Bastiat y la competencia (2° parte)

Por Gabriel Boragina Publicado el 22/7/18 en:  http://www.accionhumana.com/2018/07/bastiat-y-la-competencia.html

 

Dado que para Bastiat competencia y libertad son sinónimas, les da a ambas el mismo tratamiento.

“¿Y qué es la competencia? ¿Es ella un ente que existe y actúa por sí mismo, como el cólera? No, la competencia sólo consiste en la ausencia de la opresión. En todo lo que me concierne, quiero elegir por mí mismo, y no quiero dejar a nadie elegir por mí y contra mi voluntad; y si alguien quiere poner su juicio en lugar del mío en mis propios asuntos, yo también me arrogaré el derecho inverso.”[1]

Bastiat identifica la competencia con el proceso de selección y de elección que hace cada individuo, y esta parece ser la razón por la cual la asimila plenamente a la libertad, dado que la libertad permite optar a una persona entre diferentes alternativas. No obstante, la elección puede ser no elegir, con lo cual no se altera el principio básico, por el que el individuo siempre elige, aun cuando elige no elegir ninguna otra cosa. Desde este punto de vista, parece que la competencia que describe nuestro autor la ve entre las diferentes alternativas de elección del agente. Alternativas que se reducen -e incluso desaparecen- si el que elige por él es otra persona. Pero el punto no es tan claro como lo presenta nuestro autor. Dado que, por ejemplo, el preso que carece -por supuesto- de libertad, siempre orientará sus acciones futuras a salir de prisión, sea escapando o por otros medios legales.

“¿Tenemos alguna garantía de que entonces las cosas irán mejor? Está claro, la competencia es la libertad. El que destruye la libertad de obrar, destruye la posibilidad y la capacidad de elegir, de juzgar, de comparar, mata la inteligencia, el pensamiento, en una palabra, mata al hombre. En eso acaban los planes de nuestros modernos reformadores del mundo; para mejorar la sociedad empiezan destruyendo al individuo, con el pretexto de que de él proceden todos los males, ¡como si él no fuera también el origen de todo lo bueno!”[2]

Aquí Bastiat lo presenta mucho más claro, explicando en que consiste esa asimilación de competencia con libertad y viceversa. Quizás quiera decir que frente al individuo (Bastiat lo ejemplifica en su propia persona) hay diversas alternativas que compiten entre sí por su atención y que, potencialmente, podrían cubrir sus necesidades. Pero que de estas diferentes ofertas sólo efectivamente podría decirse que están en competencia entre sí, si el sujeto actuante tiene la libertad de elegir entre ellas. Si, en cambio, el individuo carece de esa posibilidad de elección, recayendo en un tercero el acto de elegir por él, entonces, en este supuesto no hay competencia alguna, porque se le despoja de la libertad de elección. La reflexión recuerda al paternalismo gubernamental plasmado en figuras como el “estado benefactor” o también llamado “de bienestar”, en el cual sucede algo similar: donde el burócrata sea arroga por el individuo la capacidad de elegir por él qué consumir, cuándo, dónde, cómo y en qué proporciones o cantidades. Si hay uno o más oferentes y demandantes, pero ninguno de ellos tiene la posibilidad de elegir a quién comprar y a quién vender, es obvio que no hay competencia.

“Hemos visto más arriba que en el cambio se compensan prestación y contraprestación. En el fondo, cada uno de nosotros tiene en este mundo la responsabilidad de proveer mediante su esfuerzo sus necesidades. Así, si una persona nos ahorra un trabajo, nosotros, a nuestra vez, también debemos ahorrarle uno: nos entrega un bien que es el resultado de su esfuerzo; por tanto, nosotros debemos obrar con ella de la misma manera.”[3]

Este pasaje nos recuerda la formulación de la Ley de Say, por el cual “toda oferta crea su propia demanda”. Bastiat parece influido por la teoría del valor-trabajo o del costo de producción, ya que, como vemos, nos habla del intercambio del producto de un trabajo por el resultado de otro trabajo. Remarca las palabras esfuerzo y trabajo. Al menos hasta aquí todavía no advertimos un anticipo al descubrimiento de los autores marginalistas respecto de la teoría del valor. En principio, nos enseña que no hay nada gratis en la vida, y que somos -en primera instancia- los responsables directos de proveer a nuestras propias necesidades. No obstante, ello no implica en absoluto autoabastecernos de todo aquello que necesitamos, lo que -por otra parte- seria humanamente imposible.

“¿Pero quién debe hacer el ajuste? Ya que entre estos mutuos esfuerzos, trabajos y prestaciones debe haber necesariamente un ajuste a fin de llegar a la equidad y la justicia – a menos que queramos estatuir como regla la injusticia, la desigualdad, el azar; o sea, cualquier cosa menos el juicio humano. ¿Quién debe ser, pues, el juez? ¿No es natural que en cada caso particular las necesidades sean juzgadas por los que las sienten, los medios para su satisfacción, por los que los buscan, los esfuerzos, por los que los intercambian?”[4]

Plantea Bastiat aquí el tema del “cambio justo” o “justo precio” y parece querer decir que el mismo debe surgir de entre las propias partes que intercambian, y no de un tercero como puede ser el gobierno (“autoridad social”). A primera vista, pareciera que el punto tratado se aleja del eje central del artículo que es el de la competencia. Pero bien examinado, no es de este modo. Las partes, al buscar un intercambio pujan entre sí (compiten) por obtener el mejor producto al precio más bajo posible. Hay, por fin, una competencia de tipo binario, en tanto esta se desata entre un producto y el dinero necesario para adquirir el mismo. Tanto el dinero como el producto pueden ser ofertados y demandados por una o más personas. Según como sea cada caso, se hablará de competencia unilateral, multilateral, binaria, etc.

La equidad y la justicia es aquello que las partes juzgan justo y equitativo, ya que, si no lo consideraran de este último modo, no harían el intercambio que tienen en mira realizar.

[1] Frédéric Bastiat “LIBERTAD COMO COMPETENCIA”. Este artículo pertenece a su libro “Armonías Económicas”, publicado en el año 1849.

[2] Bastiat, Frédéric. ibidem

[3] Bastiat, Frédéric. ibidem

[4] Bastiat, Frédéric. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

“Paz, amor y libertad”

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 13/11/15 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/paz-amor-y-libertad/

 

Así es el título en castellano de un libro que podría pasar por texto jipi, pero es mucho más. Peace, love and liberty es un breve e interesante volumen que me regaló Francisco José Contreras, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla. Editado por Tom G. Palmer, lleva el subtítulo de “La guerra no es inevitable”.

Diversos autores repasan los problemas de la guerra, empezando por la decisión de emprenderla, que, como señala Palmer, es muy difícil de justificar, y tiene consecuencias calamitosas, desde la pérdida de vidas hasta la aniquilación de derechos, libertades y valores. Las guerras contribuyen a fortalecer el mismo poder político que las desencadena. Por eso dijo Charles Tilly: “La guerra hizo el Estado, y el Estado la guerra”.

La naturaleza humana no invita a la guerra forzada, dice Steven Pinker, y de hecho la violencia bélica ha disminuido en nuestro tiempo. Emmanuel Martin recurre a Jean-Baptiste Say para refutar la idea de la suma cero: a todos nos conviene que el vecino sea rico, y al revés: nos daña el que no lo sea. Palmer apunta una conocida regularidad de los medios de comunicación a propósito de la violencia: no es noticia que millones de personas cooperen pacíficamente, sino que se maten.

Hay un potente sustrato ideológico de las guerras, que es el antiliberalismo: los conflictos más sanguinarios fueron fomentados siempre por ideas contrarias al liberalismo, como el nacionalismo, el imperialismo, el comunismo, el socialismo, el fascismo y el nacional-socialismo. El liberalismo, en cambio, es antitético con la idea de la inevitabilidad del conflicto, y subraya la cooperación pacífica, mientras que los estatistas de todos los partidos siempre se centran en conflictos que son presentados como insolubles desde la libertad individual. Las diversas variantes del antiliberalismo se ceban en estos enfrentamientos inventados o exagerados, y por eso siempre son hostiles al capitalismo, al mercado y a la propiedad privada.

La disminución de víctimas mortales por guerras no significa que el belicismo haya desaparecido sino que ha cambiado de forma, pero sigue teniendo aspectos inquietantes, como la militarización de la policía, sobre la que escribe Radley Balko (con grandes éxitos de propaganda como la serie S.W.A.T. o Los hombres de Harrelson).

Cathy Reisenwitz advierte sobre la legitimación de un poder político y legislativo creciente y cada vez más intrusivo, mediante el uso de nuevas “guerras” y “luchas” contra las drogas, el terror, el fraude, la desigualdad, la discriminación, etc. Se trata de guerras contra adversarios indefinidos, que no se pueden ganar con claridad y que son por ello perdurables –además de ser en muchos casos alimentadas por los propios Estados, como sucede con la elevada presión fiscal, que fomenta la evasión, contra la cual después “lucha” el mismo Estado que la propicia.

Una vieja idea es que la literatura es inútil ante la guerra. Sin embargo, hay notables ejemplos de lo contrario, y este libro termina con algunos, como la célebre Oración de guerra de Mark Twain.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.