende el problema de los tiempos actuales es que es un tiempo de crisis donde se necesita que la gente honesta se involucre de algún modo, pero NO para ocupar los mismos puestos gubernamentales que los intervencionistas, sino para derogar, desregular, eliminar, desmantelar, todo ese sistema, desde el poder mismo. Como en la Europa de la post-guerra, donde gran parte de sus primeros ministros fueron santos varones que nada tenían que ver con un Aníbal Fernández ni con una Hilary Clinton. O como la reconstrucción del Japón de la post-guerra.

¿Pero entonces qué necesitamos? ¿Una guerra?

No, claro. O sí, claro, si no hacemos nada. Y series como House of Cards son un incentivo para no hacer nada. Ah, esa es la política de miércoles, piensa el ciudadano honesto. Ya está, jamás me meteré en eso. Ok, entonces los Frank Underwood florecerán como por encanto, que en EEUU serán los Underwood, y en otros lares son los Maduros, los Castro, los Pol Pot, y toda la lista de pequeños o grandes hítleres que, como bien sabemos hoy, estaban ya muy chiflados desde pequeñitos.

No, señores, la política no es necesariamente House of Cards. La política concreta no será para mí, que no sé jugar su ajedrez, pero sí es para gente con piel dura e ideas claras y distintas. Ronald Reagan no fue Frank Underwood. Gandhi, tampoco. Mandela, tampoco. J.F. Kennedy, tampoco. Estaban, sí, un poco locos, pero no eran psicópatas del poder, eran estadistas (NO estatistas). Y si no te gusta ninguno de ellos, selo tú, y deja de protestar contra la política para que luego termines asesinado por ella mientras pensabas que tu mundillo seguiría inalterable.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

¿Qué cambió y qué no en Argentina?

Por Martín Krause. Publicado el 29/10/15 en: http://diario.latercera.com/2015/10/29/01/contenido/opinion/11-201339-9-que-cambio-y-que-no-en-argentina.shtml

 

EL RESULTADO de las elecciones del pasado 25 de octubre fue una sorpresa para todos, incluyendo a los candidatos más informados, los encuestadores o los agentes del servicio secreto. Nadie pudo ver el cambio que se estaba gestando que cambió la situación política de la noche a la mañana.

Todo parece anunciar que Argentina ha emprendido un camino de cambio, siendo precisamente éste uno de los argumentos centrales del mensaje de una alianza que se llama -y cómo va a ser de otra forma- Cambiemos.

La lógica de esto es tan simple como clara: uno de los argumentos más usados por candidatos de todo tipo que se enfrentan a un gobierno que lleva muchos años es, precisamente ese: hay que cambiar.

La gente entiende el mensaje. Eso le permite no tener que decir mucho acerca del contenido del cambio, algo que hubiera causado un alto costo político, porque los necesarios cambios que se aproximan en este país serán dolorosos.

Pero todo gobierno puede realizar los cambios que el consenso general de las ideas le permite realizar. Entonces, la pregunta sobre Argentina es: ¿qué profundidad tiene el pedido de cambio que se expresó en las urnas?

La respuesta es mixta. La gente votó por un cambio cansada de la prepotencia de un gobierno que se pelea con todo el mundo; intolerante y matón. Quiere un gobernante moderado, amable, y, si puede, simpático. Básicamente una persona normal. María Eugenia Vidal es el principal ejemplo de esto, y lo más contrapuesto a su gran derrotado: Aníbal Fernández. La gente quiere, también, alguien que administre al Estado con mayor eficacia, que tenga ideas creativas sobre la gestión de los recursos públicos, que logre mejoras en la seguridad, la salud y la educación: Macri tiene esa imagen.

Esta demanda de moderación y eficacia va a tener su impacto en la calidad de las instituciones: se busca un gobierno que respete la división de poderes y la independencia de la justicia; que no pretenda controlar los medios con recursos públicos; que acepte ciertos controles al poder, que respete la autonomía de gobiernos provinciales y municipales.

Y no mucho más. El argentino sigue siendo profundamente estatista y anti-yanqui. Por eso, Macri ha dicho que no dará marcha atrás con la estatización de las pensiones, o de la empresa petrolera YPF, e incluso tal vez de la deficitaria Aerolíneas Argentinas. Y va a tener mucho cuidado en la necesaria mejora de las relaciones con los fondos buitres, el FMI y el gobierno de los Estados Unidos.

Además, y en virtud del pasado reciente, el argentino teme profundamente un cambio brusco que genere un cataclismo económico. No quiere más crisis como la del 2001. Ni como la de 1989, ni como otras anteriores.

Esto enfrenta al próximo gobierno con un serio dilema: la gente no quiere escuchar sobre esos problemas ni que le digan nada de ajustes. Sin embargo, con un déficit fiscal rondando 8% del PIB y un Banco Central quebrado y sin dólares; con miles de millones de dólares que se deben de importaciones, de dividendos no transferidos o de contratos a futuro de dólares, la perspectiva a corto plazo es aterradora.

Ante la gangrena que corroe a la economía argentina, el dilema del próximo gobierno es o trato de curarla con remedios en dosis moderadas y me arriesgo a que me devore la enfermedad; o procedo a operar a un paciente que se cree que tiene un simple resfriado. La anestesia es clave, y en el caso argentino tiene nombre: dólares, y muchos. ¿Generará el nuevo gobierno suficiente confianza para atraerlos o conseguirlos? Eso es lo que definirá su suerte en el verano que se aproxima.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).